Roberto
Arlt
(Buenos Aires, Argentina, 1900 – Buenos Aires, 1942)
El jorobadito
El jorobadito
(Buenos Aires: Librerías Anaconda, 1933, 209 págs.)
Los diversos y exagerados rumores
desparramados con motivo de la conducta que observé en compañía de
Rigoletto, el jorobadito, en la casa de la señora X, apartaron en su
tiempo a mucha gente de mi lado.
Sin embargo, mis
singularidades no me acarrearon mayores desventuras, de no perfeccionarlas
estrangulando a Rigoletto.
Retorcerle el
pescuezo al jorobadito ha sido de mi parte un acto más ruinoso e
imprudente para mis intereses, que atentar contra la existencia de un
benefactor de la humanidad.
Se ha echado sobre
mí la policía, los jueces y los periódicos. Y ésta es la hora en que
aún me pregunto (considerando los rigores de la justicia) si Rigoletto no
estaba llamado a ser un capitán de hombres, un genio, o un filántropo.
De otra forma no se explican las crueldades de la ley para vengar los
fueros de un insigne piojoso, al cual, para pagarle de su insolencia,
resultaran insuficientes todos los puntapiés que pudieran suministrarle
en el trasero, una brigada de personas bien nacidas.
No se me oculta que
sucesos peores ocurren sobre el planeta, pero ésta no es una razón para
que yo deje de mirar con angustia las leprosas paredes del calabozo donde
estoy alojado a espera de un destino peor.
Pero estaba escrito
que de un deforme debían provenirme tantas dificultades.
Recuerdo (y esto a
vía de información para los aficionados a la teosofía y la metafísica)
que desde mi tierna infancia me llamaron la atención los contrahechos.
Los odiaba al tiempo que me atraían, como detesto y me llama la
profundidad abierta bajo la balconada de un noveno piso, a cuyo barandal
me he aproximado más de una vez con el corazón temblando de cautela y
delicioso pavor. Y así como frente al vacío no puedo sustraerme al
terror de imaginarme cayendo en el aire con el estómago contraído en la
asfixia del desmoronamiento, en presencia de un deforme no puedo escapar
al nauseoso pensamiento de imaginarme corcoveado, grotesco, espantoso,
abandonado de todos, hospedado en una perrera, perseguido por traíllas de
chicos feroces que me clavarían agujas en la giba...
Es terrible..., sin
contar que todos los contrahechos son seres perversos, endemoniados,
protervos..., de manera que al estrangularlo a Rigoletto me creo con
derecho a afirmar que le hice un inmenso favor a la sociedad, pues he
librado a todos los corazones sensibles como el mío de un espectáculo
pavoroso y repugnante. Sin añadir que el jorobadito era un hombre cruel.
Tan cruel que yo me veía obligado a decirle todos los días:
—Mirá, Rigoletto,
no seas perverso. Prefiero cualquier cosa a verte pegándole con un
látigo a una inocente cerda. ¿Qué te ha hecho la marrana? Nada. ¿No es
cierto que no te ha hecho nada?...
—¿Qué se le
importa?
—No te ha hecho
nada, y vos contumaz, obstinado, cruel, desfogas tus furores en la pobre
bestia...
—Como me embrome
mucho la voy a rociar de petróleo a la chancha y luego le prendo fuego.
Después de
pronunciar estas palabras, el jorobadito descargaba latigazos en el
crinudo lomo de la bestia, rechinando los dientes como un demonio de
teatro. Y yo le decía:
—Te voy a retorcer
el pescuezo, Rigoletto. Escuchá mis paternales advertencias, Rigoletto.
Te conviene...
Predicar en el
desierto hubiera sido más eficaz. Se regocijaba en contravenir mis
órdenes y en poner en todo momento en evidencia su temperamento
sardónico y feroz. Inútil era que prometiera zurrarle la badana o
hacerle salir la joroba por el pecho de un mal golpe. El continuaba
observando una conducta impura.
Volviendo a mi
actual situación diré que si hay algo que me reprocho, es haber recaído
en la ingenuidad de conversar semejantes minucias a los periodistas.
Creía que las
interpretarían, más heme aquí ahora abocado a mi reputación
menoscabada, pues esa gentuza lo que menos ha escrito es que soy un
demente, afirmando con toda seriedad que bajo la trabazón de mis actos se
descubren las características de un cínico perverso.
Ciertamente, que mi
actitud en la casa de la señora X, en compañía del jorobadito, no ha
sido la de un miembro inscripto en el almanaque de Gotha. No. Al menos no
podría afirmarlo bajo mi palabra de honor.
Pero de este extremo
al otro, en el que me colocan mis irreductibles enemigos, media una igual
distancia de mentira e incomprensión. Mis detractores aseguran que soy un
canalla monstruoso, basando esta afirmación en mi jovialidad al comentar
ciertos actos en los que he intervenido, como si la jovialidad no fuera
precisamente la prueba de cuán excelentes son las condiciones de mi
carácter y qué comprensivo y tierno al fin y al cabo.
Por otra parte, si
hubiera que tamizar mis actos, ese tamiz a emplearse debería llamarse
Sufrimiento. Soy un hombre que ha padecido mucho. No negaré que dichos
padecimientos han encontrado su origen en mi exceso de sensibilidad, tan
agudizada que cuando me encontraba frente a alguien he creído percibir
hasta el matiz del color que tenían sus pensamientos, y lo más grave es
que no me he equivocado nunca. Por el alma del hombre he visto pasar el
rojo del odio y el verde del amor, como a través de la cresta de una nube
los rayos de luna más o menos empalidecidos por el espesor distinto de la
masa acuosa. Y personas hubo que me han dicho:
—¿Recuerda cuando
usted, hace tres años, me dijo que yo pensaba en tal cosa? No se
equivocaba.—He caminado así, entre hombres y mujeres, percibiendo los
furores que encrespaban sus instintos y los deseos que envaraban sus
intenciones, sorprendiendo siempre en las laterales luces de la pupila, en
el temblor de los vértices de los labios y en el erizamiento casi
invisible de la piel de los párpados, lo que anhelaban, retenían o
sufrían. Y jamás estuve más solo que entonces, que cuando ellos y ellas
eran transparentes para mí.
De este modo,
involuntariamente, fui descubriendo todo el sedimento de bajeza humana que
encubren los actos aparentemente más leves, y hombres que eran buenos y
perfectos para sus prójimos, fueron, para mí, lo que Cristo llamó
sepulcros encalados. Lentamente se agrió mi natural bondad
convirtiéndome en un sujeto taciturno e irónico. Pero me voy apartando,
precisamente, de aquello a lo cual quiero aproximarme y es la relación
del origen de mis desgracias. Mis dificultades nacen de haber conducido a
la casa de la señora X al infame corcovado.
En la casa de la
señora X yo “hacía el novio” de una de las niñas. Es curioso. Fui
atraído, insensiblemente, a la intimidad de esa familia por una hábil
conducta de la señora X, que procedió con un determinado exquisito tacto
y que consiste en negarnos un vaso de agua para poner a nuestro alcance, y
como quien no quiere, un frasco de alcohol. Imagínense ustedes lo que
ocurriría con un sediento. Oponiéndose en palabras a mis deseos.
Incluso, hay testigos. Digo esto para descargo de mi conciencia. Más
aún, en circunstancias en que nuestras relaciones hacían prever una
ruptura, yo anticipé seguridades que escandalizaron a los amigos de la
casa. Y es curioso. Hay muchas madres que adoptan este temperamento, en la
relación que sus hijas tienen con los novios, de manera que el incauto
—si en un incauto puede admitirse un minuto de lucidez— observa con
terror que ha llevado las cosas mucho más lejos de lo que permitía la
conveniencia social.
Y ahora volvamos al
jorobadito para deslindar responsabilidades. La primera vez que se
presentó a visitarme en mi casa, lo hizo en casi completo estado de
ebriedad, faltándole el respeto a una vieja criada que salió a recibirlo
y gritando a voz en cuello de manera que hasta los viandantes que pasaban
por la calle podían escucharle:
—¿Y dónde está
la banda de música con que debían festejar mi hermosa presencia? Y los
esclavos que tienen que ungirme de aceite, ¿dónde se han metido? En
lugar de recibirme jovencitos con orinales, me atiende una vieja
desdentada y hedionda. ¿Y ésta es la casa en la cual usted vive?—Y
observando las puertas recién pintadas, exclamó enfáticamente:—¡Pero
esto no parece una casa de familia sino una ferretería! Es simplemente
asqueroso. ¿Cómo no han tenido la precaución de perfumar la casa con
esencia de nardo, sabiendo que iba a venir? ¿No se dan cuenta de la
pestilencia de aguarrás que hay aquí?
¿Reparan ustedes en
la catadura del insolente que se había posesionado de mi vida?
Lo cual es grave,
señores, muy grave.
Estudiando el asunto
recuerdo que conocí al contrahecho en un café; lo recuerdo
perfectamente. Estaba yo sentado frente a una mesa, meditando, con la
nariz metida en mi taza de café, cuando, al levantar la vista distinguí
a un jorobadito que con los pies a dos cuartas del suelo y en mangas de
camisa, observábame con toda atención, sentado del modo más indecoroso
del mundo, pues había puesto la silla al revés y apoyaba sus brazos en
el respaldo de ésta.
Como hacía calor se
había quitado el saco, y así descaradamente en cuerpo de camisa, giraba
sus renegridos ojos saltones sobre los jugadores de billar. Era tan bajo
que apenas si sus hombros se ponían a nivel con la tabla de la mesa. Y,
como les contaba, alternaba la operación de contemplar la concurrencia,
con la no menos importante de examinar su reloj pulsera, cual si la hora
que éste marcara le importara mucho más que la señalada en el
gigantesco reloj colgado de un muro del establecimiento.
Pero, lo que causaba
en él un efecto extraño, además de la consabida corcova, era la cabeza
cuadrada y la cara larga y redonda, de modo que por el cráneo parecía un
mulo y por el semblante un caballo.
Me quedé un
instante contemplando al jorobadito con la curiosidad de quien mira un
sapo que ha brotado frente a él; y éste, sin ofenderse, me dijo:
—Caballero,
¿será tan amable usted que me permita sus fósforos?
Sonriendo, le
alcancé mi caja; el contrahecho encendió su cigarro medio consumido y
después de observarme largamente, dijo:
—¡Qué buen mozo
es usted! Seguramente que no deben faltarle novias.
La lisonja halaga
siempre aunque salga de la boca de un jorobado, y muy amablemente le
contesté que sí, que tenía una muy hermosa novia, aunque no estaba muy
seguro de ser querido por ella, a lo cual el desconocido, a quien bauticé
en mi fuero interno con el nombre de Rigoletto, me contestó después de
escuchar con sentenciosa atención mis palabras:
—No sé por qué
se me ocurre que usted es de la estofa con que se fabrican excelentes
cornudos.—Y antes que tuviera tiempo de sobreponerme a la estupefacción
que me produjo su extraordinaria insolencia, el cacaseno continuó:—Pues
yo nunca he tenido novia, créalo, caballero... le digo la verdad...
—No lo dudo—
repliqué sonriendo ofensivamente—, no lo dudo...
—De lo que me
alegro, caballero, porque no me agradaría tener un incidente con usted...
Mientras él hablaba
yo vacilaba si levantarme y darle un puntapié en la cabeza o tirarle a la
cara el contenido de mi pocillo de café, pero recapacitándolo me dije
que de promoverse un altercado allí, el que llevaría todas las de perder
era yo, y cuando me disponía a marcharme contra mi voluntad porque aquel
sapo humano me atraía con la inmensidad de su desparpajo, él,
obsequiándome con la más graciosa sonrisa de su repertorio que dejaba al
descubierto su amarilla dentadura de jumento, dijo:
—Este reloj
pulsera me cuesta veinticinco pesos...; esta corbata es inarrugable y me
cuesta ocho pesos...; ¿ve estos botines?, treinta y dos pesos, caballero.
¿Puede alguien decir que soy un pelafustán? ¡No, señor! ¿No es
cierto?
—¡Claro que sí!
Guiñó arduamente
los ojos durante un minuto, luego moviendo la cabeza como un osezno
alegre, prosiguió interrogador y afirmativo simultáneamente:
—Qué agradable es
poder confesar sus intimidades en público, ¿no le parece, caballero?
¿Hay muchos en mi lugar que pueden sentarse impunemente a la mesa de un
café y entablar una amable conversación con un desconocido como lo hago
yo? No. Y, ¿por qué no hay muchos, puede contestarme?
—No sé...
—Porque mi
semblante respira la santa honradez.
Satisfechísimo de
su conclusión, el bufoncillo se restregó las manos con satánico
donaire, y echando complacidas miradas en redor prosiguió:
—Soy más bueno
que el pan francés y más arbitrario que una preñada de cinco meses.
Basta mirarme para comprender de inmediato que soy uno de aquellos hombres
que aparecen de tanto en tanto sobre el planeta como un consuelo que Dios
ofrece a los hombres en pago de sus penurias, y aunque no creo en la
santísima Virgen, la bondad fluye de mis palabras como la piel del
Himeto.
Mientras yo
desencajaba los ojos asombrados, Rigoletto continuó:
—Yo podría ser
abogado ahora, pero como no he estudiado no lo soy. En mi familia fui
profesional del betún.
—¿Del betún?
—Sí, lustrador de
botas..., lo cual me honra, porque yo solo he escalado la posición que
ocupo. ¿O le molesta que haya sido profesional? ¿Acaso no se dice “técnico
de calzado” el último remendón de portal, y “experto en cabellos y
sus derivados” el rapabarbas, y profesor de baile el cafishio
profesional?...
Indudablemente, era
aquél el pillete más divertido que había encontrado en mi vida.
—¿Y ahora qué
hace usted?
—Levanto quinielas
entre mis favorecedores, señor. No dudo que usted será mi cliente. Pida
informes...
—No hace falta...
—¿Quiere fumar
usted, caballero?
—¡Cómo no!
Después que
encendí el cigarro que él me hubo ofrecido, Rigoletto apoyó el corto
brazo en mi mesa y di jo:
—Yo soy enemigo de
contraer amistades nuevas porque la gente generalmente carece de tacto y
educación, pero usted me convence.... me parece una persona muy de bien y
quiero ser su amigo—dicho lo cual, y ustedes no lo creerán, el
corcovado abandonó su silla y se instaló en mi mesa.
Ahora no dudarán
ustedes de que Rigoletto era el ente más descarado de su especie, y ello
me divirtió a punto tal que no pude menos de pasar el brazo por encima de
la mesa y darle dos palmadas amistosas en la giba.
Quedóse el
contrahecho mirándome gravemente un instante; luego lo pensó mejor, y
sonriendo, agregó:
—¡Que le
aproveche, caballero, porque a mí no me ha dado ninguna suerte!
Siempre dudé que mi
novia me quisiera con la misma fuerza de enamoramiento que a mí me hacía
pensar en ella durante todo el día, como en una imagen sobrenatural.
Por momentos la
sentía implantada en mi existencia semejante a un peñasco en el centro
de un río. Y esta sensación de ser la corriente dividida en dos ondas
cada día más pequeñas por el crecimiento del peñasco, resumía mi
deleite de enamoramiento y anulación. ¿Comprenden ustedes? La vida que
corre en nosotros se corta en dos raudales al llegar a su imagen, y como
la corriente no puede destruir la roca, terminamos anhelando el peñasco
que aja nuestro movimiento y permanece inmutable.
Naturalmente, ella
desde el primer día que nos tratamos, me hizo experimentar con su
frialdad sonriente el peso de su autoridad. Sin poder concretar en qué
consistía el dominio que ejercía sobre mí, éste se traducía como la
presión de una atmósfera sobre mi pasión. Frente a ella me sentía
ridículo, inferior sin saber precisar en qué podía consistir cualquiera
de ambas cosas.
De más está decir
que nunca me atreví a besarla, porque se me ocurría que ella podía
considerar un ultraje mi caricia. Eso sí, me era más fácil
imaginármela entregada a las caricias de otro, aunque ahora se me ocurre
que esa imaginación pervertida era la consecuencia de mi conducta
imbécil para con ella.
En tanto, mediante
esas curiosas transmutaciones que obra a veces la alquimia de las
pasiones, comencé a odiarla rabiosamente a la madre, responsabilizándola
también, ignoro por qué, de aquella situación absurda en que me
encontraba. Si yo estaba de novio en aquella casa debíase a las arterias
de la maldita vieja, y llegó a producirse en poco tiempo una de las
situaciones más raras de que haya oído hablar, pues me retenía en la
casa, junto a mi novia, no el amor a ella, sino el odio al alma taciturna
y violenta que envasaba la madre silenciosa, pesando a todas horas
cuántas probabilidades existían en el presente de que me casara o no con
su hija. Ahora estaba aferrado al semblante de la madre como a una mala
injuria inolvidable o a una humillación atroz. Me olvidaba de la muchacha
que estaba a mi lado para entretenerme en estudiar el rostro de la
anciana, abotagado por el relajamiento de la red muscular, terroso,
inmóvil por momentos como si estuviera tallado en plata sucia, y con ojos
negros, vivos e insolentes.
Las mejillas estaban
surcadas por gruesas arrugas amarillas, y cuando aquel rostro estaba
inmóvil y grave, con los ojos desviados de los míos, por ejemplo,
detenidos en el plafón de la sala, emanaba de esa figura envuelta en
ropas negras tal implacable voluntad, que el tono de la voz, enérgico y
recio, lo que hacía era sólo afirmarla.
Yo tuve la
sensación, en un momento dado, que esa mujer me aborrecía, porque la
intimidad, a la cual ella “involuntariamente” me había arrastrado, no
aseguraba en su interior las ilusiones que un día se había hecho
respecto a mí.
Y a medida que el
odio crecía, y lanzaba en su interior furiosas voces, la señora X era
más amable conmigo, se interesaba por mi salud, siempre precaria, tenía
conmigo esas atenciones que las mujeres que han sido un poco sensuales
gastan con sus hijos varones, y como una monstruosa araña iba tejiendo en
redor de mi responsabilidad una fina tela de obligaciones. Sólo sus ojos
negros e insolentes me espiaban de continuo, revisándome el alma y
sopesando mis intenciones. A veces, cuando la incertidumbre se le hacía
insoportable, estallaba casi en estas indirectas:
—Las amigas no
hacen sino preguntarme cuándo se casan ustedes, y yo ¿qué les voy a
contestar? Que pronto.—O si no:— Sería conveniente, no le parece a
usted, que la “nena” fuera preparando su ajuar.
Cuando la señora X
pronunciaba estas palabras, me miraba fijamente para descubrir si en un
parpadeo o en un involuntario temblor de un nervio facial se revelaba mi
intención de no cumplir con el compromiso, al cual ella me había
arrastrado con su conducta habilísima. Aunque tenía la seguridad de que
le daría una sorpresa desagradable, fingía estar segura de mi “decencia
de caballero”, mas el esfuerzo que tenía que efectuar para revestirse
de esa apariencia de tranquilidad, ponía en el timbre de su voz una
violencia meliflua, violencia que imprimía a las palabras una velocidad
de cuchicheo, como quien os confía apuradamente un secreto, acompañando
la voz con una inclinación de cabeza sobre el hombro derecho, mientras
que la lengua humedecía los labios resecos por ese instinto animal que la
impulsaba a desear matarme o hacerme víctima de una venganza atroz.
Además de
voluntariosa, carecía de escrúpulos, pues fingía articular con mis
ideas, que le eran odiosas en el más amplio sentido de la palabra.
Y aunque
aparentemente resulte ridículo que dos personas se odien en la
divergencia de un pensamiento, no lo es, porque en el subconsciente de
cada hombre y de cada mujer donde se almacena el rencor, cuando no es
posible otro escape, el odio se descarga como por una válvula psíquica
en la oposición de las ideas. Por ejemplo, ella, que odiaba a los
bolcheviques, me escuchaba deferentemente cuando yo hablaba de las
rencillas de Trotsky y Stalin, y hasta llegó al extremo de fingir
interesarse por Lenin, ella, ella que se entusiasmaba ardientemente con
los más groseros figurones de nuestra política conservadora.
Acomodaticia y flexible, su aprobación a mis ideas era una injuria, me
sentía empequeñecido y denigrado frente a una mujer que si yo hubiera
afirmado que el día era noche, me contestara:
—Efectivamente, no
me fijé que el sol hace rato que se ha puesto.
Sintetizando, ella
deseaba que me casara de una vez. Luego se encargaría de darme con las
puertas en las narices y de resarcirse de todas las dudas en que la había
mantenido sumergida mi noviazgo eterno.
En tanto la malla de
la red se iba ajustando cada vez más a mi organismo. Me sentía amarrado
por invisibles cordeles. Día tras día la señora X agregaba un nudo más
a su tejido, y mi tristeza crecía como si ante mis ojos estuvieran
serruchando las tablas del ataúd que me iban a sumergir en la nada.
Sabía que en la
casa, lo poco bueno que persistía en mí iba a naufragar si yo aceptaba
la situación que traía aparejada el compromiso. Ellas, la madre y la
hija, me atraían a sus preocupaciones mezquinas, a su vida sórdida, sin
ideales, una existencia gris, la verdadera noria de nuestro lenguaje
popular, en el que la personalidad a medida que pasan los días se va
desintegrando bajo el peso de las obligaciones económicas, que tienen la
virtud de convertirlo a un hombre en uno de esos autómatas con cuello
postizo, a quienes la mujer y la suegra retan a cada instante porque no
trajo más dinero o no llegó a la hora establecida.
Hace mucho tiempo
que he comprendido que no he nacido para semejante esclavitud. Admito que
es más probable que mi destino me lleve a dormir junto a los rieles de un
ferrocarril, en medio del campo verde, que a acarretillar un cochecito con
toldo de hule, donde duerme un muñeco que al decir de la gente “debe
enorgullecerme de ser padre”.
Yo no he podido
concebir jamás ese orgullo, y sí experimento un sentimiento de verguenza
y de lástima cuando un buen señor se entusiasma frente a mí con el
pretexto de que su esposa lo ha hecho “padre de familia”. Hasta muchas
veces me he dicho que esa gente que así procede son simuladores de
alegría o unos perfectos estúpidos. Porque en vez de felicitarnos del
nacimiento de una criatura debíamos llorar de haber provocado la
aparición en este mundo de un mísero y débil cuerpo humano, que a
través de los años sufrirá incontables horas de dolor y escasísimos
minutos de alegría.
Y mientras la “deliciosa
criatura” con la cabeza tiesa junto a mi hombro soñaba con un futuro
sonrosado, yo, con los ojos perdidos en la triangular verdura de un
ciprés cercano, pensaba con qué hoja cortante desgarrar la tela de la
red, cuyas células a medida que crecía se hacían más pequeñas y
densas.
Sin embargo, no
encontraba un filo lo suficientemente agudo para desgarrar definitivamente
la malla, hasta que conocí al corcovado.
En esas
circunstancias se me ocurrió la “idea”—idea que fue pequeñita al
principio como la raíz de una hierba, pero que en el transcurso de los
días se bifurcó en mi cerebro, dilatándose, afianzando sus fibromas
entre las células más remotas—y aunque no se me ocultaba que era ésa
una “idea” extraña, fui familiarizándome con su contextura, de modo
que a los pocos días ya estaba acostumbrado a ella y no faltaba sino
llevarla a la práctica.
Esa idea,
semidiabólica por su naturaleza, consistía en conducir a la casa de mi
novia al insolente jorobadito, previo acuerdo con él, y promover un
escándalo singular, de consecuencias irreparables. Buscando un motivo
mediante el cual podría provocar una ruptura, reparé en una ofensa que
podría inferirle a mi novia, sumamente curiosa, la cual consistía:
Bajo la apariencia
de una conmiseración elevada a su más pura violencia y expresión, el
primer beso que ella aún no me había dado a mí, tendría que dárselo
al repugnante corcovado que jamás había sido amado, que jamás conoció
la piedad angélica ni la belleza terrestre.
Familiarizado, como
les cuento, con mi “idea”, si a algo tan magnífico se puede llamar
idea, me dirigí al café en busca de Rigoletto.
Después que se hubo
sentado a mi lado, le dije:
—Querido amigo:
muchas veces he pensado que ninguna mujer lo ha besado ni lo besará. ¡No
me interrumpa! Yo la quiero mucho a mi novia, pero dudo que me corresponda
de corazón. Y tanto la quiero que para que se dé cuenta de mi cariño le
diré que nunca la he besado. Ahora bien: yo quiero que ella me dé una
prueba de su amor hacia mí... y esa prueba consistirá en que lo bese a
usted. ¿Está conforme?
Respingó el
corcovado en su silla; luego con tono enfático me replicó:
—¿Y quién me
indemniza a mí, caballero, del mal rato que voy a pasar?
—¿Cómo, mal
rato?
—¡Naturalmente!
¿O usted se cree que yo puedo prestarme por ser jorobado a farsas tan
innobles? Usted me va a llevar a la casa de su novia y como quien presenta
un monstruo, le dirá: “Querida, te presento al dromedario”.
—¡Yo no la tuteo
a mi novia!
—Para el caso es
lo mismo. Y yo en tanto, ¿qué voy a quedarme haciendo, caballero?
¿Abriendo la boca como un imbécil, mientras disputan sus tonterías?
¡No, señor; muchas gracias! Gracias por su buena intención, como le
decía la liebre al cazador. Además, que usted me dijo que nunca la
había besado a su novia.
—Y eso, ¿qué
tiene que ver?
—¡Claro! ¿Usted
sabe acaso si a mí me gusta que me besen? Puede no gustarme. Y si no me
gusta, ¿por qué usted quiere obligarme? ¿O es que usted se cree que
porque soy corcovado no tengo sentimientos humanos?
La resistencia de
Rigoletto me enardeció. Violentamente, le dije:
—Pero ¿no se da
cuenta de que es usted, con su joroba y figura desgraciadas, el que me
sugirió este admirable proyecto? ¡Piense, infeliz! Si mi novia
consiente, le quedará a usted un recuerdo espléndido. Podrá decir por
todas partes que ha conocido a la criatura más adorable de la tierra.
¿No se da cuenta? Su primer beso habrá sido para usted.
—¿Y quién le
dice a usted que ése sea el primer beso que haya dado?
Durante un instante
me quedé inmóvil; luego, obcecado por ese frenesí que violentaba toda
mi vida hacia la ejecución de la “idea”, le respondí:
—Y a vos,
Rigoletto, ¿qué se te importa?
—¡No me llame
Rigoletto! Yo no le he dado tanta confianza para que me ponga
sobrenombres.
—Pero ¿sabés que
sos el contrahecho más insolente que he conocido?
Amainó el
jorobadito y ya dijo:
—¿Y si me
ultrajara de palabra o de hecho?
—¡No seas
ridículo, Rigoletto! ¿Quién te va a ultrajar? ¡Si vos sos un bufón!
¿No te das cuenta? ¡Sos un bufón y un parásito! ¿Para qué hacés
entonces la comedia de la dignidad?
—¡Rotundamente
protesto, caballero!
—Protestá todo lo
que quieras, pero escucháme. Sos un desvergonzado parásito. Creo que me
expreso con suficiente claridad ¿no? Les chupás la sangre a todos los
clientes del café que tienen la imprudencia de escuchar tus melifluas
palabras. Indudablemente no se encuentra en todo Buenos Aires un cínico
de tu estampa y calibre. ¿Con qué derecho, entonces, pretendés que te
indemnicen si a vos te indemniza mi tontería de llevarte a una casa donde
no sos digno de barrer el zaguán? ¡Qué más indemnización querés que
el beso que ella, santamente, te dará, insensible a tu cara, el mapa de
la desverguenza!
—¡No me ultraje!
—Bueno, Rigoletto,
¿aceptás o no aceptás?
—¿Y si ella se
niega a dármelo o quedo desairado?...
—Te daré veinte
pesos.
—¿Y cuándo vamos
a ir?
—Mañana. Cortáte
el pelo, limpiáte las uñas...
—Bueno...,
présteme cinco pesos...
—Tomá diez.
A las nueve de la
noche salí con Rigoletto en dirección a la casa de mi novia.
El giboso se había
perfumado endiabladamente y estrenaba una corbata plastrón de color
violeta.
La noche se
presentaba sombría con sus ráfagas de viento encallejonadas en las
bocacalles, y en el confín, tristemente iluminado por oscilantes lunas
eléctricas, se veían deslizarse vertiginosas cordilleras de nubes.
Yo estaba
malhumorado, triste. Tan apresuradamente caminaba que el cojo casi corría
tras de mí, y a momentos tomándome del borde del saco, me decía con
tono lastimero:
—¡Pero usted
quiere reventarme! ¿Qué le pasa a usted?
Y de tal manera
crecía mi enfurecimiento que de no necesitarlo a Rigoletto lo hubiera
arrojado de un puntapié al medio de la calzada.
¡Y cómo soplaba el
viento! No se veía alma viviente por las calles, y una claridad espectral
caída del segundo cielo que contenían las combadas nubes, hacía más
nítidos los contornos de las fachadas y sus cresterías funerarias.
No había quedado un
trozo de papel por los suelos. Parecía que la ciudad había sido borrada
por una tropa de espectros. Y a pesar de encontrarme en ella, creía estar
perdido en un bosque.
El viento doblaba
violentamente la copa de los árboles, pero el maldito corcovado me
perseguía en mi carrera, como si no quisiera perderme, semejante a mi
genio malo, semejante a lo malvado de mí mismo que para concretarse se
hubiera revestido con la figura abominable del giboso.
Y yo estaba triste.
Enormemente triste, como no se lo imaginan ustedes. Comprendía que le iba
a inferir un atroz ultraje a la fría calculadora; comprendía que ese
acto me separaría para siempre de ella, lo cual no obstaba para que me
dijera a medida que cruzaba las aceras desiertas:
—Si Rigoletto
fuera mi hermano, no hubiera procedido lo mismo. —Y comprendía que sí,
que si Rigoletto hubiera sido mi hermano, yo toda la vida lo hubiera
compadecido con angustia enorme. Por su aislamiento, por su falta de amor
que le hiciera tolerable los días colmados por los ultrajes de todas las
miradas. Y me añadía que la mujer que me hubiera querido debía primero
haberlo amado a él.
De pronto me detuve
ante un zaguán iluminado:
—Aquí es.
Mi corazón latía
fuertemente. Rigoletto atiesó el pescuezo y, empinado sobre la punta de
sus pies, al tiempo que se arreglaba el moño de la corbata, me dijo:
—¡Acuérdese!
¡Usted es el único culpable! ¡Que el pecado... !
Fina y alta,
apareció mi novia en la sala dorada.
Aunque sonreía, su
mirada me escudriñaba con la misma serenidad con que me examinó la
primera vez cuando le dije: “¿me permite una palabra, señorita?”, y
esta contradicción entte la sonrisa de su carne (pues es la carne la que
hace ese movimiento delicioso que llamamos sonrisa) y la fría expectativa
de su inteligencia discerniéndome mediante los ojos, era la que siempre
me causaba la extraña impresión.
Avanzó cordialmente
a mi encuentro, pero al descubrir al contrahecho, se detuvo asombrada,
interrogándonos a los dos con la mirada.
—Elsa, le voy a
presentar a mi amigo Rigoletto.
—¡No me ultraje,
caballero! ¡Usted bien sabe que no me llamo Rigoletto!
—¡A ver si te
callás!
Elsa detuvo la
sonrisa. Mirábame seriamente, como si yo estuviera en trance de
convertirme en un desconocido para ella. Señalándole una butaca dorada
le dije al contrahecho:
—Sentáte allí y
no te muevas.
Quedóse el giboso
con los pies a dos cuartas del suelo y el sombrero de paja sobre las
rodillas y con su carota atezada parecía un ridículo ídolo chino. Elsa
contemplaba estupefacta al absurdo personaje.
Me sentí
súbitamente calmado.
—Elsa—le dije—,
Elsa, yo dudo de su amor. No se preocupe por ese repugnante canalla que
nos escucha. Oigame: yo dudo... no sé por qué..., pero dudo de que usted
me quiera. Es triste eso..., créalo... Demuéstreme, déme una prueba de
que me quiere, y seré toda la vida su esclavo.
Naturalmente, yo no
estaba seguro de lo que quería expresar “toda la vida”, pero tanto me
agradó la frase que insistí:
—Sí, su esclavo
para toda la vida. No crea que he bebido. Sienta el olor de mi aliento.
Elsa retrocedió a
medida que yo me acercaba a ella, y en ese momento, ¿saben ustedes lo que
se le ocurre al maldito cojo? Pues: tocar una marcha militar con el
nudillo de sus dedos en la copa del sombrero.
Me volví al cojo y
después de conminarle silencio, me expliqué:
—Vea, Elsa, y la
única prueba de amor es que le dé un beso a Rigoletto.
Los ojos de la
doncella se llenaron de una claridad sombría. Caviló un instante; luego,
sin cólera en la voz, me dijo muy lentamente:
—¡Retírese!
—¡Pero! ...
—¡Retírese, por
favor...; váyase!...
Yo me inclino a
creer que el asunto hubiera tenido compostura, créanlo..., pero aquí
ocurrió algo curioso, y es que Rigoletto, que hasta entonces había
guardado silencio, se levantó exclamando:
—¡No le permito
esa insolencia, señorita..., no le permito que lo trate así a mi noble
amigo! Usted no tiene corazón para la desgracia ajena. ¡Corazón de
peñasco, es indigna de ser la novia de mi amigo!
Más tarde mucha
gente creyó que lo que ocurrió fue una comedia preparada. Y la prueba de
que yo ignoraba lo que iba a ocurrir, es que al escuchar los
despropósitos del contrahecho me desplomé en un sofá riéndome a
gritos, mientras que el giboso, con el semblante congestionado, t ieso en
el cent ro de la sala, con su brac i to extend ido , vociferaba:
—¡Por qué usted
le dijo a mi amigo que un beso no se pide..., se da! ¿Son conversaciones
esas adecuadas para una que presume de señorita como usted? ¿No le da a
usted verguenza?
Descompuesto de
risa, sólo atiné a decir:
—¡Calláte,
Rigoletto; calláte!...
El corcovado se
volvió enfático:
—¡Permítame,
caballero...; no necesito que me dé lecciones de urbanidad!—Y
volviéndose a Elsa, que roja de verguenza había retrocedido hasta la
puerta de la sala, le dijo:—¡Señorita... la conmino a que me dé un
beso!
E1 límite de
resistencia de las personas es variable. Elsa huyó arrojando grandes
gritos y en menos tiempo del que podía esperarse aparecieron en la sala
su padre y su madre, la última con una servilleta en la mano.
¿Ustedes creen que
el cojo se amilanó? Nada de eso. Colocado en medio de la sala, gritó
estentóreamente:
—¡Ustedes no
tienen nada que hacer aquí! ¡Yo he venido en cumplimiento de una alta
misión filantrópica! ... ¡No se acerquen!—Y antes de que ellos
tuvieran tiempo de avanzar para arrojarlo por la ventana, el corcovado
desenfundó un revólver, encañonándolos.
Se espantaron porque
creyeron que estaba loco, y cuando los vi así inmovilizados por el miedo,
quedéme a la expectativa, como quien no tuviera nada que hacer en tal
asunto, pues ahora la insolencia de Rigoletto parecíame de lo más
extraordinaria y pintoresca.
Este, dándose
cuenta del efecto causado, se envalentonó:
—¡Yo he venido a
cumplir una alta misión filantrópica! Y es necesario que Elsa me dé un
beso para que yo le perdone a la humanidad mi corcova. A cuenta del beso,
sírvanme un té con coñac. ¡Es una verguenza cómo ustedes atienden a
las visitas! ¡No tuerza la nariz, señora, que para eso me he perfumado!
¡Y tráigame el té!
¡Ah, inefable
Rigoletto! Dicen que estoy loco, pero jamás un cuerdo se ha reído con
tus insolencias como yo, que no estaba en mis cabales.
—Lo haré meter
preso...
—Usted ignora las
más elementales reglas de cortesía—insistía el corcovado—. Ustedes
están obligados a atenderme como a un caballero. E1 hecho de ser jorobado
no los autoriza a despreciarme. Yo he venido para cumplir una alta misión
filantrópica. La novia de mi amigo está obligada a darme un beso. Y no
lo rechazo. Lo acepto. Comprendo que debo aceptarlo como una reparación
que me debe la sociedad, y no me niego a recibirlo.
Indudablemente... si
allí había un loco, era Rigoletto, no les quede la menor duda, señores.
Continuó él:
—Caballero... yo
soy...
Un vigilante tras
otro entraron en la sala. No recuerdo nada más Dicen los periódicos que
me desvanecí al verlos entrar. Es posible.
¿Y ahora se dan
cuenta por qué el hi jo del diablo, el maldito jorobado, castigaba a la
marrana todas las tardes y por qué yo he terminado estrangulándole?
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