Álvaro Cepeda Samudio
(Barranquilla, Colombia, 1926 - Nueva York, 1972)

La casa grande
(Bogotá: Mito, 1962, 220 págs.)


Para Alejandro Obregón

EL PUEBLO

            El pueblo es ancho, escueto y caluroso. Las primeras casas comienzan de aquel lado de los rieles, sobre los playones resecos y cubiertos de una transparente pelusa de sal. Son casas de madera con techos oxidados y rotos por donde se mete la lluvia y una que otra luz cuando hay luna. Aunque están llenas de mujeres no son casas alegres: porque las mujeres deben bailar toda la noche nunca tienen tiempo de adornar las casas ni sembrar una mata. Y como casi nunca se demoran mucho en el pueblo, las casas siempre parecen deshabitadas. Llegan una madrugada con un baúl pequeño y una bolsa de papel; cuelgan los retratos, encienden una vela y se sientan a esperar. Cualquier tarde recogen las cosas que se han ido desparramando por el cuarto, compran una bolsa nueva y se van: un poco más cansadas, pero sin saberlo.
       El pueblo comienza aquí, aquí terminan los playones y aquí está La Estación junto a la que para el tren cargado de racimos de fruta y de jornaleros. Los jornaleros se tiran de los carros abiertos y de los techos de los vagones y el tren sigue hacia el puerto.
       Las casas de los jornaleros están a este lado de los rieles: son también de madera y los techos también son de planchas de zinc agujereadas. Pero estas casas están pintadas de azul y de rosado y de blanco y en un rincón amplio de la sala, metida en una funda de cretona floreada y descansando sobre cuatro trozos de cristal, está la vitrola que ponen a sonar los domingos y los sábados por la noche. Los hombres que trabajan en las fincas toda la semana y que vienen al pueblo a emborracharse y a darle parte de su jornal a sus mujeres y a las otras mujeres, fueron llegando en grupos; o solos; o con sus familias, algunos traían un perro y una mujer pequeña y blanca y callada. Otros sólo trajeron una manta gruesa envuelta debajo del brazo y una rula. Todos silenciosos, fuertes para el trabajo y silenciosos y perseverantes para el aguardiente.
       Algunos se quedan pocos meses: trabajan, cobran y se vienen al pueblo a sentarse en los patios de sus casas y a mirar los picos de la sierra. Un día se van sin siquiera haber visto el mar. Otros se mudan con sus familia a los lindes de las fincas y van formando pueblos a lo largo de las carrileras del tren, a las orillas de los ríos frescos que bajan de la sierra, más cerca de las montañas.
       A medida que el pueblo se aleja de La Estación hacia el centro, hacia la plaza ancha y la iglesia, las casas y las calles se van agrandando y la vida se detiene y se aquieta. Alrededor de la iglesia viven los dueños de las fincas: tres familias que han casado a sus hijos, y a los hijos de sus hijos, entre sí. Y a cada muerte urge un odio nuevo y las grandes plantaciones se van desmembrando y las casonas grandes de gruesas paredes de mampostería se van haciendo más infranqueables y se van quedando más solas. Estas casas que rodean la plaza y la iglesia del pueblo, parece que siempre hubieran sido viejas. Por fuera el salitre las destruye lenta y seguramente, pero dentro del aburrimiento de las mujeres que sienten pasar el tiempo sobre sus cuerpos desaprovechados y la dura conformidad de los hombres que fueron una vez a Bruselas, alimentan la fuerza que hace a estas casas perennes.
       El pueblo termina frente al mar: un mar desapacible y sucio al que no mira nadie. Sin embargo el pueblo termina frente al mar.




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