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Jorge
Luis Borges Fuera de Emma Zunz (cuyo
argumento espléndido, tan superior a su ejecución temerosa, me fue dado
por Cecilia Ingenieros) y de la Historia del guerrero y de la cautiva
que se propone interpretar dos hechos fidedignos, las piezas de este libro
corresponden al género fantástico. De todas ellas, la primera es la más
trabajada; su tema es el efecto que la inmortalidad causaría en los
hombres. A ese bosquejo de una ética para inmortales, lo sigue El
muerto: Azevedo Bandeira, en ese relato, es un hombre de Rivera o de
Cerro Largo y es también una tosca divinidad, una versión mulata y
cimarrona del incomparable Sunday de Chesterton. (El capítulo XXIX del Decline
and Fall of the Roman Empire narra un destino parecido al de Otálora,
pero harto más grandioso y más increíble.) De Los teólogos
basta escribir que son un sueño, un sueño más bien melancólico, sobre
la identidad personal; de la Biografía de Tadeo Isidoro Cruz, que
es una glosa al Martín Fierro. A una tela de Watts, pintarla en 1896,
debo La casa de Asterión y el carácter del pobre protagonista. La
otra muerte es una fantasía sobre el tiempo, que urdí a la luz de
unas razones de Pier Damiani. En la última guerra nadie pudo anhelar más
que yo que fuera derrotada Alemania; nadie pudo sentir más que yo lo
trágico del destino alemán; Deutsches Requiem quiere entender ese
destino, que no supieron llorar, ni siquiera sospechar, nuestros “germanófilos”,
que nada saben de Alemania. La escritura del dios ha sido
generosamente juzgada; el jaguar me obligó a poner en boca de un “mago
de la pirámide de Qaholom”, argumentos de cabalista o de teólogo. En El
Zahir y El Aleph creo notar algún influjo del cuento The
Cristal Egg (1899) de Wells. J.
L. B. Buenos
Aires, 3 de mayo de 1949. J.
L. B. Literatura
.us
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