Mario
Benedetti
(1920- )
ALMUERZO Y
DUDAS
(Montevideanos, 1959)
El hombre se detuvo frente a la
vidriera, pero su atención no fue atraída por el alegre maniquí sino
por su propio aspecto reflejado en los cristales. Se ajustó la corbata,
se acomodó el gacho. De pronto vio la imagen de la mujer junto a la suya.
—Hola, Matilde —dijo y se dio
vuelta.
La mujer sonrió y le tendió la mano.
No sabía que los hombres fueran tan presumidos. Él se rió, mostrando
los dientes.
—Pero a esta hora —dijo ella—
usted tendría que estar trabajando.
—Tendría. Pero salí en comisión.
Él le dedicó una insistente mirada
de reconocimiento, de puesta al día.
—Además —dijo— estaba casi
seguro de que usted pasaría por aquí. Me encontró por casualidad. Yo no
hago más este camino. Ahora suelo bajarme en Convención.
Se alejaron de la vidriera y caminaron
juntos. Al llegar a la esquina, esperaron la luz verde. Después cruzaron.
—¿Dispone de un rato? —preguntó
él.
—Sí.
—¿Le pido entonces que almuerce
conmigo? ¿O también esta vez se va a negar?
—Pídamelo. Claro que... no sé si
está bien.
Él no contestó. Tomaron por Colonia
y se detuvieron frente a un restorán. Ella examinó la lista, con más
atención de la que merecía.
—Aquí se come bien —dijo él.
Entraron. En el fondo había una mesa
libre. Él la ayudó a quitarse el abrigo. Después de examinarlos durante
unos minutos, el mozo se acercó. Pidieron jamón cocido y que marcharan
dos churrascos. Con papas fritas. —¿Qué quiso decir con que no sabe si
está bien?
—Pavadas. Eso de que es casado y
qué sé yo.
—Ah.
Ella puso manteca sobre la mitad de un
pancito marsellés. En la mano derecha tenía una mancha de tinta.
—Nunca hemos conversado francamente
—dijo—. Usted y yo.
—Nunca. Es tan difícil. Sin
embargo, nos hemos dicho muchas veces las mismas cosas.
—¿No le parece que sería el
momento de hablar de otras? ¿O de las mismas, pero sin engañarnos?
Pasó una mujer hacia el fondo y
saludó. Él se mordió los labios.
—¿Amiga de su mujer? —preguntó
ella.
—Sí.
—Me gustaría que lo rezongaran.
Él eligió una galleta y la partió,
con el puño cerrado.
—Quisiera conocerla —dijo ella.
—¿A quién? ¿A esa que pasó?
—No. A su mujer.
Él sonrió. Por primera vez, los
músculos de la cara se le aflojaron.
—Amanda es buena. No tan linda como
usted, claro.
—No sea hipócrita. Yo sé como soy.
—Yo también sé como es.
Él mozo trajo el jamón. Miró a
ambos inquisidoramente y acarició la servilleta. “Gracias”, dijo él,
y el mozo se alejó.
—¿Cómo es estar casado? —preguntó
ella. Él tosió sin ganas, pero no dijo nada. Entonces ella se miró las
manos.
—Debía haberme lavado. Mire qué
mugre...
La mano de él se movió sobre el
mantel hasta posarse sobre la mancha.
—Ya no se ve más.
Ella se dedicó a mirar el plato y él
entonces retiró la mano.
—Siempre pensé que con usted me
sentiría cómoda —dijo la mujer—, que podría hablar sencillamente,
sin darle una imagen falsa, una especie de foto retocada.
—Y a otras personas, ¿les da esa
imagen falsa?
—Supongo que sí.
—Bueno, esto me favorece, ¿verdad?
—Supongo que sí.
Él se quedó con el tenedor a medio
camino. uego mordió el trocito de jamón.
—Prefiero la foto sin retoques.
—¿Para qué?
—Dice “¿para qué?” como si
sólo dijera “¿por qué?”, con el mismo tonito de inocencia.
Ella no dijo nada.
—Bueno, para verla —agregó él—.
Con esos retoques ya no sería usted.
—¿Y eso importa?
—Puede importar.
El mozo llevó los platos,
demorándose. El pidió agua mineral. “¿Con limón?” “Bueno, con
limón.”
—La quiere, ¿eh? —preguntó ella.
—¿A Amanda?
—Sí.
—Naturalmente. Son nueve años.
—No sea vulgar. ¿Qué tienen que
ver los años?
—Bueno, parece que usted también
cree que los años convierten el amor en costumbre.
—¿Y no es así?
—Es. Pero no significa un punto en
contra, como usted piensa.
Ella se sirvió agua mineral. Después
le sirvió a él.
—¿Qué sabe usted de lo que yo
pienso? Los hombres siempre se creen psicólogos, siempre están
descubriendo complejos. Él sonrió sobre el pan con manteca.
—No es un punto en contra —dijo—
porque el hábito también tiene su fuerza. Es muy importante para un
hombre que la mujer le planche las camisas como a él le gustan, o no le
eche al arroz más sal de la que conviene, o no se ponga guaranga a media
noche, justamente cuando uno la precisa.
Ella se pasó la servilleta por los
labios que tenía limpios.
—En cambio a usted le gusta ponerse
guarango al mediodía.
Él optó por reírse. El mozo se
acercó con los churrascos, recomendó que hicieran un tajito en la carne
a ver si estaba cruda, hizo un comentario sobre las papas fritas y se
retiró con una mueca que hacía quince años había sido sonrisa.
—Vamos, no se enoje —dijo él—.
Quise explicarle que el hábito vale por sí mismo, pero también influye
en la conciencia.
—¿Nada menos?
—Fíjese un poco. Si uno no es un
idiota, se da cuenta de que la costumbre conyugal lava de a poco el
interés.
—¡Oh!
—Que uno va tomando las cosas con
cierta desaprensión, que la novedad desaparece, en fin, que el amor se va
encasillando cada vez más en fechas, en gestos, en horarios.
—¿Y eso está mal?
—Realmente, no lo sé.
—¿Cómo? ¿Y la famosa conciencia?
—Ah, sí. A eso iba. Lo que pasa es
que usted me mira y me distrae.
—Bueno, le prometo mirar las papas
fritas.
—Quería decir que, en el fondo, uno
tiene noticias de esa mecanización, de ese automatismo. Uno sabe que una
mujer como usted, una mujer que es otra vez lo nuevo, tiene sobre la
esposa una ventaja en cierto modo desleal.
Ella dejó de comer y depositó
cuidadosamente los cubiertos sobre el plato.
—No me interprete mal —dijo él—.
La esposa es algo conocido, rigurosamente conocido. No hay aventura,
¿entiende? Otra mujer...
—Yo, por ejemplo.
—Otra mujer, aunque más adelante
esté condenada a caer en el hábito, tiene por ahora la ventaja de la
novedad. Uno vuelve a esperar con ansia cierta hora del día, cierta
puerta que se abre, cierto ómnibus que llega, cierto almuerzo en el
Centro. Bah, uno vuelve a sentirse joven, y eso, de vez en cuando, es
necesario.
—¿Y la conciencia?
—La conciencia aparece el día menos
pensado, cuando uno va a abrir la puerta de calle o cuando se está
afeitando y se mira distraídamente en el espejo. No sé si me entiende.
Primero se tiene una idea de cómo será la felicidad, pero después se
van aceptando correcciones a esa idea, y sólo cuando ha hecho todas las
correcciones posibles, uno se da cuenta de que se ha estado haciendo
trampas. “¿Algún postrecito?”, preguntó el mozo, misteriosamente
aparecido sobre la cabeza de la mujer. “Dos natillas a la española”,
dijo ella. Él no protestó. Esperó que el mozo se alejara, para seguir
hablando.
—Es igual a esos tipos que hacen
solitarios y se estafan a sí mismos. —Esa misma comparación me la hizo
el verano pasado, en La Floresta. Pero entonces la aplicaba a otra cosa.
Ella abrió la cartera, sacó el
espejito y se arregló el pelo.
—¿Quiere que le diga qué
impresión me causa su discurso?
—Bueno.
—Me parece un poco ridículo,
¿sabe?
—Es ridículo. De eso estoy seguro.
—Mire, no sería ridículo si usted
se lo dijera a sí mismo. Pero no olvide que me lo está diciendo a mi.
El mozo depositó sobre la mesa las
natillas a la española. Él pidió la cuenta con un gesto.
—Mire, Matilde —dijo—. Vamos a
no andar con rodeos. Usted sabe que me gusta mucho.
—¿Qué es esto? ¿Una declaración?
¿Un armisticio?
—Usted siempre lo supo, desde el
comienzo.
—Está bien, pero, ¿qué es lo que
supe?
—Que está en condiciones de
conseguirlo todo.
—Ah sí... ¿y quién es todo?
¿Usted?
Él se encogió de hombros, movió los
labios pero no dijo nada, después resopló más que suspiró, y agitó un
billete con la mano izquierda.
El mozo se acercó con la cuenta y fue
dejando el vuelto sobre el platillo, sin perderse ni un gesto, sin
descuidar ni una sola mirada. Recogió la propina, dijo “gracias” y se
alejó caminando hacia atrás.
—Estoy seguro de que usted no lo va
a hacer —dijo él—, pero si ahora me dijera “venga”, yo sé que
iría. Usted no lo va a hacer, porque lógicamente no quiere cargar con el
peso muerto de mi conciencia, y además, porque si lo hiciera no sería lo
que yo pienso que es.
Ella fue moviendo la mano manchada
hasta posarla tranquilamente sobre la de él. Lo miró fijo, como si
quisiera traspasarlo.
—No se preocupe —dijo, después de
un silencio, y retiró la mano—. Por lo visto usted lo sabe todo.
Se puso de pie y él la ayudó a
ponerse el abrigo. Cuando salían, el mozo hizo una ceremoniosa
inclinación de cabeza. Él la acompañó hasta la esquina. Durante un
rato estuvieron callados. Pero antes de subir al ómnibus, ella sonrió
con los labios apretados, y dijo: “Gracias por la comida.” Después se
fue.
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