Arturo Uslar Pietri
(Caracas, 1906 - Caracas, 2001)
El viajero (1936)
Red. Cuentos
(Caracas: Editorial Elite, 1936, 218 págs.)
El chirrido de las ruedas del coche iba corriendo entre la sombra. Los faroles pálidos iluminaban un tronco de árbol, unas hojas húmedas y luego flotaban como un nimbo amarilloso en la masa oscura de la noche. Adelante chasqueaba el látigo y se oía el paso desigual de los caballos. De tiempo en tiempo una contorsión brusca y un crujido de maderas delataban un bache y cambiaban la monotonía de la marcha.
El camino clareaba apenas en la tiniebla, torciéndose caprichosamente como curso de agua; pasaba junto a los copos de sombra de las arboledas y faldeaba los montes negros perdidos en la altura. Al fondo del valle flotaban las luces vagas del pueblo como chispas dormidas.
A la entrada de la única calle, el primer farol, hirviente de insectos, iluminó el carruaje y su ruido solitario, que penetraban pesadamente en el silencio. Era una vía larga y ancha, entre dos filas de árboles, detrás de las que pasaban los muros borrosos con rejas salientes pintadas de verde. Resonaba el rodar sobre la arena. En la primera esquina se embutió en la sombra, para aparecer de nuevo entero bajo otro farol lejano, bajo el cual estaba un mozo inmóvil recostado a la pared. Tenía las manos cruzadas sobre un bastón, y la cara, con pretensioso bigotillo, doblegada hacia el suelo. Oyó y se enderezó con sorpresa, mirando el inesperado carruaje que pasaba.
Más allá, de una ventana con luz tímida, alcanzó el coche una melodía de piano simple y vacilante. El espeso sonar apagó la música y siguió en lo oscuro con el pueblo que nacía igual en cada esquina.
Dos faroles más lejos, a la puerta de la farmacia iluminada, pasó cortando bruscamente la tertulia que hacían cuatro hombres sentados en sillas recostadas al muro: el boticario, vestido de blanco y sin sombrero; el cura, con los gruesos zapatos asomando bajo la sotana; el maestro de escuela, calvo y soñoliento, que mecía una pierna cruzada sobre la otra, y con grandes bigotes, ventrudo, dentro de su traje negro, con cuello de pajarita, el director del Catastro e inspector de Pesos y Medidas. Segó la conversación y rodó todavía un trecho el coche, hasta parar su ruido frente a la plaza, en la ancha puerta de la posada. Entre luz y penumbra un adolescente pálido miraba con sorpresa. Abrióse la portezuela y saltó rápido un hombre alto, ágil y fuerte; un ancho sombrero le ocultaba el rostro de la luz. En el zaguán cruzó una vieja harapienta que salía, y continuó con paso resuelto hacia el interior silencioso.
La vieja paróse en el portal con el adolescente.
—¿Lo viste?
—Sí, lo vi —respondió el mozo distraídamente.
—¿Quién será? Pregúntale al cochero —dijo la mujer con impaciencia.
No obtuvo respuesta y se dirigió al cochero, que examinaba los caballos:
—Buenas noches.
—Buenas noches.
—¿A quién trajistes?
—No lo conozco, ni me importa. Me concertó en el otro pueblo y me pagó adelantado.
Los caballos resoplaban y pateaban en la tierra. Se oía el silencio ancho y hondo que gravitaba sobre el pueblo.
—¿Y por qué llegó tan tarde?
El cochero la consideró con talante malhumorado y respondió bruscamente, volviéndole la espalda y alejándose:
—Porque le dio la gana de viajar de noche.
La vieja se marchó calladamente. Latigueaban sus suelas las lajas del embaldosado y pensaba, casi con desesperación, en el misterio de aquella llegada. Por delante de ella iba el adolescente con la cabeza alta mirando la tiniebla.
El mozo llegó a la tertulia de la botica y halló todos los rostros vueltos hacia él con aguda expresión de curiosidad.
—¿Quién llegó, hijo? —preguntó entre sus bigotes espesos el director del Catastro.
—Él.
—¿Quién es él?
—El que tenía que llegar.
—¿Quién? ¿Tú lo conoces?
—Nadie lo conoce.
Se acercaba el ruido de las suelas de la vieja y callaron. Pasó junto a ellos.
A lo lejos venía un hombre con una pértiga apagando los faroles.
La vieja siguió pegada a los muros. Paróse en una ventana y llamo con cautela. Abrió el postigo otra mujer, desgreñada y medio dormida.
—Llegó un viajero.
—¿A esta hora?
—A esta hora.
Después de haber dicho aquellas escasas y febriles palabras en la tertulia de la botica, el mozo siguió con paso distraído por las calles oscuras. A ratos alzaba la vista al cielo y miraba las estrellas. Le venían pensamientos discontinuos y bruscos. Todos los hombres miraban las mismas estrellas: los indios desnudos de las islas, los pescadores de los grandes ríos, las caravanas de los desiertos, las gentes de lengua incomprensible que vivían en puertos de distintos colores, de distintos mares, y los marinos nocturnos. Las estrellas eran también rumbo, camino, están más cerca de las gentes que caminan solas y que las miran para orientar el azar. Había llegado a su casa. Empujó la puerta chirriante y penetró en los oscuros corredores, que teñían débiles luces de los cuartos. Se sentía la noche inmensa y formidable.
Ya en su alcoba empezó a desnudarse, lanzando la ropa desordenadamente sobre una silla. La cama se prolongaba hasta el techo en humo de gasa por el mosquitero. Del muro pendía un mapa pálido del Mediterráneo. Sobre una mesa estaba una caja de compases, creyones de colores, una libreta abierta con una rosa de los vientos dibujada en rojo y azul con sus letras cabalísticas en tinta: N. S. O. E., y algunos libros abiertos o cerrados: En el Africa tenebrosa, El pirata verde, Los arrabales de París, Hi ¡loria de un vagabundo, Los misterios de la India, La vuelta al mundo en ochenta días.
Acercó una silla a la mesa y se sentó con la cabeza apoyada en una mano; con la otra hojeaba displicentemente un libro, sin pensar en nada, sumido en una vertiginosa abstracción. Miró distraídamente la página y leyó al azar: «No puedo, señora —dijo el pirata con un hondo suspiro—, no puedo. Ni por vuestro amor podría abandonar mi vida aventurera, el mar, los abordajes, el peligro...» Él no tenía que abandonar, no poseía nada, ni siquiera peligro. Sólo los que se iban abandonaban. Los que llegaban, pasaban y seguían sin detenerse, sin arraigar. Los que podían llegar de noche a un pueblo. Como aquel viajero que había visto entrar hacía un instante y que tan vivo fermento había puesto en su espíritu. No como su padre, que estaba hecho de cal y canto de muralla.
Ahora hojeaba el cuaderno de la rosa de los vientos, cubierto al lápiz de una escritura torpe y rápida. En la primera página estaba cuidadosamente escrito con labradas letras y orlas: «No se enciende una antorcha para ponerla bajo un celemín.»
Había sonado la puerta de la calle y se oían pesados pasos que se acercaban. Surgió en la puerca la voluminosa figura del director del Catastro.
—¿Todavía despierto, hijo? —preguntó con empalagosa solicitud.
—Ya me voy a acostar, papá. Leía un poco.
—Siempre perdiendo el tiempo con esos libros tontos, que ya no son para tu edad. Debías aprovechar de estudiar. Acuéstate y que Dios te bendiga.
Mientras se marchó a su habitación, el mozo apagó la luz y se metió en la cama. Oía en la habitación vecina las pisadas de su padre, el ruido de la cadena del reloj, la caída de la orina en el vaso de noche y el crujido del lecho. Mirando la mancha del mapa en el muro se le cerraron, los ojos.
Despertó con la luz húmeda de la madrugada. Iba aclarando el verde de las hojas en el patio. Se vistió aprisa, cogió el cuaderno y salió en puntillas a la calle. Cantaban gallos y salía humo tibio y soñoliento de las casas. Algunos arrieros pasaban con sus recuas cargadas hacia el camino. Tomó por una estrecha calle lateral, que rápidamente se transformó en grieta y barranco cubierto de hierba. Iba bajando por entre árboles menudos hasta llegar a la margen del río, estrecho y lento. Al otro lado se veían los labriegos y los bueyes arando en las vegas, que la mañana hacía de color de carne fresca. Se sentó en la raíz de un árbol, muy cerca del agua, sacó un lápiz y abrió la libreta, pero luego se quedó largo rato, sin un movimiento, mirando pasar el agua sobre la arena clara del fondo.
Con un gesto brusco de despertar, volvió al cuaderno y pasó con rapidez las páginas. Pensaba en lo que había de escribir. Sería: «Hoy debo decidirme. Ya no puedo esperar más. Me llama la aventura, me llama el mundo, me llama todo, y yo tratando inútilmente de no oír. Anoche llegó...» ¿Qué podría escribir que fuese tan hermoso como su emoción, como el deslumbramiento de aquel ser que surgió de la noche viniendo casi de los libros, de los sueños, de las imaginaciones, sólo para llamarlo de un modo más vehemente y decidirlo?
Al pasar una página la palabra «cementerio» le saltó a los ojos. Leyó: «No volveré más al cementerio. Es tan triste, tan simplemente horroroso y desolador. Allí han ido todos y allí iré yo a pudrirme, a acabarme. Después de una vida... ¡No! Después de dar vueltas por la plaza y las calles del pueblo durante toda una vida, como si quisiera únicamente perder ese camino, para que al fin me lleven allí a la fuerza, sin haber podido escaparme. No quiero ir al cementerio. Todo el pueblo es el cementerio. No quiero ir al cementerio.»
Un grueso suspiro acongojado le estremeció el pecho.
Más adelante leyó: «Si yo pudiera ser como papá, que todo lo mide, lo pesa y lo cuenta y cree, además, en sus pesos, sus medidas y sus cuentas. Si yo pudiera creer como él que el día está dividido en horas, y el mes en días, y el año en meses, y lo que importa es la exactitud de la cuenca, y que si se le detuviera el reloj sería como sí se le detuviera el corazón.»
Le llegaba, vago y lánguido, el canto de un gañán perdido en su faena. El día crecía, trazándole la sombra sobre el agua. Una gran angustia le oprimía el pecho. Se levantó y se fue caminando al borde del agua, siguiendo la corriente con los ojos, obstinadamente.
Junto al rumor del agua, se iba borrando en las vueltas y revueltas del río, tras de los árboles.
La muchacha vestía un traje anticuado de color triste. Se acercó al patio, cubierto de plantas, y cortó algunas flores. Pasó al corredor, de ladrillos oscuros, y se detuvo en la puerta de la sala, entre la luz de las ventanas, dura, y la diluida del interior, a cuyo contacto las flores se fundían. En un vaso de metal apagado colocó el ramo con lentitud, respiró el olor y fuese al rincón profundo del piano.
Sentóse, desplegando la falda de mucho vuelo, abrió la tapa y se quedó pensativa mirando las teclas amarillas. Pasaba un susurro de brisa que ordenaba callar.
Así había estado sentada por la noche, tocando aquel ejercicio interminable, eterno como los árboles y las paredes y la lámpara, que cuando ya iba a alzar en melodía quedaba deshecho con el movimiento torpe del meñique. Puso las manos sobre el teclado y comenzó de nuevo. Los compases pasaban como el paisaje del pueblo. La torre de la iglesia y los tejados verdirrojos en la mañana alta y ancha. La torre de cal en el mediodía agudo y fijo. La torre de nube y los tejados de sombra en el atardecer profundo y angosto. Y en la noche... En aquel mismo punto del compás, cuando ya iba a llegar a melodía, sonó en la calle el ruido del coche que pasaba. Aquel coche que no pasaba nunca, en aquella hora en que nadie había llegado nunca. Se había levantado, como se levantaba ahora, para ir a la ventana a verlo surgir bajo los faroles, alejándose hacia el fondo de la calle... Se detuvo. En la ventana, con la vista hacia el suelo y el bigotillo erguido, estaba el mozo como dormido. Alzó la vista.
—Lelita, no puedo irme de aquí.
Rondaba la calle noche y día. Le hablaba en veces y suspiraba siempre. Era una adoración tímida y vergonzante.
—¿En qué pensabas hoy, Lelita?
Sin responder, hizo un mohín aniñado, de mal humor.
—Venía caminando y oí tu piano. Tocabas una cosa muy bonita.
Miraba al suelo y quería dar convicción y fuerza de interés a las palabras banales que decía.
—Tocaba lo mismo de todos los días. El ejercicio aquel...
Se puso a tararearlo quedamente.
Creía sinceramente que tocaba otra cosa y la afirmación de lo contrario lo alarmó. Si tocaba lo mismo lo hacía de un modo distinto, que cambiaba el panorama, las distancias y el valor de las palabras. Había algo nuevo que alteraba el orden preciso de la vida. Lo nuevo era desconocido, y lo desconocido era seguramente terrible.
Iba a decirle que no le pareció la misma música la noche anterior cuando...
—Anoche.
Dijo eso solamente y se detuvo, brusco y atemorizado. En la noche la música había sido la misma de todos los días, hasta que cruzó aquel coche deteniéndola, para que después ya no pudiera reconocerla, íntimamente mezclada a algo extraño.
La muchacha oyó «anoche» y sintió en las venas un frío de voluptuosa curiosidad. Pensó que iba a hablarle de aquella misteriosa llegada nocturna que la inquietaba dulcemente con imaginaciones.
—¿Adonde qué? —preguntó.
—No. Hablaba de lo que tocabas anoche —dijo torpemente, confesando sin querer su verdadero pensamiento. Al mismo tiempo advirtió que al responder de esa manera la había decepcionado. Había vuelto la cara con despego, casi con aburrimiento. Veía claramente que quería que le hablase de lo otro.
Quedaron en silencio largo rato, él con temor y ella con impaciencia. Al final comprendió que si no hablaba acabaría por perderla, acabaría por expulsarlo de esa región de dudosa ternura en que le permitía flotar. Quiso eludir el peligro, que veía llegar, con un comentario de aparente indiferencia:
—También es verdad que anoche llegó tarde un coche con un viajero.
Ella replicó orgullosamente:
—Sí. Lo sabía.
Pero él quiso insistir, casi con deseo de venganza, para destruir aquel fantasma intruso que venía a interponerse en el juego dulzón de sus sentimientos.
—Un viajero como cualquier otro —mientras hablaba miraba al suelo para no flaquear en su decisión destructora.
Ella luchaba oyéndolo, haciendo interiormente la réplica y deshaciendo sus afirmaciones. No era un viajero como cualquier otro quien llegaba solo en aquel coche inesperado, rompiendo la trama de la noche del pueblo.
—Tal vez sea un viajante de comercio. Telas o víveres...
No; si fuera ciertamente eso, lo habría afirmado con seguridad. Sólo sabía que era un hombre, y un hombre de quien podía imaginarlo todo, hasta lo mejor.
—O algún pobre enfermo que viaja rápido...
No habría tomado un camino tan extraviado, y si fuera un pobre ser débil y agotado no tendría esa fuerza extraordinaria que su sola presencia había bastado a desatar, que había puesto una inquietud nueva en todas las vidas, que había llegado hasta transformar el sonido invariable de su música.
—Y, después de todo, sea quien fuere, se irá lo mismo que ha venido o, mejor, como si no hubiera venido.
Ya no se podría ir. Aquello que había llegado hasta allí señalaba su presencia y ya se quedaría hasta la muerte.
Se levantó de la ventana sin hacer ruido y fuese al interior de la estancia.
—Y otros vendrán como ha venido él, o no vendrán, sin que esto signifique nada...
Hablaba mirando el suelo con lenta crueldad y sólo alzó la vista cuando oyó la música del piano que brotaba nuevamente en una melodía redonda. Se extrañó de hallarse solo ante la música sin rostro. No tocaba lo mismo. Sí. Súbitamente la había reconocido. Ya no sería la misma nunca más. Volvió la espalda y se fue marchando por entre el sol, oyendo alejarse la música como si se fuera por el camino.
La vieja salió de la puerta hablando aún:
—En cuanto sepa algo más vendré a decírselo.
Se arrebujó en su paño negro y se fue menuda y encogida por la calle, clara de sol. Iba mirando la sombra ondulada de las tejas en la calle, la móvil de los árboles y la crucificada de algún farol.
A ratos cruzaba alguna persona y se volvía a mirarla.
La llamaron de una ventana. Era una mujer cetrina que le hablaba detrás de los balaustres con expresión de prisionera.
—¡Pst! Ven acá.
Se acercó a la reja.
—Dime, Micaela, ¿todavía no se ha ido?
Sonrió, con la cara arrugada, medio oculta en el manto.
—Ahora mismo voy a la posada a ver qué se sabe.
—Raro es que todavía no lo sepas, Micaela.
La vieja tornó a sonreír, complacida.
—Qué voy a saber sino lo que sabe todo el mundo —dijo, dándose aires de misterio—. Ya en el pueblo no se habla sino de eso. Anoche hablaron de él en la tertulia de la botica.
—¿Y qué dijeron?
—Yo no sé. Seguramente lo mismo que dicen todos. Que es raro que no haya venido buscando a nadie. Que nadie lo conozca. Porque nadie lo conoce. En todo el pueblo no hay un alma que sepa quién es, ni a qué viene, ni para dónde va.
—¿Y tú lo viste, Micaela?
—Sí. Anoche cuando bajó del coche. Un momentico nada más. Es un hombre que da gusto de ver.
—Y las cosas raras que están pasando desde que llegó.
—¿Qué cosas, Micaela?
—Muchas y muy raras.
—¡Dime, Micaela, dime!
La vieja miró a ambos lados de la calle, como asegurándose de que nadie más la oía, y dijo:
—El enamorado de Lelita no ha vuelto a la ventana.
—¿Será...?
—Y el hijo del inspector no ha salido a la calle.
—¿Será...?
—Y...
—¿Qué más, Micaela?
—De lo demás no estoy segura. Cuando vuelva te lo diré.
Y se marchó oscura al ras de las paredes, hacia la plaza, mirando desde lejos la puerta de la posada, solitaria y tranquila.
Ya la sombra de las paredes cubre toda la calle y el sol tibio y dorado pasa tras de los techos. En las cuatro sillas, a la puerta de la botica, se hace la misma tertulia de todos los días.
—Éstas son las costumbres pecaminosas de estos pueblos —dice el cura—. Un formidable desarrollo de la curiosidad. La llegada de un hombre desconocido, un poco misterioso, basta para conmover a todo el mundo.
—¿Quién sabe si con razón? —agrega el boticario—. Muchas veces la llegada de un viajero así ha significado grandes cosas. Yo me acuerdo, cuando la revolución de los Azules, que el comisionado que provocó el alzamiento del pueblo llegó en esa misma forma. Llegó de noche, solo, sin que se supiera a qué venía, y por la mañana, a las once, el jefe civil estaba muerto, los peones reclutados y había más de cincuenta presos.
El cura mueve la cabeza negando con gesto condescendiente y superior :
—Eso sería una vez, querido amigo; pudiera ser otra vez, si usted quiere. Pero no puede ser siempre. Lo malo es que cada persona extraña que llega en esa forma aumenta el pecado. Empieza la curiosidad, la murmuración. Casi puedo decir que todos los que llegan en esa forma son los enemigos, aun cuando sean inocentes, aun cuando ellos mismos lo ignoren. A pesar de todo, vienen a resultar los enviados del diablo, los que vienen a aumentar el botín de Satanás, y eso es lo grave y lo terrible que puede acarrear la llegada de ese viajero.
El inspector de Pesos y Medidas sonríe:
—No hay que exagerar, mis amigos —dice—. Eso es complicarse la vida con mentiras y cuentos. Lo mejor es no imaginarse nada.
La luz se va haciendo más fina y vaga. Se oye el gritar de algunos chicos que juegan en la plaza. El gato de la botica pasa y repasa su lomo arqueado por entre los zapatones del cura.
Los contertulios guardan silencio después de las pesadas frases del inspector. Sólo al rato se oye al maestro de escuela, que casi monologa:
—En todo esto lo menos importante es el viajero. Un hombre seguramente como cualquier otro, que llega y se va. Lo importante es la serie de fenómenos que su presencia provoca. Esta misma conversación es uno de ellos. El pueblo tiene su ambiente establecido, su vida hecha, y una presencia nueva viene a ser como un fermento, un reactivante que engendra una cantidad incalculable de consecuencias. Estimula pensamientos, revela nociones, muestra aspectos que ya no advertíamos por la fuerza de la costumbre. Viene a ser algo así como aquella famosa manzana que vio caer Newton. Una cosa verdaderamente insignificante y que, sin embargo, transformó el mundo. Esto es también una cosa insignificante aparentemente, pero quién sabe hasta dentro de cuántos años estaremos sintiendo sus consecuencias.
El inspector no pudo contenerse más. Intervino, brusco y airado:
—Por favor, mis amigos, adonde vamos a parar por ese camino. Ya esto es una cosa de locos. El viajero vino anoche y ya se fue esta mañana.
—¿Se fue esta mañana? —insistió el cura.
—Sí, esta mañana, y todavía no se ha caído la torre ni han volado los sapos. Ésas son niñerías. Un hombre desconocido que llega y se va, es un hombre desconocido que llega y se va y nada más. Las cosas son lo que son y no las locuras que nos pongamos a imaginar. Y, además, ¿de dónde han sacado tantas cosas extraordinarias sobre la cuenta de ese buen señor? Ése debe ser un hombre como usted o como yo. Si todos somos iguales. No hay que fijarse sino en las cosas verdaderas, en las cosas que suceden, y dejarse de imaginaciones. Más importante me resulta que mi hijo no haya venido a almorzar hoy a casa. Es, si quieren, una tontería, pero que correspondía a un hecho real, mientras que todo lo otro es una tontería que no corresponde a nada.
Iba llegando la noche y comenzaron a encenderse los faroles a lo largo de la calle. El inspector miró las luces parpadeantes, que se encendían paulatinamente, y prosiguió con solemnidad doctoral:
—Si todos somos iguales. Usted y yo y los otros. No hay tanto misterio en ninguna parte. Lo que sucede es que nos pasamos la vida engañándonos los unos a los otros para hacer creer que somos diferentes. Desengáñense, somos todos iguales y sin misterios, nosotros y el viajero ese...
Una mujer que salía de la sombra de la calle se detuvo en el grupo. Hablaba con angustia:
—Se fue.
Algunos sonrieron creyendo que aludía al viajero. El inspector respondió con sobresalto:
—¿Quién?
—Su hijo. Todavía no había vuelto, y ahorita llegó un arriero a la casa y me dijo que lo había encontrado lejos, lejísimo, más allá del segundo paso del río, que iba caminando ligero y no quiso hablarle.
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