Antonio
Benítez Rojo
(La Habana, 1931-
Massachusetts, 2005)
Sobre El
Mar de las lentejas
Por John Updike
El mar de las lentejas, del
expatriado cubano Antonio Benítez Rojo, juega de forma estimulante con la
historia de España y de América mediante una continua lluvia de luminosa
y violenta imaginería y una inequívoca indignación. Benítez Rojo tiene
un punto de vista propio, analítico y espantado que, cabe imaginar,
procede de los tiempos en que, después de 1959, trabajó para el recién
instalado régimen castrista. La introducción de El mar de las
lentejas, escrita por Sidney Lea, cuya New England Review and Bread
Loaf Quaterly publicó por primera vez en inglés a este chispeante
autor, nos dice que, antes de la revolución castrista, Benítez Rojo
había estudiado Economía en los Estados Unidos y que después trabajó
en el Ministerio de Trabajo. Realizó investigaciones sobre historia
caribeña para la Casa de las Américas, una institución cultural del
gobierno, y, en 1979, se convirtió en el director del Centro Cubano para
los Estudios Caribeños. Al año siguiente, cuando asistía a una reunión
académica en París, desertó, y ahora da clases en el Amherst College.
Después de proporcionar esos antecedentes, Lea pasa a describir El mar
de las lentejas como algo líquido, no sólo por su temática sino por
su método: “Su continuidad (o continuidades) consiste,
paradójicamente, en los propios polirritmos de la interrupción, la
divagación, la reconsideración y el agotamiento”. Cita a Benítez
Rojo: “La cultura del meta-archipiélago es un eterno retorno, una
desviación sin destino o mojón, una rotonda que no lleva más que de
regreso a casa; es una maquinaria de retroalimentación, como el mar, el
viento, la Via Láctea o la novela”. Continúa citando a este elocuente
autor cuando dice que El mar de las lentejas es “sin duda, una
novela desconstruccionista”, remitiéndose así a un término oscuro que
resulta muy cómodo para los académicos contemporáneos. ¿Significa
aquí “desconstrucción” que la novela se va disolviendo a medida que
avanza o que, al dar vida a algunas desagradables anécdotas históricas,
descompone nuestros mitos de expansión imperial? La novela no es
especialmente intrincada o engañosa. Combina cuatro líneas narrativas
diferentes, pero con demarcaciones bastante claras; aquellos lectores que
hayan sobrevivido a Faulkner o Joyce no tendrían que tener problema en
mantenerse a flote. En esta cuestión de si Benítez Rojo es legible o no,
lo que importa es que ha llenado su novela de un material llamativo y que
escribe maravillosamente, de forma vital, penetrante y con una densidad
poética.
Las cuatros líneas se refieren (1)
al Rey Felipe II de España que, agonizante en su lecho de El Escorial en
1598, reflexiona con tristeza sobre su largo reinado; (2) al soldado
Antón Babtista, un personaje inventado que llega a La Española en 1493,
con el segundo viaje de Colón, y a su rapiñera carrera entre los
crédulos y dóciles indios; (3) a don Pedro, el joven yerno del
Adelantado (título que se daba al gobernador de una provincia) Pedro
Menéndez de Avilés, que vive de la fundación de San Agustín en 1565 y
la masacre inmisericorde de las tropas de los hugonotes franceses
capturadas en sus cercanías; y (4) a los Ponte, una familia de
comerciantes genoveses transplantada a Tenerife, en las Islas Canarias, y
al provechoso comercio triangular que desarrollan, intercambiando armas
por esclavos en África y esclavos por oro, plata y perlas en el Caribe.
Esta última línea narrativa, la económica, se aprovecha de la especial
erudición del autor y resulta crucial en este tapiz de explotación
colonial, aunque sea la más difícil de seguir, a pesar de que las
aventuras financieras de los Ponte tengan toques coloristas en los que se
incluye la piratería y la calculada seducción del marino inglés John
Hawkins por la encantadora Inés de Ponte. En las cuatro historias, las
mujeres tienen un importante papel en los destinos de los hombres: Inés
recluta a Hawkins para la flota de los Ponte; Felipe II lamenta
profundamente no haber logrado los favores de Isabel de Inglaterra, un
revés amoroso que tiene resultados cataclísmicos en la derrota de su
armada treinta años después, y tanto Antón Babtista como don Pedro
deben sus privilegiadas posiciones a los familiares de sus cónyuges.
Babtista es una maravillosa
creación, una especie de Sancho Panza de Rabelais. Las pequeñas indias
taínas de La Española no son para él más que simples receptáculos que
hay que llenar o vaciar:
“...te solazaste con una moza de
coño estrecho y azmizclado; enseguida tomaste a otra que criaba, y medio
acogotándola te pegaste a mamar como un ternero hasta dejarle las ubres
secas. Aquello sí que era vivir y no los días de hambruna y letanías de
la Mariagalante, suspirabas de gozo, oculto entre las cañas del
río, mientras rajabas con tu verga la entrepierna de una niña de
pechitos duros y salados como cuezcos de aceituna”
Este regodeante hombre común de la
conquista, “con la panza pesada y los compañones vacíos”, sirve de
estímulo para que la prosa de Benítez Rojo alcance el cálido entusiasmo
del trato directo. Confundido con un dios, Babtista vive entre los indios
como un huésped privilegiado:
“...engordaste como un cerdo en
ceba, Antón: criaste una dulce entrepiel de grasa y echaste enjundias y
tocinos patriarcales que mecías en la bondad de la hamaca, Antón
lechón, Antón gordinflón, Antón panzón, que hasta la nariz te
rezumaba manteca”
En un momento de impulsivo altruismo,
Antón bautiza a un bebé taíno. A través de ese niño establece un
vínculo con la sobrina de un jefe indio; a su amante la llama doña
Antonia y se incrusta en su familia “como una voraz y descomunal nigua”.
Sin embargo, su feliz estado parasitario se ve alterado por las nuevas
normas coloniales de La Española, que se está asentando: cuando se
prohíbe la cohabitación, Antón se casa con su benefactora india, y
cuando un decreto declara que “todo aquel culpable de rebajar a los
pisos la dignidad castellana por su matrimonio con india lorar y pagana”
debe perder sus tierras y posesiones, actúa aún con más decisión. “Antón
Babtista, al oír al pregonero, corrió a su casa, busco a doña Antonia
y, en un periquete, la estranguló con la tira de algodón que llevaba a
modo de tiara”.
La crueldad arbitraria de esos
invasores españoles, poseídos por sus ideas de Dios y del oro, arde en
toda la alucinante historia de El mar de las lentejas. La devoción
de Felipe II, que aspira a la santidad, se mezcla tenebrosamente con el
hedor y con los efluvios de su postrer sufrimiento; el peso de un reinado
sin alegría, dedicado a la Contrarreforma, le empuja a la tumba. Con
fría satisfacción, contempla la amplitud de su católico imperio, en el
que “si por un azar el enemigo pusiera pie en algún paraje desolado, no
se sostendría allí mucho tiempo, pues correría la suerte de los
hugonotes que osaron aposentarse en Florida”; así se alude a un
acontecimiento del que hemos sido testigos en otras de las narraciones de
la novela. Con todas las cortesías de la caballería medieval, Menéndez
de Avilés (a quien su yerno considera débil y viejo, aunque en 1565
tenga sólo tenga cuarenta y seis años) rechaza el ofrecimiento de
tributo de los soldados franceses y su petición de clemencia. Le indican
que Francia y España no están en guerra, y él responde: “cierto que
guerra no hay... más la Florida es casa ajena y vedada para todo aquel
que no sea español. Por más sois herejes y, ansí, enemigos de España,
y os habré de combatir como tales, que eso encomendóme mi rey... más
sois luteranos y os habré de matar por ello”.
Las fuerzas protestantes, creyéndose
por error menos numerosas, se rinden y son masacradas a traición en las
dunas. Al final de la carnicería, que ha tomado a don Pedro por sorpresa,
su suegro le pregunta burlón: “¿Cuántos cerdos luteranos habéis
matado, maestre?”. Cuando aparece el siguiente grupo de hugonotes, se
invita a don Pedro a dar muerte a su jefe, Juan Ribao, cuando se arrodilla
en la arena para cantar un himno. Tembloroso, el joven se pone a ello,
pero, después de la primera arremetida, la víctima sigue cantando “aunque
muy quedo y atorado por la sangre que le corría por boca y narices”. El
Adelantado le abraza diciendo: “Ya puedo morir tranquilo, que destas
tierras seréis buen cuidador”. La Contrarreforma ha conseguido otro
buen soldado; el quisquilloso fanatismo forjado en las guerras contra los
moro, con el que el imperio español habría de levantarse y caer, se ha
puesto de manifiesto de manera escalofriante.
El cuadro de Benítez Rojo prescinde
de muchos elementos que un historiador imparcial podría haber incluido:
los compasivos sacerdotes que iban tras los ejércitos, registrando y,
finalmente, mitigando las atrocidades que sufrían los indios; el
salvajismo que ya existía en las naciones indígenas, así como el valor
y el brío quijotescos con el que, en pocas décadas, los conquistadores,
atraídos por los rumores de la existencia de El Dorado y de la fuente de
la juventud, reclamaron como propio un territorio que iba desde California
hasta Chile. Sin embargo, la responsabilidad de una obra de arte reside en
dotar de vida convincente a los materiales que elige y El mar de las
lentejas, tomando su atmósfera irreal de los hechos, sí logra tejer
una nauseabunda visión de la crueldad, codicia, opresión y destrucción
desatada en el Nuevo Mundo por los conquistadores españoles. Esta novela
nos hace lamentar el descubrimiento de América.
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