Roberto Fernández Retamar
(La Habana, 1930)

Calibán
Apuntes sobre la cultura de nuestra América



¿Y ARIEL, AHORA?

         Ariel, en el gran mito shakespeareano que hemos seguido en estas notas, es, como se ha dicho, el intelectual [77] de la misma isla que Cali­bán: puede optar entre servir a Próspero —es el caso de los intelectuales de la antiAmérica—, con el que aparentemente se entiende de maravillas, pero de quien no pasa de ser un temeroso sirviente, o unirse a Calibán en su lucha por la verdadera libertad. Podría decirse, en lenguaje grams­ciano, que pienso sobre todo en intelectuales “tradicionales”, de los que, incluso en el período de transición, el proletariado necesita asimilarse el mayor número posible, mientras va generando sus propios intelectuales “orgánicos”.
         Es sabido, en efecto, que una parte más o menos importante de la intelectualidad al servicio de las clases explotadas suele provenir de las clases explotadoras, de las cuales se desvinculan radicalmente. Es el caso, por lo demás clásico, de figuras cimeras como Marx Engels y Lenin. Este hecho había sido observado ya en el propio Manifiesto del Partido Comunista de 1848. Allí escribieron Marx y Engels:

         En los períodos en que la lucha de clases se acerca a su desenla­ce, el proceso de desintegración de la clase dominante, de toda la vieja sociedad, adquiere un carácter tan violento y tan patente, que una pequeña fracción de esa clase reniega de ella y se adhiere a la clase revolucionaria, a la clase en cuyas manos está el porvenir (...) Y así (...) en nuestros días un sector de la burguesía se pasa al prole­tariado, particularmente ese sector de los ideólogos burgueses que se han elevado teóricamente hasta la comprensión del con junto del movimiento histórico.[78]

         Si esto es obviamente válido para las naciones capitalistas de más desarrollo —a las cuales tenían en mente Marx y Engels en su Manifiesto—, en el caso de nuestros países hay que añadir algo más. En ellos, “ese sector de los ideólogos burgueses” de que hablan Marx y Engels conoce un segundo grado de ruptura: salvo aquella zona que orgánica­mente provenga de las clases explotadas, la intelectualidad que se consi­dere revolucionaria[79] debe romper sus vínculos con la clase de origen (con frecuencia, la pequeña burguesía), y también debe romper sus nexos de dependencia con la cultura metropolitana que le enseñó, sin embargo, el lenguaje, el aparato conceptual y técnico. Ese lenguaje, en la terminología shakespeareana, le servirá para maldecir a Próspero. Fue el caso de José María Heredia, exclamando, en el mejor español del primer tercio del siglo XIX: “Aunque viles traidores le sirvan, / del tirano es inútil la saña, / que no en vano entre Cuba y España / tiende in­menso sus olas el mar”. O el de José Martí, al cabo de quince años de estancia en los Estados Unidos —estancia que le permitirá familiarizarse plenamente con la modernidad, y también detectar desde su seno el surgimiento del imperialismo norteamericano—: “Viví en el monstruo, y le conozco las entrañas: y mi honda es la de David”. Aunque preveo que a algunos oídos la sugerencia de que Martí y Heredia anduvieran maldi­ciendo les sonará feo, quiero recordarles que “tirano”, “viles traidores” y “monstruo”, tienen algo que ver con maldiciones. Shakespeare y la realidad parecen tener razón contra ellos. Y Heredia y Martí no son sino ejemplos arquetípicos. Últimamente, no han faltado tampoco los que han atribuido a deformaciones de nuestra Revolución —Calibán, no lo olvidemos, es visto siempre como deforme por el ojo hostil— la violencia volcánica de algunos discursos recientes de Fidel, como el que pronun­ciara en el Primer Congreso nacional d e educación y cultura. El que algunos de esos sobresaltados hubieran hecho el elogio de Fanon —otros, posiblemente ni habían oído hablar de él, ya que guardan con la política, como dijo Rodolfo Walsh, la misma relación que con la astrofisica—, y ahora atribuyan a deformación o a influencia foránea una actitud que está en la raíz misma de nuestro ser histórico, puede ser prueba de va­rias cosas. Entre ellas, de total incoherencia. También de desconoci­miento —cuando no de desprecio— de nuestras realidades concretas, tanto en el presente como en el pasado. Lo cual, por cierto, no los autoriza para tener mucho que ver con nuestro porvenir.
         La situación y las tareas de ese intelectual al servicio de las clases explotadas no son por supuesto las mismas cuando se trata de países en los que aún no ha triunfado la revolución, que cuando se trata de países en los que ya se desarrolla tal revolución. Por otra parte, ya hemos recordado que el término “intelectual” es lo bastante amplio como para hacer inútil forzar la mano con simplificación alguna, Intelectual será un teórico y dirigente —como Mariátegui o Mella—, un investigador —como Fernando Ortiz—, un escritor —como César Vallejo—. En todos esos ca­sos, sus ejemplos concretos nos dicen más que cualquier generalización vaga.
         La situación, como dije, no es igual en los países en que las masas populares latinoamericanas han llegado al fin al poder y han de­sencadenado una revolución socialista. El caso entusiasmante de Chile es demasiado inmediato para poder extraer de él conclusiones. Pero la revolución socialista cubana tiene más de doce años de vida, y a estas alturas ya pueden señalarse algunos hechos: aunque, por la naturaleza de este trabajo, aquí no me propongo sino mencionar rasgos muy sa­lientes.
         Esta revolución, en su práctica y en su teoría, habiendo sido absolu­tamente fiel a la más exigente tradición popular latinoamericana, ha satisfecho en plenitud la aspiración de Mariátegui: “No queremos, cier­tamente, que el socialismo sea en América calco y copia. Debe ser creación heroica. Tenemos que dar vida, con nuestra realidad, en nues­tro propio lenguaje, al socialismo indoamericano”.[80]
         Por eso no puede entenderse nuestra Revolución si se ignora “nues­tra propia realidad”, “nuestro propio lenguaje”, y a ellos me he referido largamente. Pero el imprescindible orgullo de haber heredado lo mejor de la historia latinoamericana, de pelear al frente de una vasta familia de doscientos millones de hermanos, no puede hacemos olvidar que, por eso mismo, formamos parte de otra vanguardia aún mayor, de una van­guardia planetaria, la de los países socialistas que ya van apareciendo en todos los continentes. Eso quiere decir que nuestra herencia es también la herencia mundial del socialismo, y que la asumimos como el capítulo más hermoso, más gigantesco, más batallador en la historia de la huma­nidad. Sentimos como plenamente nuestro el pasado del socialismo, desde los sueños de los socialistas utópicos hasta el apasionado rigor científico de Marx (“aquel alemán de mano sedosa y mano férrea” que dijo Martí) y Engels; desde el intento heroico de la Comuna de París hace un siglo hasta el deslumbrante triunfo de la Revolución de Octubre y la lección imperecedera de Lenin; desde el establecimiento de nuevos regímenes socialistas en Europa a raíz de la derrota del fascismo en la Segunda Guerra Mundial, hasta el éxito de las revoluciones socialistas en países asiáticos “subdesarrollados”, como China, Corea y Vietnam. Al decir que asumimos esta magnífica herencia —herencia que además aspiramos a enriquecer con nuestros aportes—, no podemos olvidar que ella incluye, naturalmente, momentos luminosos y también momentos dificiles, aciertos y errores. ¡Cómo podríamos olvidarlo, si al hacer la historia nuestra (operación que nada tiene que ver con leer la historia de otros), nosotros también tenemos aciertos y errores, como los han teni­do y tendrán todos los movimientos históricos reales!
         Este hecho elemental es constantemente recordado no sólo por nuestros enemigos abiertos, sino incluso por algunos supuestos amigos que lo único que parecen objetarle en el fondo al socialismo es que exista, lleno de grandeza, pero también de dificultades, con lo impecable que se ve en los libros este cisne escrito. Y no podemos dejar de pre­guntarnos: ¿por qué debemos estar dando explicaciones sobre los pro­blemas que confrontamos al construir realmente el socialismo, a esos supuestos amigos quienes, por su parte, se las arreglan con su concien­cia permaneciendo integrados a sociedades explotadoras —y, en algunos casos, abandonando incluso nuestros países neocoloniales para deman­dar, con el sombrero entre las manos, un sitio en las propias sociedades explotadoras—? No: no hay por qué dar explicación alguna a personas así, a quienes de ser honestas, debía preocupar el coincidir en tantos puntos con nuestros enemigos. La manera superficial con que algunos intelectuales que se dicen de izquierda (y a quienes, sin embargo, las masas populares parecen importar un bledo) se lanzan sin pudor a repe­tir al pie de la letra los criterios que sobre el mundo socialista propone y divulga el capitalismo, sólo muestra que aquellos intelectuales no han roto con él tan radicalmente como acaso quisieran. La natural conse­cuencia de esta actitud es que, so capa de rechazar errores —en lo que, es fácil poner de acuerdo a tirios y troyanos—, se rechace también, como de pasada, al socialismo todo, arbitrariamente reducido a tales errores; o se deforme y generalice alguna concreta coyuntura histórica y, sacándola de sus casillas, se pretenda aplicar a otras coyunturas que tienen sus propios caracteres, sus propias virtudes y sus propios errores. Esto es algo que en lo tocante a Cuba hemos aprendido, como tantas cosas, en carne propia.
         Durante estos doce años, en busca de soluciones originales y sobre todo genuinas a nuestros problemas, ha habido una amplia discusión sobre cuestiones culturales en Cuba. En esta misma revista se han publi­cado materiales de esta discusión: pienso especialmente en la mesa re­donda que un grupo de compañeros realizamos en 1969.[81]
         Tampoco, por supuesto, han sido remisos los propios dirigentes de la Revolución a expresar sus opiniones sobre estos hechos. Aunque, como dijo Fidel en 1961, “no tuvimos nuestra conferencia de Yenán”[82] antes del triunfo de la Revolución, después de ese triunfo no ha dejado de haber discusiones, encuentros, congresos en que se abordaban estas cuestiones. Me limitaré a recordar algunos de los muchos textos de Fidel y el Che: en el caso de Fidel, su discurso en la Biblioteca Nacional el 30 de junio de 1961, que se publicó ese año —y así ha seguido siendo conocido— con el nombre Palabras a los intelectuales; su discurso del 13 de marzo de 1969, en que planteó la universalización de la Universi­dad, y al que nos referimos varias veces en nuestra mesa redonda de 1969, y por último, su intervención en el reciente Congreso de educa­ción y cultura, que publicamos, junto con la Declaración del Congreso, en el mismo número 65-66 de esta revista. No son ni de lejos, natu­ralmente, las únicas veces en que Fidel ha abordado problemas cultura­les; pero creo que dan idea suficiente de los criterios de la Revolución cubana en este orden.
         Aunque han transcurrido diez años entre el primero de estos discur­sos —que estoy seguro que apenas ha sido leído por muchos de sus co­mentaristas, quienes se limitan a citar alguna que o tra f rase fuera de contexto— y el último, la lectura real de ambos lo que demuestra sobre todo, a diez años de distancia, es su coherencia. En 1971, Fidel dijo sobre las obras literarias y artísticas:

         Nosotros, un pueblo revolucionario, valoramos las creaciones culturales y artísticas en función de lo que aporten al hombre, en función de lo que aporten a la reivindicación del hombre, a la libera­ción del hombre, a la felicidad del hombre. // Nuestra valoración es política. No puede haber valor estético sin contenido humano. No puede haber valor estético contra la justicia, contra el bienestar, contra la felicidad del hombre. ¡No puede haberlo!

         En 1961 había dicho:

         Es precisamente el hombre, el semejante, la redención de sus se­mejantes, lo que constituye el objetivo de los revolucionarios. Si a los revolucionarios nos preguntan qué es lo que más nos importa, nosotros diremos: el pueblo y siempre el pueblo. El pueblo en su sentido real, es decir, esa mayoría del pueblo que ha tenido que vivir en la explotación y en el olvido más cruel. Nuestra preocupación fundamental será siempre las grandes mayorías del pueblo, es decir, las clases oprimidas y explotadas del pueblo. El prisma a través del cual lo miramos todo, es ése: para nosotros será bueno lo que sea bueno para ellas; para nosotros será noble, será bello y será útil, to­do lo que sea noble, sea bello y sea útil para ellas.

         La misma frase de 1961 que tanto se ha citado fuera de contexto, hay que reintegrarla a éste para que adquiera todo su contenido:

         Dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada. Contra la Revolución nada, porque la Revolución tiene también sus derechos, y el primer derecho de la Revolución es el derecho de la Revolución de ser y de existir. Nadie, por cuanto la Revolución comprende los intereses del pueblo, por cuanto la Revolución signi­fica los intereses de la nación entera, nadie puede alegar un derecho contra ella.

         Coherencia no quiere decir repetición. Que aquel discurso de 1961 y este de 1971 sean congruentes, no significa que los diez años hayan transcurrido en vano. Al principio de sus Palabras a los intelectuales, había recordado Fidel que la revolución económica y social que estaba teniendo lugar en Cuba tenía que producir inevitablemente, a su vez, una revolución en la cultura de nuestro país. A esa transformación que sería producida inevitablemente por la revolución económica y social, y que anunció en 1961, corresponden, entre otras, las decisiones procla­madas en el discurso del 13 de marzo de 1969, sobre la universalización de la Universidad, y en el discurso del Primer Congreso Nacional de educación y cultura, en 1971. Durante esos diez años se ha ido produ­ciendo una ininterrumpida radicalización de la Revolución que implica una creciente participación de las masas en el destino del país. Si a la reforma agraria de 1959 seguirá una revolución agraria, a la campaña de alfabetización seguirá la de seguimiento, y luego se anunciará una uni­versalización de la Universidad que supone ya la conquista por las ma­sas de los predios de la llamada alta cultura; mientras, paralelamente, el proceso de democratización sindical hace sentir el indetenible creci­miento en la vida del país del papel de la clase obrera.
          En 1961 no hubiera podido ser así todavía: ese año se estaba reali­zado apenas la campaña de alfabetización: se estaban echando las bases de una cultura realmente nueva. Hoy, en 1971, se ha dado un salto en el desarrollo de esa cultura; un salto que, por otra parte, ya había sido previsto en 1961 e implica tareas de inevitable cumplimiento por cual­quier revolución que se diga socialista: la extensión de la educación a todo el pueblo, su asentamiento sobre bases revolucionarias, la cons­trucción y afianzamiento de una cultura nueva, socialista.
          Para comprender mejor tanto las metas como los caracteres específi­cos de nuestra transformación cultural en marcha, es útil confrontarla con procesos similares en otro países socialistas. El hacer que todo un pueblo que vivió explotado y analfabeto acceda a los más altos niveles del saber y de la creación, es uno de los pasos mas hermosos de una revolución.
         Las cuestiones culturales ocuparon también buena parte de la meditación de Ernesto Che Guevara. Es suficientemente conocido su trabajo El socialismo y el hombre en Cuba como para que sea necesario glo­sarlo aquí. Baste con sugerir al lector, eso sí, que no proceda como algunos que lo toman por separado, reteniendo, por ejemplo, su censura a cierta concepción del realismo socialista,[83] pero no su censura al arte decadente del capitalismo actual y su prolongación en nuestra sociedad; o viceversa. U olvidan cómo previó con pasmosa claridad algunos pro­blemas de nuestra vida artística en términos que, al ser retomados por plumas menos prestigiosas que la suya, producirían objeciones que no se atrevieron a hacerle al propio Che. Por ser mucho menos conocido que El socialismo y el hombre en Cuba, quisiera terminar citando con alguna extensión el foral de un discurso que el Che pronunciara en la Universidad de Las Villas, el 28 de diciembre de 1959, es decir, al comienzo mismo de nuestra Revolu­ción. La Universidad le había otorgado al Che el título de profesor ho­noris causa de la facultad de pedagogía, y el Che debía agradecer en ese discurso la distinción. Lo hizo. Pero lo que sobre todo hizo fue propo­nerle a la Universidad, a sus profesores y alumnos, una transformación que requerían —que requeríamos— todos para poder ser considerados ver­daderamente revolucionarios, verdaderamente útiles:

         No se me ocurriría a mí (dijo entonces el Che) exigir que los se­ñores profesores y los señores alumnos actuales de la Universidad de Las Villas realizaran el milagro de hacer que las masas obreras y campesinas ingresaran en la Universidad. Se necesita un largo cami­no, un proceso que todos ustedes han vivido, de largos años de estudios preparatorios. Lo que sí pretendo, amparado en esta pequeña historia de revolucionario y de comandante rebelde, es que com­prendan los estudiantes de hoy de la Universidad de Las Villas que el estudio no es patrimonio de nadie, pertenece al pueblo entero de Cuba y al pueblo se la darán o el pueblo la tomará. Y quisiera, porque inicié todo este ciclo en vaivenes de mi carrera como universitario, como miembro de la clase media, como médico que tenía los mismos horizontes, las mismas aspiraciones de la juventud que ten­drán ustedes, y porque me he convencido de la necesidad imperiosa de la Revolución y de la justicia inmensa de la causa del pueblo, por eso quisiera que ustedes, hoy dueños de la Universidad, se la dieran al pueblo. No lo digo como amenaza para que mañana no se la to­men, no; lo digo simplemente porque sería un ejemplo más de los tantos bellos ejemplos que se están dando en Cuba, que los dueños de la Universidad Central de Las Villas, los estudiantes, la dieran al pueblo a través de su Gobierno Revolucionario. Y a los señores pro­fesores, mis colegas, tengo que decirles algo parecido: hay que pin­tarse de negro, de mulato, de obrero y de campesino; hay que bajar al pueblo, hay que vibrar con el pueblo, es decir, las necesidades to­das de Cuba entera. Cuando esto se logre, nadie habrá perdido, to­dos habremos ganado y Cuba podrá seguir su marcha hacia el futuro con un paso más vigoroso, y no tendrán necesidad de incluir en su claustro a este médico, comandante, presidente de Banco y hoy profesor de pedagogía que se despide de todos.[84]

         Es decir, el Che le propuso a la “universidad europea”, como hubiera dicho Martí, que cediera ante la “universidad americana”; le propuso a Ariel, con su propio ejemplo luminoso y aéreo si los ha habido, que pidiera a Calibán el privilegio de un puesto en sus filas revueltas y glo­riosas.

Notas

[77] “Intelectual” en el sentido lato del término, tal como lo emplea Gramsci en sus clásicas páginas sobre el tema, que suscribo plenamente. Por suficientemente conocidas no considero necesario glosarlas aquí: v. Antonio Gramsci: Los intelectuales y la organización de la cultura (1930), trad. de Raúl Sciarreta. Buenos Aires, 1960. Con este sentido amplio se usó ya la palabra entre nosotros en el Seminario preparatorio del congreso cultural de La Habana (1967), y últimamente Fidel ha vuelto sobre el tema, en su discurso en el Primer Congreso nacional de educación y cultura, al rechazar que la denominación sea usufructuada sólo por un pequeño grupo de “hechiceros”, el cual “ha monopolizado el título de intelectuales”, pretendiendo dejar fuera de él, a “los maestros, los ingenieros, los técnicos, los investigadores...”

[78] Carlos Marx y Federico Engels: Manifiesto de/ partido Comunista, en Obras escogidas en dos tomos, Moscú, s. f., tomo I, p. 32.

[79] Y hay que recordar que hace más de cuarenta años que Mariátegui escribió: “éste es un instante de nuestra historia en que no es posible ser efectivamente nacionalista y revolucionario sin ser socialista”. (J. C. M.: Siete ensayos, cit., p. 26, n.).

[80] José Carlos Mariátegui: “Aniversario y balance”, cit., p. 249.

[81] Varios: “Diez años de revolución: el intelectual y la sociedad”, en Casa de las Américas, n° 56. septiembre-octubre de 1969. (Se publicó tambien con el título El intelectual y la sociedad, en México, 1969).

[82] Fidel Castro: Palabras a los intelectuales, La Habana, 1961, p. 5.

[83] Cierta concepción estrecha del realismo socialista —que el Che rechaza en este texto al mismo tiempo que rechaza la falsa vanguardia que se atribuve hoy el arte capitalista y su influencia negativa entre nosotros—, no ha causado estragos en nuestro arte, como dijo el Che, pero sí lo ha causado el te­mor extemporáneo a esa concepción, en un proceso que ha descrito bien Ambrosio Fornei:
      Durante diez años (escribió), los novelistas cubanos sortearon hábilmente los peligros de una épi­ca que podía llevarlos al esquematismo y la parálisis. En cambio, la mayor parte de sus obras. tanto en su contenido como en su forma. acusan un aire de timidez del que se libraron, por ejemplo, el cine documental y la poesía (y del que quizás se libre la cuentística) (...) si la nueva narrativa, en el clima de libertad artística en que creció, hubiera atravesado por un período épico, de exaltación ingenua de la realidad, quizás habría descubierto al menos un tono propio, que le hubiera exigido nuevas formas. y hoy podríamos hablar es un decir- del vanguardismo épico de la narrativa cubana. // (...) El riesgo debía asumirse a partir de una caída y no tratando de evitarla, porque el hecho de que no se cayera en el panfleto no garantizaba que no se cayera en el mimetismo y la mediocridad. (A. F.: “A propósito de Sacchario”. En Casa de las Américas, n° 64, enero-febrero de 1971).

[84] Ernesto Che Guevara: “Que la Universidad se pinte de negro, de mulato, de obrero, de campesino”, en Obras 1957-1967, La Habana, 1970, tomo II, p. 37-8.



Literatura .us
Mapa de la biblioteca | Aviso Legal | Quiénes Somos | Contactar