Arturo Uslar Pietri
(Caracas, 1906 - Caracas, 2001)

La noche en el puerto (1936)
Red. Cuentos
(Caracas: Editorial Elite, 1936, 218 págs.)



      —¡Ah, Grabiel, sírvenos otro ron!
       El botiquinero, sucio y en chancletas, recostado al armatoste de los licores, donde se veían gruesos frascos con hojas y frutas en alcohol, tomó una botella oscura y sirvió ron en los cuatro pequeños vasos que estaban en el mostrador.
       Los cuatro marineros, con el uniforme sucio y la gorra sobre los ojos, los empuñaron inmediatamente.
       —¡Ah, Grabiel, nos serviste de a poquito!
       El botiquinero tornó con la botella y rebosó los vasos en las manos temblorosas.
       —¿Ahora estás contento, Camiguán?
       El marinero pequeño y ancho, con cara de niño, sonrió.
       —Mira, Grabiel, ven acá.
       El otro no se había alejado del mostrador y estaban casi cara con cara; sentía la respiración en los ojos y el olor a aguardiente.
       —Mira. ¿No conoces a éste?
       Le señalaba un negro flaco, con los labios gruesos y colgantes, en traje de marinero.
       —Éste es el almirante Negro Humo.
       —Deja quieto, Camiguán —protestó el negro.
       —Grabiel, bríndanos tú ahora un palito para tomárnoslo con el almirante.
       El botiquinero arrugó el ceño.
       —Ya se están rascando demasiado y empezaron a ponerse pedigüeños. Mejor es que se vayan. Paga de una vez.
       —Está bien, mano; fue sin intención. ¿Verdad, almirante?
       Comenzó a hurgarse los bolsillos con dificultad. Las gruesas manos casi no pasaban por las estrechas aberturas. Sacó algunas monedas, que contó con un dedo sobre la palma abierta.
       —Aquí falta, completen.
       Los otros buscaron a su vez y pusieron sobre el mostrador las monedas que faltaban.
       Mientras el botiquinero las guardaba, fueron saliendo. Ya en el lado oscuro de la puerta, se detuvieron. Uno se volvió y gritó:
       —Adiós, Grabiel. Adiós, gran c...
       Sin terminar la frase, arrancaron a correr en la oscuridad, tropezando y riendo. Se detuvieron frente al puente de tablas del embarcadero. Cerca se veían las luces de los barcos reflejándose en el agua, las de las casas diseminadas en la oscuridad, las del muelle a lo lejos y la de la casa de los americanos en lo alto del cerro oscuro que cerraba la bahía. Desde las casuchas venía música contradictoria de varios fonógrafos.
       —Vamos hasta casa del turco Moisés.
       —No, Camiguán —respondió uno—; ya estamos limpios, y, además, ya va a ser la hora de volver a bordo.
       —Vamos hasta allá un ratico.
       —No. Vámonos a bordo.
       —Pues entonces me voy solo.
       —No vas a llegar a la hora y te van a arrestar.
       —¡Guá! Si no llego a la hora, desierto, y ¿cómo me arrestan entonces?
       Los otros procuraron convencerlo con razones inútilmente, y después trataron de llevarlo por la fuerza hasta el embarcadero. Camiguán se defendió con violencia, pateando y golpeando, hasta que logró desasirse. Se alejó a la carrera hacia el poblado, gritándoles:
       —Adiós, pues. ¡Ahora es que es fiesta!
       Se puso al paso, silbando y bordeando los charcos en la oscuridad.
       No había calles, sino una caprichosa diseminación de casuchas, las más de madera con techos de palma. Iba guiado por el ruido de los fonógrafos hacia donde más brillaban las luces.
       A ratos cruzaban gentes irreconocibles en la oscuridad, o pasaba ante la puerta de un fonducho lleno de voces. En una parte ancha y despejada, junto a tres cocoteros con bombillas en los troncos que iluminaban todo el espacio, estaba el botiquín del turco Moisés. Bajo las luces y junto a las puertas se movían numerosas personas: peones de la carretera, camioneros, obreros de la draga y del muelle, arrieros y hasta en una mesa aparte dos americanos en camisa, rubios y rojos. Entre los hombres pasaban y se detenían mujeres, casi todas mulatas, vestidas de sedas chillonas, con las mejillas encendidas de carmín. Los hombres las tiraban violentamente por los brazos, chapoteaban en los charcos y venían a caer sobre las piernas de algunos, que las apretaban y mordían. Se oían risas y gritos y a ratos la música de >merengue que tocaba el fonógrafo desde el interior.
       Camiguán atravesó los grupos y penetró en el botiquín. Una densa nube de humo envolvía las luces. Gran cantidad de personas estaban sentadas en las sillas y recostadas al mostrador. El resto lo ocupaban numerosas parejas, que bailaban sin moverse de sitio, en un abrazo apretado, moviendo obscenamente las caderas al ritmo de la música primitiva del fonógrafo. El vocerío era espero y turbio como el humo.
       Camiguán miró con ojos de alegría infantil la concurrencia. Buscaba una cara amiga, sin lograr ver ninguna. Noto con extrañeza la ausencia de marineros. Él era el único que allí se encontraba. De pronto recordó que era hora de estar a bordo y que, aparte de él, no se encontraría tal vez ningún otro en tierra. Cuando volviera al barco seguramente lo arrestarían. Un poco de temor apagó su alegría, pero sonrió inmediatamente, despreocupado. Podía desertar. Se sentía mal, aislado y solo con tanto deseo de divertirse. Imperceptiblemente se fue acercando a un grupo que estaba al extremo del mostrador. Cuando acordó estaba casi entre ellos. Por el aspecto debían ser peones de la carretera: tres de pie, de blusa, con anchos sombreros de paja y bigotes de campesino y otro en una silla recostado a la pared, también con sombrero ancho de paja, sin bigotes, una pierna desnuda hasta la rodilla, con el pantalón arremangado y alpargatas negras nuevas en los pies, puestos sobre el travesano de la silla. Los hombres se habían vuelto a ver al intruso; alguno sonrió mirándole la cara de alegría simple. El de la silla dijo con reticencia y mal humor:
       —Pájaro de mar por tierra.
       Se sorprendió de hallarse tan dentro del grupo y dijo con expresión sincera:
       —Yo me llamo Camiguán, ando solo, y si los señores me lo permiten, quiero brindarles un trago.
       El tratamiento de «señores» y el gesto simpático hizo sonreír a todos, menos al de la silla, que continuó huraño. Se fueron presentando todos por sus nombres; pero él no retuvo sino el que dijo la voz ronca del que estaba sentado:
       —Pedro Nolasco, mucho gusto.
       —¿Se quieren tomar el trago? —insistió nuevamente.
       —¿Cómo no? —contestaron a coro.
       Vino el botiquinero y sirvió sendos vasos de un aguardiente verde.
       Los vaciaron de un trago:
       —¡Salud!
       Tornaba a hablar el de la silla:
       —¿Y qué hace usted por tierra a esta hora? Mire que el aguardiente hace perder la brújula.
       —Estoy poniendo la fiesta.
       Se oía la música del fonógrafo, exacerbada, sexual y monótona, y el taconeo acompasado de las parejas.
       —Estoy poniendo la fiesta y la pienso seguir con todos los amigos.
       —¿Con cuáles amigos? —cortó ofensivo el de la silla.
       Los otros intervinieron conciliadores:
       —Pues con todos nosotros, Pedro Nolasco. Él es un hombre entre los hombres, y aquí todos somos hombres y amigos.
       El hombre sentado calló con expresión de contenida violencia. Los otros guardaron silencio un rato, y luego, poco a poco y casi con dificultad, reanudaron la conversación.
       —Vamos a tomarnos otro trago —insinuó Camiguán algo pálido.
       Lo pidieron, lo vaciaron de un golpe, y luego, uno del grupo dijo, marchándose:
       —Voy a orinar y ya vuelvo.
       Antes de que se hubiera alejado, el marinero lo siguió:
       —Yo también voy.
       Lo alcanzó en la puerta, dieron vuelta a la casa entre el vocerío de las gentes y se detuvieron en la parte oscura de atrás, donde flotaba la masa de un árbol. Mientras satisfacían su necesidad, Camiguán habló al compañero:
       —Antipático el tal Pedro Nolasco.
       —Él es así. Siempre parece que está bravo.
       —Esta noche la cogió conmigo. ¡Zape!
       —No le hagas caso y no te metas con él. A lo mejor se va temprano.
       —Y ¿por qué es así?
       —¡Quién sabe! Por ahí dicen que es de la sierra y que se vino de allá con un nombre falso porque mató a un hombre.
       —¡Hijo e puya!
       —Y tú, Camiguán, te has echado una broma muy gorda quedándote en tierra. En lo que llegues a bordo te arrestan.
       El marinero tomó un aspecto grave, reflexionó un momento y luego dijo ingenuamente:
       —No tengo muchas ganas de regresar a bordo.
       —¿Y entonces?
       —¡Guá! Desierto. A mí me gusta ser marinero, pero no así, en un barco de guerra, haciendo guardias, limpiando cañones y todo el tiempo en el puerto. A mí lo que me gustaría...
       —¿Qué te gustaría?
       —Meterme en un barco de vela y estar navegando por toda esa costa. Caleteando cacao y plátanos. Subiéndome a los palos, arriando las velas, durmiendo en la cubierta. Eso es lo sabroso.
       Regresaban a la cantina.
       —Vamos a ver si conseguimos unas mujeres —propuso el otro.
       Cuando se reunieron a los demás. Camiguán tomó la palabra.
       —Aquí estamos muy bien; pero nos falta esto...
       Y, completando la frase, se abrió la blusa y mostró en la piel del pecho una mujer desnuda tatuada en rojo, que con contracciones de los músculos hacía ondular.
       Todos rieron estruendosamente, menos el de la silla, que miró apenas.
       —No sería malo, pero no nos las llevemos de aquí, porque son unas galfaras. Yo conozco unas que viven en una casa.
       —Vámonos, pues.
       El marinero fue a pagar, pero de pronto recordó que no tenía dinero. Lo había olvidado totalmente. Antes de decirlo a los otros pensó en alguna excusa. Hablaban de mujeres.
       —¡Ah, caramba! Miren qué cosa. Se me acabó la plata que llevaba encima.
       Callaron sorprendidos.
       —Ya asomó la oreja —comentó Pedro Nolasco con desprecio.
       Él continuaba hablando, como sin oír..,
       —Sí, hombre. Qué calamidad. Pero no importa. Ahora vamos a buscar unos centavos que tengo en casa de una mujer.
       Pensaba en la mujer roja tatuada en el pecho.
       —Esta mujer... ¿Cómo se llama? Esta colorada... catira... que vive aquí arriba.
       —¿Catira? Será Soledad, la que se pintó el pelo de amarillo.
       Movió la cabeza asintiendo, temeroso y avergonzado.
       —Vamos entonces allá —dijo Pedro Nolasco, y tiró ruidosamente sobre el mostrador algunas monedas para pagar. La caída de las monedas le ardió como un latigazo.
       Salieron, atravesaron el espacio iluminado y se metieron en el vericueto de las casas en sombra. Él marchaba solo detrás, con desazón.
       Adelante, los cuatro hombres conversaban y a veces reían burlonamente. Él se sentía atado a sus pasos como una dura cuerda al cuello. A veces volvía el rostro y miraba hacia la bahía la línea quebrada en el agua de las luces de posición de su barco, rojas y verdes. Parecía estar lleno de sueño en el mar.
       De pronto oyó a los de adelante:
       —Aquí es; toca.
       Hubo uno que se adelantó y golpeó reciamente en la puerta de una casucha. Al rato vino a abrir una mujer descalza con un candil de carreta en la mano.
       —¿Qué pasa?
       De abajo hacia arriba la luz del candil le iluminaba la melena amarilla, áspera, pajiza, y la proyectaba en sombra monstruosa por toda la fachada y más allá del techo.
       —Aquí te busca tu hombre.
       —¿Qué hombre?
       El marinero veía todo como ausente.
       —Guá, éste. Ven acá, Camiguán.
       Se acercó sin fuerzas, rendido.
       —Éste. Tu hombre. Para que le des la plata que le tienes. Alzó la luz y lo miró de arriba abajo con asombro estúpido.
       —¿Qué plata y qué hombre? Ustedes lo que están es borrachos.
       Tiró un portazo violento y borró la luz.
       Camiguán, inmóvil, oía a Pedro Nolasco:
       —Vamos a darle unas patadas a este sinvergüenza para que aprenda.
       Oyó a los otros calmarlo, sintió que se iban a marchar, dejándolo abandonado y en el desprecio, y al fin habló como con otra voz que no era la suya:
       —No se pongan bravos, que ha sido una equivocación. Ya todo se va a arreglar. Vamos a poner un sancocho y lo inauguramos con aguardiente.
       —Boten ese sinvergüenza —gritaba Pedro Nolasco.
       —Pobrecito, Pedro, no tiene la culpa.
       Él seguía hablando imperturbable.
       —Yo pongo las gallinas y ustedes ponen el aguardiente. Ya las voy a buscan y lo ponemos aquí mismo.
       Uno, conciliador, dijo:
       —Bueno: si quieres, ve. Pero no te esperamos sino un rato.
       —Ya estoy aquí —exclamó, y salió de prisa.
       Tropezó con un haz de palas y picos tirados en tierra, y cayó. Se alzó con dificultad. Tenía rasgado el pantalón y una herida en la pierna que sangraba. Los otros rieron. Continuó caminando lo más rápido que pudo. Iba caminando al azar por entre las casas y los ranchos. Ya casi no quedaban luces en el poblado. A ratos, desde lejos, oía ladrar un perro. Iba sin pensamientos, como dentro de un zumbido vacío. Sólo en veces le parecía mirar como un fantasma la proyección de la cabellera amarilla de la mujer, y entonces, maquinalmente, se palpaba el tatuaje en el pecho y seguía con los dedos gruesos el dibujo.
       Pasaba junto a la cerca baja de un corral. Todo estaba en silencio y oscuro. Con precaución pasó la cerca y se llegó hasta un árbol. Divisaba algunas gabinas entre las ramas. Se fue acercando con sigilo. Empinado en la punta de los pies, fue a alcanzar una, pero la tropezó con la mano antes de agarrarla y el animal voló, escandatizando el aire y despertando a las otras. De un hueco en sombra salió un cochino flaco roncando asustado. Se quedó inmóvil y en suspenso viendo revolotear las gallinas desde las ramas hasta el suelo. A veces miraba hacia el extremo donde estaba la casa. Poco a poco los animales fueron apaciguándose.
      Comprendió que no podía llevarse las gallinas. Entonces miro al cerdo flaco, que caminaba rastreando entre las hierbas, y lentamente se le acercó hasta agarrarlo por las patas traseras. Estallaron agudos berridos penetrantes.
       —Cállate, animal del diablo —le hablaba entre asustado e inconsciente.
       Con movimientos veloces le agarró las cuatro patas y lo izó sobre los hombros, alrededor del cuello. Con mil dificultades y acabando de desgarrarse completamente el traje, logró pasar de nuevo la cerca. Caminaba, huía lo más aprisa posible, rodeado y aturdido por el escandaloso chillar del animal. El sudor le corría por el cuerpo y sentía la garganta reseca. A veces daba traspiés, desequilibrado por el peso. Agrietaban los berridos la noche apretada, taladrándola.
       Desde lejos divisó los cuatro hombres, que lo esperaban en el mismo sitio. Los cuatro interrumpieron la conversación y se volvieron hacia aquel escándalo que venía rodando por la noche para ver llegar al marinero con la mancha oscura del animal debatiéndose sobre sus hombros.
       —¡Suelta ese bicho, desgraciado! —le gritó Pedro Nolasco con furia.
       Estaba sin aliento, no podía hablar, no podía oír, no podía casi tenerse en pie. Los chillidos se repetían inmensos.
       —Que lo sueltes, te estoy diciendo.
       Él continuaba de pie, asfixiándose. A la puerta de la casa cercana volvió a asomar la mujer con el candil.
       Al volver la vista de la luz, los otros sólo vieron la silueta de Pedro Nolasco curvada, aplastando casi de un golpe una pala en la cabeza del marinero. Lo miraron desplomarse con el animal a cuestas, sin un grito. Se abrió un abismo de silencio al callar el cerdo. Mientras los hombres huían a la desbandada, el cerdo se alejó trotando hacia la oscuridad con pequeños ronquidos de satisfacción.
       La mujer vio la rápida escena y luego sintió la calma inmediata, que cayó como agua profunda. Se acercó lentamente con su luz. Al bamboleo del candil, su sombra enorme columpiaba a lo lejos.
       Miró al hombre caído de espaldas, con brillo de sangre entre el pelo y en la nuca. Puso la luz en tierra y lo volvió de frente con suavidad. En la pupila fija se clavó un reflejo turbio. Tenía un costado en luz; al otro lado su sombra se confundía con la noche. Con una suave presión de los dedos le cerró los ojos y se marchó de espaldas hacia su casa, dejándolo solo con la mancha luminosa del candil.
       Por el costado en sombra crecía el aire gigantesco y oscuro por sobre los techos, hacia la bahía y más allá de los cerros negros, con sus luces parpadeantes. Por un extremo el cielo se empañaba de claridad. Se veían menos estrellas. Cantó un gallo. Algunas luces se movían entre las casas. Por el camino de la montaña subían los faros de un camión. Flotaba un frío color de espejo. En un grifo de una esquina la cantinela de un chorro de agua empezó a clarear. Bajo las últimas estrellas giraban altos pájaros lentos, sobre el mar lleno de brillos y sobre los barcos nítidos y su humo. En el cielo, apenas teñido de azul, subió sola la sirena de la draga y quedó largo rato su eco temblando y resonando en el aire.



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