Arturo Uslar Pietri
(Caracas, 1906 - Caracas, 2001)
El día séptimo (1936)
Red. Cuentos
(Caracas: Editorial Elite, 1936, 218 págs.)
El camino polvoriento se anchaba como un remanso entre unos arbolitos enanos, algunos horcones pulidos y quemados de soga, donde paraban los ganados frente a la pulpería. Un techo de dos aguas, arruinado en los extremos y sostenido por puntales; el pavimento de ladrillos, carcomido y roto a trechos; tres puertas sin color, dos cerradas y la última abierta a una habitación encalada, donde estaban el mostrador de madera, el armario sucio y la franela a rayas del pulpero. En un rincón, un queso blanco y una barrica de guarapo.
En el pavimento del corredor se echaban a dormir, por las noches, los peones ganaderos, que llegaban por la tarde arreando las reses y seguían antes del alba.
Por la tarde llegó José la Cruz, callado y tembloroso. El corredor estaba desierto. Tendió la cobija sobre los ladrillos, se arrolló en ella y comenzó a tiritar y a crujir los dientes. Sentía un frío sobrehumano que le apretaba los huesos y lo hacía palpitar como una viscera sobre el duro pavimento.
Al rato salió el pulpero y lo miró.
—Guá, muchacho. ¿Qué te ha pasado que te devolviste? Respondió con dificultad:
—A poquito de salir de aquí con la punta me cogió la calentura.
—¡Ah, malhaya!
Antes de volverse hacia el interior, el pulpero le dijo:
—Si necesitas algo, pídelo, ya lo sabes.
Se quedó solo. La fiebre lo sacudía dolorosamente. Ansiaba estarse quieto y dormir. Sentía la boca acida y la lengua seca. Ya los compañeros debían de estar lejos. Al día siguiente llegarían a la Villa y descansarían de la marcha y del polvo y cobrarían la paga. Sonrió. Y hasta pondrían la fiesta. Y hasta alguno diría : «Miren qué buena lava, el pobre José la Cruz, y que quejarse con esa calentura.»
El frío lo aguijoneaba y lo envolvía sin descanso. Era menudo y múltiple como polvo, como aquellas polvaredas espesas que levantaba el ganado cuando lo iban arreando. Caminaba siempre dentro de aquella nube de polvo, como ahora dentro de aquel frío. Yendo y viniendo por el mismo camino, al regreso solo con los compañeros, a la ida detrás de la manada de novillos, entre la nube de polvo. Era siempre el mismo camino.
Entre la vibración febril, delirante, iba viendo todo el largo camino como si lo marchara. El sesteadero de los Alcornoques; «¡ajila, ajila, novilloo!»; el Paso de la Iguana, con su barranco profundo, donde la caída escandalosa de las reses al agua espantaba las garzas; la pulpería del Carmen, donde a veces le fiaban el trago de aguardiente, porque en otras partes le pedían que pagara adelantado, al mirarle el sombrero descolorido, la cobija raída, las alpargatas rotas colgadas de la cintura.
La fiebre iba apretando y ya casi saltaba sobre el piso. «Ah, buena calentura.» Y más después pasaban por Corozo Pando, y se paraba de arrear el novillo renco, que lo traía loco, para almorzar el papelón con queso, la hallaquita fría y el trago de guarapo desabrido.
Y después era la Cazalbera. «¡Ajila, ajila, novilloo!» Pero no. Allí no era solamente el paso; había otros recuerdos más viejos y más grandes. Aquellas madrugadas de muchacho, cuando era becerrero y lo despertaban de un empujón para ir al ordeño. Se paraba en la puerta del corral de los becerros con el oído atento a lo que cantaba el ordeñador:
Morocota, Morocota,
vales más de lo que pesas...
El bramar de las vacas envolvía y apagaba el canto, pero él tenía que saber por el canto qué vaca iban a ordeñar para soltarle su becerro. Cogía el becerro por las orejas, abría el tranquero y lo largaba en el corral:
Guayanesa, Guayanesa...
Ya iba en busca del otro. Si alguna vez se equivocaba, de un vergazo lo enseñaban a no equivocarse.
Oyó apenas la voz del pulpero que se había acercado de nuevo:
—¿Cómo te sientes, José la Cruz?
No sabía si era que ya había oscurecido o que la fiebre le hacía borrosa la mirada.
—Aquí te traigo un cocimiento.
El pulpero se inclinó sobre él, le alzó la cabeza y con dificultad le hizo pasar por entre los dientes trabados un bebedizo amargo y caliente. Parte del líquido se vertió y le corrió por las mejillas y el cuello. Antes de irse lo abrigó mejor en la cobija. No podía hablar. Le dio las gracias con los ojos.
Y cuando cantaba como arrendajo. Cuando el amo no creía necesario castigarlo con palos, lo hacía subirse a un naranjo que estaba junto a la hamaca donde dormía la siesta: «Súbete al naranjo y me cantas como arrendajo.» Con infinitas dificultades trepaba por entre las espinas del árbol, desgarrándose la ropa y la piel, buscaba acomodo apoyándose lo menos posible y empezaba a stlbar imitando el canto del arrendajo por horas inacabables. Cuando creía que el amo se había dormido, callaba, pero inmediatamente oía su voz autoritaria: «¿Qué hubo del canto?», y tenía que continuar, mientras alguna espina le atravesaba las carnes. Lo mismo que ese frío de ahora.
Y después, peón sabanero, a caballo a las cuatro de la madrugada, y hasta las seis de la tarde con el cafecito de la salida, venga sol o venga agua.
Y después, peón ganadero y la nube de polvo de la punta. El sesteadero de los Alcornoques, la pulpería del Carmen, el Paso de la Iguana y la polvareda, la llegada a la Villa y el regreso para volver a empezar.
El frió se va haciendo más intenso. Ya no siente ni los pies ni las manos. No son suyos. Como si se los hubieran cortado. «Ánima de la Palmita, aliéntame.» Tiene todo el cuerpo helado, menos la lengua y la garganta, ásperas y resecas. Todo gira y zumba en la sombra, que se llena de grillos.
Ya apenas oye. Es la misma imagen de los novillos en el camino polvoriento. Casi no la distingue y le parece más bien que se la cantaran para dormirlo, porque tiene mucho sueño y se está cayendo.
Ajila, ajila, novilloo,
la huella de tu cabestreroo
ponele amor al caminoo
y olvida tu comederoo...
Ya no oye. No siente la llegada de la punta de novillos. Ni las voces con que la arrean hacia el paradero. Ni los pasos de los peones que se acercan a la pulpería. Ni mucho menos la del hombre que lo tropieza en la sombra y lo palpa, asustado de su inmovilidad; lo siente frío y llama:
—Epa. Aquí hay un muerto. Vengan acá.
El pulpero sale con una vela encendida en la mano, seguido de los otros peones.
—¿Se murió el hombre?
—Muertico, muertico.
—Alabado sea. Éste era José la Cruz, un peón marrereño. Llegó esta tarde prendido de calentura.
Pone la vela en el suelo, junto a la cabeza del muerto; le oculta el rostro con la cobija, y mientras regresa adentro, seguido de los demás, dice:
—Ya es de noche. Mañana temprano ustedes me ayudan, y en un saltico lo enterramos.
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