Arturo Uslar Pietri
(Caracas, 1906 - Caracas, 2001)

La tarde en el campo (1928)
Barrabás y otros relatos
(Caracas: Tip. Vargas, 1928), págs. 79-88



      En aquellas tierras hondas y secas y quebradas debieron de volcarse muchos cataclismos en lo antiguo. Todo eran quiebras y prominencias como trombas de barro, los árboles nacían torcidos buscando la ducha del sol, y los hombres eran temerosos y ágiles, como quien vive vestido de peligro.
       Una prominencia más era la torre de la iglesia que se había desparramado en casas chatas y otra, era Miguel el campanero, abrupto y seco.
       La vida era lenta y en común y en la torre, como un brazo, las campanas eran el pulso del pueblo.
       La iglesia estaba concurrida todo el año. Sus paredes espesas se llenaban del rezongo de las oraciones de las mujeres que iban a buscar a Dios en la sombra húmeda mientras los hombres sudaban bajo el sol.
       El murmullo apelmazado duraba hasta que, hendiéndolo, entraba Miguel, con su pisar automático de pieza de relojería, hacía sonar la escalera, y por último aporreaba los bronces con gestos cortos y macizos.
       Había cortado, entonces, el tiempo del trabajo, se quedaban el campo y la ciudad en soledad, porque las gentes, bajo los techos, se escondían para las obras de su intimidad.


       Miguel fue pequeño y su madre fue joven en un tiempo que recordaba muy vagamente.
       Su niñez había sido triste. Fue el niño feo del que los otros huían. La madre se esmeraba. Lo lavaba, lo peinaba, lo vestía de limpio casi a diario.
       Él salía a la calle, pero sintiéndose como si la ropa fuese robada.
       Los de su edad jugaban unos juegos primitivos y bárbaros de los que salían ilesos dos o tres fuertes, brutos e injustos.
       A la media cuadra lo divisaban con el traje planchado y pomposo sobre el cual se destrozaba el sol.
       Comenzaba la rechifla y los feos motes ofensivos.
       Lo empujaban, lo halaban, lo hacían venir al suelo, hasta desgarrar el trajecito de tela barata.
       Un día, a la hora en que la madre iba a vestirle, le dijo con firmeza:
       —Mamá. No me vista hoy. Quiero salir con la ropa sucia de ayer. Es un capricho.
       La madre no se opuso. Pudo salir con el traje sucio y desgarrado.
       Los amigos no gritaron esa vez. Lo dejaron acercarse desnudándolo con unas miradas agresivas y burlonas.
       Se quedaron un rato sorprendidos, como elaborando nuevas maldades.
       Él dejaba hacer, abarcándolos con sus ojos dóciles y grandes de bestia fatigada.
       Uno de los de más edad y fuerza se le acercó casi hasta pisarlo.
       —Oye, burro en bicicleta, ¿quién es tu nuevo papá?
       Seguramente, repetía de manera maquinal lo que había oído en las charlas de las beatas de la familia. Los otros rieron con esa necesidad imperiosa de secundar que tienen las masas.
       Él, sin comprenderlo del todo, adivinó que aquello debía ser una ofensa espantosa.
       Se abalanzó sobre el desvergonzado con una furia desatada e instintiva. Vinieron al suelo, se revolcaron, sintieron ese olor tibio de los golpes.
       Cuando se alzó estaba manchado de sangre. Sangraban los dos.
       Se fue, conteniéndose el llanto con los dientes sobre los labios, para que los otros no se regocijasen de su desesperación.
       Cuando entró en la casa soltó el llanto como una jauría rabiosa. Se mordía las manos, gritaba, con la desesperación rebelde que da la fatalidad.
       La madre vino a consolarlo.
       —¿Qué tienes? ¿Qué te ha pasado?
       —¿Dónde está mi papá...? ¿Dónde está mi papá...?
       Le pasó la mano por la cabeza acariciándolo.
       —No seas tonto, muchacho, no seas tonto.
       Eso fue un instante de un día; sin embargo, nunca más tornó a la plaza donde jugaban los arrapiezos. Salía ya atardecido, hacia las afueras, con unos trajes sucios y destrozados como de la intemperie de una vida.
       Se acostaba temprano.
       Una noche sintió ruido de gente dentro de la casa. Se incorporó y salió de puntillas.
       Al asomarse al corredor se encontró con su madre, la misma que lo cargaba y le contaba historias para que se durmiese, sentada en las piernas de un hombre que la besaba y la mordía.
       Algún tremendo poder se alojó en sus ojos. Sin que él hiciese el menor ruido los dos se volvieron bruscamente.
       En el marco de la puerta, bajo la lámpara de carburo, le emergía la cabeza fea y desgreñada de la bata de dormir.
       Los dos se quedaron viéndolo inmóviles, inexpresivos, como la piedra en las estatuas; en la carne de ellos debió la vida pararse en un salto sin peso porque su expresión estaba muerta.
       El hombre, de puntillas, como quien teme despertar a alguien, se fue desplazando hacia afuera hasta embutirse en la noche.
       Él tiró la puerca y se extendió en el lecho. Dentro se le desmenuzaba un ruido ensordecedor. Al mismo tiempo sentía como si las tinieblas fuesen un agua espesa y por ellas se hubiese deslizado un cuerpo voluminoso....


       Cuando Miguel regresó al pueblo ya era un hombre maduro y su madre comenzaba a envejecer.
       Había estado por mucho tiempo alejado. En el otro pueblo, junto al cura, aprendió a ser campanero. Al regresar a su tierra, de su casa salió para la torre a tañer.
       No necesitaba reloj, se sabía las horas instintivamente, parecía olerías en el ambiente.
       En veces llegaba un vecino presuroso:
       —Miguel, son las once. Anda y toca.
       —Todavía no. Falta un poquito.
       Y se quedaba en cuclillas en el atrio pellizcando unas verdolagas rebeldes y ásperas.
       Su sentido del tiempo era primitivo. Lo sentía subalterno. Él lo daba sobre la torre como su voz. En las vegas los hombres se impacientaban hasta que él a pasos lentos llegaba a la campana y de un solo golpe les quitaba la maldición del trabajo. El tiempo era para él como la casa para el albañil.
       En muchas ocasiones se le ocurrió, sin pensarlo, que casi él lo había inventado.
       Por ejemplo, al atrio se le allegó una vez un muchacho jubilado de la escuela y ansioso de que sonara la hora de regresar a su casa para desertar de la inquietud.
       —¿Falta mucho para las cuatro, Miguel?
       —Alguito.
       —¿Como cuánto?
       —Un porción...
       No sabía precisar el tiempo en fracciones técnicas exactas.
       —Oye. Mira. Tócalas ya. Qué importa.
       —No se puede.
       —¿Por qué?
       Aquel mocoso tentaba su poder y su soberbia, como en las ingenuidades del evangelio.
       —Sí, hombre, tócalas.
       —No.
       —¿Por qué no?
       —¡Porque no!
       Sólo en esos momentos tenía cierta consciencia de que, en veces, el tiempo podía hacerse independiente de él.
       Regresaba a la casa para los menesteres orgánicos, comer y dormir. Todo el resto se lo pasaba afuera. Con la ausencia larga y cierto resquemor interior se sentía un poco extraño a la madre. Casi, casi la consideraba como una compañera cómoda y hacendosa. Como si fuera de su misma edad. Porque además, se sentía muy viejo, todo lo viejo que debe sentirse un hombre cuyo oficio es el tiempo.


       Fue bruscamente. Un mediodía en que aturdía el sol, al entrar en la casa se encontró con un grupo de vecinas; cuchicheaban con apresuramiento. Al entrar se lo quedaron viendo.
       Él pasó por entre ellas, como lo hacía en la iglesia.
       En el fondo del cuarto, sobre una cama, la madre mugía fatigosamente. Tenía las miradas como debajo de unos anteojos invisibles.
       Él se acercó a su lado, la vio y se volvió hacia las intrusas:
       —¿Qué tiene?
       Le hicieron seña de que saliese afuera.
       Allí le dijeron que se moría. Que ya habían mandado llamar al médico.
       Atando la muía a la puerta entró el doctor. La sombra del sombrero ancho le destacaba las durezas del rostro campesino.
       —¿Qué hay?
       —La vieja, enferma. Entre.
       Detrás de él se introdujo hasta la alcoba. Las vecinas fueron saliendo.
       Después del primer golpe de vista, el médico ordenó:
       —Saque la lengua.
       La enferma, como un reptil, extrajo de la boca un pingajo sucio y palpitante.
       —Ujú. Voltéese.
       Presentó las espaldas angostas, pellejudas, secas, debajo de las que se aplastaba una respiración angustiada.
       Fue auscultando y acechando con el oído sobre la piel.
       Miguel lo observaba pensando en la muerte. La muerte, para él, consistía en varios aullidos lentos de campana que echaba a volar sobre la parroquia.
       El médico, terminando el examen, salió acompañado de Miguel.
       Afuera hablaron.
       —¿Cómo la encuentra?
       —Así...
       —Dígame la verdad; yo soy un hombre.
       —Pues... Está mal. Bastante mal. Si pasa de las seis... puede haber esperanza.
       Lo dijo y se fue sobre su muía parda por el campo luminoso.
       Miguel, con lentitud, se fue pisando sobre sus huellas. Por el camino recogía piedras y las lanzaba al iré, mecánicamente.
       Pasó un perro de lanas, terroso y flaco, le lanzó un guijarro veloz. El animal alcanzado se alejó doliéndose.
       —¡Gua! Le duele. Uhú.
       Después pensó en la madre.
       —Se muere... Las seis...
       Lo asaltó una duda. Él no había gritado. Dolía más una pedrada que una madre.
       Llegado al atrio, se dobló en cuclillas cerniendo tierra entre los dedos. El sol le recortaba una sombra chata y reducida.
       Estaba llorando. Sentía humedad en la cara. ¿Por qué? Iba marchando por el camino.
       Eran dos cosas inexplicables pero no tenía tiempo para meditarlas. Siguió deslizándose sobre sus pasos.
       Tornó a pensar sobre las seis. Por el camino venía un peón con una pala al hombro. Lo detuvo.
       —¿Por qué regresas a esta hora?
       El hombre lo miró, sorprendidamente, sin responder.
       Tornó a interrogar:
       —¿Por qué regresas del trabajo?
       No respondía.
       —¡Ah! Ya sé... Ya sé...
       Siguió caminando. Al ir a tomar un recodo que se metía por las vegas se volvió rápidamente. La figura del otro disminuía a lo lejos. Por entre las manos metió un grito poderoso.
       —¡Ah, ya sé! ¡Dieron las seis!
       El sol continuaba desplomando su fuego.
       Pero él ahora avanzaba con un paso ágil y confiado, que animaba con cantos y gesticulaciones disparatadas y alegres.



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