Roberto Bolaño
(Santiago,
Chile, 1953 - Barcelona, 2003)
Últimos atardeceres en la tierra
(Putas
asesinas, 2001)
La situación es
ésta: B y el padre de B salen de vacaciones a
Acapulco. Parten muv temprano, a las seis de la
mañana Esa noche, B duerme en casa de su padre. No
tiene sueños o si los tiene los olvida nada más
abrir los ojos. Oye a su padre en el baño. Mira por
la ventana, aún está oscuro. B no enciende la luz
y se viste. Cuando sale de su habitación su padre
está sentado a la mesa, leyendo un periódico de-
portivo del día anterior y el desayuno está hecho.
Café y huevos a la ranchera. B saluda a su padre y
entra en el baño.
El coche del
padre de B es un Ford Mustang del 70. A las seis y
media de la mañana suben al coche y comienzan a
salir de la Ciudad. La ciudad es México Distrito
Federal, y el año en que B y su padre abandonan el
DF por unas cortas vacaciones es el año de 1975. El
viaje es, en líneas generales, plácido. Al salir
del DF, ambos, padre e hijo, tienen frío, pero
cuando abandonan el valle y comienzan a bajar en
dirección a las tierras calientes del estado de
Guerrero, el calor se impone y tienen que quitarse
los suéters y abrir las ventanillas. El paisaje, al
principio, ocupa toda la atención de B, que tiende
a la melancolía, pero al cabo de las horas las
montañas y los bosques se hacen monótonos y B
prefiere dedicarse leer un libro de poesía.
Antes de llegar
a Acapulco el padre de B detiene el coche delante de
un tenderete de la carretera. En el tenderete
ofrecen iguanas. ¿Las probamos?, dice el padre de
B. Las iguanas están vivas y apenas se mueven
cuando el padre de B se acerca a mirarlas. B lo
observa apoyado en el guardabarros del Mustang. Sin
esperar respuesta, el padre de B pide una ración de
iguana para él y para su hijo. Sólo entonces B se
mueve. Se acerca al comedor al aire libre, cuatro
mesas y un toldo que el viento escaso apenas agita,
y se sienta en la mesa más alejada de la carretera.
Para beber, el padre de B pide cervezas. Los dos
llevan las camisas arremangadas y desabotonadas. Los
dos llevan camisas de colores claros. El hombre que
los atiende, por el contrario, lleva una camiseta
negra de manga larga y el calor no parece afectarlo.
¿Van a
Acapulco?, dice el hombre. El padre de B asiente.
Ellos son los únicos clientes del tenderete. Por la
carretera brillante los coches pasan y no se
detienen. El padre de B se levanta y se dirige hacia
la parte de atrás. Por un momento B cree que su
padre va a orinar, pero pronto se da cuenta de que
se ha metido en la cocina para observar cómo
cocinan la iguana. El hombre lo sigue en silencio. B
los oye hablar. Primero habla su padre, después la
voz del hombre y por último una voz de mujer a la
que B no ha visto. B tiene la frente perlada de
sudor. Sus gafas están mojadas y sucias. Se las
quita y las limpia con el borde de la camisa. Cuando
vuelve a ponerse las gafas observa a su padre que lo
está mirando desde la cocina. En realidad, sólo ve
la cara de su padre y parte de su hombro, el resto
queda oculto por una cortina roja con lunares
negros, una cortina que a B, por momentos, le parece
que no sólo separa la cocina del comedor sino un
tiempo de otro tiempo.
Entonces B
desvía la mirada y vuelve a su libro, que permanece
abierto sobre la mesa. Es un libro de poesía. Una
antología de surrealistas franceses traducida al
español por Aldo Pellegrini, surrealista argentino.
Desde hace dos días B está leyendo este libro. Le
gusta. Le gustan las fotos de los poetas. La foto de
Unik, la de Desnos, la de Artaud, la de Crevel. El
libro es voluminoso y está forrado con un plástico
transparente. No es B quien lo ha forrado (B nunca
forra sus libros) sino un amigo particularmente
puntilloso. Así que B desvía la mirada, abre su
libro al azar y encuentra a Gui Rosey, la foto de
Gui Rosey, sus poemas, y cuando vuelve a levantar la
mirada la cabeza de su padre ya no está.
El calor es
sofocante. De buena gana B volvería al DF, pero no
va a volver, al menos no ahora, eso lo sabe. Poco
después su padre está sentado junto a él y ambos
comen iguana con salsa picante y beben más cerveza.
El hombre de la camiseta negra ha encendido una
radio de transistores y ahora una música vagamente
tropical se mezcla con el ruido del bosque y con el
ruido de los coches que pasan por la carretera. La
iguana sabe a pollo. Es más chiclosa que el pollo,
dice B no muy convencido. Es sabrosa, dice su padre
y pide otra ración. Toman café de olla. Los platos
de iguana se los ha servido el hombre de la camiseta
negra, pero el café lo trae la mujer de la cocina.
Es joven, casi tan joven como B, y va vestida con
shorts blancos y una blusa amarilla con estampado de
flores blancas, unas flores que B no reconoce y que
tal vez no existen. Cuando están tomando café, B
se siente descompuesto, pero no dice nada. Fuma y
mira el toldo que apenas se mueve, como si un
delgado hilo de agua permaneciera allí desde la
última tormenta. Pero eso no puede ser, piensa B.
¿Qué miras?, dice su padre. El toldo, dice B. Es
como una vena. Esto último B no lo dice, sólo lo
piensa.
Al atardecer
llegan a Acapulco. Durante un rato vagan por las
avenidas cercanas al mar. Las ventanillas del coche
están bajadas y la brisa les revuelve el pelo. Se
detienen en un bar y entran a beber. Esta vez el
padre de B pide tequila. B se lo piensa un momento.
También pide tequila. El bar es moderno y tiene
aire acondicionado. El padre de B conversa con el
camarero, le pregunta por hoteles cercanos a la
playa. Cuando vuelven al Mustang ya se ven algunas
estrellas y el padre de B parece, por primera vez en
lo que va de día, cansado. Sin embargo aún
recorren un par de hoteles que, por un motivo u
otro, no les satisfacen, antes de dar con el
elegido. El hotel se llama La Brisa y es pequeño,
tiene piscina y está a cuatro pasos de la playa. Al
padre de B le gusta el hotel. A B también le gusta.
Como es temporada baja, está casi vacío y los
precios resultan asequibles. La habitación que les
asignan tiene dos camas individuales y un pequeño
baño con ducha; la única ventana da al patio del
hotel, en donde está la piscina, y no al mar como
era el deseo del padre de B. La ventilación, no
tardan en descubrirlo, no funciona. Pero la
habitación es bastante fresca y no protestan. Así
que se instalan, deshacen cada uno su maleta, meten
la ropa en los armarios, B deja sus libros sobre el
velador, se cambian de camisa, el padre de B se da
una ducha de agua fría, B sólo se lava la cara y
cuando han terminado salen a cenar.
En la recepción
del hotel encuentran a un tipo bajito y con dientes
de conejo. Es joven y parece simpático, les
recomienda un restaurante cercano al hotel. El padre
de B le pregunta por algún sitio animado. B
entiende a lo que se refiere su padre. El
recepcionista no lo entiende. Un sitio con acción,
dice el padre de B. Un lugar donde se puedan
encontrar muchachas, dice B. Ah, dice el
recepcionista. Durante un instante B y su padre
permanecen inmóviles, sin hablar. El recepcionista
se agacha, desaparece debajo del mostrador y luego
vuelve a aparecer con una tarjeta que le tiende al
padre de B. Este la mira, pregunta si el
establecimiento es de confianza, y después extrae
de la billetera un billete que el recepcionista coge
al vuelo.
Pero esa noche,
después de cenar, vuelven directos al hotel.
Al día
siguiente B despierta muy temprano. Sin hacer ruido
se ducha, se lava los dientes, se pone el traje de
baño y abandona la habitación. En el comedor del
hotel no hay nadie, por lo que B decide desayunar
afuera. La calle del hotel baja perpendicularmente
hacia la playa. Allí sólo hay un adolescente que
alquila tablas. B le pregunta el precio por una
hora. El adolescente dice una cifra que a B le
parece razonable, así que alquila una tabla y se
mete en el mar. Enfrente de la playa hay una
pequeña isla y hacia allí dirige B su
embarcación. Al principio le cuesta un poco, pero
no tarda en dominarla. El mar, a esa hora, es
cristalino y antes de llegar a la isla B cree ver
peces rojos bajo su tabla, peces de unos cincuenta
centímetros de longitud que se dirigen hacia la
playa mientras él rema hacia la isla.
El trayecto
entre la playa y la isla dura exactamente quince
minutos. B no lo sabe, pues no tiene reloj, y el
tiempo se le alarga. La travesía entre la playa y
la isla le parece que dura una eternidad. Y justo
antes de llegar unas olas imprevistas dificultan su
aproximación a la playa, una playa que puede
apreciar de arena muy distinta a la playa del hotel,
pues en aquélla la arena, tal vez por la hora
(aunque B no lo cree así), era de un color de tonos
dorados y marrones y la de la isla es una arena
blanca, refulgente, tanto que hace daño mirarla
mucho rato.
Entonces B deja
de remar y se queda quieto, a merced del oleaje, y
las olas comienzan a alejarlo paulatinamente de la
isla. Cuando por fin reacciona, la tabla ha
retrocedido y está otra vez a medio camino.
Después de calcular las distancias, B opta por
regresar. Esta vez la singladura transcurre
plácidamente. Al llegar a la playa, el muchacho que
alquila las tablas se le acerca y le pregunta si ha
tenido algún problema. Ninguno, dice B. Una hora
más tarde, sin haber desayunado, B regresa al hotel
y encuentra a su padre sentado en el comedor, con
una taza de café y un plato en donde aún quedan
restos de tostadas y huevos.
Las horas
siguientes son confusas. Vagabundean, observan a la
gente desde el interior del coche, a veces bajan y
se toman un refresco o un helado. Esa tarde, en la
playa, mientras su padre duerme estirado en una
tumbona, B lee otra vez los poemas de Gui Rosey y la
breve historia de su vida o de su muerte.
Un dia un grupo
de surrealistas llegan al sur de Francia. Intentan
obtener el visado para viajar a los Estados Unidos.
El norte y el oeste están ocupados por los
alemanes. El sur está bajo la égida de Pétain. El
consulado norteamericano dilata la decisión día
tras día. En el grupo de surrealistas está Breton,
está Tristán Tzara, está Péret, pero también
hay otros que son menos importantes. A este grupo
pertenece Gui Rosey . Su foto es la foto de un Poeta
menor, piensa B. Es feo, es atildado, parece un
oscuro funcionario de ministerio o un empleado de
banca. Hasta aquí, pese a las disonancias, todo
normal, piensa B. El grupo de surrealistas se reúne
cada tarde en un café cerca del puerto. Hacen
planes, conversan, Rosey no falta a ninguna cita. Un
día, sin embargo (un atardecer, intuye B), Rosey
desaparece. Al principio, nadie lo echa de menos. Es
un poeta menor y los poetas menores pasan
inadvertidos. Al cabo de los días, no obstante,
comienzan a buscarlo. En la pensión en donde vivía
no saben nada de él, sus maletas, sus libros,
están allí, nadie los ha tocado, Por lo que
resulta impensable que Rosey se haya marchado sin
pagar, una práctica común, por otra parte, en
ciertas pensiones de la Costa Azul. Sus amigos lo
buscan. Recorren hospitales y retenes de la
gendarmería. Nadie sabe nada de él. Un día llegan
los visados y la mayoría de ellos coge un barco y
salen para los Estados Unidos. Los que se quedan,
aquellos que no van a tener visado nunca, pronto
olvidan a Rosey, olvidan su desaparición ocupados
en ponerse a salvo a sí mismos en unos años en
donde las desapariciones masivas y los crímenes
masivos son una constante.
De noche,
después de cenar en el hotel, el padre de B propone
ir a visitar un lugar en donde haya acción. B mira
a su padre. Es rubio (B es moreno), tiene los ojos
grises y aún es fuerte. Parece feliz y dispuesto a
pasarlo bien. ¿Acción de qué tipo? dice B, que
sabe perfectamente a lo que se refiere su padre. La
de siempre, dice el padre de B. Trago y mujeres.
Durante un rato B permanece en silencio, como si
cavilara una respuesta. Su padre lo mira. Se diría
que en esa mirada hay expectación, pero en
real¡dad sólo hay cariño. Finalmente B dice que
no tiene ganas de hacer el amor con nadie. No se
trata de ir a echar un polvo, dice su padre, sino de
ir y mirar y tomar y departir con los amigos. ¿Con
qué amigos, dice B, si aquí no conocemos a nadie?
Uno siempre hace amigos en los picaderos, dice su
padre. La palabra picadero hace que B piense en
caballos. Cuando tenía siete años su padre le
compró un caballo. ¿De dónde era mi caballo?,
dice B. Su padre, que no sabe de qué habla, se
sobresalta. ¿Qué caballo?, dice. El que me
compraste cuando yo era chico, dice B, en Chile. Ah,
el Zafarrancho, dice su padre y sonríe. Era un
caballo chilote, de Chiloé, dice, y tras pensar un
instante vuelve a hablar de los burdeles. Por su
manera de evocarlos, se diría que habla de salas de
baile, piensa B. Pero luego ambos se quedan
callados.
Esa noche no van
a ninguna parte.
Mientras su
padre duerme, B se va a leer a la terraza del hotel,
junto a la piscina. No hay nadie más que él. La
terraza está limpia y vacía. Desde su mesa B puede
observar una parte de la recepción, en donde el
recepcionista de la noche anterior lee algo o hace
cuentas, de pie sobre el mostrador. B lee a los
surrealistas franceses, lee a Gui Rosey. Y la verdad
es que Rosey no le parece interesante. Le gusta
Desnos, le gusta Eluard, mucho más que Rosey,
aunque al final siempre vuelve a los poemas de éste
y a contemplar su fotografía, una foto de estudio
en donde Rosey aparece como un ser sufriente y
solitario, con los ojos grandes y vidriosos, y una
corbata oscura que parece estrangularlo.
Seguramente se
suicidó, piensa B. Supo que no iba a obtener jamás
el visado para los Estados Unidos o para México y
decidió acabar sus días allí. Imagina o trata de
imaginar una ciudad costera del sur de Francia. B
aún no ha estado nunca en Europa. Ha recorrido casi
toda Latinoamérica, pero en Europa aún no ha
puesto los pies. Así que su imagen de una ciudad
mediterránea está condicionada directamente por su
imagen de Acapulco. Calor, un hotel pequeño y
barato, playas de arenas doradas y playas de arenas
blancas. Y ruidos lejanos de música. B no sabe que
falta en su imagen un ruido o un rumor determinante:
el de las jarcias de las pequeñas embarcaciones que
suelen amarrar en todas las ciudades costeras. Sobre
todo en las pequeñas: el ruido de las jarcias en la
noche, aunque el mar esté liso como un plato de
sopa.
De pronto
alguien más entra en la terraza. Es una silueta
femenina que toma asiento en la mesa más retirada,
en una esquina, junto a dos grandes jarrones de pie.
Al poco rato, el recepcionista se acerca a la mujer
con una bebida. Después, en lugar de regresar a la
recepción, el recepcionista se aproxima a B, que
está sentado al borde de la piscina y le pregunta
qué tal lo están pasando su padre y él. Muy bien,
dice B. ¿Les gusta Acapulco?, pregunta el
recepcionista. Mucho, dice B. ¿Qué tal el San
Diego?, pregunta el recepcionista. B no entiende la
pregunta. ¿El San Diego? Por un instante cree que
le está preguntando por el hotel, pero de inmediato
recuerda que el hotel no se llama así. ¿Qué San
Diego?, dice B. El recepcionista sonríe. El club de
putas, dice. Entonces B recuerda la tarjeta que el
recepcionista le dio a su padre. Aún no hemos ido,
dice. Es un sitio de confianza, dice el
recepcionista. B mueve la cabeza en un gesto que
podría ser interpretado de muchas maneras. Está en
la avenida Constituyentes, dice el recepcionista. En
esa misma avenida hay otro club, el Ramada, que no
es de fiar. El Ramada, dice B, mientras observa la
silueta femenina inmóvil en el rincón de la
terraza, en medio de los enormes jarrones cuya
sombra se alarga y adelgaza hasta perderse debajo de
las mesas vecinas, el vaso con la bebida en la mesa,
aparentemente intacto. Al Ramada es mejor que no
vayan, dice el recepcionista. ¿Por qué?, dice B
por decir algo, en realidad él no tiene intención
de ir a ninguno de los dos clubes. No es de
confianza, dice el recepcionista y sus dientes de
conejo, blanquísimos, brillan en la semipenurnbra
que se ha apoderado repentinamente de toda la
terraza, como si alguien desde la recepción hubiera
apagado la mitad de las luces.
Cuando el
recepcionista se va, B vuelve a abrir el libro de
poesía, pero las palabras ya son ilegibles, así
que deja el libro abierto sobre la mesa y cierra los
ojos y no oye el rumor de las jarcias sino un ruido
atmosférico, de enormes capas de aire caliente que
descienden sobre el hotel y sobre los árboles que
rodean el hotel. Tiene ganas de meterse en la
piscina. Por un instante cree que podría hacerlo.
Entonces la
mujer del rincón se levanta y comienza a caminar en
dirección a las escalinatas que unen la terraza con
la recepción, aunque a medio camino se detiene,
como si se sintiera mal, una mano apoyada en un
cantero en donde ya no hay flores sino maleza. B la
observa. La mujer lleva un vestido claro, holgado,
de tela ligera, con un amplio escote que deja
desnudos sus hombros. B cree que la mujer seguirá
su camino, pero ella no se mueve, la mano fija en el
cantero, la mirada baja, y entonces B se levanta,
con el libro en la mano, y se acerca. Su primera
sorpresa se produce al observar su rostro. La mujer
debe tener, calcula B, unos sesenta años, aunque
él, de lejos, no le hubiera echado más de treinta.
Es norteamericana y cuando B se le aproxima levanta
la vista y le sonríe. Buenas noches, dice ella un
tanto incongruentemente. ¿Le sucede algo?, dice B.
La mujer no entiende sus palabras y B tiene que
repetírselas, pero esta vez en inglés. Sólo estoy
pensando en algo, dice la mujer sin dejar de
sonreírle. B reflexiona durante unos segundos en lo
que la mujer le acaba de decir. Pensando en algo. Y
de pronto percibe en esa declaración una amenaza.
Algo que se acerca por el lado del mar. Algo que
avanza arrastrado por las nubes oscuras que cruzan
invisibles la bahía de Acapulco. Pero no se mueve
ni hace el más mínimo ademán de romper el encanto
en el que se siente sujeto. y entonces la mujer mira
el libro que cuelga de la mano izquierda de B y le
pregunta qué es lo que lee y B dice: poesía. Leo
poemas. Y la mujer lo mira a los ojos, siempre con
la misma sonrisa en la cara (una sonrisa que es
reluciente y ajada al mismo tiempo, piensa B cada
vez más nervioso) y le dice que a ella, en otro
tiempo, le gustaba la poesía. ¿Qué poetas?, dice
B sin mover un sólo músculo. Ahora ya no los
recuerdo, dice la mujer y parece sumirse nuevamente
en la contemplación de algo que sólo ella puede
vislumbrar. Sin embargo B cree que está haciendo un
esfuerzo por redordar y espera en silencio . Al cabo
de un rato vuelve a posar en él su mirada y dice:
Longfellow. Acto seguido recita un texto con una
rima pegajosa que a B le parece similar a una ronda
infantil, algo, en cualquier caso, muy lejano a los
poetas que él lee. ¿Conoce usted a Longfellow?
dice la mujer. B niega con la cabeza, aunque la
verdad es que ha leído a Longfellow. Me lo
enseñaron en la escuela, dice la mujer con la misma
sonrisa invariable Y luego añade: ¿no cree que
hace demasiado calor? Hace rnucho calor, susurra B.
Puede que se esté acercando una tormenta, dice la
mujer. Parece muy segura de sus palabras. En ese
momento B levanta la mirada: no ve ninguna estrella.
Lo que sí ve son algunas luces del hotel
encendidas. Y en la ventana de su habitación ve una
silueta que los está mirando y que lo sobresalta
como si de ¡mproviso se hubiera desatado la lluvia
tropical.
Al Principio no
comprende nada.
Su padre está
allí, al otro lado de los cristales, enfundado en
una bata azul, una bata que ha traído desde su casa
y que B no conoce, en cualquier caso no es un
albornoz del hotel, y los está mirando fijamente,
aunque cuancio B lo descubre se echa para atrás,
retrocede corno picado por una serpiente (levanta
una mano en un tímido saludo) y desaparece tras las
cortinas.
La canción de
Hiawatha, dice la mujer. B la mira. La canción de
Hiawatha, dice la mujer, el poema de Longfellow. Ah,
sí, dice B.
Después la
mujer le da las buenas noches y desaparece
gradualmente: primero sube la escalinata hasta la
recepción, allí se detiene unos instantes, cruza
unas palabras con alguien a quien B no puede ver y
finalmente se pierde, silenciosa, por el lobby del
hotel, su figura delgada enmarcada por las sucesivas
ventanas hasta que dobla por el pasillo de la
escalera interior.
Media hora más
tarde B entra en su habitación y encuentra a su
padre dormido. Durante unos segundos, antes de
dirigirse al baño a lavarse los dientes, B lo
contempla (muy erguido, como dispuesto a sostener
una pelea) desde los pies de la cama. Buenas noches,
papá, dice. Su padre no hace la menor señal de
haberlo escuchado.
Al segundo día
de estancia en Acapulco, B y su padre van a ver a
los clavadistas. Tienen dos opciones: mirar el
espectáculo desde una plataforma al aire libre o
entrar al restaurante-bar del hotel que domina La
Quebrada. El padre de B pregunta los precios. La
primera persona a la que interroga no lo sabe. El
padre de B insiste. Por fin, un viejo ex clavadista
que está allí sin hacer nada, le dice dos cifras.
Instalarse en el mirador del hotel es seis veces
más caro que hacerlo en la plataforma al aire
libre. El padre de B no lo duda: vamos al bar, dice,
estaremos más cómodos. B lo sigue. En el bar sus
vestimentas desentonan con las del resto, turistas
norteamericanos o mexicanos con prendas claramente
veraniegas. La ropa de B y de su padre es la típica
ropa de los habitantes del DF, una ropa que parece
salida de un sueño interminable. Los camareros se
dan cuenta. Saben que esa gente da poca propina y no
los atienden con la prontitud necesaria. El
espectáculo, para colmo, no se ve nada bien desde
donde se han sentado. Hubiéramos hecho mejor en
quedarnos en la plataforma, dice el padre de B.
Aunque esto tampoco está mal, añade. B asiente.
Finalizada la sesión de saltos y tras haberse
bebido dos jaiboles cada uno, salen al aire libre y
comienzan a hacer planes para el resto del día. En
la plataforma casi no queda nadie, pero el padre de
B distingue, sentado en un contrafuerte, al viejo ex
clavadista y se le acerca.
El ex clavadista
es bajo y tiene las espaldas muy anchas. Está
leyendo una novela de vaqueros y no levanta la
mirada hasta que B y su padre están a su lado.
Entonces los reconoce y les pregunta qué les ha
parecido el espectáculo. No ha estado mal, dice el
padre de B, aunque en los deportes de precisión es
necesaria una experiencia mayor para hacerse una
idea cabal. ¿El caballero ha sido deportista? El
padre de B lo estudia durante unos segundos y luego
dice: algo hemos hecho en la vida. El ex clavadista
se pone de pie con un movimiento enérgico, como si
de pronto estuviera otra vez en el borde de los
acantilados. Debe tener, piensa B, unos cincuenta
años, por lo tanto no es mucho mayor que su padre,
aunque la piel de la cara, con arrugas que parecen
heridas, le proporciona un aire de persona más
vieja. ¿Los caballeros están de vacaciones?, dice
el ex clavadista. El padre de B asiente con una
sonrisa. ¿Y cuál es el deporte que el caballero ha
practicado, si se puede saber? El boxeo, dice el
padre de B. Ah, caray, dice el ex clavadista, pues
sería en peso pesado, ¿no? El padre de B sonríe
ampliamente y dice que sí.
Sin saber como,
de pronto B se encuentra caminando con su padre y
con el ex clavadista hasta llegar a donde han dejado
aparcado el Mustang y luego los tres se montan en el
coche y B oye como si estuviera escuchando la radio
las instrucciones que el ex clavadista le da a su
padre. El coche durante un rato se desliza por la
avenida Miguel Alemán, pero luego gira hacia el
interior y pronto el paisije de hoteles y
restaurantes dedicados al turismo se transforma en
un paisaje urbano ligeramente tropical. El coche,
sin embargo, sigue subiendo, alejándose de la
herradura dorada de Acapulco, internándose por
calles mal asfaltadas o sin asfaltar, hasta llegar a
una especie de restaurante o más bien casa de
comidas corridas (aunque para ser un establecimiento
de comidas corridas es demasiado grande, piensa B)
en cuya acera polvorienta se detiene. El ex
clavadista y su padre bajan de inmediato. Durante
todo el trayecto no han parado de hablar y en la
acera, mientras lo esperan y hacen gestos
incomprensibles, siguen con su plática. B tarda un
momento en descender del coche. Vamos a comer, dice
su padre. Es verdad, dice B.
El interior del
local es oscuro y sólo una cuarta parte está
ocupada por mesas. El resto parece una pista de
baile, con un estrado para la orquesta, enmarcada
por una larga barra de madera basta. Al entrar B no
puede ver nada por el contraste de la luz. Luego
observa a un hombre, que se parece al ex clavadista,
acercarse a éste y a su padre y tras escuchar
atentamente una presentación que B no comprende,
darle la mano a su padre y segundos después
tendérsela a él. B extiende la mano y aprieta la
del desconocido. Este dice un nombre y estrecha la
mano de B con fuerza. El gesto es amistoso, pero el
apretón resulta más bien violento. El hombre no
sonríe. B decide no sonreír. El padre de B y el ex
clavadista ya están sentados a la mesa. B se sienta
junto a ellos. El tipo que se parece al ex
clavadista y que resulta ser su hermano menor se
mantiene de pie, atento a las instrucciones. Aquí,
el caballero, dice el ex clavadista, fue campeón de
los pesos pesados de su país. ¿Extranjeros?, dice
el hombre. Chilenos, dice el padre de B. ¿Hay
huachinango?, dice el ex clavadista. Hay, dice el
hombre. Pues ponnos uno, un huachinango a la
guerrerense, dice el ex clavadista. Y cervezas para
todos, dice el padre de B, para usted también.
Agradecido, murmura el hombre mientras saca tina
libretita del bolsillo y apunta con dificultad un
pedido que, a juicio de B, resulta un juego de
niños memorizar.
Con las
cervezas, el hermano del ex clavadista les trae una
botana de galletitas saladas y tres vasos no muy
grandes de ostiones. Son frescos, dice el ex
clavadista mientras les pone chile a los tres. Qué
curioso, ¿verdad? Que esto se llame chile y que su
país se llame Chile, dice el ex clavadista mientras
señala el frasco lleno de salsa picante de color
rojo intenso. En efecto, no deja de ser curioso,
concede el padre de B. A los chilenos, añade, esto
siempre nos ha picado la curiosidad. B mira a su
padre con una incredulidad apenas perceptible. El
resto de la conversación, hasta que llega el
huachinango, gira en torno a temas de boxeo y de
clavadismo.
Después B y su
padre se van del establecimiento. El tiempo ha
pasado deprisa, sin que ellos se den cuenta, y
cuando suben al Mustang ya son las siete de la
tarde. El ex clavadista se sube con ellos. Por un
momento, B piensa que no se lo van a poder quitar de
encima nunca, pero cuando llegan al centro de
Acapulco el ex clavadista se baja delante de un
local de billares. Cuando se quedan solos, el padre
de B comenta favorablemente el trato y los precios
que han pagado por el huachinango. Si lo hubiéramos
comido aquí, dice señalando los hoteles del paseo
costero, nos habría salido por un ojo de la cara.
Al llegar a su habitación, B se pone el traje de
baño y se va a la playa. Nada durante un rato y
luego intenta leer aprovechando la escasa luz del
crepúsculo. Lee a los poetas surrealistas y no
entiende nada. Un hombre pacífico y solitario, al
borde de la muerte. Imágenes, heridas. Eso es lo
único que ve. Y de hecho las imágenes poco a poco
se van diluyendo, como el sol poniente, y sólo
quedan las heridas. Un poeta menor desaparece
mientras espera un visado para el Nuevo Mundo. Un
poeta menor desaparece sin dejar rastros mientras
desespera varado en un pueblo cualquiera del
Mediterráneo francés. No hay investigación. No
hay cadáver. Cuando B intenta leer a Daumal la
noche ya ha caído sobre la playa, cierra el libro y
vuelve lentamente al hotel.
Después de
cenar, su padre le propone salir a divertirse. B
rechaza la invitación. Le sugiere a su padre que
vaya solo, que él no está para divertirse, que
prefiere quedarse en la habitación y ver una
película en la tele. Parece mentira, dice su padre,
que a tu edad te estés comportando como un viejo. B
observa a su padre, que se ha duchado y se está
poniendo ropa limpia, y se ríe.
Antes de que su
padre se marche B le dice que se cuide. Su padre lo
mira desde la puerta y le dice que sólo va a
tomarse un par de tragos. Cuídate tú, dice y
cierra suavemente.
Al quedarse solo
B se quita los zapatos, busca sus cigarrillos,
enciende la tele y vuelve a tumbarse en la cama. Sin
darse cuenta, se queda dormido. Sueña que vive (o
que está de visita) en la ciudad de los titanes. En
su sueño sólo hay un deambular permanente por
calles enormes y oscuras que recuerda de otros
sueños. Y hay también una actitud suya que en la
vigilia él sabe que no tiene. Una actitud delante
de los edificios cuyas voluminosas sombras parecen
chocar entre sí, y que no es precisamente una
actitud de valor sino más bien de indiferencia.
Al cabo de un
rato, justo cuando la teleserie se ha acabado, B se
despierta de golpe, como impelido por una llamada,
se levanta, apaga la tele y se asoma a la ventana.
En la terraza, semioculta en el mismo rincón de la
noche anterior, está la norteamericana delante de
un vaso de alcohol o de zumo de frutas. B la observa
sin curiosidad y luego se aparta de la ventana, se
sienta en la cama, abre su libro de poetas
surrealistas y trata de leer. Pero no puede. Así
que trata de pensar y para tal efecto se tiende en
la cama otra vez, cierra los ojos, deja los brazos
estirados. Por un instante cree que no tardará en
quedarse dormido. Incluso puede ver, sesgada, una
calle de la ciudad de los sueños. No tarda, sin
embargo, en comprender que sólo está recordando el
sueño y entonces abre los ojos y se queda durante
un rato contemplando el cielo raso de la
habitación. Luego apaga la luz de la mesilla de
noche y vuelve a acercarse a la ventana. La
norteamericana sigue allí, inmóvil, y las sombras
de los jarrones se alargan hasta tocar las sombras
de las mesas vecinas. El agua de la piscina recoge
los reflejos de la recepción que permanece, al
contrario que la terraza, con todas las luces
encendidas. De pronto un coche se detiene a pocos
metros de la entrada del hotel. B cree que se trata
del Mustang de su padre. Pero durante un tiempo
excesivamente largo nadie aparece por la puerta del
hotel y B piensa que se ha equivocado. Justo en ese
momento distingue la silueta de su padre que sube
las escalinatas. Primero la cabeza, luego los
hombros anchos, después el resto del cuerpo hasta
acabar en los zapatos, unos mocasines de color
blanco que a B le disgustan profundamente pero que
en ese momento le producen algo similar a la
ternura. Su padre entra en el hotel como si bailara,
piensa. Su padre hace su entrada como si viniera de
un velorio, irreflexivamente feliz de seguir vivo.
Pero lo más curioso es que, tras asomarse durante
un instante a la recepción, su padre retrocede y
toma el camino de la terraza: desciende las
escaleras, rodea la piscina y va a sentarse en una
mesa cercana a la de la norteamericana. Y cuando por
fin aparece el tipo de la recepción con una copa,
tras pagarle y sin esperar siquiera a que el
recepcionista haya desaparecido del todo su padre se
levanta y se acerca, con la copa en la mano, hasta
la mesa de la norteamericana y durante un rato se
queda allí, de pie, hablando, gesticulando,
bebiendo, hasta que la mujer hace un gesto y su
padre toma asiento a su lado.
Es demasiado
vieja para él, piensa B. Luego vuelve a la cama, se
acuesta, no tarda en darse cuenta de que todo el
sueño que tenía acumulado se ha evaporado. Pero no
quiere encender la luz (aunque tiene ganas de leer),
no quiere que su padre pueda creer, ni por un
segundo, que él lo está espiando. Durante mucho
rato, B se dedica a pensar. Piensa en mujeres,
piensa en viajes. Finalmente se duerme.
Durante la
noche, en dos ocasiones, se despierta sobresaltado y
la cama de su padre está vacía. A la tercera vez
ya está amaneciendo y ve la espalda de su padre que
duerme profundamente. Entonces enciende la luz y
durante un rato, sin salir de la cama, se dedica a
fumar y a leer.
Esa mañana B
vuelve a la playa y alquila otra vez una tabla. Esta
vez no tiene ningún problema para llegar a la isla
de enfrente. Allí toma un zumo de mango y se baña
durante un rato en un mar en donde no hay nadie.
Luego vuelve a la playa del hotel, le entrega la
tabla al adolescente que lo mira con una sonrisa y
regresa dando un largo rodeo. En el restaurante del
hotel encuentra a su padre tomando café. Se sienta
a su lado. Su padre está recién afeitado y su piel
despide un olor a colonia barata que a B le gusta.
En la mejilla derecha exhibe un arañazo desde la
oreja hasta el mentón. B piensa preguntarle qué
ocurrió anoche, pero finalmente decide no hacerlo.
El resto del
día transcurre como entre brumas. En algún momento
B y su padre se marchan a una playa cercana al
aeropuerto. La playa es enorme y en los lindes
abundan las cabañas con techos de cañizo en donde
los pescadores guardan sus artes. El mar está
revuelto: durante un rato B y su padre contemplan
las olas que se estrellan contra la bahía de Puerto
Marqués. Un pescador que está cerca les dice que
no es un buen día para bañarse. Es verdad, dice B.
Su padre, sin embargo, se mete en el agua. B se
sienta en la arena, con las rodillas levantadas y lo
observa internarse al encuentro de las olas. El
pescador se lleva una mano de visera a la frente y
dice algo que B no entiende. Durante un momento la
cabeza de su padre, los brazos de su padre que nada
hacia dentro desaparecen de su campo visual. junto
al pescador hay ahora dos niños. Todos miran hacia
el mar, de pie, menos B que sigue sentado. En el
cielo aparece, de forma por demás silenciosa, un
avión de pasajeros. B deja de mirar el mar y
contempla el avión hasta que éste desaparece
detrás de una suave colina llena de vegetación. B
recuerda un despertar, justo un año atrás, en el
aeropuerto de Acapulco. El venía de Chile, solo, y
el avión hizo escala en Acapulco. Cuando B abrió
los ojos, recuerda, vio una luz anaranjada, con
tonalidades rosas y azules, como una vieja película
cuyos colores estuvieran desapareciendo, y entonces
supo que estaba en México y que estaba, de alguna
manera, salvado. Esto ocurrió en 1974 y B aún no
había cumplido los veintiún años. Ahora tiene
veintidós y su padre debe andar por los
cuarentainueve. B cierra los ojos. El viento hace
ininteligibles las voces de alarma del pescador y de
los niños. La arena está fría. Cuando abre los
ojos ve a su padre que sale del mar. B cierra otra
vez los ojos y los vuelve a abrir sólo cuando una
mano grande y mojada se posa sobre su hombro y la
voz de su padre lo invita a comer huevos de caguama.
Hay cosas que se
pueden contar y hay cosas que no se pueden contar,
piensa B, abatido. A partir de este momento él sabe
que se está aproximando el desastre.
Las
cuarentaiocho horas siguientes, no obstante,
transcurren envueltas en una suerte de placidez que
el padre de B identifica con "el concepto de
las vacaciones" (y B no sabe si su padre se
está riendo de él o lo dice en serio). Van a la
playa cada día, comen en el hotel o en un
restaurante de la avenida López Mateos que tiene
precios económicos, una tarde ambos alquilan una
embarcación, un bote de plástico, minúsculo, y
recorren el perfil de la costa cercana a su hotel,
navegando junto a los vendedores de baratijas que se
desplazan en tablas o en botes de ínfimo calado,
como funambulistas o marineros muertos, llevando sus
mercaderías de playa en playa. Al regreso, incluso,
sufren un percance.
El bote, que el
padre de B lleva demasiado próximo a los
roqueríos, vuelca. El incidente, por supuesto, no
tiene mayor importancia. Ambos saben nadar bastante
bien y el bote está hecho para volcar, no cuesta
nada darle la vuelta y subirse a él otra vez. Y eso
es lo que hacen B y su padre. En ningún momento ha
habido el menor peligro, piensa B. Pero entonces,
cuando ambos han vuelto a subir al bote, el padre de
B se da cuenta de que ha perdido la billetera y lo
anuncia. Dice, tocándose el corazón: "mi
billetera", Y sin dudarlo un segundo se sumerge
de cabeza en el agua. A B le da un ataque de risa,
pero luego, tirado en el bote, observa el agua y no
ve señal alguna de su padre y durante un instante
se lo imagina buceando o, aún peor, cayendo a
plomo, pero con los ojos abiertos, por una fosa
profunda, fosa en cuya superficie se balancea su
bote y él mismo, a mitad de camino ya de la risa y
de la alarma. Entonces B se yergue y tras mirar
hacia el otro lado del bote y no ver señales de su
padre, procede a sumergirse a su vez y sucede lo
siguiente: mientras B desciende, con los ojos
abiertos, su padre asciende (y podría decirse que
casi se tocan) con los ojos abiertos y la billetera
en la mano derecha; al cruzarse ambos se miran, pero
no pueden corregir, al menos no de manera
instantánea, sus trayectorias, de modo que el padre
de B sigue subiendo silenciosamente y B sigue
bajando silenciosamente.
Para los
tiburones, para la mayoría de los peces (excepto
para los peces voladores), el infierno es la
superficie del mar. Para B (para la mayoría de los
jóvenes de veintidós años), el infierno a veces
es el fondo del mar. Mientras baja recorriendo en
sentido inverso la estela que ha dejado su padre,
piensa que precisamente ahora hay más motivos que
nunca para reírse. En el fondo del mar no encuentra
arena, como su imaginación de algún modo esperaba,
sino sólo rocas, rocas que se sostienen unas en
otras, como si aquel lugar de la costa fuera una
montaña sumergida y él estuviera en la parte alta,
apenas iniciado el descenso. Después sube y desde
abajo contempla el bote que por momentos parece
levitar y por momentos parece a punto de hundirse,
con su padre sentado en el centro exacto, intentando
fumar un cigarrillo mojado.
Y luego se acaba
el paréntesis, se acaban las cuarentaiocho horas de
gracia en las cuales B y su padre han recorrido
algunos bares de Acapulco, han dormido tirados en la
playa, han comido e incluso se han reído, y
comienza un período gélido, un período
aparentemente normal pero dominado por unos dioses
helados (dioses que, por otra parte, no interfieren
en nada con el calor reinante en Acapulco), unas
horas que en otro tiempo, tal vez cuando era
adolescente, B llamaría aburrimiento, pero
que ahora de ninguna manera llamaría así, sino
más bien desastre, un desastre peculiar, un
desastre que por encima de todo aleja a B de su
padre, el precio que tienen que pagar por existir.
Todo comienza
con la aparición del ex clavadista. B se da cuenta
de inmediato que viene a buscar a su padre y no al,
llamémosle así, conjunto familiar que conforman
ambos. El padre de B invita al ex clavadista a
tomarse una copa en la terraza del hotel. El ex
clavadista dice que conoce un lugar mejor. El padre
de B lo mira y sonríe y luego dice órale. Cuando
ganan la calle comienza a atardecer y por un segundo
B siente una punzada inexplicable y cree que tal vez
hubiera sido mejor quedarse en el hotel, dejar que
su padre se divirtiera solo. Pero ya es demasiado
tarde. El Mustang sube por la avenida Constituyentes
y el padre de B saca de un bolsillo la tarjeta que
días atrás le diera el recepcionista. El picadero
se llama San Diego, dice. El ex clavadista arguye
que ese lugar es demasiado caro. Tengo dinero, dice
el padre de B, vivo en México desde 1968 y ésta es
la primera vez que me doy unas vacaciones. B, que va
sentado junto a su padre, busca el rostro del ex
clavadista en el espejo retrovisor y no lo
encuentra. Así que primero van al San Diego y
durante un rato beben y bailan con chicas a las que
por cada baile hay que entregar un boleto que
previamente compran en la barra. El padre de B, al
principio, sólo compra tres boletos. Este sistema,
le dice al ex clavadista, tiene algo de irreal. Pero
luego se entusiasma y compra un fajo entero. B
también baila. Su primera pareja es una muchacha
delgada y de rasgos aindiados. La segunda es una
mujer de grandes pechos que parece preocupada o
enfurruñada por algo que B jamás podrá
comprender. La tercera es gorda y feliz y al poco
rato de estar bailando le confiesa al oído que
está drogada. ¿Qué has tomado?, dice B. Hongos
alucinantes, dice la mujer y B se ríe. Su padre,
mientras tanto, baila con la muchacha que parece
india y B los observa de tanto en tanto. En
realidad, todas las muchachas parecen indias. La que
baila con el padre de B tiene una bonita sonrisa.
Hablan (de hecho hablan sin parar) aunque B no oye
lo que dicen. Después su padre desaparece y B se
acerca a la barra junto al ex clavadista. Ellos
también se ponen a hablar. De los tiempos pasados.
Del valor. De las quebradas en donde rompe el mar.
De mujeres. Temas que a B no le interesan o que, al
menos, no le interesan en ese momento. Y sin embargo
hablan.
Al cabo de media
hora su padre vuelve a la barra. Su pelo rubio está
mojado y recién peinado (el padre de B se peina
para atrás) y tiene la cara enrojecida. Sonríe sin
decir nada y B lo observa sin decir nada. Hora de
comer, dice. B y el ex clavadista lo siguen hasta el
Mustang. Cenan mariscos variados en un local oblongo
como un ataúd. Mientras comen, el padre de B mira a
B como buscando una respuesta. B sostiene su mirada.
Telepáticamente le dice: no hay respuesta porque la
pregunta no es válida. La pregunta es imbécil.
Después, sin saber cómo, B sigue a su padre y al
ex clavadista (que hablan todo el rato de boxeo)
hasta un local en los suburbios de Acapulco. El
edificio es de ladrillo y madera, carece de ventanas
y en el interior hay un juke-box con
canciones de Lucha Villa y Lola Beltrán. De pronto
B siente náuseas. Sólo entonces, mientras se
separa de su padre y busca un lavabo o el patio
trasero o la salida a la calle, se da cuenta de que
ha bebido demasiado. También se da cuenta de algo
más: unas manos aparentemente hospitalarias no le
han permitido salir a la calle. Temen que me escape,
piensa B. Luego vomita varias veces en un patio
abierto en donde se acumulan cajas de cerveza y en
donde hay un perro atado, y tras aliviarse se pone a
contemplar las estrellas. No tarda en aparecer junto
a él una mujer. Su sombra se recorta más oscura
que la noche. Su vestido, sin embargo, es blanco y
eso hace que B la pueda distinguir. ¿Te hago un
guagüis?, dice. Tiene una voz joven y aguardentosa.
B se la queda mirando sin entender. La puta se
arrodilla a su lado y le abre la bragueta. Entonces
B comprende y la deja, hacer. Cuando acaba siente
frío. La puta se levanta y B la abraza. juntos
contemplan la noche. Cuando B dice que quiere volver
a la mesa de su padre, la mujer no lo sigue. Vamos,
dice B, tirando de su mano, pero ella se resiste.
Entonces B se da cuenta de que no ha visto apenas su
rostro. Es mejor así. Sólo la he abrazado, piensa,
ni siquiera sé cómo es. Antes de volver a entrar
se da vuelta y ve que la puta se acerca al perro y
lo acaricia.
En el interior,
su padre está sentado a una mesa junto al ex
clavadista y otros dos tipos. B se le acerca por la
espalda y le susurra unas palabras al oído.
Vámonos. Su padre está jugando a las cartas. Voy
ganando, dice, no puedo irme. Nos van a robar todo
el dinero, piensa B. Luego contempla a las mujeres
que a su vez lo contemplan a él y a su padre con
una conmiseración palpable. Ellas saben lo que nos
va a pasar, piensa B. ¿Estás borracho?, le
pregunta su padre mientras pide una carta. No, dice
B, ya no. ¿Estás drogado?, dice su padre. No, dice
B. Entonces su padre sonríe y pide un tequila y B
se levanta y va hacia la barra y desde allí observa
con ojos de loco el escenario del crimen. En ese
momento B sabe que aquél es el último viaje que
hará con su padre. Abre los ojos, cierra los ojos.
Las putas lo miran con curiosidad, una le ofrece un
trago que B rechaza con un gesto. A veces, cuando
tiene los ojos cerrados, puede ver a su padre con
una pistola en cada mano saliendo de una puerta que
está en un lugar en donde jamás debía estar una
puerta. Sin embargo su padre aparece por allí, de
prisa, con los ojos grises brillantes y el pelo
despeinado. Nunca más volverán a viajar juntos,
piensa B. Eso es todo. Lucha Villa canta en el juke-box
y B piensa en Gui Rosey, poeta menor desaparecido en
el sur de Francia. Su padre reparte las cartas, se
ríe, cuenta historias y escucha historias que
rivalizan en sordidez. B recuerda cuando volvió de
Chile, en 1974, y fue a verlo a su casa. Su padre se
había roto un pie y estaba leyendo en la cama un
periódico deportivo. Le preguntó cómo le había
ido y B le contó sus aventuras. Sucintamente: las
guerras floridas latinoamericanas. Estuvieron a
punto de matarme, dijo. Su padre lo miró y se
sonrió. ¿Cuántas veces?, dijo. Por lo menos dos,
respondió B. Ahora su padre se ríe a carcajadas y
B trata de pensar con claridad. Gui Rosey se
suicidó, piensa, o lo mataron, piensa. Su cadáver
está en el fondo del mar.
Un tequila, dice
B. Una mujer le pone un vaso lleno hasta la mitad.
No se emborrache otra vez, joven, dice. No, ya estoy
bien, dice B perfectamente lúcido. No tardan otras
dos mujeres en acercarse a él. ¿Qué quieren
tomar?, dice B. Su papá de usted es muy simpático,
dice una de ellas, la más joven, de pelo largo y
negro, tal vez la misma que me lo chupó hace un
rato, piensa B. Y recuerda (o trata de recordar)
escenas en apariencia inconexas: la primera vez que
fumó en su presencia, a los catorce años, un
Viceroy, una mañana en que los dos esperaban la
llegada de un tren de carga en el interior del
camión de su padre y hacía mucho frío; armas de
fuego, cuchillos; historias familiares. Las putas
beben tequila con coca-cola. ¿Cuánto rato estuve
afuera vomitando?, piensa B. Parecía moto, dice una
de las putas, ¿quiere un poquito? ¿Un poquito de
qué?, dice B temblando pero con la piel fría como
un témpano. Un poquito de mota, dice la mujer, de
unos treinta años, el pelo largo como su
compañera, pero teñido de rubio. ¿Golden
Acapulco?, dice B dando un trago de tequila mientras
las dos mujeres se le acercan un poco más y le
acarician la espalda y las piernas. Simón, para
tranquilizarse, dice la rubia. B asiente con la
cabeza y lo siguiente que recuerda es una nube de
humo que lo separa de su padre. Usted quiere mucho a
su papá, dice una de las mujeres. Pues no tanto,
dice B. ¿Cómo no?, dice la morena. La que atiende
la barra se ríe. A través del humo, B observa que
su padre da vuelta la cabeza y durante un instante
lo mira. Me está mirando con una seriedad de
muerte, piensa. ¿Te gusta Acapulco?, dice la rubia.
El local, sólo en ese momento lo percibe, está
semivacío. En tina mesa hay dos tipos que beben en
silencio y en la otra están su padre, el ex
clavadista y los dos desconocidos jugando a las
cartas. Todas las demás mesas están desocupadas.
La puerta del
patio se abre y aparece una mujer con un vestido
blanco. Es la que me lo chupó, piensa B. La mujer
aparenta unos veinticinco años, aunque seguramente
tiene muchos menos, tal vez dieciséis o diecisiete.
Tiene el pelo largo, como casi todas, y lleva
zapatos con tacones muy altos. Cuando cruza el local
(se dirige al lavabo), B estudia con detenimiento
sus zapatos: son blancos y están sucios de barro en
los lados. Su padre también levanta la mirada y la
estudia durante un momento. B mira a la puta, que
abre la puerta del baño, y luego mira a su padre.
Entonces cierra los ojos y cuando los vuelve a abrir
la puta ya no está y su padre ha vuelto a
concentrarse en el juego. Lo mejor sería que se
llevara a su papá de este lugar, le dice una de las
mujeres al oído. B pide otro tequila. No puedo,
dice. La mujer le mete la mano por debajo de la
camisa holgada y con dibujos hawaianos. Está
comprobando si voy armado, piensa B. Los dedos de la
mujer suben por su pecho y se enroscan alrededor de
su tetilla izquierda. Se la aprieta. Eh, dice B.
¿No me crees?, dice la mujer. ¿Qué va a pasar?,
dice B. Algo malo, dice la mujer. ¿Como cuánto de
malo?, dice B. No lo sé, pero yo que tú me
largaría. B sonríe y la mira a los ojos por
primera vez: vente con nosotros, le dice mientras
bebe un trago de tequila. Ni que estuviera loca,
dice la mujer. B recuerda entonces una ocasión,
antes de que él se marchara para Chile, en que su
padre le dijo "tú eres un artista y yo soy un
trabajador". ¿Qué quiso decir con eso?,
piensa. La puerta del baño se abre y la puta
vestida de blanco vuelve a aparecer, esta vez con
los zapatos impolutos, y atraviesa el local hasta la
mesa en donde juegan a las cartas y allí se queda,
de pie, junto a uno de los desconocidos. ¿Por qué
tenemos que irnos?, dice B. La mujer lo mira de
reojo y no le contesta. Hay cosas que se pueden
contar, piensa B, y hay cosas que no se pueden
contar. Cierra los ojos.
.......... Como en
sueños, regresa al patio trasero del bar. La mujer
teñida de rubio lo lleva de la mano. Esto ya lo he
hecho, piensa B, estoy borracho, no saldré jamás
de aquí. Algunos gestos se repiten: la mujer se
sienta en una silla desvencijada y le abre la
bragueta, la noche parece flotar como un gas letal a
la altura de las cajas de cerveza vacías. Pero
faltan algunas cosas: el perro ya no está, por
ejemplo, y hacia el este ya no cuelga la luna sino
algunos filamentos de claridad que adelantan el
amanecer. Cuando acaban, atraído tal vez por los
gemidos de B, aparece el perro. No muerde, dice la
mujer mientras el perro se detiene a pocos metros de
ellos y enseña los dientes. La mujer se levanta y
se alisa el vestido. El lomo del perro está erizado
y por el hocico le cae una baba transparente.
Quieto, Púas, quieto, Púas, repite
la mujer. Nos va a morder, piensa B mientras
retroceden hasta la puerta. Lo que sigue es
caótico: en la mesa donde juega su padre todos se
han puesto de pie. Uno de los desconocidos grita a
todo pulmón. B no tarda en darse cuenta de que
está insultando a su padre. Por precaución, se
acerca a la barra y pide una botella de cerveza que
bebe a grandes sorbos, ahogándose, antes de
aproximarse. Su padre parece tranquilo, piensa B.
Junto a él hay una buena cantidad de billetes que
coge uno por uno y luego se guarda en el bolsillo.
De aquí no vas a salir con ese dinero, grita el
desconocido. B mira al ex clavadista. Busca en su
rostro por quién va a tomar partido. Probablemente
por el desconocido, piensa B. La cerveza le resbala
por el cuello y sólo entonces se da cuenta de que
está ardiendo.
El padre de B
termina de contar su dinero y mira a los tres
hombres que tiene enfrente y a la mujer vestida de
blanco. Bueno, caballeros, nosotros nos vamos, dice.
Hijo, ponte a mi lado, dice. B arroja al suelo lo
que queda de cerveza y empuña la botella
cogiéndola del cuello. ¿Qué haces, hijo?, dice el
padre de B. En su voz B percibe un cierto tono de
reproche. Vamos a salir tranquilamente, dice el
padre de B y luego se da vuelta y les pregunta a las
mujeres cuánto se les debe. La de la barra mira un
papel y dice una cifra bastante alta. La rubia, que
está de pie a medio camino entre la mesa y la
barra, dice otra cifra. El padre de B suma, saca el
dinero y se lo tiende a la rubia: lo tuyo y las
consumiciones, dice. Luego añade un par de billetes
más: la propina. Ahora vamos a salir, piensa B. Los
dos desconocidos se plantan interfiriendo el paso. B
no quiere mirarla, pero la mira: la mujer de blanco
se ha sentado en una de las sillas vacías y revisa
con las yemas de los dedos las cartas esparcidas en
la mesa. No me estorbes, susurra su padre y B tarda
en comprender que le está hablando a él. El ex
clavadista se mete las manos en los bolsillos. El
desconocido vuelve a insultar al padre de B, lo
insta a volver a la mesa, a volver a jugar. Ya no se
juega más, dice el padre de B. Durante un instante,
mientras contempla a la mujer vestida de blanco (que
le parece, por primera vez, muy hermosa), B piensa
en Gui Rosey que desaparece del planeta sin dejar
rastro, dócil como un cordero mientras los himnos
nazis suben al cielo color sangre, y se ve a sí
mismo como Gui Rosey, un Gui Rosey enterrado en
algún baldío de Acapulco, desaparecido para
siempre, pero entonces oye a su padre, que le está
recriminando algo al ex clavadista, y se da cuenta
de que, al contrario que Gui Rosey, él no está
solo.
Después su
padre camina un poco encorvado hacia la salida y B
le concede espacio suficiente para que se mueva a
sus anchas. Mañana nos iremos, mañana volveremos
al DF, piensa B con alegría. Comienzan a pelear.
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