Mario
Benedetti
(Paso de los Toros,
Departamento de Tacuarembó,
Uruguay, 14 de septiembre del 1920)
La noche de los feos
(La muerte y otras
sorpresas, 1968)
1.
Ambos somos feos. Ni siquiera
vulgarmente feos. Ella tiene un pómulo hundido. Desde los ocho años,
cuando le hicieron la operación. Mi asquerosa marca junto a la boca viene
de una quemadura feroz, ocurrida a comienzos de mi adolescencia.
Tampoco puede decirse que tengamos
ojos tiernos, esa suerte de faros de justificación por los que a veces
los horribles consiguen arrimarse a la belleza. No, de ningún modo. Tanto
los de ella como los míos son ojos de resentimiento, que sólo reflejan
la poca o ninguna resignación con que enfrentamos nuestro infortunio.
Quizá eso nos haya unido. Tal vez unido no sea la palabra más
apropiada. Me refiero al odio implacable que cada uno de nosotros siente
por su propio rostro.
Nos conocimos a la entrada del cine,
haciendo cola para ver en la pantalla a dos hermosos cualesquiera. Allí
fue donde por primera vez nos examinamos sin simpatía pero con oscura
solidaridad; allí fue donde registramos, ya desde la primera ojeada,
nuestras respectivas soledades. En la cola todos estaban de a dos, pero
además eran auténticas parejas: esposos, novios, amantes, abuelitos,
vaya uno a saber. Todos —de la mano o del brazo— tenían a alguien.
Sólo ella y yo teníamos las manos sueltas y crispadas.
Nos miramos las respectivas fealdades
con detenimiento, con insolencia, sin curiosidad. Recorrí la hendidura de
su pómulo con la garantía de desparpajo que me otorgaba mi mejilla
encogida. Ella no se sonrojó. Me gustó que fuera dura, que devolviera mi
inspección con una ojeada minuciosa a la zona lisa, brillante, sin barba,
de mi vieja quemadura.
Por fin entramos. Nos sentamos en
filas distintas, pero contiguas. Ella no podía mirarme, pero yo, aun en
la penumbra, podía distinguir su nuca de pelos rubios, su oreja fresca
bien formada. Era la oreja de su lado normal.
Durante una hora y cuarenta minutos
admiramos las respectivas bellezas del rudo héroe y la suave heroína.
Por lo menos yo he sido siempre capaz de admirar lo lindo. Mi
animadversión la reservo para mi rostro y a veces para Dios. También
para el rostro de otros feos, de otros espantajos. Quizá debería sentir
piedad, pero no puedo. La verdad es que son algo así como espejos. A
veces me pregunto qué suerte habría corrido el mito si Narciso hubiera
tenido un pómulo hundido, o el ácido le hubiera quemado la mejilla, o le
faltara media nariz, o tuviera una costura en la frente.
La esperé a la salida. Caminé unos
metros junto a ella, y luego le hablé. Cuando se detuvo y me miró, tuve
la impresión de que vacilaba. La invité a que charláramos un rato en un
café o una confitería. De pronto aceptó.
La confitería estaba llena, pero en
ese momento se desocupó una mesa. A medida que pasábamos entre la gente,
quedaban a nuestras espaldas las señas, los gestos de asombro. Mis
antenas están particularmente adiestradas para captar esa curiosidad
enfermiza, ese inconsciente sadismo de los que tienen un rostro corriente,
milagrosamente simétrico. Pero esta vez ni siquiera era necesaria mi
adiestrada intuición, ya que mis oídos alcanzaban para registrar
murmullos, tosecitas, falsas carrasperas. Un rostro horrible y aislado
tiene evidentemente su interés; pero dos fealdades juntas constituyen en
sí mismas un espectáculos mayor, poco menos que coordinado; algo que se
debe mirar en compañía, junto a uno (o una) de esos bien parecidos con
quienes merece compartirse el mundo.
Nos sentamos, pedimos dos helados, y
ella tuvo coraje (eso también me gustó) para sacar del bolso su espejito
y arreglarse el pelo. Su lindo pelo.
“¿Qué está pasando?”,
pregunté.
Ella guardó el espejo y sonrió. El
pozo de la mejilla cambió de forma.
“Un lugar común”, dijo. “Tal
para cual”.
Hablamos largamente. A la hora y media
hubo que pedir dos cafés para justificar la prolongada permanencia. De
pronto me di cuenta de que tanto ella como yo estábamos hablando con una
franqueza tan hiriente que amenazaba transpasar la sinceridad y
convertirse en un casi equivalente de la hipocresía. Decidí tirarme a
fondo.
“Usted se siente excluida del mundo,
¿verdad?”
“Sí”, dijo, todavía mirándome.
“Usted admira a los hermosos, a los
normales. Usted quisiera tener un rostro tan equilibrado como esa
muchachita que está a su derecha, a pesar de que usted es inteligente, y
ella, a juzgar por su risa, irremisiblemente estúpida.”
“Sí.”
Por primera vez no pudo sostener mi
mirada.
“Yo también quisiera eso. Pero hay
una posibilidad, ¿sabe?, de que usted y yo lleguemos a algo.”
“¿Algo como qué?”
“Como querernos, caramba. O
simplemente congeniar. Llámele como quiera, pero hay una posibilidad.”
Ella frunció el ceño. No quería
concebir esperanzas.
“Prométame no tomarme como un
chiflado.”
“Prometo.”
“La posibilidad es meternos en la
noche. En la noche íntegra. En lo oscuro total. ¿Me entiende?”
“No.”
“¡Tiene que entenderme! Lo oscuro
total. Donde usted no me vea, donde yo no la vea. Su cuerpo es lindo, ¿no
lo sabía?”
Se sonrojó, y la hendidura de la
mejilla se volvió súbitamente escarlata.
“Vivo solo, en un apartamento, y
queda cerca.”
Levantó la cabeza y ahora sí me
miró preguntándome, averiguando sobre mí, tratando desesperadamente de
llegar a un diagnóstico.
“Vamos”, dijo.
2.
No
sólo apagué la luz sino que además corrí la doble cortina. A mi lado
ella respiraba. Y no era una respiración afanosa. No quiso que la ayudara
a desvestirse.
Yo no veía nada, nada. Pero igual
pude darme cuenta que ahora estaba inmóvil, a la espera. Estiré
cautelosamente una mano, hasta hallar su pecho. Mi tacto me transmitió
una versión estuimulante, poderosa. Así vi su vientre, su sexo. Sus
manos también me vieron.
En ese instante comprendí que debía
arrancarme ( y arrancarla) de aquella mentira que yo mismo había
fabricado. O intentado fabricar. Fue como un relámpago. No éramos eso.
No éramos eso.
Tube que recurrir a todas mis reservas
de coraje, pero lo hice. Mi mano ascendió lentamente hasta su rostro,
encontró el surco de horror, y empezó una lenta, convincente y
convencida caricia. En realidad mis dedos ( al principio un poco
temblorosos, luego progresivamente serenos) pasaron muchas veces sobre sus
lágrimas.
Entonces, cuando yo menos lo esperaba,
su mano también llegó a mi cara, y pasó y repasó el costurón y el
pellejo liso, esa isla sin barba de mi marca siniestra.
Lloramos hasta el alba. Desgraciados,
felices. Luego me levanté y descorrí la cortina doble.
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