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Álvaro Cepeda Samudio Desde que comenzaron a recortarles las patas a todo lo que hay en la casa ya no pasamos tantos trabajos como antes. No es que lo hubiéramos pedido nosotros, ni que nos hubiéramos quejado de la aparente inalcanzable altura que parecían tener todos los muebles. Después de tantos años se puede decir que hemos encontrado el modo de subir hasta la mesa del comedor o de llegar hasta nuestras camas o de alcanzar el álbum inmenso que está sobre el escritorio del cuarto del Padre y en el cual se guarda gráfica y celosamente la historia de la familia. Subir al escritorio fue siempre lo más fácil: abrir la primera gaveta en toda su extensión, luego, montados sobre sus bordes, abrir la segunda un poco menos y luego la tercera y la cuarta y la quinta y la sexta, y así sucesivamente hasta formar como una escalera para llegar a la tabla final desde la que saltábamos, sin gran esfuerzo, a la superficie inmensa y brillante ocupada por la gran hoja de papel secante verde, libretas de cuentas, el tintero labrado y la pluma con su forro de hilos que decía de un lado “Ciénaga. Colombia” y del otro “Don J. García Correa.” Y debajo del nombre, “1938”. En un extremo como si no formara parte de las cosas propias del escritorio, estaba el álbum lleno de retratos de la familia. La gran mayoría amontonados entre las páginas negras y gruesas, separadas unas de otras por finísimas hojas lechosas que al mirarlas a contra-luz se llenaban de óvalos dentro de los cuales se leía la palabra “Bremen”, como si no hubieran tenido tiempo de enmarcarlos dentro de los plateados triángulos engomados. Aunque allí estaban perpetuados, a veces en actitudes más ridículas que solemnes, todos los miembros de la familia, por más que nos buscábamos entre los montones de retratos, nunca pudimos encontrar ninguno que se pareciera ni remotamente a nosotros. Por esto, y siempre con la esperanza de descubrirnos en alguno de los innumerables grupos con los cuales la familia parecía conmemorar matrimonios, fiestas, velorios y primeras comuniones, hicimos de las excursiones al escritorio una tarea cotidiana. De esta experiencia adquirimos la práctica indispensable para que todas las otras necesarias ascensiones se nos hicieran fáciles y seguras. A la
mesa del comedor nos subíamos por medio de una
intrincada maniobra que nos llevaba más de medid
hora porque si la primera etapa era relativamente
sencilla, pues para llegar hasta el asiento solo
teníamos que escalar por los travesaños de las patas de
las poltronas, la subida por el espaldar era casi a pulso
entre los bolillos labrados verticales. Aunque a
primera vista esto pueda parecer peligroso, en realidad no lo era, pues si llegábamos a resbalar, cosa que sucedía muy raras veces, rebotábamos suavemente contra la paja templada del fondo sin hacernos daño alguno. Lo más difícil siempre fue llegar hasta nuestras camas, aunque era lo más divertido pues nunca nos tomábamos el trabajo de descender desde la mesita de noche, que fue la ruta que escogimos definitivamente después de ensayar otras posibilidades, sino que desde allí nos aventábamos como desde un trampolín y caímos sobre los edredones afelpados con gran estrupicio de resortes y estremecimiento de largueros. Literatura
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