Antonio Skármeta
(Antofagasta, Chile, 1940 -)

Final del Tango

      Infierno infierno la turbia imagen de lo que soy entre los copetines los bocadillos de langostines y el petit-bouche de queso, infierno mi inflamación entre las piernas mi lomo arqueado mordiendo aun otra maleza, otro infierno, ese que tienes tú, perra, ahí abajo, donde se combustiona la membrana más fina de mi piel, infierno este impúdico derrame de carne mientras hago el tango contigo (la del país lejano) y la piel de zorro de tu madre te cuelga sobre los pliegues de tu terciopelo, y tú levitas por la alta tierra de marfil desde donde asistes a mis contorsiones reventando un gesto, echando redondito el humo del cigarro por la boca, eso, ah já, y pensar aun en un día en que habría sido inteligente, perra, y que eran mis manos las que sabían morderte la cintura, la más hábil la derecha, y la mala era la izquierda, buscándote entre las costillas, y era un tiempo mejor, de vez en cuando llovía en el invierno, no como estos días agónicos, los parques incinerados, la triste tutula del Darlo echando un chorrito en el parque, y la lluvia, en cambio, está sólo en los periódicos, llueve en un país lejano y no tan vacío como lo que eres, perrita, dulzura, amor, un país como Vietnam al que debieras conocer para que mudaras de planeta, para que no estuvieses todo el tiempo ahuyentándote los pájaros, para que no mancharas con tanto rouge la boca del cigarrillo, para que no combaras así tu vientre retirándote de mi sexo mientras bailas el tango, para que existieras, perra, fuera de esa zona, de esa nación tan frágil, de esa nariz tan respingada donde pareces fornicar con ángeles, y tus pupilas se dan vuelta llevando tus propios dedos del pelo descascarado de mi gamuza a la pelusilla un poco ácida de tus muslos, ah infierno, y conduces el animal de tu arcángel con tus propias yemas (¿quién eres, quién eres?: tu voz caliente), y se va rajando lentamente la marca en tu carne, y yo estoy lejos de tu incendio, yo contigo bailo tango, ni siquiera D’Arienzo o Canaro sino el francés, el de Brel, el más fúnebre, tal vez el más bueno para abandonar la música, cremarte mis sinfonías (la que me premiaron en Filadelfia, esa), y verte entonces apenas preocupada, la mirada violeta dulce corriendo abstraída el hilillo rojo de celofán de una nueva cajetilla de luckis, mientras yo repito un pasaje de violín, como si estuviera dialogando contigo, pero tal vez ni eso, quizás lo que suena no es mio sino Tartini, o Mozart, otra mierda, y mañana, mañana, sacudir en la casona del Arrayán la funda de los muebles (son los pájaros que se meten por los ventanales y los cagan enteros) y uno cree que va a llover, pero no es cierto, es sólo que todo se empantana tan fácil, los insectos en el aire, la radio en el mismo ¡ingle, y yo una y otra vez, tan ineludible, tan encima, tan caliente y cercano, me viera mi madre muerta, ah-já-já-já-já, me vieran mis alumnos del Conservatorio con esta erección matutina, con esta aniquilación casi saludable, casi moribunda, casi lo único que me queda, perra, que me lo vas llevando en el tango, y mi lengua se corre más abajo de tu pelo, las papilas taladran tu selva, siempre te he visto como país, como un atlas ingenuo, un país lejano para el que no se otorgan pasaportes, mi lengua abriéndose en la maraña, buscando seca un trago, y luego y luego, el perfil brillante de tu oreja, y ahora encontrarlo, vivir ahí, lamiéndote, oh cielos cielos, toda concavidad tuya es imagen de mi muerte, es succión, es precipicio, calda libre, y quién nos viera que supiera, apenas mi lengua que ronda la dureza de tus cartílagos, ardes, pero casi nada, yo soy un incendio en este salón pero no importa, porque yo no existo, alguien podría describirnos, fotografiarnos, y no habría nada, apenas la imagen de un galán insistente, la palidez de una mina que sabe calentarse mirando a los hombres que fuman bajo los cortinajes del salón, al que ríe con los dientes en la mitad de la pista, al que mira sombrío el pliegue de tu terciopelo en la esfera de tu culo, y me mira, y vuelve a tus muslos, a la línea de tu pierna, y está bailando contigo el tango -ah, infierno-, su rodilla va exploradora bajo el buen corte de su pantalón a abrirte un poco los Muslos, a acercarte la mejilla desierta, y tú me resistes, eres una nación remota, una especie de Holanda ambulante, de Indostán, y yo, mierda de mi, estoy firme con la huelga de la Sinfónica, te veo fornicar desde el palco, y yo soy el hombre que tú amas, y yo soy el hombre que te amo, y te curvas tan fácilmente ante esa mirada extranjera, es tan dulce tu rendición, tan flexible y maternal la linea de tu estómago,, como si un hijo lejano se te viniese replegando por tus huesos, los dedos blandamente hundidos en tu carne caliente, y casi flotas en la alfombra, elevada como una virgen ascendiendo, y yo debiera orarte, y otro te posee, y yo apenas existo, soy el hombre que tú amas, pero tu vientre se ha combado para mi, mi sexo naufraga en este salón, se muere en este tango, a ti te posee ahora un fantasma, y los trinos de la madrugada se despedazan afuera, o es mi sangre que estrangula los pájaros, esas aves que conozco bien, todos los pájaros que cubren la distancia desde la curva de tu hombro desnudo hasta los árboles desertados, esa madrugada que conozco bien donde el cigarrillo no te detiene, donde las sábanas casi grises son hostiles, casi se tragan tus piernas, pero tú cantas algo, algún tema miserable, y yo estoy tan mal con mis calzoncillos mirando el parque, y tú quién eres, y quién es Brel, y ahora perra qué has hecho con mis manos por qué se me aprietan así contra tu carne liberándose donde quiero el asesinato, y este vino que viene dando vuelta por todas partes, y ahora el estómago que se me desplaza y se me viene haciendo un incendio como quien dice, qué país es este, qué lobos lo habitan, qué lengua se habla tan corta de respiración, tan inútil este jadeo turbio que me aprieta en la carne, qué me haces, qué tango es este que me está matando sin ninguna muerte, qué Santiago, perra, esta fuerza mía que se me dilata, es un cuarteto de Brahms el que estoy bailando y no te doy este triunfo: ten mi amor pero no mi rabia, y ahora que me acuerdo de ese tipo, que si, textualmente, se muere de amor en La princesa de Clèves y la música tal vez fuera de Lully, pero esto es peor, estos pantalones de mierda son cada vez más frágiles, mis piernas se van desnudando, tengo un asco aquí cerca, qué especie de maricón estoy siendo por amarte, así sin hablar, como la derrota del trompo cuando cucarrea y se desvanece en la baldosa del barrio, quién canta, cuál es el mejor pasaje que he escrito, y ahora el roce con tu pelo, y mi barba cada vez más pálida, mi bozo lampiño, y hasta el tórax Cristo que se me aprieta y me estoy pegando a tu camisa, y el pecho se me descoyunta, me están saliendo tus tetas adelante, como si estuviera gestando una granada en los flancos, mis piernas cada vez más lacias, el terciopelo moribundo y quién me aprieta, la madera del suelo se baja, mis pies tan pequeños en la alfombra, y yo dónde estoy, cuál es este silencio, y tú que me estas llevando con tanta rabia, y qué me importas, y tu sexo duro entre mis piernas como si te perteneciera, tú con tu trono a cuestas, tu mierda de sinfonía y cuartetos, tu boca mordiéndome el cuello, ahora si que te picaste, sabes que se me levantó la falda, es donde me aprietas así, se me sube la falda y los hombres ven mis ligas, contemplan cómo me corre el sudor por el muslo, y tú me estás matando, y ya sé lo que va a pasarte, acabarás en ti, o en mí, cuando amanezca definitivamente, y tendrás tu propia repugnancia, tu conciencia latinoamericana, tu traje barato, pero yo estaré ahí donde tú dices, en una nación remota, ahí donde tu dices en otra galaxia, ahí lo tienes campañero: ese es el final del tango.


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