Mario
Benedetti
(Paso de los Toros,
Departamento de Tacuarembó,
Uruguay, 14 de septiembre del 1920)
Corazonada
(Montevideanos, 1959)
Apreté dos veces el timbre y
enseguida supe que me iba a quedar. Heredé de mi padre, que en paz
descanse, estas corazonadas. La puerta tenía un gran barrote de bronce y
pensé que iba a ser bravo sacarle lustre. Después abrieron y me atendió
la ex, la que se iba. Tenía cara de caballo y cofia y delantal. “Vengo
por el aviso”, dije. “Ya lo sé”, gruñó ella y me dejó en el
zaguán, mirando las baldosas. Estudié las paredes y los zócalos, la
araña de ocho bombitas y una especie de cancel.
Después vino la señora,
impresionante. Sonrió como una Virgen pero sólo como. “Buenos días”.
“¿Su nombre?” “Celia”. “¿Celia qué?” “Celia Ramos”. Me
barrió de una mirada. La tipeja. “¿Referencias?” Dije tartamudeando
la primera estrofa: “Familia Suárez, Maldonado 1346, teléfono 90948.
Familia Borrello, Gabriel Pereira 3252, teléfono 413723. Escribano
Perrone, Larranaga 3362, sin teléfono”. Ningún gesto. “¿Motivos del
cese?” Segunda estrofa, más tranquila: “En el primer caso, mala
comida. En el segundo el hijo mayor. En el tercero, trabajo de mula”.
“Aquí”, dijo ella, “hay bastante que hacer”. “Me lo imagino“.
“Pero hay otra muchacha y además mi hija y yo ayudamos”. “Sí,
señora”. Me estudió de nuevo. Por primera vez me di cuenta de que de
tanto en tanto parpadeo. “¿Edad?” “Diecinueve”. “¿Tenés
novio?” “Tenía”. Subió las cejas. Aclaré por las dudas: ”Un
atrevido. Nos peleamos por eso.“ La vieja sonrió sin entregarse. “Así
me gusta. Quiero mucho juicio. Tengo un hijo mozo, así que nada de
sonrisitas ni mover el trasero”. Mucho juicio, mi especialidad. Sí
señora. “En casa y fuera de casa. No tolero porquerías. Y nada de
hijos naturales, ¿estamos?” “Sí, señora”. ¡Ula Marula! Después
de los tres primeros días me resigné a soportarla. Con todo, bastaba una
miradita de sus ojos saltones para que se me pusieran los nervios de
punta. Es que la vieja parecía verle a una hasta el hígado. No así la
hija, Estercita, veinticuatro años, una pituca de ocai y rumi que me
trataba como a otro mueble y estaba muy poco en casa. Y menos todavía el
patrón, don Celso, un bagre con lentes, más callado que el cine mudo,
con cara de malandra y ropa de Yrieart, a quien alguna vez encontré
mirándome los senos por encima de “Acción”. En cambio el joven Tito,
de veinte, no precisaba la excusa del diario para investigarme como cosa
suya. Juro que obedecí a la Señora en eso de no mover el trasero con
malas intenciones. Reconozco que el mío ha andado un poco dislocado, pero
la verdad es que se mueve de moto propio. Me han dicho que en Buenos Aires
hay un doctor japonés que arregla eso, pero mientras tanto no es posible
sofocar mi naturaleza. O sea que el muchacho se impresionó. Primero se le
iban los ojos, después me atropellaba en el corredor del fondo. De modo
que por obediencia a la Señora, y también, no voy a negarlo, pormigo
misma, lo tuve que frenar unas diecisiete veces, pero cuidándome de no
parecer demasiado asquerosa. Yo me entiendo. En cuanto al trabajo, la gran
siete. “Hay otra muchacha”, había dicho la Vieja. Es decir, había. A
mediados de mes ya estaba solita para todo rubro. “Yo y mi hija ayudamos”,
había agregado. A ensuciar los platos, cómo no. A quién va a ayudar la
Vieja, vamos, con esa bruta panza de tres papadas y esa metida con los
episodios. Que a mí me gustase Isolina o la Burgueño, vaya y pase y ni
así, pero que a ella, que se las tira de avispada y lee Selecciones y
Life en español, no me lo explico ni me lo explicaré. A quién va a
ayudar la niña Estercita, que se pasa reventándose los granos, jugando
al tenis en Carrasco y desparramando fichas en el Parque Hotel. Yo salgo a
mi padre en las corazonadas, de modo que cuando el tres de junio (fue San
Coño bendito) cayó en mis manos esa foto en que Estercita se está
bañando en cueros con el menor de los Gómez en no sé qué arroyo ni a
mí qué me importa, enseguida la guardé porque nunca se sabe. ¡A quién
van a ayudar! Todo el trabajo para mí y aguántate piola. ¿Qué tiene
entonces de raro que cuando Tito (el joven Tito, bah) se puso de ojos
vidriosos y cada día más ligero de manos, y le haya aplicado el sosegate
y que habláramos claro? Le dije con todas las letras que yo con esas no
iba, que el único tesoro que tenemos los pobres es la honradez y basta.
El se rió muy canchero y había empezado a decirme: “Ya verás, putita”,
cuando apareció la señora y nos miró como a cadáveres. El idiota bajó
los ojos y mutis por el forro. La Vieja puso entonces cara de al fin solos
y me encajó bruta trompada en la oreja,en tanto que me trataba de
comunista y de ramera. Y le dije: “Usted a mí no me pega, ¿sabe?” y
ahí nomás demostró lo contario. Peor para ella. Fues ese segundo golpe
el que cambió mi vida. Me callé la boca pero se la guardé. A la noche
le dije que a fin de mes me iba. Estábamos a veintitrés y yo precisaba
como el pan esos siete días. Sabía que don Celso tenía guardado un
papel gris en el cajón del medio de su escritorio. Yo lo había leído,
porque nunca se sabe. El veintiocho, a las dos de la tarde, sólo quedamos
en la casa la niña Estercita y yo. Ella se fue a sestear y yo a buscar el
papel gris. Era una carta de un tal Urquiza en la que le decía a mi
patrón frases como ésta: “Xx xxx x xx xxxx xxx xx xxxxx”.
La guardé en el mismo sobre que la
foto y el treinta me fui a una pensión decente y barata de la calle
Washington. A nadie le di mis señas, pero a un amigo de Tito no pude
negárselas. La espera duró tres días. Tito apareció una noche y yo le
recibí delante de doña Cata, que desde hace unos años dirige la
pensión. El se disculpó, trajo bombones y pidió autorización para
volver. No se la di. En lo que estuve bien porque desde entonces no faltó
una noche. Fuimos a menudo al cine y hasta me quiso arrastrar al Parque,
pero yo le apliqué el tratamiento del pudor. Una tarde quiso averiguar
directamente qué era lo que yo pretendía. Allí tuve una corazonada: “No
pretendo nada, porque lo que yo querría no puedo pretenderlo”.
Como esta era la primera cosa amable
que oía de mis labios se conmovió bastante, lo suficiente para meter la
pata: “¿Por qué?”, dijo a gritos, “si ese el el motivo, te prometo
que...” Entonces como si él hubiera dicho lo que no dijo le pregunté:
“vos sí... pero, ¿y tu familia?” “Mi familia soy yo”, dijo el
pobrecito.
Después de esa compadrada siguió
viniendo y con él llegaban flores, caramelos, revistas. Pero yo no
cambié. Y él lo sabía. Una tarde entró tan pálido que hasta doña
Cata hizo un comentario. No era para menos. Se lo había dicho al padre.
Don Celso había contestado: “Lo que faltaba”. Pero después se
ablandó. Un tipo pierna. Estercita se rió como dos años, pero a mí
qué me importa. En cambio la Vieja se puso verde. A Tito lo trató de
idiota, a don Celso de cero a la izquierda, a Estercita de inmoral y
tarada. Después dijo que nunca, nunca, nunca. Estuvo como tres horas
diciendo nunca. “Está como loca”, dijo el Tito, “no sé qué hacer”.
Pero yo sí sabía. Los sábados la Vieja está siempre sola, porque don
Celso se va a Punta del Este. Estercita juega al tenis y Tito sale con su
barrita de La Vascongada. O sea que a las siete me fui a un monedero y
llamé al nueve siete cero tres ocho. “Hola”, dijo ella. La misma voz
gangosa, impresionante. Estaría con su salto de cama verde, la cara
embadurnada, la toalla como turbante en la cabeza. “Habla Celia”, y
antes de que colgara: “No corte señora, le interesa”. Del otro lado
no dijeron ni mu. Pero escuchaban. Entonces le pregunté si estaba
enterada de una carta de papel gris que don Celso guardaba en su
escritorio. Silencio. “Bueno, la tengo yo”. Después le pregunté si
conocía una foto en que la niña Estercita aparecía bañándose con el
menor de los Gómez Taibo. Un minuto de silencio. “Bueno, también la
tengo yo”. Esperé por las dudas pero nada. Entonces dije: “piénselo
señora” y corté, fui yo la que corté, no ella. Se habrá quedado
mascando su bronca con la cara embadurnada y la toalla en la cabeza. Bien
hecho. A la semana llegó el Tito radiante y desde la puerta gritó: “¡La
vieja afloja! ¡La vieja afloja!” Claro que afloja. Estuve por dar los
hurras, pero con la emoción dejé que me besara. “No se opone pero
exige que no vengas a casa”. ¿Exige? ¡Las cosas que hay que oír!
Bueno, el veinticinco nos casamos (hoy hace dos meses), sin cura pero con
juez, en la mayor intimidad. Don Celso aportó un chequecito de mil y
Estercita me mandó un telegrama que —está mal que lo diga— me hizo
pensar a fondo: “No creas que salís ganando. Abrazos, Ester”.
En realidad, todo esto me vino a la
memoria, porque ayer me encontré en la tienda con la Vieja. Estuvimos
codo con codo, revolviendo saldos. De pronto me miró de refilón desde
abajo del velo. Y me hice cargo. Tenía dos caminos: o ignorarme o ponerme
en vereda.
Creo que prefirió el segundo y para
humillarme me trató de usted: “¿Qué tal, cómo le va?” Entonces
tuve una corazonada y agarrándome fuerte del paraguas de nailon, le
contesté tranquila: “Yo bien, ¿y usted, mamá?”
(1955)
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