Hernando Téllez
(Colombia, 1908-1966)

Marcha Nupcial

         La noticia es excelente. Se va usted a casar a los veintitrés años. Una edad perfecta, pero difícil como la de los cuarenta y cinco de toda mujer, desde luego por razones bien diferentes de las que van implícitas en el problema de su juventud. Los veintitrés años representan el esplendor juvenil sin la agresiva indeterminación de los diez y ocho y sin ese melancólico preludio de la conformidad y la madurez que extiende su sombra a los treinta.
         Pero no se alarme: hay una segunda y si acaso una tercera juventud. El espectáculo de esta última me ha producido siempre un insoportable malestar. Usted, seguramente lo ha observado. Lo ofrecen esas mujeres de cincuenta, de sesenta años, cuyo propósito de perduración en la belleza y en la coquetería juveniles es una angustiosa demanda para que el tiempo se detenga, para que no pase, raudo con su carga de ceniza, sobre sus cabezas y sus corazones. El dramático descase entre lo que son y entre lo que aparentan, crea fatalmente para tales vidas un falso estatuto de la conducta. Por ello hay mujeres de medio siglo en quienes se pueriliza la noción de moda, de los afeites, del gesto, de la conversación, de la actitud ante la vida. De sus ojos, trabajados por el tiempo, brota pronto, una desesperada luz, algo así como el postrero resplandor de las señales eléctricas que de noche, y desde la última curva del camino, vemos tertulias en la lejana estación de partida. Con frecuencia, esas mujeres aparecen trenzadas en una lucha por conservar, a su vera, un amor de veinte años en la persona de alguno de esos jóvenes atletas que son un dechado de malicia deportiva y de ingenuidad sentimental. En las reuniones mundanas se las ve luchando tácitamente, en un cuerpo invisible, con las alegres legiones de muchachas, para que el mundo no las olvide ni las desdeñe, para que no concluya la fiesta sin que alguien deje caer piadosamente en la cuenca de sus oídos, la gota de miel de una palabra gentil, de un vocablo turbador, de un exquisito irrespeto, de una secreta fórmula que tenga el mérito de la clandestinidad y de la audacia. ¿No es todo esto doloroso?
         No crea, pues, en la tercera juventud de los hombres ni en la de las mujeres. Es un cruel engaño. Y hablemos pues, de su amor. Usted dice en su carta: “Ha llegado la hora de casarme. Si espero un poco más, puede ser peligroso, puedo quedarme soltera. Además, mi novio es perfecto. Buena familia, buena posición, buena herencia, buen porvenir. Y bien parecido. Un atleta. Primer premio en las últimas competencias de salto; subcampeón de golf; sin sombrerista, una pareja de baile incomparable; corbatas claras, de pintas alegres y escandalosas; zapatos de gamuza con suela de caucho que dan a su paso agilidad y la cautela de un felino; habla inglés como un newyorkino, dice ‘okey’ a cada rato y concluye todas sus frases con un ‘ves’? que me sume en las más deliciosas cavilaciones; ‘formidable’ es una palabra que le sirve para todo —‘estás formidable, me parece formidable, un plan formidable’ etc., etc.— y la promoción con énfasis fascinador; ojos oscuros y grandes, pelo liso; en pantalones de baño, una gloria; vestido, un éxito al timón, en el automóvil, una irresistible invitación a la fuga...Sé que algunas amigas mías se mueven literalmente por él. Pero él me ha escogido a mí. ¿No debo, pues, considerarme dichosa?...La fiesta será espléndida: azucenas de Quito, Mendelssohn, Chopin y un poco de música sagrada, porque es inevitable en la iglesia; ¡en casa, dos orquestas...”.
         Gracias por su precisión. Pero faltan muchas cosas sobre él y sobre usted misma. Yo podría deducir, de acuerdo con los datos que me suministra, la talla de su campeón y el número de cuello de su camisa. Pero eso carece de importancia en cuanto su demanda final. “¿No debo considerarme dichosa?”, escribe usted. Y yo no puedo responderle. Un mozo de golf, un título de campeón, una alegre corbata, un perfil de la belleza masculina una especial modulación del idioma inglés, son bases demasiado precarias para establecer sobre ellas el diagnóstico de la felicidad. ¿Le han servido a usted eficazmente para sustentar su amor? No estoy diciéndole una broma.
         El amor obtiene las más extrañas e insólitas justificaciones. Pero es peligroso fundamentalmente en algo que por su calidad intrínseca resulta eminentemente efímero. Es claro que a los veintitrés años se pueda suponer, todavía la inmutabilidad de cierta imagen y ciertas condiciones adjetivas y subjetivas de ser amado. Usted parece seducida principalmente por la imagen y la noción del “campeón”, del joven bello, simple y victorioso. Está bien. ¿Pero le será muy arduo suponer o aceptar, desde ahora, que contra esa imagen y esa noción conspirará con éxito, la agónica fluencia de la vida? Yo creo que usted no se resigna aún a aceptar como cierto misterio de la persona humana, sus transmutaciones inevitables. No hablo de la desintegración del amor. Me refiero a algo más sutil como es el alternativo juego de las reacciones, el cambio de los estímulos en toda pasión y en toda vida humana.
         Usted sabe hoy que ama por lo que ama. Pero cuando esos motivos, esas razones hayan perdido toda eficacia estimulante, ¿se quedará con el alma vacía? Sí, ya veo su gesto de protesta y de burla. “La vida traerá otros estímulos, otros motivos, otras razones para el amor”. Así es. Pero no vaya a incurrir en la cándida idea de que crearlos o descubrirlos a tiempo es una fácil tarea.
         En ello consiste, precisamente el arte de saber amar. Es un arte sin fórmulas fijas, que busca en lo inestable, lo permanente, en lo cambiante, lo duradero, en el misterio, la claridad. Una tarea milagrosa. Pero no se asombre. Muchos hombres, innumerables mujeres la han realizado casi sin darse cuenta. Y muchos y muchas, desde luego han fracasado; usted no será de estas últimas. Propóngase, en serio, como una tarea, no serlo. Y para comenzar, abandone la idea del campeón y cámbiela, simplemente por la del hombre. Es más complicada, pero es más auténtica. Una idea de un hombre con su código personal de señales, con su repertorio de cavilaciones y debilidades, con su sistema de imprevistas reacciones, con su alternativo juego de heroísmo y generosidad, con su miseria y su grandeza. Así se hallará más próxima a la verdad y más distante de la duda y de la desilusión.
         El inventario de cualidades que usted hace con su carta, merece ser complementado. Describa “en profundidad” a ese portento masculino del mazo de golf y de las alígeras piernas. Descienda hasta las aguas profundas del sentimiento, en una valerosa exploración. La imagen de su amor, que allí verá reflejada, probablemente será más verídica que esta seductora estampa de magazín estadinense que su imaginación y sus manos han trazado sobre el papel... Reciba el testimonio, etc., etc...”.
         La respuesta decía, en lo esencial y más benévolo: “...ustedes los literatos, son insoportables. Y si no estuviera tan bien educada, le diría que son monstruosos. Todo lo complican. Presumen como Lázaro, haber estado ya del otro lado del misterio. ¡Qué vanidad! De las cosas más sencillas hacen un problema terrible. Compadezco a su mujer y a todas las mujeres de los literatos. Eso de vivir con un ‘genio’ en la alcoba debe ser terriblemente aburrido...¡Unos ojos que no escrutan el cuerpo sino que palpan el ‘misterio’ como usted dice cómicamente, qué horror! Jamás le hubiera escrito si hubiera adivinado (no puedo evitar la repetición del verbo y no me importa) que en lugar de felicitarme iba a decirme todas esas frases entre solemnes y burlonas que hay en su carta. Pero no crea que estoy amedrentada.
         Usted, como todos los escritores que se envanecen de conocer el alma humana y, lo que es más inaudito, el corazón de las mujeres, se empeñan en mostrar que el amor es un conflicto terrible y un insoportable suplicio. No hay tal. El amor es mucho más simple y más fácil que todo eso. Ustedes consideran como una catástrofe que el amor sea efímero o que muera. Y no pueden entender que Cuidado con el amor es la pedante consigna que ustedes dan a sus libros en sus artículos en todas partes, para tener miedo. De mí sé decir que no le temo al amor y que parece insoportable toda esa literatura que como la de su carta, nos quita el sabor de la vida para darnos el de la muerte. No, querido amigo. Demasiada amargura hay distribuida por el mundo como para agregar a ella la contribución de nuestro propio amor. ¿Por qué no se nos deja existir simplemente vitalmente, sin envenenarnos el alma con vanas filosofías? ¿Cree usted que yo debo en lugar de amar, ponerme a investigar las causas de mi amor, como quien investiga un crimen? Qué tarea más sórdida y estéril. Yo no estoy escribiendo una novela, en donde esa clase de investigaciones se permiten, sino haciendo mi propia vida con los materiales que la vida ofrece. Permítame, pues, amar a mi ‘campeón’, como usted dice sin razonar demasiado. Me asomaré al ‘misterio’ o al abismo, después del matrimonio, si es el caso. Por ahora soy feliz...”
         Y la posdata.
         “P.S. Si no le da mucha vergüenza haberme escrito lo que me ha escrito, venga a la fiesta de mi matrimonio. Habrá mujeres de ‘tercera juventud’. Se divertirá observándolas. Y conocerá a mi marido. Es ‘formidable’. No ha leído nada de usted. Ni siquiera su detestable carta. Se la mostré y a los primeros renglones se aburrió. Me dijo: ‘debe ser muy interesante, pero yo no entiendo esas cosas’ Y reanudó la lectura de ‘Sporting News’, un semanario de Saint Louis, Missouri, que tiene el poder de aislarlo completamente de este bajo mundo y transportarlo al reino feliz del bate y las botas. ¿No es ello abominable?”.


El Tiempo, 16 de octubre de 1949




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