Antonio
Benítez Rojo
(La Habana, 1931-
Massachusetts, 2005)
Entrevista
con Maria Rita Corticelli
En
Amalfi, al terminar la zona costanera, hay un malecón que entra en el mar
y la noche. Se oye ladrar a un perro más allá de la última farola.
Julio Cortázar
Con Mujer en traje de batalla,
usted regresa a la novela histórica. Esta última tiene una estructura
más sencilla si es comparada con El mar de las lentejas. Además
tiene algo en común con El siglo de las luces de Carpentier porque
trata del mismo período histórico…
La relación con la obra de Carpentier existe. Parte es involuntaria, pues
al ser Enriqueta Faber un personaje histórico, tuve que desarrollarlo por
fuerza dentro del marco de una época dada. No obstante, mentiría si
dijera que, mientras escribía no tenía presente El reino de este
mundo y El siglo de las luces. Pero también tenía presentes
las novelas y ensayos de José Lezama Lima y Guillermo Cabrera Infante. Se
trata de obras muy diferentes entre sí, aunque tienen en común el
pertenecer a los escritores cubanos con quienes dialogo más fácilmente.
Si se fija en la primera página de mi novela, verá que, a manera de
homenaje, cito fragmentos de sus libros. También cito a Leví Marrero,
cuya obra historiográfica estimo por encima de otras. Los quince tomos de
su Cuba: economía y sociedad son ejemplares en más de un sentido.
¿Cómo fue que descubrió a Henriette Faber, la protagonista de su
novela?
Fue hace años. Supe de ella gracias a las Crónicas de Santiago de
Cuba, de Emilio Bacardí. Entre los sucesos correspondientes al año
1823 se daba cuenta de las acusaciones que se le hicieron en el juzgado de
esa ciudad, acusaciones que iban desde el hecho de haber pasado por hombre
para ejercer la medicina hasta el de haberse casado con otra mujer bajo el
nombre de Enrique Faber. Además, se hablaba de su pasado, es decir, de su
nacimiento en Lausana, de su temprana horfandad, de su matrimonio con un
oficial del Ejército Francés y de cómo, después de la muerte en
batalla de éste, había resuelto vestirse de hombre para estudiar
medicina en la Universidad de París. Luego venía su participación como
cirujano militar en la campaña rusa de 1812 y en la etapa final de la
guerra en España, donde fue capturada por las tropas de Wellington. Como
es fácil imaginar, enseguida me pareció que reunía las condiciones para
un buen personaje de novela. Dado que este hallazgo había ocurrido en
fecha próxima a mi salida de Cuba, pospuse el proyecto para mejores
tiempos. Sin embargo, si bien me establecí relativamente rápido en los
Estados Unidos como profesor universitario, seguí posponiendo la
escritura de la novela. Ocurría que la publicación de ensayos críticos
era un requisito para avanzar en mi nueva carrera, sobre todo si quería
alcanzar el nivel de catedrático con permanencia. Así, dada que mi
especialidad era el Caribe y ya había publicado la novela El mar de
las lentejas, decidí escribir, a partir de ese primer libro, una
trilogía que incluyera además los géneros de ensayo y cuento.
Terminadas estas obra con los títulos de La isla que se repite y Paso
de los Vientos, comencé a investigar los diferentes contextos que
rodeaban la existencia de Henriette Faber; esto es, cómo vivía un
estudiante de medicina en el París de 1810, los detalles que hablaban de
las campañas napoleónicas, cómo era la vida social en La Habana y en
Baracoa hacia 1820, cómo se conducían los procesos judiciales en Cuba, y
muchas más cosas, digamos descripciones de lugares, vestuario de moda,
comidas y bebidas, obras literarias, dramáticas y musicales de la época,
etc. Finalmente, en el otoño de 1999, empecé a escribir Mujer en
traje de batalla. La terminé en agosto del 2001.
¿Qué autores y tipos de novelas influyeron más en la obra?
Justamente cuando iniciaba la investigación para mi novela me nombraron
miembro del jurado del premio Rómulo Gallegos. Leí más de 200 libros,
de manera que tuve oportunidad de analizar la producción novelística en
idioma español durante un año En ese proceso observé que la mayor
cantidad de las obras seguían el modelo del thriller, quizás con
la esperanza de que el libro fuera adaptado al cine o a la televisión o
que tuviera mucha publicidad. Otra significativa área de trabajo era el
romance, la novela erótica, a veces bordeando la pornografía. También
había novelas testimoniales que seguían las fórmulas del post-boom, un
poco aburridas porque ya todas las utopías políticas y las ideologías
en América Latina se han ido a pique. No faltaban las novelas
históricas, entre las cuales había una muy buena, titulada Tierra del
Fuego, y las de realismo mágico, que tomaban como modelos Cien
años de soledad y Como agua para chocolate. Finalmente,
habría una docena de obras escritas con intenciones innovadoras, como Margarita
está linda la mar, Caracol Beach y Los detectives salvajes,
resultando premiada la última de ellas. En la medida en que leía estos
libros, iba reparando en dos cosas: desde mi perspectiva individual pocas
de aquellas obras podían considerarse verdaderas novelas de personajes,
en el sentido de que yo pudiera identificarme íntimamente con ellos;
también echaba de menos la función de entretener, y esto no porque no se
acudiera al suspenso y otras fórmulas como son el sexo y la violencia,
sino porque al no "verse" ni "escucharse" hablar a los
personajes, mi interés en tanto lector navegaba por aguas de poco fondo.
Se podía decir que, en lo fundamental, la función de entretener “mostrando”
había cedido el paso a la de entretener “diciendo”; esto es, captar
al lector no tanto a través de acciones como de conceptos. Antes de
proseguir, quiero dejar claro que mis intenciones aquí no son las de
señalarle defectos a la novelísitica actual. Mis impresiones son
estrictamente personales y, por tanto, sujetas a la arbitrariedad.
Simplemente, me pareció que el viejo arte de narrar entreteniendo -la
preceptiva que había orientado los cuentos de Las mil y una noches--
estaba en baja; me pareció que se escribía como si Cervantes, Fielding,
Balzac, las Brontë, Hugo, Dickens, Dumas, Stendhal, Flaubert, Tolstoi y
tantos otros no hubieran existido. Así, me propuse que, entre los
objetivos de mi novela, la capacidad de entretener habría de figurar en
primer término. Y para ello, además de imaginar una trama interesante,
debía lograr que el lenguaje de la obra interactuara con el lector de tal
manera que la imaginación de éste construyera algo así como una
película, algo que pudiera leerse y recordarse visualmente..
¿Qué temas se propuso tocar en la trama?
La historia real de Henriette Faber daba pie para que tomara partido por
la causa de la mujer, preocupación justa y de gran actualidad. Además,
al escribir sobre su atracción sexual por las mujeres y por los hombres
de manera indiscriminada, también trataba un tema de gran interés en la
sociedad del presente, el de la libertad sexual. No obstante, pienso que
el personaje tiene una proyección que va más allá de la cuestión
estrictamente erótica. Se trata de un espíritu independiente que sigue
sus propios códigos éticos aunque éstos no coincidan con las
convenciones de la época. Así, vemos a Henriette hacerle frente a los
grandes obstáculos y humillaciones que encuentra a su paso, incluso a su
propio sufrimiento por las muertes de su marido, de su hijo, de sus
amigos. Nada consigue paralizar su voluntad de seguir adelante. Pienso que
esta actitud ante la vida tiene como premio un sentimiento de libertad
total raro de experimentar. Bien mirado, diría que Henriette es un héroe
social que trasciende la división hombre/mujer. Para mí Henriette es
sobre todo un ser humano, un individuo en busca de la libertad de actuar y
expresarse lo más auténticamente posible.
¿No tiene miedo que las feministas se le echen encima?
Si supiera que no. No creo que exista para ello una razón de importancia.
En cualquier caso, en su lucha por la igualdad de derechos, las mujeres
tienen en mí un seguro aliado.
Usted escribe, entonces, una novela que toma en cuenta a los autores
del siglo XIX, ¿pero cómo concilia esto con la historia más reciente de
la novela latinoamericana?
Bueno, yo no diría que mi novela intenta copiar a las del siglo XIX. Es
una novela inclusiva, es decir, incluye técnicas y valores que existen en
el discurso de la novela, desde el Quijote hasta la actualidad.
Naturalmente, hay pasajes que recordarán a Stendhal, a Hugo, a Tolstoi,
pero también hay otros que están escritos desde la segunda persona,
digamos como la Aura de Carlos Fuentes, o bien apuntan conflictos
existencialistas que vemos en Rayuela y en El astillero y en
la narrativa de Donoso, o bien rememoraciones de paraísos perdidos que
harían pensar en Cabrera Infante, García Márquez y Lezama Lima, o
diversas actitudes hacia la documentación histórica que podrían
coincidir con ciertas obras de Vargas Llosa y Carpentier, esto para citar
nombres archiconocidos. Además, ya dije, la sensibilidad de la novela se
corresponde con la de nuestro tiempo. Pienso que el hecho de que en Mujer
en traje de batalla coexistan varios tipos de escritura, desde la
picaresca y la romántica hasta la realista y la naturalista, desde la que
corresponde a la crónica de viaje hasta la propia de los diarios de
campaña, desde la que caracteriza a la prosa judicial y al relato penal
tanto como a la filosófica, hace de ella una obra cuyos modelos responden
a la cultura latinoamericana, o mejor, a la caribeña, en el sentido de
ofrecerse como un artefacto sincrético. Pienso en platos como el ajiaco o
el calalú, donde coexisten hervores de diversas naturalezas y
procedencias.
¿No hay algo ahí de posmoderno?
Sí, pero pienso que hay pasajes y temas que van más allá de los
intereses de la posmodernidad. El tema de la esclavitud, tal cual está
desarrollado, responde principalmente al canon caribeño. Tampoco encajan
bien dentro de la posmodernidad los pasajes mágicos del hospital de
Smoliensk y los diálogos de Henriette con Hada Madrina. En realidad,
pienso que lo latinoamericano, y más aún lo caribeño, desbordan lo
posmoderno.
Sin embargo, casi toda esta novela, con excepción de la última parte,
se desarrolla en Europa. Cuba parece entrar de lado. ¿Por qué tanta
insistencia en la campaña de Rusia… esto tiene que ver con el Caribe?
De acuerdo con lo que se conoce de la vida real de Henriette, Cuba sólo
aparece al final. Aunque le diré que el hecho de que en términos de
páginas Cuba represente un sexto de la novela, no me preocupa. Reitero lo
dicho: Pienso que mi novela pertenece a la literatura del Nuevo Mundo
tanto por su sistema rítmico como por su manera de ser, si me permite
este giro. Es latinoamericana, es caribeña, es incluso cubana del mismo
modo que lo son El negrero de Lino Novás Calvo, El mundo
alucinante de Reinaldo Arenas, Cobra de Severo Sarduy y El
huracán de Fernando Ortiz. ¿Acaso no se tiene a Hemingway como un
escritor profundamente norteamericano a pesar de que los Estados Unidos
sólo aparece en un puñado de sus cuentos y en una sola de sus novelas, Tener
y no tener, y para eso a medias? Pero aún hay más. El hecho de que
la vida de Henriette haya transcurrido en varios países se avenía muy
bien a mis deseos de escribir una novela donde existiera una variedad de
escenarios, tiempos y temas. A esto nos ha acostumbrado el televisor y la
web. Podrá estarse en contra de la globalización, pero no se puede negar
que estamos en un momento en el que el mundo se ha hecho muy pequño
gracias al desarrollo de los medios de comunicación. Se puede decir que Mujer
en traje de batalla conecta el mundo a Cuba, idea que ya vemos en
José Martí.
¿Cómo se relaciona esto en su trayectoria pasada?
Mis primeros cuentos tienen a Cuba por escenario, si bien en "La
tierra y el cielo" y "El escudo de hojas secas" hay ritmos
y referentes propios de la literatura caribeña, en un sentido general.
Naturalmente, esto se va a observar con mayor fuerza en mi trilogía sobre
el Caribe. No obstante, el área del Caribe se extiende hasta una región
mucho mayor, la región afroatlántica, en la cual figura de lleno una
parte importante de Europa. Así, mi interés parece haberse ido
desplazando de Cuba hacia fuera. Por eso esta novela, que toca la
problemática de la esclavitud y del colonialismo en Haití y en Cuba, se
acerca a mi trilogía caribeña. Observe que el Napoleón de Austerlitz y
de Moscú es también el Napoleón de Haití y de la Luisiana.
¿No piensa usted que a veces la globalización es usada por unos
intelectuales como excusa para no hablar de problemas locales urgentes de
sus países?
En el caso de Mujer en traje de batalla se habla de manera
simbólica sobre la Cuba actual. Están los problemas de la
discriminación racial y de los gobiernos burocráticos y despóticos,
insensibles a las esperanzas de sus súbditos. Recuerdo un momento de la
novela que tiene especial significación para mí. Cuando Henriette
embarca para salir de Cuba, no mira hacia atrás pues tiene presente la
anécdota de la mujer de Lot. Eso mismo hice yo en el instante de tomar el
avión que me llevaría al extranjero.
Henriette adquiere un conocimiento enciclopédico de La Habana y tiene
que jugar un juego de identidad muy interesante y está jugando con
distintas cosas…
Tiene que pensar que en muchos casos Henriette soy yo. Como sabe, en La
isla que se repite insisto en que uno puede tener la identidad cubana
pero, si sigue haciendo conexiones de tipo cultural, encontrará que su
identidad se desparrama por el mundo. Pongo como ejemplo a la Virgen de la
Caridad del Cobre, icono de la cubanía, pero que al ser referido a otros
puntos por los caminos de la significación, entran a jugar lugares tan
apartados por el espacio y por el tiempo como el imperio yoruba, las
tribus arauacas que habitaban en la desembocadura del Orinoco y la remota
Bizancio. Pienso que la identidad dista mucho de ser fija. Yo, al menos,
me reconozco como cubano, caribeño y afroatlántico, esto es, heredero de
las culturas de todos los continentes.
¿Por qué tantas muertes en la vida de Henriette?
Muchas de ellas ocurrieron en su vida real, digamos sus padres, su marido,
su hijo, su tío. Además, hay que tener presente que en la campaña de
Rusia murieron 9 de cada 10 personas; esto es, vio morir a muchos de los
que marcharon con ella. También están las exigencias dramáticas de la
narración, por ejemplo, las muertes de Alfred, Maryse y Robledo,
personajes ficticios sujetos a las estrategias del Romanticismo y el
Realismo. ¿Cömo resolver el romántico amor de La dama de las
camelias si Margarita no muriera? ¿Cómo concebir Madame Bovary
si la patética Emma no se suicidara? .
Usted no termina del todo la novela; la deja abierta ¿Cómo acaba la
historia de Henriette?
De la Henriette real, nada se sabe después de su expulsión a Nueva
Orleans. Así, la novela termina en el barco que la conduce a esa ciudad.
Podría haber seguido adelante, pero el número de páginas escritas ya se
hacía demasiado grande. No obstante había un problema: la Henriette
ficticia escribe su vida a los ochenta años y cabe que el lector se
pregunte qué le ocurrió después de desembarcar en Nueva Orleans con la
identidad de una prostituta. Al llegar a este punto recordé el final de
un conocido cuento de Hemingway, "Las nieves del Kilimanjaro",
donde el personaje, un escritor, muere pensando que le habría gustado
escribir sobre una serie de experiencias que no había alcanzado a
escribir. Eso me llevó a poner en boca de Henriette un deseo semejante,
es decir, carecer de tiempo para contar lo que le ocurrió en Nueva
Orleans, en Egipto, en Venecia y otros lugares. Pero, además, hay una
realidad irrebatible: nadie puede llegar a escribir todos los detalles de
una larga vida. Por fuerza, siempre algo quedará fuera del tintero.
En su ensayo sobre la identidad caribeña usted habla de Carpentier y
de Lezama Lima...
También hablo de otros escritores cubanos: Guillermo Cabrera Infante,
Fernando Ortiz, Nicolás Guillén, Lydia Cabrera, Agustín Acosta,
Reinaldo Arenas y los que pertenecieron al círculo literario de Domingo
Delmonte. El caso es que, como ya he dicho, casi todos estos escritores
están en mi obra. Para poner algunos ejemplos, el estilo de mi cuento
"A la gente le gusta el azul" debe mucho al Cabrera Infante de Tres
tristes tigres . La idea de buscar estructuras y técnicas diferentes
en cada uno de mis cuentos, nace de la lectura de Guerra del tiempo,
de Carpentier. En cuanto a Fernando Ortiz, sus ideas pesaron tanto en la
escritura de La isla que se repite, que le dediqué esta obra. En
lo que toca a Lezama Lima, cuando escribía "El escudo de hojas
secas" tuve presente su libro de ensayos La expresión americana.
Quiero decir con esto que, como observó Michel Foucault, uno es más bien
un "escritor" que un "autor" o "creador". En
realidad, escribimos desde un discurso que se nutre de la obra de todos
los escritores del pasado y del presente. El espacio que hay para la
verdadera originalidad es mínimo, ya que dicho discurso no admite cambios
drásticos. Lo único que está a nuestro alcance son las pequeñas
maniobras, diría Virgilio Piñera, otro gran escritor cubano. Con todo,
las obras más características de los escritores que menciono tienen gran
importancia. Sin ellas, la literatura cubana se vería empobrecida. Una
literatura nacional cobra significación gracias a sus diferencias, no a
sus semejanzas.
¿No le llama la atención el juego lingüístico de Sarduy?
Me llama la atención por lo ingenioso, pero salvo su n ovela De donde
son los cantantes, el resto de su obra no me interesa mucho tal vez
por la manera en que llegué a ser escritor. Tenga en cuenta que empiezo a
interesarme en el Caribe al preguntarme de dónde sale la Revolución
Cubana. Me preguntaba cuáles serían las causas de los cambios
históricos que tanto habían afectado la vida en Cuba, particularmente la
mía. Así, puede decirse que mi entrada en el mundo de las letras es
producida por acontecimientos políticos y sociales.
¿Usted, entonces, empezó a escribir a raíz de la Revolución?
Más o menos. Los primeros años de la Revolución fueron muy importantes
desde el punto de vista cultural. No hay duda de que las artes y las
letras experimentaron un desarrollo, gracias al cual emergieron nuevos
escritores, entre ellos yo. Sin embargo, la censura y las represiones
contra los intelectuales fueron aumentando de grado, al punto que en los
1970s ya la literatura había desaparecido en la práctica. Eran
publicados muy pocos escritores. A la gran mayoría, como era mi caso, se
les reprochaba alguna cuestión política o ideológica, incluyendo la
homosexualidad y las creencias religiosas. Llegó un momento en que todo
se volvía políticamente incorrecto. Más aún, se nos advertía que todo
lo que escribiéramos resultaría impuro hasta la llegada del "hombre
nuevo" . El caso es que los organismos culturales creados en la
década anterior -Casa de las Américas, Unión de Escritores y Artistas,
Instituto de Arte e Industria Cinematográficos, la Imprenta Nacional,
etc.-se volvieron contra sus intereses iniciales: contribuir al desarrollo
de la cultura. Por otra parte, la repercusión internacional que tuvo el
llamado caso Padilla hizo que muchos intelectuales extranjeros dejaran de
apoyar el gobierno de Fidel Castro. A finales de los 70s la situación
mejoró algo y se me permitió publicar, pero los fructíferos tiempos de
los primeros 60s jamás volverían. Aún hoy, a pesar de la menor rigidez
con que la burocracia oficial maneja los asuntos de la cultura, dista de
ser fácil escribir dentro de la isla. De esto acaba de dar cuenta el
escritor Leonardo Padura.
¿Cuál es actualmente su relación con Cuba?
Si por ello entiende mis relaciones con el Gobierno Cubano, le diré que
son inexistentes. Para empezar, de acuerdo con las leyes cubanas soy un
apátrida, término que aparece escrito en un papel consular que aún
conservo. Este despojo de mi nacionalidad fue el castigo por haberme ido a
vivir al extranjero sin el visto bueno oficial. Pero claro, si hay algo
que no puede ser borrado es la identidad de uno. Quiero decir con esto que
me considero un escritor cubano a pesar de ser ciudadano de los Estados
Unidos. Tampoco mantengo relaciones con los amigos que dejé en Cuba ni
mucho menos con ninguna institución. Eso no quita, sin embargo, que Cuba
viva dentro de mí, aunque debo agregar, no en términos de una patria
abstracta sino como espacio de la memoria, como escenario donde me veo
actuar en situaciones concretas, unas veces desgraciadas y otras felices
pero por lo general entrañables. Raro es el día en que no visito La
Habana a través del recuerdo, sobre todo recientemente. No sé si sabrá
que he empezado a escribir mis memorias.
Cuénteme de ese nuevo proyecto. ¿Será una autobiografía en regla o
algo así como la vida de Henriette Faber?
Aún no sé. Posiblemente nade entre esas dos aguas: las de la realidad y
las de la ficción.
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