Jorge
Luis Borges
(1899–1986)
La secta del Fénix
(Artificios, 1944;
Ficciones, 1944)
Quienes escriben que la secta del
Fénix tuvo su origen en Heliópolis, y la derivan de la restauración
religiosa que sucedió a la muerte del reformador Amenophis IV, alegan
textos de Heródoto, de Tácito y de los monumentos egipcios, pero
ignoran, o quieren ignorar, que la denominación por el Fénix no es
anterior a Hrabano Mauro y que las fuentes más antiguas (las Saturnales
o Flavio Josefo, digamos) sólo hablan de la Gente de la Costumbre o de la
Gente del Secreto. Ya Gregorovius observó, en los conventículos de
Ferrara, que la mención del Fénix era rarísima en el lenguaje oral; en
Ginebra he tratado con artesanos que no me comprendieron cuando inquirí
si eran hombres del Fénix, pero que admitieron, acto continuo, ser
hombres del Secreto. Si no me engaño, igual cosa acontece con los
budistas; el nombre por el cual los conoce el mundo no es el que ellos
pronuncian.
Miklosich, en una
página demasiado famosa, ha equiparado los sectarios del Fénix a los
gitanos. En Chile y en Hungría hay gitanos y también hay sectarios;
fuera de esa especie de ubicuidad, muy poco tienen en común unos y otros.
Los gitanos son chalanes, caldereros, herreros y decidores de la
buenaventura; los sectarios suelen ejercer felizmente las profesiones
liberales. Los gitanos configuran un tipo físico y hablan, o hablaban, un
idioma secreto; los sectarios se confunden con los demás y la prueba es
que no han sufrido persecuciones. Los gitanos son pintorescos e inspiran a
los malos poetas; los romances, los cromos y los boleros omiten a los
sectarios... Martín Buber declara que los judíos son esencialmente
patéticos; no todos los sectarios lo son y algunos abominan del
patetismo; esta pública y notoria verdad basta para refutar el error
vulgar (absurdamente defendido por Urmann) que ve en el Fénix una
derivación de Israel. La gente más o menos discurre así: Urmann era un
hombre sensible; Urmann era judío; Urmann frecuentó a los sectarios en
la judería de Praga; la afinidad que Urmann sintió prueba un hecho real.
Sinceramente, no puedo convenir con ese dictamen. Que los sectarios en un
medio judío se parezcan a los judíos no prueba nada; lo innegable es que
se parecen, como el infinito Shakespeare de Hazlitt, a todos los hombres
del mundo. Son todo para todos, como el Apóstol; días pasados el doctor
Juan Francisco Amaro, de Paysandú, ponderó la facilidad con que se
acriollaban.
He dicho que la
historia de la secta no registra persecuciones. Ello es verdad, pero como
no hay grupo humano en que no figuren partidarios del Fénix, también es
cierto que no hay persecución o rigor que éstos no hayan sufrido y
ejecutado. En las guerras occidentales y en las remotas guerras del Asia
han vertido su sangre secularmente, bajo banderas enemigas; de muy poco
les vale identificarse con todas las naciones del orbe.
Sin un libro sagrado
que los congregue como la Escritura a Israel, sin una memoria común, sin
esa otra memoria que es un idioma, desparramados por la faz de la tierra,
diversos de color y de rasgos, una sola cosa el Secreto los une y los
unirá hasta el fin de sus días. Alguna vez, además del Secreto hubo una
leyenda (y quizá un mito cosmogónico), pero los superficiales hombres
del Fénix la han olvidado y hoy sólo guardan la oscura tradición de un
castigo. De un castigo, de un pacto o de un privilegio, porque las
versiones difieren y apenas dejan entrever el fallo de un Dios que asegura
a una estirpe la eternidad, si sus hombres, generación tras generación,
ejecutan un rito. He compulsado los informes de los viajeros, he
conversado con patriarcas y teólogos; puedo dar fe de que el cumplimiento
del rito es la única práctica religiosa que observan los sectarios. El
rito constituye el Secreto. Éste, como ya indiqué, se transmite de
generación en generación, pero el uso no quiere que las madres lo
enseñen a los hijos, ni tampoco los sacerdotes; la iniciación en el
misterio es tarea de los individuos más bajos. Un esclavo, un leproso o
un pordiosero hacen de mistagogos. También un niño puede adoctrinar a
otro niño. El acto en sí es trivial, momentáneo y no requiere
descripción. Los materiales son el corcho, la cera o la goma arábiga.
(En la liturgia se habla de légamo; éste suele usarse también.) No hay
templos dedicados especialmente a la celebración de este culto, pero una
ruina, un sótano o un zaguán se juzgan lugares propicios. El Secreto es
sagrado pero no deja de ser un poco ridículo; su ejercicio es furtivo y
aun clandestino y los adeptos no hablan de él. No hay palabras decentes
para nombrarlo, pero se entiende que todas las palabras lo nombran o,
mejor dicho, que inevitablemente lo aluden, y así, en el diálogo yo he
dicho una cosa cualquiera y los adeptos han sonreído o se han puesto
incómodos, porque sintieron que yo había tocado el Secreto. En las
literaturas germánicas hay poemas escritos por sectarios, cuyo sujeto
nominal es el mar o el crepúsculo de la noche; son, de algún modo,
símbolos del Secreto, oigo repetir. Orbis terrarum est speculum Ludi
reza un adagio apócrifo que Du Cange registró en su Glosario. Una
suerte de horror sagrado impide a algunos fieles la ejecución del
simplísimo rito; los otros los desprecian, pero ellos se desprecian aún
más. Gozan de mucho crédito, en cambio, quienes deliberadamente
renuncian a la Costumbre y logran un comercio directo con la divinidad;
éstos, para manifestar ese comercio, lo hacen con figuras de la liturgia
y así John of the Rood escribió:
Sepan
los Nueve Firmamentos que el Dios
Es deleitable como el Corcho y el Cieno.
He
merecido en tres continentes la amistad de muchos devotos del Fénix; me
consta que el secreto, al principio, les pareció baladí, penoso, vulgar
y (lo que aún es más extraño) increíble. No se avenían a admitir que
sus padres se hubieran rebajado a tales manejos. Lo raro es que el Secreto
no se haya perdido hace tiempo; a despecho de las vicisitudes del orbe, a
despecho de las guerras y de los éxodos, llega, tremendamente, a todos
los fieles. Alguien no ha vacilado en afirmar que ya es instintivo.
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