Roberto
Arlt
(Buenos Aires, Argentina, 1900 – Buenos Aires, 1942)
El hombre del turbante verde
El criador de gorilas
(Santiago, Chile: Editorial Zig-Zag [Revista Aventura Nº 165], 1941, 112 págs.)
A ningún hombre que hubiera
viajado durante cierto tiempo por tierras del Islam podían quedarle dudas
de que aquel desconocido que caminaba por el tortuoso callejón
arrastrando sus babuchas amarillas era piadoso creyente. El turbante verde
de los sacrificios adornaba la cabeza del forastero, indicando que su
poseedor hacía muy poco tiempo había visitado la Ciudad Santa. Anillos
de cobre y de plata, con grabados signos astrológicos destinados a
defenderle de los malos espíritus y de aojamientos, cargaban sus dedos.
Abdalá el Susi, que
así se llama nuestro peregrino del turbante verde terminó por detenerse
bajo el alero de cedro labrado de un fortificado palacio, junto a una reja
de barras de hierro anudadas en los cruces, tras la cual brillaba una
celosía de madera laqueada de rojo. Junto a esta reja podía verse un
cartelón, redactado simultáneamente en árabe y en francés:
Se
entregarán 10.000 francos a toda persona que suministre datos que
permitan detener a los contrabandistas de ametralladoras o explosivos.
EL
ALTO COMISIONADO
No
bien el piadoso Abdalá terminó de leer esta especie de bando, cuando al
final de la calle resonaron los gritos de un pequeño vendedor de
periódicos italiano:
—¡La renuncia de
Djamil! iMardan Bey, primer ministro! ¡La renuncia de Djamil! ¡Mardan
Bey, primer ministro!
Abdalá el Susi
movió, consternado, la cabeza. Pronto comenzaría el terror. Pronto
chocarían nuevamente extremistas y moderados. Alejóse lentamente del
cartelón, pegado junto a la celosía roja, diciéndose:
“No sería mal
negocio pescar los diez mil francos”. Evidentemente, alguien estaba
sembrando la campaña siria de ametralladoras livianas, que el diablo
sabía de dónde brotaban. Un consulado de Damasco no era ajeno a esta
infiltración. Por su parte, él, Adbalá el Susi, no creía absolutamente
en nada, ni en la peregrinación a La Meca, ni en los anillos
astrológicos ni en el turbante verde. Las luchas de nacionalistas y
moderados le resultaban una estupidez. No tenía finalidad cambiar de amo:
Llegado el momento, todos golpeaban a la cabera con la misma frialdad. Lo
importante era vivir y vivir sin hacer nada, bajo ese hermoso cielo
africano. Con diez mil francos podían hacerse muchas cosas...
Nuevamente volvió
la cabeza con disimulo. Nadie le seguía y ello le regocijó, porque su
conciencia no estaba sumamente tranquila.
Su conciencia no se
encontraba sumamente tranquila porque él había vivido en las más
diversas regiones de África. Claro está que él no podía confesar desde
el alto de un alminar cuáles eran los motivos que le indujeron hacía
tres años a refugiarse en plena selva congolesa, donde muchos meses
vivió penosamente, alimentándose con carne de elefante. Tampoco podía
decir qué era lo que buscaba en los alrededores de Dahomey, donde se le
vio atracarse como un miserable de horribles gusanos fritos o indigestarse
de langosta seca en las puertas mismas de Fez, o pasearse como un cadí
prevaricador por las calles de Túnez en un automóvil flamante.
Su existencia había
sido variada y culposa. ¡Hasta llegó a ser miembro de una banda de
ladrones de elefantes!
Ahora el decente
turbante verde que adornaba su cabeza, la escrupulosamente limpia chilaba
que con hacendosos pliegues revestía su flaco cuerpo, la renegrida barba
que le caía sobre el pecho indicaban que Abdalá el Susi era un musulmán
devoto, que no solo había cumplido con su peregrinación a La Meca, sino
que también era muy probable que disfrutara de ciertas rentas.
Y efectivamente, las
rentas de que Abdalá el Susi disfrutaba eran el producto de un robo de
alhajas cometido en El Cairo, en perjuicio de una gorda y estúpida
turista americana. Estas alhajas habían sido vendidas a un judío del
ghetto de Tetuán; su propietaria no las encontraría jamás, mientras que
él, Abdalá el Susi, con el producto de aquel robo podría aún vivir
tres meses, sin necesidad de cometer ningún acto de violencia o astucia.
De pronto el
tortuoso callejón se abrió como el tubo de un embudo en una plazuela,
entoldado por el follaje de una vid. En el centro de este zoco se veía
una fuente; el suelo, de puntiaguda piedra, estaba cubierto de sombras
movedizas, y más allá, bajo un inmenso toldo amarillo, junto a un muro
encalado, se abría la arcada de un café musulmán.
Sillas esterilladas
invitaban a reposar. Siempre con paso grave llegó Adbalá el Susi hasta
el toldo amarillo, y con respetable talante se instaló en un sillón,
cruzándose de piernas. Encendió un cigarrillo y golpeó las manos. Un
mofletudo muchacho con bombachas anaranjadas y un fez rojo, se detuvo
frente a él; el Susi pidió café y luego comenzó a meditar.
Un imbécil, por
ejemplo, se presentaría ahora mismo en la Alta Comisaría de Dimisch esh
Sham para solicitar autorización al Alto Comisionado para descubrir a los
contrabandistas, y los porteros y los covachuelistas de la Alta
Comisaría, simultáneamente, en sus casas, en el café, en el mercado,
dirían:
—Por fin se ha
presentado un musulmán prudente que va a intentar descubrir a los
contrabandistas de ametralladoras.
Y este musulmán
prudente, como es lógico, antes de descubrir nada, moriría cualquier
noche con el cuerpo hecho una criba de tiros y puñaladas. No, no, no.
Abdalá el Susi no cometería ninguna de estas tonterías. Primero
descubriría a los contrabandistas si podía y luego vería al Alto
Comisionado.
El Susi echó, la
mano al bolsillo interno de su chilaba y extrajo un periódico de la
mañana.
“Es evidente —decía
el articulista— que los contrabandistas se valen de un nuevo medio para
sacar fuera de las murallas de la ciudad las ametralladoras y los
proyectiles.
“Hasta ahora,
inútilmente han sido registrados los automóviles, los ejes de los
carros, las más mínimas cargas que transportaban los bueyes, los
camellos, los mulos y los campesinos. Todo aquel que sale fuera de las
puertas de Dimisch esh Sham llevando el más insignificante paquete en sus
manos está seguro de ser registrado. Todas las viviendas cuyas ventanas
se abrían sobre las murallas habían sido desalojadas, las casas
clausuradas y las ventanas tapiadas. Sin embargo, de la ciudad continúan
saliendo respetables cargas de proyectiles para ametralladoras no solo
livianas, sino pesadas, que se distribuyen entre los bandidos de la
campina.”
Por supuesto, “los
bandidos” eran los líderes nacionalistas extremistas, que luchaban
activamente, organizando a los campesinos para la próxima revuelta.
Un gandul se detuvo
en la boca del zoco junto mismo al arco de la fuente y comenzó a gritar:
—¡La renuncia de
Djamil! ¿Mardan Bey, primer ministro!
Abdalá el Susi,
parsimoniosamente, volvió a doblar el periódico en ocho dobleces y se lo
guardó entre el pecho y la chilaba. Su mirada, cargada de melancólica
dulzura, volvió a posarse, complacida, sobre el arco encalado que se
abría sobre una callejuela techada y tan estrecha que parecía un túnel
enfardado de sombras azules.
De pronto, en lo
alto de un alminar revestido de azulejos amarillos y negros, se vio
recortarse la silueta de un hombre. El hombre del alminar, apoyándose en
el antepecho sobre el vacío, gritó:
—Dios es grande.
Yo atestiguo que no hay más que un Dios. Yo atestiguo que Mahoma es el
Profeta. Venid a la oración. Dios es grande y único.
Precipitadamente,
Abdalá el Susi abandonó su cómodo sillón de esterilla y, cayendo sobre
sus rodillas en las ásperas piedras, se inclinó en dirección hacia La
Meca, con los brazos extendidos delante de su cabeza, mientras pensaba:
—Me disfrazaré de
Taleb.
Algunos días
después de estas pacientes meditaciones podíamos encontrar a Abdalá el
Susi sentado sobre una esterilla a la sombra del arco de ladrillo que
forma la puerta de Sab el Estha. Frente a él, en una pequeña mesa
laqueada de rojo, se veían algunos coranes forrados de pieles teñidas de
diferentes colores, y a otro costado algunos pliegos de pergamino
auténtico, con pequeñas bolsas de cuero rojo encima.
—Llevad un
versículo del Corán, que os libra de enfermedades, falsos testimonios,
aojamiento, muerte de ganado...
De tanto en tanto un
campesino se acerca a Abdalá el Susi, y Abdalá el Susi escribe en un
pergamino, con gruesos caracteres, un versículo del Corán, lo introduce
en la bolsa de cuero rojo y se lo entrega al campesino que deja caer
algunos cobres sobre la mesa.
—No te apartes
nunca de él —le dice el Susi—. Tu ganado se multiplicará.
Mientras habla, el
Susi no pierde de vista ni una sola de las personas que entran o salen por
la puerta de Bab el Estha.
Yuntas de bueyes y
rebaños de carneros pasan frente a sus ojos, vendedores con los pellejos
de cabra repletos de aceite, campesinas con pilastras de carbón amarradas
por juncos a los sobacos, barberos que se dedican a sangrar. Al lado mismo
de Abdalá el Susi se instala un freidor de buñuelos que, de tanto en
tanto, frente a la asombrada mirada de los queseros y floristas, arroja
por los aires todos los buñuelos que contiene una sartén y luego los
recoge sin perder uno. El mismo Abdalá el Susi está asombrado de no
recibir una salpicadura de la nauseabunda grasa que utiliza el tunecino.
Con las piernas
cruzadas sobre su esterilla, grave el talante y pensativa la mirada,
Abdalá el Susi ve llegar los camellos agobiados bajo tremendas cargas con
grandes manchones de alquitrán en su piel, para defenderlos de la sarna;
pasan los cadíes de las tribus, en visita de ceremonial al Alto
Comisionado, revestidos por magníficos albornoces escarlatas.
Pero si es fácil la
entrada por la puerta, la salida es difícil. Todo aquel que lleva un
bulto, un paquete o una carga es revisado implacablemente por los soldados
de capa azul. Inútiles son las protestas de los campesinos, de los
turistas. Para registrar a las mujeres de éstos, en una garita tras la
puerta de ladrillo hay dos empleadas de policía.
Un día,
irónicamente, un soldado le dice a otro:
—Los
contrabandistas van desnudos.
Y ambos se ríen de
la guasada.
El que no se rió
fue Abdalá el Susi.
Con la frente grave
bajo su turbante verde, el ex ladrón de elefantes medita envuelto en las
nubes de polvo que levanta el ganado al entrar.
Conoce a todos los
bribones de los alrededores. Ha identificado al entregador de una banda de
asaltantes. Ha reconocido a un estafador inglés que se pasea
jactanciosamente con un bastón de bambú y un casco de corcho. Pero él
no está allí para ocuparse de bagatelas.
La frase de los dos
soldados de capa azul continúa girando en su cerebro: “Los
contrabandistas van desnudos”: Claro que es una burla. Pero una burla
que no carece de sentido común. Al único hombre a quien los soldados
jamás registran, jamás miran, es al mendigo miserable, que con algunos
harapos sobre sus riñones, mostrando los huesos bajo la piel amarillenta
o llagada, pasa extendiendo su mano. El único hombre a quien los soldados
no registran es al hombre desnudo. Al mendigo de los aduares, que con el
belfo colgante, la mirada extraviada, sentado junto al suelo, pasa frente
a todos, con la pobreza de su repulsiva desnudez a la vista de todos. Pero
Abdalá el Susi no deja descansar su pensamiento.
Repite: “Los
contrabandistas van desnudos”. Porque es evidente que un hombre desnudo
no puede ocultar una ametralladora, a menos que haya encontrado un
procedimiento para tornar invisible la ametralladora, y este procedimiento
no existe.
Pasan las yuntas de
bueyes y los rebaños de moruecos, y las cabras saltarinas, y las
carboneras del valle, y los campesinos de la vega, y los cadíes envueltos
en sus magníficos albornoces escarlatas, con los bordes revestidos de una
trencilla de oro, cantan los muezines a la hora eterna el pregón de la
oración, y hace bailar el buñuelero sus buñuelos en la sartén, y
Abdalá el Ladrón está allí, sentado sobre su polvorienta esterilla
amarilla, repitiéndose por milésima vez.
—¿Cómo puede un
hombre desnudo pasar de contrabando una ametralladora sin que se le
descubra?
De pronto, el hombre
del turbante verde levanta la vista. Es la tercera vez que, frente a sus
ojos, pasa ese mendigo, desnudo casi, montado en un borriquillo que apenas
se puede mantener en pie. El mendigo tiene la cabeza arrollada en un
trapo, y los restos de un pantalón, y el pecho desnudo.
Siempre que este
andrajoso entra por la mañana, sale por la tarde, acompañado de algún
otro mendigo, tan haraposo como él, tan desnudo como él.
—Estos son los
hombres que pueden llevar las ametralladoras de contrabando —le dice
Abdalá al teniente francés, que, detenido frente a él, escucha su
hipótesis.
—Verás —asegura
Abdalá—. Esta tarde, antes de que cierren las puertas de la ciudad,
ellos saldrán, los dos desnudos, montados en su borriquito con una
ametralladora de contrabando. Y no te extrañes, teniente, si es una
ametralladora pesada.
El teniente Levil se
aleja de la puerta de Bab el Estha, sonriendo escépticamente. Pero no
faltará a su palabra. Esta tarde, con algunos hombres, estará allí para
hacerle el juego a ese endiablado sujeto del turbante verde.
Efectivamente, a la
caída del sol, el pordiosero que entró semidesnudo a la ciudad montado
en un borriquillo, viene acompañado de otro mendigo, también
semidesnudo, montado en un borriquillo.
Los dos vagabundos
llevan sus pies arrastrando junto al suelo, el cuerpo inclinando sobre el
cuello de sus borriquillos sarnosos, un harapo caído sobre la espalda.
El teniente Levil se
acerca a Abdalá el Ladrón y le dice:
—Allí están tus
hombres.
Entonces, Abdalá el
Susi se incorpora de un salto, se acerca a uno de los dos pordioseros y de
un puñetazo trata de derribarlo del borrico. El viejo que recibe el
puñetazo de Abdalá no se cae del borrico, se inclina a un costado, y
permanece allí inerte, mientras que el otro trata de escapar, pero es
sujetado por los hombres del teniente Levil.
Entonces Abdalá el
Susi le dice al teniente:
—Mira. Han atado a
un muerto al borrico. Dentro del pecho del muerto viene oculta una
ametralladora.
Y corriendo un
andrajo muestra un largo corte en el pecho del cadáver robado.
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