Adolfo Bioy Casares
(Buenos Aires, 1914-1999)
Un perro que se llamaba Dos (1967)
El gran Serafín
(Buenos Aires: Emecé, 1967, 190 págs.)
De nuevo nos habíamos reunido los muchachos. Qué error, qué recíproco testimonio de la desolada realidad del tiempo. Hojeábamos un viejo número de Plan, la efímera revista en cuyas páginas algunos de nosotros, acaso los más, publicamos el primer cuento o el primer poema, y alguien dijo que al leer las firmas de los colaboradores inevitablemente pensaba en el destino. Sin duda los nombres reunidos en ese pliego amarillento recordaban a un exaltado grupo de arrogantes y alegres expositores de teorías, todos grandes escritores futuros, que vistos a la dura luz de una perspectiva de treinta años. .. Yo vivo en el presente, sin conjurar la idea del destino. ¿Quién está satisfecho? Sobre todo ¿quién está seguro? Ahora hablaban del olvidado Enriquito Argüelio, irreductible en su promesa de un poema para el próximo número; si mal no recuerdo, por aquel entonces tenía en preparación algunos tratados críticos que dejarían aclarado el fenómeno literario, amén de tres o cuatro novelas. ¿Todavía trabaja en el archivo de Tribunales o ha muerto? Las preguntas quedaron sin contestación. Leían un poema de Martín Campbell. En ese grupo de teorizadores —la gente joven es así, no se conforma con la práctica, quiere conocer la causa de las cosas, encontrar el sistema que explique el Universo y aun el arte —Campbell se distinguía por la seriedad del pensamiento. Sus ojos duros y extrañamente inmóviles, eran de un celeste glacial; imagino que en esa luz ardía su apasionado intelecto. Dios mío, habían pedido otra lectura. No pude menos que oír:
Ande.
Lomos pardos
quieto tropel entreverado para el ojo del hombre fugaz.
En otra escala
que a la eternidad accede
esa música para titanes
se descongela
en raudo tropel entreverado
de lomos pardos.
Ande.
Cuando el autor, hace treinta años, me leyó los versos por primera vez, tuve la misma absurda duda. ¿Ande era imperativo del verbo andar? No: Ande, el Ande, por los Andes y pensé que una alquimia incalculable interviene en el momento en que nuestros amigos quedan solos en su cuarto y escriben. El conocimiento del hombre no permite la previsión de su literatura. Estoy seguro de que toda palabra en el poema que nos habían leído estaba justificada por una teoría lúcida y delicada.
Un tal Silva, el Flaco Silva, habló de otro aspecto de la mente de Campbell, la preocupación religiosa, y recordó dos frases de nuestro amigo, una de su artículo Extraña conducta (Plan, N-° 3): “El mundo supone a Dios, pero se conduce como si no lo conociera”, y otra formulada oralmente en diversas ocasiones: “Para creer en el más allá pido un solo milagro humilde”. Pregunté a Silva: “¿Qué fue de Campbell?”. Un instante de reflexión me llevó al descubrimiento de una circunstancia curiosa: Campbell, el más afable de los hombres, carecía de amigos (de lo que se llama verdaderos amigos). Ocupado en pensar, tal vez no tuviera tiempo para conversaciones. ¿No dijo una vez Enriquito Argüello que las conversaciones debilitan la voluntad y los nervios, y que él se administraba, como tónico para el carácter, dos cuartos de hora por día de absoluta soledad? Según el Flaco Silva —nadie, entre nosotros, lo conoció mejor— Campbell era totalmente honesto, creía en sus teorías, no vacilaba en aplicarlas con literalidad (de genio o de insensato). En aquella época estaba todavía a la disposición de cualquier idea. Tenía apenas veinte años y había despertado tarde a la pasión de los libros. Lo que dijo Argüello sobre la virtud de la soledad marcó su destino. En contestación a mi pregunta, Silva refirió que para consagrarse a la obra nuestro amigo se fue al campo. ¿En qué consistía la obra? ¿En la redacción de uno o varios volúmenes, en la concepción de una doctrina o en el cultivo de la mente? No lo averiguó Silva, aunque la noche antes de la partida de Campbell conversó con él y volvió a conversar el año pasado, otra noche, en un ómnibus. Viajaba desde Olavarría, y en el cruce del camino a Rauch subió en el ómnibus un viejo encorvado, de cara roja y pelo blanco, de tez áspera y rugosa como corteza de árbol: Campbell, reconocible, tal vez por los ojitos celestes, muy quietos. En resumen tales conversaciones eran la historia de un Robinson que tuvo por isla una arboleda, un exiguo monte perdido en los campos del sur. Esa historia y algo más.
Dijo Campbell que su casa —la rodeaban unos veinte eucaliptos y casuarinas y algún frutal —quedaba sobre el arroyo Los Huesos, no lejos de Rauch. No lejos era una manera de decir. O quizá, contado en leguas, el interminable trayecto no pareciera tan largo. El campo, El Escondido, era una fracción de La Infiel, que se vendió en lotes. Dentro de La Infiel no había, caminos, apenas huellas, continuamente interrumpidas por tranqueras de alambre; afuera, los caminos de tierra a Rauch y a Cacharí, durante los meses de invierno se volvían intransitables.
Antes de instalarse en El Escondido, pasó quince días en el hotel de Rauch. En la feria compró una majada; en la liquidación de una estancia, del otro lado del arroyo, compró vacas, una tropilla —un oscuro de andar, llamado Arzobispo, una yunta de tiro— un vagoncito, aperos. Paisanos mal entrazados, en quienes confió, porque no le quedaba alternativa (se mostraba seguro, ocultaba la inexperiencia) le llevaron la hacienda; él trasladó sus cosas en dos o tres viajes con el vagoncito. Por fin una tarde concluyó el último viaje: estaba en su casa, más o menos instalado, solo. Desde ese momento prescindió de peones y demás ayudantes. Contaba únicamente con sus manos, con su energía, con su ingenio.
He aquí mis manos, que no trabajaron,
He aquí mi sangre, que no derramé.
Nada le resultó fácil. Si había dos grupos de hombres, el de los que hacen y el de los que usan los que otros hacen, él correspondía al segundo. Media mañana le llevó el caballo en el corral; un paso daba Campbell hacia el oscuro, que no se movía; otro paso, y el oscuro se alejaba rápidamente. “Mi comida me dio más trabajo“ dijo. Estuvo tentado de servirse el trozo de la vaca viva, como los abisinios. La hija del hotelero de Rauch le había explicado el arte: para carnear ovejas hay que buscar en la garganta la “degolladura”, cortar primero a lo ancho, después profundamente; para cuerear, se cuelga de una pata el animal y como guante se saca el cuero “formando bolsa”, para que los pelos de lana no se mezclen con la sangre. ¿Por que resultaría imposible lo ejecutado sin dificultad por la hija del hotelero, muchacha en quien no había advertido ningún poder extraordinario? Sin embargo, junto a la oveja maneada, que lo miraba como queriendo hablar, quedó un rato inhibido. Aseguró Campbell que estuvo a punto de renunciar a todo y volver a Buenos Aires. Mató al fin y conquistó el mayor triunfo: comió la carne de ese animal de tan detallados recuerdos.
Hubo que sobreponerse a otras dificultades, “cumplir más de una tarea sencilla para cualquier peón o cocinero que se cae de viejo”, lo que no sólo constituía una disciplina favorable para el carácter, sino una meta fuera de alcance. A él, que se creyó hombre fuerte, ¡cuántas veces lo derrotó la dureza de la tierra, de la madera, del hierro!
Silva preguntó:
—Pero algún buen recuerdo guardarás.
—No —contestó Campbell—. O a lo mejor, sí. El de un perrito. El perrito que me regaló la hija del hotelero.
Animado, porque hablaría de mujeres, preguntó Silva:
—Yo creo que le gustabas.
—Tal vez —admitió Campbell.
—¿Cómo era?
—Una muchacha como tantas otras. No me fijé en ella. No puedo describirla.
Después, conmigo, comentó Silva: “Vivieron bajo el mismo techo y no la ha visto. Yo a la gente así no la entiendo”.
La muchacha le regaló el perro para que lo ayudara con la majada. El animal, excelente compañero y muy útil, era chico/ peludo, de raza indefinida, con manchas en la máscara que dibujaban anteojos. “La chica del hotelero lo llamó Dos, porque yo era uno y en el Escondido no habría otro” refirió Campbell.
También dijo: “El hombre que deja la sociedad y se va al campo para entregarse al pensamiento, pronto descubre, si no se duerme del todo, que cambió unas distracciones por otras y que el pensamiento sigue postergado. En la vida no se corta camino, porque la vida es camino y, mientras dura, no hay llegada”. A él no le alcanzó nunca el tiempo para la meditación; desde luego pensaba, pero en trabajos hechos y en trabajos por hacer. “Visto de cerca, el campo es una fábrica de pasto y carne. Yo quería salvar el intelecto, reservarlo para la filosofía, pero cuestiones inmediatas reclamaban la atención. Lo que es peor” agregó “me interesaban. Todavía no aprendí a retacear la atención. La doy entera o no la doy”.
En aquellos primeros años de soledad, todas las tardes Campbell pasaba revista a las tareas cumplidas y planeaba las futuras. Como otros solitarios, hablaba solo; completamente solo no, ya que sentado en un banco de pinotea lo acompañaba Dos. Por el caprichoso dibujo
del pelaje, el perrito parecía un atento interlocutor con anteojos. Campbell enumeraba los trabajos y los discutía con él (consigo, si prefieren; pero palabras, ademanes y miradas se dirigían al perro).
—Mañana pasamos los terneros a la avena. Siempre hay que dar verde. Que las vacas coman el potrero del arroyo.
Poco a poco las intervenciones del perrito en la conversación fueron más frecuentes. El monólogo alcanzó características de diálogo (modesto y sui generis, principalmente al principio). Ladridos y algún sonido rudimentario, no demasiado diferente de aquellos, confirmaban las decisiones del amo. Con el tiempo —“¡El coraje del pergenio!” comentó Campbell— Dos llegó también a disentir. Esto empezó por un mero cambio de tono, por un matiz cortante, pero no colérico ni irritado, que se manifestaba en series de ladridos breves. La transición de lo simple a lo complejo se diluyó a lo largo de tantas tardes que no hubo sorpresas, y Campbell aseguró que era incapaz de precisar retrospectivamente el momento en que el perrito pasó de algún monosílabo a palabras de mayor extensión, articuladas en frases. Ponderó Campbell: “Aunque no me creas, valoro esos diálogos. Un razonamiento que reputamos claro, suele aparecer confuso y hasta incorrecto, si lo exponemos en voz alta, a un interlocutor”. Nueve años después, cuando murió el perro, Campbell lo echó de menos y no quiso reemplazarlo por otro.
“Volví a estar solo” dijo. “Solo en el campo. ¡El campo argentino! Un desierto, como lo llama el Martín Fierro, pero con pasto, hoy en día con gente cerca, sin aventuras ni fieras, con soles, lluvias, fríos, terragales, pronta vejez y muerte para el hombre que ya tiene la espalda quebrada por el trabajo y el estómago arruinado por el agua dura. No me dejé conquistar, ni siquiera por la satisfacción de haber triunfado. Vine a pensar y me convertí en un paisano rico, cargado de rencor por la vida que eligió”.
—Pero —protestó Silva— ¿no recuerdas? Pedías un pequeño milagro...
—Bueno —contestó Campbell—. Que yo viva de nuevo. Te prometo que no salgo de la ciudad, aunque extrañe momentos del atardecer en que me entra una inexplicable alegría de encontrarme solo en un paraje tan grande.
Hablaba con fanática mansedumbre.
—Hasta pronto —dijo, y sonriendo con modestia se levantó.
—¿Bajas aquí? —preguntó Silva.
—He llegado.
Habían llegado a la avenida General Paz. Campbell bajó del ómnibus. Cuando venía a la ciudad, no pasaba de la periferia. Era ese un rasgo típico, dijo Silva, de la gente de campo, de aquella época. A lo mejor se detenían ahí, para no perderse en Buenos Aires. Los que llegaban en tren no se alejaban de la plaza de la estación, de modo que usted los veía de bombachas y botas, en las inmediaciones de algún hotel del barrio, Los Vascos u otro parecido. Este recelo ante la ciudad sorprende un poco en Martín Campbell, que reclamaba un segundo milagro, para vivir de nuevo y no salir de ella. En el supuesto de que se lo otorgaran ¿lo aprovecharía? ¿Siquiera lo notaría? Vaya uno a saberlo, porque el mundo es tan abundante que nadie tiene ojos para todo
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