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Álvaro Cepeda Samudio
“It may be that there is no place for any of us. Except we know there is, somewhere; and if we found it, but live there only as moment, we can count ourselves blessed...” Jumper Jigger había comenzado a bailar nuevamente sobre el rectángulo negro que vibra al final de la regla de pino. El tap-tap-tap-tapin de sus pies desarticulados se elevaba por encima de todos los sonidos y nos mantenía atados al desgonzamiento de su danza. Ninguno de nosotros estaba mirando a Jumper Jigger. Estábamos demasiado acostumbrados a él, demasiado acostumbrados a su baile: siempre igual, siempre distinto. Y aunque nadie, ninguno de nosotros, podía decir que le interesaban los bailes de Jumper Jigger, este era el sonido que juntaba nuestras soledades, diluyendo los cuerpos y uniéndolos unos a otros con su repetido tap-tap-tap-tapin. Y tampoco ninguno de nosotros había puesto nunca a bailar a Jumper Jigger. Se pasaba el tiempo desgonzado sobre su tablerito negro, sostenido por la flexible varilla vegetal que le salía del centro de la espalda. De alguna manera sabíamos que él no bailaría lo mismo para nosotros. Para ninguno de nosotros. Ni siquiera para el Mexicano con sus ojos llenos de cadáveres y los oídos sonoros de combates en Normandía y su espeso silencio, tan parecido al del hombre que siempre hacía bailar a Jumper Jigger, y sobre todo tan parecido al del propio Jumper Jigger. O tal vez era porque Skip nunca llegaba en las tardes. Pero era que nosotros no podíamos decir el tiempo ni la estación cuando Skip llegaría y Jumper Jigger comenzaría a bailar. Porque el tiempo había dejado de ser medido y una sola estación había comenzado dentro de las paredes aún antes de que Skip naciera, aún antes de que Jumper Jigger hubiera sido comprado en Georgia, mucho antes también de que el Mexicano hubiera comenzado a disparar su ametralladora en Normandía y el tap-tap-tap-tapin de los pies desarticulados de Jumper Jigger y el tap-tap-tap-tapin de los miembros desarticulados sobre Normandía se hubiera convertido en un mismo tap-tap-tap-tapin.
“Joe”
Skip había entrado en algún momento de esa hora permanente, en algún momento de las dos y diecisiete. Todavía la muchacha tenía sobre sus hombros el grueso saco marinero pero ya la nieve había desaparecido de la pañoleta y aun las gotas acuosas habían sido absorbidas. Pero Skip echó parte de su nieve en el mostrador al lado de los libros intactos. Y comenzó a preguntar. Había un cuarto en un dormitorio de ladrillos, rojos y los retratos masculinos de una compañera que se levantaba de pronto en la mitad de la noche y comenzaba a besarla en un sueño. Había también un pueblo en lo alto de la península con su dolorosa blancura en invierno y los lagos repitiéndose en canoas verdes en los cortos veranos. Había nombres y una escuelita con animales de Walt Disney colgados contra las paredes despobladas. Había siempre nieve, y la soledad: que había comenzado a nacer mucho tiempo después de que los ratones de sacos rojos se fugaron de sus cuadernos. El aula con Joyce resuelto en tiza blanca apareció de pronto. “No me gusta Joyce y no quiero que lleguen nunca las tres. Quisiera llamarme Lavinia, como en un cuento, como en el título de un cuento”. Y había otra vez la larga nieve y en el cuarto triangulado con banderines de siete colegios la soledad había crecido más alta que el mismo cuerpo de la muchacha; la sentía patalear en su vientre como un niño hasta que no pudo contenerla más, y siguió creciendo, creciendo. creciendo, creciendo, hasta cuando fue más grande que su cuerpo duro y adolescente, le invadió los sueños y creció aún más allá de lo soñado y la compañera siguió besándola en la mitad de la noche hasta que hubo sangre en sus labios hinchados. Pero su voz había sonado antes de su asombro, antes de que el tap tap-tap-tapin de Junper Jigger hubiera atado los dedos ágiles de Skip a la regla de pino. Y ahora se oyó otra vez. Se oyó sobre la música que había salido de los dedos de Joe. Y sobre el desgonzarse de los pies de Jumper Jigger contra el eco del último golpe de su cuerpo sobre el tablerito negro. Se oyó aún sobre el bullicio de Normandía que colmaba los oídos del Mexicano. La risa sujetada del hombre se quebró como la música de un disco detenido de repente y la voz de la muchacha preguntó la hora nuevamente. El sonido pertinaz de las ametralladoras se apagó y el grito del Mexicano trató de alcanzar el desbordamiento de barcos azules que se precipitaban hacia la puerta. “¡Lavinia! ¡Lavinia! Como en un cuento”. El tap-tap-tap tapin de Jumper Jigger se deshizo en los dedos de Skip, sus miembros hicieron un ruido grotesco al rebotar sobre la regla de pino que siguió vibrando en el vacío como un trampolín. Cuando el Mexicano abrió la puerta el sol iluminó el cuerpo roto de Jumper Jigger, y en la calle la sofocante tarde de verano le hacía saltar el sudor de la piel bajo la tupida lana de su abrigo. Literatura
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