Álvaro Cepeda Samudio
(Barranquilla, Colombia, 1926 - Nueva York, 1972)

“Ven enseguida, es Juana otra vez”
Los cuentos de Juana
(Con dibujos de Alejandro Obregón)
(Barranquilla: Aco, 1972, 76 págs.)



      “Ven enseguida, es Juana otra vez”. Oyó el sonido de una comunicación que se interrumpe precipitadamente. Esperó un momento, que continuaran las palabras, que siguiera la voz ya conocida y que llegara el final, ya conocido también. Colocó el teléfono en su sitio, como siempre, y se recostó de nuevo la revista abierta sobre el pecho desnudo, esperando. (Otra vez Juana. Hasta cuándo. Me visto y voy. El automóvil: hay que bajar hasta la estación y que lo llenen de gasolina. Entonces el temor que le pase algo en la carretera a Sabanilla, llena de huecos. Y llego. Y lo mismo. Otra vez Juana.
       Deseaba que volviera a sonar el timbre ronco, asordinado por el montón de revistas sobre las cuales estaba colocado el teléfono, y que la voz de Ricardo le dijera “no es nada, ya pasó, no vengas”. Pero sabía que no sería así. (Ahora me tengo que levantar. Me tengo que vestir y tengo que bajar con el carro hasta la estación y llenarlo de gasolina. Y luego manejar hasta Sabanilla. Y lo mismo. Otra vez Juana). Se levantó y, todavía esperando la otra llamada, demoró deliberadamente el comienzo del moverse ya con un propósito definido. Se apoyó en el borde de la cama y descansó los pies descalzos sobre las baldosas blancas y negras, una blanca y una negra, una blanca y una negra. (Qué vaina). Se echó bruscamente a través de la cama y con el mismo impulso, como si hubiera rebotado contra el larguero posterior, se enderezó y quedó de pies, frente al retrato de Regina. (No me gusta. No me gustó nunca. Si se cae otra vez se va a quedar en el suelo). Casi con el mismo movimiento presuroso caminó hacia el baño.
       (No me afeito. Yo no me afeito). Se empapó la cara de agua y el olor del jabón verde, el mismo jabón, el mismo olor, lo hizo estornudar como siempre.
       (—Se llaman quemaduras de barba.
       —Lo siento, lo siento amor. Hoy me afeito.
       —No, no te preocupes. No es nada. Mamá va a saber que me has estado besando.
       Tenía los lados de la cara enrojecidos y la barbilla encostrada con unas costras gruesas, transparentes, endurecidas.
       —¿Te arde?
       —Un poco. No es nada.
       —¿Por qué no me dijiste?
       —No es nada.
       Me pasó la mano por la cara. Sentía los pelos de la barba suaves, blandos, se doblaban a la presión de mi mano. Me gustaba.
       —Hoy me afeito.
       —Sí, es mejor.
       Hacia una semana que estábamos en esta playa. Habíamos llegado el sábado en la tarde y hoy era sábado otra vez. Había cinco o seis casetas sucias y descuidadas y una especie de bar a la entrada, entre la casa de los dueños, que era imponente, metida entre un bosque de cocoteros y separada del negocio por una verja alta de vigas tejidas de alambre de púas. Las casetas se extendían, a pocos pasos del mar quieto y profundo, hasta la otra verja, también de vigas y alambres de púas, que entraba unos metros en el mar.
       La playa permanecía solitaria en esta época del año. Eran los carnavales y aprovechando que toda actividad diferente a las fiestas se suspendía durante ocho días, arreglamos, venirnos a esta playa. Era nuestro primer viaje solos. Antes habíamos recorrido casi medio país, pero siempre los tres.
       —¿Cuándo debemos volver?
       —No sé.
       —¿Estás segura de que no debes volver antes del lunes?
       —Puedo quedarme todo el tiempo que quiera: te lo he dicho varias veces: todo el tiempo que quieras.
       —Nos vamos el lunes, temprano.
       Pasábamos los días tirados en la playa o explorando los cerros agrestes, punteados de enormes cactus como los erizos verdosos que encontrábamos escondidos en las rocas de los acantilados, al extremo de la estrecha bahía. No hablábamos, no pensábamos. Era como una larga y deliciosa muerte. No había futuro ni pasado. En esa playa deshabitada, orgullosos de nuestros cuerpos, plenamente vivos y desligados de todo lo que hasta entonces había sido nuestro, individualmente nuestro, descubrimos que nos queríamos muchísimo).
       Cuando salió del baño, ya vestido pero todavía descalzo y se sentó en la cama a calzarse las cotizas azules, esperaba todavía que volviera a sonar el teléfono. En la puerta se palpó el bolsillo para saber si tenía las llaves, y, ya seguro de que el teléfono no sonaría otra vez, bajó las escaleras a grandes brincos, como si realmente tuviera algún interés en llegar pronto.
       El trayecto a Sabanilla fue lo previsto: huecos llenos de agua fangosa, inevitables, que se desparramaba violentamente bajo el peso del automóvil para regresar luégo, resbalando, hacia los bordes, como pequeños desfiladeros de asfalto, de las pocetas que a cada aguacero se hacen más grandes y profundas: el ruido quebrajoso (Se siente en los huesos) de los cangrejos, inevitables, que en esta época cruzan constantemente la carretera abandonada sin propósito alguno, como él.
       (Hace unos años cuando la carretera estaba recien construída y la casa apenas era un proyecto se podía venir en menos de un cuarto de hora. Casi todas las tardes, cuando no tenía nada qué hacer, o aún teniendo muchísimo qué hacer, llamaba a Juana. Nos veníamos a estas playas de arena negra, sucias, casi imposibles de caminar, cubiertas de maderos podridos, todo oliendo a podrido, y nos quedábamos hasta cuando el jején lo invadía todo y la brisa y el sol ya no eran suficientes para contener las oleadas de insectos invisibles que se levantaban de los manglares.
       —“Es una locura hacer una casa aquí Juana”.
       —“¿Por qué?”
       —“¿Es que a tí no te pican los jejenes?”
       —“Sí me pican; pero eso ¿qué importa?”
       —Bueno, como quieras, pero es la playa más fea del mundo”.
       —“A mí me gusta”.
       Y la conversación terminaba ahí).
       La casa apareció sorpresivamente, sobre el borde del barranco pelado, entre los trupillos y los cáctus. (Pueden pasar millones de años, he podido llegar a este sitio un millón de veces: realmente creo que ya pasa del millón de veces: y nunca dejaré de sorprenderme). El arco de la entrada, muy estrecho, de piedra calichosa, con incrustaciones de laca de diferentes colores, pequeñas conchas cuyo color dependía del vehículo que tarde o temprano tenía que tropezar al tomar la curva forzadísima, que no había forma de evitar, para entrar a la carretera que subía, desafiando toda lógica, casi recta hasta el tope del barranco. (Esta vez no rayo el carro). Entró despacio, no se atuvo al mecanismo de reflejos que gobierna acciones como el guiar un automóvil, se alzó del cojín apoyado en los pedales, aferradas las manos a la cabrilla, y miró la distancia entre el guarda-barro derecho y la piedra más saliente, se volvió, y cuando no estuvo seguro que había suficiente espacio entre el estribo izquierdo y el remate del arco, aceleró para iniciar la subida.
       (—Hay muchos otros sitios mejores Juana.
       —A mí me parece bien este.
       —¿No te gustó Punta Canoas?
       —No: en invierno es imposible llegar.
       —¿Y Costa Verde?
       —Mucho mosquito.
       —Aquí hay más.
       —Pero hay brisa.
       —¿Y Salinas?
       —Muy complicado.
       —Muy complicado ¿qué?
       —Muy complicado todo.
       Y la casa se hizo. Ricardo no dijo nada. Ni aún después de que regresó y resolvió quedarse a vivir en Sabanilla, todavía no dijo nada. Nunca le he oído decir, después de tantos años, si le gusta o no: si le parece bien vivir aquí, lejos de todo, todo el día con Juana. Y sobre todo, llamándome a las horas más inesperadas del día o de la noche para decirme siempre lo mismo: “ven enseguida, es Juana otra vez”).
       Entró por la cocina, como siempre, atravesó la habitación inmensa que servía de comedor, biblioteca, dormitorio, cuarto de coser, estadero de los niños, salió a la terraza y oyó el primer disparo. A través de las moreras que trepan de la playa hasta casi el borde del barranco vió al primer alcatraz caer como desflecado: no supo si cayó en el mar o en la maleza rala que cubre, en está época del año, la base del cerro. Antes que los otros se desbandaran en un desorden inusitado en estas aves tan lerdas y graciosas, oyó el segundo disparo cuando ya estaba en la mitad de la terraza, casi frente a la espalda de Ricardo, quien no se había dado cuenta de su llegada. (Pendejos alcatraces que siguen pasando por aquí). El otro alcatraz, que en su huída ya volaba al ras del mar, cayó sin gracia, apelotanado, como tropezándose con una ola, y quedó flotando, enchumbándose como un animal terrestre que no sabe nadar,se hundió por fin, asombrado, y también en desorden, como el resto de la bandada. (En un cuento de Hemingway alguien le rompe las alas a los albatros y los deja ahogarse: esto es peor. Porque el viejo lo hacía para acostarse con la mujer después). Al alzar el rifle nuevamente, ya los últimos alcatraces se habían desperdigado muy lejos hacia Las Bocas, Ricardo se dió cuenta de que había llegado. Quitó el cargador y chequeó la recámara, disparó en seco para distender el resorte y puso el rifle sobre la mesita.
       (Ahora comenzaremos a hablar. Hablaremos hasta cuando tengamos que entrar porque los jejenes nos vuelven loco. Hablaremos de Juana: siempre lo mismo. Juana saldrá de su cuarto. Hablaremos todavía unas horas más. Yo no me quedo a comer. Esta vez no me quedo a comer).


OTRA VEZ JUANA... FINAL.

      Ya comenzaba a oscurecer cuando Ricardo dijo: “¿Quieres que llame a Juana?” Pero no había apremio en su voz: lo dijo simplemente, como por pura rutina. (¿Para que? ¿Para qué otra vez?) No insistió. Hablaron un poco más: pero no de Juana: No fue mencionada sino una sola vez, y eso para preguntar Ricardo si quería que la llamara. (Todo ha sido distinto: Parece que la cosa no va a ser tan grave hoy). Se despidió y bajó la pendiente y tomó la curva como tantas veces, tropezando primero el guardabarro derecho y luégo el estribo. Sin esquivar los huecos ni los huevos ni los sapos, regresó a Barranquilla. (Lo dejo en la bomba para que lo laven mañana temprano). Caminó sin prisa, tranquilo, sin siquiera encender el cigarrillo que había comenzado a fumar al abrir la guantera para sacar el revólver.
       (Si hay que volver a salir tengo la excusa de que el carro está en la estación). La luz de la escalera estaba encendida. Abrió la puerta: hasta la lámpara de la mesa donde estaba la máquina de escribir estaba encendida. (¿Por qué si es domingo?) La luz del baño se le vino encima cuando entró a su cuarto: entonces vió a Juana: despatarrada, tirada sin gracia sobre la cama, la sangre ya seca, como una costra inmensa y gruesa pegada a la blusa y a los pantalones y a la sábana y a la almohada. El teléfono comenzó a sonar. (Esta vez no contesto). Y siguió mirando a Juana.




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