Novela

Las lanzas coloradas (1931)

Arturo Uslar Pietri · (Caracas, Venezuela, 1906 – Caracas, 2001)

Referencia editorial:

Las lanzas coloradas
(Madrid: Zeus, 1931, 260 págs.);
(Santiago de Chile: Empresa Letras, 1932, 159 págs., ilustraciones)

«Destaqué al sargento Ramón Valero con ocho soldados…, conminando a todos ellos con la pena de ser pasados por las armas si no volvían a la formación con las lanzas teñidas en sangre enemiga… Volvían cubiertos de gloria y mostrando orgullosos las lanzas teñidas en la sangre de los enemigos de la patria».
PÁEZ

I

¡Noche oscura! Venía chorreando el agua, chorreando, chorreando, como si ordeñaran el cielo. La luz era de lechuza y la gente del mentado Matías venía enchumbada hasta el cogollo y temblando arriba de las bestias. Los caballos planeaban, ¡zuaj!, y se iban de boca por el pantanero. El frío puyaba la carne, y a cada rato se prendía un relámpago amarillo, como el pecho de un Cristofué. ¡Y tambor y tambor y el agua que chorreaba! El mentado Matías era un indio grande, mal encarado, gordo, que andaba alzado por los lados del Pao y tenía pacto con el Diablo, y por ese pacto nadie se la podía ganar. Mandinga le sujetaba la lanza. ¡Pacto con Mandinga!

La voz se hizo cavernosa y lenta, rebasó el corro de ocho negros en cuclillas que la oían y voló, llena de pavoroso poder, por el aire azul, bajo los árboles bañados de viento, sobre toda la colina. Mandinga: la voz rodeó el edificio ancho del repartimiento de esclavos, estremeció a las mujeres que lavaban ropa en la acequia, llegó en jirones a la casa de los amos, y dentro del pequeño edificio del mayordomo alcanzó a un hombre moreno y recio tendido en una hamaca. ¡Mandinga! Los ocho negros en cuclillas contenían la respiración.

¡Fea la noche! No se oía ni el canto de un pájaro; el cielo, negro como fondo de pozo, y Matías punteando callado. No marchaba sino de noche, como murciélago cebado. ¡Adelante, como toro madrinero y atrás los veinte indios! ¡Ah, malhaya del pobre que tropiece con Matías! Al pobre que encuentre lo mata, ¡ah, malhaya! Montaba en un potro que hedía a azufre y echaba candela, y, por eso, desde lejos, la gente lo veía venir. Estaba la noche cerrada como pluma de zamuro. ¡Y ahora viene lo bueno!…

La voz del narrador excitaba la curiosidad de los negros de una manera desesperante; se encendía como una luz absurda en la tarde llena de sol y alcanzaba al mayordomo tendido en la hamaca. Lo molestaba como una mosca persistente. Bronceado, atlético, se alzó y llegó a la puerta de la habitación; el sol le labró la figura poderosa y el gesto resuelto.

Vio el corro en cuclillas, allá junto a la pared, los torsos negros desnudos y la voz aguda.

—Aaagua y relámpagos. Iba la tropa apretada con el frío y el miedo y Matías adelante. Cuando ven venir un puño de gentes; ¡ah, malhaya! Era poca la gente y venía con ellos un hombre chiquito y flaco, con patillas y unos ojos duros.

—¡Espíritu Santo! —interrumpió uno—, ¿y cómo con tanta oscuridad pudieron ver tanto?

—¡Guá! ¿Y los relámpagos?

—¡Uhm! ¿Tú estabas ahí?

—Yo no. Pero me lo contó uno que lo vio. Y, además, yo no le estoy cobrando a nadie por echar el cuento. ¡Bueno, pues! Cuando Matías ve la gente pela por la lanza y se abre con el potro. Los otros se paran viendo lo que pasaba. ¡Y ahora es lo bueno! Y va Matías y le pega un grito al hombre chiquito: «Epa, amigo. ¿Usted quién es?». Y el chiquito le dice como sin querer: «¿Yo? Bolívar». Persignársele al Diablo no fuera nada; echarle agua a la candela no fuera nada; pero decirle a Matías: «¡Yo soy Bolívar!». Paró ese rabo y se fue como cotejo en mogote, ido de bola, con todo y pacto con Mandinga.

Los negros comenzaban a celebrar con risas el cuento, cuando la sombra de un cuerpo se proyectó en medio del círculo. Rápidamente volvieron el rostro. El mayordomo, en una actitud amenazante, estaba de pie delante de ellos. Su figura señoreaba los ocho esclavos acobardados.

—Presentación Campos —dijo uno en voz baja.

—Buen día, señor —insinuó Espíritu Santo, el narrador.

—Buen día —musitaron otras voces.

El hombre dio un paso más, y ya, sin poderse contener, los esclavos se dispersaron a la carrera, hacia las casas o por entre los árboles, dejando en el aire su olor penetrante.

Sin inmutarse por la fuga, Presentación Campos gritó:

—¡Espíritu Santo!

Al eco, tímidamente, la cabeza lanosa y los ojos llenos de alaridos blancos, asomaron por la puerta del repartimiento; luego, toda la anatomía flaca y semidesnuda del esclavo.

—Venga acá, Espíritu Santo.

Casi arrastrándose, llegó hasta el mayordomo.

—Buen día, señor.

—¿Por qué no fuiste a decirme que habías regresado?

—Sí, señor. Si iba a ir. Ahorita mismo iba a ir.

—Ibas a ir y tenías una hora echando cuentos.

No intentó justificarse; pero como un perro se alargó sobre el suelo sumisamente.

—¿Trajiste al hombre?

—Sí, señor, lo traje. Es un musiú catire. Ahora está con los amos. Es muy simpático. Se llama el capitán David. Traía una pistola muy bonita y me habló bastante.

—Yo no estoy preguntando nada de eso. ¡Vete!

El esclavo huyó de nuevo.

Presentación Campos comenzó a marchar a paso lento. Su carne sólida se desplazaba con gracia. La pisada firme, la mirada alta, el cabello crespo en marejada. Iba fuera de la raya de sombra de la pared del repartimiento de los esclavos, por cuya ancha puerta salía la tiniebla acumulada a deshacerse en el aire. Dentro, en la sombra, ardían los ojos de los negros. Sin detenerse, metió una mirada rápida, una mirada fría y despiadada. Allí dormían los esclavos; olía a ellos, al sudor de su carne floja y repugnante. Carne negra, magra, con sangre verde y nervios de miedo. Hizo una mueca y siguió marchando.

Iba por en medio de los árboles en toda la parte alta de la colina; a lo lejos, su mirada podía navegar el verde vivo de los tablones de caña, y más allá los cerros rojos, y más allá, los cerros violetas. Al pie de la colina, la torre y los altos muros de ladrillo del trapiche y el hormiguear de los esclavos.

En la acequia, unas esclavas lavaban, cantando a una sola voz con las bocas blancas.

—Buen día, don Presentación.

El amo había prohibido que se le diera al mayordomo ese tratamiento; pero ante el imperio de sus ojos y la fuerza de sus gestos, las pobres gentes no acertaban a decir otra cosa.

En la carne prieta, los dientes y los ojos blanqueaban acariciadores, húmedos de zalamera melosidad.

—Buen día, señor.

En su caminar majestuoso, apenas si respondía a aquella especie de rito de los débiles a su fuerza.

Junto a un árbol, un viejo con la pierna desnuda, cubierta de llagas rosa:

—Buen día, don Presentación.

Una moza mestiza con un cántaro de agua sobre la cabeza:

—Buen día, don Presentación.

Ante la debilidad de los demás sentía crecer su propia fuerza. Los fuertes brazos, las anchas espaldas, los recios músculos, le daban derecho a la obediencia de los hombres. Respiraba profundas bocanadas de aire tibio.

Un mulato, de su mismo color, venía por la vereda cargado de un grueso haz de leña. Al verlo se dobló aún más.

—¡Buen día, señor!

Por entre los troncos se aproximaba la casa de los amos. Entre los chaguaramos altos, las paredes blancas de los amos. Don Fernando y doña Inés. Don Fernando, que era pusilánime, perezoso e irresoluto, y doña Inés, que vivía como en otro mundo. Los amos. (Él era Presentación Campos, y donde estaba no podía mandar nadie más). Don Fernando y doña Inés podían ser los dueños de la hacienda, pero quien mandaba era él. No sabía obedecer. Tenía carne de amo.

La tarde hacía transparente el azul de la atmósfera. Grupos de esclavos regresaban del trabajo. Torsos flacos, desnudos. Alguno traía machete, alguno un aro de cobre en una oreja. Hablaban con fuerte voz descompasada.

—La caña de «El Altar» se está poniendo muy bonita.

Todos los tablones son buenos.

—Está buena la hacienda.

—Está buena y va a producir plata, si la guerra no se atraviesa.

Venía Presentación Campos, y el grupo se hendió haciendo vía. Todas las bocas sombrías, unánimemente:

—Buen día, don Presentación.

Y el otro grupo que venía detrás lo hizo en la misma forma. El mayordomo, desfilaba como una proa.

En la palidez de la tarde se destilaba la sombra. Una luz se abrió en una ventana.

Por el camino venían voces.

—Yo no digo eso. Yo lo que digo es que hay guerra. Hay guerra y dura, y va a matar mucha gente.

—Bueno, ¿y qué vamos a hacer? Si hay guerra, hay guerra. Si no hay guerra, no hay guerra. ¿Qué vamos a hacer?

Alguien advirtió el mayordomo que se acercaba.

—¡Presentación Campos!

—Buen día, señor.

Salmodiaron todas las voces.

Ahora pasaba frente a la casa de los amos. La ancha escalera que daba acceso al corredor alto, algunas luces encendidas en el piso superior y el ruido del viento en la arboleda que la rodeaba.

Pasaba por delante de la casa de los amos y se detuvo. Aquella casa, aquellas gentes ejercían sobre él como una fascinación.

Venía un esclavo.

—Natividad —llamó el mayordomo.

El esclavo se aproximó con presteza.

—¿Señor?

—Quédate aquí un rato.

Las dos figuras quedaron silenciosas ante la masa blanca del edificio.

—Natividad, ¿te gustaría ser amo?

El esclavo no acertaba a responder.

—¿Te gustaría? ¡Dímelo!

—Pues, tal vez sí, señor.

Presentación Campos guardó silencio un instante, y luego, iluminándosele el rostro con una sonrisa brusca:

—¿Tal vez? ¡Amo es amo y esclavo es esclavo!

Natividad asintió tímidamente:

—Por eso es que es buena la guerra. De la guerra salen los verdaderos amos.

Una media luna frágil maduró en el lomo de un cerro. Presentación Campos regresaba seguido del esclavo. Su voz se hilaba entre la sombra de la tarde.

—La guerra…

—La guerra…

Dijo dentro de la casa un mozo grueso a una muchacha pálida que dejaba correr la mano sobre el teclado de un clave.

—La guerra, Inés, es algo terrible de que tú no puedes todavía darte cuenta.

En el salón decorado de rojo y dorado sonó la voz fresca de la mujer:

—¿Qué nos importa a nosotros la guerra, Fernando, si vivimos felices y tranquilos en «El Altar»? ¿Qué puede hacernos a nosotros la guerra?

Fernando era un poco grueso, con el cabello y los ojos oscuros y el gesto displicente. Su hermana Inés era una joven pálida, vestida de negro, con los ojos iluminados y las manos sutiles.

La luz de los candelabros disparaba reflejos a todas las molduras de los marcos y a la barnizada tela de algunos retratos, donde hombres taciturnos y mujeres sonrientes vestían una carne idéntica.

—A la guerra no se va por gusto, Inés, sino fatalmente. Habrá que ir.

A hablar de eso ha venido el capitán inglés.

Quedó en silencio, sin responder. Lentamente fue haciendo surgir las notas pueriles del clave, hasta comenzar una melodía monótona, una música delgada y trémula, en la que se sentían temblar las cuerdas y que puso oleoso el aire que ardía en las velas quietas.

—¿Y por qué existe la guerra? —interrumpió ella de pronto, mirándolo con fijeza—. Sí, ¿por qué existe? Si todo el mundo puede vivir tranquilo en su casa. ¿Por qué se van a matar los hombres? Yo no lo comprendo.

Fernando sonrió.

—Una cosa tan horrible en que todo el mundo muere, ¿por qué existe?

En sus palabras ingenuas estaba vivo el desasosiego de la guerra. Estremecía las almas, vibraba en el aire, sacudía las hojas de los árboles en los lejanos campos. Estaba desatada la guerra. En todos los rincones, mujeres llorosas decían adiós a los hombres. Por los pueblos pasaba la caballería floreciendo incendios. En aquel minuto, alguien moría de mala muerte.

Fernando dejó de sonreír.

—El mundo no ha sido hecho, Inés, para lo mejor. Por eso, justamente, es difícil explicarlo. La guerra está en él, y nadie la ha traído, ni nadie podrá quitarla.

Volvían de nuevo a correr las manos sobre el teclado.

Por la escalera que del piso alto desembocaba junto a la puerta del patio, apareció una silueta. Un hombre rubio y esbelto. Alrededor del cuello y en los puños mucho encaje vaporoso; el cuerpo ceñido en una casaca de seda lila de hondos reflejos, botas pulidas, el dorado cabello partido en dos trenzas que le caían sobre los hombros; patillas y bigote fino; los ojos azules como agua con cielo y con hojas.

En viéndolo, Fernando se puso de pie y fue a su encuentro. Le tomó las manos con efusión y lo trajo hasta junto al clave.

—Inés, el capitán David.

Inclinó ella la cabeza y él hizo una muy cortesana reverencia.

Luego sentáronse en los sillones muelles, y Fernando comenzó a hablar:

—Capitán, ¿cómo dejó usted a Bernardo?

—Muy bien. Él cree que todo saldrá de la mejor manera y que pronto tendremos ocasión de enrolarnos.

—Supongo —intervino Inés— que usted estará fatigado del viaje; de modo que inmediatamente después de la comida se acabará la velada y podrá usted dormir.

—Se lo agradezco mucho, pero no estoy fatigado. Tengo la costumbre de viajar y de hacer largas marchas.

Con infantil curiosidad dijo de nuevo:

—Fernando me ha dicho que usted ha viajado mucho. Cuénteme algo de sus viajes, ¿quiere?

—¿Le gustan los viajes?

—¡Mucho! Debe ser lindo estar cada día en un lugar nuevo.

—Sí; ¡a veces!

—Y viajar por el mar.

—¡Ah!, el mar sí es verdaderamente bello.

—Yo no lo conozco, capitán; pero me lo imagino.

—Se lo imagina. ¿Cómo?

—Muy fácil. Si toda la tierra y todos los cerros se fundieran; si crecieran todos los ríos; si las gentes, las casas, los animales, los árboles, las hojas, se volvieran agua. Así debe ser el mar.

—Así es —afirmó el inglés haciendo una mueca simpática.

—Sí; pero cuénteme sus viajes.

—¡Ah! Ya creía que se le había olvidado. Bueno. Quiere que le hable de Inglaterra…, de España…

—¡De España!

—¡Ah! España. Tierra amarilla con buenas ventas, donde paran los soldados a tomar vino. Por las sierras andan bandoleros montados. La conocí bastante cuando la guerra…

La última palabra creció ante ella como un monstruo y la volvió a llenar de inquietud. Corría por el aire la frialdad de las lanzas.

—¡No! No hable de la guerra.

—Entonces, ¿de qué quieres que hable? —dijo Fernando.

—De todo, menos de eso.

El capitán sonreía.

—Bueno. Estando una vez en Venecia. Agua verde y palacios rojos…

En las pausas penetraba la soledad silenciosa que los rodeaba. El cuento la tenía suspensa. Fernando oía con displicencia y el narrador proseguía gravemente:

—Estando una vez en Venecia…

De pronto, desde afuera, desde lejos, atravesando el ancho corredor que daba vuelta al edificio, llegaron a ellos, revueltamente, gritos de hombres y latir de perros enfurecidos. La noche se erizó de voces. Brusco mundo de ruido en la sombra.

—¡Eeepaaaa!

—¡Eeeeehhhpaaaahhh!

—¡Cogió por la falda!

—¡Atájenlo!

—¡Eeeepaah!

El vocerío se alejaba rápidamente, como si descendiera por el otro lado de la colina.

Estaban callados. Hervía la luz de las bujías.

—¿Qué pasa? —preguntó el capitán.

Al cabo de un rato Fernando respondió:

—Algún esclavo que se ha ido.

Se iba el ruido alcanzando el confín nocturno, apagándose como una luz lejana, invadiendo la tierra dormida en la distancia.

Continuaban callados.

En la noche, llena de presagios, se sentía nacer el silencio.

II

Cuando la tierra de Venezuela era sólo selva intrincada y llanura árida, comenzaron a abrir el camino del hombre los encomenderos.

Eran duros, crueles, ásperos, ávidos de oro, y, sin embargo, también como iluminados de una divina misión.

De España llegaban en los galeones lentos que aran el mar y en la primera costa se dispersaban como un vuelo de pájaros altaneros.

Fueron tiempos heroicos. Ibanse unos a Coro a establecer su solar, otros se quedaban en una sierra de la costa, otros llegaban a Cumaná, algunos penetraban hacia el centro, y todos adquirían su encomienda de indígenas, erigían una horca, fundaban una ciudad, y con los indios indolentes se daban a romper la tierra virgen para buscar oro o para sembrarla.

Algunos se quedaban en las guarniciones, a algunos mataban las flechas o las fiebres, alguno envejecía pobre soñando con una expedición a El Dorado fabuloso.

Entre ellos vino don Juan de Arcedo, matachín, jugador y arrogante.

En la ciudad nueva perdió el poco dinero que traía, jugando con otros soldadotes. Tenía orgullo, solicitó una encomienda, se la concedieron tierra adentro y se fue. Se fue a lomos de caballo, con otros cuatro aventureros y veinte indios dóciles, derribando árboles para construirse el camino paso a paso. Al cabo de un mes llegó a un valle que le pareció conveniente.

Clavó una pica en tierra, proclamó solemnemente que tomaba posesión de aquel sitio, que en adelante se llamaría «El Altar», erigió una cabaña e hizo dar muerte a un indio, para con ese primer acto de justicia dar comienzo a su jurisdicción.

«El Altar» prosperó. En las proximidades se establecieron otros españoles y otros. La tierra comenzaba a poblarse. Don Juan casó con la hija de un amigo, y murió de viejo; y su hijo don Diego murió de viejo; y su nieto don Francisco murió de viejo. Pero a su bisnieto, don Carlos, le tocó distinta suerte.

Don Carlos llevó una vida tranquila hasta los cuarenta años de edad.

Cuidaba de la prosperidad de sus cultivos, importaba los finos caballos andaluces, hacía visitas a los amigos de la comarca periódicamente, y en esas ocasiones salía al frente de una verdadera caravana cargada de regalos: telas, frutas, armas, imágenes piadosas, para repartir entre sus amistades.

Casó joven; su mujer había muerto; le quedaba una hija tímida y tierna.

Adquirió tierras en la vecindad y vino a establecerse en ellas don José Fonta, hombre despótico, acompañado de su hijo Manuel, un gigantón estúpido, fuerte y cruel.

Don José Fonta ejercitaba malas artes: sonsacaba hombres, provocaba incendios, mandaba matar y aspiraba a ejercer una especie de autoridad sobre todos sus vecinos. Compartía su vida una india vieja y huraña, de la que las gentes cristianas, que eran todas, decían que era bruja y que, por medio de filtros y bebedizos, dominaba a don José y le sostenía el carácter feroz.

Manuel, el hijo, maltrataba a los indios, violaba las mujeres, exterminaba los animales y bebía aguardiente hasta quedar tendido bajo un árbol días enteros.

Lentamente, las tierras de don José crecían. Compraba a los vecinos a precios irrisorios, amenazándolos con matarlos, obligándolos a vender, incendiando las siembras, robando las cosechas. En poco tiempo era él, después de Arcedo, el principal terrateniente de la región.

Comenzó entonces la codicia de Fonta a ejercerse sobre las tierras de Arcedo.

Primero le propuso comprarle una pequeña parte, a lo que Arcedo no accedió.

Al poco tiempo, un mediodía cálido, se presentó Fonta con su hijo en la casa de don Carlos. Arcedo y su hija vieron entrar los dos bárbaros y tomar asiento de una manera insolente.

Manuel observaba la delicada criatura con ojos hambrientos. El padre habló.

Venía a proponerle el matrimonio de sus hijos.

Don Carlos de Arcedo interpretó la demanda como una ofensa, no respondió una palabra y se retiró con su hija al interior de la casa.

Desde ese día quedaron enemigos declarados.

Poco tiempo después cambió por completo la vida de don Carlos. Se hizo cruel, comenzó a ser duro con su hija, propinaba a sus hombres tremendos castigos por cualquier futileza, huía el trato de las gentes y se encerraba días enteros sin que nadie le viese el rostro.

Todas aquellas gentes que vivían empalagadas de la vida monótona no podían dejar pasar inadvertida tan extraordinaria novedad. Comenzaron a imaginar historias. Se dijo que don Carlos estaba loco: un mal brusco lo habría sacado del mundo normal; que estaba endiablado; un día de flaqueza pudo colársele adentro el mal espíritu, que a tal punto trastrueca las gentes que las hace abominables; se dijo, y a esta creencia se aferraron pronto todas las almas cobardes, que se estremecen en el borde de lo sobrenatural, que la india bruja de Fonta lo había tomado bajo su poder.

Tiempo tenía sumido en este nuevo vivir, cuando un día llegó a «El Altar» un indio de una raza distinta de todos los que por allí se conocían.

Hablaba algunas escasas palabras españolas y veía con asombro las gentes.

Don Carlos de Arcedo habló con el indio, y aquella conversación fue definitiva en su vida.

Venía del Sur, del remoto Sur, de las hondas tierras vírgenes, adonde el blanco aún no había llegado.

—Rico —dijo el indio, y mostró a Arcedo varios pedazos de oro puro que traía escondidos entre hojas de plátano.

—¿Dónde lo encontraste?

—¡Allá!…

Fragmentariamente, casi por señas, haciendo adivinar las palabras, le construyó la visión de un reino fantástico. Decía venir del fondo de un mundo ignorado. Andando, había visto pasar más de cien lunas. Bajo sus pies cambiaba el aspecto de la tierra.

Salió de hondas mesetas, pasó sierras interminables, en las que los árboles no dejan entrar el sol, montañas de sombra verde. Vio pájaros como joyas, parásitas gigantes, tigres de seda amarilla, venados blancos. Atravesó llanuras, sin ver en días enteros otra cosa que la llanura desnuda. Cruzó ríos anchos como el mar, donde duermen todas las lluvias. Bajo sus pies, el mundo daba vuelta. Venía de lejos.

Había visto lo que apenas se vislumbra en los sueños. Una tarde, allá, en lo hondo de lo remoto, desde la orilla de un lago violeta, vio la otra orilla, y en la otra orilla una ciudad de oro que parecía incendiada; en el resplandor inmenso ardían el aire y la tierra. Con mil colores chocaban en chorros de reflejos piedras rojas y piedras verdes y piedras blancas como un pedazo de sol. El fuego de la luz estremecía el agua.

Don Carlos sentía que por aquella boca algo lo llamaba irremisiblemente.

—¿Estás seguro de haberlo visto?

—Sí, mi amo.

—Si lo has visto, El Dorado existe y es posible encontrarlo.

Don Carlos de Arcedo no pensó en nada más. Organizó una expedición con treinta indios y diez españoles, y con el guía deslumbrado se pusieron en camino una madrugada en el nombre de Dios. Iban poseídos de una infinita ansia.

Pasaron los días. La hija de don Carlos, en la casa, rodeada de esclavas, se consumía rezando interminables oraciones ante un Cristo de rostro agónico. Pasaron los meses. De aquel pequeño grupo de hombres, perdido en la vasta tierra desconocida, no tornaba nadie, y las gentes los sentían sumidos como en un misterio vecino de la muerte.

Pasó un año. Pasó año y medio.

Inesperadamente, enfermo, herido, cadavérico, regresó uno de la partida.

Su relato fue horrible.

Habían andado por días y días y días inaugurando el misterio de la tierra inexplorada, y cada vez el paisaje era distinto y la distancia, ante los ojos, mayor. Escaseaban las provisiones, comenzaron a enfermarse algunos, a desesperanzarse los otros, a estar descontentos los más. Un día tuvieron consejo con don Carlos. Le propusieron regresar, ya que todavía sus recursos lo permitían. No quiso oírlos. Iban en busca de El Dorado y no regresarían sin encontrarlo. La marcha se iba haciendo más penosa.

Avanzaban cada vez menos. El guía hablaba constantemente de que estaban a punto de llegar; desde lo hondo de sus corazones exhaustos todos se resolvían a hacer el esfuerzo; pero continuaban por horas y horas dentro de la montaña idéntica y terrible, como si marchasen dentro de un círculo cerrado. Andaban por lugares adonde nunca había penetrado ninguno de ellos y donde les era imposible orientarse.

A veces topaban con una partida de indios nómadas, que al verles las barbas y las armas huían sin querer detenerse. Al fin resolvieron acampar unos días para reponer las fuerzas y cuidar los enfermos. Se alimentaban de raíces, de hojas y de uno que otro animal que lograban cazar difícilmente. Una mañana no hallaron al guía.

Había desaparecido misteriosamente por la noche. Nadie lo había visto, nadie lo había sentido irse. La desesperación se apoderó de todos, y muchos gritaban y lloraban como niños.

Se sabían perdidos y destinados a morir de hambre. A alguien se le ocurrió: por su cuenta, sin consultarlo a los demás, trajo carne fresca, y todos la comieron con voracidad, y nadie preguntó; pero todos tenían la certidumbre de que era carne de indio. Y así el otro día, y así el otro. No quedaron sino los españoles. Volvieron a recomenzar el hambre y la desesperación. Soportaron varios días, hasta que, enloquecidos, abandonaron los enfermos y se fueron como fantasmas, en una marcha lenta, desesperada y tenaz, atravesando la montaña. Iban sin noción exacta de sus personas ni de las cosas. Estaban como en un sueño. Marcharon horas, quizá días, en todo caso un tiempo impreciso y monótono. Les silbaban los oídos y veían temblar los troncos de los árboles como a través de las llamas. Alguien comenzó a oír ruido de agua, de mucha agua desplazándose, y otro también, y otro. Algunos corrieron.

Llegaban a la orilla de un río ancho y lento. Las cabezas sedientas se precipitaron en el agua como piedras y quedaron allí saciadas, adormecidas, refrescadas, dentro del agua suave que acaricia. Después se fueron incorporando. Todos estaban transfigurados, sentían un gozo estúpido e inconsciente, chapoteaban con las manos en el agua; uno cantó, otro propuso:

—Sería bueno que hiciéramos una balsa y nos dejáramos llevar por el río.

Se pusieron a la obra. Con bejucos y jirones de los vestidos unieron algunas gruesas ramas, hasta hacer una plataforma suficiente para todos. La echaron al agua, se subieron sobre ella y comenzaron a deslizarse lentamente. El resbalar muelle, el resonar sordo del río, la fatiga y el hambre, todo incitaba a dormir. Dulcemente fueron dejándose vencer. Medio día después, tan sólo quedaba uno despierto, alerta, gobernando la navegación de la balsa. Un día más tarde aún continuaba, y entonces comenzó a oír un ruido lejano que iba creciendo, creciendo vertiginosamente, hasta convertirse en un estruendo ensordecedor; se puso de pie y vio que a lo lejos la superficie del río terminaba bruscamente. Comprendió que llegaban a un salto de agua, tal vez a una profunda catarata. La evidencia del peligro le dio fuerzas. Comenzó a sacudir a los otros, a llamarlos a gritos, a golpearlos. Nadie respondía: eran como cadáveres. Cada vez el ruido era mayor y la proximidad más inminente.

Invocó a Dios, los sacudió como fardos, les pegó. Todo inútilmente.

Ninguno respondía. La distancia se acortaba a cada segundo. Desesperado, fuera de sí, se lanzó al agua, y con un resto de energía pudo ganar la orilla. Desde allí acompañaba al paso el desplazamiento de la balsa, ¡llamándolos a gritos! «¡Muévanse! ¡Sálvense! ¡Van a morir! ¡Don Carlos!». Nadie respondía. La balsa aceleraba cada vez más, arrastrada por la corriente.

Entonces, en la margen, el hombre flaco y extenuado cayó de rodillas, exhausto, con los ojos extraviados, y comenzó a grandes voces a rezar una oración de difuntos. El rugido del agua invadiendo la atmósfera, y él, con los ojos vueltos al cielo, rezando, a la misma hora que allá en «El Altar» la doncella débil, delante del Cristo agónico, invocaba a Dios con voz transida; a la misma hora en que los troncos de madera, atados con harapos, con su cargamento quieto, entraban en el agua loca y vertiginosa. Cuando volvió a mirar, la superficie del río estaba limpia.

Eso contó el hombre de la partida que regresó milagrosamente.

La hija de don Carlos quedó un poco como sin llegar a darse cuenta exacta. Lloró; después se le secaron las lágrimas. Dejó de rezar; enflaqueció; se pasaba todo el tiempo como abstraída frente a un árbol del patio, y algunas veces cantaba como los niños, repitiendo las mismas palabras con un sonsonete cansino. Se creyó que podía estar loca.

Frente a la silla donde se sentaba por las tardes llegó una vez don José Fonta, con su hijo Manuel y con un fraile. Tomó la mano de ella y la puso en la de su hijo. El fraile abrió un libro pequeño y comenzó a salmodiar su latín de casorio. Ella continuaba su cantinela tediosa. Le preguntaron algo; respondió que sí.

El fraile hizo una cruz en el aire, les estrechó las manos y se retiró.

Don José la besó en la frente y se retiró también. Quedó sola, mascullando su cantinela infantil ante Manuel, que la miraba con ojos ávidos.

Así las tierras de don Carlos de Arcedo pasaron a las manos de don José Fonta, y el linaje de los Fonta vino a continuar el de los Arcedo, que fundara en Costa Firme don Juan, el encomendero.

Los descendientes de Manuel Fonta fueron propietarios de «El Altar», acrecido con las otras extensas tierras paternales y figuraron con algún relieve en el tiempo de la Capitanía General.

Ricos en esclavos, en tierras y en ocio, su vida fue la misma vida lenta de los otros señores de la colina.

Mucho chisme, escasa vida social, mucho orgullo, pocos viajes, alguna lectura religiosa…

Algunos de los Fonta fueron a la capital a cursar graves estudios después de la fundación del Real y Pontificio Colegio. Otros sirvieron en la milicia; los más quedaron en la casona de la hacienda.

Así don Antonio, hijo de Manuel, gran latinista, que llegó a canónigo y dejó inédito un enrevesado discurso sobre «Las modernas tentaciones de Satanás».

Así don Luis, nieto de Manuel, que fue coronel de milicianos, gran fanfarrón y muy célebre borracho.

Así doña Josefa, nieta de Manuel, que prescindió de aquel mundo monótono y se hizo monja.

Fueron una casta pintoresca, orgullosa, mórbida. En el fondo de sus espíritus se revolvían las herencias contrarias; los abuelos heroicos mezclados con los malos hombres, los religiosos con los locos, los que acometían grandes empresas junto con los borrachos y ladrones. Alguna sangre del encomendero, algo de sangre de indio, algo de negro.

De esta casta, en 1790, nació don Fernando Fonta.

Fue un niño débil, enfermizo, sensible. Solo con su hermana Inés, tan frágil como él, pasó sus primeros tiempos en «El Altar». Una infancia profundamente grabada en su recuerdo.

Su padre, don Santiago, fue un hombre sin ternura, violento, aislado.

La madre se pasaba todo el día en el oratorio, rezando con un maniático fervor.

Con Inés, acompañados de un esclavo, hacía paseos por la hacienda y se iba penetrando religiosamente de la naturaleza magnífica. El carácter se le forjó taciturno. Sólo tenía contacto con la hermana. Los padres vivían metidos en sus propias vidas y los veían con cierta indiferencia; los demás eran esclavos y los trataban con un respeto excesivo. No se les decía nunca «tú» con confianza o cariño; solamente el «usted» de los padres o el «mi amo» de los siervos.

El repartimiento de los esclavos quedaba vecino de la casa. Cuando el niño salía de paseo se detenía largo tiempo a contemplarlo. Cavado en el suelo, como un sótano, con algunas pequeñas ventanas altas, cuadradas y con reja, por donde entraba escasamente el sol. Allí dormían, hacinados sobre la tierra desnuda, los hombres.

A los que se casaban se les permitía construir un pequeño rancho aparte, en las inmediaciones. Las mujeres eran encerradas bajo llave por la noche.

Todos estaban semidesnudos, sucios, llenos de impulsos primitivos, como los animales. Se les castigaba apaleándolos o suprimiéndoles el escaso alimento.

El niño solía verlos con inexplicable emoción. Toda aquella carga negra, dolorosa y resignada, excitaba su imaginación. A veces los veía comiendo. Pasaban en fila ante una gran olla donde se cocían pedazos de carne, verduras y mil cosas más, revueltas y mezcladas de la más repugnante manera; se les servía en las manos, sobre un pedazo de piedra, en algún desportillado cacharro. Comían bestialmente, metiendo las manos de los unos en los recipientes de los otros, embadurnándose con el alimento toda la cara, escupiendo y gritando.

Otras veces oía los gritos escandalosos de alguno, a quien se apaleaba por ladrón, por perezoso o por estuprador.

Los había hábiles en las artes manuales; otros componían largas tiradas de versos acompañados con la guitarra; algunos eran brujos e inspiraban gran respeto.

En ocasiones, aprovechando la ausencia de vigilantes o capataces, venían a rodearlo con súplicas y lamentaciones. Quedaba el niño pálido en medio del círculo apretado de cabezas negras, oyendo las más extrañas peticiones: «¡Ay, mi niño, don Fernando, corazón de pajarito, consígame un permiso para ir al pueblo!». «Mi amito, don Fernando, tan lindo, haga que me dejen sin trabajar hoy, que estoy enfermo». «Don Fernando, cubierto de oro, Dios le guarde el Infierno a todos sus enemigos».

Venía el capataz; los dispersaba a palos. Quedaba el niño lleno de la resonancia del choque de aquellos espíritus opuestos y desnudos.

Su hermana y él, juntos salían de paseo, juntos rezaban, juntos pedían la bendición a los padres silenciosos por la noche. La presencia de aquel mundo extraño les obligó a aproximarse más.

Sólo mucho después vino a saber por qué sus padres vivían tan distanciados.

Don Santiago era impulsivo y desprovisto de reflexión. Lo dominaba el mal dominio de la carne. Cuando entre las esclavas jóvenes alguna le gustaba, el capataz se la llevaba por la noche. Era un varón primitivo.

Cuando entre el sueño, los esclavos, echados sobre la tierra, sentían crujir la recia puerta del depósito de las mujeres, sonreían, sabiendo lo que aquel ruido significaba.

Su mujer lo sorprendió en plena falta. Tuvieron una exasperada disputa. Ella hizo una promesa a los santos para ganarlo al buen camino.

Un día salió a pie, vestida de Dolorosa, desde la casa de la hacienda hasta la capilla del pueblo vecino: las manos juntas, los ojos hacia la tierra, rezando en voz alta. La acompañaban gran número de esclavos, que hacían coro a sus plegarias. Los que la topaban en el largo camino se ponían de rodillas. Rezó una hora en la capilla y regresó con igual aparato.

La visión de su madre con aquel traje estrafalario, marchando a pleno sol, no se borró nunca de la imaginación de Fernando.

Lejos de conmoverse, el marido se sintió ofendido de aquel público y espectacular ruego. Quedaron más separados que nunca.

Ella murió algún tiempo después de manera violenta, y sus hijos sólo la vieron ya tendida sobre el lecho, sin flores, vestida con el mismo hábito de la caminata, transparente bajo la luz amarilla de un cirio descomunal.

Después, las relaciones de Fernando e Inés con su padre se hicieron más tiesas y ceremoniosas. Se les vestía siempre de negro. En medio de la naturaleza vital y fecunda, entre los siervos bestiales, junto al padre inaccesible, solos, de luto, hacían un fuerte contraste.

Apenas si comenzó a acompañarlos entonces una esclava vieja, que fue de su madre. Los llevaba de paseo, les enseñaba oraciones, les contaba las historias de la familia y algunos cuentos llenos de imaginación pavorosa de los negros.

En la hora de la siesta, recostados al tronco de un viejo árbol, soporosos, viendo a lo lejos los bueyes dorados que aran bajo el sol, entre el ruido suave de las hojas, la vieja esclava comenzaba a contar:

«Cuando nació Papa Dios estaba chiquitito, chiquitito, como un parapara. San José carpinteaba y la Virgen rezaba el rosario. Pero ellos vivían en la hacienda de un hombre maluco que les echaba muchas lavativas a los pobres negros y a todas las gentes. Y va el Diablo y lo tienta.

»¡Ave, María Purísima! Y el hombre maluco era el rey, y estaba vestido de oro, con un gorro colorado, y vivía en una casa grandota, y tenía buenas mulas, y daba unos banquetes con casabe y cochino y guarapo. Pero el rey quería matar a Papa Dios antes que Papa Dios tuviera tiempo de montársele. Y va y le dice un día al mayordomo ¡Mayordomo, venga acá! Usted va a salir ahorita mismo y me va a matar a todos los muchachos que haya.

»—Ya lo sabe. Que no se salve ninguno.

»Y el mayordomo le dijo:

»—¡Ay Misia Carramajestad, así se hará!

»Y salió y empezaron a matar muchachos. Daban grima ese sangrero y esa gritería y ese pilón de muertos. ¡Y mata y mata gente! ¡Y mata y mata gente! ¡Y mata y mata gente! Hasta que se cansaron. Pero a Papa Dios, ¡ah, caramba!, se lo había avisado un ángel y se salvó en su burro. Y entonces, el mayordomo fue a casa del rey y dijo:

»—¡Ay, Misia Carramajestad, ya los matamos a toditicos!

»Y entonces, el rey dio un fiestón, donde chorreaban los dulces y la mantequilla; pero a mí no me tocó ni tanto así…».

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