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Alejo Carpentier I Con dos tambores andaba Juan a lo
largo del Escalda —el suyo, terciado en la cadera izquierda; al hombro
el ganado a las cartas—, cuando le llamó la atención una nave,
recién arrimada a la orilla, que acababa de atar gúmenas a las bitas.
Como la llovizna de aquel atardecer le repicaba quedo en el parche mal
abrigado por el ala del sombrero, todo había de parecerle un tanto
aneblado —aneblado como lo estaba ya por el aguardiente y la cerveza
del vivandero amigo, cuyo carro humeaba por todos los hornillos, un poco
más abajo, cerca de la iglesia luterana que habían transformado en
caballerizas. Sin embargo, aquel barco traía una tal tristeza entre las
bordas, que la bruma de los canales parecía salirle de adentro, como un
aliento de mala suerte. Las velas le estaban remendadas con lonas
viejas, de colores mohosos; tenía pelos en los cordajes, musgos en las
vergas, y de los flancos sin carenar le colgaban andrajos de algas
muertas. Un caracol, aquí, allá, pintaba una estrella, una rosa gris,
una moneda de yeso, en aquella vegetación de otros mares, que acababa
de podrirse, en pardo y verdinegro, al conocer la frialdad de aguas
dormidas entre paredes obscuras. Los marinos parecían extenuados, de
pómulos hundidos, ojerosos, desdentados, como gente que hubiera sufrido
el mal de escorbuto. Acababan de soltar los cabos de una faluca que les
había arrastrado hasta el muelle, con gestos que no expresaban,
siquiera, el contento de ver encenderse las luces de las tabernas. La
nave y los hombres parecían envueltos en un mismo remordimiento, como
si hubiesen blasfemado el Santo Nombre en alguna tempestad, y los que
ahora estaban enrollando cuerdas y plegando el trapío, lo hacían con
el desgano de condenados a no poner más el pie en tierra. Pero, de
pronto, abrióse una escotilla, y fue como si el sol iluminara el
crepúsculo de Amberes. Sacados de las penumbras de un sollado,
aparecieron naranjos enanos, todos encendidos de frutas, plantados en
medios toneles que empezaron a formar una olorosa avenida en la
cubierta. Ante la salida de aquellos árboles vestidos de suntuosas
cáscaras quedó la tarde transfigurada y un olor a zumos, a pimienta, a
canela, hizo que Juan, atónito, pusiera en el suelo el tambor cargado
en el hombro, para sentarse a horcajadas sobre él. Era cierto, pues, lo
de los amores del Duque con lo que decían de los suntuarios caprichos
de su dueña, ganosa siempre de los presentes que sólo un Alba, por
mero antojo, podía hacer traer de las Islas de las Especias, de los
Reinos de Indias o del Sultanato de Ormuz. Aquellos naranjos, tan
pequeños y cargados, habían sido criados, sin duda, en alguna huerta
de moros bautizados —que nadie los aventajaba en eso de hacer
portentos con las matas—, antes de desafiar tormentas y bajeles
enemigos, para venir a adornar alguna galería de espejos, en el palacio
de la que arrebolaba su cutis de flamenca con los más finos polvos de
coral del Levante. Y es que cuando ciertas mujeres se daban a pedir, en
aquellos días de tantas navegaciones y novedades, no les bastaban ya
los afeites que durante siglos se tuvieran por buenos, sino que pedían
invenciones de Dinamarca, bálsamos de Moscovia y esencia de flores
nuevas; si se trataba de aves, querían el papagayo indiano que dice
insolencias, y en cuanto a perros, no se contentaban ya con el gozque
cariñoso, sino que reclamaban falderos con traza de grifos, o animales
con bastante lana para trasquilarlos de modo que tuvieran una melena
berberisca donde prender lazos de color. Así, cuando el aguardiente del
vivandero zamorano se subía a la cabeza de los soldados, había siempre
quien se soltara la lengua, afirmando que si el Duque permanecía tanto
tiempo en Amberes, con unos cuarteles de invierno que ya pasaban de
cuarteles de primavera, era porque no acababa de resolverse a dejar de
escuchar una voz que sonaba, sobre el mástil del laúd, como sonarían
las voces de las sirenas, mentadas por los antiguos.
"¿Sirenas?"—había gritado poco antes la moza fregona, gran
trasegadora de aguardiente, que venía zapateando desde Nápoles, tras
de la tropa. "¿Sirenas? ¡Digan mejor que más tiran dos tetas que
dos carretas!" Juan no había oído el resto, en el revuelo de
soldados que se apartaban del carro del vivandero sin pagar lo comido ni
bebido, por temor a que algún criado del Duque anduviese por allí y
denunciara la ocurrencia. Pero ahora, ante esos naranjos que eran
llevados a tierra, bajo la custodia de un alferez recién llegado, le
volvían las palabras de la moza, subrayadas por un espeso trazo de
evidencia. Ya venían a cargar los árboles enanos unos carros
entoldados que eran de la intendencia. Ahuecado el estómago por el
repentino deseo de comer una olleta de panzas o roer una uña de vaca,
Juan volvió a montarse en el hombro el tambor ganado a los naipes. En
aquel momento observó que por el puente de una gúmena bajaba a tierra
una enorme rata, de rabo pelado, como achichonada y cubierta de
pústulas. El soldado agarró una piedra con la mano que le quedaba
libre, meciéndola para hallar el tino. La rata se había detenido al
llegar al muelle, como forastero que al desembarcar en una ciudad
desconocida se pregunta dónde están las casas. Al sentir el rebote de
un guijarro que ahora le pasaba sobre el lomo para irse al agua del
canal, la rata echó a correr hacia la casa de los predicadores
quemados, donde se tenía el almacén del forraje. Sin pensar más en
esto, Juan regresó hacia el carro del vivandero zamorano. Allí, por
amoscar a la fregona, los soldados de la compañía coreaban unas coplas
que ponían a las de su pueblo de virgos cosidos, pegadoras de cuernos y
alcahuetas. Pero, en eso pasaron los carros cargados de naranjos enanos,
y hubo un repentino silencio, roto tan sólo por un gruñido de la moza,
y el relincho de un garañón que sonó en la nave de los luteranos como
la misma risa de Belcebú. II Creyóse,
en un comienzo, que el mal era de bubas, lo cual no era raro en gente
venida de Italia. Pero, cuando aparecieron fiebres que no eran
tercianas, y cinco soldados de la compañía se fueron en vómitos de
sangre, Juan empezó a tener miedo. A todas horas se palpaba los
ganglios donde suele hincharse el humor del mal francés, esperando
encontrárselos como rosario de nueces. Y a pesar de que el cirujano se
mostraba dudoso en cuanto a pronunciar el nombre de una enfermedad que
no se veía en Flandes desde hacía mucho tiempo a causa de la humedad
del aire, sus andanzas por el reino de Nápoles le hacían columbrar que
aquello era peste, y de las peores. Pronto supo que todos los marineros
del barco de los naranjos enanos yacían en sus camastros, maldiciendo
la hora en que hubieran respirado los aires de Las Palmas, donde el mal,
traído por cautivos rescatados de Argel, derribaba las gentes en las
calles, como fulminadas por el rayo. Y como si el temor al azote fuese
poco, la parte de la ciudad donde se alojaba la compañía se había
llenado de ratas. Juan recordaba, como alimaña de mal agüero, aquella
rata hedionda y rabipelada, a la que había fallado por un palmo, en la
pedrada, y que debía ser algo así como el abanderado, el pastor
hereje, de la horda que corría por los patios, se colaba en los
almacenes, y acababa con todos los quesos de aquella orilla. El
aposentador del soldado, pescadero con trazas de luterano, se
desesperaba, cada mañana, al encontrar sus arenques medio comidos,
alguna raya con la cola de menos y la lamprea en el hueso, cuando un
bicho inmundo no estaba ahogado, de panza arriba, en el vivero de las
anguilas. Había que ser cangrejo o almeja, para resistir al hambre
asiática de aquellas ratas llagadas y purulentas, venidas de sabe Dios
qué Isla de las Especias, que roían hasta el correaje de las corazas y
el cuero de las monturas, y hasta profanaban las hostias sin consagrar
del capellán de la compañía. Cuando un aire frío, bajado de los
pastos anegados, hacía tiritar el soldado en el desván bajo pizarra
que tenía por alojamiento, se dejaba caer en su catre, gimoteando que
ya se le abrasaba el pecho y le dolían las bubas, y que la muerte
sería buen castigo por haber dejado la enseñanza de los cantos que se
destinan a la gloria de Nuestro Señor, para meterse a tambor de tropa,
que eso no era arte de cantar motetes, ni ciencia del Cuadrivio, sino
música de zambombas, pandorgas y castrapuercos, como la tocaban, en
cualquier alegría de Corpus, los mozos de su pueblo. Pero, con un
parche y un par de vaquetas se podía correr el mundo, del Reino de
Nápoles al de Flandes, marcando el compás de la marcha, junto al
trompeta y al pífano de boj. Y como Juan no se sentía con alma de
clérigo ni de chantre, había trocado el probable honor de llegar a
ingresar, algún día, en la clase del maestro Ciruelo, en Alcalá, por
seguir al primer capitán de leva que le pusiera tres reales de a ocho
en la mano, prometiéndole gran regocijo de mujeres, vinos y naipes, en
la profesión militar. Ahora que había visto mundo, comprendía la
vanidad de las apetencias que tantas lágrimas costaran a su santa
madre. De nada le había servido repicar la carga en el fuego de tres
batallas, desafiando el trueno de las lombardas, si la muerte estaba
aquí, en este desván cuyos ventanales de cristales verdes se teñían
tan tristemente con los fulgores de las antorchas de la ronda, al son de
aquel tambor velado, tan mal tocado por esos flamencos de sangre de
lúpulo que nunca daban cabalmente con el compás. La verdad era que
Juan había gimoteado todo aquello del pecho abrasado y de las bubas
hinchadas, para que Dios, compadecido de quien se creía enfermo, no le
mandara cabalmente la enfermedad. Pero, de súbito, un horrible frío se
le metía en el cuerpo. Sin quitarse las botas, se acostó en el catre,
echándose una manta encima, y encima de la manta un edredón. Pero no
era una manta, ni un edredón, sino todas las mantas de la compañía,
todos los edredones de Amberes, los que le hubiesen sido necesarios, en
aquel momento, para que su cuerpo destemplado hallara el calor que el
Rey Salomón viejo tratara de encontrar en el cuerpo de una doncella. Al
verlo temblar de tal suerte, el pescadero, llamado por los gemidos,
había retrocedido con espanto, bajando las escaleras llenas de ratas, a
los gritos de que el mal estaba en la casa, y que esto era castigo de
católicos por tanta simonia y negocios de bulas. Entre humos vio Juán
el rostro del cirujano que le tentaba las ingles, por debaio del
cinturón desceñido, y luego fue, de repente, en un extraño redoble de
cajas—muy picado, y sin embargo tenido en sordina—la llegada
portentosa del Duque de Alba. III Por
caminos de Francia va el romero, con las manos flacas asidas del
bordón, luciendo la esclavina santificada por hermosas conchas cosidas
al cuero, y la calabaza que sólo carga agua de arroyos. Empieza a
colgarle la barba entre las alas caídas del sombrero peregrino, y ya se
le desfleca la estameña del hábito sobre la piadosa miseria de
sandalias que pisaron el suelo de París sin hollar baldosas de taberna,
ni apartarse de la recta vía de Santiago, como no fuera para admirar de
lejos la santa casa de los monjes clunicenses. Duerme Juan donde le
sorprende la noche, convidado a más de una casa por la devoción de las
buenas gentes, aunque cuando sabe de un convento cercano, apura un poco
el paso, para llegar al toque del Angelus, y pedir albergue al lego que
asoma la cara al rastrillo. Luego de dar a besar la venera, se acoge al
amparo de los arcos de la hospedería, donde sus huesos, atribulados por
la enfermedad y las lluvias tempranas que le azotaron el lomo desde
Flandes hasta el Sena, sólo hallan el descanso de duros bancos de
piedra. Al día siguiente parte con el alba, impaciente por llegar, al
menos, al Paso de Roncesvalles, desde donde le parece que el cuerpo le
estará menos quebrantado, por hallarse en tierra de gente de su misma
lana. En Tours se le juntan dos romeros de Alemania, con los que habla
por señas. En el Hospital de San Hilario de Poitiers se encuentra con
veinte romeros más, y es ya una partida la que prosigue la marcha hacia
las Landas, dejando atrás el rastrojo del trigo, para encontrar la
madurez de las vides. Aquí todavía es verano, aunque se cumplen faenas
de otoño. El sol demora sobre las copas de los pinos, que se van
apretando cada vez más, y entre alguna uva agarrada al paso, y los
descansos de mediodía que se hacen cada vez más largos, por lo oloroso
de las hierbas y el frescor de las sombras, los romeros se dan a cantar.
Los franceses, en sus coplas, hablan de las buenas cosas a que
renunciaron por cumplir sus votos a Saint Jacques; los alemanes
garraspean unos latines tudescos, que apenas si dejan en claro el Herru
Sanctiagu! Got Sanctiagu! En cuanto a los de Flandes, más
concertados, entonan un himno que ya Juan adorna de contracantos de su
invención: “¡Soldado de Cristo, con santas plegarias, a todos
deñendes, de suertes contrarias!” IV El camino de Francia arroja al romero, de pronto, en el alboroto de una feria que le sale al paso, entrando en Burgos. El ánimo de ir rectamente a la catedral se le ablanda al sentir el humo de las frutas de sartén, el olor de las carnes en parrilla, los mondongos con perejil, el ajimójele, que le invita a probar, dadivosa, una anciana desdentada, cuyo tenducho se arrima a una puerta monumental, flanqueada por torres macizas. Luego del guiso, hay el vino de los odres cargados en borricos, más barato que el de las tabernas. Y luego es el dejarse arrastrar por el remolino de los que miran, yendo del gigante al volatinero, del que vende aleluyas en pliego suelto, al que muestra, en cuadros de muchos colores, el suceso tremendo de la mujer preñada del Diablo, que parió una manada de lechones en Alhucemas. Allí promete uno sacar las muelas sin dolor, dando un paño encarnado al paciente para que no se le vea correr la sangre, con ayudante que golpea la tambora con mazo, para que no se le oigan los gritos; allá se ofrecen jabones de Bolonia, unto para los sabañones, raíces de buen alivio, sangre de dragón. Y es el estrépito de siempre, con la fritura de los buñuelos, y el desafinado de las chirimlas, con algún perro de jubón y gorro, que viene a pedir limosna para el pobre tullido caminando en las patas traseras, como cristiano. Cansado de verse zarandeado, Juan el Romero se detiene, ahora, ante unos ciegos parados en un banco, que terminan de cantar la portentosa historia de la Arpía Americana, terror del cocodrilo y el león, que tenía su hediondo asiento en anchas cordilleras e intrincados desiertos: —Por
una cuantiosa suma Por no dar limosna, los que escuchaban en segunda fila se escurren prestamente, riendo de los ciegos que descargan su enojo en la prosapia de los tacaños; pero otros ciegos les cierran el paso un poco más lejos, cerca de donde se representa, en retablo de títeres, el sucedido de los moros que entraron en Cuenca disfrazados de carneros. Escapando de la Arpía Americana, Juan se ve llevado a la Isla de Jauja, de la que se tenían noticias, desde que Pizarro hubiera conquistado el Reino del Perú. Aquí los cantores tienen la voz menos rajada, y mientras uno ofrece oraciones para las mujeres que no paren, el jefe de los otros, ciego de grande estatura, tocado por un sombrero negro, bordonea con larguísimas uñas en su vihuela, dando fin al romance: —Hay
en cada casa un huerto Y
ahora, dejando la tonada de la copla para tomar empaque de pregonero de
levas, concluye el ciego con voz que alcanza los cuatro puntos de la
feria, alzando la vihuela como estandarte:
—¡Ánimo,
pues, caballeros, Vuelven
a escurrirse los oyentes, otra vez injuriados por los cantores, y se ve
Juan empujado al cabo de un callejón donde un indiano embustero ofrece,
con grandes aspavientos, como traídos del Cuzco, dos caimanes rellenos
de paja. Lleva un mono en el hombro y un papagayo posado en la mano
izquierda. Sopla en un gran caracol rosado, y de una caja encarnada sale
un esclavo negro, como Lucifer de auto sacramental, ofreciendo collares
de perlas melladas, piedras para quitar el dolor de cabeza, fajas de
lana de vicuña, zarcillos de oropel, y otras buhonerías del Potosí.
Al reír muestra el negro los dientes extrañamente tallados en punta y
las mejillas marcadas a cuchillo, y agarrando unas sonajas se entrega al
baile más extravagante, moviendo la cintura como si se le hubiera
desgajado, con tal descaro de ademanes, que hasta la vieja de las panzas
se aparta de sus ollas para venir a mirarlo. Pero en eso empieza a
llover, corre cada cual a resguardarse bajo los aleros —el titiritero
con los títeres bajo la capa, los ciegos agarrados de sus palos, mojada
en su aleluya la mujer que parió lechones—, y Juan se encuentra en la
sala de un mesón, donde se juega a los naipes y se bebe recio. El negro
seca al mono con un pañuelo, mientras el papagayo se dispone a echar un
sueño, posado en el aro de un tonel. Pide vino el indiano, y empieza a
contar embustes al romero. Pero Juan prevenido como cualquiera contra
embuste de indianos, piensa ahora que ciertos embustes pasaron a ser
verdades. La Arpía Americana, monstruo pavoroso, murió en
Constantinopla, rabiando y rugiendo. La tierra de Jauja había sido
cabalmente descubierta, con sus estanques de doblones, por un afortunado
capitán llamado Longores de Sentlam y de Gorgas. Ni el oro del Perú,
ni la plata del Potosí eran embustes de indianos. Tampoco las
herraduras de oro, clavadas por Gonzalo Pizarro en los cascos de sus
caballos. Bastante que lo sabían los contadores de las Flotas del Rey,
cuando los galeones regresaban a Sevilla, hinchados de tesoros. El
indiano, achispado por el vino, habla luego de portentos menos
pregonados: de una fuente de aguas milagrosas, donde los ancianos más
encorvados y tullidos no hacían sino entrar, y al salirles la cabeza
del agua, se les veía cubierta de pelos lustrosos, las arrugas
borradas, con la salud devuelta, los huesos desentumecidos, y unos
arrestos como para empreñar una armada de Amazonas. Hablaba del ámbar
de la Florida, de las estatuas de gigantes vistas por el otro Pizarro en
Puerto Viejo, y de las calaveras halladas en Indias, con dientes de tres
dedos de gordo, que tenían una oreja sola, y ésa, en medio del
colodrillo. Había, además, una ciudad, hermana de la de Jauja, donde
todo era de oro, hasta las bacías de los barberos, las cazuelas y
peroles, el calce de las carrozas, los candiles. "¡Ni que fueran
alquimistas sus moradores!", exclama el romero atónito. Pero el
indiano pide más vino y explica que el oro de Indias ha dado término a
las lucubraciones de los perseguidores de la Gran Obra. El mercurio
hermético, el elixir divino, la lunaria mayor, la calamina y el
azófar, son abandonados ya por todos los estudiosos de Morieno,
Raimundo y Avicena, ante la llegada de tantas y tantas naves cargadas de
oro en barras, en vasos, en polvo, en piedras, en estatuas, en joyas. La
transmutación no tiene objeto donde no hay operación que cumplir en
hornacha para tener oro del mejor, hasta donde alcanza la mano de un
buen extremeño, parado en una estancia de regular tamaño. V Pero
allí todo es chisme, insidias, comadreos, cartas que van, cartas que
vienen, odios mortales, envidias sin cuento, entre ocho calles
hediondas, llenas de fango en todo tiempo, donde unos cerdos negros, sin
pelo, se alborozan la trompa en montones de basura. Cada vez que la
Flota de la Nueva España viene de regreso, son encargos a los patrones
de las naves, encomiendas de escritos, misivas, infundios y calumnias,
para entregar, allá, a quien mejor pueda perjudicar al vecino. En el
calor que envenena los humores, la humedad que todo lo pudre, los
zancudos, las nihuas que ponen huevos bajo las uñas de los pies, el
despecho y la codicia de menudos beneficios —que grandes, allí, no
los hay— roen las almas. Quien sabe escribir no usa la merced en
escribir discursos de provecho, a la manera de los antiguos, alguna
pastoral o invención de regocijo para el Corpus, sino que se las pasa
mandando quejas al Rey, habladurías al Consejo, con la pluma mojada en
tinta de hiel. Mientras el Gobernador trata de desacreditar a los
Oficiales Reales en carta de ocho pliegos, el Obispo denuncia al Regidor
por amancebado; el Regidor al Obispo, por usurpar cargos de Inquisidor,
no conferidos por el Cardenal de Toledo; el Escribano Público acusa al
Tesorero, amigo del Alcalde, acusa al Escribano de pícaro y trapacero.
Y va la cadena, rompiendo siempre por lo más débil o lo más
forastero. A éste se denuncia de haber comprado hierbas de buen querer
a un negro brujo, a quien mandarán azotar en Cartagena de Indias; al
Pregonero, porque dicen que cometió el nefando pecado; al Encomendero,
por haber movido los linderos de un realengo; al Chantre, por lujurioso;
al Artillero por borracho, al Pertiguero por bujarrón. El Barbero de la
villa —bizco de daña con el solo mirar cruzado— es la
espernada de la cadena de infamias, afirmando que Doña Violante, la
esposa del antiguo gobernador, es zorra vieja que tiene comercio
deshonesto con sus esclavos. Y así se lleva, en este infierno de San
Cristóbal, entre indios naboríes que apestan a manteca rancia y negros
que huelen a garduña, la vida más perra que arrastrarse pueda en el
reino de este mundo. ¡Ah! ¡Las Indias!...Sólo se le alegra el ánimo
a Juan de Amberes, cuando llega gente marinera de México o de la
Española. Entonces, durante días, recordando que fue soldado, roba a
los carniceros un costillar que guisarán entre varios, en salsa de
achiote o polvo de chile traído de la Veracruz —o ayuda a tumbar las
puertas de las pescaderías, para cargar con las cestas de pargos y
jicoteas. En esos meses, a falta de manjares más finos, Juan se ha
aficionado a las novedad del jitomate, la batata y la tuna. Se llena las
narices de tabaco, y en días de penurias —que son los más— moja su
cazabe en melado de caña, metiendo luego la cara en la jícara para
lamerla mejor cuando la tripulación de las flotas viene a tierra, se da
a bailar con las negras horras —de cara de Diablo para hacer tal
oficio, donde tanto escasean las hembras—, que tienen un corral de
tablaje, con catres chinchosos, junto a la dársena del carenero. Lo
poco que gana tocando el atambor cuando hay arco a la vista, encabezando
alguna procesión, o tratando de concertar a las zambas que tocan
maracas en los Oficios de Calenda, se lo gasta en el bodegón de un
allegado del Gobernador, próximo la Casa del Pan, que suele recibir, de
tarde en tarde, barricas del peor morapio. Pero aquí no puede hablarse
de vino de Ciudad Real, ni de Ribadavia, ni de Cazalla. El que le baja
por el gaznate, esmerilándole la lengua, es malo, agrio, y caro por
añadidura, como todo lo que de esta isla se trae. Se le pudren las
ropas, se le enmohecen las armas, le salen hongos a los documentos, y
cuando alguna corroña es tirada en medio de la calle, unos buitres
negros, de cráneo pelado, le destrenzan las tripas como cintas de Cruz
de Mayo. Quien cae al agua de la bahía es devorado por un pez gigante,
ballena de Jonás, con la boca entre el cuello y la panza, que allí
llaman tiburón. Hay arañas del tamaño de la rodela de una espada,
culebras de ocho palmos, escorpiones, plagas sin cuento. En fin, que
cuando tintazo avinagrado se le sube a la cabeza, Juan de Amberes
maldice al hideputa de indiano que le hiciera embarcar para esta tierra
roñosa, cuyo escaso oro se ha ido, hace años, en las uñas de unos
pocos. De tanto lamentar su miseria en un calor le tiene el cuerpo
ardido y la piel como espolvoreada de arena roja, se le inflaman los
hipocondrios, se le torna pendenciero el ánimo, a semejanza de los
vecinos de la villa, cocinados en su maldad, y una noche de tinto mal
subido, arremete contra Jácome de Castellón, el genovés, por
fullerías de dados, y le larga una cuchillada que lo tumba, bañado en
sangre, sobre las ollas de una mondonguera. Creyéndolo muerto, asustado
por la gritería de las negras que salen de sus cuartos abrochándose
las faldas, toma Juan un caballo que encuentra arrendado a una reja de
madera, y sale de la ciudad a todo galope, por el camino del astillero,
huyendo hacia donde se divisan, en días claros, las formas azules de
lomas cubiertas de palmeras. Más alla debe haber monte cerrado, donde
ocultarse de la justicia del Gobernador. Literatura
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