Álvaro Cepeda Samudio
(Barranquilla, Colombia, 1926 - Nueva York, 1972)

Juana tiene una amiga que vive en Bogotá
Los cuentos de Juana
(con dibujos de Alejandro Obregón)
(Barranquilla: Aco, 1972, 76 págs.)



      Juana tiene una amiga que vive en Bogotá y cuya principal distracción es comprar automóviles nuevos, desarmarlos enteramente y fabricar con las piezas hermosas y gigantescas flores de hierro. Estas flores, llamémoslas así, tienen las más variadas y extrañas formas pero por más que las tuercas dejen sus correspondientes pernos y los ejes anden solos sin el peso inútil de las ruedas y las balineras, siempre conservan una memoria, una imagen mecánica de lo que fueron antes. Y así se establece toda una analogía fantástica entre la flora que Feliza crea con su soplete de acetileno y sus tijeras de cortar hojalata, y los inmediatos antecesores que cumplen su inalterable función dentro de la rigidez de los bastidores de acero. Las reglas de esta analogía permiten las más remotas identidades y las más obvias no siempre son las verdaderas.
       Por ejemplo: un carburador no habrá de convertirse necesariamente en una orquídea, a pesar de la aparente afinidad formal que reglamenta su diseño. O un ancho pistón con su biela de amplio ojo brillante no tendrá cabida, en razón de que al profano pueda parecerle un indestructible y venenoso hongo gris, en una de esas escenas bucólicas, sembradas de resorticos, dominadas por un movible árbol de levas, que Feliza construye bajo la combada sombra de un guardafango.
       Pero hay sí paralelismos formales invariables. Esos pesados ramilletes obscenos apretados de guasas, espárragos y monstruosas puplillas, que se debaten inmóviles en abrazos amorosos, tienen un claro y definido antecedente en los diferenciales con su matemático vericueto de satélites, catalinas y dados. Y las pencas gráciles de los lirios que horadan la atmósfera gruesa de los museos con su doble filo de tétanus y de herrumbre, han florecido ya horizontalmente a lo largo de los muelles, nítidamente enjaezados unos encima de otros, en flaca y aplastada pirámide invertida por el peso y por los baches que tratan de amortiguar.
       Lo único que Feliza no convierte en flores son las llantas de los automóviles. Estas las bota, las descarta en un afán de hacer más sólidas, menos propensas al movimiento y al traslado sus girasoles de acero. Por esto Juana piensa que Feliza no es escultora sino jardinera.




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