Jorge
Luis Borges
(1899–1986)
Los teólogos
(El Aleph (1949)
Arrasado el jardín, profanados los
cálices y las aras, entraron a caballo los hunos en la biblioteca
monástica y rompieron los libros incomprensibles y los vituperaron y los
quemaron, acaso temerosos de que las letras encubrieran blasfemias contra
su dios, que era una cimitarra de hierro. Ardieron palimpsestos y
códices, pero en el corazón de la hoguera, entre la ceniza, perduró
casi intacto el libro duodécimo de la Civitas Dei, que narra que
Platón enseñó en Atenas que, al cabo de los siglos, todas las cosas
recuperarán su estado anterior, y él, en Atenas, ante el mismo
auditorio, de nuevo enseñará esa doctrina. El texto que las llamas
perdonaron gozó de una veneración especial y quienes lo leyeron y
releyeron en esa remota provincia dieron en olvidar que el autor sólo
declaró esa doctrina para poder mejor confutarla. Un siglo después,
Aureliano, coadjutor de Aquilea, supo que a orillas del Danubio la
novísima secta de los monótonos (llamados también anulares)
profesaba que la historia es un círculo y que nada es que no haya sido y
que no será. En las montañas, la Rueda y la Serpiente habían desplazado
a la Cruz. Todos temían, pero todos se confortaban con el rumor de que
Juan de Panonia, que se había distinguido por un tratado sobre el
séptimo atributo de dios, iba a impugnar tan abominable herejía.
Aureliano deploró
esas nuevas, sobre todo la última. Sabía que en materia teológica no
hay novedad sin riesgo: luego reflexionó que la tesis de un tiempo
circular era demasiado disímil, demasiado asombrosa, para que el riesgo
fuera grave. (Las herejías que debemos temer son las que pueden
confundirse con la ortodoxia.) Más le dolió la intervención —la
intrusión— de Juan de Panonia. Hace dos años, éste había usurpado
con su verboso De septima affectiones dei sive de aeternitate un
asunto de la especialidad de Aureliano; ahora, como si el problema del
tiempo le perteneciera, iba a rectificar, tal vez con argumentos de
Procusto, con triacas más temibles que la Serpiente, a los anulares...
Esa noche, Aureliano pasó las hojas del antiguo diálogo de Plutarco
sobre la cesación de los oráculos; en el párrafo veintinueve, leyó una
burla contra los estoicos que defienden un infinito ciclo de mundos, con
infinitos soles, lunas, Apolos, Dianas y Poseidones. El hallazgo le
pareció un pronóstico favorable; resolvió adelantarse a Juan de Panonia
y refutar a los heréticos de la Rueda.
Hay quien busca el
amor de una mujer para olvidarse de ella, para no pensar más en ella;
Aureliano, parejamente, quería superar a Juan de Panonia para curarse del
rencor que éste le infundía, no para hacerle mal. Atemperado por el mero
trabajo, por la fabricación de silogismos y la invención de injurias,
por los nego y los autem y los nequaquam, pudo
olvidar ese rencor. Erigió vastos y casi inextricables períodos,
estorbados de incisos, donde la negligencia y el solecismo parecían
formas del desdén. De la cacofonía hizo un instrumento. Previó que Juan
fulminaría a los anulares con gravedad profética; optó, para no
coincidir con él, por el escarnio. Agustín había escrito que Jesús es
la vía recta que nos salva del laberinto circular en que andan los
impíos; Aureliano, laboriosamente trivial, los equiparó con Ixión, con
el hígado de Prometeo; con Sísifo, con aquel rey de Tebas que vio dos
soles; con la tartamudez, con loros, con espejos, con ecos, con mulas de
noria y con silogismos bicornutos. (Las fábulas gentílicas perduraban,
rebajadas a adornos.) Como todo poseedor de una biblioteca, Aureliano se
sabía culpable de no conocerla hasta el fin; esa controversia le
permitió cumplir con muchos libros que parecían reprocharle su incuria.
Así pudo engastar un pasaje de la obra De principiis de Orígenes,
donde se niega que Judas Iscariote volverá a vender al Señor, y otro de
los Academica priora de Cicerón, en el que éste se burla de
quienes sueñan mientras él conversa con Lúculo, otros Lúculos y otros
Cicerones, en número infinito, dicen puntualmente lo mismo, en infinitos
mundos iguales. Además esgrimió contra los monótonos el texto de
Plutarco y denunció lo escandaloso de que a un idólatra le valiera más
el lumen naturae que a ellos la palabra de Dios. Nueve días le
tomó ese trabajo; el décimo, le fue remitido un traslado de la
refutación de Juan de Panonia.
Era casi
irrisoriamente breve; Aureliano la miró con desdén y luego con temor. La
primera parte glosaba los versículos terminales del noveno capítulo de
la Epístola a los Hebreos, donde se dice que Jesús no fue sacrificado
muchas veces desde el principio del mundo, sino ahora una vez en la
consumación de los siglos. La segunda alegaba el precepto bíblico sobre
las vanas repeticiones de los gentiles (Mateo 6:7) y aquel pasaje del
séptimo libro de Plinio, que pondera que en el dilatado universo no hay
dos caras iguales. Juan de Panonia declaraba que tampoco hay dos almas y
que el pecador más vil es precioso como la sangre que por él vertió
Jesucristo. El acto de un solo hombre (afirmó) pesa más que los nueve
cielos concentricos y trasoñar que puede perderse y volver es una
aparatosa frivolidad. El tiempo no rehace lo que perdemos; la eternidad lo
guarda para la gloria y también para el fuego. El tratado era límpido,
universal; no parecía redactado por una persona concreta, sino por
cualquier hombre o, quizá, por todos los hombres.
Aureliano sintió
una humillación casi física. Pensó destruir o reformar su propio
trabajo; luego, con rencorosa probidad, lo mandó a Roma sin modificar una
letra. Meses después, cuando se juntó con el concilio de Pérgamo, el
teólogo encargado de impugnar los errores de los monótonos fue
(previsiblemente) Juan de Panonia; su docta y mesurada refutación bastó
para que Euforbo, heresiarca, fuera condenado a la hoguera. Esto ha
ocurrido y volverá a ocurrir, dijo Euforbo. No encendéis una
pira, encendéis un laberinto de fuego. Si aquí se unieran toda las
hogueras que he sido, no cabrían en la Tierra y quedarían ciegos los
ángeles. Esto lo dije muchas veces. Después gritó, porque lo
alcanzaron las llamas.
Cayó la Rueda ante
la Cruz[1], pero Aureliano y Juan prosiguieron su batalla secreta.
Militaban los dos en el mismo ejército, anhelaban el mismo galardón,
guerreaban con el mismo Enemigo, pero Aureliano no escribió una palabra
que inconfesablemente no propendiera a superar a Juan. Su duelo fue
invisible; si los copiosos índices no me engañan, no figura una sola vez
el nombre del otro en los muchos volúmenes de Aureliano que
atesora la Patrología de Migne. (De las obras de Juan, sólo han
perdurado veinte palabras.) Los dos desaprobaron los anatemas del segundo
concilio de Constantinopla; los dos persiguieron a los arrianos, que
negaban la generación eterna del Hijo; los dos atestiguaron la ortodoxia
de la Topographia christiana de Cosmas, que enseña que la Tierra
es cuadrangular, como el tabernáculo hebreo. Desgraciadamente, por los
cuatro ángulos de la tierra cundió otra tempestuosa herejía. Oriunda
del Egipto o del Asia (porque los testimonios difieren y Bousset no quiere
admitir las razones de Harnack), infestó las provincias orientales y
erigió santuarios en Macedonia, en Cartago y en Tréveris. Pareció estar
en todas partes; se dijo que en la diócesis de Britania habían sido
invertidos los crucifijos y que a la imagen del señor, en Cesárea, la
había suplantado un espejo. El espejo y el óbolo eran emblemas de los
nuevos cismáticos.
La historia los
conoce por muchos nombres (especulares, abismales, cainitas), pero
de todos el más recibido es histriones, que Aureliano les dio y
que ellos con atrevimiento adoptaron. En Frigia les dijeron simulacros,
y también en Dardania. Juan Damasceno los llamó formas; justo es
advertir que el pasaje ha sido rechazado por Erfjord. No hay heresiólogo
que con estupor no refiera sus desaforadas costumbres. Muchos histriones
profesaron el ascetismo; alguno se mutiló, como Orígenes; otros moraron
bajo tierra, en las cloacas; otros se arrancaron los ojos; otros (los nabucodonosores
de Nitria) “pacían como los bueyes y su pelo crecía como de águila”.
De la mortificación y el rigor pasaban, muchas veces, al crimen; ciertas
comunidades toleraban el robo; otras, el homicidio; otras, la sodomía, el
incesto y la bestialidad. Todas eran blasfemas; no sólo maldecían del
Dios cristiano, sino de las arcanas divinidades de su propio panteón.
Maquinaron libros sagrados, cuya desaparición deploraban los doctos. Sir
Thomas Browne, hacia 1658, escribió “El tiempo ha aniquilado los
ambiciosos Evangelios Histriónicos, no las Injurias con que se
fustigó su Impiedad”; Erfjord ha sugerido que esas “injurias” (que
preserva un códice griego) son los evangelios perdidos. Ello es
incomprensible, si ignoramos la cosmología de los histriones.
En los libros
herméticos está escrito que lo que hay abajo es igual a lo que hay
arriba, y lo que hay arriba, igual a lo que hay abajo; en el Zohar, que el
mundo inferior es reflejo del superior. Los histriones fundaron su
doctrina sobre una perversión de esa idea. Invocaron a Mateo 6:12 (“perdónanos
nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores”) y 11:12
(“el reino de los cielos padece fuerza”) para demostrar que la Tierra
influye en el cielo, y a I Corintios 13:12 (“vemos ahora por espejo, en
oscuridad”) para demostrar que todo lo que vemos es falso. Quizá
contaminados por los monótonos, imaginaron que todo hombre es dos hombres
y que el verdadero es el otro, el que está en el cielo. También
imaginaron que nuestros actos proyectan en reflejo invertido, de suerte
que si velamos, el otro duerme; si fornicamos, el otro es casto; si
robamos, el otro es generoso. Muertos, nos uniremos a él y seremos él.
(Algún eco de esas doctrinas perduró en Bloy.) Otros histriones
discurrieron que el mundo concluiría cuando se agotara la cifra de sus
posibilidades: ya que no puede haber repeticiones, el justo debe eliminar
(cometer) los actos más infames, para que éstos no manchen el porvenir y
para acelerar el advenimiento del reino de Jesús. Ese artículo fue
negado por otras sectas, que defendieron que la historia del mundo debe
cumplirse en cada hombre. Los más, como Pitágoras, deberán transmigrar
por muchos cuerpos antes de obtener su liberación; algunos, los
proteicos, “en el término de una sola vida, son leones, son dragones,
son jabalíes, son agua y son un árbol”. Demóstenes refiere la
purificación por el fango a que eran sometidos los iniciados en los
misterios órficos; los proteicos, analógicamente, buscaron la
purificación por el mal. Entendieron, como Carpócrates, que nadie
saldrá de la cárcel hasta pagar el último óbolo (Lucas 12:59), y
solían embaucar a los penitentes con este otro versículo: “Yo he
venido para que tenga vida los hombres y para que la tengan en abundancia”(Juan
10:10). También decían que no ser un malvado es una soberbia
satánica... Muchas y divergentes mitologías urdieron los histriones;
unos predicaron el ascetismo; otros la licencia, todos la confusión.
Teopompo, histrión de Berenice, negó todas las fábulas: dijo que cada
hombre es un órgano que proyecta la divinidad para sentir el mundo.
Los herejes de la
diócesis de Aureliano eran de los que afirmaban que el tiempo no tolera
repeticiones, no de los que afirmaban que todo acto se refleja en el
cielo. Esa circunstancia era rara; en un informe a las autoridades
romanas, Aureliano la mencionó. El prelado que recibiría el informe era
confesor de la emperatriz; nadie ignoraba que ese ministerio exigente le
vedaba las íntimas delicias de la teología especulativa. Su secretario -
antiguo colaborador de Juan de Panonia, ahora enemistado con él - gozaba
de renombre de puntualísimo inquisidor de heterodoxias; Aureliano agregó
una exposición de la herejía histriónica, tal como ésta se daba en los
conventículos de Genua y de Aquilea. Redactó unos párrafos: cuando
quiso escribir la tesis atroz de que no hay dos instantes iguales, su
pluma se detuvo. No dio con la fórmula necesaria: las admoniciones de la
nueva doctrina (“¿Quieres ver lo que no vieron ojos humanos? Mira la
luna ¿Quieres oír lo que los oídos no oyeron? Oye el grito del pájaro.
¿Quieres tocar lo que no tocaron las manos? Toca la tierra.
Verdaderamente digo que Dios está por crear el mundo”) eran harto
afectadas y metafóricas para la transcripción. De pronto, una oración
de veinte palabras se presentó a su espíritu. La escribió, gozoso;
inmediatamente después, lo inquietó la sospecha de que era ajena. Al
día siguiente, recordó que la había leído hacía muchos años en el Adversus
annulares que compuso Juan de Panonia. Verificó la cita; ahí estaba.
La incertidumbre lo atormentó. Variar o suprimir esas palabras era
debilitar la expresión; dejarlas, era plagiar a un hombre que aborrecía;
indicar la fuente, era denunciarlo. Imploró el socorro divino. Hacia el
principio del segundo crepúsculo, el ángel de su guarda le dictó una
solución intermedia. Aureliano conservó las palabras, pero les antepuso
este aviso: Lo que ladran ahora los heresiarcas para confusión de la
fe, lo dijo en este siglo un varón doctísimo, con más ligereza que
culpa. Después, ocurrió lo temido, lo esperado, lo inevitable.
Aureliano tuvo que declarar quién era ese varón; Juan de Panonia fue
acusado de profesar opiniones heréticas.
Cuatro meses
después, un herrero del Aventino, alucinado por los engaños de los
histriones, cargó sobre los hombros de su hijito una gran esfera de
hierro, para que su doble volara. El niño murió; el horror engendrado
por ese crimen impuso una intachable severidad a los jueces de Juan. Éste
no quiso retractarse; repitió que negar su proposición era incurrir en
la pestilencial herejía de los monótonos. No entendió (No quiso
entender) que hablar de los monótonos era hablar de los ya olvidado. Con
insistencia algo senil, prodigó los períodos más brillantes de sus
viejas polémicas; los jueces ni siquiera oían lo que los arrebató
alguna vez. En lugar de tratar de purificarse de la más leve mácula de
histrionismo, se esforzó en demostrar que la proposición de que lo
acusaban era rigurosamente heterodoxa. Discutió con los hombres cuyo
fallo dependía su suerte y cometió la máxima torpeza de hacerlo con
ingenio y con ironía. El 26 de octubre, al cabo de una discusión que
duró tres días y tres noches, lo sentenciaron a morir en la hoguera
Aureliano presenció
la ejecución, porque no hacerlo era confesarse culpable. El lugar del
suplicio era una colina, en cuya verde cumbre había un palo, hincado
profundamente en el suelo, y en torno muchos haces de leña. Un ministro
leyó la sentencia del tribunal. Bajo el sol de las doce, Juan de Panonia
yacía con la cara en el polvo, lanzando bestiales aullidos. Arañaba la
tierra, pero los verdugos lo arrancaron, lo desnudaron y por fin lo
amarraron a la picota. En la cabeza le pusieron una corona de paja untada
en azufre; al lado, un ejemplar del pestilente Adversus annulares.
Había llovido la noche anterior y la leña ardía mal. Juan de Panonia
rezó en griego y luego en un idioma desconocido. La hoguera iba a
llevárselo, cuando Aureliano se atrevió a alzar los ojos. Ls ráfagas
ardientes se detuvieron; Aureliano vio por primera y última vez el rostro
del odiado: Le recordó el de alguien, pero no pudo precisar el de quién.
Después, las llamas lo perdieron; después gritó y fue como si un
incendio gritara.
Plutarco ha referido
que Julio César lloró la muerte de Pompeyo; Aureliano no lloró la de
Juan, pero sintió lo que sentía un hombre curado de una enfermedad
incurable, que ya fuera una parte de su vida. En Aquilea, en Éfeso, en
Macedonia dejó que sobre él pasaran los años. Buscó los arduos
límites del Imperio, las torpes ciénagas y los contemplativos desiertos,
para que lo ayudara la soledad a entender su destino. En una celda
mauritana, en la noche cargada de leones, repensó la compleja acusación
contra Juan de Panonia y justificó, por enésima vez, el dictamen. Más
le costó justificar su tortuosa denuncia. En Rusaddir predicó el
anacrónico sermón Luz de las luces encendida en la carne de un
réprobo. En Hibernia, en una de las chozas de un monasterio cercado
por la selva, lo sorprendió una noche, hacia el alba, el rumor de la
lluvia. Recordó una noche romana en que lo había sorprendido, también,
ese minucioso rumor. Un rayo, al mediodía, incendió los árboles y
Aureliano pudo morir como había muerto Juan
El final de la
historia sólo es referible en metáfora, ya que pasa en el reino de los
cielos, donde no hay tiempo. Tal vez cabría decir que Aureliano conversó
con Dios y que Éste se interesa tan poco en diferencias religiosas que lo
tomó por Juan de Panonia. Ello, sin embargo, insinuaría una confusión
de la mente divina. Más correcto es decir que en el paraíso, Aureliano
supo que para la insondable divinidad, él y Juan de Panonia ( el ortodoxo
y el hereje, el aborrecedor y el aborrecido, el acusador y la víctima)
formaban una sola persona.
En las cruces rúnicas los
dos emblemas enemigos conviven entrelazados.
Literatura
.us
Mapa de la biblioteca | Aviso Legal | Quiénes Somos | Contactar
