Ciro Alegría
(Huamachuco, Perú, 1909 - Lima, 1967)

El mundo es ancho y ajeno
(Santiago, Chile: Ediciones Ercilla, 1941, 509 págs.)


1
Rosendo Maqui y la comunidad

      ¡Desgracia!
       Una culebra ágil y oscura cruzó el camino, dejando en el fino polvo removido por los viandantes la canaleta leve de su huella. Pasó muy rápidamente, como una negra flecha disparada por la fatalidad, sin dar tiempo para que el indio Rosendo Maqui empleara su machete. Cuando la hoja de acero fulguró en el aire, ya el largo y bruñido cuerpo de la serpiente ondulaba perdiéndose entre los arbustos de la vera.
       ¡Desgracia!
       Rosendo guardó el machete en la vaina de cuero sujeta a un delgado cincho que negreaba sobre la coloreada faja de lana y se quedó, de pronto, sin saber qué hacer. Quiso al fin proseguir su camino, pero los pies le pesaban. Se había asustado, pues. Entonces se fijó en que los arbustos formaban un matorral donde bien podía estar la culebra. Era necesario terminar con la alimaña y su siniestra agorería. Es la forma de conjurar el presunto daño en los casos de la sierpe y el búho. Después de quitarse el poncho para maniobrar con más desenvoltura en medio de las ramas, y las ojotas para no hacer bulla, dio un táctico rodeo y penetró blandamente, machete en mano, entre los arbustos. Si alguno de los comuneros lo hubiera visto en esa hora, en mangas de camisa y husmeando con un aire de can inquieto, quizá habría dicho: “¿Qué hace ahí el anciano alcalde? No será que le falta el buen sentido”. Los arbustos eran úñicos de tallos retorcidos y hojas lustrosas, rodeando las cuales se arracimaban —había llegado el tiempo— unas moras lilas. A Rosendo Maqui le placían, pero esa vez no intentó probarlas siquiera. Sus ojos de animal en acecho, brillantes de fiereza y deseo, recorrían todos los vericuetos alumbrando las secretas zonas en donde la hormiga cercena y transporta su brizna, el moscardón ronronea su amor, germina la semilla que cayó en el fruto rendido de madurez o del vientre de un pájaro, y el gorgojo labra inacabablemente su perfecto túnel.
       Nada había fuera de esa existencia escondida. De súbito, un gorrión echó a volar y Rosendo vio el nido, acomodado en un horcón, donde dos polluelos mostraban sus picos triangulares y su desnudez friolenta. El reptil debía estar por allí, rondando en torno a esas inermes vidas. El gorrión fugitivo volvió con su pareja y ambos piaban saltando de rama en rama, lo más cerca del nido que les permitía su miedo al hombre. Éste hurgó con renovado celo, pero, en definitiva, no pudo encontrar a la aviesa serpiente. Salió del matorral y después de guardarse de nuevo el machete, se colocó las prendas momentáneamente abandonadas —los vivos colores del poncho solían, otras veces, ponerlo contento— y continuó la marcha.
       ¡Desgracia!
       Tenía la boca seca, las sienes ardientes y se sentía cansado. Esa búsqueda no era tarea de fatigar y considerándolo tuvo miedo. Su corazón era el pesado, acaso. Él presentía, sabía y estaba agobiado de angustia. Encontró a poco un muriente arroyo que arrastraba una diáfana agüita silenciosa y, ahuecando la falda de su sombrero de junco, recogió la suficiente para hartarse a largos tragos. El frescor lo reanimó y reanudó su viaje con alivianado paso. Bien mirado —se decía—, la culebra oteó desde un punto elevado de la ladera el nido de gorriones y entonces bajó con la intención de comérselos. Dio la casualidad de que él pasara por el camino en el momento en que ella lo cruzaba. Nada más. O quizá, previendo el encuentro, la muy ladina dijo: “Aprovecharé para asustar a ese cristiano”. Pero es verdad también que la condición del hombre es esperanzarse. Acaso únicamente la culebra sentenció: “Ahí va un cristiano desprevenido que no quiere ver la desgracia próxima y voy a anunciársela”. Seguramente era esto lo cierto, ya que no la pudo encontrar. La fatalidad es incontrastable.
       ¡Desgracia! ¡Desgracia!
       Rosendo Maqui volvía de las alturas, a donde fue con el objeto de buscar algunas yerbas que la curandera había recetado a su vieja mujer. En realidad, subió también porque le gustaba probar la gozosa fuerza de sus músculos en la lucha con las escarpadas cumbres y luego, al dominarlas, llenarse los ojos de horizontes. Amaba los amplios espacios y la magnífica grandeza de los Andes.
       Gozaba viendo el nevado Urpillau, canoso y sabio como un antiguo amauta; el arisco y violento Huarca, guerrero en perenne lucha con la niebla y el viento; el aristado Huilloc, en el cual un indio dormía eternamente de cara al cielo; el agazapado Puma, justamente dispuesto como un león americano en trance de dar el salto; el rechoncho Suni, de hábitos pacíficos y un poco a disgusto entre sus vecinos; el eglógico Mamay, que prefería prodigarse en faldas coloreadas de múltiples sembríos y apenas hacía asomar una arista de piedra para atisbar las lejanías; éste y ése y aquél y esotro… El indio Rosendo los animaba de todas las formas e intenciones imaginables y se dejaba estar mucho tiempo mirándolos. En el fondo de sí mismo, creía que los Andes conocían el emocionante secreto de la vida. Él los contemplaba desde una de las lomas del Rumi, cerro rematado por una cima de roca azul que apuntaba al cielo con voluntad de lanza. No era tan alto como para coronarse de nieve ni tan bajo que se lo pudiera escalar fácilmente. Rendido por el esfuerzo ascendente de su cúspide audaz, el Rumi hacía ondular, a un lado y otro, picos romos de más fácil acceso. Rumi quiere decir piedra y sus laderas altas estaban efectivamente sembradas de piedras azules, casi negras, que eran como lunares entre los amarillos pajonales silbantes. Y así como la adustez del picacho atrevido se ablandaba en las cumbres inferiores, la inclemencia mortal del pedrerío se anulaba en las faldas. Éstas descendían vistiéndose más y más de arbustos, herbazales, árboles y tierras labrantías. Por uno de sus costados descendía una quebrada amorosa con toda la bella riqueza de su bosque colmado y sus caudalosas aguas claras. El cerro Rumi era a la vez arisco y manso, contumaz y auspicioso, lleno de gravedad y de bondad. El indio Rosendo Maqui creía entender sus secretos físicos y espirituales como los suyos propios. Quizás decir esto no es del todo justo. Digamos más bien que los conocía como a los de su propia mujer porque, dado el caso, debemos considerar el amor como acicate del conocimiento y la posesión. Sólo que la mujer se había puesto vieja y enferma y el Rumi continuaba igual que siempre, nimbado por el prestigio de la eternidad. Y Rosendo Maqui acaso pensaba o más bien sentía: “¿Es la tierra mejor que la mujer?”. Nunca se había explicado nada en definitiva, pero él quería y amaba mucho a la tierra.
       Volviendo, pues, de esas cumbres, la culebra le salió al paso con su mensaje de desdicha. El camino descendía prodigándose en repetidas curvas, como otra culebra que no terminara de bajar la cuesta. Rosendo Maqui, aguzando la mirada, veía ya los techos de algunas casas.
       De pronto, el dulce oleaje de un trigal en sazón murió frente a su pecho, y recomenzó de nuevo allá lejos, y vino hacia él otra vez con blando ritmo.
       Invitaba a ser vista la lenta ondulación y el hombre sentose sobre una inmensa piedra que, al caer de la altura, tuvo el capricho de detenerse en una eminencia. El trigal estaba amarilleando, pero todavía quedaban algunas zonas verdes. Parecía uno de esos extraños lagos de las cumbres, tornasolados por la refracción de la luz. Las grávidas espigas se mecían pausadamente produciendo una tenue crepitación. Y, de repente, sintió Rosendo como que el peso que agobiaba su corazón desaparecía y todo era bueno y bello como el sembrío de lento oleaje estimulante. Así tuvo serenidad y consideró el presagio como el anticipo de un acontecimiento ineluctable ante el cual sólo cabía la resignación. ¿Se trataba de la muerte de su mujer? ¿O de la suya? Al fin y al cabo eran ambos muy viejos y debían morir. A cada uno, su tiempo. ¿Se trataba de algún daño a la comunidad? Tal vez. En todo caso, él había logrado ser siempre un buen alcalde.
       Desde donde se encontraba en ese momento, podía ver el caserío, sede modesta y fuerte de la comunidad de Rumi, dueña de muchas tierras y ganados. El camino bajaba para entrar, al fondo de una hoyada, entre dos hileras de pequeñas casas que formaban lo que pomposamente se llamaba Calle Real. En la mitad, la calle se abría por uno de sus lados, dando acceso a lo que, también pomposamente, se llamaba Plaza. Al fondo del cuadrilátero sombreado por uno que otro árbol, se alzaba una recia capilla. Las casitas, de lechos rojos de tejas o grises de paja, con paredes amarillas o violetas o cárdenas, según el matiz de la tierra que las enlucía, daban por su parte interior a particulares sementeras —habas, arvejas, hortalizas—, bordeadas de árboles frondosos, tunas jugosas y pencas azules. Era hermoso de ver el cromo jocundo del caserío y era más hermoso vivir en él. ¿Sabe algo la civilización? Ella, desde luego, puede afirmar o negar la excelencia de esa vida. Los seres que se habían dado a la tarea de existir allí, entendían, desde hacía siglos, que la felicidad nace de la justicia y que la justicia nace del bien de todos. Así lo había establecido el tiempo, la fuerza de la tradición, la voluntad de los hombres y el seguro don de la tierra. Los comuneros de Rumi estaban contentos de su vida.
       Esto es lo que sentía también Rosendo en ese momento —decimos sentía y no pensaba, por mucho que estas cosas, en último término, formaron la sustancia de sus pensamientos— al ver complacidamente sus lares nativos.
       Trepando la falda, a un lado y otro del camino, ondulaba el trigo pródigo y denso. Hacia allá, pasando las filas de casas y sus sementeras variopintas, se erguía, por haberle elegido esa tierra más abrigada, un maizal barbado y rumoroso. Se había sembrado mucho y la cosecha sería buena.
       El indio Rosendo Maqui estaba encuclillado tal un viejo ídolo. Tenía el cuerpo nudoso y cetrino como el lloque —palo contorsionado y durísimo—, porque era un poco vegetal, un poco hombre, un poco piedra. Su nariz quebrada señalaba una boca de gruesos labios plegados con un gesto de serenidad y firmeza. Tras las duras colinas de los pómulos brillaban los ojos, oscuros lagos quietos. Las cejas eran una crestería. Podría afirmarse que el Adán americano fue plasmado según su geografía; que las fuerzas de la tierra, de tan enérgicas, eclosionaron en un hombre con rasgos de montaña. En sus sienes nevaba como en las del Urpillau. Él también era un venerable patriarca. Desde hacía muchos años, tantos que ya no los podía contar precisamente, los comuneros lo mantenían en el cargo de alcalde o jefe de la comunidad, asesorado por cuatro regidores que tampoco cambiaban. Es que el pueblo de Rumi se decía: “El que ha dao güena razón hoy, debe dar güena razón mañana”, y dejaba a los mejores en sus puestos. Rosendo Maqui había gobernado demostrando ser avisado y tranquilo, justiciero y prudente.
       Le placía recordar la forma en que llegó a ser regidor y luego alcalde. Se había sembrado en tierra nueva y el trigo nació y creció impetuosamente, tanto que su verde oscuro llegaba a azulear de puro lozano. Entonces Rosendo fue donde el alcalde de ese tiempo. “Taita, el trigo crecerá mucho y se tenderá, pudriéndose la espiga y perdiéndose”. La primera autoridad había sonreído y consultado el asunto con los regidores, que sonrieron a su vez. Rosendo insistió: “Taita, si dudas, déjame salvar la mitá”. Tuvo que rogar mucho. Al fin el consejo de dirigentes aceptó la propuesta y fue segada la mitad de la gran chacra de trigo que había sembrado el esfuerzo de los comuneros. Ellos, curvados en la faena, más trigueños sobre la intensa verdura tierna del trigo, decían por lo bajo: “Éstas son novedades del Rosendo”. “Trabajo perdido”, murmuraba algún indio gruñón. El tiempo habló en definitiva. La parte segada creció de nuevo y se mantuvo firme. La otra, ebria de energía, tomó demasiada altura, perdió el equilibrio y se tendió. Entonces los comuneros admitieron: “Sabe, habrá que hacer regidor al Rosendo”. Él, para sus adentros, recordaba haber visto un caso igual en la hacienda Sorave.
       Hecho regidor, tuvo un buen desempeño. Era activo y le gustaba estar en todo, aunque guardando la discreción debida. Cierta vez se presentó un caso raro. Un indio llamado Abdón tuvo la extraña ocurrencia de comprar una vieja escopeta a un gitano. En realidad, la trocó por una carga de trigo y ocho soles en plata. Tan extravagante negocio, desde luego, no paró allí. Abdón se dedicó a cazar venados. Sus tiros retumbaban una y otra vez, cerros allá, cerros arriba, cerros adentro. En las tardes volvía con una o dos piezas. Algunos comuneros decían que estaba bien, y otros que no, porque Abdón mataba animalitos inofensivos e iba a despertar la cólera de los cerros. El alcalde, que era un viejo llamado Ananías Challaya y a quien el cazador obsequiaba siempre con el lomo de los venados, nada decía. Es probable que tal presente no influyera mucho en su mutismo, pues su método más socorrido de gobierno era, si hemos de ser precisos, el de guardar silencio. Entretanto, Abdón seguía cazando y los comuneros murmurando. Los argumentos en contra de la cacería fueron en aumento hasta que un día un indio reclamador llamado Pillco presentó, acompañado de otros, su protesta: “¿Cómo es posible —le dijo al alcalde— que el Abdón mate los venaos porque se le antoja? En todo caso, ya que los venaos comen el pasto de las tierras de la comunidá, que reparta la carne entre todos”. El alcalde Ananás Challaya se quedó pensando y no sabía cómo aplicar con éxito aquella vez su silenciosa fórmula de gobierno. Entonces fue que el regidor Rosendo Maqui pidió permiso para hablar y dijo: “Ya había escuchao esas murmuraciones y es triste que los comuneros pierdan su tiempo de ese modo. Si el Abdón se compró escopeta, jue su gusto, lo mesmo que si cualquiera va al pueblo y se compra un espejo o un pañuelo. Es verdad que mata los venaos, pero los venaos no son de nadie. ¿Quién puede asegurar que el venao ha comido siempre pasto de la comunidá? Puede haber comido el de una hacienda vecina y venido después a la comunidá. La justicia es la justicia. Los bienes comunes son los que produce la tierra mediante el trabajo de todos. Aquí el único que caza es Abdón y es justo, pues, que aproveche de su arte. Y yo quiero hacer ver a los comuneros que los tiempos van cambiando y no debemos ser muy rigurosos. Abdón, de no encontrarse a gusto con nosotros, se aburriría y quién sabe si se iría. Es necesario, pues, que cada uno se sienta bien aquí, respetando los intereses generales de la comunidá”.
       El indio Pillco y sus acompañantes, no sabiendo cómo responder a tal discurso, asintieron y se fueron diciendo: “Piensa derecho y dice las cosas con güena palabra. Sería un alcalde de provecho”. Referiremos de paso que los lomos de venado cambiaron de destinatario y fueron a dar a manos de Rosendo y que otros indios adquirieron también escopetas, alentados por el éxito de Abdón.
       Y llegó el tiempo en que el viejo Ananías Challaya fue a guardar un silencio definitivo bajo la tierra y, como era de esperarse, resultó elegido en su reemplazo el regidor Rosendo Maqui. Desde entonces vio aumentar su fama de hombre probo y justiciero y no dejó nunca de ser alcalde. En veinte leguas a la redonda, la indiada hablaba de su buen entendimiento y su rectitud y muchas veces llegaban campesinos de otros sitios en demanda de su justicia. El más sonado fue el fallo que dio en el litigio de dos colonos de la hacienda Llacta. Cada uno poseía una yegua negra y dio la coincidencia de que ambas tuvieron, casi al mismo tiempo, crías iguales. Eran dos hermosos y retozones potrillos también negros. Y ocurrió que uno de los potrillos murió súbitamente acaso de una coz propinada por un miembro impaciente de la yeguada, y los dos dueños reclamaban al vivo como suyo. Uno acusaba al otro de haber obtenido, con malas artes nocturnas, que el potrillo se “pegara” a la que no era su madre. Fueron en demanda de justicia donde el sabio alcalde Rosendo Maqui. Él oyó a los dos sin hacer un gesto y sopesó las pruebas y contrapruebas. Al fin dijo, después de encerrar al potrillo en el corral de la comunidad: “Llévense sus yeguas y vuelvan mañana”. Al día siguiente regresaron los litigantes sin las yeguas. El severo Rosendo Maqui masculló agriamente: “Traigan tamién las yeguas” y se quejó de que se le hiciera emplear más palabras de las que eran necesarias. Los litigantes tornaron con las yeguas, el juez las hizo colocar en puntos equidistantes de la puerta del corralón y personalmente la abrió para que saliera el potrillo. Al verlo, ambas yeguas relincharon al mismo tiempo, el potrillo detúvose un instante a mirar y, decidiéndose fácilmente, galopó lleno de gozo hacia una de las emocionadas madres. Y el alcalde Rosendo Maqui dijo solemnemente al favorecido: “El potrillo es tuyo”, y al otro, explicándole: “El potrillo conoce desde la hora de nacer el relincho de su madre y lo ha obedecido”. El perdedor era el acusado de malas artes, quien no se conformó y llevó el litigio ante el juez de la provincia. Éste, después de oír, afirmó: “Es una sentencia salomónica”.
       Rosendo lo supo y, como conocía quién era Salomón —digamos nosotros, por nuestro lado, que éste es el sabio más popular del orbe—, se puso contento. Desde entonces han pasado muchos, muchos años…
       Y he allí, pues, al alcalde Rosendo Maqui, que ha llegado a viejo a su turno. Ahora continúa sobre el pedrón, a la orilla del trigal, entregado a sus recuerdos. Su inmovilidad lo une a la roca y ambos parecen soldados en un monolito. Va cayendo la tarde y el sol toma un tinte dorado. Abajo, en el caserío, el vaquero Inocencio está encerrando los terneros y las madres lamentan con inquietos bramidos la separación. Una india de pollera colorada va por el senderillo que cruza la plaza. Curvado bajo el peso de un gran haz, avanza un leñador por media calle y ante la puerta de la casa de Amaro Santos se ha detenido un jinete. El alcalde colige que debe ser el mismo Amaro Santos, quien le pidió un caballo para ir a verificar algunas diligencias en el pueblo cercano. Ya desmonta y entra a la casa con andar pausado. Él es.
       La vida continuaba igual, pues. Plácida y tranquila. Un día más va a pasar, mañana llegará otro que pasará a su vez y la comunidad de Rumi permanecerá siempre, decíase Rosendo. ¡Si no fuera por esa maldita culebra! Recordó que los cóndores se precipitan desde lo alto con rapidez y precisión de flecha para atrapar la culebra que han visto y que luego levantan el vuelo con ella, que se retuerce desesperadamente, a fin de ir a comérsela en los picachos donde anidan. Tenían buenos ojos los cóndores. Él, desgraciadamente, no era un cóndor. En su mocedad había hecho de cóndor en las bandas de danzantes que animaban las ferias. Se ponía una piel de cóndor con cabeza y plumas y todo. La cabeza de pico ganchudo y tiesa cresta renegrida quedaba sobre la suya propia y las negras alas manchadas de blanco le descendían por los hombros hasta la punta de los dedos. Danzaba agitando las alas y profiriendo roncos graznidos. Como tras una niebla veía aún al viejo Chauqui. Éste afirmaba que en tiempos antiguos los indios de Rumi creían ser descendientes de los cóndores.
       A todo esto, Rosendo Maqui cae en la cuenta de que él, probablemente, es el único que conoce la aseveración de Chauqui y otras muchas cuestiones relacionadas con la comunidad. ¿Y si se muriera de repente? En verdad, al rescoldo del fogón y de su declinante memoria, había relatado abundantes acontecimientos, pero nunca en orden. Lo haría pronto, durante las noches en que mascaban coca junto a la lumbre. Su hijo Abram tenía buen juicio y también lo escucharían los regidores y Anselmo. ¡Recordar!
       Había visto y oído mucho. El tiempo borró los detalles superfluos y las cosas se le aparecían nítidamente, como esos estilizados dibujos que los artistas nativos suelen burilar en la piel lisa y áurea de las calabazas. Empero, algunos trazos habían envejecido demasiado y tendían a esfumarse, roídos también por la vejez. Su primer recuerdo —anotemos que Rosendo confunde un tanto las peripecias personales con las colectivas— estaba formado por una mazorca de maíz. Era todavía niño cuando su taita se la alcanzó durante la cosecha y él quedose largo tiempo contemplando emocionadamente las hileras de granos lustrosos. A su lado dejaron una alforja atestada. La alforja lucía hermosas listas rojas y azules. Quizá por ser éstos los colores que primero le impresionaron los amaba y se los hacía prodigar en los ponchos y frazadas. También le gustaba el amarillo, sin duda por revelar la madurez del trigo y el maíz. Bien visto, el negro le placía igualmente, acaso porque era así la inmensidad misteriosa de la noche. La cabeza centenaria de Rosendo trataba de buscar sus razones. Digamos nosotros que en su ancestro hubiera podido encontrar el rutilante amarillo del oro ornamental del incario. En último análisis, haciéndolo muy estricto, advertía que le gustaban todos los colores del arco iris. Sólo que el mismo arco iris, tan hermoso, era malo. Enfermaba a los comuneros cuando se les metía en el cuerpo. Entonces la curandera Nasha Suro les daba un ovillo de lana de siete colores que debían desenvolver y haciéndolo así, se sanaban. Justamente ahora su anciana mujer, Pascuala, estaba tejiendo una alforja de muchos colores. Ella decía: “Colores claritos pa poderlos ver; ya no veo; ya estoy vieja”. A pesar de todo, hacía un trabajo parejo y hermoso. Se había puesto muy enferma en los últimos tiempos y decía a menudo que se iba a morir. Envueltas en un pañuelo rojo —el pequeño atado cuelga junto al machete—, le lleva las yerbas recetadas por la entendida: huarajo, cola de caballo, sepiquegua, culén. La idea de la muerte se le afirmó a Pascuala desde una noche en que se soñó caminando tras de su padre, que ya era difunto. Ella amaneció a decir al marido: “Me voy a morir: mi taita ha venido a llevarme anoche”. Rosendo le había contestado: “No digas esas cosas, ¿quién no sueña?”, pero en el fondo de su corazón tuvo pena y miedo. Se guardaban un afecto tranquilo. Ahora, es decir. No había sido así siempre. En su mocedad se amaron de igual modo que ama al agua la tierra ávida. Él la buscaba, noche a noche, como a un dulce fruto de la sombra, y ella, a veces, se le rendía bajo el sol y en medio campo, cual una gacela.
       Habían tenido cuatro hijos y tres hijas. Abram, el mayor, era un diestro jinete; el segundo, Pancho, amansaba toros con mano firme; Nicasio, que le seguía, labraba bateas y cucharas de aliso que eran un primor, y el último, Evaristo, algo entendía de acerar barretas y rejas de arado. Éstas resultaban, en verdad, sus habilidades adicionales. Todos eran agricultores y su vida tenía que ver, en primer lugar, con la tierra. Se habían casado y puesto casa aparte. En cuanto a las hijas, Teresa, Otilia y Juanacha, ya estaban casadas también. Como conviene a la mujer, sabían hilar, tejer y cocinar y, desde luego, parir robustos niños. Rosendo no estaba muy contento de Evaristo. Cuando le dio por la herrería, tuvo que mandarlo al pueblo como aprendiz en el taller de don Jacinto Prieto y allí, además de domar el metal, se acostumbró a beber más de lo debido. No sólo le gustaba la chicha sino también el alcohol terciado, esa fiera toma de poblanos. Hasta ron de quemar bebía en ocasiones el muy bruto. Tampoco estaba muy contento de la Eulalia, mujer de su hijo mayor. Era una china holgazana y ardilosa y asombraba considerar cómo Abram, hombre de buen entendimiento, había errado el tiro cogiendo chisco por paloma. El viejo alcalde se consolaba diciendo: “¡Son cosas de la vida!”. No contaba a los hijos muertos por la peste. Pero consideraba todavía al cholo Benito Castro, a quien crió como hijo, y se había marchado hacía años. Pata de perro resultó el tal y se iba siempre para retornar a la casa, hasta que una vez, mediando una desgracia, desapareció. Bien mirado, estimaba también como hijo al arpista Anselmo, tullido a quien hizo lugar en su vivienda desde que se quedó huérfano. Tocaba muy dulcemente mientras anochecía. Algunas veces la vieja Pascuala, oyéndolo, se ponía a llorar. ¡Quién sabe qué añoranzas despertaba la música en su corazón!
       El sembrío seguía ondulando, maduro de sol crepuscular. Una espiga se parece a otra y el conjunto es hermoso. Un hombre se parece a otro y el conjunto es también hermoso. La historia de Rosendo Maqui y sus hijos se parecía, en cuanto hombres, a la de todos y cada uno de los comuneros de Rumi. Pero los hombres tienen cabeza y corazón, pensaba Rosendo, y de allí las diferencias, en tanto que el trigal no vive sino por sus raíces.
       Abajo había, pues, un pueblo, y él era su alcalde y acaso llamaba desde el porvenir un incierto destino. Mañana, ayer. Las palabras estaban granadas de años, de siglos. El anciano Chauqui contó un día algo que también le contaron. Antes todo era comunidad. No había haciendas por un lado y comunidades acorraladas por otro. Pero llegaron unos foráneos que anularon el régimen de comunidad y comenzaron a partir la tierra en pedazos y a apropiarse de esos pedazos. Los indios tenían que trabajar para los nuevos dueños. Entonces los pobres —porque así comenzó a haber pobres en este mundo— preguntaban: “¿Qué de malo había en la comunidad?”. Nadie les contestaba o por toda respuesta les obligaban a trabajar hasta reventarlos. Los pocos indios cuya tierra no había sido arrebatada aún, acordaron continuar con su régimen de comunidad, porque el trabajo no debe ser para que nadie muera ni padezca sino para dar el bienestar y la alegría. Ése era, pues, el origen de las comunidades y, por lo tanto, el de la suya. El viejo Chauqui había dicho además: “Cada día, pa pena del indio, hay menos comunidades. Yo he visto desaparecer a muchas arrebatadas por los gamonales. Se justifican con la ley y el derecho. ¡La ley!; ¡el derecho! ¿Qué sabemos de eso? Cuando un hacendao habla de derecho es que algo está torcido y si existe ley, es sólo la que sirve pa fregarnos. Ojalá que a ninguno de los hacendaos que hay por los linderos de Rumi se le ocurra sacar la ley. ¡Comuneros, témanle más que a la peste!”. Chauqui era ya tierra y apenas recuerdo, pero sus dichos vivían en el tiempo. Si Rumi resistía y la ley le había propinado solamente unos cuantos ramalazos, otras comunidades vecinas desaparecieron. Cuando los comuneros caminaban por las alturas, los mayores solían confiar a los menores: “Ahí, por esas laderas —señalaban un punto en la fragosa inmensidad de los Andes—, estuvo la comunidá tal y ahora es la hacienda cual”. Entonces blasfemaban un poco y amaban celosamente su tierra.
       Rosendo Maqui no lograba explicarse claramente la ley. Se le antojaba una maniobra oscura y culpable, Un día, sin saberse por qué ni cómo, había salido la ley de contribución indígena, según la cual los indios, por el mero hecho de ser indios, tenían que pagar una suma anual. Ya la había suprimido un tal Castilla, junto con la esclavitud de unos pobres hombres de piel negra a quienes nadie de Rumi había visto, pero la sacaron otra vez después de la guerra. Los comuneros y colonos decían: “¿Qué culpa tiene uno de ser indio? ¿Acaso no es hombre?”. Bien mirado, era un impuesto al hombre. En Rumi, el indio Pillco juraba como un condenado: “¡Carajo, habrá que teñirse de blanco!”. Pero no hubo caso y todos tuvieron que pagar. Y otro día, sin saberse también por qué ni cómo la maldita ley desapareció.
       Unos dijeron en el pueblo que la suprimieron porque se había sublevado un tal Atusparia y un tal Uchcu Pedo, indios los dos, encabezando un gran gentío, y a los que hablaron así los metieron presos. ¿Quién sabía de veras? Pero no habían faltado leyes. Saben mucho los gobiernos. Ahí estaban los impuestos a la sal, a la coca, a los fósforos, a la chicha, a la chancaca, que no significaban nada para los ricos y sí mucho para los pobres. Ahí estaban los estancos. La ley de servicio militar no se aplicaba por parejo. Un batallón en marcha era un batallón de indios en marcha. De cuando en cuando, a la cabeza de las columnas, en el caballo de oficial y luciendo la relampagueante espada de mando, pasaban algunos hombres de la clase de los patrones. A ésos les pagaban. Así era la ley. Rosendo Maqui despreciaba la ley. ¿Cuál era la que favorecía al indio? La de instrucción primaria obligatoria no se cumplía. ¿Dónde estaba la escuela de la comunidad de Rumi? ¿Dónde estaban las de todas las haciendas vecinas? En el pueblo había una por fórmula. ¡Vaya, no quería pensar en eso porque le quemaba la sangre! Aunque sí, debía pensar y hablaría de ello en la primera oportunidad con objeto de continuar los trabajos. Maqui fue autorizado por la comunidad para contratar un maestro y, después de muchas búsquedas, consiguió que aceptara serlo el hijo del escribano de la capital de la provincia por el sueldo de treinta soles mensuales. Él le dijo: “Hay necesidad de libros, pizarras, lápices y cuadernos”. En las tiendas pudo encontrar únicamente lápices muy caros. Preguntando y topeteándose supo que el Inspector de Instrucción debía darle todos los útiles. Lo encontró en una tienda tomando copas: “Vuelve tal día”, le dijo con desgano. Volvió Maqui el día señalado y el funcionario, después de oír su rara petición, arqueando las cejas, le informó que no tenía material por el momento: habría que pedirlo a Lima, siendo probable que llegara para el año próximo. El alcalde fue donde el hijo del escribano a comunicárselo y él le dijo: “¿Así que era en serio lo de la escuela? Yo creí que bromeabas. No voy a lidiar con indiecitos de cabeza cerrada por menos de cincuenta soles”. Maqui quedó en contestarle, pues ya había informado de que cobraba treinta soles. Pasó el tiempo. El material ofrecido no llegó el año próximo. El Inspector de Instrucción afirmó, recién entonces, que había que presentar una solicitud escrita, consignando el número de niños escolares y otras cosas. También dijo, con igual retardo, que la comunidad debía construir una casa especial. ¡No le vengan con recodos en el camino! El empecinado alcalde asintió en todo. Contó los niños, que resultaron más de cien, y después acudió donde un tinterillo para que le escribiera la solicitud.
       La obtuvo mediante cinco soles y por fin fue “elevada”. Por su lado consiguió autorización para pagar los cincuenta soles mensuales al maestro y llamó a algunos comuneros, entre ellos al más diestro en albañilería, para que levantaran la casa especial. Comenzaron a pisar el barro y hacer los adobes con mucha voluntad. En ese estado se encontraban las cosas. Quizá habría escuela. Ojalá llegaran los útiles y el profesor no se echara atrás de nuevo. Convenía que los muchachos supieran leer y escribir y también lo que le habían dicho que eran las importantes cuatro reglas. Rosendo —qué iba a hacer— contaba por pares, con los dedos si era poco y con piedras o granos de maíz si era mucho y así todavía se le embrollaba la cabeza en algunas ocasiones de resta y repartición. Bueno era saber. Una vez entró a una tienda del pueblo en el momento en que estaban allí, parla y parla, el subprefecto, el juez y otros señores. Compró un machete y ya se salía cuando se pusieron a hablar del indio y en ese momento él hizo como que tenía malograda la correa de una ojota. Simulando arreglársela tomó asiento en la pequeña grada de la puerta. A su espalda sonaban las voces: “¿Ha visto usted la tontería? Lo acabo de leer en la prensa recién llegada. Estos indios…”. “¿Qué hay, compadre?”. “Que se discute en el parlamento la abolición del trabajo gratuito y hasta se habla de salario mínimo”. “Pamplinas de algún diputado que quiere hacerse notar”. “Es lo que creo, no pasará de proyecto”. “De todos modos, son avances, son avances. Éstos —un índice apuntó al distraído y atareado Maqui— se pueden poner levantiscos y reclamadores”. “No crea, usted. Ya ve lo que pasa con las comunidades indígenas por mucho que esté más o menos aceptada su existencia. Una cosa es con guitarra y otra cosa es con violín, según decía mi abuelita”. Estallaron sonoras carcajadas. “De todos modos —volvió a sonar la voz prudente—, son avances, son avances. Demos gracia a que éstos —el indiferente volvió a ser señalado— no saben leer ni se enteran de nada; si no, ya los vería usted… ya los vería…”. “En ese caso, la autoridad responde. Mis amigos, mano enérgica”. Hubo un cuchicheo seguido de un silencio capcioso, y después sonaron pasos tras Rosendo. Alguien le golpeó con un bastón en el hombro, haciéndole volver la cara. Vio al subprefecto, que le dijo con tono autoritario: “¿Te estás haciendo el mosca muerta? Éste no es sitio de sentarse”. Rosendo Maqui se colocó la recién arreglada ojota y tomó calle arriba con paso cansino.
       Ahí había, pues, un pequeño ejemplo de lo que pasaba, y la indiada ignorante sin saber nada. ¡Cabezas duras! A las mocitas de dedos tardos para hacer girar el huso y extraer un hilo parejo del copo de lana, las madres les azotaban las manos con varillas espinudas de ishguil hasta hacerles sangre. ¡Santo remedio de la plantita maravillosa! Las volvía hilanderas finas. Rosendo sonrió con toda la amplitud de sus belfos; así debía pasar con las cabezas. Darles un librazo y vamos leyendo, escribiendo y contando. Claro que no podría ser cuestión de un golpe solamente sino de muchos. Él guardaba un abultado legajo de papeles en los que constaba la existencia legal de la comunidad. Los arrollaría formando una especie de mazo. “Formar en fila, comuneros, que ahora se trata de instruirse”. Plac, ploc, plac, ploc, y ya están hechos unos letrados. Rosendo Maqui dejó de sonreír. Él no tenía los papeles en su poder por el momento. Don Álvaro Amenábar y Roldán —toda esa retahíla era el nombre— se había presentado ante el juez de Primera Instancia de la provincia reclamando sobre linderos y exigiendo que la comunidad de Rumi presentara sus títulos. Era propietario de Umay, una de las más grandes haciendas de esos lados. Rosendo Maqui había llevado, pues, los títulos y nombrado apoderado general y defensor de los derechos de la comunidad de Rumi a un tinterillo que lucía el original nombre de Bismarck Ruiz. Era un hombrecillo rechoncho, de nariz colorada, que se hacía llamar “defensor jurídico”, a quien encontró sentado ante una mesa atiborrada de papeles en la que había también un plato de carne guisada y una botella de chicha. Él dijo, después de examinar los títulos: “Los incorporaré al alegato. Aquí hay para dejar sentado al tal Amenábar —el tono de agresividad que empleó para nombrar al hacendado complació a Maqui—, y si insiste, el juicio puede durar un siglo, después de lo cual perderá teniendo que pagar daños y perjuicios”. Finalmente, Bismarck Ruiz le refirió que había ganado muchos juicios, que el de la comunidad terminaría al comenzar, es decir, presentando los títulos, y le cobró cuarenta soles. Parloteando como un torrente no se dio cuenta de que había hecho lucir unos imprudentes cien años en el primer momento. Maqui pensó muchas veces en ello.
       Ahora, envuelto por la bella y frágil luminosidad del atardecer y la emoción oscura del presagio, cierta pena imprecisa tornó a burbujearle en el pecho. Empero, la madurez creciente y rumorosa del trigo y el hálito poderoso de la tierra eran un himno a la existencia.
       Tomado por un oleaje de dudas y de espigas, de colores fugaces y esencias penetrantes, Rosendo Maqui se afirmó en la verdad de la tierra y le fue fácil pensar que nada malo sucedería. Si la ley es una peste, Rumi sabía resistir pestes. Lo hizo ya con las que tuvieron forma de enfermedades. Verdad es que se llevaron a muchos comuneros, que el trabajo de cavar tumbas fue tenaz y desgarrado el llanto de las mujeres, pero los que lograron levantarse de la barbacoa o se mantuvieron en pie durante el azote, comenzaron a vivir con nueva fuerza. Con los años, el recuerdo de la mortandad fue el de una confusa pesadilla. Tristes y lejanos días. Tanto como Maqui había visto, la viruela llegó, flageló y pasó tres veces.
       Quienes la sufrieron la primera se consolaban pensando que ya no les daría más. ¡Ay, doctorcitos! Entre otros casos hubo el de una china, buenamoza por añadidura, que se enfermó de viruela las tres veces. Quedó con la cara tan picoteada que perdió su nombre para ganar el apodo de Panal. Ella se quejaba de la suerte y manifestaba que hubiera preferido morir. La suerte mandó el tifo. Asoló en dos ocasiones con más fiera saña que la viruela. Los comuneros morían uno tras otro y los vivos, azotados por la consumidora candela de la fiebre, apenas podían enterrarlos. Nadie pensaba en velorios. Haciendo un gran esfuerzo, los muertos eran llevados al panteón lo más pronto para evitar que propagaran la muerte. El indio Pillco, de puro reclamador y gruñón que era, protestaba hasta de lo que no pasaba todavía. “¿Quién va a enterrar a los que mueran de último?”, rezongaba. “Es cosa de morirse luego para no quedar botao”. Y murió, pues, pero sin duda no lo hizo el destino para darle gusto sino porque ya estaba harto de un deslenguado. También hubo casos extraños durante el tifo. El más raro fue el de un muerto que resucitó. Un indio que sufría la enfermedad durante muchos días de repente comenzó a boquear, perdió el habla y finó. Incluso se puso todo lo tieso que puede estarlo un muerto verdadero. Su mujer, naturalmente, lloraba. Los enterradores acudieron y, después de envolverlo en sus propias cobijas y colocarlo en una parihuela llamada quirma, le condujeron al panteón. No habían ahondado la fosa más de una vara cuando estalló una feroz tormenta. Entre relámpagos y chicotazos de agua, metieron el cadáver, le echaron unas cuantas paladas de tierra y se fueron prometiéndose volver al día siguiente para terminar de cubrirlo. No lo hicieron. A eso de la medianoche, la mujer del difunto, que dormía acompañada de sus dos pequeños hijos, oyó toques en la puerta. Después, una voz cavernosa y acongojada la llamó por su nombre: “Micaela, Micaela, ábreme”. La pobre mujer, pese a todo, reconoció el acento y casi se desmaya. Creyó que el difunto estaba penando. Se puso a rezar en voz alta y los niños se despertaron echándose a llorar. La súplica angustiada continuó afuera: “Micaela, soy yo, soy yo, ábreme”. Claro que era el difunto: eso lo sabía. Dos mujeres que velaban en la casa vecina, cuidando un enfermo, salieron al oír el alboroto. “¿Quién?”, preguntó una de ellas. “Soy yo”, contestó el difunto. Llenas de pánico echaron a correr y no pararon hasta la casa de Rosendo Maqui, a quien despertaron e informaron de que el difunto de esa tarde estaba penando y había ido a buscar a su mujer para llevársela. Ellas lo habían visto y oído. Ahí estaba, en camisa y calzón, llamando a la pobre Micaela y empujando la puerta de su casa. Maqui, que en la ocasión resultaba alcalde de vivos y muertos, se revistió de toda su autoridad y fue a ver lo que ocurría. Las chinas caminaban detrás, a prudente distancia. ¿Iría a convencer al difunto de que se volviera al panteón y se contentara con morir solo? Mientras se acercaban oían que el cadáver ambulante gritaba: “Micaela, ábreme”, y ella, que había dejado de rezar, clamaba: “Favor, favor”. Apenas vio al alcalde, el rechazado avanzó hacia él: “Rosendo, taita Rosendo, convéncela a mi mujer; no estoy muerto: estoy vivo”. La voz traía, evidentemente, algo del otro mundo. Rosendo cogió al pobre comunero de los hombros y aún en la oscuridad pudo apreciar el gesto trágico de una cara congestionada de sufrimiento. Se calmó un poco y relató. Había despertado y al sentir un frío intenso, estiró los brazos. Tocó barro y luego se dio cuenta de que en su cara también había barro. Sobresaltado, tanteó a un lado y otro y mientras lo hacía le llegó un olor a muerto, como si hubiera un cadáver junto a él. Estaba en una tumba. Se incorporó dando un salto desesperado y salió de la sepultura. Lo rodeaban inclinadas cruces de palo; más lejos estaba la pared de piedra que cercaba el panteón. Un alarido se le anudó en el cuello y huyó a escape, pero apenas salió del cementerio las fuerzas diezmadas por la enfermedad le fallaron del todo y cayó. Estando en el suelo vio el caserío con sus techos angulosos y sus árboles copudos surgiendo de un bloque de sombra, y luego el cielo, uno de esos cielos despejados que siguen a las tormentas, donde palpitaban escasas pero grandes estrellas. En ese instante se convenció de que estaba vivo y, lo que es más, de que iba a vivir. Hizo un gran esfuerzo para pararse y con paso lento y temblequeante caminó hasta su casa. Eso era todo. El alcalde lo cogió por la cintura y, coligiendo que la espantada consorte se habría serenado ya, pues para eso dio tiempo, lo condujo hasta la puerta. Desde ahí, el mismo alcalde llamó a la mujer, quien hizo luz y abrió blandamente la pesada hoja de nogal. Micaela estaba muy pálida y la llama de una vela de sebo le titilaba sobre la mano trémula. Los pequeños miraban con ojos inmensos. El hombre entró y se tendió silenciosamente en una barbacoa de las dos que mostraba la pieza. Se le notaba un reprimido deseo. Acaso quería hablar o llorar. La mujer lo cubrió con unas mantas y el alcalde se sentó junto a la cabecera. Entretanto las dos mujeres que avisaron habían ido a su casa y ya volvían trayendo una pócima a base de aguardiente. El postrado la bebió con avidez. Rosendo Maqui se puso a palmearle afectuosamente el hombro, diciéndole: “Cálmate y duérmete. Así son los sufrimientos”. La mujer le tendió su humilde ternura en una manta sobre los pies. Y el hombre apesadumbrado se fue calmando y, poco a poco, se durmió blandamente. No murió. Sanó del tifo, pero quedó enfermo de tumba. Los nervios le temblaban en la oscuridad de la noche y temía al sueño como a la muerte. Mas cuando llegaron las cosechas y la existencia se le brindó colmada de frutos, curó también del sepulcro y volvió a vivir plenamente. Aunque sólo por días. Debido a la peste no eran muchos los recolectores y el esfuerzo resultaba muy grande. Él animaba a sus compañeros: “Cosechemos, cosechemos, que hay que vivir”. Y le brillaban los ojos de júbilo. Pero su corazón había quedado débil y se paró dejándolo caer aplastado por un gran saco de maíz. Entonces sí murió para siempre. Rosendo Maqui quería recordar el nombre, que se le fugaba como una pequeña luciérnaga en la noche. Recordaba, sí, que los dos hijos crecieron y ya eran dos mocetones de trabajo cuando llegaron los azules y se los llevaron.
       Ésa fue otra plaga. Por mucho tiempo se habló de que había guerra con Chile. Dizque Chile ganó y se fue y nadie supo más de él. Los comuneros no vieron la guerra porque por esos lados nunca llegó. En una oportunidad se alcanzó a saber que pasaba cerca un general Cáceres, militarazo de mucha bala, con su gente. También se supo que se encontró con Chile en la pampa de Huamachuco y ahí hubo una pelea fiera en la que perdió Cáceres. Rosendo Maqui había logrado ver, años atrás, en una mañana clara, a la distancia, semiperdido en el horizonte, un nevado que le dijeron ser el Huailillas. Por ahí estaba Huamachuco. Lejos, lejos. Los comuneros creyeron que Chile era un general hasta la llegada de los malditos azules. El jefe de éstos oyó un día que hablaban del general Chile y entonces regañó: “Sepan, ignorantes, que Chile es un país y los de allá son los chilenos, así como el Perú es otro país y nosotros somos los peruanos. ¡Ah, indios bestias!”. Las bestias, y hambrientas, eran los montoneros. Llegando, llegando, el jefe de los azules dijo: “El cupo de la comunidad de Rumi es una vaca o diez carneros diarios para el rancho, además de los granos necesarios”. ¡Condenados! Unos eran los llamados azules por llevar una banda de tela azul ceñida a la copa del sombrero o al brazo y otros eran los colorados por llevar también una banda, pero colorada, en la misma forma. Los azules luchaban por un tal Iglesias y los colorados por el tal Cáceres. De repente, en un pueblo se formaba una partida de azules y en otro una de colorados. O en el mismo pueblo las dos partidas y vamos a pelear. Andaban acechándose, persiguiéndose, matándose. Caían en los pueblos y comunidades como el granizo en sembrío naciente. ¡Viva Cáceres! ¡Viva Iglesias! Estaba muy bueno para ellos. Grupos de cincuenta, de cien, de doscientos hombres a quienes mandaba un jefe titulado mayor o comandante o coronel. También llegaron a Rumi, pues. El jefe era un blanquito de mala traza y peor genio a quien le decían mayor Téllez. Pero de mandar en primer término lo hubiera dejado muy atrás su ayudante Silvino Castro, alias Bola de Coca. Era un cholo fornido que siempre tenía una gran bola de coca abultándole la mejilla. Pero se comprendía que el apodo calzaba mejor sabiendo que su bola de coca le había salvado la vida. Durante unas elecciones, Castro era matón oficial y jefe de pandilla de cierto candidato y, al volver una esquina, se encontró de improviso con el que ocupaba igual cargo en el bando contrario. Éste sacó rápidamente su revólver y le hizo dos disparos a boca de jarro, dejándolo por muerto al verlo caído y con la cara sangrante. Pero el cholo Castro, para sorpresa de sí mismo, pudo levantarse. Se tocó la cara dolorida y después vio su mano llena de sangre. La sangre le llenaba también la boca con su salina calidez y la escupió junto con la bola. Algo extraño se desprendió de ésta y, al fijarse bien, distinguió que era el plomo del disparo. La bala, después de perforar los tejidos de la mejilla, se quedó atascada en el apelmazado bollo verde. El otro tiro se había perdido por los aires. Castro, para dar mayor colorido al episodio, decía que por ese lado no tenía muelas, de modo que el balazo le habría dado en el paladar causándole la muerte. A esto replicaba el mayor Téllez diciendo que era falso lo de la falta de muelas, pues él, con todo el peso de su autoridad, había hecho que Castro abriera la boca y se las mostrara. Apenas tenía picada una y las demás estaban intactas. Después se armaban grandes discusiones respecto a la eficacia de los tiros de cerca. Había un montonero que afirmaba que, aun sin la bola, el tiro apenas habría roto las muelas no ocasionando mayor daño. Castro ratificaba que en ese carrillo no tenía muelas. Por último, invitaba a su oponente, si es que estaba seguro de su dicho, a dejarse meter un tiro a boca de jarro. Entonces el mayor Téllez decía que los tiros debían reservarlos para los colorados. Resultaba original pensar que un hombre pudiera ser salvado por una bola de coca y se aceptaba de primera intención la historia. Para desgracia de Castro, que estaba un poco orgulloso de tal evento, la tozuda cicatriz que marcaba del carrillo traía el recuerdo a menudo y luego las dudas y las disputas. Que la bola detuvo el plomo, que las muelas pudieron detenerlo también. En fin, estos y parecidos problemas ocupaban las discusiones de los patrióticos azules que, desde luego, luchaban por Iglesias y la salvación nacional. Cada quien se creía con aptitudes para ministro o por lo menos para prefecto. Lo más malo de todo era que no tenían trazas de irse. ¿Acaso el gobierno estaba en Rumi? Silvino Castro se embriagaba a menudo, y recorría el caserío echando tiros. Apuntaba a las gallinas diciendo que les daría en la cabeza. Si bien no conseguía hacerlo todas las veces, las mataba siempre. Las mocitas miraban a los montoneros con ojos medrosos. Un día Chabela, la chinita más linda de la comunidad, llegó donde su madre llorando a contarle que Bola de Coca la había forzado tras la cerca de un maizal. Las sombras nocturnas tremolaron después conmovidas por el alarido de otras vírgenes. Y el cielo amanecía siempre azul, como brindando a esos perros los retazos que se amarraban en los sombreros y en las mangas. Cierto día, Bola de Coca hizo formar a todos los jóvenes del pueblo y escogió a los más fuertes para darles el cargo de ordenanzas. Cuidarían los caballos de los jefes. Rosendo Maqui fue a interceder por ellos ante el mayor Téllez y entonces intervino Bola de Coca: “Fuera de aquí, indio bruto, antes de que te mate por antipatriota. Ellos están sirviendo a la patria”. Después le quiso pegar y el mayor Téllez no se atrevió o no quiso decir nada. Hasta que un día, feliz y al mismo tiempo desgraciado día, asomaron los colorados. Al galope, al galope, los que venían a caballo. Detrás, corre y corre, los que se acercaban a pie. “¡Viva Cáceres!”. Traían sangre en las mangas y sombreros. Los azules se llamaron y encorajinaron dando gritos: “¡Hay que defender la plaza!” dijo el mayor Téllez. “¡Defendámosla!”, bramó Bola de Coca. Rosendo Maqui se preguntaba: “¿Qué plaza?”, y entre sí decía que ojalá se fueran a la plaza para que los mataran a todos. Los colorados avanzaban regando humaredas y detonaciones. Un azul se puso a tocar la campana de la capilla. Téllez y Bola de Coca repartieron a su gente. Unos subieron a los terrados y se asomaron a las claraboyas. Otros se parapetaron en las cercas de piedra. Pocos, los más valientes, treparon a los árboles. Todo esto pasaba en el lado del caserío que daba al camino por donde venían los colorados. “¡Viva Cáceres!”, “¡Mueran los traidores!”, “¡Viva Iglesias!”, “¡Viva la patria!”. ¿Por qué dirían así? Ellos sabían sus asuntos. Nutrida racha de balas recibió a los jinetes cuando estuvieron a tiro. Quienes se fueron de bruces, quienes desmontaron por sí mismos. Los segundos corrieron a cubrirse tras las piedras o las lomas y se pusieron a disparar repetidamente. Los infantes llegaban ya y, metiendo bala, comenzaron a avanzar por los flancos. Algunos azules cayeron de los árboles, otros se aquietaron tras las pircas. Un grupo de colorados llegó hasta la capilla y la tomó acuchillando por la espalda a dos azules que disparaban mirando hacia el camino. Entonces Bola de Coca, que estaba encaramado en un saúco, se dio cuenta de que los iban a rodear y dio la orden de retirada. Para qué, era un valiente y se quedó al último, con diez hombres, baleando a los que pretendían acercarse. Téllez y el grueso de azules, que ya no lo eran del todo, pues algunos estaban también rojos de sangre, corrieron hasta voltear una loma, tras la cual aguardaban los ordenanzas con los caballos. Bola de Coca y su gente fugaron a su vez, y ya era tiempo porque los colorados habían montado y avanzaban al galope, haciendo relucir sus largos sables. Más allá, el camino entraba a una ladera escarpada y la persecución no prosperó, retornando los jinetes con sólo dos azules prisioneros.
       Rosendo Maqui lo vio todo desde un lugar próximo al que ocupaba en ese momento, pues cuando los colorados surgieron a lo lejos, se dijo: “¿Yo qué pito toco en esta danza?” y trepó la cuesta hasta llegar a unas matas, entre las que se ocultó para observar. Los otros comuneros, menos los ordenanzas, se escondieron en sus casas.
       Cuando Maqui bajó, el caserío olía a sangre y a pólvora. Micaela, la viuda del resucitado, gritaba: “¡Mis hijos, mis hijos!, ¿dónde están mis hijos?”, lo mismo que las madres de los demás muchachos. En eso llegaron los jinetes conduciendo dos prisioneros, quienes contaron que el mayor Téllez, al ver que sobraban caballos debido a los muertos, obligó a montar a cuantos lo acompañaban, dejando solamente cinco para Bola de Coca y su gente. Así fue como no hubo caballos para todos los rezagados y los dos últimos cayeron presos. Las madres blasfemaban y lloraban pidiendo al jefe colorado, un comandante Portal, que fusilara a los prisioneros y también a los heridos azules que llegaban en ese momento, conducidos por indios y montoneros en sillas de manos y en la parihuela de entierros. Los heridos sangraban sin quejarse y tanto ellos como los presos miraban al jefe vencedor con ojos tristes y brillantes. Las madres seguían clamando: “¡Afusílelos, afusílelos!”. Los heridos habían sido puestos en el suelo y la sangre de uno de ellos fluía empozándose en un hoyo, “¡Afusílelos, afusílelos!”. Portal prendió un cigarrillo. La indiada se le aglomeraba en torno formando una masa compacta. Micaela chillaba ante el comandante impasible y por último se abalanzó sobre un herido, hecha una puma enfurecida, con el propósito crispado en las uñas de desgarrarle el cuello. Fue detenida por dos montoneros, pero sin embargo logró caer de bruces sobre el hoyo donde se embalsaba la sangre y beberla jadeando. Después volviose con la cara roja y profirió un espantoso alarido antes de sentarse y abandonarse a una laxitud de inconsciente. Sabe Dios qué impresión causó todo ello al comandante Portal, famoso por ser implacable con los enemigos, pues en lugar de fusilarlos ordenó: “Abran la capilla y metan ahí a todos los heridos. En el equipaje hay algunos desinfectantes y vendas. A los dos prisioneros, centinelas de vista y nada más”. Luego pidió a su asistente: “Sírveme un buen trago de pisco”. Más tarde los comuneros reunieron a los muertos, que fueron en total veinticinco, y los llevaron al panteón. Portal dispuso: “Pónganlos juntos. Al fin y al cabo son peruanos y conviene que se abracen alguna vez, aunque sea muertos”. Los comuneros cavaron una larga y honda zanja. El comandante y Maqui fueron a ver el entierro y, mientras metían los cadáveres de los colorados, el primero decía: “Ese cholito retaco era una fiera. Entró a la montonera con un rejón y en la pelea ganó un rifle”. “Este largo era aficionado a las chinas”. “Siento mucho la muerte de aquel apellidado Rosas, porque hacía chistes muy buenos”. Así comentaba sus habilidades. Al ver los cadáveres de los azules, decía: “¡Qué tipo tan recio, bueno para soldado!”. O si no: “Ése es un rico tiro: en media frente. ¿Cuál de mis hombres lo haría para premiarlo?”. Rosendo Maqui, cortésmente, asentía moviendo la cabeza y pensaba que era una suerte que los prisioneros y heridos azules vivieran aún.
       De vuelta, hizo lavar las manchas de sangre que teñían el suelo en diversos sitios, pues era sangre de cristianos, es decir, el signo de su vida, y no se la debía pisotear. Enseguida se dirigió a la capilla y vio que la fraternidad no alcanzaba únicamente a los peruanos muertos sino también a los heridos. Por lo menos, momentáneamente, habían olvidado que eran azules y colorados. Sobre el suelo, envueltos en mantas listadas y la penumbra del recinto, estaban alineados en dos filas y los menos graves conversaban pitando cigarrillos que se habían invitado recíprocamente. Los otros, inmóviles, algunos con la cabeza albeante de vendas, miraban al techo o a la imagen colocada en el altar mayor. Alguien gemía con la boca cerrada, sordamente. Frente al altar había un indio encendiendo ceras que los heridos devotos mandaban colocar. La bendita imagen de San Isidro labrador, patrón de chacareros, estaba allí en una hornacina. Usaba capa española y sombrero criollo de paja blanca adornado con una cinta de los colores patrios. La capa dejaba ver un pantalón bombacho que se abullonaba entrando en unas botas lustrosas. La mano izquierda se recogía suavemente sobre el pecho, en tanto que la otra, estirada, empuñaba una pala. De perilla y bigote, piel sonrosada y ojos muy abiertos, San Isidro tenía el aire satisfecho de un campesino próspero después de una buena cosecha. Entraron unos cuantos montoneros a poner ceras también e inquirieron por la imagen de San Jorge. La misma pregunta había sido formulada ya por los heridos y al respondérseles igualmente que no estaba allí, colocaron sus ceras ante la de San Isidro. En las paredes laterales de la capilla, diurnas de cal, colgaban unos cuadritos de colores que representaban las diversas fases de la Pasión del Señor. Los montoneros habrían preferido a San Jorge, flor y nata de guerreros. Otros santos que fueron hombres de armas combatieron con hombres, en tanto que San Jorge se enfrentó a un feroz dragón, le dio batalla y le ocasionó la muerte con su lanza. Uno de los montoneros sacó una estampa del santo de su devoción y reclinándola sobre la puntera de las botas de San Isidro, la dejó allí para que recibiera el homenaje de la luz. Se veía a un hermoso San Jorge de mirada fiera y gesto decidido, jinete en un gallardo corcel blanco, enristrando un buido lanzón frente a una enorme bestia de cabeza de cocodrilo, garras de león, alas de murciélago y cola de serpiente que echaba llamas por la boca. Para decir verdad, a Rosendo Maqui no le agradó mucho la devoción, pues él no encontraba nada mejor que un santo que cultivara la tierra y por otro lado ponía en duda la existencia de un animal tan horrible.
       A poco llegaron varias indias, entre ellas Chabela, que colocaron velas y se arrodillaron a orar con triste acento. Las velas amarillas se consumían prodigando una llama rojiza y humeante, de olor a sebo. San Isidro, aquella vez, parecía a pesar de todo un poco triste. Al pie, más abajo de la estampa de San Jorge, contorsionándose como gusanos entre la penumbra, los heridos se quejaban, charlaban o dormían un inquieto sueño. Las oscuras siluetas de las rezadoras y los tendidos triunfaban de la oscuridad, que parecía brotar del suelo, gracias a sus vestidos y mantas de color y las vendas. Las velas y las paredes calizas apenas conseguían aclarar con su resplandor el largo recinto sin ventanas. Cuando Maqui salió, supo que Micaela no tenía cuándo volver en sí y parecía loca o idiota. Hubo de contenerse para no llorar cuando la vio. Estaba con los ojos muy abiertos y gemía inacabablemente: ennnn, ennnn, ennnn… Sentada, la mandíbula inferior colgante y los brazos abandonados a su laxitud, parecía un animal fatigado o muriente.
       Así fueron los azares de aquellos días. Los colorados estuvieron en Rumi una semana, comiendo tantos carneros y vacas como los azules. Al marcharse dejaron cuatro heridos, de los cuales tres se fueron una vez sanos y uno, de traza india, se quedó en la comunidad al enredarse con una viuda. San Isidro les supo perdonar sus desaires y los curó a todos. Sólo la pobre Micaela quedó enferma, hecha una mera calamidad, pues no daba razón de su ser. Aunque mejoró un poco y dejó de quejarse, andaba tonteando por el caserío. Solía decir a cuantos encontraba al paso: “Ya van a volver; de un día a otro van a volver”. Tal era su tema. Al fin murió y los comuneros decían: “Pobre demente, mejor es que haya muerto”. No sólo heridos, desgracias y malos recuerdos dejaron los montoneros en Rumi, También dejaron hijos. La feminidad de las mocitas triunfó de su íntimo rechazo y, en el tiempo debido, nacieron los niños de sangre extraña, a quienes se llamó Benito Castro, Amaro Santos, Remigio Collantes y Serapio Vargas. Los padres, definitivamente ausentes, tal vez muertos en las guerras civiles, no los verían jamás. Hubo un caso que únicamente Rosendo Maqui conocía. Un indio que estuvo lejos de la comunidad durante la estada de los montoneros, al regresar encontró a su mujer preñada. Maqui le dijo, cuando fue a consultarle: “No ha sido a güenas y no debes repudiar y ni siquiera avergonzar a tu pobre mujer. El niño debe llevar tu nombre”. Así pasó. Las complicaciones aumentaron por el lado de las chinas solteras.
       Los mozos no querían tomarlas para siempre y se casaban con otras. Maqui predicaba: “Ellas no tienen la culpa y ese proceder es indebido”. Al fin se fueron casando, a intervalos largos. El padrastro de Benito no lo quería y andaba con malos modos y castigos injustos —así es el oscuro corazón del hombre— hasta que Rosendo lo llevó a vivir consigo. Él y su mujer lo trataban como a sus propios hijos y Benito creció con ellos diciendo taita, mama y hermanos. Pero su sangre mandaba. Siendo pequeño comenzó a distinguirse en el manejo de la honda. Desde dos cuadras de distancia lograba acertar a la campana de la capilla. El asunto era para reírse. Maqui acostumbraba llamar a los regidores tocando la campana, a fin de no perder tiempo. Tenía señalado a cada uno cierto número de campanadas. De repente un guijarro golpeaba dando la señal: lann y se presentaba un regidor que, después de las aclaraciones del caso, salía blandiendo su garrote mientras Benito echaba a correr hacia el campo. En las noches de luna los pequeños de la comunidad iban a la plaza y ahí se ponían a jugar. La luna avanzaba con su acostumbrada majestad por el cielo y ellos gritaban alegremente mirando el grande y maravilloso disco de luz:

Luna, Lunaaaa,
dame tuna…
Luna, Lunaaaa,
Dame fortuna…

       Creían que podía darles cosas. Los más crecidos demandaban a los chicos que se fijaran bien, pues en la redondela había una burrita que conducía a una mujer. Algunos afirmaban que era la Virgen con el niño Jesús en brazos y otros que tan solamente una hilandera.

Luna, Lunaaaa,
dame tunaaaa…

       En lo mejor, Benito Castro, que estaba escondido en algún rincón, aparecía a toda carrera imitando los mugidos del toro o los rugidos del puma. Los chicuelos huían en todas direcciones, ponchos y polleras al viento, y él cogía a alguno para zarandearlo como si lo fuera a despedazar. Después se ponía a saltar gritando cómicamente:

Luna, Lunaaaa,
Dame fortunaaaa…


       Tales recuerdos enternecían a Rosendo Maqui. ¿Por dónde se encontraría Benito? ¿Viviría aún? Esperaba que viviera todavía, lo creía así con el fervor que depara el afecto. Su vieja mujer llegaba a asegurar que cualquier rato asomaría de regreso, alegre y fuerte como si no hubiera pasado nada. Ella rememoraba a su Benito frecuentemente, diciendo que era el hijo que más lágrimas le había costado. Quizá por eso lo quería más intensamente, con esa ternura honda que produce en las madres el pequeño travieso y el mozo cerril en quien se advierte al hombre cuyo carácter hará de su existencia una dura batalla. Maqui no deseaba recordar la forma en que se desgració Benito, y menos cómo él, austero alcalde, había dejado de ser justo una vez. Nadie podía reprocharle nada, pero él mismo se reprochaba su falla o, para ser más exactos, se sentía incómodo al considerarla. Nosotros, que tenemos más amplios deberes que Maqui, aunque sin duda menos importantes, explicaremos lo necesario a su tiempo. Por el momento no consideramos oportuno puntualizar nada, sobre todo respecto al traspiés de Maqui, a quien deseamos tratar comprensivamente, dejando que viva en forma de todas maneras justa. Tampoco deseamos adelantar cosa alguna acerca del posible retorno de Benito Castro. Sería prematuro y ello violaría en cierto modo la propia fuerza de los acontecimientos. Ahora, a la verdad, lo reclama el afecto de los ancianos, pero ¿quién no sabe cómo es el corazón de los padres que sufren la ausencia? El grito va y vuelve, torna y retorna al pecho del amoroso:

Luna, Lunaaaa,
dame tunaaaa…


       Oscurece lentamente. El trigal se vuelve una convulsionada laguna de aguas prietas y en la hoyada, el caserío ha desaparecido como tragado por un abismo. Pero ya brota una luz y otra y otra. Los fogones de llama roja palpitan blanda y cordialmente en la noche. Arriba, el cielo ha terminado por endurecerse como una piedra oscura, en tanto que en las aristas de los cerros muere lentamente el incendio crepuscular. Maqui sabe que no habrá luna esa noche y la presiente lejos, como dormida en un distante país de sombra, acabada para el gusto de los hombres y el entusiasmo de los niños. ¡Vaya, se está poniendo torpe! Ella aparecerá la semana próxima a redimirlo de la sombra, de esa densa negrura que penetra por su carne a teñirle hasta los huesos. Las casitas del poblacho hacen señas con sus fogones trémulos.
       También de la capilla sale un tenue resplandor. Algún devoto habrá prendido ceras en el ara. Muy milagroso es San Isidro labrador. La imagen de Rumi tiene su historia, antigua historia enraizada en el tiempo con la firmeza de la fe de los creyentes y, por si esto fuera poco, de notorios acontecimientos. En tiempos remotos se quiso fundar un pueblo en una región de las cercanías y los presuntos vecinos se dividieron en dos grupos. Uno de ellos, el más numeroso, quería levantar el poblado en un valle de chirimoyos y el otro en un cerro de pastizales. Triunfó la mayoría y el pueblo comenzó a ser edificado en el valle. Pero San Isidro, a quien habían elegido santo patrón, dispuso otra cosa. Sin que nadie supiera cómo fue a dar allí, amaneció un día en la punta del cerro por el cual votaba la minoría. Se había trasladado, como quien dice, entre gallos y medianoche. Los empecinados vallinos hicieron regresar la imagen al lugar que primeramente le señalaran. Pero San Isidro no era santo de darse por vencido. De repente, helo allí de nuevo en la cumbre, de amanecida, recibiendo muy ufano los rayos del sol madrugador. Los tercos mayoritarios repitieron su maniobra. Y San Isidro, por tercera vez, dio su nocturno y gigantesco salto. Entonces todos consideraron que la cosa tomaba un carácter que no era para llevarlo a broma y resolvieron edificar en el cerro. El pueblecito recibió el nombre de San Isidro del Cerro y la accidentada topografía determinó que las casas estuvieran casi superpuestas, de modo que los habitantes tenían que subir por las callejas a gatas o haciendo equilibrios. Les cayó por eso el sobrenombre de chivos, en gracia al gusto por las maromas que adornan a tales rumiantes. Las inmediaciones abundaban en pastos y el ganado prosperó. Los chivos tenían numerosas vacas, ovejas y caballos. Pasaban bien su vida y no sentían los años. Pero sea porque no le hicieron una fiesta adecuada o por cualquier otra causa de disgusto, San Isidro mandó un terremoto que no dejó piedra sobre piedra ni adobe sobre adobe del pueblo, salvo de la capilla, que se mantuvo intacta. Casi todos los vecinos murieron y los sobrevivientes discutieron mucho sobre los designios del santo. Unos decían que se había enojado porque los pobladores se dedicaban más a la ganadería, siendo San Isidro un agricultor de vocación. Otros aludieron a la poca importancia de la fiesta anual y no faltó quien deplorara el crecido número de amancebamientos y el reducido de matrimonios. El más sabio opinó que lo dicho no pasaba de una completa charlatanería, pues los hechos estaban a la vista.
       Al destruir todo el pueblo y dejar únicamente la capilla, San Isidro expresaba el deseo de que los vecinos desaparecieran de allí y lo dejaran solo. El intérprete agregó que irse era lo más prudente, pues, como se había visto, la opinión de San Isidro no debía ser contradicha. En todo caso, ya sabría hacer notar su verdadera intención si es que ellos se equivocaban. El temor que a los cerreños deparaba un santo patrón tan enérgico hizo que fueran realmente estableciéndose en el valle. Un montón de ruinas rodeó desde entonces la capilla, donde solamente rezaba la voz del trueno en las turbias noches de tormenta. Entonces los comuneros de Rumi resolvieron rezarle ellos. Frailes misioneros y curas les habían enseñado los beneficios de la oración y fueron en romería a trasladar el santo a la comunidad. Él les dejó hacer con benevolencia. Como recordaban las fugas nocturnas, no levantaron capilla sino que lo dejaron quince días en observación. San Isidro amaneció siempre en el mismo sitio —allí junto a unos alisos, según aseguraba la tradición— demostrando su deseo de quedarse. Entonces construyeron la recia capilla donde se le rendía veneración. No tenía torres y la campana colgaba de un grueso travesaño que iba de una a otra de las desnudas paredes laterales que bordeaban los extremos de un angosto corredor. En la pared que hacía de fachada, no menos lisa que las otras, una gruesa y mal labrada puerta, de sabe Dios qué madera, se quejaba sordamente de no haberse convertido en polvo todavía. La que mantenía una voz clara, llena de potencia y frescura, era la campana. Se la oía a leguas y la coreaban los cerros. Tenía también su historia o más bien dicho su leyenda, pues nadie, ni la audaz tradición, podía aseverarla plenamente. Claro que se podía asegurar que la hizo un famoso fundidor llamado Sancho Ximénez de la Cueva, en el año 1780, que así estaba grabado en el bronce, según decían los leídos. Pero no se podía asegurar cómo la hizo. Contaba la tradición que en su tiempo se murmuró que el fundidor empleaba malas artes para dar una sonoridad realmente única a sus campanas. Descartada la hipótesis de que mezclara oro a la aleación, pues no cobraba muy caro, se dijo que empleaba sangre humana, secuestrando a sus víctimas y degollándolas en el momento de hervir el bronce para añadirle la sangre que perennizaba algo del canto del hombre en la definitiva firmeza del metal. En Rumi se llamaba a los fieles agitando matracas y golpeando redoblantes hasta que un gamonal, que después de ejercer el cargo de diputado volvió de Lima hereje, puso en venta la famosa campana perteneciente a la iglesia de su hacienda.
       Los comuneros la adquirieron por cien soles y desde esa fecha la voz alta y nítida, cargada de tiempo y de misterio, formó parte de su orgullo. En toda la región no había ninguna como ella. Cantaba y reía repicando en las fiestas. Gemía dulcemente, doblando por la muerte de algún comunero, con el acento del dolor piadoso y sincero. Cuando la víspera de la fiesta se la echaba a vuelo, su son iba de cerro en cerro y llegaba muy lejos convocando a los colonos de las haciendas. Y el día de la fiesta, llamando a misa o acompañando la procesión, cantaba muy alto y muy hondo la gloria de San Isidro, de tal modo que los cerros la admitían jubilosamente y a los fiesteros se les volvía otra campana el corazón. San Isidro estaba contento y derramaba sobre Rumi sus bendiciones de igual manera que se esparce el trigo por la tierra en siembra. ¡Si tenía esa campana, muchas ceras en el altar, buena fiesta y el fervor de toda la comunidad! El día grande de la fiesta salía la procesión. Las andas en que iba la imagen estaban cargadas de frutos. San Isidro parecía el jefe de una balsa atestada que se balanceara en un río multicolor de fieles apretujados, cuyo cauce era la calle del caserío. La comparación habría sido exacta si no hubiera abierto el desfile una yunta conducida por un San Isidro vivo y operante. Las astas de los bueyes lucían flores y el mocetón que empuñaba el arado se cubría con una capa y un sombrero iguales a los del santo. Este gañán simbólico, diestro en menesteres de puya y mancera, dejaba tras de sí un surco que evidenciaba la eficacia del celestial cultivador. Durante los demás días que duraba la feria, San Isidro, desde el corredor de la capilla, veía el júbilo de su pueblo. Éste comía, bebía y danzaba sin perdonar la noche. Las bandas especiales de pallas, rutilantes de espejuelos, bailaban cantando versos alusivos:

San Isidro,
labrador,
saca champa
con valor.
San Isidro,
sembrador,
vuelve fruto
a toda flor.


       Era un gusto. Abundaban los tocadores de bombo y flauta y, desde hacía años, jamás faltaba el arpista Anselmo que, curvado sobre su instrumento, tocaba y tocaba realmente borracho de agraria emoción y de trinos. A su tiempo contaremos la historia de Anselmo así como la de Nasha Suro, curandera con fama de bruja, y de otros muchos pobladores de Rumi. La memoria de Rosendo Maqui, a la que seguimos, está ahora a los pies del venerado santo. Ciertamente que alguna vez hubo una sequía y una hambruna de dos años, pero todo eso se halla perdido en el tiempo, noche creciente que no tenía alba y sí tan sólo las estrellas vacilantes de los recuerdos. El señor cura Gervasio Mestas hacía la fiesta y sabía rezar a San Isidro en la forma debida. Y también los frailes de verdad bendecían el ganado para que aumentara y diera buena lana. No había que dejarse engañar por frailes falsos. Porque en cierta ocasión pasaron por Rumi dos hombres vestidos de frailes que iban por las cercanías pidiendo limosna para el convento de Cajamarca. Sus sirvientes arreaban un gran rebaño de ovejas y vacas, producto de los regalos de hacendados, colonos y comuneros. Bendecían el ganado de los donantes con mucha compostura, palabritas raras y abundantes cruces. Y sucedió que estando por el distrito de Sartín, arreando una animalada que más parecía un rodeo, acertó a llegar por esos lados un universitario que sabía de latín y cosas divinas. Les dirigió la palabra y los frailes hechizos se quedaron secos. La cosa no quedó allí, sino que se amotinó el pueblo y los impostores tuvieron que botarse las incómodas sotanas para correr a todo lo que les daban las piernas por los cerros. La noticia brincó de un lado a otro, pero a ciertos lugares no llegó. Maqui estuvo por las tierras de Callarí, a vender papas, y se hospedó en casa de un chacarero que le contó muy alegremente sus progresos. Estaba especialmente contento de la fecundidad de las ovejas y afirmó que ello se debía a la bendición de dos frailecitos. No le pesaba haberles dado cuatro animales. Un fraile era barbón y el otro peladito. El chacarero abrió tamaños ojos y no quería creer cuando Maqui le refirió que esos mismos eran los dos malditos ladrones disfrazados que fueron descubiertos en Sartín. En el mismo Callarí, es decir, en el lugar que daba nombre a la zona, no vivía ningún cristiano. Había allí un pueblo en ruinas. Entre las abatidas paredes de piedra crecían arbustos y herbazales. Daba pena considerar que donde ahora había solamente destrucción y silencio vivieron hombres y mujeres que trabajaron, penaron y gozaron esperando con inocencia los dones y pruebas corrientes del mañana. No quedaba uno de su raza. Decían que una peste los arruinó. La leyenda afirmaba que el basilisco. Es un maléfico animal parecido a la lagartija, que mata con la mirada y muere en el caso de que el hombre lo vea a él primero. El maldito fue a Callarí, escondiose bajo el umbral de la puerta de la iglesia y en un solo domingo, a la salida de misa, dio cuenta del pueblo con sus fatales ojuelos brillantes.
       Maqui miró hacia el caserío con tristeza. Los fogones ardían vivamente y su rojo fulgor rompía la impresión desolada que produce la sombra. Ésta se había enseñoreado del cielo y de toda la tierra, apagando las llamas crepusculares que momentos antes tostaban los picachos. Así, los habitantes de Callarí encenderían los fogones del yantar y luego se dormirían para despertarse a repetir el día y las noches y los días, a lo largo del tiempo. Hasta que, imprevistamente, cierta vez… ¿Qué es entonces el destino? Solamente las fuerzas oscuras de Dios, los santos y la tierra podían determinar algunas cosas, así las referentes a los pueblos como a los individuos. Una mañana Benito Castro perseguía un torillo matrero que se le escapó entre el montal de la quebrada de Rumi. ¿Qué es lo que encontró? Ni más ni menos que el cadáver, fresco aún, de una mujer. Al hombro lo condujo hasta la puerta de la iglesia y llamó al alcalde. Éste lo desnudó y examinó sin encontrar ninguna herida ni la menor señal de violencia. Cubierta de nuevo con el decoro de las ropas —una pollera anaranjada, una camisa blanca con grecas rojas, un rebozo negro—, tocó Rosendo la campana y se congregaron todos los comuneros. La muerta era joven, de cuerpo bien proporcionado y faz hermosa. Nadie la conocía, nadie la había visto jamás. Velaron el cadáver y, después de que llegó el juez de la provincia y levantó el acta de defunción, lo sepultaron. Los comuneros que viajaban iban diciendo por los pueblos y los caminos: “¿No saben de una mujer desaparecida, que haya tenido la cara así y el vestido asá?”. Repartieron la voz por toda la comarca. Nadie sabía nada y todos, al enterarse ampliamente del hecho, lo encontraron muy extraño. ¿Desde dónde vino esa mujer? ¿Fugó? ¿Por qué se metió entre el montal? ¿Se envenenó? Lo mismo pudo hacer a muchas leguas de allí sin darse el trajín del viaje. Benito la había encontrado junto al agua que corría por el fondo de la quebrada, blandamente reclinada sobre un herbazal, como si tan sólo descansara.
       Ahora Maqui pensaba de nuevo en Benito. Él tornaba insistentemente a su imaginación. Acaso la culebra trazó la negación de su luto sobre esa gallarda existencia. Acaso. Eran grandes sus mandíbulas, un bigotillo indómito se le erizaba sobre el labio ancho y los ojos negros le brillaban con esa fiereza alegre del animal criado a todo campo. Tenía el tórax amplio, las piernas firmes y las manos duras. Oficiaba de amansador de potros y repuntero. ¿Por dónde andaría? Él salvó a la vaca Limona, cuando estaba recién nacida, de que se la comieran los cóndores. Llegó a su lado en el momento en que dos de esos enormes pájaros negros abatían el vuelo, dejándose caer sobre la inerme ternerita que no podía ni pararse de miedo y de dolor, pues, las tiernas pezuñas eran heridas por el cascajo. Desnudando el machete, Benito se había lanzado a todo el galope de su caballo sobre los cóndores, poniéndolos en fuga. La Limona creció y parió. Daba muchas crías. Viéndola tan panzona y tranquila, de pingües ubres repletas, nadie podía imaginarse que en su pasado hubiera un episodio dramático. Era muy lechera y encontraba rival solamente en la negra Güenachina. Ofrendaban un cántaro lleno. Pero en parir ninguna aventajaba a la Añera, que lo hacía todos los años y por eso había recibido tal nombre. Prosperaban las vacas. Inocencio decía que era porque había enterrado un ternerito de piedra en el corral. Lo compró en la capital de la provincia y estaba en un sitio que tenía bien fijado en la memoria. Ahí vertía leche y de cuando en cuando ponía un bizcocho. La estatuilla de piedra protegía, pues, la crianza. El mismo Inocencio afirmaba que la leche de las vacas negras es más espesa que la de las de otro color. Por su parte, la curandera Nasha Suro recetaba los enjuagatorios de orines de buey negro para el dolor de muelas. Nadie le hacía caso ya —“ah, indios malagracias”—, y más bien iban donde el herrero Evaristo, que tenía un gatillo especial. De un tirón extraía la adolorida pero también, a veces, justo es considerarlo para dar a la operación su verdadero carácter, arrancaba una porción de mandíbula.
       El buey negro llamado Mosco murió rodado hacía muchos años. Sin duda no vio dónde pisaba o le faltaron las fuerzas, porque ya estaba muy viejo. Era dulce y poderoso. Al chocar contra las rocosas aristas de la pendiente, se le rompió un asta, reventó un ojo y se desgarró la piel. Maqui lo había castrado y luego amansado. Ninguno salió como él para el trabajo. Ayudado por su compañero de yunta, domándolo si era marrajo, trazaba surcos rectos y profundos. Avanzaba tranquilamente, plácidamente, copiando los paisajes en sus grandes y severos ojos, rumiando pastos y filosofías. La picana jamás tuvo que rasgar sus ancas mondas y potentes. Apenas si para indicar la dirección y las vueltas debía tocarlas levemente. Cuando un toro indócil, en las faenas de amansada, quebraba la autoridad de los otros bueyes de labor, se lo uncía con Mosco. Al punto entendía la ley. El negro avanzaba si el cerril se detenía y se detenía si el otro quería avanzar más de la cuenta, siendo en este caso ayudado por el gañán, quien hundía el arado a fondo. El cogote poderoso, los lomos firmes, las pezuñas anchas, imponían la velocidad mesurada y el esfuerzo potente y contumaz que hacen la eficacia del trabajo. Después de la tarea mugía sosegadamente y se iba a los potreros. Si no había pasto comía ramas y si éstas faltaban, cactos. Cuando las paletas ovaladas de los cactos quedaban muy altas, con un golpe de testuz derribaba la planta entera. Maqui lo quería. Cierta vez que un comunero, que lo unció para una gran arada, por alardear de energía y rapidez le sacó sangre de un puyazo, Maqui se encaró con el comunero y lo tendió al suelo de una trompada en la cabeza. Ésa fue una de las contadas ocasiones en que empleó la violencia con sus gobernados. Después de las siembras los vacunos de labor eran echados a los potreros. En los rodeos generales los sacaban para darles sal. Pero Mosco, de pronto, se antojaba de sal y después de saltar zanjas, tranqueras y pircas con una tranquila decisión, llegaba al caserío y se paraba ante la casa de Rosendo. Los comuneros bromeaban: “Este güey sabe también que Rosendo es el alcalde”. Maqui brindábale entonces un gran trozo de sal de piedra. Después de lamer hasta cansarse, Mosco se marchaba a paso lento en pos de los campos. Parecía un cristiano inteligente y bondadoso. El viejo alcalde recordaba con pena la visión de las carnes sangrientas y tumefactas, del asta tronchada y el ojo enjuto. Él lloró, lloró sobre el cadáver de ese buen compañero de labor, animal de Dios y de la tierra. Hubo otros bueyes notables, cómo no. Ahí estaban o estuvieron el Barroso, capaz de arrastrar pesadas vigas de eucalipto; el Cholito, de buen engorde, siempre lustroso y brioso; el Madrino, paciente y fuerte, que remolcaba desde los potreros, mediante una gruesa soga enlazada de cornamenta a cornamenta, a las reses que solían empacarse o eran demasiado ariscas. Pero ninguno como el singular Mosco por la potencia de su energía, la justeza del entendimiento y la paz del corazón. Era además, hermoso por su gran tamaño y por su perfecta negrura de carbón nuevo. Cuando en los rodeos generales los comuneros llegaban muy temprano a los potreros, a veces no podían dar con Mosco, oculto, por las rezagadas sombras entre las encañadas o los riscos. Tenían que esperar a que la luz del alba lo revelara. Mosco engrosaba entonces la tropa con paso calmo y digno.
       Para ser cabalmente exactos, diremos que Maqui lo quería y a la vez lo respetaba, considerándolo en sus recuerdos como a un buen miembro de la comunidad. También eran negros el buey Sombra y el toro Choloque. Sombra cumplió honestamente sus tareas. Choloque fue un maldito. Odiaba el trabajo y solamente le gustaba holgar con las vacas. Andaba remontado y si por casualidad se lograba pillarlo para el tiempo de las siembras, soportaba de mala guisa un día de arada y aprovechaba la noche para escaparse y perderse de nuevo. Después de un tiempo prudencial aparecía por allí, haciéndose el tonto y con un talante de compostura que trataba de disimular sus fechorías. Teniendo absoluta necesidad de él, había que amarrarlo de noche, pero con soga de cerda o cuero, porque se comía las de fibra de pate o penca. Tanto como odiaba el trabajo amaba los productos del trabajo. Era el más voraz de los clandestinos visitantes de los plantíos de trigo y maíz. Le gustaban de igual modo que al venado las arvejas. Hacía verdaderas talas y no abandonaba las chacras sin que los cuidadores tuvieran que corretearlo mucho disparándole piedras con sus hondas. La opinión pública reclamaba: “Hay que caparlo”, pero Maqui dejaba las cosas en el mismo estado en gracia a la energía y hermosa estampa de Choloque. A la vez que un condenado era también un gran semental. Como todo animal engreído, no podía ver con buenos ojos que otro se le adelantara en el camino, requiriera a una hembra o tan sólo comiera el pasto o lamiera la sal tranquilo en su presencia. Al momento peleaba para imponer, por lo menos, el segundo lugar y la humillación, si no la huida. Si el presunto rival estaba lejos, rascaba el suelo, mugía amenazadoramente, movía el testuz y, en fin, hacía todo lo posible para armar pleito. El poder lo convirtió en un fanfarrón. Los demás toros le temían. Todos habían experimentado su potencia cuando, trabados en lucha, frente a frente, asta a asta —como quien dice mano a mano, pensaba Maqui— tenían que retroceder y retroceder para sentirse al fin vencidos por el indeclinable cuello enarcado y musculoso. Al darse a la fuga, Choloque, de yapa, les aventaba una cornada por los costillares o las ancas. Resultaba, pues, el amo. Hasta que un día el toro Granizo, llamado así por su color ocre manchado de menudas pintas blancas, resolvió terminar. Quién sabe cuántas cornadas, forzadas castidades y pretericiones sufrió Granizo. Esto era asunto suyo. Lo cierto es que resolvió terminar.
       Una tarde el cholo Porfirio Medrano, que atravesaba la plaza, distinguió a la distancia a dos reses trabadas en lucha. Más allá del maizal que hemos visto, había un potrero que subía faldeando por un cerro de alturas escarpadas, cuyas ásperas peñas rojinegras formaban una suerte de graderías. Entre esos peñascos, se encontraban forcejeando los peleadores y Medrano se puso a observar para ver el final de la justa. Como no llevaba trazas de terminar, corrió a dar aviso al alcalde, quien por su lado llamó al indio Shante, famoso por su buena vista. Él dijo: “Uno es el toro Granizo y el otro el Choloque”. Y se quedaron esperando que éste hiciera huir al osado, pero no ocurrió así. A lo lejos apenas parecían unas manchas, pero se notaba que no cejaban. De un lado para otro se empujaban empecinadamente. A ratos, debido a algún accidente del terreno, se separaban. Pero volvían a topetearse, a ceñirse las frentes y a arremeter con redoblado ímpetu. Se habían enfurecido. “Ésos acabarán mal —dijo Maqui—, vamos a separarlos”. Y fueron. Se tenía que dar un rodeo para llegar a ese lado de los barrancos, es decir, había que subir casi hasta la cumbre del cerro, que si bien no era muy alto, resultaba en cambio bastante accidentado. Se llamaba Peaña porque imitaba la base de piedras usadas para soporte de la cruz. Tardaron, pues, en subir. Al avistar los barrancos advirtieron que los toros continuaban peleando, de modo que aceleraron el paso. Descendían a grandes saltos y gritando: “Toro… toro… ceja”. Shante les tiraba cantos rodados con su honda. Tenía buena puntería y ayudado también por la redondez de las piedras, que facilitaba su buena dirección, lograba hacer blanco alguna vez a pesar de la distancia. “Toro… toro… ceja… ceja…” y las piedras trazaban su parábola oscura para golpear las carnes o rebotar en el suelo. Los toros ni oían ni sentían. De repente, se detenían como para separarse, pero ello no era sino una treta, pues, de improviso, uno de los dos empujaba violentamente. El otro retrocedía hasta detener al enemigo, a veces por su propio esfuerzo, a veces ayudado por un pedrón, una loma o cualquier otro accidente del terreno. Luchaban al lado de un abismo y ambos evitaban retroceder en esa dirección, yendo y viniendo a lo ancho de la falda. Se medían, jadeaban. Los tres comuneros estaban ya cerca y veían los cuerpos claramente. El afán primero de cada luchador era el de colocar las astas bajo las del otro para tener mayor firmeza y seguridad en la presión. Choloque era un veterano de los duelos y conseguía hacerlo repetidamente. En una de ésas. Granizo saltó a un lado y trepó como para huir y Choloque, loco de furia y orgullo, quiso cargarle por los ijares para surcarlos de sangre, momento que aprovechó el primero para dar vuelta rápidamente y embestir, bajo las astas, en un supremo esfuerzo. Choloque, al ir en pos de Granizo, dio las ancas al abismo y ya no tuvo tiempo de volverse. Ayudado por el declive, todo el peso del cuerpo y su sorpresivo impulso, Granizo empujó rápida e incontrastablemente hacia el barranco. Los comuneros, al ver la inminencia de la caída, se detuvieron. Choloque pugnó inútilmente por sostenerse, perdió las patas traseras en el aire y cayó blanda y pesadamente sobre unos riscos profiriendo un ronco y aterrorizado mugido. Siguió rodando, ya sin más sonido que el sordo golpe sobre las peñas, hasta que fue a dar a la base del barranco, entre unas matas. Quedó convertido en un montón de carne roja y sangrante. Granizo, de pie al filo del precipicio, miró un momento, mugió corta y poderosamente y luego tomó paso a paso su camino, que era el de la victoria sobre el despotismo. Él no heredó los malos hábitos y hasta se diría que se confundió con los demás toros. Era ecuánime y peleaba sólo de cuando en cuando, por motivos poderosos que Rosendo Maqui suponía y no quiso precisar. El alcalde pensaba que los animales son como los hombres y era mentira lo de su falta de sentimiento. Ahí estaban, sin ir más lejos, los de las vacas. Cuando mataban alguna en la comunidad, las vivas que olían la sangre derramada en el lugar del sacrificio bramaban larga y dolorosamente como deplorando la muerte, y al oírlas llegaban más vacas y todas formaban un gran grupo que estaba allí, uno o dos días, brama y brama, sin consolarse de la pérdida. Entonces, Maqui consideraba a los animales, como a los cristianos, según el comportamiento y no sintió gran cosa la muerte de Choloque: le molestaba —sin que ello nublara su entendimiento para no reconocer las cualidades— su inútil agresividad. Había corneado inclusive al caballo Frontino. Éste era un alazán tostado, albo de una pata y con una mancha, también blanca, en la frente, que en la noche semejaba una estrella. Los adagios rurales sobre caballos lo favorecían doblemente: Alazán tostado, primero muerto que cansado. Albo uno, cual ninguno… Más alto que todos los caballejos de la comunidad, fuerte, lo montaban los repunteros diestros en el lazo y los viajeros que debían hacer grandes o importantes jornadas. Durante un rodeo, el vaquero Inocencio corrió a Frontino para atajar a Choloque que se escapaba. Se plantó en medio de un camino por donde tenía que pasar y el toro, en lugar de volverse, cargó hiriendo a Frontino en el pecho. La herida se enlunó, mostrando una hinchazón dura y creciente. Rosendo, pues Nasha Suro no entendía nada de caballos, lo curó con querosene y jugo de limón. El limón era bueno también para las pestes propias de los caballos y ovejas. Los frutos, ensartados en un cordel, rodeaban el cuello. Hacía gracia ver a los animales caminando ornados de collar amarillo. La manada de ovejas era grande y seguía aumentando con el favor de Dios y el cuidado de los pastores. Los niños de la comunidad, acompañados de algunos perros, llevaban el rebaño a los pastizales, mientras las ovejas triscaban el ichu, los pequeños cantaban o tocaban dulcemente sus zampoñas y los perros atisbaban los contornos. Había que defender a todas las ovejas del puma y el zorro y a los corderillos del cóndor. Después de las cosechas sería la trasquila. Se la debía hacer a tiempo, pues de lo contrario, las primeras lluvias y granizadas cogían a las ovejas mal cubiertas y las mataban de frío. Hubo un año en que, además de retrasarse mucho la trasquila, las tormentas adelantadas llegaron a azotar con sus grises y blancos chicotes al mero octubre, y murieron centenares de ovejas. Tiesas y duras cómo troncos amanecían en el redil. Marguicha, una de las pastoras, lloraba viendo que un corderito trataba de mamar de una oveja muerta. Pero la prudencia y el buen tino trasquilaron oportunamente los otros años. También levantaron un cobertizo en un ángulo del aprisco, según el proceder de los hacendados. Marguicha fue creciendo como una planta lozana. Llegó a ser Marga. En el tiempo debido floreció en labios y mejillas y echó frutos de senos. Sus firmes caderas presagiaban la fecundidad de la gleba honda. Viendo sus ojos negros, los mozos de Rumi creían en la felicidad. Ella, en buenas cuentas, era la vida que llegaba a multiplicarse y perennizarse, porque la mujer tiene el destino de la tierra. Y Maqui volvía a preguntarse: “¿Es la tierra mejor que la mujer?”.
       Un fuerte golpe de viento pasó estremeciendo las espigas y llevándose sus pensamientos. La oscuridad se había adensado y, aunque los fogones de la hondonada continuaban haciéndole amables señas, el viejo alcalde se sentía muy solo en la noche.
       Ésa era, pues, la historia de Rumi. Tal vez faltaría mucho. Acaso podría volver con más justeza sobre sus recuerdos. El tiempo había pasado o como un arado que traza el surco o como un vendaval que troncha el gajo. Pero la tierra permaneció siempre, incontrastable, poderosa, y a su amor alentaron los hombres.
       Y he ahí que algo se mueve entre la sombra, que el monolito se fracciona, que el viejo ídolo se anima y cobra contornos humanos y desciende. Rosendo Maqui baja de la piedra y toma a paso lento el sendero que se bifurca por una loma aguda llamada Cuchilla y parte en dos el trigal. Las espigas crepitan gratamente y por ahí, sin que se pudiera precisar dónde, cerca, lejos, grillos y cigarras parlan repitiendo sin duda el diálogo de una antigua conseja que Maqui conoce.
       Mientras avanza hacia Rumi, mientras muerde las últimas instancias de su sino, confesemos nosotros que hemos vacilado a menudo ante Rosendo Maqui. Comenzando porque decirle indio o darle el título de alcalde nos pareció inadecuado por mucho que lo autorizase la costumbre. Algo de su poderosa personalidad no es abarcada por tales señas. No le pudimos anteponer el don, pues habría sido españolizarlo, ni designarlo amauta, porque con ello se nos fugaba de este tiempo. Al llamarlo Rosendo a secas, templamos la falta de reverencia con ese acento de afectuosa familiaridad que es propio del trato que dan los narradores a todas las criaturas. Luego, influenciados por el mismo clima íntimo, hemos intervenido en instantes de apremio para aclarar algunos pensamientos y sentimientos confusos, ciertas reminiscencias truncas. A pesar de todo, quizá el lector se pregunte: “¿Qué desorden es éste? ¿Qué significa, entre otras cosas, esta mezcla de catolicismo, superstición, panteísmo e idolatría?”. Responderemos que todos podemos darnos la razón, porque la tenemos a nuestro modo, inclusive Rosendo. Compleja es su alma. En ella no acaban aún de fundirse —y no ocurrirá pronto, midiendo el tiempo en centurias— las corrientes que confluyen desde muchos tiempos y muchos mundos. ¿Que él no logra explicarse nada? Digamos muy alto que su manera de comprender es amar y que Rosendo ama innumerables cosas, quizás todas las cosas y entonces las entiende porque está cerca de ellas, conviviendo con ellas, según el resorte que mueva su amor: admiración, apetencia, piedad o afinidad. “¿Es la tierra mejor que la mujer?”. En la duda asoma ya una diferenciación de su esencia. En el momento justo las propias fuerzas de su ser lo empujan hacia una o la otra, de igual modo que hacia las demás formas de la vida. Su sabiduría, pues, no excluye la inocencia y la ingenuidad. No excluye ni aun la ignorancia. Esa ignorancia según la cual son fáciles todos los secretos, pues una potencia germinal orienta seguramente la existencia. Ella es en Rosendo Maqui tanto más sabia cuanto que no rechaza, e inclusive desea, lo que los hombres llaman el progreso y la civilización.
       Pero no sigamos con disquisiciones de esta laya ante un ser tan poderoso y a pesar de todo tan sencillo. Él continúa marchando, cargado de edad, por el ondulante sendero.
       De pronto un grito se extendió en la noche estremeciendo la densidad de las sombras y buscando la atención de los cerros.
       —Rosendoooo…, taita Rosendoooo.
       Las peñas contestaron y la voz repetida se fue apagando, apagando, hasta consumirse entre el crepitar de las espigas y el chirriar de los grillos y las cigarras. La cinta del camino lograba albear entre la oscuridad y Maqui apuró el paso, aguzando la mirada para no resbalar ni tropezar. Le dolían un poco sus ojos fatigados. Un bulto oscuro y rampante, de inquieto jadeo, trepaba la cuesta. Ya estaba junto a él. Era su perro, el perro Candela, que llegó a restregarse contra sus piernas, gimió un poco y luego echó a correr camino abajo. Resultaba evidente que había subido para avisarle algo y ahora lo invitaba a ir pronto hacia el caserío. Candela se detenía a ratos para gemir inquietamente y luego corría de nuevo. Maqui trotó y trotó. Ya estaban allí las primeras pircas, junto a las cuales crecían pencas y tunas. Ya estaban allí, al fin, las casas de corredor iluminado por el fogón. Maqui tomó a paso ligero por media calle y a la luz incierta de los leños cruzaba como una sombra. Algunos indios, sentados en el pretil de sus casas, lo reconocían y saludaban. La campana de la capilla exhaló un claro y taladrante gemido: la-an… y a intervalos regulares y largos continuó clamando. El anciano hubiera querido correr, mas se sujetaba, estimando que debía guardar la compostura propia de sus años y su rango.
       Ya estaba allí, al fin, en un lado de la plaza, su propia habitación de adobe, con el techo aplastado por la noche. Un abigarrado grupo de indios había ante ella. La luz del corredor perfilaba sus siluetas y alargaba sus sombras. Las trémulas sombras se extendían por la plaza, inacabables, espectrales. Maqui se abrió paso y los indios lo dejaron avanzar sin decirle nada. La-an…, la-an… seguía llorando la campana. Ululaba la voz desolada de una mujer. El viejo miró y quedose mudo e inmóvil. Sus ojos se empañaron tal vez. Pascuala, su mujer, había muerto. En el corredor, sobre un lecho de ramas y hojas de yerbasanta, se enfriaba el cadáver.


2
Zenobio García y otros notables

      El cadáver de Pascuala fue vestido con las mejores ropas y colocado, después de botar la yerbasanta, en un lecho de cobijas tendido en medio del corredor. En torno del lecho ardían renovadas ceras embonadas en trozos de arcilla húmeda. Junto a la cabecera estaban las ofrendas, es decir, las viandas que más gustaban a Pascuala: mazamorra de harina con chancaca, choclos y cancha, contenidas en calabazas amarillas. El ánima había de alimentarse de ellas para tener fuerzas y poder terminar su largo viaje.
       Quien decía las alabanzas, recordaba los episodios gratos y lloraba, era Teresa, la mayor de las hijas, que estaba sentada a un lado del cadáver. Al otro lado se hallaba Rosendo, ocupando un pequeño banco y mascando su coca. Más allá, más acá, en el corredor y en la plaza, frente a la lumbre, se acuclillaban y sentaban los demás comuneros. Cerca del alcalde, Anselmo, el arpista tullido, miraba tristemente ora a Rosendo, ora al cadáver. Un momento antes había contado a su protector los últimos instantes de la anciana. Estaba sentada junto al fogón, preparando la comida y, de repente, gimió: “Me duele el corazón… Que el Rosendo perdone si hice mal… Mis hijos…”. Y ya no dijo más porque rodó hacia un lado y murió. Rosendo no pudo contener una lágrima. ¿Qué le iba a perdonar? Él sí hubiera querido pedirle perdón y ahora se lo demandaba a su ánima.
       El viejo tenía los ojos perdidos en la noche, vagando de estrella en estrella y a ratos los volvía hacia su mujer. Ya no era en la vida. Era en la muerte. El rostro rugoso y el cuerpo exangüe, rodeados por una roja constelación de velas, estaban llenos de una definitiva serenidad, de un silencio sin límites.
       A este mutismo y esa paz trataban de llegar, rindiendo el debido homenaje al pasado, las voces y sollozos de Teresa, su clamor humano.
       La hija mayor tenía las greñas dolorosamente caídas sobre la faz cetrina. El rebozo desprendido permitía ver el pecho. Los grandes senos palpitaban temblorosamente bajo la blanca blusa. Hablaba y gemía:
       —Ay… ayayay… mi mamita. ¿Quién como ella? Tenía el corazón de oro y la palabra de plata. Que viera un enfermo, que viera un lisiado, que viera cualquier necesitao y lueguito se condolía y lo curaba y atendía… ayayay… Su boca decía no más que el bien y si mormuraba por una casualidá, porque la lengua suele dirse, ahí mesmo se contenía: “¡Tamos mormurando!”, decía, “es malo, malo mormurar”… Ayayay, mi mamita… Jue muy güenamoza de muchacha y hasta mayor y con muchos hijos jue güenamoza… y de ancianita mesmo, no era sangre pesada pa la gente…
       Una trigueña faz tranquila estaba allí barnizada de luz, atestiguándolo. Pese a su tez rugosa, perduraba en el rostro cierta gallardía. Los gruesos labios se plegaban naturalmente, sin deformaciones y, entre los ojos cerrados, la nariz de firme trazo daba a una frente severa y dulce, enmarcada por dos ondas de albo cabello. Esa anciana no tuvo, pues, sangre pesada, es decir, que no fue antipática. Teresa seguía contando y llorando:
       —Hay mujeres que se güelven pretenciosas y mandonas si su marido es autoridá. Velay que cuando mi taita subió de alcalde la gente decía: “Aura la Pascuala se dañará”. ¿Qué se iba a dañar? Tenía el pecho sano y sabía ser mujer de su casa y su trabajo sin meterse onde no le tocaba. Sabía hilar, sabía teñir, sabía tejer… Su marido tenía qué lucir y remudar y a sus hijos nada les faltó mientras jueron de su custodia. Pa el mesmo lisiadito Anselmo tejía. Lo quería mucho al lisiadito…
       Anselmo, acurrucado junto al alcalde, escondiendo la fatalidad de sus piernas tullidas bajo los pliegues de su rojo poncho, doblaba la cabeza sobre el pecho. Una lágrima rodó por su flaca mejilla dejando un rastro brillante.
       —Ayayay, mi mamita. Guardaba siempre una olla con comida y al que llegaba le servía. Comunero o forastero, le servía. Ella no se fijaba en quién y a todos les daba. Hay gentes que también dan y más toavía si la forastera es vieja, porque piensan que es la mesma tierra cuya ánima está de viaje pa ver cómo se portan los que han sembrao y cosechao, por ver si son güenos de corazón con lo que les ha dao la tierra. Saben que al no dale, la tierra se enojaría y ya no sería güena la cosecha. Mi mamita Pascuala les daba a todos, seyan viejos, seyan jóvenes, varones o chinas. Ella decía: “El que tiene hambre debe comer y hay que dale”.
       Rosendo pensaba que Pascuala le ayudó siempre a ser alcalde, a su manera, por medio de su sencilla bondad y natural buen sentido. Dejaba tranquilos a los hombres al no entrometerse en los asuntos de la comunidad y a las mujeres les moderaba la envidia absteniéndose de hacer pesar su condición de mujer del alcalde. Como practicaba el bien y probaba ser una ejemplar madre de familia, todos la respetaban. Por lo demás, tal vez sí alguna de las viejas a quienes dio de comer era el espíritu de la tierra.
       —Ayayay, mi mamita. Una vez casi se muere, enfermaza se puso, y se sanó ofreciéndole rezale un año al taitito San Isidro. Y como ofreció cumplió, rezándole un año sin faltar un día… Ayayay, mi mamita… A naides hizo mal, a todos hizo bien. ¿Quién como ella? Ella decía que la mujer ha nacío pa ser güena.
       ¡Vaya! Rosendo no quería ponerse a llorar. Se yapó coca a la bola que le hinchaba el carrillo y carraspeó discretamente. De verdad fue buena su mujer. Ella estuvo, cuanto pudo, en la felicidad de Rosendo y en la de todos; ella hizo más hermosa la comunidad.
       La exégesis continuaba. Entre los indios equivale a las notas necrológicas de los diarios o al panegírico que se acostumbra en las honras fúnebres citadinas. Sólo que en el caserío, a la luz del recuerdo de una convivencia íntima, había que decir la verdad. Las chinas eran las que más escuchaban, pues los hombres, sobre todo si estaban algo alejados, cuchicheaban sobre sus propios asuntos a la vez que mascaban su coca. A ellos no les incumbía directamente. Las mujeres maduras, cuya imperfección resaltaba ante la voceada virtud, perdonaban a la muerta su excelencia, quizá inclusive la alababan y, por su lado, las mocitas sentían el deseo de vivir como ella sus vidas. En general flotaba en el ambiente un sentimiento de veneración y de piedad. En cuanto a Eulalia, la holgazana y ardilosa mujer de Abram, que podía estar considerando la conveniencia de sujetar su lengua y laborar ahincadamente, ni siquiera oía. Se hallaba en una casa vecina preparando, en compañía de las otras mujeres de la parentela, diversos potajes para los veloriantes.
       Teresa terminó sus gemidos y loanzas en el momento en que llegaron, arreando tres taimados jumentos, los comuneros que habían ido al cercano distrito de Muncha con el objeto de traer cañazo. Cada uno de los asnos portaba dos cántaros obesos.
       Muncha era famoso por su falta de agua. Y ésta no es una alusión irónica. El pueblo apenas contaba con un insignificante ojo de agua para abastecerse, motivo por el cual sus vecinos eran conocidos en la región por los “chuqui-cuajo”, que quiere decir vaso seco. Económicamente les decían sólo “chuquis”. En tiempo de verano, cuando no se podía recoger el agua de la lluvia que en invierno chorreaba de las tejas, su carencia daba la nota típica del poblacho. El ojo de agua, que brotaba de una ladera, reunía sus lágrimas en una canaleta de penca de maguey ante la cual se estacionaban decenas de mujeres con sus cántaros. Mientras el menguado chorrito, gorgoteando dulcemente, llenaba la vasija de la que llegó con precedencia, las otras se ponían a conversar hasta que les tocaba el turno. Estaban sentadas horas y horas chismorreando a su entero gusto. Y toda laya de cuentos, embustes, enredos y líos salía de allí. A veces se armaban batallas campales en las que no solamente se rompían las cabezas sino, lo que era peor, los cántaros con el agua trabajosamente acopiada. Las peleas se extendían hasta el pueblo, donde ya se producían verdaderas conflagraciones entre maridos y parientes. Mas la necesidad de cierta armonía para mantener el turno ante el chorro, imponía el armisticio. El invierno hacía lo demás. En esta época, si ocurrían diferencias, las chinas solían amenazarse: “Ya verás, ya verás cuando llegue el tiempo de ir al chorrito”. Podría pensarse que quizá de holgazanes los “chuquis” no construían una acequia para llevar agua desde alguna quebrada. Diremos en su honor que lo habían pensado, pero la quebrada más próxima, que era la de Rumi, estaba a tres leguas y había que hacer un gran corte en la roca con dinamita. No tenían plata para eso. Una vez llegó un candidato que les ofreció conseguir un subsidio para la obra si le daban sus votos en las elecciones de diputado. Así lo hicieron, pero salió otro que estaba en Lima, no ofreció nada y a quien ni siquiera conocían. Todos los diputados eran así. Posiblemente ignoraban la suerte de Muncha. En tiempo de verano, las tejas rojas resaltaban en medio de un paisaje yermo. En los campos secos, resecos, los arbustos achaparrados y los pastos amarillentos se deshojaban y desgreñaban ahogados por una parda tierra polvorienta. Sobre el ojo de agua crecían algunos verdes arbustos, pero prosperaban poco, pues los vecinos combatían esa clase de competidores.
       Junto al chorrito, las mujeres —rebozos negros, faldas multicolores— se aglomeraban como una bandada de aves carniceras en torno a la presa. No era raro, pues, que a los “chuquis” les gustara el cañazo; tenían sed. También era muy necesario para pasar el mal rato de las pendencias o encorajinarse antes de ellas. Y si a todo esto se agrega que nunca faltan penas que aplacar y alegrías que celebrar, nos explicaremos que los vecinos de Muncha tenían sus buenas razones para dedicarse al trago. Iban por el cañazo hasta los valles del Marañón y en ocasiones lo traían en forma de guarapo, es decir, de jugo de caña fermentado para destilarlo ellos. Sus alambiques eran grandes y buenos, tanto como para abastecer las tiendas a donde acudían los consumidores locales y forasteros. Allí también mercaban los comuneros cuando un acontecimiento imprevisto les impedía preparar la roja y tradicional chicha de maíz. Sus relaciones con los “chuquis” eran buenas. Como éstos no cosechaban gran cosa debido a su falta de actividad agraria y tampoco tenían huertos, pues se habrían secado en verano, les solicitaban siempre trigo, maíz y hortalizas. Les pagaban o canjeaban con cañazo.
       Así, esa noche, acompañando a los comuneros enviados, llegó una comisión de vecinos de Muncha presidida por el propio gobernador, un cholo gordo y rojizo como un cántaro. Él, que había donado parte del cañazo y proporcionado el tercer jumento para la conducción, era un hombre muy notable en Muncha e inmediaciones. Tenía un alambique de metal y otro de arcilla, una casa de altos y una hija muy buenamoza que disponía de sirvienta y macetas de claveles. Éstas se hallaban situadas en el corredor de la vivienda. La doméstica, para no entorpecer el recojo diurno de agua, tenía que regar las plantas durante la noche. Era hermoso encontrar, en ese páramo amarillo y oliente a cañazo, un lugar gratamente perfumado por los claveles florecidos en rojo y blanco. Tras la hilera de macetas, blandamente reclinada en una mecedora, estaba la dueña. Lucía grandes ojos profundos y una boca aprendida de los claveles. Sus senos redondos y sus caderas anchas parecían aguardar una maternidad jubilosa. No hacía nada y por supuesto que jamás acarreó agua. Ella vigilaba sus flores y sus padres vigilaban a la señorita Rosa Estela, que así se llamaba, como a otra flor.
       El gobernador respondía al nombre de Zenobio García y avanzó entre los comuneros, seguido de los otros comisionados, hasta llegar donde Rosendo Maqui. Cambiaron saludos y algunas palabras.
       García le dijo que el pueblo de Muncha lo acompañaba en su dolor y ahí estaban ellos representándolo en el velorio, después de lo cual se retiraron para sentarse a cierta distancia formando un grupo íntimo. Blanqueaban sus sombreros de paja y sus trajes de dril.
       El cañazo fue repartido. Lentamente, sin romper la circunspección del momento, los comuneros iban a recibir su porción en botellas, vasijas de greda y calabazas de todas las formas y tamaños. Los hijos y allegados de Maqui trasvasaban el licor, que despedía un fuerte vaho picante. Los comuneros, de vuelta a su lugar, sentábanse formando pequeños grupos y el recipiente pasaba de boca en boca. La noche se iba enfriando y el cañazo entibiaba la sangre tanto como la coca, de la que hacían gran consumo, avivaba la pálida llama del insomnio.
       En cierto momento el comunero Doroteo Quispe, indio de anchas espaldas, se arrodilló a los pies del cadáver, de cara a él, y quitose el sombrero descubriendo una cabeza hirsuta. Todos se arrodillaron y se descubrieron igualmente. Se iba a rezar. Hacia un lado, albeaba el grupo de los visitantes. Y Doroteo comenzó a rezar el Padrenuestro con voz ronca y monótona, poderosa y confusa a un tiempo: “Padre nuestro questas en los cielos”… Se detuvo en mitad de la oración, según costumbre, para que los concurrentes dijeran el resto. Y ellos corearon: “El pannuestronn… nnnn… nnn…”. El sordo murmullo semejaba un runruneo de insectos hasta que resonaba un largo “Aaménnn”. Entonces volvían a comenzar. Así oraron mucho tiempo. Era un gran rezador el indio Doroteo Quispe y, además de las oraciones corrientes, sabía la de los Doce Redoblados, buena para librarse de espíritus y malos aires en la búsqueda de entierros y cateos de minas; la Magnífica, curadora de enfermos y hasta de agonizantes, “salvo que sea otra la voluntad de Dios”; la de la Virgen de Monserrat, guardada celosamente por los curas para que no la usen los criminales, y la del Justo Juez, especial para escapar de las persecuciones, conjurar peligros de muerte, triunfar en los combates y salvarse de condenas. Pero ahora se trataba del ánima buena de Pascuala y únicamente echó Padrenuestros, echó Avemarías, echó Credos y Salves.
       La noche era avanzada cuando terminó el rezo y sirvieron la comida. Después, las horas se alargaron inacabablemente y muchos veloriantes se tendieron en el suelo. En torno al cadáver seguían brillando las velas y arriba el cielo había encendido todas sus estrellas.
       Rosendo Maqui continuaba despierto, en una vigilia que alumbraba toda la vida de su mujer y que admitía su muerte con un sentimiento hondo y potente, cargado de una pesada tristeza, en el que participaban una vaga conciencia religiosa y una emoción de tierra y cielo. Permítasenos ser oscuros. El mismo Rosendo no habría precisado nada y nosotros, en buenas cuentas, logramos solamente sospechar secretas y profundas corrientes.
       Y llegó el alba rosa y áurea y después creció el día desde las rocosas cumbres del Rumi. La luz cayó blanda y dulcemente sobre las faldas de los cerros, sobre los eucaliptos y los saúcos, sobre las tejas de la capilla y las casas, sobre las cercas y los veloriantes.
       Y cuando el sol subió “dos cuartas” por el cielo, envolvieron el cadáver en las cobijas, lo colocaron en la quirma y lo llevaron al panteón. El cortejo era largo porque asistieron todos los comuneros, inclusive los que no fueron al velorio. Al lado del cadáver iban Rosendo Maqui, sus hijos e hijas, los regidores y la comisión de Muncha. Detrás, todo el pueblo de Rumi, hombres y mujeres, viejos y jóvenes, tal vez quinientas almas. Solamente se quedaron los niños y Anselmo, el tullido. Al ver que se llevaban a su madre trató dolorosamente de erguirse, olvidado de su invalidez, y luego agitó los brazos, que cayeron, por fin, vencidos. Todo su cuerpo se abatió en una inmovilidad de tronco. Su corazón saltaba como un fiel animal encadenado.
       En el panteón cavaron una honda fosa en la que metieron el cadáver. Muchos de los concurrentes dieron una mano piadosa y ritualmente, para empujar la tierra. Por último se colocó una cruz de ramas bastas. Las hijas volvieron llorando, los hijos sosteniendo con su compañía y sus brazos al viejo padre.
       Y así fue velada y enterrada, con dignidad y solemnidad, la comunera Pascuala, mujer del alcalde Rosendo Maqui. La tierra cubrió su cuerpo noblemente rendido y un retazo del pasado y la tradición.
       De vuelta, el gobernador Zenobio García se detuvo un momento en la plaza, rodeado de sus acompañantes. La cara rojiza había empalidecido un tanto debido a la mala noche. Echado hacia atrás, el sombrero de paja en la coronilla y los pulgares engarfiados en el cinturón de cuero, miraba a todos lados dándose un aire de persona de mucha importancia. A ratos, tamborileaba con los otros dedos sobre el abultado y tenso vientre. Sus miradas escrutaban todo el pueblo y las inmediaciones, a la vez que decía algo a sus gentes. Al fin, los visitantes pasaron a despedirse de Rosendo y se fueron.
       Ninguno de los comuneros quiso ver nada especial en la actitud de los hombres de Muncha. Salvo que habían asistido como amigos al velorio y entierro y, ahora volvían a su pueblo por el camino de siempre, bañados por el buen sol de todos los días.


3
Días van, días vienen…

      Admiramos la natural sabiduría de aquellos narradores populares que, separando los acontecimientos, entre un hecho y otro de sus relatos, intercalan las grandes y espaciosas palabras: días van, días vienen… Ellas son el tiempo.
       El tiempo adquiere mucha significación cuando pasa sobre un hecho fausto o infausto, en todo caso notable. Acumula en torno o más bien frente al acontecimiento, trabajos y problemas, proyectos y sueños, naderías que son la urdimbre de los minutos, venturas y desventuras, en suma: días. Días que han pasado, días por venir. Entonces el hecho fausto o infausto, frente al tiempo, es decir, a la realidad cotidiana de la vida, toma su verdadero sentido, pues de todos modos queda atrás, cada vez más atrás, en el duro recinto del pasado. Y si es verdad que la vida vuelve a menudo los ojos hacia el pretérito, ora por un natural impulso del corazón hacia lo que ha amado, ora para extraer provechosa enseñanza de las experiencias de la humanidad o levantar su gloria con lo noble que fue, es también verdad que la misma vida se afirma en el presente y se nutre de la esperanza de su prolongación, o sea, de los presuntos acontecimientos del porvenir.
       Después de la muerte de Pascuala avanzó, pues, el tiempo. Y digamos también nosotros: días van, días vienen…

       En las grandes chacras comunitarias seguían madurando el trigo y el maíz. En las pequeñas, retazos de administración personal que daban al interior de las casas, se mecían pausadamente las sensuales habas en flor, henchían las arvejas sus nudosas vainas y los repollos incrustaban esmeraldas gigantes en la aporcada negrura de la tierra.
       Por lo alto cruzaban chillonas bandadas de loros. Unos eran pequeños y azules; otros eran grandes y verdes. Las escuadrillas vibrátiles evolucionaban y luego planeaban: las azules sobre el trigo, las verdes sobre el maíz. Con sus hondas y sus gritos las espantaban los cuidadores y entonces ellas chillaban más y se elevaban muy alto para desaparecer en la lejanía del cielo nítido, en pos de otros sembríos.
       El huanchaco, hermoso pájaro gris de pecho rojo, decidido choclero, cantaba y cantaba jubilosamente. Su canto era la sazón del maíz.
       Un viento tibio y blando, denso de rumor de espigas, olía a fructificación.

       Para acompañar a Rosendo, fueron a vivir en su misma casa Juanacha y su marido. Ella era la menor de todas sus hijas y en su cuerpo la juventud derrochaba una graciosa euritmia. Ágil, poderosa, de mejillas rojas y ojos brillantes, iba y venía en los quehaceres de la casa, parlando con una voz clara y alta, sacada de escondidas vetas de oro.
       Anselmo, Rosendo y el perro Candela, llamado así por tener la pelambrera del color del fuego, aún no podían olvidar a la muerta. Anselmo hizo arrumbar el arpa en un rincón y cubrir la prestancia incitante de sus cuerdas con unas mantas. Rosendo se pasaba el tiempo sentado en el poyo de barro del corredor, entregado a su silenciosa pena, con Candela a sus pies. Mejor dicho, el perro estaba sobre sus pies y a Rosendo le placía eso, pues se los abrigaba con el calor de su cuerpo. Candela manteníase durante el día en un semisueño melancólico y en las noches aullaba.
       En Juanacha bullía la vida con todas sus fuerzas jubilosas y la tristeza, o por lo menos una discreta compostura, era más bien un fenómeno de respeto hacia el padre. Había querido mucho a su madre, pero la pena era expulsada de su corazón por un poderoso ritmo de sangre. En cuanto al marido, no sabríamos decir. Era un indio reposado que no daba a entender sus sentimientos.
       Juanacha había parido un pequeñuelo que en este tiempo, cansado de gatear y besar la tierra, trataba ya de incorporarse para ojear el misterioso mundo de los poyos y barbacoas. A veces, en sus trajines de gusanillo, tropezaba con los pies de su abuelo si no estaban cubiertos por el perro. Entonces tironeaba con sus regordetas manitas de las correas de las ojotas, palpaba los pies duros y luego alzaba la cabeza hacia el gigante.
       Rosendo lo levantaba en brazos diciéndole cualquier palabra cariñosa y el pequeño le botaba a un lado el sombrero de junco para emprenderla a jalones con las canosas crenchas. El viejo gruñía sonriendo.
       —Vaya, suelta, atrevidito…
       Su pecho rebosaba de contento y ternura.
       En el caserío se apagaba ya, poco a poco, cual un fogón en la alta noche, el recuerdo de Pascuala. Con todo, no sería veraz hablar de olvido. Comentábase la pena de Rosendo y la justeza de tal sentimiento. Y cuando, entre las sombras, aullaba el perro Candela, los comuneros decían:
       —Llora po ña Pascuala.
       —Tal vez mirará a su ánima…
       —Dicen que los perros ven a las ánimas y si un cristiano se pone legaña de perro en los ojos, también verá las ánimas en la noche…
       —¡Qué miedo! Es cosa de brujería…
       —¡Pobre ña Pascuala!
       —¿Por qué pobre? Ya llegó a viejita y era tiempo que muriera. Un cristiano no puede durar siempre…
       Hemos visto que la misma consideración consolaba a Rosendo. En la vida del hombre y la mujer había tiempo de todo. También, pues, debía llegar el tiempo de morir. Lo deplorable era una muerte prematura que frustra, pero no la ocurrida en la ancianidad, que es una conclusión lógica. Así pensaba sintiéndose muy cerca de la tierra. Observaba que todo lo viviente nacía, crecía y moría para volver a la tierra. Él también, pues, como Pascuala, como todos, había envejecido y debía volver a la tierra.

       Los albañiles seguían levantando el edificio de la escuela, al lado de la capilla, donde había sombra y aroma de eucaliptos. El adobero, curvado sobre la planicie apisonada de la plaza, hacía su oficio con solicitud. En bateas de capacidad adecuada, dos ayudantes le llevaban el barro arcilloso desde un hoyo donde se lo batía sonoramente con los pies. Él ponía la garlopa, que el ayudante llenaba de barro de un solo golpe volteando la batea diestramente, luego emparejaba el légamo con una tablilla y por fin zafaba el molde, con movimiento preciso y rápido, dejando sobre el suelo la marqueta. Ya estaba allí, el otro ayudante con su porción y la operación se repetía. Los rectangulares adobes formaban largas hileras. El buen sol estival cumplía su faena de darles solidez. Los secos, que correspondían a las filas primeras, eran levantados y llevados a la construcción.
       El maestro albañil, acuclillado sobre el muro, orgulloso de su destreza, gritaba de rato en rato: “adobe, adobe”, demandándoselos a sus ayudantes. La pared se levantaba sobre gruesos cimientos de piedra. El alarife, llamado Pedro Mayta, superponía los adobes, uniéndolos con una argamasa de arcilla y trabándolos de modo que las junturas de una ringlera no correspondieran a las de la siguiente, a fin de que el muro tuviera una consistencia firme.
       Rosendo Maqui, que los miraba hacer desde el corredor, fue hacia ellos una tarde.
       —¡Qué güeno, taita! —exclamó Pedro, afirmando un adobe y emparejando la arcilla saliente con el badilejo—. ¡Güenas tardes, taita!
       Los otros constructores, hasta los que pisoteaban el barro, allá lejos, al borde de la chacra de maíz, se acercaron a saludar. Maqui respondía con una discreta sonrisa de satisfacción. Le gustaba ver a su gente embadurnada con las huellas de la tarea —semillas de la mala yerba pegapega, briznas de trigo, barbas de choclo—, pues consideraba que ésas eran las marcas ennoblecedoras del trabajo.
       —¿Se avanza, maestro Pedro?
       —Como se ve, taita. Pronto quizá tendremos escuelita.
       —¿Escuelita? ¡Escuelaza! ¿Habrá pa un ciento de muchachos?
       —Hasta pa doscientos.
       —No te digo.
       Maqui entró al cuadrilátero. La amarillenta pared se elevaba ya hasta la altura del pecho. Olía a barro fresco. Había una puerta y cuatro ventanas, dos hacia la salida del sol y las otras dos hacia la puesta.
       —Me entendiste bien, Pedro. Que si no el bendito comisionao escolar quizá habría dicho… ¿cómo me dijo?… Esto no es, esto no es… ¡Vaya, olvidé la tal palabra!… ¿Tú la sabes?
       Mayta respondió que no la sabía y ni siquiera sospechaba de lo que podía tratarse. Como los otros ya habían vuelto a sus labores y a fin de que el alcalde lo oyera, gritó con redobladas ansias de faena:
       —¡Adobe, adobe!…
       Rosendo, sabe Dios por qué, se puso a tentar la solidez del muro con su bordón de lloque. Indudablemente que estaba fuerte.
       —¿Y el techo, taita? ¿Teja o paja?
       —Teja, me parece. Habrá también que apisonar muy firme el suelo. Y será güeno que Mardoqueo teja una estera pa que sea… ¡ah, ya me acordé!… higiénico
       —Ah, así dijo el comisionao. ¡Higiénico! ¿Y qué es eso?
       —Todo lo que es güeno pa la salú… así dijo…
       Mayta dejó de alinear los adobes y se puso a reír. Rosendo lo miró con ojos interrogadores. Callose al fin y explicó:
       —¿No es un jutrecito el comisionao? Lo conozco, lo conozco… En la tienda de ño Albino pasa bebiendo copas. ¿Cree que tomar tarde y mañana es güeno pa la salú? Él sí no es higiénico…
       Y entonces rieron ambos mascullando la dichosa palabreja entre risotada y risotada. Se sentían muy felices. Después dijo Maqui:
       —La verdá, ya tendremos escuela. Me habría gustao demorarme en llegar al mundo, ser chico aura y venir pa la escuela…
       —Cierto, sería bonito…
       —Pero también es güeno poder decir a los muchachos: “vayan ustedes a aprender algo”…
       —Cierto, taita… Yo tengo dos; ellos sabrán alguna cosa; porque es penoso que lo diga: yo tengo la cabeza muy dura. Si veo un papel medio pintadito de eso que llaman letras, me pongo pensativo y como que siento que no podría aprender, ¡hasta tengo miedo!
       —Es que nunca, nunquita hemos sabido nada —respondió Maqui. Y luego con fervor—: Pero ellos sabrán…
       Fue hasta el hoyo del barro —en el corte se veía media vara de negra tierra porosa y bajo ella la amarilla y elástica— y luego al lugar de los adobes. Tuvo para cada uno de los trabajadores alguna palabra. Comentó y bromeó un poco. Se sentía respetado y querido. Volvió a su casa pensando que la comunidad se hallaba empeñada en su mejor obra y sería muy hermosa la escuela. Los niños repasarían la lección con su metálica vocecita y luego jugarían en la plaza, a pleno sol o la sombra de los eucaliptos. Rosendo Maqui estaba contento.

       En los campos amarilleaba la yerba dejando caer sus semillas o se mecían dulces ababoles rosados. Los arbustos y árboles de raíces hondas mantenían su lozano verdor y ostentaban el júbilo de las moras.
       Las tunas, que crecían junto o sobre las cercas de piedra, a la salida y la entrada de la Calle Real, comenzaban a colorear. Las jugosas paletas verdes se ornaban de frutos que parecían rubíes y topacios.
       Los magueyes de pencas azules, vecinos de las tunas o diseminados por los campos, elevaban hacia el cielo su recta y deshojada vara como una estilización del silencio. En la punta, su gris desnudez estallaba en un penacho de flores blancas o cuajaba en frutos lustrosos. Raros eran los que se veían así, que no fructifican sino a los diez años, antes de morir, pero hasta el largo palo de corazón de yesca rendía su hermoso tributo a la vida.
       Los matorrales de úñico, que anticipaban desde hacía tiempo su ofrenda, estaban ahora plenos de madurez. En la quebrada que bajaba por un costado del cerro Rumi, formaban una especie de mantos violados. Daban moras que tenían la forma de pequeñas ánforas y redomas, de un grato dulzor levemente ácido.
       Las muchachas y muchachos de Rumi, llevando de la mano a los más pequeños, iban a la quebrada y todos regresaban con los labios lilas. Gustaban de las moras tanto como las torcaces.
       Grandes bandadas de estas palomas azules salían desde la hondura cálida de los ríos tropicales, donde se alimentan de pepita de coca, a las zonas templadas en tiempo de moras de úñico. Así llegaban a Rumi y especialmente a la quebrada. Después de atiborrarse durante las mañanas, se posaban, según su costumbre, en los árboles más altos y se ponían a cantar. En las copas de los paucos formaban grandes coros. Una elevaba una suerte de llamada, larga y melancólica, de varias inflexiones, y las demás respondían de modo unánime, con un dulce sollozo. Pero la suavidad de la clara melodía no amenguaba su vigor y tanto la llamada como el coro se podían escuchar desde muy lejos.
       Era un canto profundo y alto, amoroso y persistente, que llenaba el alma de un peculiar sentimiento de placidez no exenta de melancolía.

       Una mañana Rosendo Maqui caminaba por la Calle Real, volviendo de la casa de Doroteo Quispe, cuando divisó a un elegante jinete que, seguido de dos más, avanzó por la curva del camino que se perdía tras la loma por donde en otro tiempo también hicieron su aparición los colorados.
       Rutilando delante de una ebullición de polvo, avanzaban muy rápidamente, tanto que llegaron frente a la plaza al mismo tiempo que Rosendo y allí se encontraron.
       Sofrenó su caballo el patrón, siendo imitado por sus segundos. Un tordillo lujosamente enjaezado, brillante de plata en el freno de cuero trenzado, la montura y los estribos, enarcaba el cuello soportando a duras penas la contención de las riendas. Su jinete, hombre blanco de mirada dura, nariz aguileña y bigote erguido, usaba un albo sombrero de paja, fino poncho de hilo a rayas blancas y azules y pesadas espuelas tintineantes. Sus acompañantes, modestos empleados, resultaban tan opacos junto a él que casi desaparecían.
       Era don Álvaro Amenábar y Roldán en persona, el mismo a quien los comuneros y gentes de la región llamaban simplemente, por comodidad, don Álvaro Amenábar. Ignoraban su alcurnia, pero no dejaron de considerar, claro está, la importante posición que le confería su calidad de terrateniente adinerado.
       Rosendo Maqui saludó. Sin responderle, Amenábar dijo autoritariamente:
       —Ya sabes que estos terrenos son míos y he presentado demanda.
       —Señor, la comunidá tiene sus papeles…
       El hacendado no dio importancia a estas palabras y, mirando la plaza, preguntó con sorna:
       —¿Qué edificio es ese que están levantando junto a la capilla?
       —Será nuestra escuela, señor…
       Y Amenábar apuntó más sardónicamente todavía:
       —Muy bien. ¡A un lado el templo de la religión y al otro lado el templo de la ciencia!
       Dicho esto, picó espuelas y partió al galope, seguido de su gente. El grupo se perdió tras el recodo pétreo donde comenzaba el quebrado camino que iba al distrito de Muncha.
       El alcalde quedose pensando en las palabras de Amenábar y, después de considerarlas y reconsiderarlas, comprendió toda la agresividad taimada de la cínica amenaza y de la mofa cruel. No tenía por qué ofenderlo así, evidentemente. A pesar de su ignorancia y su pobreza —decíase—, los comuneros jamás habían hecho mal a nadie, tratando de prosperar como se lo permitían sus pocas luces y sus escasos medios económicos. ¿Por qué, señor, esa maldad? Maqui sintió que su pecho se le llenaba por primera vez de odio, justo sin duda, pero que de todos modos lo descomponía entero y hasta le daba inseguridad en el paso. Era muy triste y amargo todo ello…, en fin…, ya se vería…

       En las últimas horas de la tarde, por orden de Rosendo, fueron encerrados cuatro caballos en el corralón. Al día siguiente, estando muy oscuro todavía, en esa hora indecisa durante la cual parece que las sombras vacilaran en retirarse ante el alba, los ensillaron. Terminando de ajustar cinchas y correas, cabalgaron Abram Maqui, su hijo Augusto, mocetón fornido que hizo sentir la dureza de sus piernas en un arisco potro recién amansado, y el regidor Goyo Auca, que jalaba el Frontino. El grupo no caminó mucho. Se detuvo ante la casa del alcalde.
       En el corredor brillaba la viva llamarada del fogón y Juanacha, sentada junto a él, preparaba algo.
       —Ya va a salir, prontito —les dijo.
       Desmontaron y a poco rato surgía, de la sombra de su cuarto, Rosendo Maqui. Respondió brevemente a los respetuosos saludos, aprobó de un solo vistazo la disposición de los caballos y sentose frente al fuego en compañía de los recién llegados. Juanacha les sirvió, en grandes mates amarillos, sopa de habas y cecinas con cancha que ellos consumieron rumorosamente, no sin invitar algún bocado a Candela, que estaba tendido por allí y miraba con ojos pedigüeños.
       El alba entera simulaba un bostezo blanco.
       Luego montaron. El viejo fue discretamente ayudado por Abram para que cabalgara en el Frontino. Ya había claridad y veíase que el resuello de los animales y los hombres formaba nubecillas fugaces al condensarse en la frialdad de la amanecida.
       Rumi despertaba con una lentitud soñolienta. Se abrían tales o cuales puertas madrugadoras. Las gallinas saltaban de las jaulas de varas adosadas a la parte alta de la pared trasera de las casas, en tanto que sus garridos machos aleteaban y cantaban con decisión. Algunas mujeres comenzaban a soplar sus fogones, y caminaba por la calle, en pos del fuego de la vecina, quien encontró apagados sus carbones. En el corral mugían tiernamente las vacas. De pronto, la mañana se disparó en flechas de oro desde las cumbres a los cielos y los pájaros rompieron a cantar. Zorzales, huanchacos, rocoteros y gorriones confundieron sus trinos alegrándose de la bendición de la luz.
       El trote franco de los caballos encabezados por Frontino llenó la Calle Real. El vaquero Inocencio y dos indias estaban ordeñando en el corralón. Mansa y tranquilamente las madres lamían a sus terneros en tanto que brindaban a los baldes, entre manos morenas, los musicales chorros brotados de la turgencia pródiga de las ubres.
       Una de las mujeres gritó:
       —Taita Rosendo, la mamanta…
       Se acercaron y bebieron la espesa leche, tibia aún. Las ordeñadoras eran dos muchachas frescas, de cabellos nigérrimos, peinados en trenzas que les caían sobre el pecho enmarcando anchos rostros de piel lisa. La boca grande callaba con naturalidad y los ojos oscuros eran un milagro de serena ternura. Vestían polleras roja y verde. Se habían quitado el rebozo para realizar su faena y veíase que la sencilla blusa blanca ornada de grecas, dejando al descubierto los redondos brazos, ceñía la intacta belleza de los senos núbiles. El mocetón Augusto, desde su propicia altura de jinete y mientras los mayores apuraban la leche, solazábase en la contemplación de las muchachas atisbando por la unión de los pechos. Se puso a galantearlas.
       —¡Tan güenamozas las chinas! Voy a madrugar pa ayudarles… ¡Si me quisieran como a un ternerito!
       Ellas sonriéronle y luego bajaron los ojos sin saber qué responder en su feliz azoro. El alcalde hizo como que no había oído nada y recomendó:
       —No dejen de llevarle doble ración a Leandro, ¿cómo sigue?
       —Mejorcito —respondió una de ellas.
       Los jinetes armaron grandes bolas de coca a un lado del carrillo y partieron seguidos de Candela que, burlando la vigilancia de Juanacha, se unió a los viajeros. Fuéronse por ese camino que nosotros hemos mirado un tanto y ellos sabían de memoria. Por allí, por donde asomaron un día los colorados y otro día, más reciente, don Álvaro Amenábar. Aunque nosotros, en verdad, lo hemos visto tan sólo hasta el lugar en que doblaba ocultándose tras una loma. Seguía por una ladera y después cruzaba el arroyo llamado Lombriz, lindero entre las tierras de Rumi y las de la hacienda Umay.
       La espesa franja de monte que cubría el arroyo trepaba la cuesta hasta perderse entre unas elevadas peñas y bajaba desapareciendo por un barranco de un cerro contiguo al Peaña. El Lombriz corría paralelo a la quebrada de Rumi, pero el caserío, que se hallaba entre ambos, no se dignaba considerarlo. La acequia que abastecía de agua a las casas partía de la quebrada, pues el Lombriz llevaba tan poca que apenas si podía lucirla en verano. Era que, durante el invierno, formaba su caudal con las lluvias y el resto del tiempo con lo que buenamente rezumaba la tierra. En cambio, la cantora quebrada, tajando una gran abra, partía de la profunda laguna situada tras el cerro Rumi en una ancha meseta.
       Esa vez los comuneros cruzaron el arroyo como siempre, sin darle mayor importancia, salvo el alcalde. Los cascos enlodaron el agua callada. Candela evitó mojarse saltando sobre las piedras del lecho. Rosendo examinó detenidamente el curso, desde el barranco a las peñas altas. ¡También había moras en el Lombriz y torcaces y pájaros!
       El camino tornose un sendero, labrado por los cascos más que por las picotas y palas, que entre breñas y matorrales comenzó a trepar una cuesta.
       La mano del hombre se notaba en tal o cual grada para disminuir la elevación de los escalones pétreos, en tal o cual hendidura practicada en las inclinadas zonas de roca viva. Por un lado y otro, veíanse tupidos arbustos y escasos árboles que iban desapareciendo a medida que el trillo ascendía, aristas salientes de las peñas, algún maguey de enteca sombra, cactos erguidos a modo de verdes candelabros ante inmensos altares de granito.
       El sendero curvábase, zigzagueaba, empinándose y prendiéndose. Trepaba lleno de una decisión afanosa, se diría que acezando. Los caballos eran de esos serranos pequeños y de casco fino, diestros en artes de maroma. Frontino, que tenía mayor tamaño proveniente de cierto abolengo, suplía el inconveniente de sus grandes cascos con una extremada pericia. Su paso largo lo hacía adelantarse, por lo que Rosendo, de rato en rato, debía detenerlo para esperar a los rezagados. Frontino volvía la cabeza y miraba con deferente amistad a sus peludos y alejados compañeros, un bayo, un negro, un canelo.
       Ya tendremos ocasión de referir la historia de Frontino. Y entendemos que se sabrá perdonarnos estas dilaciones, pues de otro modo, no alcanzaríamos a salir de los preámbulos. La realidad es que cuando evocamos estas tierras cargadas de vidas y peripecias, a veces reímos, a veces lloramos, en todo caso, nos envuelve dulcemente el aroma de las saudades y siempre, siempre nos sobran historias que contar.
       Trepaba, pues, la pequeña cabalgata. Rosendo hacía memoria de los acontecimientos recientes y trataba de ordenar sus pensamientos: “Me voy a morir: mi taita ha venido a llevarme anoche”, dijo Pascuala. Después pasó la culebra con su mal presagio y he allí que él se había dedicado a hacer cálculos sin dar la debida consideración al nocturno llamado. Ahora Pascuala estaría con el taita y los otros comuneros en esa misteriosa vida donde se va de aquí para allá, como por el aire, andando con un mero flotar de ánima. El señor cura Mestas hablaba del infierno, pero Rosendo creía y no creía en el infierno. ¡Vaya usted a saber! En el peor de los casos, ahí estaban los rezos de Doroteo Quispe. Echar oraciones, según decían los mismos curas, nunca es cosa perdida.
       Después de todo, ya había llegado la desgracia y así quedaba descartada la suposición de que el presagio envolviera a la comunidad. Era asunto de litigar eso de las tierras. “Up, no resbales, Frontino. Casi te has caído. Pero no tiembles ni resoples, que ya estamos al otro lado”. Habían cruzado por el filo de un barranco. Una piedra cedió y Frontino estuvo a punto de perder las patas en el aire. La piedra rodó rebotando al chocar contra las rocas de la pendiente hasta que terminó por despedazarse. Rosendo propuso a don Álvaro Amenábar; en otro tiempo, hacer un buen camino trabajando a medias la comunidad y la hacienda Umay. Él se negó diciendo que no tenía interés en esa ruta y que, por otra parte, el sendero resultaba lo suficientemente bueno para no rodarse.
       Ahí asomaba, por fin, una cumbre. Y en la cumbre se detuvieron los cuatro jinetes y Rosendo habló mirando las ya lejanas peñas, al pie de las cuales comenzaba el arroyo Lombriz:
       —Oigan bien, y en especial vos, Augusto, que estás muchacho y debes saber las cosas pa cuando nosotros muramos. Allá, po esas peñas —el brazo de Rosendo se había levantado y al filo del poncho asomaba su índice nudoso que apuntaba las rocas— desde onde el Lombriz empieza, el lindero sube marcao po unos mojones de piedras, tamaños de una vara o vara y media, hasta llegar a la mesma punta llamada El Alto.
       Todos habían visto alguna vez los hitos y repetidamente Goyo Auca, que en su calidad de regidor debió preocuparse de tener conocimientos plenos. La voz de Rosendo continuó, acompañada del índice vigía:
       —Po la mera puna de El Alto, cerros allá, yendo po el propio filo de esas cumbres prietas, el lindero pasa dejando a un lao la laguna Yanañahui pa ir a caer a la peñolería que mira al pueblecito de Muncha. Po esas peñas va dispués, bajando, a dar al río Ocros que blanquea con sus arenas como para servir de señal. Así son los linderos de Rumi…
       Los jinetes miraban con atención y afecto el caserío multicolor y alegre y las tierras propias y de todos, las tierras de la comunidad. Eran grandes y hermosas. Aun las que estaban llenas de roquedales, inútiles para la siembra, tenían un agreste encanto. Enseñoreándose sobre ellas, alto con toda la eterna energía de su cima de piedra, parlaba con las nubes el cerro Rumi.
       Rosendo Maqui volteó su caballo y tomó nuevamente el sendero que, ondulando cada vez más blandamente, entró por fin la meseta puneña. Ancha meseta, abundosa de pajonales y rocas crispadas, batida por un viento cortante y terco, fría a pesar del sol que caía de un cielo al parecer muy próximo.
       El azul brillante e intenso del cielo, en ese tiempo moteado de escasas nubes muy blancas, resaltaba frente a las cumbres amarillentas de paja y rojinegras y azulencas de peñascales. Ya hemos dicho que a Rosendo le gustaba esa abrupta y salvaje grandeza sin que tal complacencia le impidiera gozar también los dones de las tierras menos duras y frías.
       El perro Candela, que durante toda la cuesta siguió ceñidamente al Frontino, se puso a corretear en el altiplano. Ladraba abalanzándose contra las blanquinegras coriquingas y los pardos liclics. Ellas lanzaban un chillido y ellos un largo y golpeado grito, alejándose a un tiro de piedra con vuelo rasante. Casi todas las aves de puna, a excepción del cóndor, no se levantan gran cosa de la tierra, tal si estuvieran ahítas de inmensidad con la sola contemplación de los dilatados espacios y las inalcanzables lejanías de fuego y de azur.
       El bayo chucarón que montaba Augusto, repuesto de los rigores de la cuesta, consideró oportuno ser rebelde. Encabritábase sorpresivamente o volteaba de súbito con ánimo de galopar hacia la querencia. El amansador, duro de manos y de piernas, templaba las riendas hasta hacer una muesca en el hocico y hundía los talones en los ijares. Luego le surcaba las ancas de sonoros fustazos. El duelo entre el potro marrajo y el domador clavado se mantuvo durante un largo trecho hasta que el primero, trémulo de impotencia y chorreando sudor de cansancio, cedió. Entonces Augusto, para consumar su victoria, lo sacó del trillo y se puso a “quebrarlo”, o sea hacerle doblar el pescuezo hasta que el hocico besara el estribo, y a “sentarlo”, o sea pararlo de un golpe encontrándose en pleno galope. Cuando lo hizo más o menos bien —la perfección en tales lances no es cosa de alcanzarse en una jornada— tornó al trillo colocándose tras el alcalde. Un mechón endrino cruzaba la frente sudorosa de Augusto desflecándose sobre los ojos, que centelleaban de satisfacción. Abram, que entendía el oficio, y Goyo Auca, que no lo entendía, aprobaron la doma con grandes exclamaciones. Rosendo volteó y limitose a decir:
       —Güeno, muchacho.
       Pero íntimamente se hallaba orgulloso de su nieto y, en general, complacido de que un comunero que recién escupía coca diera pruebas de tal destreza.
       El sendero entró a un camino más ancho, ruta que conducía del sur al norte, blanqueando por las ondulantes faldas de los cerros, desapareciendo en los recodos para renacer de nuevo tercamente y perderse por último en las pendientes violáceas como un leve hilillo. El camino venía de regiones y pueblos lejanos y desconocidos y marchaba hacia regiones y pueblos igualmente lejanos y desconocidos.
       Sobre los comuneros, hombres afirmados en la tierra a lo largo del tiempo, ejercía una sugestión inquietante y misteriosa.
       De pronto, la meseta se abrió a un lado por una encañada y allá lejos, al fondo, apareció una extensa planicie.
       —Ahí vive el condenao —dijo Rosendo, sofrenando su caballo.
       El llano apareció retaceado de alfalfares y sementeras, al centro de las cuales se levantaban grandes casas de techo rojo que formaban un cuadrilátero. En medio del patio surgía un gran árbol, acaso un eucalipto, y largas filas de álamos —se los podía reconocer por su esbeltez— rayaban los campos marcando las rutas de acceso. Había vacas en los potreros, caballos en las pesebreras y a la distancia el trajín de los hombres parecía serlo de hormigas. Ahí en esas casas vivía, pues, don Álvaro Amenábar, rodeado de sus parientes y servidores. La hermosa llanura y la meseta desde la cual los comuneros miraban, y todas las tierras que cruzaron después de pasar el arroyo Lombriz, y muchas de las tierras que por un lado y otro hacían asomar sus cumbres, eran de él. Tenía tanto y todavía deseaba más.
       Goyo Auca dijo, mirando una senda que se hundía por la encañada en dirección a la casa-hacienda de Umay:
       —Sería güeno aprovechar pa ver a don Álvaro aura…
       Rosendo Maqui no contestó nada y continuó por el camino que pasaba de sur a norte. Frontino trotaba y pronto estuvo muy adelante. Rosendo hizo una seña llamando a Goyo Auca y éste logró reunírsele azotando a su duro caballejo. El alcalde habló:
       —¿Sabes? El día que pasó don Álvaro Amenábar vi que no era cosa de hablarle, que nadita se podía aguardar de él por las güenas… Y yo digo, pue lo he mirao así de seguido, que se puede ablandar todo hasta el fierro si lo metes en la candela, pero menos un corazón duro. Me ofendió y nos ofendió a todos con su burla. No he contao nada… ¿Qué se ganaría? Si los comuneros ven que les faltan al respeto a los regidores o al alcalde y éstos no pueden hacer nada, merman confianza… Y si un pueblo no tiene confianza en la autoridá, el mal es pa todos… ¿No es cierto?…
       Goyo Auca respondió:
       —Cierto, taita…
       Los retrasados conversaban de la doma. Abram hacía a su hijo la crítica de su faena. En cierto momento, había perdido un estribo y ello era una chambonada peligrosa. El primer deber de un jinete consistía en no perder ni las riendas ni los estribos. Conseguido esto y teniendo fuerza y buena cabeza, vengan corcovos…
       La cabalgata continuaba al trote. El viento agitaba los ponchos y las crines. Tropezaron con un rebaño numeroso y lento y Candela se puso a perseguir las ovejas en una forma bromista.
       —Ey, Candela, Candelay… —riñó Rosendo, con lo que el perro hundió la cola entre las piernas y agachó la cabeza noblemente avergonzado.
       Más allá encontraron a los pastores, dos indios —hombre y mujer— de sombrero de lana rústicamente prensada y veste astrosa. El hombre estaba sentado en una eminencia, mascando su coca. La mujer, tras una piedra que la defendía del viento, sancochaba papas en una olla de barro calentada por retorcidos haces de paja. El fuego era mezquino y la humareda ancha. Rosendo y Goyo se detuvieron a observarlos y en eso fueron alcanzados por Abram y su hijo. El alcalde se decidió a preguntar dirigiéndose al varón, que se hallaba más cerca del camino:
       —¿Ustedes son pastores de don Álvaro Amenábar?
       El interpelado tenía el mugriento sombrero, que parecía una callampa, metido hasta los ojos. Continuaba impasible como si no hubiera escuchado nada. Al fin respondió:
       —Ovejas, pues…
       Los comuneros tuvieron lástima, aunque Augusto mal reprimió una sonrisa.
       —Sí, ya veo que son pastores de ovejas —explicó el alcalde—; pero quiero saber si ustedes reciben órdenes del hacendao don Álvaro Amenábar.
       El silencioso miró su calzón, que dejaba ver entre sus retazos la dura carne morena, y dijo:
       —Bayeta rompiendo…
       Goyo Auca opinó que tal vez el pastor trataba solamente con los caporales y no había visto nunca al hacendado o por lo menos ignoraba el nombre. Rosendo dio vuelta a la pregunta:
       —¿Ustedes son de la hacienda Umay?
       —Sí.
       —¿Hace mucho que están de pastores?
       La india, de pecho mustio, cara sucia y pelos desgreñados, se acercó al interrogado y le dijo algo en voz baja. Daba pena su desaliñada fealdad. En la mujer es más triste la miseria.
       —¿Cómo los tratan? —insistió el alcalde.
       Los pastores mantuvieron un terco silencio y miraban el rebaño extendido por lomas y hoyadas. No querían responder nada, pues, exceptuando al ganado, parecían indiferentes a cuanto les rodeaba. Se habían encerrado dentro de sí mismos y el silencio los rodeaba como a la piedra solitaria junto a la cual humeaba la menguada fogata. Abram opinó que los pastores temían acaso una emboscada de parte de la misma hacienda y por eso no decían nada. Entonces los comuneros prosiguieron la marcha y Rosendo advirtió:
       —Estos pobres son de los que reciben látigo por cada oveja que se pierde… ¿No les han contao Casiana y Paula?… Milagro que están po aquí; viven remontaos…
       Pero la atención de los viajeros fue llamada por varios hombres armados que aparecieron a lo lejos. Montaban buenos caballos y los seguían arrieros conduciendo mulas cargadas de grandes bultos albeantes.
       —Y si jueran bandoleros… —sospechó Goyo Auca.
       —Po las cargas, se ve gente de paz —dijo Rosendo.
       Y Abram, bromeando:
       —De ser bandidos, hace falta Doroteo pa que rece el Justo Juez.
       —Cierto, cierto… —celebraron.
       Estaba a la vista que no eran bandoleros. Pronto se encontraron con ellos. Se trataba de viajeros acomodados; quizá comerciantes, quizá hacendados, quizá mineros. Su atuendo era de la mejor clase y el mulerío cargado hacía presumir ricos bienes.
       —¡Hola, amigo! —dijo el que iba adelante, bajándose la bufanda que defendía su faz blanca del azote de viento y parando en seco su caballo—, ¿a dónde es el viaje?
       —Al pueblo, señor —respondió Rosendo sofrenando a su vez.
       Ambos grupos quedaron detenidos frente a frente y se escudriñaban como suelen hacer los viajeros cansados de la repetición y la soledad del paisaje. El hombre sin embozo dijo:
       —¿No saben si por aquí hay gente que quiera ganar plata, pero harta plata?
       —Señor, en la comunidad de Rumi todos queremos ganar —afirmó el alcalde.
       —Sí, pero no se trata de quedarse aquí. Hay que ir a la selva a sacar el caucho. Un hombre puede ganar cincuenta, cien, hasta doscientos soles diarios. Más, si anda con suerte. Yo le doy cuanto necesite: en esos fardos llevo las herramientas, las armas, toda clase de útiles…
       —Señor, nosotros cultivamos la tierra.
       —No creas que hay necesidad de estudios para picar un árbol y sacarle el jugo… de eso se trata.
       Augusto miraba al hombre del caucho con ojos en los que se reflejaba su asombro ante el dineral. El negociante se dirigió a él:
       —Doy adelanto para mayor garantía. Quinientos soles que se descuentan en un suspiro…
       Rosendo se negó una vez más:
       —Señor, nosotros cultivamos la tierra.
       Y echó a andar seguido de su gente. Augusto no había llegado a tomar ninguna decisión debido a su falta de costumbre de hacerlo, a la rapidez del diálogo y sobre todo, a la sencilla fuerza de las palabras del viejo. Así, continuó fácilmente con los comuneros y estuvo muy atento cuando Rosendo decía:
       —Ése es un bosque endiablao y pernicioso. Fieras, salvajes, fiebres y encima una vida prestada…
       No era la primera vez que Rosendo Maqui y los comuneros se encontraban con hombres resueltos en viaje hacia la selva, pero con los que debían volver de ella, triunfadores y enriquecidos, no habían tropezado jamás. Sin embargo, la afluencia de gente continuaba y continuaba también la leyenda de la buena fortuna corriendo de un lado a otro de la serranía como esparcida por el viento. Los pobres hartos de penurias, o los adinerados que deseaban serlo más, disponían la alforja, requerían un arma y partían. Unos en caravanas, otros solos. De cualquier modo, llegaban ante las trochas, suerte de túneles que perforan la maraña vegetal, y por allí se sumergían en el abismo verdinegro…
       Rosendo volteó hacia Augusto y lo miró tratando de decirle algo. Nada pudo pronunciar, pero era evidente que le reprochaba su atención desmedida, ese anhelante asombro que empezaba a comprometerlo. Y el mozo se puso triste y, sintiéndose culpable, hasta le pareció que ya se había marchado de la comunidad y todos lo censuraban… ¡La selva!… Tal fue su primer contacto con la realidad lejana y dramática del bosque.
       El caso es que continuaba el viaje y la ruta de los comuneros, cansada de la practicabilidad de la meseta, apartose del camino grande para lanzarse de nuevo en la aventura de una cuesta. Mas la faja resultó bastante ancha y desenvuelta en blandas curvas, pues en las cercanías estaba ya el pueblo y las autoridades algo habían hecho, con ocasión de una visita arzobispal y otra prefectural, para que los alrededores no resultaran muy agrestes. La bajada terminó a la vera de un río gratamente sombreada de gualangos, y el camino tomó por una de las márgenes, siguiendo la corriente. Fácil era el galope, el clima había templado su frialdad, una brisa amable acariciaba el rostro, y las copas altas y chatas de los gualangos, semejando discos dedicados a dar sombra, cernían la violencia de un sol adueñado de toda la amplitud de los cielos azules.
       El río entre finas arenas y pedrones cárdenos y amarillos, cantaba su misma antigua y alegre tonada de viaje. Caballos y jinetes también avanzaban contentos. Augusto, olvidado ya del tácito regaño, entonaba una cancioncilla que le bullía siempre en el pecho:

Ay, cariño, cariñito,
si eres cierto ven a mí.
Por el mundo ando solito
y nadie sabe de mí…

       Augusto creía escuchar que el río le hacía la segunda, acompañándolo en su endecha. Es fácil hacerse esta ilusión cuando se canta junto a un río.

Palomita de alas blancas,
palomita generosa;
dime dónde está tu nido,
que yo ando buscando abrigo.

       Rosendo aguzaba el oído para percibir, lo mismo que Goyo Auca y Abram. La tonada les recordaba su juventud, el bello tiempo en que ellos también llamaron al amor cantando, y la escuchaban con gusto.

Ya viene la noche oscura,
si me voy me caeré.
Dame, dame posadita,
y a tu lado dormiré…

       El camino volteó y, al asomarse a una loma, mostró el pueblo. Aparecía próximo —rojo de tejas, blanco y amarillo de paredes— y sus casas se agrupaban, como buscando protección al pie de una iglesia de sólidas torres cuadrangulares. Los alrededores verdeaban de árboles y alfalfares. En las callejas, casi desiertas, un discreto trajín anunciaba la vida. Al poco rato, la pequeña cabalgata pasaba por ellas con gran estrépito de cascos en el empedrado. Al oírla, los comerciantes consumidos de hastío salían a curiosear desde la puerta de sus tiendas. Los ponchos indios, salvo el de Rosendo que era oscuro, chorreaban todo el júbilo de sus colores sobre los claros muros.
       —Son indios comuneros.
       —El viejo es el famoso alcalde Rosendo Maqui…
       —Prosistas son.
       —Pero parece que don Amenábar les va a quitar la prosa… Así me han dicho.
       —¿Cómo, compadre?
       —Lo que oye, compadre. Hay juicio de por medio…
       —Cuente, cuente, compadre…
       Y se armaban las conversaciones y los chismes.
       Los jinetes voltearon por un lado de la plaza, pasando frente a la subprefectura. La plaza era un cuadrilátero soledoso y ancho, cruzado de irregulares veredas de piedra entre las cuales crecía libremente la yerba. Al centro había una pila donde llenaban de agua sus cántaros y baldes algunas mujeres, sin duda sirvientas de los ricachos y autoridades. Dos de ellas conversaban con un indio que, sentado en el pequeño muro de la pila, miraba su caballo, magro y mal aperado flete que arrastraba la rienda mientras ramoneaba el pasto con vehemencia. La iglesia estaba cerrada y desde una de las torres, un gallo recortado en hojalata se erguía en la actitud de cantar, interminablemente. Las casas que rodeaban la plaza eran generalmente de dos pisos y algunas abrían tiendas en las cuales coloreaban las telas y brillaban las herramientas que solía buscar la indiada durante la habitual feria de los domingos. Mientras llegaba, los tenderos vendían licor a sus diarios parroquianos. En la puerta de la subprefectura, los gendarmes daban la nota oficial que correspondía a toda capital de provincia con sus feos uniformes azules a franjas verdes. Porque tal era el rango del pueblo y, además de subprefecto, tenía autoridades que respondían a los importantes títulos de Juez de Primera Instancia, Jefe Militar, Médico Titular, Inspector de Instrucción y otros.
       Los diligentes funcionarios casi nunca funcionaban y entretenían sus ocios pasando, a sus inmediatos superiores o inferiores, oficios inocuos. ¿Qué iban a hacer? El juez desaparecía entre montañas de papel sellado originadas por el amor a la justicia que distingue a los peruanos, pero, rendido por la sola contemplación de los legajos y estimando sobrehumano subir y bajar por todos esos desfiladeros llenos de artículos, incisos, clamores, denuestos y “otrosí digo”, había renunciado a poner al día los expedientes. Explicaba su lentitud refiriéndose al profundo análisis que le demandaban sus justicieros fallos: “Estoy estudiando, estoy estudiando muy detenidamente”. El subprefecto casi nunca tenía “desmanes” que reprimir —cada día la indiada se sublevaba menos— y en una hora matinal de despacho aplicaba las multas y cobraba los carcelajes. En cuanto a las tareas de los otros, no eran tan recargadas.
       Los conscriptos para el servicio militar caían en una sola redada; no había medicamentos para combatir y ni siquiera prevenir las epidemias; las escuelas carecían de útiles y estaban regidas por maestros tan ignorantes como irremovibles, pues su nombramiento se debía a influencias políticas. ¿Qué iban a hacer, pues? Además, había en su falta de actividad una profunda sabiduría. Ellos se atenían al conocido dicho: En el Perú las cosas se hacen solas. Únicamente, de tarde en tarde, cuando algún gamonal o diputado reclamaba sus servicios, desplegaban una actividad inusitada. Unos y otros estaban en el secreto de su celo.
       La cabalgata se detuvo ante la casa de Bismarck Ruiz. El despacho, que tenía puerta a la calle, estaba cerrado y entonces los comuneros entraron al zaguán. Salió una mujer con un crío sobre las espaldas, muy ojerosa y agestada, que mostraba trazas de haber llorado.
       —¿Qué? —dijo—, ¿qué?, ¿preguntan por Bismar?, ¿preguntan por él?, ¿preguntan tovía por él, aquí en su casa? ¡Vaya con la pregunta!
       Su voz era chillona y airada. Los comuneros se miraban unos a otros sin explicarse por qué, al parecer, se cometía una necedad preguntando por Bismarck Ruiz en su casa. La mujer, advirtiendo su perplejidad, explicó:
       —El mal hombre para sólo onde la Costeña. Ahí vive metido y seguro que le dio brujería esa mala mujer… ¡El desamorao! Casi nunca viene. ¡Abandonar a sus hijitos, a sus tiernas criaturitas!
       No todas eran tan tiernas, pues en ese momento apareció el hijo grandullón que hacía de amanuense y era sin duda aficionado a los gallos de riña, pues tenía en brazos un ajiseco al que fijaba los pitones después de habérselos aguzado concienzudamente. Brillaban las finísimas estacas que debían clavarse en los ojos o cualquier parte de la cabeza del rival.
       Al reconocer a Rosendo puso en el suelo, delicadamente, al gallo —ave de ley que tenía la cresta cercenada, corto el pico y las patas anchas— y les ofreció guiarlos hasta donde se encontraba su padre.
       Y encontraron a Bismarck Ruiz, ciertamente, en casa de la Costeña. Se entraba por un zaguán empedrado que daba a un patio en el que florecían claveles, violetas y jazmines. En cada una de las esquinas, verdeaba con su copa redonda un pequeño naranjo de los llamados de olor o de adorno, pues sólo sirve para perfumar y hermosear, ya que sus frutos son muy pequeños y ácidos. Al frente estaba la sala.
       En ese momento había mucha gente bulliciosa y sonaban risas y cantos y un alegre punteo de guitarras. Los comuneros desmontaron y el “defensor jurídico”, entre abrazos y grandes exclamaciones de alborozo, los condujo hasta la puerta de la sala.
       —¡Ah, mis amigos, qué gusto de verlos por acá! Ante todo, debo decirles que su asunto marcha bien, muy bien. Pasen, pasen a tomar algo y distraerse…
       Cuando llegaron a la puerta llamó a sus amigotes y a una mujer a la que nombró Melbita y era la misma a quien apodaban la Costeña. Ella miraba a los indios con una indulgente reserva. Era alta y blanca, un poco gruesa, de ojos sombreados por largas pestañas y roja boca ampulosa. Vestía un traje de seda verde, lleno de pliegues y arandelas, que le ceñía el pecho levantado y se descotaba mostrando una piel fina.
       Melba Cortez había llegado al pueblo procedente de cierto lugar de la costa, hacía algunos años, delgada y pálida, conteniéndose la tosecita con un pañuelo de encaje que ocultaba en sus dobleces leves manchas rosas. Al principio, su vida transcurrió en forma un tanto oscura. Es decir, la social, que la física se entonó con el aire serrano, seco y lleno de sol. Pasado un tiempo, la salud le permitió ir a fiestas y en las fiestas hizo amistades. Se había puesto hermosa y le sobraban cortejantes. Algo se dijo de su intimidad con el juez, aunque los que así hablaban no estaban en lo cierto, pues con quien de veras se entendía era con el joven Urbina, hijo del hacendado de Tirpán; pero ello no podía garantizarse, pues el comerciante Cáceda también parecía estar muy cerca de ella y, quién sabe, lo efectivo era que quería al síndico Ramírez, porque con él bailó toda una noche; pero tal vez si resultaría vencedor, al fin y a la postre, el teniente de gendarmes Calderón, a quien sonreía en forma especialísima, sin que pudiera olvidarse como cortejante afortunado al estudiante de leyes Ramos, que fue muy atendido en las vacaciones; ¿pero no aseguraban las Pimenteles, sus amigas íntimas, que era el notario Méndez el realmente preferido? En suma, Melba Cortez causó un verdadero revuelo en el pueblo. Ese mariposear, desde luego, ocasionó la alharaquienta indignación de todas las recatadas y modosas señoras y señoritas que, velando porque tal ejemplo indigno, pernicioso, inmoral e inconcebible, no provocara el más atroz y catastrófico naufragio de las buenas y tradicionales costumbres, procedieron a repudiar y aislar a la horrenda y desvergonzada culpable, corriendo la misma suerte y siendo “señaladas con el dedo” las pocas amigas que le quedaron, entre ellas las alocadas, desdichadas y descocadas Pimenteles, que “siempre habían sido muy sospechosas”.
       Para que el rechazo fuera más notable y nadie pudiera confundir a la pecadora proscrita con las recatadas damas del pueblo, ellas dieron en llamarla la Costeña, indicando así que provenía de regiones de costumbres livianas… ¡Ah, las terribles y austeras matronas! Lo que sucedía era que Melba Cortez buscaba una situación, pues sus lejanos familiares, muy pobres, cada día le remesaban menos dinero y tenía que vivir de favor en casa de sus contadas amigas. Se puso a coquetear con quienes la festejaban, esperando que alguno diera pruebas de mayor interés. Jamás imaginó que, casi de un momento a otro, iba a ser repudiada y señalada como una mancha de la sociedad. Algunos de sus cortejantes se apartaron y otros la buscaron con ánimo de aventura. Había caído, pues. Cada día vio aumentar su pobreza y su postergación. Lloró en silencio su despecho y su rencor y, en vista de que el médico no le permitía abandonar ese pueblo y esos cerros que se habían convertido en una especie de cárcel, se dispuso a todo. Ya que no había podido pescar un serrano rico, le echaría el guante a uno acomodado. ¿Y no querían escándalo? Lo iban a tener. En ese momento hizo su aparición Bismarck Ruiz. Lo conoció en una comida a la que fue inocentemente invitado por las Pimenteles. El tinterillo, pese a su nombre, ignoraba la táctica y la estrategia y avanzó sin mantener contacto con la retaguardia, de modo que, en un momento, ya no pudo retroceder. Se enredó definitivamente con la Costeña. La vistió y alhajó; le compró esa casa; aunque sin abandonar del todo su propio hogar, se estaba con ella días de días; daba fiestas a las que asistían las Pimenteles y otras damiselas. Los caballeros, despreciando el regaño de sus esposas, concurrían a los saraos para divertirse en grande. ¡Las matronas ardían de indignación! Inclusive llegaron a pedir que se expulsara del pueblo a la intrusa, pero no fueron oídas porque las autoridades habían corrido mundo y no estaban de ningún modo alarmadas. Además, asistían también a las fiestas.
       —¡Son mis mejores clientes —dijo el tinterillo—, son los comuneros de Rumi, hombres honrados y de trabajo a los que se quiere despojar en forma inicua!
       En la sala, varias parejas bailaban un lento vals criollo. Dos guitarristas tocaban sus instrumentos y cantaban con voz dura y potente:

Deja recuerdo de amor
a todo el género humano.
En territorio italiano
fue donde Chávez cayó.

       Los versos se referían al aviador Jorge Chávez que, piloteando una frágil máquina, había pasado sobre los Alpes por primera vez en la historia de la aviación. Debido a un accidente cayó y murió cuando tenía cumplida su prueba y estaba por aterrizar en Domodosola. El pueblo peruano de las ciudades, que estaba en aptitud de considerar, dijo en los ingenuos versos de las canciones propias, su dolor y su admiración.

Solito y en su aeroplano
los Alpes atravesó
y al universo asombró
el valor de este peruano.

       Los cantores eran dos cholos cetrinos, de manos rudas que punteaban las guitarras con una contenida energía. Las bordonas llegaban a mugir y las primas gemían agudamente como si fueran a romperse. Las parejas danzaban sin dar muchas vueltas, con paso marcado y sencillo. Ése era el vals peruano, mejor dicho el valse, acriollado y nativo como música y como ritmo:

A su patria ha engrandecido
este aviador valeroso
y el peruano lo recuerda
con espíritu orgulloso.


       Los comuneros estaban un poco ausentes de la letra y no llegaban a entenderla del todo.
       —¿Oyen? —les dijo Bismarck Ruiz—, es el gran Jorge Chávez. Cruzó los Alpes volando, ¿entienden?, el 23 de septiembre de 1910; no han pasado dos años todavía. ¡Ésos son los hombres que hacen patria!
       Así debía ser, pues, cuando don Bismarck lo decía. Ellos —pensaban— eran muy ignorantes y, en su humildad, no sabían servir de otro modo que cultivando la tierra, en la faena de todos los días. Cumplían con su deber y personalmente sentían que ésa era la mejor forma de cumplirlo, pero quién sabe, quién sabe había, pues, que saber volar, había, pues, que pasar los Alpes…
       —¡Traigan cerveza para mis clientes! —gritó el tinterillo, y sus amigotes sonrieron y también sonrió un poco Melba Cortez. Llevaron la cerveza en grandes vasos coronados de espuma y Abram y su hijo se negaron a tomar. “Parece orines de caballo”, cuchicheó Augusto a su padre. Rosendo y Goyo, cortésmente, apreciaron.
       El alcalde, considerando que ya había cumplido con escuchar, demandó al pendolista que abordaran el asunto del juicio. Ruiz los llevó a una habitación cercana, diciendo:
       —Lástima que ahora… este compromiso de la fiesta… no es lo más adecuado para tratar asuntos de tanto peso…
       El tinterillo vestía un terno verdoso y lucía gruesos anillos en las manos y sobre el vientre, yendo de un bolsillo a otro del chaleco, una curvada cadena de oro. Sus ojuelos estaban nublados por el alcohol y todo él olía a aguardiente como si de pies a cabeza estuviera sudando borrachera. Al ingresar en la pieza, entornó un poco la puerta.
       —En dos palabras, el tal Amenábar reclama las tierras de la comunidad hasta la quebrada de Rumi; dice que son de él, ¿han visto insolencia? Pero he presentado los títulos acompañados de un buen recurso y lo he dejado realmente sin saber qué decir. Su defensor es ese inútil del Araña, que de araña no tiene más que el apodo, porque no enreda nada, ni moscas, y hasta ahora no se ha atrevido a contestar. Así contesten, con otro recurso los siento… ¿Qué se han creído? Yo soy Bismar, como el gran hombre, ¿no saben ustedes quién fue Bismar?
       Los comuneros dijeron que no sabían y entre sí pensaron que acaso habría volado también, pero como el propio tinterillo carecía de otras nociones sobre su homónimo, no pudo sacarlos de la duda.
       —Sí, Rosendo Maqui, no hay que alarmarse. Aquí, donde ves, en esta mollera —se golpeaba la calva incipiente—, hay mucho seso. Al Araña lo he revolcado cuantas veces he querido. Váyanse tranquilos y vuelvan dentro de un mes, pues, ellos seguramente esperan el cumplimiento del término para contestar. Bueno, Maqui, ¿no me puedes dejar unos cincuenta soles?
       Rosendo entregó el dinero y Ruiz los acompañó hasta los caballos. Antes de que partieran les dijo aún:
       —Les repito que se vayan tranquilos. No hay por qué preocuparse. El asunto es claro, de su parte está la justicia y yo sé dónde hay que golpear a esos ladronazos. Vuelvan por si se necesitan testigos. ¿Quién no sabe que es de ustedes la comunidad? ¿Cómo no van a afianzar su derecho? Váyanse tranquilos, pues…
       Los comuneros se dirigieron a una pequeña fonda de las cercanías, con el objeto de probar un bocado y dar forraje a las bestias. Había allí, triunfando del hollín y atendiendo a la mesa, una mocita que impresionó a Augusto. ¡Qué manera de haber muchachas bonitas por todas partes! Lo malo fue que Maqui dio demasiado pronto la orden de partir.
       Por el camino, Rosendo y sus acompañantes iban pensando y repensando las palabras del pendolista. Tenía razón, sin duda. En último caso, todo el pueblo de Muncha y los numerosos viajeros que solían pasar por Rumi atestiguarían de su propiedad inmemorial, de su indudable derecho…
       Resultaba dura la marcha, sobre todo para el anciano. La noche les cayó cuando todavía se encontraban en media jalca. Menos mal que ése era el buen tiempo, pues durante la época de lluvias, en la puna se forman acechantes barrizales que tragan caballos y jinetes. Un viento cortante, de tenaz acometida, silbaba lúgubremente entre los pajonales. Rosendo sentía el golpe de los cascos en medio de los sesos y le dolían las espaldas curvadas de fatiga.
       Debido al cansancio, las leguas de vuelta son siempre más largas que las leguas de ida. Pero al comenzar la bajada aparecieron, a lo lejos, las cariñosas luces del caserío. Temblaban dulcemente en la sombra. Esa visión los entonó y alegró. Ahí estaban los lares nativos, la propia tierra, todo lo que era su vida y su felicidad. Se olvidaron del cansancio y los mismos caballos, pese a la aspereza las breñas, se apuraron para llegar pronto.

       Augusto madrugó a dar una mano en la ordeña. Sin que le incumbiera esa faena, de buenas a primeras se había puesto muy diligente. Estaba buscando un pretexto para presentarse cuando divisó que Inocencio bregaba con una res montaraz.
       —Ey, Inocencio, ¿te ayudo? —dijo al acercarse.
       La vaca ya estaba amancornada al bramadero, pero se necesitaba manearla.
       —Es primeriza —explicó Inocencio—, y tovía no quiere dejarse. Ya rompió un cántaro. Son así hasta que se acostumbran.
       Los fragmentos de un cántaro brillaban por allí sobre una mancha láctea que teñía el suelo. Para sorpresa de Augusto, las muchachas que aguardaban no eran las que había visto el día anterior.
       Se trataba de un nuevo turno. Ahí estaba Marguicha acompañada de otra en la que el mozo ya no se fijó. Nosotros también la hemos encontrado en el recuerdo de Rosendo Maqui, llamada Marga ya, florecida en labios y mejillas, y con senos frutales, y caderas que presagiaban la fecundidad de la tierra, y ojos negros. Augusto la quería nombrar Marguicha todavía. Y ayudó, pues, a manear la vaca y arreó a las otras, y sujetó a los terneros para que no se anticiparan, y alcanzó cántaros y baldes, y en todo estuvo muy atento y solícito. De cuando en cuando, decía alguna palabra a Marguicha y ella le respondía con una fugaz mirada dulcialegre, y Augusto tenía esperanza. ¡Si cuando pasaba Marguicha —ay, amor, amor—, hasta las piedras se estremecían!
       Augusto tornó la mañana siguiente y otras más. Como sabía cantar, mientras caía la leche en densos chorros, entonaba a media voz dulces canciones. Marguicha no las había escuchado nunca y sospechaba si acaso Augusto las compondría él mismo, pues se relacionaban, en algunos aspectos, con la situación de ellos.

Ay, ojos, ojitos negros,
ojitos de capulí:
no se vayan por los cerros,
mírenme a mí.


       Inocencio, hombre basto y tranquilo, demoró varios días en darse cuenta de la inquietud de los jóvenes. Era muy bondadoso y, pese a la diferencia de edades, había hecho amistad con Augusto y lo interrogó cierto día. El mozo, entre serio y sonriente, lleno de una dulce exaltación de enamorado deseoso de confidencias, se lo refirió todo y también le dijo de cómo, en los últimos tiempos, se había estado aficionando de cuanta mocita veía y acudió al corralón pensando tratar a una de las muchachas que le invitaron leche, y con quien se encontró fue con Marguicha. Bueno; Marguicha era la muchacha que había buscado siempre en cada una de las que le gustaban. La quería, pues. Al fin había encontrado a la mujer que buscaba en Marguicha…
       El vaquero y Augusto se habían quedado parlando en el corralón. Marguicha y su compañera se marcharon ya llevando un cántaro en la cabeza y un balde a medio llenar en la mano. La mañana avanzaba sobre Rumi. Los terneros mamaban dando hocicazos a las ubres o sea “llamando” la leche. Olía a boñiga soleada.
       Inocencio rió bonachonamente y se puso a hacer especiosas consideraciones acompañadas de ejemplos prácticos.
       —¿Sabes? Las mujeres son como las palomas en el monte. Tú vas al monte con tu escopeta y ves una mancha de palomas y no sabes cuál vas a cazar. Claro que el que es muy güen cazador, o tiene güena carga en la escopeta, mata varias. Pero ponte el caso del que mata una. Ése apunta con cuidao, pa no perder el tiro. A veces, onde está apuntando, la paloma da un salto, cambia de ramita y se pierde entre las hojas. Y también pasa que onde estuvo la que apuntaba, llegó otra que venía po atrás o de un lao… ¡Pum!, ¡ésa jue la que cayó y tú le apuntabas un ratito antes onde otra! ¿Ya ves? Lo mismo pasa con las mujeres. Tú veías muchas mujeres y vinites por una y te salió otra… No es cosa pa decir que uno halló la que buscaba… Yo te digo que las mujeres son como las palomas en el monte.
       Augusto, cuando el amigo terminó su parabólica disertación, tenía la cara fosca y malhumorada. ¿Qué quería decir el zonzo de Inocencio con toda su idiota charlatanería? ¿Acaso no comprendía, el muy bruto? ¿Quería tal vez dar a entender que Marguicha era como cualquier mujer? ¿O si no, que él hubiera querido a otra como la quería a ella? Decididamente, Inocencio era muy incomprensivo y muy bruto. Sin decirle nada, desdeñando dirigir la palabra a esa piedra, se fue.
       Inocencio sonrió y, haciendo restallar su látigo, empujó las vacas hacia el potrero. No le afectó el desdén de Augusto o, mejor dicho, lo recibió con gran benevolencia. “Ah, jóvenes, jóvenes… ah, vacas, vacas”, murmuraba agitando el látigo y sin dar, como de costumbre, ningún golpe. Inocencio era muy paciente, tanto con los animales como con los hombres. En general, la paciencia es virtud de arrieros y repunteros andinos. Si carecen de ella, han de adquirirla, y mucha, para conducir la recua o la tropa y no desesperar de los trajines que imponen en tierras sin posadas, sin defensas, sin caminos o con malos caminos que no tienen ni puentes ni cercas y van siempre por zonas desoladas y por otras llenas de bosque, malos vados y riscos. Inocencio había crecido arreando vacas y sabía, pues, tener paciencia. “Ah, jóvenes, jóvenes… ah, vacas, vacas”…

       Sin parábola, los que estaban matando palomas eran algunos comuneros. Los émulos del ya legendario Abdón la habían emprendido con las torcaces.
       Detonaban las escopetas y aleteaban las bandadas fugitivas a lo largo de la quebrada de Rumi y el arroyo Lombriz. Frente a cada pequeña humareda caían una o dos aves y las demás levantaban un vuelo azul, raudo y desesperado. Casi siempre se paraban en determinado árbol, que les servía de punto de referencia. Al ser alejadas de él mediante una cuota de víctimas, iban hacia otro. Los cazadores llegaron a conocer sus hábitos. También las palomas los de ellos. Apenas veían un hombre de paso lento o que tan sólo llevara un palo en la mano, echaban a volar. Entonces los cazadores —para algo eran hombres y, sabían emplear el talento— se emboscaban al pie de los árboles hacia los cuales volaban. No bien habían llegado, sonaba un tiro seguro, que abatía unas cuantas. La fuga reiniciaba su aleteo amedrentado y su revoloteo indeciso, para dar con otra detonación y nuevas muertas un poco más lejos.
       Los cazadores, para no ahuyentarlas del todo, les permitían comer las moras durante la mañana. Era en las tardes cuando las cazaban y, desde luego, no las dejaban comer y menos cantar.
       Muchos comuneros tenían pena de las torcaces y otros añoraban su canto. Quien más lo añoraba era Demetrio Sumallacta, el flautista. Se había encariñado con la dulce melodía y la esperaba, sobre todo, a la hora del crepúsculo. Le parecía que el melancólico canto era necesario al véspero como un tinte más. Digamos nosotros, con nuestro amigo el flautista, que el canto de las torcaces en la hora del ocaso nos ha producido un original embrujo. Es como si los colores y las notas llegaran a confundirse. A ratos parece que el crepúsculo está mágicamente coloreado de música y a ratos que el canto está musicalizado de color. El hombre no despierta ya sino con la sombra.
       Demetrio, a veces, creía escuchar un lloroso y ahogado canto lejano. Era el de su propio corazón.

       Nasha Suro, la curandera, negra de vestiduras y fama, se presentó de improviso ante Rosendo. Fue de anochecida y al alcalde le pareció que la había parido la sombra.
       —Taita, taita —dijo con acento nasal, congestionada la cara terrosa—, he preguntao a la coca. El cesto cae de la vara de palisandro cuando se mienta las tierras de la comunidá. Es malo, taita…
       Rosendo calló sin saber qué decir por el momento. Con los días y la reflexión, la jactanciosa confianza de Bismarck Ruiz no dejó de infundirle sospechas o por lo menos prevención.
       —Y otras cosas, taita —añadió Nasha haciéndose la misteriosa—, he preguntao de otros modos a la coca y habla malo… amarga tamién…
       Ése era el presagio de la curandera con fama de bruja ante la voz, que se extendió por todo el caserío, de que había pleito con la hacienda Umay. Nasha gustaba de pasar por adivina ante los comuneros y, conocedora del corazón humano, para conseguirlo anunciaba lo que ellos esperaban o temían.
       —Ya se verá, Nasha —respondió Rosendo con tristeza, tomando nota del mal presentimiento de su pueblo—, ya contratamos defensor y estamos ante el juez…
       Nasha se perdió en la noche mascullando algo. Quién sabe palabras vulgares, quién sabe esotéricas.

       El Mágico hizo su periódica aparición en el caserío. Llegó en su jamelgo zaino y lerdo que, más que a él, conducía unas enormes alforjas, atestadas a reventar, que le cubrían las ancas y casi toda la panza. El jinete era una especie de aditamento del carguío.
       Como hacía habitualmente, se hospedó en casa del comunero Miguel Panta, que tenía muy buena ubicación por estar a mitad de la Calle Real, frente a la plaza.
       El hospitalario Panta desensilló el caballo de su amigo y lo condujo al pasto mientras el Mágico, que era buhonero, comenzó a vaciar la alforja en el corredor. ¡Cuántas cosas salían de allí!
       Percales floreados, tocuyos blancos, sombreros de paja, palma y junco, espejuelos, sortijas y aretes baratos, hilos, rondines, ejemplares del libro llamado Bertoldo, Bertoldino y Cacaseno y El oráculo de Napoleón; cuchillas, una lampa sin cabo, bufandas, zapatos de cordobán, pañuelos blancos, grandes pañuelos rojos con dibujos de animales o de escenas del toreo, botones, agujas y otras innumerables baratijas. Todo fue formando una mancha brillante y multicolor.
       Los comuneros acudían a mirar tanta maravilla.
       —Vaya, don Contreras, ¿po qué se vino tan luego? Mejor que llegara después de las cosechas.
       Y el Mágico sonreía mostrando sus dientes podridos:
       —Ya volveré… ya volveré, comuneritos… a mí me gusta venir aquí, donde todos son buena gente y pagan lo que deben…
       Usaba de esta laya de zalamerías para halagar y comprometer el amor propio de los campesinos.
       —Compren, pue… Compren aura mesmo la percalita… a ochenta centavos la vara está regalada…
       El mercachifle era un cincuentón alto y huesudo, de cara larga y amarilla como una lonja de sebo, levemente sombreada por un bigotillo oscuro y unos pelos lustrosos y ralos que se erizaban por las quijadas con ánimos de patillas. Sus labios descoloridos sonreían a menudo con una mecánica sonrisa profesional, y sus manos escuálidas y nudosas manipulaban los billetes, soles y pesetas demostrando una soltura que hacía pensar que ellas mismas, por su lado, hacían las cuentas mientras él hablaba con los clientes o ponderaba las mercancías. Su sombrero de falda naturalmente levantada cubría una cabeza pequeña, y el poncho habano flotaba sobre el cuerpo enteco como sobre una armazón de espantapájaros. El pantalón de dril amarillo, arrugado por las canillas flacas, se amontonaba ciñéndose a zapatos deslustrados. Pero lo verdaderamente peculiar de ese hombre estaba en los ojos, negros y vivaces ojos de pájaro, singularmente penetrantes, que si se detenían en algo lo examinaban con una meticulosidad de polizonte. Esos ojos daban a su figura energía y firmeza, pues, de otro modo, el Mágico habría parecido un fantasma o una caña disfrazada de hombre a punto de ser derribada por el viento. Sin embargo, era necesario verlo negociar para formarse una idea completa de su original persona.
       —Tú, chinita, te verás muy güenmoza con estos aretes y tú, tú también pue, no te hagas la santita… tienes lindas manos y con estas sortijas quedarán pintadas… La mano anillada atrae la vista… a cuarenta nomá los aretes… a sol nomá la sortija de güena plata…
       Las mocitas pensaban que acaso sus madres las regañarían diciendo que compraban muy caro. El Mágico volvía a la carga con nuevas consideraciones, les ponía las joyas, preguntaba su opinión a los circunstantes de apariencia complaciente y como respondían de modo favorable, reforzaba con tales testimonios sus argumentos. Casi nadie podía negarse una vez que él conseguía ponerle la mercadería en sus manos.
       —Usté, doña Chayo, cómpreme otro parcito de zapatos…
       Doña Chayo estaba verificando con los dedos la transparencia insolente de un tocuyo de a cincuenta la vara.
       —¡Zapatos tovía! Si los otros que me vendió, mal cosidos y de cuero podrido, se rompieron lueguito…
       —Ah, bribonazo… ah, ladronazo… —comentaban confianzudamente los fisgones.
       No se crea que el Mágico se indignaba o por lo menos, en el peor caso de insensibilidad, era indiferente a tales calificativos. Todo lo contrario: le complacían y su profesional sonrisa se alegraba de veras oyéndolos. En el fondo creía que ellos constituían un timbre de honor y avaloraban su personalidad de comerciante verdaderamente entendido y hábil. ¡Que hablaran, que hablaran! Él les entregaba la mercadería en sus propias manos. ¿Entonces? El mundo es de los vivos y la culpa recae sobre los que se dejan engañar…
       En confianza, conversando con Panta o cualquiera de sus amigos, el Mágico se quejaba de haber perdido a su madre a la edad de un año, quedando a cargo de un padre borracho que le impidió ser doctor. Lo hacía por deslumbrar, porque nunca había tenido mucha afición al estudio.
       En su pueblo, uno de los tantos pueblos perdidos en las serranías norteñas, capitaneó una banda de palomillas que hizo época. Asaltó y asoló huertos sorteando los escopetazos que les propinaban los cuidadores; maltrató a cuantos caballos encontraba al paso, montándolos en pelo y haciéndolos emprender vandálicos galopes; durante la noche cambió los pueblerinos letreros de los establecimientos comerciales, de modo que el de la botica amanecía con el de la agencia funeraria y al contrario.
       —Estos muchachos no tienen compostura —se lamentaban las gentes serias.
       No hubo quien igualara a Julio Contreras, que tal era su nombre, cuando se trataba de ir a los “cortes” con las cometas que tenían la cola armada de vidrios filudos, o de manejar la honda de jebe. Decenas de hermosos papalotes rivales fueron a dar Dios sabe dónde una vez roto, mediante un mañoso y sorpresivo coletazo, el hilo de retención, y centenas de gorriones y palomas silvestres rodaron por el suelo, abatidas de una pedrada certera disparada con pulso seguro y vista de gavilán.
       Todas estas mataperradas eran hasta cierto punto tradicionales en el pueblo y no descalificaban a nadie, pero él les daba siempre un matiz malévolo, que determinó su éxodo. Había capturado una paloma a la que sólo rompió un ala de un hondazo. En vez de matarla, como hacían los demás muchachos en tales casos para ahorrar sufrimientos a las pobres aves heridas, imaginó un bello espectáculo.
       La llevó a la escuela y, mientras llegaba la hora de clase, amarró las patas de su víctima y enseguida le acercó el gato regalón de la maestra. Y era de ver cómo el ave prisionera trataba de huir, y dirigía la cabeza a un lado y otro, y agitaba inútilmente el ala válida, y aun quería saltar y sólo conseguía mover convulsivamente el cuerpecito palpitante… En eso llegó la maestra y cómo ya tenía experiencia de la inutilidad de sus reprensiones, lo despachó por ese día de la escuela, dándole a la vez un papel para su padre, del que debía recabar respuesta.
       El padre era efectivamente un borracho que sólo pensaba en su hijo cuando recibía quejas de la maestra o los vecinos. Entonces le daba una tunda. Aquella vez Julio Contreras, que ya tenía doce años, no entregó el papel y se fue del pueblo.
       Corrió mundo haciendo de todo. Hasta llegó a formar parte de una compañía de saltimbanquis y titiriteros de muy mala muerte y que efectivamente la tuvo, pues el artista principal se desnucó en Chilete y el resto de la comparsa se disolvió en Cajamarca, después de programar cuatro funciones que no se realizaron por falta de público.
       Por ese tiempo, Contreras ya había crecido mucho, en edad y mañas. Con sus escasos ahorros compró una ruleta de feria y la arregló según todas las artes y malas artes conducentes al engaño de intonsos. Cayó con su máquina, justamente en mitad de la feria del distrito de San Marcos. En la ruleta hacía jugar botones, medias, carretes de hilo, estampas, almanaques —de unos gratuitos que consiguió en cierta botica—, espejos y un reloj barato que era el cebo y desde luego nunca salía. Veinte cobres costaba el tiro. Los fiesteros caían entusiasmados por el reloj, pagaban su peseta y echaban a girar el puntero. Vuelta y vuelta y de repente, ¡zas!, se paraba señalando un almanaque que lucía un frasco de específico en la cubierta o un cartón con media docena de botones de camisa. Ganaba plata el ruletero, pero no tanto como la que deseaba.
       A todo eso, la fiesta iba quedando mal. No hubo sino unos cuantos enmascarados que bailaron en la plaza; el cura se negó a sacar la procesión de noche; los toros llevados para la corrida no embestían y entonces, viendo que le iban a soltar reses matreras por jugadas en otras ocasiones, el torero, como se dice, anocheció y no amaneció. Para acabar de perderlo todo, un teniente que había llegado de Cajamarca al mando de un piquete de gendarmes prohibió que entraran al ruedo —rústico palenque de troncos— los aficionados deseosos de lucirse. El pueblo gritaba contra el gobernador, que ese año era el mayordomo de la fiesta. “Tacaño…, malagracia…, miserable…, mezquino…”. Se referían a que no había hecho los gastos necesarios. El teniente y su tropa repartían sablazos entre los más vocingleros.
       Entonces Julio Contreras se presentó al gobernador provisto de una idea excelente.
       —Señor —le dijo—, yo salvo la situación. Hágame desocupar la Plaza del Mercado y daré una función. Sé hacer pruebas: he trabajado en un circo.
       —¿De veras? —respondió el gobernador entre entusiasmado y receloso.
       Contreras le enseñó un programa de la compañía de saltimbanquis, donde aparecía su nombre, y ya no hubo lugar a dudas. La función quedó convenida para la noche del día siguiente. El gobernador quiso darle cien soles por todo, pero haciéndose cargo de la importancia excepcional del artista, aceptó que aumentara la suma cobrando algo a la entrada. Le volvió el alma al mayordomo en trance de desprestigio. Para contentar al pueblo, anunció la función de inmediato y en la mañana del día siguiente ayudó personalmente a colocar grandes carteles en la plaza. En gruesas letras borrachas se anunciaba para esa noche, en la Plaza del Mercado, a Julio Contreras, el artista mágico. A continuación, todos los números consignados eran mágicos: la cuerda mágica, el salto mágico, el vuelo mágico. Alguien se puso a decir, por darse importancia, que había visto el vuelo mágico y se trataba en realidad de algo escalofriante y misterioso. La noticia cundió por todo el pueblo. En las últimas horas de la tarde, Contreras se acercó al gobernador.
       —Oiga, señor, el público está muy exigente y sabe Dios qué me hará si no queda todo a su gusto. Mejor deme los cien soles pa mandárselos antes a mi mamita.
       El gobernador estaba borracho y, medio emocionado, le dio los cien soles, pero no se hallaba ni tan borracho ni tan emocionado como para que dejara de incitarlo a sospechar su malicia de poblano. Entonces, de acuerdo con el teniente, hizo vigilar a Contreras con un gendarme.
       Todo lo había previsto el artista —inclusive buscó dos secuaces, uno para la boletería y otro para que le tuviera caballo ensillado en la puerta falsa de la plaza—, pero no pudo prever la vigilancia.
       Llegó la noche y el improvisado local rebosaba de público. ¡Vaya con el cholerío entusiasta! Corría chicha y cerveza. Algunos sacaban sus revólveres y echaban tiros al aire. Lo malo era que el aire daba a un techo de zinc que a cada balazo retumbaba estruendosamente.
       Los más ebrios creían que se trataba de una parte del programa y aplaudían. Otros gritaban: “¡El mágico, el mágico!”, como si fueran a desgañitarse.
       Contreras, entretanto, sudaba y resoplaba sin saber qué partido tomar. El gendarme que lo acompañaba parecía su sombra y no se apartó de él ni cuando entró al improvisado escenario, situado al fondo del edificio. Tras el tablado estaba la puerta falsa y al otro lado esperaría el caballo, pero quizás todo iba a resultar inútil. El ex artista sabía contorsionarse, también hacer equilibrios en la cuerda, inclusive dar un doble salto mortal. ¿Y el vuelo mágico? No había forma de parodiarlo siquiera. Y si no quedaba satisfecha, la poblada era capaz de matar o por lo menos aporrear al ya mohíno oficiante. El teniente y sus gendarmes, arracimados junto a la puerta de entrada, parecían una ridícula brizna azul entre el oleaje del gentío.
       —¡El mágico!, ¡el mágico!
       Los tiros seguían haciendo retumbar estruendosamente las calaminas. Un chusco hizo un chiste fácil:
       —¡Se caen las puertas del cielo! —Y estalló una carcajada unánime.
       Contreras seguía indeciso. Después de mucho hacer esperar al polizonte mediante subterfugios, llegó con el dinero el secuaz de la boletería. No quedaba, pues, otra cosa por hacer que presentarse. La suerte estaba echada. El artista vistió inclusive su ceñida y colorada indumentaria de payaso. Dio orden de correr la barata cortina que hacía de telón de boca. Iba a realizar de una vez, porque era la suerte que más esfuerzo le demandaba, el vuelo mágico. Así se lo explicó al guardia y añadió, echando su última carta:
       —Es secreta la forma que uso para elevarme. Vaya más bien a ver cómo salto…
       El guardia, creyendo y no creyendo en la prueba, pero picado por la curiosidad de ver el posible panzazo, fue a confundirse con el público. Llevaba un atado bajo el brazo. Eran las ropas de Contreras. Con su policiaca perspicacia pensó que, caso de irse el vigilado, sería fácil encontrarlo dada su llamativa indumentaria.
       —¡El mágico! —reclamó alguien rompiendo el silencio que siguió a la apertura del telón.
       —¡El mágico! —corearon otras voces.
       El escenario continuaba vacío. El artista no tenía cuándo aparecer. Entonces el gendarme, recelando, fue a verlo y se encontró con que se había hecho humo. Ése sí era efectivamente un vuelo mágico.
       Entretanto, Contreras emprendió el galope más original que vieran jamás las serranías norteñas. Vestido de payaso como se hallaba y jugándose el todo por el todo, guardose el dinero en el pecho, ganó la puerta falsa y, montando de un brinco, partió a escape. Cruzó las callejas como una exhalación, con toda vehemencia y audacia se metió en las rutas perdidas en la noche y galopó y no dejó de galopar ni cuando rayó el alba. Y los campesinos madrugadores que arreaban sus rebaños iniciando el pastoreo o los que iban con su jumento hacia el pueblo, huían despavoridos o se quedaban tiesos de estupefacción creyendo que el payaso era el mismo Diablo —así vestido de rojo, así galopante— correteando a algún alma o en viaje a esas cavernas que se hundían en la tierra comunicándose con el abismo lóbrego de los infiernos.
       Por su lado, el gendarme no supo qué hacer ni qué explicación dar y cuando fue donde el teniente y le mostró la disculpa del atado de ropa, recibió una bofetada y una condena a dos días de arresto. El público, cansado de esperar la salida del mágico, registró primero el escenario y luego el local íntegro. Al darse cuenta del engaño, rompió todo lo rompible y hasta quiso incendiar el edificio, cosa que fue evitada a duras penas por los polizontes. El gobernador mayordomo, al ver la cosa fea, voló también y sólo regresó cuando habían pasado quince días.
       El jinete, aquella vez, continuó su galope, siempre sembrando el pánico o la estupefacción, hasta llegar a la casa de un amigo que lo proveyó de algunas ropas adecuadas a la convivencia humana.
       Y así fue como Julio Contreras ganó trescientos soles y un apodo. Nunca había visto tanta plata junta y con ella compró baratijas y dio comienzo a sus trajines de mercachifle. En ellos pasó toda su vida. Decíase que tenía dinero en un banco de Trujillo y que cada cierto tiempo iba a verificar nuevos depósitos. No lo negaba ni afirmaba y solamente acostumbraba anunciar, de año en año, que ya no volvería más. El caso era que siempre volvía…, jinete en tardo rocín que no sentía el peso del amo, pero sí el de las alforjas ahítas.
       —Esta lampa es de puro acero y entra en la tierra como en manteca.
       Uno de los cazadores de torcaces, que asaba cargando su escopeta, se acercó a curiosear.
       —¡Ahora que me acuerdo! —exclamó el Mágico, rebosando satisfacción—, ¿vendes la escopeta? Yo necesito una buena escopeta… pago bien…
       El comunero se la entregó y Contreras se puso a examinarla con actitud de quien entiende y sabe lo que maneja.
       —No, no está buena pa eso… Me la ha encargao un cabrero de Uyumi. El puma le arrasa las cabras y él necesita una buena escopeta y también plomo… Hará bala pesada, bala pa león… Pero a lo mejor él quiere venir a verla en persona… ¿Cómo te llamas pa decile? No se puede conocer a todos.
       —Jerónimo Cahua…
       —Ah, güeno… güeno… ojalá pueda venir y te armes de soles… la quiere luego y paga bien. ¿Quién más tiene escopeta aquí, por si me conviniera?
       Jerónimo y los otros comuneros fueron recordando y dando los nombres de los escasos poseedores. Algunos, más oficiosos, fueron a llamarlos y muchos acudieron desde sus casas o la quebrada, donde estaban cazando, con sus armas.
       Eran viejas escopetas de chimenea, de las que se cargan por la boca del cañón. El Mágico las fue rechazando una por una. Que el cañón es muy angosto. Que la chimenea está magullada. Que no se ajusta bien a la culata. Que no. Todas tenían defectos, pero podría ser que el cabrero quisiera verlas personalmente. ¿Cómo te llamas?…
       Luego siguió pregonando sus mercaderías y atendiendo a los compradores.
       —No, ahora no fío porque me voy muy lejos y tardaré en volver… Presta plata a alguno de aquí mesmo. ¿Quién no te va a prestar? Que afiance el alcalde…
       —¿Que no dijo enantes que luego volvía?
       —Eso digo cuando no me fían…
       No había sino que reírse con ese don Contreras.
       Muchos hombres y mujeres hicieron realidad sus sueños coloreados de telas y baratijas. Y el Mágico estuvo vendiendo hasta que cayó la tarde y las caras se le confundían en la sombra.
       La mujer de la casa sirvió el yantar, Miguel Panta lo compartió con su viejo amigo y ambos se quedaron junto al fogón parla y parla, hasta muy tarde. El Mágico conocía a palmos la extensa zona donde negociaba y tenía mucho que contar de pueblos lejanos, de haciendas, de indios colonos, de comuneros, de fiestas. Sus propias peripecias eran pintorescas y las relataba dándoles carácter de extraordinarias.
       —Una vez me encontraba por Piura en sitio onde había mucha víbora macanche. ¡Ah, eso que me pasó con una víbora, a nadie le ha pasao más que a mí! La víbora se había metido en mi alforja y estuvo ahí pa arriba y pa abajo, pa onde iba yo más claro, y yo no la notaba. ¿Cómo no murió aplastada? Es lo que me pregunto. Y yo me jui en eso pa Cajamarca y al pasar una cordillera muy alta, en mera puna, mi caballo se me cansó, y bajé la alforja pa que descansara y en eso se le ocurrió salir a la víbora. ¡Bah!, dije, ¿cómo no me ha picao cuando metía o sacaba las cosas? Y salió y avanzó un poco y se quedó tiesa, y después culebreó otra nadita y vuelta a quedarse tiesa. Le había dao el mal de la puna, que digo el soroche. Pero dije: hay que examinar. Y prendí paja cerca de ella y cuando se entibió comenzó a avanzar otra vez. No quise matala porque ya iría a morir. Y aura pregunto, ¿quién ha visto víbora asorochada? Sólo yo…
       No en balde pasan los años, y más cuando se los camina, y el Mágico estaba muy acabado. Tenía los hombros caídos y dos arrugas profundas en las comisuras de los labios. De la historia del vuelo hacía ya mucho tiempo, varias décadas. En sus labios tomaba un sabor añejo y él la refería añorando la juventud…

       ¡Todavía más hermosas son las mañanas de verano, frescas, azules, doradas, cuando en el centro de ellas está una linda chinita como Marguicha! Dan ganas de madrugar. Augusto Maqui continuó madrugando, pues. La ordeñadora tenía ya cierta intimidad con él. Hasta le reclamaba ayuda en algún momento y en otro le ordenaba discretamente. Augusto sonreía. Con Inocencio, por el contrario, sus relaciones continuaban frías o mejor dicho no existían. Augusto ni siquiera lo saludaba y hacía todo lo posible por ignorar su presencia. A los dos o tres días de tal conducta, el paciente lo llamó a un lado y le dijo:
       —Tas haciendo mal, Augusto… hay que respetar, po lo muy menos, a los mayores… Aunque parezca, no soy demasiao zonzo y sé comprender: eres muchacho, ella tamién es muchacha… yo los dejo… Pero haces mal en no respetar. ¿Y qué?, preguntarás de lisito que eres… Güeno, la verdá es que yo no mando nada… Pero mando en las vacas y en este corralón… Aquí mando… Y podía decirte: no te necesito y no güelvas po acá… Aura, vos comprende…
       Augusto comprendió, trató de explicarse y, con el tiempo, inclusive quiso al rudo y sencillo vaquero. Se hicieron muy amigos y la ordeña fue completamente feliz.
       Y brotaron de la leche, del trigal que a lo lejos se mecía, de los ojos inmensos de las vacas, de las manos de Marguicha, de la boñiga soleada, de los trinos, del corazón unánime de la tierra, nuevas y hermosas canciones. Augusto aceptó enseñar al buen Inocencio un huaino que le había gustado mucho. Pero Inocencio era un desorejado y no conseguía aprender ciertas “vueltitas” que el huaino tenía…

       Las torcaces, cansadas de revolotear y ver morir, se fueron como todos los años. Ya volverían el año próximo, también como todos los años, acaso porque olvidaran el mal trato, tal vez porque eran bandadas nuevas…
       Demetrio Sumallacta, el flautista, estaba muy triste por la partida de las palomas y enojado con los cazadores, especialmente con el más empecinado de ellos: Jerónimo Cahua. Hubiera querido pegarle, pero tenía miedo de que se le pasara la mano y Cahua, que era tejero, necesitaba trabajar en su oficio para techar la escuela… Las paredes —amarillas y rectas— estaban listas ya. Además, el alcalde y los regidores le harían pagar la curación y le aplicarían una multa en beneficio de la comunidad. Hasta podrían expulsarlo si no encontraban motivo que justificara la tunda. Y quién sabe si el juez del pueblo, para sacarle plata, lo enjuiciaría también por lesiones… Si se enteraba el subprefecto era fijo que lo metía preso a fin de cobrarle carcelaje… ¡Bah, bah!, era un verdadero contratiempo el no poder aporrear a uno de esos condenados…
       Se esperanzó todavía. Como cesaron los tiros, las torcaces podrían volver. Toda la mañana del día siguiente aguardó. Ninguna bandada aleteó sobré los uñicales y ni siquiera se presentó a lo lejos. Se habían ido. Ya no sonaría ese largo y melodioso y, dulce canto…
       Entonces se acordó de su flauta y le dieron muchas ganas de tocar. Y buscó su flauta en la repisa de varas donde la guardaba y sólo encontró su antara. Sabía también tocarla, pero era la flauta lo que necesitaba ahora. Sucedía que uno de sus hermanos menores la había sacado. Todos temblaron, pues Demetrio no sólo tenía más años sino un corpachón muy recio y feas cóleras. De cara taciturna y talante desgarbado, provocaba especiales comentarios de las mocitas:
       —¡Qué feyo es ese Demetrio!
       —Pero toca muy bonito.
       Demetrio buscó tesoneramente su flauta y, cuando ya había perdido toda esperanza de hallarla, la divisó junto a la acequia que pasaba frente a la casa. Estaba rajada y uno de sus extremos se había dilatado con la humedad. Ni la sopló para ahorrarse el disgusto de escuchar el gangoso gemido. Y ya iba a golpear a los hermanos cuando se encontró con los ojos de la madre. Entonces arrojó la flauta al techo y se fue de la casa. Oyó que los hermanos reían conteniéndose. Era que la flauta, al cruzar velozmente los aires, había aullado y eso les hizo gracia.
       Verdeaban saúcos por un lado y otro, a la vera de las chacras. Ahí estaban con sus copas frondosas y sus negros racimos de pequeñas moras redondas. Los zorzales, endrinos y lustrosos, volaban entre los saúcos y comían las moras. Su canto no podía compararse con el de las torcaces, pero ahora que ellas se habían ido, cobraba importancia. Demetrio lo escuchó con gusto y sintió que se le iba componiendo el día. ¡Vaya, estaba con suerte! Mirando un saúco distinguió una rama seca y eso le ahorraría cortar verdes y esperar varios días a que se secaran. Además, las flautas hechas de rama que se ha secado en la misma planta, salen mejor.
       Y cortó, pues, la rama con una cuchilla que había comprado al Mágico hacía algún tiempo. Ahí mismo la descortezó y la cortó según el tamaño de una buena flauta, labrando en forma especial el extremo de la embocadura. Con una varilla empujó luego el corazón de la rama, ancho y esponjoso, de tierna blandura que cedió fácilmente. Y no se daba cuenta de que ya había pasado mucho tiempo, pues operaba con sumo cuidado sobre la delicada rama y seguía trabajando. Labró entonces la lengüeta, que debía embonar tas con tas en la caña, dejando un pequeño espacio por donde pasara el aire. Y colocó al fin la lengüeta y quedó bien, dando a una pequeña muesca, de borde fino y suavemente pulido. En esa ranura debía partirse el aire produciendo la melodía. Y sopló, lleno de inquietud, y el sonido salió claro, dulce y alto. Era una buena flauta. Habría ido a su casa, porque allí tenía un fierrecillo adecuado, pero no quiso ver a esos truhanes de los hermanos menores y se dirigió a la de Evaristo. El herrero metió un punzón entre los chispeantes carbones de una fragua de fuelle jadeante. Cuando el punzón estuvo rojo hicieron los huecos: cuatro encima y uno debajo, para el pulgar. Demetrio pudo todavía pulir la caña con un retazo de lija que le proporcionó su amigo. Luego sopló para probar y sonó de la manera adecuada al destapar cada hueco. Daba gusto mirarla. Era larga, ligeramente curvada, como corresponde a una flauta de calidad. Demetrio estaba contento. Cuando preguntó al herrero por el precio de su trabajo, se negó a cobrarle y por toda explicación le dijo:
       —Me gusta tu música…
       Y Demetrio se puso más contento todavía.
       Había llegado ya la noche, mientras tanto, y Evaristo lo invitó a comer. Comieron, pues, y luego se marchó el flautista sin decir si iba a tocar o no. Había estado muy silencioso durante la comida y Evaristo quiso invitarle un trago para que se animara, pero él no aceptó. El herrero tomó doble cantidad diciendo risueñamente que estaba en la obligación de beber la ración de ambos. Eran salidas de poblanos ésas.
       Demetrio abandonó el caserío y anduvo al azar por el campo. Dio una vuelta por el maizal, escuchando la bronca y solemne música de las grandes hojas mustias abatidas por el viento y luego fue hacia el trigo y oyó que la punzante crepitación gemía dentro de la noche como en una caja donde resonaran finos cordajes. Trepó un tanto y vio la sombra densa y boscosa de la quebrada, oscuridad que contenía el lamento de las aves muertas. Y se puso después a mirar el pueblo y sus rojos fogones titilantes, que se iban apagando mientras en el cielo se encendían las estrellas. Después asomó la luna, incipiente, recién formada, línea blanca y curvada como una flauta nueva. Demetrio sentose en una eminencia preguntándose: “¿qué tocaré?”. No sabía qué tocar ahora que ya tenía la flauta y estaba a punto de realizar sus deseos. Todos los yaravíes, tonadas, huainos y cashuas que había aprendido se le antojaban inútiles. Su corazón sabría, pues. Comenzó a sonar lenta, blanda, indecisamente primero y después fue levantándose la melodía, diríamos mejor la voz, y en el caserío los que estaban despiertos mantuvieron su vigilia y los que dormían tal vez se pusieron a soñar. Se decían unos a otros los oyentes en el recogimiento de sus habitaciones de sombra:
       —¿Oyes? Ha de ser el Demetrio…
       —Parece que cantara y llorara…
       La madre, que velaba, despertó al marido y le dijo:
       —Si no supiera que es él, diría siempre que es él, él mesmo…
       Crecía la voz, se levantaba clara y alta, poderosa y triste a un tiempo, envolviendo en sus notas algo como un himno a la tierra fecunda y un lamento por las aves vencidas. Una rara torcaz nocturna se había puesto a cantar. Pero no, que temblaban lágrimas en esa melodía, que se alargaban humanos sollozos en las notas unidas, continuas, llevadas y traídas por el viento.
       Mas ya volvían a los primeros ritmos, ya se calmaban con la placidez de la tierra fructificada, ya tomaban serenidad en la existencia permanente que va de la raíz a la semilla…
       A ratos parecía que el flautista caminaba de un lado a otro y que dejaba de tocar, pero sucedía sólo que el viento cambiaba de dirección o se hacía más fuerte. La música tornaba, renacía, se ampliaba como el agua derramada, y todo adquiría una actitud de encontrarse escuchando, y la pequeña luna trataba de destacar al tocador, solitario en una loma, solitario y acompañado de todo en la inmensa noche.
       Así hasta muy tarde. Cuando Demetrio Sumallacta llegó a su casa, estaba serenamente feliz. La madre había velado esperando su vuelta y derramó una lágrima al sentir que se acostaba. Nada le dijo y sobre el mundo cayó un hermoso silencio lleno de música.

       El comunero Leandro Mayta, hermano del alarife, mejoró de unas fiebres palúdicas que había adquirido en un viaje que hizo al lejano río Mangos en pos de coca. Unos afirmaban que debía su salud a la quinina y otros que a los brebajes de Nasha Suro.
       El comunero Rómulo Quinto y su mujer, Jacinta, tuvieron un hijo. Mientras llegaba la fiesta y con ella la oportunidad de que el señor cura Mestas lo bautizara, le pusieron el agua del socorro dándole por nombre Simón.

       Días van, días vienen…
       Así pasaba el tiempo para los comuneros de Rumi.
       Así se sucedían los acontecimientos vegetales, animales y humanos que formaban la vida de esos hijos de la tierra. De no ser por el peligro de Umay, temido como esas tormentas que amenazan en pleno verano las ya logradas siembras, el amor confiado a la tierra y sus dones daría, como siempre, cabal sentido a su existencia.


4
El Fiero Vásquez

      Cualquier día, de tarde, un jinete irrumpió en la Calle Real de Rumi, al trote llano de su hermoso caballo negro. El apero rutilaba de piezas de plata y el hombre prolongaba hacia él la negrura lustrosa de su caballo con un gran poncho de vicuña que flotaba pesadamente al viento. Un sombrero de paño, también negro, hundido hasta las cejas de un rostro trigueño, completaba la mancha de sombra brillante. El jinete cruzó hasta llegar al otro extremo de la calle y detúvose, con un violento tirón de riendas y una elegante “sentada” del potro, frente a la casa de Doroteo Quispe. Éste salió al escuchar el resoplido del animal y el resonar de las espuelas.
       —Llega, Vásquez… Pasa, pasa, Vásquez —invitaba el dueño de la casa.
       El jinete había desmontado ya y, con aire satisfecho, mientras decía alguna cosa, desataba el cabestrillo amarrado al basto delantero de la montura. Se le veía ancho y fuerte, de movimientos enérgicos y tranquilos. Sus botas dejaban huella en la tierra. Quitó la alforja y con ella al hombro pasó al corredor…
       Por todo el caserío se esparció la nueva, con un especial acento de gravedad y misterio:
       —¡Ha llegao el Fiero Vásquez! ¡Llegó el Fiero Vásquez!
       Llevada por Juanacha, la voz arribó a la casa del alcalde:
       —¡Ha llegao el Fiero Vásquez!
       Rosendo Maqui, que estaba sentado en el corredor en compañía de Anselmo y el perro Candela, respondió:
       —Que llegue…
       Naturalmente que ya había respondido así muchas veces y el Fiero Vásquez llegaba a Rumi cuando lo deseaba, pero la novelería de Juanacha y todo el caserío tenía que complacerse en dar y recibir la noticia.
       —¡Ha llegao, ha llegao el Fiero Vásquez!
       Para decirlo de una vez: el Fiero Vásquez era un bandido. Una de las particularidades de las abundantes que caracterizaban su extraña personalidad consistía en que su apodo —a fuerza de calzar había pasado a ser nombre— no le venía de su fiereza en la pelea, mucha por lo demás, sino de ser picado de viruelas. Fiero es uno de los motes que en la sierra del norte del Perú dan a los que muestran las huellas de esa enfermedad. Vásquez las tenía, fuera de otras cicatrices, más hondas, que en un lado del rostro le dejó un escopetazo. También lo caracterizaba su amor por el negro. Ya hemos visto que ostentaban este color su caballo, su poncho, su sombrero. Eran negras igualmente sus botas y sus alforjas; las ropas, si no podían serlo siempre, tenían cuando menos un tono oscuro. Gustaba de la calidad y todos sus avíos y su caballo denunciaban la clase mejor. Encargaba los ponchos de vicuña a los departamentos del centro o del sur porque en el norte no abundaban. Sus amigos le decían siempre:
       —Bota a un lao el negro, que te denuncia…
       Y él respondía, despectivamente:
       —¿Y qué? Negra es mi vida, negras mis penas, negra mi suerte…
       Como una sombra pasaba a lo largo de los caminos o entre los amarillos pajonales de la meseta andina. Su cara morena —boca grande, nariz roma, quijadas fuertes—, habría sido una corriente de mestizo sin las viruelas y el disparo innoble. Áspera y rijosa de escoriaciones y lacras, se tornaba siniestra a causa de un ojo al cual le había caído una “nube” es decir, que tenía la pupila blanca como un pedernal. Una inmensa sonrisa, que se abría mostrando bellos dientes níveos, atenuaba la fealdad y el continente enérgico imponía respeto. En conjunto, se establecía cierto equilibrio entre cualidades y defectos y la figura del Fiero Vásquez no era repelente. La leyenda y una hermosa voz hacían lo demás y el bandido despertaba la simpatía, cuando no el temor, de los hombres, y el interés y el amor de las mujeres. Muchas cholitas de los arrabales de los pueblos o de las casas perdidas entre las cresterías de la puna suspiraban por él. Pertenecía a esa estirpe de bandoleros románticos que tenían en Luis Pardo su paradigma y en la actualidad van desapareciendo con el incremento de las carreteras y las batidas de la Guardia Civil.

Luis Pardo es un gran bandido,
a él la vida no le importa,
pues mataron a su padre
y la de él va a ser muy corta.

       El yaraví que deploraba la desgracia de Luis Pardo y relataba sus hazañas corrió de un lado a otro de la serranía, bajó a la costa y aun entró a la selva. Su actitud más celebrada era la de despojar a los ricos para obsequiar a los pobres. A decir verdad, el Fiero Vásquez, aunque se portaba como un gran botarate regando la plata por donde pasaba, no resultaba tan decididamente filántropo. Despojaba habitualmente a los ricos, pero cuando tenía apuro, hacía lo mismo con los pobres. Por esta razón trabó conocimiento con Doroteo Quispe.
       Sucedió que Doroteo iba hacia la capital de la provincia arreando un borrico y llevando en su alforjita cien soles para comprar, por encargo del alcalde, ceras, cohetes de papel y de arranque, ruedas tronadoras, globos de colores y otros elementos de fiesta. Se acercaba el tiempo de celebrar a San Isidro. El alcalde le recomendó mucho que acomodara las cosas cuidando de que no se rozaran los cohetes entre sí y menos con las ruedas tronadoras, pues podían estallar echando a perder todo lo demás y matando al jumento, cosa que ya había ocurrido en anterior ocasión. Doroteo iba preocupado de cumplir bien la comisión y contento por la oportunidad de servir a San Isidro. Estando en plena jalca, entre pajonales y soledosos cerros, vio surgir a lo lejos una siniestra sombra negra. ¡El Fiero Vásquez! La sangre se le heló en las venas y azotó al asno, corriendo a esconderse en una hoyada. Esperaba no ser visto. Metido con el borrico en un angosto pliegue de la tierra, comenzó a rezar la oración del Justo Juez, que había aprendido con mucho esfuerzo y fe y ahora empleaba por vez primera. Pero era evidente que el bandido se dirigía hacia él. Oyó el rumor de un galope que se aproximaba y después, caballo y jinete, negros hasta llenar el cielo, aparecieron en una eminencia que dominaba la hondonada. El Fiero llevaba carabina a la encabezada de la montura y el poncho remangado permitía ver dos grandes revólveres de cacha de nácar a ambos lados de la cintura. Doroteo no poseía más armas que una cuchilla y la oración del Justo Juez.
       —Sal, indio muermo —gritó con ronca voz el bandolero.
       Doroteo salió remolcando el asno, que se había puesto reacio y templaba la soga. Terminó de rezar su oración cuando llegaba junto al salteador.
       —¡A ver, larga la plata! —demandó el Fiero.
       —No tengo, taita, no tengo —repitió Doroteo, haciéndose el tonto—, cuatro reales no más tengo —y los sacó del bolsillo del pantalón.
       El bandido no los recibió y se quedó mirándolo.
       —¿A dónde ibas?
       —Al pueblo, a comprar mi salcita…
       —Ah, y para comprar cuatro reales de sal llevas burro. Larga la plata y agradece que no quiero matar a un pobre indio…
       Consideró oportuno demostrar su energía y dio a Doroteo un riendazo por la espalda, alcanzando la alforja que colgaba del hombro. La plata sonó y el Fiero Vásquez lanzó una carcajada. La cara broncínea del indio tomó un color cenizo y entregó la alforja temblando. Vásquez iba contando los soles a medida que se los embolsicaba.
       —¡Cien soles! —se admiró a la vez que devolvía la alforja—, ¿de dónde sacaste tanta plata?
       Doroteo Quispe refirió que la plata era de la comunidad y estaba destinada a la adquisición de algunas cosas para la fiesta de San Isidro. Luego añadió, rectificando muy juiciosamente, que esa plata, en buenas cuentas, ya no era de la comunidad sino de San Isidro. No alcanzó a decirlo, pero quedaba entendido que se iba a cometer un terrible robo sacrílego. El Fiero Vásquez captó su intención y dijo riendo:
       —¡Ah!, quieres meterme miedo con el castigo de San Isidro. Las comunidades son platudas y yo no le quito a San Isidro sino a la comunidá. Anda y di que te den cien soles de nuevo…
       Se iba a marchar el Fiero Vásquez, pero recapacitó y encarose de nuevo a Doroteo.
       —Si te dejo, vas a correr al pueblo, que ya está cerca, a denunciarme. Mejor es que tiremos pa allá unas dos leguas. Anda…
       Doroteo echó a caminar delante del jinete, halando su burro. No las tenía todas consigo. “¿Pa ónde me llevará? —se decía—, quizá quedrá matarme en un sitio más escondido”. Y rezaba y rezaba, entre dientes, la oración del Justo Juez. El Fiero se puso a hablar:
       —¿Sabes? Voy admirao de que no te haya metido un tiro. Lo mereces por cicatero y mentiroso propasao al querer engañarme a mí, a mí toavía… Y aura es lo que me digo: ¿Po qué me doy el trajín de llevarte?, mejor sería entiesarte pa siempre…
       Doroteo rezaba con mucho fervor la oración del Justo Juez.
       —¿Y qué estás ahí murmurando entre los dientes? ¡Cuidadito, indio propasao!
       Picó espuelas al caballo y se acercó a Doroteo. Éste le explicó que no lo maldecía ni injuriaba y menos decía nada malo, que lo único que hacía era rezar el Justo Juez y que sin duda a la bendita oración se debía que no lo hubiera matado.
       —¡Ésas teníamos! —exclamó Vásquez.
       Desmontó y ordenó a Doroteo que rezara la oración entera y claramente. Éste lo hizo y así el bandido afirmó:
       —Parece que sí la sabes. Yo no creía que era güena, pero aura veo que te ha valido, porque, a la verdá, no sé cómo no te he metido un tiro por propasao y pienso que es güena y me gustaría aprenderla. Hay veces que uno tiene necesidá…
       Ablandose súbitamente para con Doroteo y le invitó un trago de una botella de pisco que sacó de la alforja. Después se sentaron sobre las pajas y compartieron un trozo de carne mechada que extrajo de la misma alforja. De fumar, Doroteo habría pitado un cigarrillo. En fin, que le devolvió la plata reservándose solamente veinte soles. En estas y las otras, quedaron como amigos, acordando que el Fiero iría a Rumi para aprender la oración del Justo Juez. A la hora de despedirse, Vásquez extrajo diez soles más, “que ya eran de él”, para que Doroteo comprara ceras y se las pusiera en su nombre a San Isidro. Los diez soles restantes no se los daba porque tenía mucha necesidad de ellos. ¡Ah!, pero como amigos que eran, le obsequiaba ese pañuelo anudado en una esquina. Si alguien, entre esas rocas donde comenzaba la bajada al pueblo, le salía al paso, no tenía sino que mostrarle el pañuelo del nudo para seguir tranquilo. Si el asaltante insistía, lo mantendría a raya diciendo: “Fiero Salvador”. Desde luego que tenía que guardar el secreto. El bandolero dijo adiós, iluminó su cara destrozada con la inmensa sonrisa albeante y cada uno se marchó por su lado. Doroteo reanudó su interrumpido viaje al pueblo y el Fiero caminó hacia unos riscos para ocultar su caballo y ocultarse él mismo en espera de otro viajero. Cuando Quispe doblaba una de las últimas lomas, aún pudo distinguirlo allí, acurrucado y sombrío, en acecho…
       La fiesta de San Isidro pasó y el comunero se había olvidado ya del incidente, cuando una tarde, al oscurecer, el bandido presentose por Rumi preguntando por su amigo Doroteo Quispe. Al principio se lo negaron pretextando que estaba ausente, en una cosecha, pero dio la casualidad de que Doroteo saliera en ese momento a la puerta de su casa y, al divisarlo, fue a su encuentro. Se saludaron cordialmente y los comuneros estaban absortos de la extraña amistad que parecía existir entre Doroteo Quispe, el buen hombre familiar, cotidiano en su aptitud de rezo y siembra, y el bandolero siniestro, de azarosa existencia y leyenda tan negra como su estampa. El asunto es que siguió a Quispe hasta su casa y en ella ingresaron ambos. Las visitas se repitieron a fin de que el Fiero Vásquez supiera rezar, de corrido y sin ninguna falla, el Justo Juez. La perfección era muy importante, pues si el rezador se equivocaba, la oración perdía toda o gran parte de su eficacia. En cambio, si la decía bien, con fe y justeza, era tan poderosa que Dios, aunque no quisiera, tenía que oírla. Una vez que la supo, el Fiero quiso pagar, pero Doroteo le respondió que no se cobraba por enseñar una oración y si quería retornar con algo, le hiciera un regalo a su mujer. El favorecido no solamente obsequió a la mujer sino, también a la cuñada, que se llamaba Casiana, y a los pequeños de la familia. Cortes de tela floreada, aretes, sortijas, dulces. En fin, el terrible Fiero Vásquez llegaba siempre a la casa de Doroteo y se quedaba allí. La cuñada de Doroteo, una india con madurez de treinta años y muy silenciosa, tan silenciosa que parecía haber levantado su vida dentro de un marco de silencio, le servía por sí misma la comida y le disponía el lecho. Lo tendía en el corredor, pues los perseguidos de las serranías se niegan, por sistema, a dormir en habitaciones de una sola puerta y así eran las dos que componían la casa. En la alta noche, cuando las estrellas son más grandes alumbrando la soledad, Casiana iba a compartir ese lecho. El hombre proscrito y la mujer callada unían sus vidas buscándose hasta encontrarse en la alianza germinal de la carne.
       El Fiero y Doroteo entendiéronse pronto y hasta se concedieron intimidad. Chanceaban, reían, parlando a su sabor. Un día el comunero preguntó al bandido qué le había dicho uno de sus secuaces sobre su encuentro con un hombre de pañuelo anudado y santo y seña.
       —Nada, nadita…
       Doroteo refirió que, yendo por la puna, se encontró con un hombre de aspecto salvaje, hirsuto, de sombrero rotoso, que no usaba ojotas y sólo tenía calzón y un poncho que le caía sobre el torso desnudo.
       Su cara renegrida por el sol, la lluvia y el viento, daba al mismo tiempo una impresión de ferocidad y estupidez. Esa bestia con traza de hombre lo había encañonado con una carabina mohosa, sin decirle nada. Él mostró su pañuelo y la bestia no cejaba. La carabina, conminatoria, seguía demandando la bolsa o la vida con el cañón frente a su pecho. Entonces Doroteo, lleno de miedo, dijo: “Justo Juez Salvador”. Los ojuelos del animal habían dudado con un parpadeo, pero se agrandaron de pronto llenos de furia. Doroteo se dio cuenta de su equivocación y gritó: “Fiero Salvador”, librándose de que el bruto soltara el tiro. Se había marchado sin decirle media palabra.
       —¡Ah, ése es un bárbaro —explicó el Fiero—, no alcanza a hablar cuatro palabras al día y nunca cuenta nada! No se pone ojotas porque pasa sobre las espinas y los guijarros sin sentirlos. Tampoco quiere camisa, ya que el frío no le dentra. ¿Creerás que duerme en el mero suelo? Si por casualidá se acuesta en cobijas, se sofoca y pierde el sueño. Es un mesmo salvaje. Lo más malo es que no entiende razones. Se atiene a lo que ve con sus ojos y siente. Por eso, si se le golpea es una verdadera fiera. Ya ha matao a dos de sus compañeros. Se llama Valencio y no he llegao a saber su apellido. Creo que ni él mismo lo sabe…
       Los amigos rieron del susto de Doroteo y su equivocación del santo y seña, que casi le cuesta la vida. Luego se extendieron en largos comentarios melancólicos sobre la desgraciada y elemental personalidad de Valencio.
       —Claro que entiende algo —añadió el Fiero—, si se le explica con ejemplos y tamién sabe de insultos si lo comparan con animales. El que le dice burro o bestia está perdido. Cuando comprende una orden la cumple, pase lo que pase, y es muy fiel…
       La noche de ese día, encontrándose Casiana en brazos del bandido, dura y tiernamente ceñida, comenzó a hablar inusitadamente:
       —Valencio es mi hermano…
       Con palabras sencillas, entrecortadas a ratos debido a la emoción o la inhabilidad para pronunciarlas, a media voz, un poco desordenadamente por la falta de costumbre de narrar, le contó su historia.
       Ellos, sus padres y los padres de sus padres, fueron pastores de una hacienda más grande que Umay, al otro lado del pueblo vecino, a dos o tres días de camino desde él o quizás más.
       La hacienda tenía punas muy altas, muy solas, y la mujer de Doroteo, Valencio y ella, nacieron en esas jalcas, dentro de una casucha de piedra o en pleno campo, y crecieron viendo que sus padres pasteaban ovejas. Cada doce, cada catorce lunas, llegaba un caporal con dos o tres indios a contar las ovejas y llevando sal para el ganado y para ellos. Su padre cultivaba una chacra de papas y ellos sólo comían papas con sal. Las conservaban en unos hoyos cavados en las laderas. Si de la cuenta resultaba que faltaban ovejas porque se las había comido el zorro o por cualquier causa, el caporal las apuntaba en su libreta como “daño”. Hasta si las mataba el rayo era considerado como daño. Su padre, de ese modo, tenía una deuda que jamás podía pagar. Trabajaba año tras año, como habían trabajado sus antecesores, y nunca desquitaba. Los aumentos eran apuntados solamente en favor de la hacienda. No siempre podían descansar en la casucha de piedra. El caporal solía decir: “Váyanse a pastear por otro lao, lejos; pastear no es dar vueltas en un mesmo sitio”. Entonces tenían que irse por las cumbres desoladas y dormir en cavernas o en esas cónicas e improvisadas chozas de paja que parecen hongos de la puna. Así, pues, se acostumbraron a no sentir el frío y por otra parte su pobreza no les permitía usar mucha ropa, pese a que la madre hilaba y tejía todo lo posible; eran cinco, pues, y apenas les daban unos cuantos vellones en el tiempo de la trasquila. También hablaban poco porque ya se sabían sus faenas y su desgracia y, fuera del caporal y los contadores, no llegaban casi nunca forasteros. A veces, a la distancia, aparecía algún rebaño. A veces, muy de tarde en tarde, un jinete cruzaba la puna, al galope, como huyendo del frío y la soledad. Así, ellos eran, pues, silenciosos. En una ocasión rarísima, pasó, acompañado de varias gentes, un cura. El padre lo llamó a gritos: “taita cura, taita cura”, para que bautizara a sus hijos. Acudió el cura con su comitiva, pero después de desmontar se encontraron con que los muchachos ya no estaban a la vista. Salvajes, vergonzosos, habían corrido a esconderse entre unos pedrones superpuestos que formaban una especie de guarida de zorros. Los llamaron y no quisieron salir y ni siquiera responder. Entonces el sacerdote rezó y dijo sus latines sobre las piedras, rodeado de sus acompañantes y los avergonzados padres, terminando por echar el agua bendita y la sal por entre los intersticios de las rocas.
       Para evitar que se comieran las ovejas, el caporal propinaba al jefe de los pastores diez chicotazos por cada animal que faltara. Cuando se perdían muchas, ya no llevaba la cuenta sino que golpeaba hasta cansarse…
       Pero sucedía que, en ciertos años, las papas escaseaban debido a que la cosecha no fue buena o porque se pudrían o brotaban en los hoyos. Entonces tenían hambre y el padre mataba un carnero diciendo: “Aguantaré los látigos; pobres mis hijitos”. Sabían cuándo debía llegar el caporal, pues el padre, por cada luna, depositaba un pedrusco en cierto lugar y así iba midiendo el tiempo. A los doce o catorce pedruscos llegaba el caporal. Después de la cuenta de las ovejas, si es que faltaban, el caporal se ponía a regañar criando cólera: “Conque el rayo, conque la helada, conque el zorro, ¿no? Sabidazo, ladronazo, te las comes y todavía mientes. Ven, ven acá a purgar tu falta”. Desamarraba un chicote de cuero que tenía sujeto al basto trasero de la montura y hacía que el pastor se arrodillara. En esa gran altura, desde la cual se miraba hacia abajo los horizontes, el látigo parecía subir al cielo, para dar vuelta entre las nubes rozando la comba azul y caer en las espaldas del padre. Éste, a cada golpe, gemía sordamente. A veces rodaba sin sentido. La espalda quedaba convertida en una mancha cárdena que se prolongaba en vetas moradas hacia los flancos. Cuando se iba el caporal, la mujer la sobaba con yerbas. Y así, año tras año. De generación en generación, de padres a hijos, a lo largo del tiempo, los pastores heredaban la obligación, la miseria, el látigo, la inacabable deuda. ¿Huir? Lo hicieron en otro tiempo algunos, pero el hacendado los persiguió hasta encontrarlos. ¡Para qué hablar de su martirio! Los pastores se endurecieron, pues, en la orfandad y en el silencio, llorando para adentro sus lágrimas. Un día murió el padre y lo enterraron en cualquier rincón de la puna. Su mujer no tardó en seguirlo. Los hijos heredaron, como de costumbre, la deuda. Un día subió el caporal, pero no a contar las ovejas sino a llevarse a la que ahora era mujer de Doroteo Quispe, es decir, a la Paula: la señorita hija del hacendado iba a establecerse a la capital de la provincia y necesitaba una sirvienta. Valencio y Casiana, que eran muy mozos, se sintieron abandonados en la inmensidad de la puna. ¿Pero qué iban a hacer? ¿A quién clamar pidiendo ayuda? Bregaron, pues. Lucharon entre la abrupta hostilidad de las rocas y el silbido lúgubre de los pajonales, bajo crudas tormentas. A su tiempo arribó el caporal acompañado de tres indios, a contar las ovejas. Faltaban muchas. Valencio entendió que había llegado su turno y se arrodilló para recibir los latigazos. Mas quién sabe lo que ocurrió en el pecho del flagelado. De seguro el dolor, acumulado durante años y años, años y años, se rebasó.
       Y Valencio irguiose dando un grito salvaje y blandiendo el cuchillo que los pastores empleaban para despellejar las ovejas muertas por el rayo. El caporal, que estaba desarmado y no esperaba semejante reacción, corrió hacia su caballo y montó, partiendo al galope cerros abajo. Los indios acompañantes se quedaron mirando a Valencio, atónitos. El pastor, cuchillo en alto, se les abalanzó gritando: “¡Malditos!, ¡adulones!, ¡esclavos!”; por lo que los indios corrieron también, pero, no teniendo cabalgaduras, desaparecieron entre un crujir de pedruscos y un choclear de ojotas, como galgas, por las pendientes. Valencio les tiró piedras con su honda. Después mató dos ovejas y se comió una con Casiana y guardó la otra en su alforja. Por último, envolvió su calzón de remuda y la frazada con que dormía, y habló: “Me voy. Vendrán muchos a querer pegarme”. Casiana le rogó que la llevara, pero él negose diciendo que no sabía a dónde dirigirse ni qué vida iba a pasar. Partió, pues, solo, sin tomar ninguna dirección precisa. Avanzó y avanzó cerros allá, por los desfiladeros, por las cumbres. Al día siguiente, muy de madrugada, aparecieron el caporal y otro empleado de la hacienda armados de carabinas. Para evitar que fugara, habían planeado sorprender a Valencio durmiendo. Tuvieron que contentarse con lanzar amenazas y juramentos. A los pocos días, llegó de nuevo el mal hombre con dos indios pastores, marido y mujer, a quienes hizo entrega del rebaño. Procedían de otro lado de la hacienda y tenían una vieja deuda. Casiana, pagando la suya, les ayudaría. A ella le dijo: “No te animes a seguir el ejemplo del Valencio. Lo estamos buscando y caerá. ¡Y el día que caiga, le sacaré el pellejo a latigazos!”.
       Hasta que una tarde apareció trepando las alturas un hombre que no era el caporal. Lo seguía una mujer de andar liviano, hecho a las cuestas. A Casiana le saltó el corazón esperanzadamente. Se alegró cuando la llamaron. “Casianaaaa”, gritó la mujer. “Casianaaaa”, gritó el hombre. Corrió a su encuentro. Eran Paula y su marido. Sucedía que Doroteo Quispe había conocido a la hermana en el pueblo y se la llevó robada a la comunidad. Ahora iban por ellos. Lamentando la ausencia de Valencio, partieron. De todos modos, reían al pensar en la rabia del caporal. Después las habían buscado por toda la comarca sin poderlas encontrar. Y desde ese tiempo la vida cambió para las hermanas. Paula, ya se veía, tenía hasta hijos. No les faltaba la comida ni la ropa y nadie les pegaba ni las hacía trabajar a malas. Casiana no dijo felicidad porque acaso ignoraba tal palabra. Terminó su historia murmurando:
       —Y yo tamién encontré mi hombre en vos…
       El bandolero no habló nada por temor de que le temblara la voz. Aún le quedaba corazón para sentir el dolor de los pobres, que había sido el suyo en otro tiempo. Entendió todo lo que significaba él mismo como integración de la vida de Casiana y la estrechó amorosamente. Gratos eran los duros senos de pezones alertas. El arco leve de la luna fugaba por el cielo. Pasado un momento, Vásquez refirió también a media voz cómo se incorporó Valencio a la banda.
       El Fiero despachó a dos de sus hombres, armados de buenas carabinas, para que asaltaran a un negociante que debía pasar por cierto lado de la puna. Ellos fueron los que sufrieron el más raro de los asaltos. El mocetón salvaje se les presentó, armado de cuchillo, demandándoles la comida. Los bandoleros llevaban las carabinas a la vista y comprendieron que se trataba de un ignorante, cambiando una rápida mirada de acuerdo. “¿Comida? —dijo uno—, claro, hom, aquí tengo pan en mi alforja”. Hizo ademán de abrirla y el asaltante se acercó a recibir, momento que aprovechó el otro para colocarse a su espalda y derribarlo de un culatazo en la nuca. Cuando Valencio volvió en sí, encontrose con las manos atadas a la espalda. Le hicieron contar su vida y los bandoleros celebraron su ingenuidad y sus aventuras de asaltante con grandes carcajadas. Algunos indios, después de arrojarle la alforja de cancha o cemitas, habían echado a correr como ante el mismo demonio. Valencio dijo al fin que no se atrevía a llegar a ninguna hacienda ni pueblo por temor de ser apresado y castigado y quizá hasta muerto. Los bandoleros acordaron desatarlo y darle de comer. Una vez que se atiborró de pan y carne, tomó una actitud de hombre muy satisfecho. Cuando le propusieron irse con ellos, aceptó sin dudar. El negociante no pasó, y así fue como los enviados retornaron con el botín más extraño que se hubiera logrado hacer en la puna…
       Un gallo cantó anunciando el alba y el narrador, que debía irse, no pudo contar las peripecias de Valencio en el seno de la banda.
       Nosotros, por nuestro lado, debemos continuar nuestra historia desde el momento en que el Fiero Vásquez llega, una vez más, a la casa de su amigo de Rumi.
       Después de dar, a guisa de saludo, un sacudón a la mano de Doroteo, tomó asiento en el poyo de barro levantado junto a una puerta.
       —Traigo un galopito de cinco horas.
       El caballo resoplaba sonora y rítmicamente.
       Salieron Paula, Casiana y los pequeños de la casa —una muchachuela y dos mocosos—, armando un cordial barullo de bienvenida. Los chicos se montaron en las piernas del Fiero y él sacó de la alforja una muñeca de lana y un paquete de caramelos que les entregó diciendo cualquier cosa. Después pasó la alforja a la dueña de la casa.
       —Hay unas telitas, pañuelos y otras pequeñeces. Repártalas usté doña Paula, según las aficiones… en mi torpeza yo no sé entender los gustos…
       Las mujeres y los niños se fueron y Doroteo sentose junto a su amigo. Parecía algo fatigado. Considerando detalles y al advertir el cabestrillo tirado sobre el corredor, coligió que iba a quedarse por esa noche. De otro modo lo habría dejado en su sitio, pues el caballo no necesitaba de otra sujeción que la dictada por su buena enseñanza. Podía estarse horas de horas parado en el mismo lugar, esperando a su amo, sin precisar de estaca ni soga. Se llamaba Tordo, recordando la negrura de tal pájaro, y era un fuerte y noble animal, de erguida cabeza, a la que prestaban vivacidad los grandes ojos luminosos y el recio cuerpo de líneas esbeltas. Doroteo lo quería tanto como su dueño y en tiempo de verano, cuando el pasto escaseaba, se lo recogía del crecido al amparo de los cercos en los bordes de las chacras. Esa vez, viendo que el Fiero no tenía trazas de hablar, se levantó a aflojar la cincha a fin de que Tordo descansara mejor. Volviendo, por decir algo, preguntó:
       —¿Tovía sabes el Justo Juez?
       —Al pie de la letra —respondió el bandido.
       Y sin esperar que Quispe lo pidiera, se puso a repetirla con entonación un tanto solemne, ni muy despacio ni muy ligero, acentuando la voz en las demandas, pero sin romper el acento de veneración y piedad.
       Ambos se habían quitado el sombrero. El cabello de Vásquez se partía con raya al lado, el de Quispe era un pajonal hirsuto. Doroteo miraba con unos ojos muy pequeños, que para peor entrecerraba y sólo salvábanse de la desaparición mediante un vivo y malicioso fulgor. Su boca grande se fruncía abultándose hasta la altura de la nariz, que por su lado era aguda y parecía estar siempre olfateando algo. No tenía, pues, el aire de un místico, Doroteo Quispe. Sí más bien el de un zorro en acecho. O quizás el de uno de esos negros osos serranos, debido a su color oscuro y su fuerte cuerpo de torpes movimientos. El Fiero decía:
       —Justo Juez, Rey de Reyes y Señor de los Señores, que siempre reinas con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, ayúdame, líbrame y favoréceme, sea en la mar o en la tierra, de todos los que a ofenderme viniesen, así como lo libraste al Apóstol San Pablo y al Santo Profeta Jonás, que salieron libres del vientre de la ballena; así, gran Señor, favoréceme, pues que soy tu esclavo, en todas las empresas que acometa como en toda clase de juegos, en los juegos de gallos y en las barajas, valiéndome del Santo Justo Juez Divino, autor de la Santísima Trinidad. Estas grandes potencias, estas grandes reliquias y esta santa oración me sirvan de ayuda para poder defenderme de todo, para sacar los entierros por difíciles que sean, sin ser molestado por espíritus y apariciones, para que en las ocasiones y en los campos de batalla no me ofendan las balas ni armas blancas. Las armas de mis enemigos sean todas quebradas, las armas de fuego magnetizadas y las mías aventajadas y nunca vencidas; que todos mis enemigos caigan a mis pies como cayeron los judíos de Jesucristo; rómpanse las prisiones, los grillos, las cadenas, las chavetas, los candados, las chapas, los cerrojos. Y tú, Justo Juez, que naciste en Jerusalén, que fuiste sacrificado en medio de dos judíos, permite, oh Señor, que si viniesen mis enemigos, cuando sea perseguido, tengan ojos no me vean; tengan boca no me hablen, tengan manos no me agarren; tengan piernas no me alcancen; con las armas de San Jorge seré armado, con las llaves de San Pedro seré encerrado en la cueva del León, metido en el Arca de Noé arrencazado; con la leche de la Virgen María seré rociado; con tu preciosísima sangre seré bautizado; por los padres que revestiste, por las tres hostias que consagraste, te pido, Señor, que andéis en mi compañía, que vaya y esté en mi casa con placer y alegría. El Santo Juez me ampare, y la Virgen Santísima me cubra con su manto y la Santísima Trinidad sea mi constante escudo. Amén.
       Se pusieron los sombreros y la boca fruncida de Quispe se abrió en una sonrisa orgullosa de tal discípulo.
       —Aura que me acuerdo —inquirió el Fiero—, ¿qué quiere decir arrencazado?
       Y Doroteo respondió con gravedad:
       —No sé, pero así es la oración.
       No necesitó dar más explicaciones. Se trataba sin duda de una palabra secreta, dueña de quién sabe qué misteriosos poderes. ¡Arrencazado! Vásquez le rindió pleitesía durante un momento y después dijo:
       —Lo raro es que tovía no tuve oportunidá de servirme de la oración…
       En ese momento apareció, andando calmosamente, apoyado en un grueso bordón de lloque, el anciano Rosendo Maqui. Demostró alguna sorpresa de encontrar allí a Vásquez y celebró la hospitalidad de Doroteo. Ya hemos visto nosotros que sabía que el bandolero había llegado, y a encontrarlo fue. En cuanto a la hospitalidad, sepamos que había hablado con Quispe palabras dictadas por el buen juicio y que no eran muy celebratorias justamente. Las tareas del gobierno imponen, a toda clase de conductores, iguales o parecidas actitudes. Además, Rosendo Maqui usaba las maneras amables y discretas propias de su raza y no ignoraba el refrán español que afirma, sin duda ironizando sobre ciertos métodos de colonización, que más moscas se cazan con miel que a palos. El alcalde tomó asiento en una banqueta de maguey y se puso a mirar distraídamente las nubes. Había una impresión de vaga tristeza en su continente, acentuada por el poncho habano oscuro que llevaba en lugar del habitual a rayas rojas y azules.
       —¿Qué oí? —murmuró sin dar mucha importancia a sus palabras—, ¿una oración?… ¿Hablaban de una oración?…
       El bandido explicó con ruda y leal franqueza de lo que se trataba y entonces Rosendo Maqui, dando muchos rodeos, abordó el asunto que lo había llevado a visitar la casa de Doroteo. Luego de explorar el terreno, mejor sería decir de desbrozarlo y roturarlo, haciendo la apología de la vida en pacífica relación con sus semejantes, trató de convencer al Fiero Vásquez de que renunciara a esperar la oportunidad de emplear la oración para dedicarse a una existencia tranquila. Con esto dio a entender que debía ser honrada, sin pronunciar la palabra a fin de no violentar ningún concepto. Él sabía llegar, con fino tacto hasta las lindes donde la sensibilidad se eriza.
       Vásquez lo escuchó con interés y agradecimiento en tanto que por la faz de Quispe campeaba una maliciosa sonrisa.
       Cayó un silencio un tanto incómodo, tenso de interrogaciones, y el Fiero decidió explicarse por fin y lo hizo con voz calmada, lenta, potente, una voz tan nítida como su sonrisa. Esa voz florecía en el silencio lóbrego de las guaridas, acuchillaba al dar el alto del atraco, murmuraba hondos arrullos en el amor y persuadía con la densidad de la convicción en la charla. Tenía un firme acento de seguridad y el Fiero, así rogara, así clamara, así explicara, estaba siempre como ordenando con ella.
       —Don Rosendo, la verdá, lo que usté dice es güeno. ¿Pero quién para el caballo desbocado si no es el barranco por onde se despeña? Aceto que tamién la juerza. Pero la juerza, en tal caso, necesita el perdón. ¿Quién perdona? ¿Quién tiene una onza de perdón pa darlo al pobre que la necesita? Ustedes dirán que la comunidá. Pero la comunidá está sola… La ley no sabe perdonar y menos los hombres… Si ustedes me escuchan, les voy a explicar. Con verdá, con todita la verdá, pue los güenos deseos deben pagarse con franqueza… Contaré cómo fui perdonao y viví varios años pasando mucho, pero sin correr de nadie, que es lo mejor, y cómo se me acabó ese perdón…
       El Fiero estuvo contando quizá una hora, quizás dos, y aderezó su relato con abundantes detalles cuya mención íntegra demandaría abultadas páginas. Sin restar los aspectos característicos ni alterar el espíritu de la narración, preferimos ser más breves.
       … Y era por un tiempo en que el Fiero ya había caído de lleno en la mala vida y andaba cargando fama de cuchillero y matón. En eso, pues, estaba metido porque el cuerpo se acostumbra a lo bueno como a lo malo. Ni qué decir que vivía corrido de la policía y tenía muchos enemigos. Éstos eran los más peligrosos. Por delante, debido al miedo que le tenían, calladitos. Por detrás, matreriando siempre. Y una noche estuvo en un baile de un lugar llamado la Pampa, y a eso de la medianoche, aunque el dueño de la casa lo atajaba para que se quedara, se fue, porque así son las cosas cuando están para suceder. Su caballo caminaba con paso receloso, orejeando, y él decía: “¿qué verá?”, porque hay muchas veces en que el caballo sabe más que el hombre. Sacó su revólver por si acaso. El camino se angostó entre dos cercos de tunas y magueyes y de repente, ¡pum!, y él cayó al suelo bañado en sangre, sin sentido. ¿Cuánto tiempo estuvo de bruces sobre la tierra, viviendo sólo con el cuerpo y no con el entendimiento, con ese cuerpo que quería vivir y no se dejaba morir? Al volver en sí se tocó la cara destrozada y comprendió que uno de sus enemigos lo había esperado allí armado de escopeta y disparándole un tiro con cortadillo de hierro. Se sentía muy débil y creyó que iba a morir. Pero vive el que se resuelve. Parose pues, mojándose las manos en el charco de su sangre, y echó a andar. La cara le dolía y ardía, pesada, hinchada como un bocio. Los pasos le repercutían en la cara y era como si ella tratara de derribarlo al suelo y él la contrariara. A poco trecho encontró su caballo, pues el matrero no lo había llevado para evitar ser descubierto. El caballo lo divisó y fue hacia él, aunque resoplando y orejeando recelosamente. El pobre animal sin duda no se convencía del todo de que ese hombre temblequeante, medio curvado hacia la tierra, fuera su dueño.
       Se encontraron y el Fiero se abrazó del cuello y le pareció que estaba con un amigo. Pero el caballo no podía curarlo y él necesitaba ser curado. ¿Quién, pues, lo iba a curar en esa noche, en esa soledad que era su vida? Pensó volver a la casa del baile, pero después sospechó que el emboscado quizá estaría por allí y no desperdiciaría la ocasión, viéndolo así maltrecho, para acabarlo de matar. Acercó el caballo junto a una piedra y logró montar. Tuvo que sujetarse con las dos manos del basto delantero de la montura para no caer. Tizón se puso a caminar blandamente. Era un buen potro negro, que así los usaba ya en ese tiempo, pequeño pero noble y esforzado. No se lo podía comparar con Tordo, mas hacía su faena con decisión y entonces resultaba muy bueno porque es la voluntad lo que se aprecia. Caminó y caminó y la noche no deseaba asomarse al día. Y el Fiero se decía entre sí: “¿Quién me curará? Ya me fregué, hoy sí veo lo que es estar solo en la vida”. Recordó que tenía dos mujeres, pero las viviendas se encontraban a uno y dos días de camino y no alcanzaría a llegar. La cara le quemaba y pesaba. Y de nuevo le venía la idea de la muerte. Acaso el perro que le disparó, de tan perro, habría revolcado el cortadillo en barro podrido o en cualquier otra porquería a fin de que si no moría de una vez se le infectaran las heridas. Suelen hacerlo así algunos malditos. Avanzaba, pues, pensando en su desgracia y sin saber qué hacer. El caballo llegó a un sitio donde el camino se partía en dos y se paró. Uno iba hacia las jalcas y el otro seguía llaneando hacia el pueblo de Cajabamba. Tizón estaba acostumbrado a ir por el de la puna, pero se paró. Pensaba con razón, pues, que el caballo sabe a veces más que el hombre y de todos modos así son las cosas cuando están para suceder. El Fiero consideró que si iba hacia la puna se moriría, en tanto que si entraba al pueblo… Y recordó a una señorita que había visto en una casa a la que iba a vender leña en ya lejanos tiempos. Era blanca y fina y tenía fama de compasiva. Aún recordaba su nombre, Elena Lynch. Según decían, se había casado ya. Hacía varios años que la vio y acaso no tendría el mismo corazón. Antes solía ser buena con los pobres. Tal vez, pues, tal vez. Era cuestión de jugarse. Caminó y caminó. Venía la madrugada y en las copas de los capulíes comenzaron a cantar los pájaros. Allí estaba ya el pueblo, fresco de alba. Entró, que la vida vale más de una carta en la baraja. Las calle estaban solas todavía. La casa era grande y de puerta labrada. Bajose y cayó junto a ella, pero con el puño golpeó empleando sus últimas fuerzas, duro, duro, y sintió cómo su toque entraba por el zaguán, ganaba los corredores y retumbaba en los paredones centenarios.
       Salió una sirvienta que abrió la pesada puerta y al verlo dio un grito y se fue. Qué facha tendría, bañado en sangre y contra el suelo. Después salió la misma señora Elena y él le dijo: “Aquí hay un desgraciao, madrecita… Tenga compasión”. La señora mandó llamar a dos sirvientes que lo condujeron en brazos hasta una pieza del traspatio. Uno era el caballerizo, buen muchacho con el que añudó amistad. También metieron a Tizón y él se imaginaba la apariencia muy satisfecha del caballito peludo y churre, acostumbrado a llenar barriga con cualquier cosa, comiendo alfalfa junto a los finos y lustrosos caballos de pesebre. La vida de todo pobre tiene sus vueltas. La señora Elena lo curó, pues. Le lavó la cara con aguas de un color y de otro y con una pincita le sacó los cortadillos y después le puso una pomada y por último lo vendó. Mientras lo curaba, decía: “¿Por qué se tratan así, hijos?; ¿qué mal hacen para que hieran así?”. Y él respondía: “Uno no sabe ni lo que hace, mamita”. Se notaba que la señora tenía pena y estaba muy impresionada con la herida. Al irse dio órdenes a los sirvientes y ellos lo acostaron en una buena cama y le dieron un desayuno como para dos. Los dolores le fueron disminuyendo y ni los sentía ya. Viéndose allí, atendido y sin tener el peligro de que lo apresaran o mataran, pensó que no era tan malo el mundo. Al otro día volvió a curarlo la señora y acaso porque sospechara algo o recién le viera el resto de la cara picada de viruela, le preguntó: “¿Y tú quién eres?”. Él respondió, pensando que sería malo que tratara de disimular, pues habría entrado en sospechas: “Vásquez”. La señora Elena precisó: “¿El Fiero Vásquez?” y él admitió: “Sí, mamita”. Y ella, que era tan buena como impresionable, casi se desmaya. De todos modos lo curó y después de eso le preguntó por qué se encontraba en esa situación y cómo había caído en la desgracia. Y él le contó cuanto le había ocurrido y cómo se desgració, cuidando de callarse lo que le resultaba decididamente desfavorable, porque “callarse algo no es mentir —palabras del Fiero— cuando no preguntan por lo que se calla”. Aclaraba este punto principalmente porque el marido de la señora Elena tuvo una salida. Ella le escuchó sin comentar nada y el Fiero tenía temor de que lo fuera a echar, pero cuando terminó, le dijo: “Ya vendrá Teodoro y veré si puedo hacer algo por ti”.
       Don Teodoro Alegría no tenía cuándo llegar. Era famoso en la región como hombre altivo, de a caballo y muy querido por el pueblo. Para el tiempo de su santo, porque era tiempo y no día, todos sus amigos y comadres y compadres le hacían regalos y acudían las dos bandas de músicos del pueblo y la celebración duraba quince días. Por estas y otras cosas se lo mentaba. Mientras tanto, el herido mejoraba y los hijos de la señora Elena iban a verlo y él los entretenía contándoles de animales del campo: pumas, zorros, cóndores. Y un día mejor dicho, una noche de sábado, llegó don Teodoro. Su herrado caballo de paso metió gran bulla en el patio y su mujer y sus hijos lo recibieron alegremente: “Llegó, llegó el patrón Teodoro”, decían los sirvientes. El Fiero, por primera vez en su vida, se sintió inquieto ante la resolución de un hombre. Cuando los sirvientes pasaban, los llamaba para preguntarles por lo que había dicho el patrón. Después de la comida, ya tarde, entró el caballerizo, un muchacho de nombre Emilio, a contarle. La señora Elena se sentó a la mesa conversando del Fiero con su marido, y los niños se habrían metido para decir: “Una vez encontró un puma del tamaño de un burro”, y don Teodoro soltó la risa. Al fin la señora había dicho: “Más parece un desgraciado que un hombre malo”, y el patrón, que era muy criollo, le había respondido: “Lo voy a pulsear”, y luego preguntó a los niños por el puma ese y se reía oyéndoles contar en su media lengua. Al otro día, temprano, apareció don Teodoro por la pieza del herido, seguido de la señora Elena: “A ver, a ver ese gran bandido”, dijo entre serio y campechano. Era un hombre alto y grueso, reposado de maneras, en cuya cara blanca, de rasgos españoles, se destacaban unos grandes ojos negros y un bigote coposo. Vestía aún el traje de montar, que era su preferido. “Aquí, patrón —respondió el Fiero, que sabía decir lo justo en su momento—, aquí viviendo por la bondad de mi mamita”. Entonces don Teodoro le dijo a la señora: “Vete tú, Elenita, y déjanos hablar a nosotros de hombre a hombre”. Se fue la señora y los dos se quedaron mirando, aunque no ojo a ojo porque el Fiero tenía uno, tuerto por lo demás, bajo las vendas. Y don Teodoro le preguntó, según su modo de ser, es decir, entre amable y autoritario, por qué se estaba despeñando así y le advirtió además que le dijera la verdad, pues de lo contrario se iba a fregar porque él no admitía cuentos chinos y era bueno que le fuera conociendo desde el principio. Y el Fiero prometió decir la verdad y cosa por cosa lo que le había sucedido. Entonces dijo: “Patrón, ¿usté tiene madre?”, y don Teodoro respondió que sí y el Fiero se puso a contar. Y fue que murió su padre y él se quedó a cargo de la madre, viviendo en una casita de las postrimerías de la Pampa.
       Al lado de la casa tenían un corralito para trigo y otro para maíz. Ahí estaban ahora, la casa llena de goteras y los corrales sin sembrar. Yuyos y ortigas crecían de su cuenta en unos, y otros daban pena. Poco producían los corrales y él tenía que ayudarse cortando leña en el monte y llevándola a vender a Cajabamba —así conoció a la mamita Elena por suerte— o contratándose como peón, haciendo cualquier cosa, lo que fuera, con tal de tener a la madre sin que nada le faltara. Hasta llegó a juntar boñiga seca para un tejero que quemaba con ella sus tejas. Una vez fue contratado por un negociante de ganado que llevaba reses a la costa para que le ayudara en el arreo y en eso aprendió el negocio y comenzó a comprar y vender reses, hoy una y mañana dos, y así fue progresando. En el trajín se alejaba de la casa quince días, un mes. Y tenían un vecino llamado Malaquías, muy maldito, el que por su lado era dueño de un toro que se le parecía. Y el toro saltaba las cercas y se metía al trigo o al maíz de ellos y don Malaquías, que era hombre pudiente, ni siquiera hacía por sacarlo. Estando el hijo ausente, la madre tenía que corretear detrás para que no acabara con las siembras. Así fue aquella vez desdichada. Sólo que el toro había entrado con otros, rompiendo portillo, y en una noche se comieron el trigo. Y amaneció y don Malaquías miraba el destrozo como si no hubiera pasado nada. La madre le dijo: “Me pagará, don Malaquías; ¿por qué no pone en otros sitios sus animales? Usté tiene tanto sitio y no se le da nada. Mi pobre hijo hasta alquila yunta pa sembrar y usté deja que sus animales aumenten nuestra pobreza”. Y don Malaquías, en vez de tener compasión, la insultó y le propinó una bofetada. “¿Qué puta me da a mí lecciones?”, había dicho. Él llegó contento como nunca porque ya tenía doscientos soles y ahora podría comprar más reses y ganar más. Cuando vio el anticipado rastrojo, su madre le explicó: “No sé cómo jue: si los animales de don Malaquías o los de otro vecino”. Y era porque la pobre, madre al fin, prefería tragarse su humillación a que el hijo se desgraciara. Él le dijo: “Ya tendré plata pa hacer un güen cerco: alambre de púa traeré de la costa”. Así son los sueños. El tiempo pasó y él nada sospechaba. Hasta que fueron a una trilla de trigo donde estaba una muchacha a la que había desdeñado por ardilosa. No hay ser más malo que una mujer cuando quiere hacer daño. Medio borracha se puso a decir: “Unos cosechan y otros no; y los que no cosechan son cobardes. Tovía aguantan ofensas a la madre”.
       Él no hacía caso, pero vio que todos lo miraban, por lo que se acercó a un muchacho que era su amigo y le preguntó: “¿Qué hay, si eres mi amigo?”, y como era su amigo tuvo que decirle. Entonces ya no vio nada ni oyó nada. El pecho llegaba a dolerle. De regreso al hogar, su madre le preguntaba: “¿Qué te pasa, hijo, que te veo tan descompuesto?”, y él le contestaba: “Se me hace que bebí mucho”, y la madre estaba intranquila. Y entraron a su casa y él volvió a salir diciendo: “Ya vuelvo”. Don Malaquías estaba en el corredor y, al verlo acercarse, sin duda entendió por la cara y corrió gritando: “¡Mi revólver!”. Él lo alcanzó y agarró del cogote: “¿Creías que tenía miedo?; no lo sabía”. En el pecho de buey se le quedó prendido el cuchillo. Volvió a la casa y la madre lloraba: “¡Qué desgracia… si hasta me había olvidado!”.
       Así se convirtió en criminal y él ponía de testigo a Dios, pues, antes, jamás pensó matar a nadie. Tenía buen corazón y deseaba vivir en paz. Pero a todo hombre le llega su hora mala y unos la salvan y otros no, como a ciertos ríos. Todo depende del vado, es decir, de la suerte. Tuvo que vivir huyendo y huyendo. Es lo peor que le puede pasar a un hombre. Algunos, al saber que había matado, le buscaban pleito para dárselas de machos. Se fue acostumbrando a la maldad y se hundía en su desgracia sin tomar sosiego. Cuando ya nadie le buscó pleito de balde, trataban de cobrarse cuentas viejas y quedó enredado sin remedio… Y como don Teodoro no le preguntó nada especial, él volvió a aplicar su fórmula que afirmaba que “callarse algo no es mentir cuando no preguntan lo que se calla”. Terminando, le dijo al patrón: “Tenga compasión de un desgraciao. Ya ve usté que jue por mi madre. Si no es libertá el preguntarle, patrón, ¿usted qué hubiera hecho?”. Y don Teodoro pensó para responder y dijo: “No sé, no sé lo que habría hecho”. Entonces le tocó al patrón, que era hombre que sabía hablar a la gente cuando convenía. Se ladeó un poco el gran sombrero de palma al rascarse la coronilla con preocupación y luego dijo, así medio campechano, así medio enfadado: “Caray, hombre, caray… Me has metido en un aprieto. En esta casa, por tradición de la familia de mi mujer y de la mía, se concede hospitalidad a quien llega. Elena, encima de la vieja ley, agrega su bondad. Ya hemos cumplido con atenderte, ahora debería dejar que te vayas y mi conciencia quedaría tranquila… pero viene el aprieto: tú me pides protección… por un lado la gente dirá: “está amparando criminales” y por otro yo me digo: “si lo dejo ir, seguirá rodando y quién sabe si era hombre capaz de enmendarse”. Es lo que me tiene caviloso”.
       El Fiero intervino: “Le juro, por mi santa madre, que murió de pena la pobrecita, que me portaré bien”. Entonces don Teodoro pensó y, acomodándose el gran sombrero de palma, dijo: “Espero que será así y desde hoy quedas a mi servicio. Elena te va a dar un terno y un poncho. Está bueno que comiences por botar esos trapos negros…”. El Fiero le agradeció y don Teodoro se fue después de decirle: “Mañana nos vamos al Tuco y la forma de agradecerme no es la palabra sino el comportamiento”. El Tuco era un fundo de caña de la cual se hacía chancaca, situado en el valle de Condebamba. Se fueron, pues. Al pasar por la Pampa, que es un lugar muy poblado, las gentes saludaban a don Teodoro y él respondía: “Adiós, comadre; adiós compadre”, haciendo caracolear al brioso caballo para lucirlo como convenía a su condición de cruzado con árabe. Daba gusto acompañar a un hombre que era tan jinetazo y tan querido. En el Tuco, cuando el Fiero preguntó, los peones le respondieron: “Tiene la mano un poco dura, pero nunca hace injusticias”, y todos lo querían porque el pobre pide en primer lugar justicia aunque sea un poco dura. El Fiero pronto se dio cuenta de que no sólo en el Tuco mandaba don Teodoro. También en la ciudad y en toda la provincia. ¿Quién lo desafiaba? Él era joven y poderoso y los tenía a todos en un puño. El Fiero estaba orgulloso de su patrón y se habría hecho matar por él, y así muchos. Cuando una autoridad de Cajabamba —subprefecto, juez— se portaba mal, el pueblo iba en busca de don Teodoro pidiendo justicia y entonces él, encabezando al pueblo, tomaba a la mala autoridad, la hacía montar en un burro y la iba a dejar, con banda de músicos y cohetes, a las afueras de la ciudad. El expulsado no volvía más. Don Teodoro explicaba: “Si nos quejamos a la capital, no nos harán caso. En Lima se ríen de las provincias y nos llenan de logreros… Nosotros también debemos reírnos entonces”. Pasaban los años y el Fiero se portaba bien y don Teodoro lo seguía protegiendo. Nadie se habría atrevido a capturarlo en el Tuco o viéndolo en su compañía. Todo se sabe en la vida y un día lo llamó el patrón y le dijo: “He sabido unas viejas fechorías tuyas. Cuando me contaste tu vida, tuviste cuidado de callarlas. Debía botarte. Pero veo que no las callaste para engañarme y volver a las andadas en la primera oportunidad sino que, realmente, las callaste porque deseabas componerte… Así que te disculpo”. El Fiero le dijo: “Así jue, patrón, po eso jue”, y se quedó muy impresionado. Seguían pasando los años… ¡El Fiero pegado a su patrón! La de cosas que les ocurrieron.
       Una vez, por el mes de febrero, el río Condebamba se amplió a ocho cuadras en una gran creciente y por los vados tenía diez o doce quizá… El patrón sabía vadear bien, pero el Fiero sabía más y sobre todo de noche. Así llegó un día sábado que era víspera del santo de la señora Elena. Don Teodoro se demoró en desocuparse, porque era sábado de quincena y estuvo arreglando las cuentas y pagando a la peonada. Cuando terminó, ya había oscurecido y una lunita faltosa, que más parecía una amarilla tajada de mamey, trataba de alumbrar saliendo a ratos sobre los pesados nubarrones del cielo invernal. Y el patrón dijo: “Vamos, Fiero, ahora se conoce a los hombres”. Y el Fiero respondió: “Vamos, patrón”. Ensillaron los mejores caballos. Mientras iban hacia el río, que pasaba a media legua, el patrón decía muy satisfecho: “Con este tiempo, Elena no me espera sino mañana. Le vamos a dar una linda sorpresa de santo”. El Fiero respondía que sí, por no flojear, pero interiormente pensaba que se estaban metiendo en honduras aun antes de entrar al río. Al llegar al río se encontraron con que había comido orilla formando un gran escalón. Entonces fueron hacia arriba, por la ribera, en busca de vado. Y no lo había y por todas partes parecía estar muy hondo. Al fin hubo orilla en declive y entraron. El Fiero, como gran chimbador, adelante. Chapoteaban los potros y luego el agua fue aumentando y el piso se ahondó. De pronto, ¡plauch!… y luego, ¡plauch!… El agua borboteada por los pechos de los caballos, que habían caído en una zanja profunda. “¡Está hondo, Fiero!”. “¡Está jondo, patrón!”. Pero ninguno habló de volverse. Siguieron, pues, siguieron con el pecho de los caballos rompiendo el agua, avanzando contra la corriente, que si se marcha a su favor en parte honda los caballos pueden resbalar y ser fácilmente arrastrados. No hay nada peor que un caballo débil o asustadizo que toma de bajada. Llegará un momento en que será arrollado. Tanto el Fiero como el patrón tenían buena cabeza y podían mirar el agua. Negra, convulsa, ondulando en algunos sitios y arremansándose y corriendo casi plana en otros. Los viajeros que se marean deben mirar hacia el cielo o la lejanía en tanto que su caballo es remolcado con una soga por el chimbador. De otro modo, la cabeza les da vueltas junto con el mundo y terminan por vomitar y caerse en medio del río. Ellos miraban, pues, el agua y el agua estaba rabiosa y densa.
       Toda apariencia es engañosa y así pasa con la de los ríos. El sitio donde se agita y ondula más fuertemente el agua es donde tiene menos hondura y facilita el paso. Las ondulaciones son producidas por la cercanía de las piedras del fondo. Al contrario, el lugar de aspecto tranquilo, allí donde el agua corre blandamente, es peligroso por su hondura y puede tragarse con facilidad a caballo y jinete. El río Condebamba, en tiempo de invierno, se llena y tiene todo el ancho de su cauce cubierto de agua, encontrándose peligrosamente dividido, por lo bajo, en canales, en brazos, en zanjas, en recodos, que a su vez tienen pozas y remolinos. De repente, el agua llega sólo a los corvejones y de repente puede tapar al jinete. Era hermoso y riesgoso cruzar ese gran río. Se ha de tener caballo fuerte, ojo experto y sangre fría. Avanzaron, pues, contrando y salieron de la zanja. El agua pasaba ya al pie de los estribos. De toda la amplitud del río, de allá para acá; de arriba para abajo, hasta donde alcanzaba la vista, se elevaba un murmullo monótono e interminable, parecido a un rezongo o a una advertencia dicha en voz cascada. La luna se animó a alumbrar un poco y el Fiero oteó los pasos. Como el agua en ese sitio no era caudalosa, tomaron de bajada, para sortear unos canales y pozas que se notaban un poco después. Y los bordearon, que el pedrerío se había amontonado más abajo, formando una especie de muro de represa. Luego tomaron de subida, el agua se ahondó y los caballos levantaban los hocicos para no sumergirlos. Los jinetes tenían las piernas empapadas y sentían la dentellada terca del agua en las carnes y abajo la vacilación del piso de piedras y cascajo. “¡Ballo!”, “¡ballo!”, gritaban alentando al haz de nervios tensos que eran los potros. Éstos se encrespaban, avanzaban como tentando el piso, resoplando inquietamente. El agua, de rato en rato, parecía crecer, parecía abultarse e hincharse, parecía volverse inmensa. Sin duda estaba lloviendo más arriba. Una avenida comenzaba a llegar. Podía traer inclusive palos. Entonces estarían perdidos. “¡Ballo!, ¡ballo!”. Sus voces sonaban dura y enérgicamente en la noche. Salieron una vez más de otra parte honda. Y estuvieron de arriba para abajo, con bastante fortuna, eludiendo malos pasos o venciéndolos cuando no había otro remedio. Ya se encontraban más allá de medio río y notaron que el agua se había cargado hacia esa parte, formando grandes bancos de piedras y arena y hondos brazos. La luna se opacó entre nubes deshilachadas y no se veía muy bien. Y el Fiero se hallaba al filo de un banco escrutando el agua, cuando de repente, ¡ploch!, se hundió. El deleznable banco cedió y caballo y jinete se perdieron en un hondo brazo.
       Chapoteó el caballo tratando de nadar, el jinete lo aligeró de su peso tirándose a un lado y ambos fueron arrastrados por la corriente. ¿Qué había hecho, el patrón Teodoro? El patrón iba inmediatamente detrás, ceñido a sus baqueanos, y ahí estaba que ahora tenía que entendérselas solo. Los vio desaparecer en la distancia y, pensando que acaso saldrían más abajo, llamó: “¡Fiero! ¡Fieroooo!”. Sólo le respondió el rumor tenaz del agua embravecida. Él sabía vadear también y resolvió pasar de todos modos. Tomó hacia arriba, ladeándose un poco para el centro del río a fin de alejarse de los filos del banco que podían ceder. Su caballo estaba nervioso y a cada momento quería hacer una locura, es decir, continuar por donde desapareció el guía. Más arriba, la corriente se aplacaba y el brazo tomaba amplitud. Pasaba que, allí donde se hundió el Fiero, el brazo se había encajonado acumulando violencia en el declive. Don Teodoro lo vio así a la luz de la luna que había asomado de entre las nubes. El agua prieta se torna menos fiera a la luz de la luna, pues sin platearse, revuelve claridad en las ondas amenguando el negror de su limo. El jinete solitario oteó los pasos y, fijándose, entró. Resoplaba y se afanaba el caballo valiente y él tenía que templarle las riendas para que no se atropellara y cayera en alguna poza. De repente, porque así sucede en los ríos, ya estaba al otro lado. Apenas tenía que pasar un canal de agua bullanguera de puro escasa. Pasó, pues. ¿Y qué hizo el patrón? El Fiero lo recordaba siempre y estaba orgulloso de esa búsqueda. El patrón galopó por la ribera hacia abajo, llamando: “¡Fieroooo! ¡Fierooooo!”. El valle era plano y los cerros distantes, de modo que no contestaba ni el eco. Sólo el rumor del río, tenaz y ronco. Entonces el patrón encendió una fogata con una caja de fósforos que, por precaución —era bien baqueanito—, se había metido en el bolsillo más alto del saco. Secó sus ropas y las caronas y el pellón —al cuero, no hay que calentarlo porque se encarruja—, dando lugar a que el caballo descansara un poco. Apenas clareó el alba ensilló y partió de nuevo hacia abajo. Llamando siempre, pensando en encontrar a su Fiero. Y como no le respondía se había dicho: “Quizá encuentre el cadáver para darle sepultura”. Vaya, si cuando se acordaba de ese hombre, de no ser el “mentao Fiero Vásquez”, se hubiera puesto a llorar. En tanto, ¿qué le pasó al mismo Fiero? Al verse en el agua se cogió al pescuezo del caballo y sintió que el agua estaba muy honda, pero el caballo flotaba nadando fácilmente. Mas se había asustado y no se dejaba manejar. Él templaba de las riendas hacia un lado para tratar de sacarlo del brazo, pero el caballo nadaba a favor de la corriente y seguía por el centro de ella, es decir, por medio brazo, sin pensar que de ese modo no podría detenerse. “¡Ballo, quieto!”. No hacía caso. Seguía chapoteando como un condenado. Y es fácil avanzar así. Ya estaban muy abajo. Salió la luna y el Fiero le esperanzó en que el caballo vería los árboles de las orillas y trataría de dirigirse a ellos. Pero el caballo no veía nada y no pensaba en nada. Estaba como loco. El Fiero consideraba a ratos la peligrosa posibilidad de botarse el poncho, soltarse del pescuezo e intentar la salida a nado, pero después se decía: “No es cosa de abandonar al caballo, tovía no ha llegao a ponerse del todo mal”. Y cada vez estaban más abajo y el caballo, que había perdido su entereza, parecía muy cansado y por poco se abandonaba ya. De pronto el río, cargado a la derecha, torció su mayor caudal hacia la izquierda y el brazo recibió el contingente de varios más y con todo ímpetu se abalanzó sobre la otra orilla. Y a ella fueron a dar el Fiero y su caballo y en ella vararon como unos leños. Los que están por ahogarse se salvan siempre así, en forma inesperada. El jinete soltose rápidamente empuñando las riendas y el potro obedeció su jalón y salió andando de modo trémulo y receloso. “¡Fiero, éste es otro escape que se lo vas a apuntar a la suerte!”. Sentose a la orilla y, esperando que el caballo se repusiera, pensaba en su patrón. Tal vez se habría hundido y pasaría más allá sin que él lo viera, confundido en la oscuridad de las aguas. De todos modos, un caballo es notorio y de pasar lo habría visto. Aunque quizá el caballo salió solo. O tal vez habían salido los dos y el patrón siguió su camino dándolo a él por muerto.
       Clareó el día y no veía ningún hombre por ningún lado. Sólo agua en el río y en las orillas árboles ralos. Un poco más abajo de donde se hallaba, se retorcía un gran remolino donde bien se pudo ahogar si no vara. Tuvo suerte al flotar en el chiflón de más corriente. Así es el destino del hombre. No le habría importado encontrarse en la orilla de partida de no ser por la ausencia del patrón. ¿Qué sería de él? ¿Qué sería? Se puso a arreglar el caballo lentamente. De pronto sonó una voz: “Oooo”… “Oooo”… lejos, muy lejos. Y a poco rato el grito se fue acercando y después le pareció que surgía a su lado. Era ésa la voz. El propio don Teodoro apareció luego en la otra orilla. Gritó a su vez el Fiero y fue visto y ambos agitaron los sombreros, haciéndose señas. Caminaron ribera abajo hasta que el agua volteó otra vez hacia la derecha, pero blandamente, formando un vado ancho. Pocas partes hondas había y por esto, y el placer de verse y la luz del día, chimbar fue fácil. El Fiero pasó jineteando un caballo que de nuevo era gallardo. Al encontrarse con el patrón, contáronse sus penurias, comieron unos frutos de zapote dulce que había por allí y siguieron viaje. Atrás quedaba el río ancho y solapado, negro de lodo, repleto de aguas matreras que enturbiaba para impedir que los cristianos vieran las profundidades voraces. Lo habían cruzado una vez más, con valor y destreza, y la misma emoción de sufrimiento y triunfo los aproximaba cordialmente…
       Seguía pasando el tiempo. Una vez, estando en Cajabamba, don Teodoro lo llamó en presencia de varios de sus amigos y le dijo: “Debo esta plata a Luis Rabines y se la vas a llevar; él está en su hacienda”. Le entregó dos mil soles contantes y sonantes y el Fiero los echó a su alforja, ensilló su caballo y partió. Caminó un día para entregar el dinero y por la tarde del siguiente llegó de regreso. El patrón lo recibió con naturalidad, sin comentar nada, dándole a entender que no había dudado. Los sirvientes le refirieron más tarde que los amigos habían dicho: “¿Por qué haces eso? ¡Éste se va a fugar con el dinero!”. Don Teodoro les respondió: “Él ha vuelto a ser un hombre honrado”. Esa noche, en la soledad de su cuarto, el Fiero sí lloró, lloró de gusto. Se tenía fe en él. Se confiaba en su honradez; se lo había rehabilitado. El Fiero, para mejor, encontró quien lo quisiera en Gumercinda, muchacha agraciada que era hija de uno de los peones del Tuco, y le comenzó a encontrar gusto a la vida, que le parecía muy buena. Un día quiso irse a sus tierras de la Pampa, y su patrón le dijo: “¿Crees que te han perdonado ya? Espérate otro tiempo todavía. A los hombres les disgusta mucho que alguien que ha caído se rehabilite, triunfe y llegue a ser más que ellos. No te muestres todavía por ahí: hay que conocer el negro corazón humano”. El Fiero pensó que acaso el patrón no quería dejarlo ir para que le trabajara y lo estimó menos. Se dijo al quedarse: “Le tengo una deuda de gratitud que voy a pagarla con otros cuantos años”. No hay que dejarse llevar del primer impulso y la vida hace ver lo que no se quiso ver desde un comienzo.
       Y en esos años pasaron muchas cosas y el Fiero se olvidó de que se había quedado por pagar algo. Lo más notable fue la toma de Marcabal, hacienda de la familia de la señora Elena. Mediante turbias maniobras cayó en manos de un mal hombre que, tratando de adueñarse de ella, armó gente y se puso a administrarla como cosa propia. Los dueños pensaron meter juicio, pero don Teodoro dijo: “¿Juicio? Durará veinte años… yo voy a tomarla”. Para un gallo hay siempre otro gallo y don Teodoro armó también a su gente. Quince hombres bien templados, para qué. Se fueron, pues. El usurpador tenía noticias de la expedición y puso vigilantes.
       Desde el lugar llamado Casaguate, cada legua, fueron tropezándose con un indio que tenía por misión correr hasta donde encontrara otro, que debía correr a su vez a dar aviso al siguiente, que partiría también hasta el lugar del cuarto y así sucesivamente, formando una cadena. Pensaban los ocupantes de Marcabal que de ese modo podrían tener conocimiento pleno de los movimientos de don Teodoro y estar prevenidos para repeler cualquier ataque. No contaron con que los indios querían a don Teodoro. Así fue como el primer vigilante, en vez de echar a correr apenas los columbró para dar aviso al siguiente, esperó con tranquilidad y cuando estuvieron cerca se adelantó a saludar a don Teodoro, sombrero en mano: “Güenos días, patroncito”. Él le preguntó: “¿Qué haces aquí?”, y entonces supieron todo y el indio se plegó a la expedición. Con el siguiente pasó lo mismo y así con todos los que iban encontrando. Algunos decían: “Ay, patrón, usté viene a salvarnos de ese maldito”, y contaban los abusos que cometía respaldado por la gente armada. Don Teodoro los consolaba y decía a sus acompañantes: “Ésta es la historia mal aplicada. Ese bruto se cree un inca y vean lo que le están resultando los chasquis”. Porque en tiempos antiguos hubo unos tales incas que usaban cadenas de mensajeros llamados chasquis. Avanzaban, pues, y los chasquis ya eran ocho caminando tras la expedición. Así subieron una cuesta muy empinada. Una legua antes de llegar a la hacienda encontraron al último chasqui. Entonces el patrón, que conocía mucho la hacienda, dijo: “La sorpresa debe ser completa. No lleguemos por el camino acostumbrado: hay que dar vuelta por la Loma del Cando”. Y apartando camino, entraron a unos potreros y caminaron por las hoyadas para no ser vistos desde lejos. Pronto llegaron a la loma, donde en verdad había muchas amarillas flores de cando y las casas de la hacienda, muy grandes, ya no estaban ni a dos cuadras. Todo parecía en paz y ellos pensaron que aun sin el aviso de los chasquis, acaso los aguardaba una emboscada. Entonces el patrón, poniéndose a la cabeza de su gente, dijo: “Entremos al galope y atropellemos si es posible”. Y entraron, pues, al galope, como un ventarrón, de modo que el centinela, que estaba sentado en las gradas de la casa más grande, apenas tuvo tiempo de levantarse para disparar sobre don Teodoro, pero ya llegaba el Fiero que, levantando su fusil, tendió al centinela de un culatazo en el cogote. Allí quedó exánime. ¿Y la pelea que debió venir? Nada, ni un tiro… La casa estaba sola.
       Entraron a las habitaciones sin encontrar a nadie. En la cocina se aclaró el misterio. Las indias que estaban allí preparando la comida les informaron que los ocupantes, confiados en sus medidas, se habían ido tranquilamente a bañar y nadar un poco en la quebrada que corría cerca. Inclusive habían dejado sus armas, veinte rifles, encargando al único vigilante que los fuera a llamar si sabía algo. Don Teodoro ordenó a sus acompañantes que tomaran esas armas, que fueron encontradas en un cuarto, y luego les dijo: “Vamos a divertirnos un poco, muchachos”. Avanzaron hacia la quebrada y, desde lejos, distinguieron a los confiados. Se los podía rodear y apresar, pero el patrón no quiso hacerlo. Estaban muy alegres. Don Teodoro dijo a su gente: “Dos descargas al aire, muchachos”. Y los quince hombres dispararon sus rifles y los bañistas se sobrecogieron de pánico. Cogiendo sus ropas y sin hacer siquiera por ponérselas, echaron a correr, desnudos, por los campos. Los indios de los alrededores, al oír las descargas, se asomaron a la puerta de sus casuchas a ver qué pasaba. Y don Teodoro ordenó a sus hombres, que se morían de risa: “Sigan disparando”. Y los calatos corrían y corrían por un lado y otro, hasta que fueron desapareciendo tras matorrales y pedrones, desde donde surgían ya vestidos, para continuar su fuga. En media hora no quedó uno a la vista. De regreso a la casa, se encontraron con que el exánime acababa de volver en sí, atendido por las indias. El pobre hombre creyó que lo iban a matar. “¿Piensas que soy de la calaña de tu jefe?”, le dijo don Teodoro. Y luego, sin que acabara de salir de su asombro: “Vete, vete inmediatamente… Y dile a ese perro de Carlos Esteban —así se llamaba el usurpador— que no lo he matado de lástima”. De tales salidas tenía el patrón. De ese modo era el tiempo en su compañía. Aún recordaba el Fiero las veinte gallinas fritas que prepararon las indias cocineras para agasajar a don Teodoro y su gente. Se las asentó con unos largos tragos de pisco. ¡La vida era muy buena!
       Y pasó el tiempo y llegó el tiempo en que el mismo patrón vendió el Tuco y compró la hacienda Marcabal a la familia de su mujer. Entonces el Fiero le pidió que lo dejara irse a vivir en sus terrenitos y el patrón le dijo: “Vete, y acuérdate de lo que te hablé”. No obstante, todo parecía favorable. Hasta los parientes de don Malaquías se habían marchado. Verdad que la pequeña propiedad estaba en ruinas, pero el Fiero y Gumercinda, que ya tenían un hijo, bregaron duro para retechar, desyerbar, remedar cercos y ablandar la tierra apelmazada.
       En eso, una comisión del pueblo de Cajabamba fue a buscar a don Teodoro a su nueva hacienda para pedirle que aceptara la candidatura a la diputación por la provincia. Nadie se atrevió a disputársela y fue elegido y se marchó a Lima. Y el Fiero tuvo mucha pena, pues apreciaba la presencia de don Teodoro en la región como una compañía. Se sintió solo y hasta le pareció que rondaban en torno a él, que lo espiaban. Resultó verdad. Una tarde, en circunstancias en que se hallaba aporcando el maíz, un hombre que pasaba como un simple transeúnte se paró de súbito junto al cerco, sacó su revólver y le hizo un tiro. El Fiero se arrojó al suelo fingiéndose muerto a la vez que se llevaba la mano al revólver. El atacante, sin despegarle la vista empujó la tranquera y se dirigió a él, con el arma empuñada, seguramente decidido a rematarlo. El Fiero continuaba inmóvil, pues sabía que el menor movimiento significaba la muerte. Pero el atacante debió pasar una ancha acequia y cuando miró el sitio por donde iba a saltar, en ese mismo instante, el Fiero aprovechó para sacar el revólver y dispararle. Cayó dentro de la acequia con el pecho atravesado. Todo había ocurrido en tiempo brevísimo. Atraídos por la curiosidad, llegaron algunos vecinos y unos arrieros que pasaban. Su mujer ya estaba junto a él, sin saber qué hacer. “¿Usté lo conoce? ¿Quién es? ¿Por qué lo ha matao?”. Y el Fiero contó cómo había pasado y dijo además, que no conocía al muerto. Y en verdad: nunca había visto a ese hombre o por lo menos no lo recordaba. Pero los vecinos se pusieron a comentar agresivamente: “Eso dice, pero falta ver si es cierto”. “¿Quién no sabe que mató a don Malaquías?”. “Estuvo llevando mala vida hasta que don Teodoro lo compuso”. “Aura que don Tiodoro se jue, vuelve a la maldá”. “Vámonos, no nos vaya a matar”. “Habrá que dar parte al juez”. Gumercinda se puso a llorar y también, sin saber de lo que se trataba, gimió desesperadamente su pequeño hijo. Había matado en defensa propia, pero de nada le valdría. Nadie lo quería perdonar. Era cierto, cierto lo que le dijo el patrón. ¡Y el patrón estaba tan lejos! El Fiero vio su vida deshecha, abrazó a su mujer y a su hijo y se fue, prometiéndoles volver. A los seis meses regresó y encontró la casa vacía. Un peón del Tuco le contó que Gumercinda fue llevada a la cárcel como cómplice y que su hijo murió en la misma cárcel, con la peste. Que los gendarmes habían violado a Gumercinda entrando de noche a la celda donde estaba encerrada y a consecuencia de eso se enfermó de un mal muy feo y tuvo que decírselo al padre cuando éste fue a verla.
       Había llorado mucho la pobre. El padre, de vuelta al Tuco, comentó: “Yo le advertí que no se enredara con ese maldito criminal”. Pero Gumercinda ya no estaba en la cárcel. El juez le había ofrecido su libertad a cambio de que fuera a servir de cocinera en su casa y ella, viéndose tan mal y sin tener cuándo salir, había aceptado. Se encontraba, pues, de cocinera, en casa del juez. Si un puma le hubiera estado royendo el corazón, el Fiero lo habría sentido menos. Si eso hacían con su pobre e inocente mujer, quién sabe lo que harían con él. No había, pues, perdón en el mundo. Y como el mal llama al mal, él volvió a ser lo que había sido… y peor…
       El Fiero Vásquez terminaba su relato. Habían salido a escucharlo Casiana y Paula y también estaban allí el regidor Toribio Medrano, el joven Calixto Páucar y otros indios que pasaban por la calle y fueron, uno a uno, deteniéndose. Recién se notaba todo eso porque mientras Vásquez habló, lo escuchaban hasta con los ojos.
       —Me puse a matreriar —continuó el Fiero— y una vez me encontré con uno que era de la banda de la puna de Gallayán y me fui. Ahí aprendí todo lo que no sabía. Tuve suerte de volar antes que pescaran a los de esa banda, que dicen que tuvieron muy fea muerte…
       El tiempo había corrido sin sentirlo. El ocaso estaba ya prodigando su cotidiana orgía de color. En ese momento pasaban a caballo, yendo hacia la puna, el gobernador Zenobio García seguido de tres hombres. Todos llevaban carabinas. García vio al Fiero, saludó a Rosendo y continuó de largo. O no se atrevió a tomar al bandido o iba derecho a hacer otra cosa. Vásquez se llevó la mano al revólver y estuvo atisbando a los jinetes hasta que se perdieron tras la curva lejana. Luego prosiguió, clavando en el alcalde su ojo pardo y también su ojo de pedernal:
       —Aura acabaré luego… ¿Qué quiere que haga, don Rosendo? ¿Volver onde mi patrón Teodoro? Él ya está en su hacienda, poque un diputao como él no pudo seguir, que la elección pa una segunda vez se la ganaron en Lima. ¿Pero cómo voy? Aura es distinto. En ese tiempo, en la otra oportunidá, yo no vivía tan inculpao. Aura iría a comprometerlo… La piedra que rueda no acaba sino despedazándose o cuando llega al fondo. Yo no me termino de despedazar tovía y rodaré hasta mi fondo, que será la sepoltura… ¿Qué hago?
       Rosendo Maqui, preocupadamente, se golpeó con su bordón de lloque el filo de las ojotas y dijo:
       —Es lo que pienso… Usté sabe que siempre lo recibimos con güena voluntá… Si usté deja esa vida, podremos tovía. ¿Qué tendría que usté cultivara la tierra? De otro modo, sería difícil recibirlo aquí. Tenemos juicio y eso es delicao. Quién sabe, usté comprende, se empuñen de que usté llega pa acá y digan que somos apañadores cuando muy menos.
       El Fiero sonrió tristemente mostrando sus dientes blanquísimos y miró a Casiana. Junto a la puerta estaba su mujer de ahora, buena, codiciable a pesar de no ser buenamoza. Tenía el atractivo del vigor. Su silencio de puna la ceñía obstinadamente, con acrecentada tristeza. Ya no podría venir a verla. El proscrito lo era más cada día. Pero él había llegado a Rumi, esa tarde, precisamente para hablar con Rosendo…
       —Yo, casualmente, de lo del juicio venía a hablarle. Es de cuidao, como amigo le digo que es de cuidao. No me pregunte cómo sé, pero andan metidos con don Amenábar este perro del Zenobio que acaba de pasar y ese otro sinvergüenza del Mágico… En parlas andan, en conversas; yo le digo que es de cuidao. ¿Ónde cree que va el Zenobio a estas horas? ¿Y con carabinas y guardaespaldas? ¿Por qué? Nunca han tenido carabinas. Seguro que hoy se quedan en Umay… ¿De ónde tanta amistá?… Yo lo sé y no me pregunte cómo, don Rosendo. Usté quiere que siembre. A lo que resulte, ni Dios permita, puede que ni ustedes tengan ónde sembrar…
       Rosendo Maqui trató de mantenerse grave y digno. Doroteo Quispe miraba a su amigo como diciendo: “Éste es un hombre al que no se le escapa nada”. Casiana pensaba en el alejamiento de su marido con una angustiosa crispación de su cuerpo. Los demás no terminaban de comprender, sospechando que el bandido estaba en el secreto de grandes y trágicos destinos…
       Ya había caído la noche, en el corredor ardía un candil y todos guarecieron sus dudas en un mutismo lleno de pensamientos. Doroteo Quispe, a fin de desensillar, preguntó a su amigo si se quedaba y él respondió:
       —Me iba a quedar, pero no traje mi carabina y no sea que el Zenobio y sus gentes, alentaos con sus armas, estén por ahí dando la güelta pa caerme de noche sobre dormido. Me voy aura mesma…
       El Fiero Vásquez revisó la carga de su revólver, arregló su caballo y partió. A poco trecho se diluyó en la sombra…


5
El maíz y el trigo

      Rosendo Maqui se fue considerando las palabras del bandolero. ¿No habría callado algo esta vez también? Eran duras sus palabras y, viniendo de él, había que pensarlas dos veces, o cuatro veces. Más bien cinco: llamaría a consejo esa noche. Los regidores ayudarían a la suya con sus cuatro cabezas y compartiría con ellos una responsabilidad capaz de agobiar sus viejas espaldas.
       Comió masticando el trigo y la cancha junto con graves pensamientos. Juanacha trató en vano de conversar un poco, haciendo tal o cual pregunta con su voz metálica. Rosendo respondía sí o no y volvía a su mutismo. Anselmo callaba respetando la evidente preocupación y el marido de Juanacha, llamado Sebastián Poma, callaba como de costumbre. Éste, después de la comida, fue a tocar la campana por orden del alcalde. Candela, entretanto, se hartaba de abundantes sobras.
       Lan… lan… lan… lan… Los cuatro toques, enérgicos y precisos, bien separados para que se pudiera advertir su número claramente, colmaron la hoyada y repercutieron en los cerros. La noche quedó llena de su inquieto zumbido. Brotaban los comentarios por todo el caserío. “Llaman a consejo”. “Será pa acordar la cosecha”. “No, si va pa malo el juicio de linderos”. “No será”. “Así dicen”. “Poray pasa el regidor Medrano”. “¿Y pa qué meteríamos onde ése? No es de aquí”. Como para que no quedara ninguna duda, las cuatro campanas volvieron a infiltrarse nítidamente en la noche.
       Y llegaron a la casa del alcalde, primero Porfirio Medrano, después Goyo Auca, luego Clemente Yacu y por último Artidoro Oteíza.
       Medrano era aquel montonero azul que se avecindó en Rumi al enredarse con una viuda. Ella le curó con delicada solicitud la grave herida que recibiera en una pierna y el postrado supo perdonarle su cuerpo marchito en aras de la bondad. El marido tenía mucha más edad que Medrano y había muerto ya. Medrano pasó a la ofensiva entonces y logró convencer, de las ventajas de ser guiada por la experiencia, a una mocita de veinte años. Le había dado varios hijos. Como se ve, Medrano echó en Rumi hondas raíces. Dejó enmohecer el mellado sable y usaba su viejo rifle Pivode para cazar venados. No obstante su apellido, describía a sus padres como indios y él mismo, sin tener que afirmarlo, era un indio. Su cara cetrina de rasgos duros y su amor por la tierra convencían de ello. Sólo que, a veces, sorprendía con súbitos estallidos de humor y entonces Maqui, que lo había estudiado mucho, sospechaba una sangre cruzada. Le hacía recordar a su querido hijo Benito Castro.
       En cuanto a Goyo Auca, a quien vimos un tanto en reciente viaje, poco habría que decir. Era pequeño y duro como un guijarro. Disparado por la diestra mano de Rosendo, podía resultar inclusive contundente. Muy adicto al alcalde, aquel “cierto, taita”, que le escuchamos en ocasión pasada, surgía siempre como expresión obligada de su reverencia y acatamiento cada vez que Maqui le participaba sus convicciones. Su fuerza no estaba en relación con su pequeñez y siempre iba adelante en las faenas agrarias, resoplando y pujando para hacerse notar. Era su modo de ser vanidoso.
       Clemente Yacu tenía arrogancia y buen sentido. Con el sombrero de paja a la pedrada y el poncho terciado sobre el hombro, caminaba erguida y calmosamente y decíase de él que sin duda sería alcalde andando el tiempo. De cierto, en ese caserío lento, su caminar personal y el del tiempo no se apresuraban mucho para darle el cargo. Yacu se distinguía por su conocimiento de las tierras. “Güena pa trigo” o “güena pa maíz” o “güena pa papas”, decía con seriedad mirando en la palma de la mano un puñado de tierra cuando se trataba de la rotación de cultivos. Y su dicho resultaba verdad.
       Artidoro Oteíza era blanco y su apellido tanto como su color denunciaban ascendencia hispánica. Sin embargo, sus padres y los padres de sus padres fueron comuneros y no había noticias próximas de mestizaje. Maqui vio salir muchos blancos por ese lado de los Oteíza. Quién sabe qué lejano conquistador, allá por los comienzos del dominio, cimbró el espinazo de alguna moza india y su raza rebrotaba tercamente de tiempo en tiempo. Oteíza hacía en todo como todos los comuneros y nadie lo sentía ajeno al pueblo de Rumi. Gustaba de los animales, y, como era forzudo, se distinguía en los rodeos. Su desgreñado bigotillo se encrespaba sobre unos labios reilones.
       Los tres últimos eran también casados, que de otro modo no habrían podido ocupar cargos de tanta importancia. Tenían igualmente hijos y aunque la tradicional ley comunitaria no exigía contar con descendencia para otorgar el mando, les daba el carácter de hombres que debían pensar “en nosotros” y estaban por eso más vinculados al destino del pueblo.
       Esa noche, cuando llegaron, Juanacha ya había terminado de lavar ollas y mates, y tanto ella como su marido y Anselmo no estaban a la vista. En el fogón, contados leños elevaban una llama inquieta, de escaso fulgor. Rosendo invitó a los regidores a sentarse en el poyo de barro, les brindó coca de un gran talego casero y habló. De cuando en cuando, arrojaba algún leño para mantener la llama negligente. La luz brillaba en las caras cetrinas y entraba en la de Oteíza avivándole el color encendido. Los ponchos la recibían gratamente en sus múltiples listas y la falda de los sombreros enviaba la copa hacia la sombra.
       Rosendo relató, con voz grave y calmada, su gestión ante Bismarck Ruiz, de la cual era testigo el regidor Goyo Auca. Éste, naturalmente, no dejó de intercalar su: “cierto, taita”. Enseguida dijo de los presagios de Nasha Suro, que sin duda todo el caserío sabía ya. Para terminar, se refirió a los informes o más bien sospechas del Fiero Vásquez, relatando de paso la situación indecisa en que había quedado la posibilidad de su llegada a Rumi, de todo lo cual era testigo el regidor Porfirio Medrano. Como remate de su larga y expositiva peroración, durante cuyo transcurso se habían consumido varios leños, dijo que él tenía sus propias ideas sobre cada una de esas cuestiones, pero quería escuchar las de los regidores a fin de estar de acuerdo. Se trataba, nada menos, que del destino de la comunidad.
       Los regidores mantuviéronse callados durante un momento, como tomándole el peso a la responsabilidad de su propio juicio. Porfirio Medrano, muy seguramente comenzó:
       —¿Quién no conoce onde esos gamonales? Yo digo que recordemos ese dicho: “La mucha confianza mató a Palomino”. La verdad es que naides experimenta en cabeza de otro. Lo más malo se puede aguardar cuando se trata de gamonales. He visto, he sentido… Mi agüelo perdió juicio de aguas que le ganó un gamonal. ¿Y qué iba a hacer el pobre viejo sin la agua? Tuvo que venderle la tierra a precio regalao. Mi taita vivió en arriendo, penando. Aquí todos han visto, pero no han sentido… Si ese Bismar Ruiz es borracho y está enmujerao me parece malo… Lo de Nasha… güeno. Yo recuerdo toda laya de anuncios que hizo ella. Unos resultaron y otros no… así son los adivinos. El dicho del Fiero me parece más fregao. Ese tal Zenobio, claro, puede meterse; del Mágico, no digamos…
       Todos intervinieron en la consideración del problema. Unos recordaron al hermano de Nasha, que era muy entendido, y Rosendo mencionó, haciendo justicia, al padre, famoso en la región. A pesar de todo, fue dejada de lado… ¿Cambiar a Bismarck Ruiz? ¿Con quién? Éste era el caso. El Araña estaba en la parte contraria y conocido era que los otros defensores apenas sí podían escribir. El Fiero Vásquez sabía mucho, a la verdad. Contaba con espías por todas partes. ¿Pero podía creérsele del todo? ¿No sería él también un agente de Amenábar? La sospecha los inquietó vivamente. Y así estuvieron hablando mucho rato. Los fogones del caserío se habían apagado. Algunos comuneros despiertos miraban la candelita de Rosendo y decían:
       —No será de las cosechas que hablan tanto…
       Al fin, decidiéndose a resolver, el consejo acordó enviar a Goyo Auca, al día siguiente, donde Bismarck Ruiz para pedirle informes amplios. Eso era lo práctico. Por su parte, Rosendo podía despachar a Mardoqueo para que, so pretexto de vender sus esteras, espiara las actividades de Umay. Y toda la comunidad, en previsión de lo que pudiera ocurrir, efectuaría las faenas del tiempo. Porfirio Medrano informó que la chicha para la cosecha estaba lista ya.
       —Podemos comenzar mañana mesmo con el maicito…
       —Pasao mañana —dispuso Rosendo—, aura no hay tiempo pa avisar…
       Los regidores se marcharon cuando la luna había salido ya. Rosendo cubrió el fogón con un viejo tiesto y se fue a acostar.

       El trigal y el maizal formaban una gran rondalla pulsada por un eufórico viento. Densos y maduros estaban los trigos, clavados en la gran chacra de la ladera como dardos disparados desde el sol. Cada maíz parecía un gringo barbado y satisfecho. Lo humanizaba todavía más la adivinanza de la época:

En el monte monterano
hay un hombre muy anciano:
tiene dientes y no come,
tiene barbas y no es hombre… ¿qué será?

       Era y no era hombre. Todos sabían que se trataba del maíz. Planta fraternal desde inmemoriales tiempos, podía ser considerada acaso como hombre y si se le negaba tal calidad, porque a la vista estaba su condición vegetal, era grato dudar y dejar que se balanceara, densa de auspiciosa bondad, en el corazón panteísta.
       Marguicha cumplió su turno en la ordeña y estaba ya “librecita”, esquiva y alegre ante el asedio de Augusto. Se sabía la muchacha más linda de la comunidad y no lograba decidirse por ninguno de los tantos mocetones que la requerían.
       —Mañana cosechamos, Marguicha…
       —Mañana, Augusto…
       Ella recordó la adivinanza del maíz y le preguntó si conocía alguna. En respuesta, él entonó un dulce huaino. Ésta fue la sencilla y hermosa flor rural que colocó sobre el pecho tembloroso de Marguicha:

Qué bonitas hojas
de la margarita,
qué bonita planta
para mi consuelo.

Qué bonitos ojos
de la Margarita,
qué bonita niña
para mi desvelo.

Ser de mi pobre cariño,
palomita,
como la planta llamada


       Decía “ser de mi pobre cariño”. No importaba. Marguicha le entendía perfectamente. Sabía trovar Augusto. Era a su Marga, Marguicha, Margarita, a quien cantaba. La margarita silvestre de verdes hojas duraba aún, florecida, consolándolo del estío. La Margarita de ojos negros lo desvelaba en cambio, pero él, pese a todo, quería trocarla en siempreviva para su amor…
       Sentados sobre el cerco de piedra contemplaban el maizal.
       Estaba muy impresionada Marguicha, pero no se decidía a abrazarlo. ¿Era a Demetrio a quien quería? De repente lo cogió de un brazo y, dando un pequeño grito, lo soltó y echó a correr hasta su casa. Había temor y contento en ese grito. Augusto no sabía qué pensar y se puso algo triste.

       Noche cerrada ya, Goyo Auca volvió del pueblo. Había encontrado a Bismarck Ruiz en su despacho, trabajando. El defensor decía que los demandantes estaban confundidos y no sabían qué hacer. La prueba de ello era que no contestaban todavía. Nada tenía que ver Zenobio García y menos el Mágico. En todo caso, él los anularía sacando a relucir viejas cuentas que ambos tenían pendientes con la justicia.
       Tales noticias corrieron por el caserío entonando los ánimos. Para mejor, “mañana, mañana comienza la cosecha”.

       Y comenzó, pues, la cosecha. Los hombres y las mujeres, viejos y jóvenes, hasta niños, fueron al maizal. Los rostros morenos y los vestidos polícromos resaltaban hermosamente entre el creciente oro pálido del sembrío maduro. Era una mañana tibia y luminosa en la que la tierra parecía más alegre de haber henchido el grano.
       Los cosechadores rompían la parte superior de la panca con la uña o un punzón de madera que colgaba de la muñeca mediante un hilo, luego la abrían halando a un lado y otro con ambas manos y por último desgajaban la mazorca. Y las mazorcas brillantes —rojas, moradas, blancas, amarillas— se rendían atestando las listadas alforjas. Otros cosechadores arrancaban las vainas de los pallares y frejoles enredados en los tallos de maíz y otros recogían los chiclayos, suerte de sandías enormes y blancas. Las mazorcas eran llevadas al cauro, hecho de magueyes, dentro del cual se las iba colocando una junto a la otra, verticalmente, en la operación llamada mucura, para que el sol terminara de secar los granos anotas o húmedos. En el norte del Perú, el quechua y los dialectos corrieron, ante el empuje del idioma de blancos y mestizos, a acuartelarse en las indiadas de la Pampa de Cajamarca y el Callejón de Huaylas. Pero siempre dejaron atrás, para ser cariñosamente defendidas, las antiguas palabras agrarias, enraizadas en el pecho de los hombres como las plantas en la tierra. El cauro estaba en la plaza, frente a la casa del alcalde. A su lado, formaban tres montones los pallares, frejoles y chiclayos. Los cosechadores, al vaciar sus alforjas y verlos crecer, alababan la bondad de la tierra.
       Cosechaban los adultos, los jóvenes, los niños, los viejos. Rosendo, acaso más lento que los demás, se confundía con todos y parecía no ser el alcalde sino solamente un anciano labriego contento. Anselmo, el arpista, estaba hacia un lado, sentado en una alta banqueta y tocando su instrumento. Las notas del arpa, las risas, las voces, el rumor de las hojas secas y el chasquido de las mazorcas al desgajarse, confundíanse formando el himno feliz de la cosecha. Algunas muchachas, provistas de calabazas, iban y venían del sitio de labor a la vera de la chacra donde estaban los cántaros de chicha, para proveerse, y repartir el rojo licor celebratorio. No se lo prodigaba mucho y él corría por las venas cantando su origen de maíz fermentado, de jora embriagada para complacer al hombre. Brindada la mazorca grávida, iba quedando atrás un lago mustio noblemente empenachado de pancas desgarradas y albeantes…
       Por ahí estaban, parlándose, el muchacho llamado Juan Medrano, hijo del regidor, y la muchacha llamada Simona, una de las que vimos en el corralón de vacas cierta amanecida. Hacía apenas dos días que intimaron un tanto. Pero ya llegaba la tarde con su reverberante calidez y de la tierra subía un vaho penetrante a mezclarse con el de las plantas maduras. Juan parecía una rama y Simona parecía un fruto y ninguno rebasaba los veinte años. Pusiéronse a retozar, separándose del grueso de los cosechadores. Simona corría riendo y Juan hacía como que no lograba alcanzarla. De pronto la atrapó y ambos se poseyeron con los ojos. Él habló al fin:
       —¿A que te tumbo, china?
       —A que no me tumbas…
       Bromearon forcejeando un rato —Simona era recia— hasta que rodaron entre las melgas. Y cubriendo la gozosa alianza de dos cuerpos trigueños, se alzaba el maizal de rumor interminable, mazorcas cumplidas y barba amarilla. En lo alto brillaba, curvándose armoniosamente sobre la tierra, un cielo nítidamente azul. Simona descubrió la alegría de su cuerpo y del hombre, y Juan, que ya había derribado muchas chinas a lo largo de los caminos y, a lo ancho de las chacras y las parvas, sintió ese oscuro llamado, ese reclamo poderoso que rinde alguna vez al varón haciéndole tomar una mujer entre todas.
       Cae la tarde y el sol perfila las flores del maíz y los rostros bronceados. De pronto la sombra del cerro Peaña crece y se extiende y gana la chacra para sí. Ya termina la faena. Los cosechadores vuelven al caserío.
       En la plaza están el cauro colmado y los montones altos.
       El arpa sigue tocando por allí. Alguien canta. Todos están alegres y, sin querer explicársela, viven la verdad de haber conquistado la tierra para el bien común y el tiempo para el trabajo y la paz.

       Va a hacerse el rodeo general para que el ganado aproveche los rastrojos y, por otro lado, las yeguas sirvan en la trilla. El que más lo desea es Adrián Santos, hijo mayor de Amaro, engendrado en el umbral de la adolescencia, que tiene cuatro hermanos que escalonan sus estaturas junto a la suya y a quien sus taitas le han dicho que ya es un hombre. Sus diez o doce años se tienen bastante bien sobre el caballo y poco yerra con el lazo. El rodeo llega, pues, como una bendición.
       Una cincuentena de indios, formada por los más jóvenes y fuertes, va donde Rosendo a pedir órdenes. El alcalde y los regidores preparan los grupos de repunteros que han de hurgar todos los rincones de la comunidad para no dejar una vaca ni un caballo ni un asno en ninguno de ellos. Adrián Santos está triste porque todavía no lo cuentan. Y dice la voz imperiosa del alcalde, seguida de la usual respuesta del nombrado:
       —Cayo Sulla.
       —Taita.
       —Juan Medrano.
       —Taita.
       —Amadeo Illas.
       —Taita.
       —Artemio Chauqui.
       —Taita.
       —Antonio Huilca.
       —Taita.
       Cuenta diez o quince y termina:
       —Ustedes se van a la falda de Norpa.
       Ya han nombrado los grupos para la quebrada de Rumi y sus hoyadas, para el cerro Peaña, para el arroyo Lombriz e inmediaciones, para el valle del río Ocros. Unos irán a pie y otros a caballo, porque no todos saben montar y por otra parte escasean los caballos.
       Ese grupo del llano de Norpa, un chamizal donde habrá que patalear duro, es el último. Parece que Adrián rogó en vano para que lo mandaran.
       No se había dicho su nombre. Pero a última hora Rosendo apunta a los designados:
       —Este muchacho Adrián Santos también irá con ustedes.
       Así de yapa, como diciendo: “éste no entra en la cuenta”, pero no importaba.
       —¡Taita!
       Adrián quiere abrazar al viejo, pero ha visto un ademán rudo en el brazo, como para apartarlo, y quédase a un lado, inmóvil, aprendiendo moderación india.
       Y no duerme pensando en la hora de partir y, cuando siente que el corralón vecino se llena de un tropel de bestias y de gritos, sale y ve que todo Rumi se prepara para el rodeo. Brillan los fogones alumbrando mujeres que preparan comida y hombres que ensillan caballos, que arrollan lazos de cuero, que desayunan, que montan y parten. Las palabras se refieren a animales y sitios. Rosendo y los regidores están en el corralón y Artidoro Oteíza, que luce sobre el pecho el lazo ensartado al sesgo, ordena a Adrián que coja el caballo Ruano. La noche es clara y en el cielo brilla la luna creciente.
       Oteíza y Adrián salen al trote, pero en cierto sitio del camino tienen que separarse y el primero aconseja:
       —En Iñán, cuidao que te pierdas. Un camino va pal distrito de Uyumi. ¡Cuidao que te pierdas!
       —No, no me pierdo —grita Adrián seguramente, dando un riendazo al Ruano.
       Y ahora trota por un sendero que serpea en la base del cerro Peaña. Cruza un arroyo seco y una tranquera abierta y llega a la loma de Tacual. Sopla el viento levantando su poncho. Hay silbos y gritos. Son los indios que se llaman de cerro a cerro, encaminándose a los potreros. La luna vuelve más amarillos el pasto seco y los delgados senderos.
       Toma una ladera que abunda en lajas y ha de cruzar por Piedras Gordas, un montón de rocas enormes, negras, entre las cuales no entra la luna y la sombra se adensa. Adrián es agarrado por un temor que nace de viejas historias en las que se mezclan fantásticos conciliábulos de diablos y duendes en la oscuridad del cañón formado por esas piedras. Dar una vuelta sería perder tiempo y los demás han de estar ya en Norpa, de modo que fustiga escociendo las ancas y Ruano cruza al galope el negro túnel, retaceado a veces de vaga luz, en medio de cuyo silencio sólo se oye el violento chasquido de los cascos y el rodar de los guijos. Aparece la falda de una ladera de tierra blanca y no para el galope hasta que el cerro se recorta en el vertical peñón de Iñán.
       El camino, bordeando un abismo, se angosta descendiendo escalones que hay que bajar lentamente. Adrián no se apea y cree estar realizando una hazaña. Al fondo crece un montal y el muchacho, cuando está allí, se encuentra con que, en la noche, todas las huellas son iguales y, decididamente, ya está marchando por la ruta que Oteíza le aconsejó no tomar. ¡Diablos! Vuelve y deja libre a Ruano que, obrando por su cuenta, toma el camino necesario a trote fácil. En el montal lloran muchos pájaros nocturnos y, saliendo, aparece ya la parte alta de Norpa, desde donde hay que descender hasta el fondo. Surge una pirca de piedra y otra franca tranquera abierta. Pasándola, las huellas se bifurcan y pierden, renacen, zigzaguean, se quiebran, formando entre los arbustos y árboles una malla tejida por el trajín del ganado. Ruano sabe por dónde hay que ir y Adrián comprende que es un buen potro y le va tomando cariño. Un arroyo canturrea de pronto, arrastrando una agüita que hace de guía en medio de la penumbra que ha dejado la luna al ocultarse. Pero ya el amanecer se anuncia también, ya están claras las cimas de los cerros lejanos, los que surgen de la ribera opuesta del río Ocros y pertenecen a varias haciendas. Cuando el sol muestra las cimas de los cerros, llega Adrián al fondo de Norpa. Ya están allí todos los nombrados, de pie, junto a sus caballos peludos. Algunos les han sacado la rienda y los animales muerden cualquier yerba seca. Unos cuantos perros lanudos se tienden al lado de sus amos.
       Adrián saluda y todos le contestan del modo más natural, sin preguntarle cómo es que no se ha perdido en el montal de Iñán, ni informarse de si se mantuvo a caballo o se bajó para descender por el peñón, y menos inquirir siquiera si cruzó por la diabólica covacha de Piedras Gordas o volteó por otro lado. Adrián sigue aprendiendo parquedad india.
       —¿Ya están todos? —dice Antonio Huilca, que es jefe del grupo.
       —Ya, sólo falta el Damián.
       —Ya llegará, vamos entón…
       Son quince jinetes los que están junto a él. Se han sacado los ponchos poniéndolos a modo de pellón en la montura, y sus camisas blanquean como la niebla del alba. Antonio da órdenes rápidamente. El taloneo excita a los caballejos, que enarcan el cuello bajo la presión de las riendas, ganosos de dispararse a carrera tendida.
       —Tú, Roberto, te vas por ese lao de Ayapata y apenas ves al Damián lo llamas pa que te ayude.
       —Güeno.
       Roberto suelta su tordillito crinudo y parte al galope. Cuando ya se encuentra un tanto alejado, Artemio Chauqui lo llama a grandes voces:
       —Roberto… güelve…, güelveeee…
       Roberto retorna plantando en seco su caballo con un violento templón de riendas.
       —Hom… —dice Artemio—, se me hace que no vas a poder rodiar…
       —Sí podré…
       —Como te vas con una espuela nomá, sólo un lao del potro va a querer andar…
       El grupo estalla en una carcajada jocunda, iniciada por el propio Roberto con un “jajay” que ha zumbado como un rebencazo sobre las ancas del tordillo, que se aleja hacia Ayapata a grandes saltos. Lo hace a pesar de que el campo está lleno de obstaculizantes arabiscos y espinudos uñegatos, de manera que hay que correr con cuidado. Algunos de los presentes tienen defendidos sus pantalones con otros de piel de venado, que los cubren.
       —Güeno, nada de juegos —dice entre enojado y sonriente Antonio—, ustedes tres po el Shango, ustedes po Puquio, ustedes más abajo, po la cuesta, yo po este otro lao… hay que arriar en dirección al llanito ese de Norpa…
       Y después de media hora hombres y perros están repartidos por las vastas y enmarañadas laderas arreando el ganado hacia la planicie propuesta. Las vacas se refugian en las hoyadas o echan a correr, por los caminejos que hacen equilibrios en las laderas, para ocultarse en chamizales propicios. Hay que bregar para entroparlas. De pronto se desbandan de nuevo y otra vez los rodeadores y sus perros tienen que correr, que galopar a fin de tomarles la delantera y cerrarles el paso. Los lazos, en los sitios donde el montal se reduce a arbustos, vuelan aprisionando los cuernos de las más ladinas. Entonces algunos repunteros llevan por delante a las prisioneras y las otras siguen, arreadas por los demás, hasta llegar al sitio indicado.
       Cuando el sol, después de pasearse por los altos cerros, llegó a bruñir la amplia falda de Norpa, ya había una tropilla en la planicie, buen punto de vista para la animalada que mugía y corría por las laderas, saliendo de uno y otro lado, como si la tierra pariera vacas.
       —Áca… áca… áca… —gritaban los repunteros y las peñas.
       Caballos no potrereaban en Norpa, pues allí el pasto moría en verano y sólo las vacas pueden hacer valer los cactos, la chamiza y las hojas mustias.
       Y a arrear, a arrear todo el santo día. Muchas vacas buscaban refugio en encañadas más boscosas, en las cuales sólo podían entrar los hombres y los perros. Había que desmontar y tirar muchas piedras con las hondas o meterse entre los matorrales y requerir una rama para sacar a estacazos a las tercas fugitivas.
       De pronto, en la falda de Ayapata apareció un oso, negro y taimado, seguido de varios perrillos. Los hombres se detuvieron para ver la cacería. La jauría aumentó pronto con los que acudieron de todos lados. Hasta seis perros lanudos ladraban en torno al oso, que avanzaba dando vueltas, sereno y avisado, sin dejarse coger por ninguna parte.
       —¡Cómo no traje mi escopeta! —decía uno de los espectadores—. Siempre pasa eso. Cuando no se la tiene asoman los malditos. Tovía no sé cómo hacer pa dejala y llevala al mesmo tiempo.
       Juan Medrano pensaba en el viejo Pivode.
       Se escapaba la presa, pues los perros la acosaban sin osar acercarse mucho. Al que se aproximó más, el oso le dio un manotón en el cráneo que lo hizo aplanarse contra el suelo, para siempre, después de un breve aullido. Los otros se enfurecieron más y también temieron más a la vez, de modo que ladraban corriendo en torno y, cuando se abalanzaban por fin, no llegaban a morder, pues retrocedían ululando de rabia e impotencia. El oso tomó hacia abajo y comenzó a descender por erguidas y rojas peñas. Los perros, sin que su amor propio sufriera, pues ahí estaban los obstáculos de la naturaleza, fueron abandonando la cacería uno a uno y por fin el bulto grueso y solitario desapareció entre cactos y achupallas.
       El rodeo recomenzó. A mediodía el sol quemaba sobre las espaldas, pero las vacas manchaban ya una gran extensión del gris chamizal de la planicie. Algunas tomaban sombra al pie de los arabiscos. No había ya sino que arrear a las rezagadas y recorrer los escondrijos por última vez. En las encañadas húmedas, los aromáticos chirimoyos aparecían floridos y cargados de frutos. No se necesitaba buscar mucho para encontrarlos maduros y saciar un poco el hambre. De lejos, de muy lejos, llegaban ecos de los gritos de los otros repunteros, empeñados por la encañada del río Ocros, en reunir los asnos salvajes. Éstos sí que tenían que sudar duro, ciertamente.
       Bajando una inclinada ladera, varias vacas echaron a correr hacia una quebrada distante. Si lograban meterse allí sería tarea difícil sacarlas, de manera que se abrieron Adrián y tres más, a carrera tendida, para rodearlas y hacerlas regresar.
       Adrián tomó por un senderillo que subía sobre unas rocas, desde las cuales el caballo hizo rodar piedras que adquirieron una velocidad vertiginosa por la pendiente. Una de ellas, redonda y grande como una chirimoya, rebotaba al chocar contra las rocas, sin romperse.
       —¡Cuidao!
       La galga pasó zumbando sobre la cabeza del potro que montaba Cayo.
       Aceleraron el galope las vacas y los repunteros lo hicieron también. Adrián iba agachado, recibiendo en el sombrero de junco el golpe de espinosas ramas que le habrían desgarrado el rostro.
       —¡Cuidao, cuidao!
       ¿Más galgas? Adrián levantó la cabeza y comprendió de golpe. Su caballo galopaba hacia unos arabiscos enormes contra cuyos brazos le iba a estrellar la cabeza. Ya era tarde para desviarlo en un sendero bordeado de uñegatos o para detener el desbocado galope, de modo que Adrián extendió los brazos y se abalanzó hacia la primera y gruesa rama, firmemente. El caballo pasó por debajo y el muchacho se quedó prendido del árbol como un simio. A la distancia, resonaban las carcajadas de los compañeros que ya habían dominado a las vacas y las regresaban mientras Adrián, en juvenil alarde de destreza, se escurría hacia el tallo y descendía suavemente. Después fue en busca de su caballo, que se había detenido a corto trecho.
       El ascua del sol se enrojecía en los lejanos cerros cuando los quince repunteros llegaron a la planicie con las últimas vacas.
       —Hay que arrealas pal callejón, pa que no se escapen de noche —dijo Antonio.
       Las metieron en una gran abra bordeada de peñas, repartiéndose ellos a la salida, por grupos. De las alforjas brotaron los mates y las cecinas y la harina, juntamente con pequeños tarros, que colocaron sobre tres piedras, recibiendo el calor de las fogatas que brillaban alegremente en la oscuridad tendida ya como un toldo sobre el abra. Cerca, ramoneaban los caballos y miraban los perros, y adentro, agitando el cañón con un ir y venir inquieto, mugían y se peleaban las vacas prisioneras. A ratos, algunas avanzaban con el propósito de escurrirse entre los grupos y escapar, pero los rodeadores y los perros distinguíanlas pronto y pedradas certeras y ladridos pertinaces las obligaban a entroparse nuevamente.
       Entre mugidos y relinchos, sorbieron la sopa “mascadita” con las cecinas asadas en ese momento y la cancha reventona que llevaron ya preparada. De igual modo, una olorosa gallina frita, un picante revuelto de papas con cuy, se brindaban en el centro de los círculos de comensales pregonando la habilidad de femeninas manos. Y después gustaron de la coca y repartieron los turnos para la guardia de la noche y acomodaron sus camas en caronas y ponchos. Una leve claridad anunció la salida de la luna. Pesaba el cuerpo cansado. Cuando uno de los repunteros vigilantes pidió a Amadeo Illas que contara un cuento, no obtuvo respuesta. Amadeo ya estaba dormido…
       Al día siguiente, el arreo hasta el caserío tuvo iguales o parecidas peripecias que el rodeo mismo. Casi todas las vacas, renunciando a la resistencia, caminaban de manera obediente, pero las pocas montaraces daban bastante que hacer. Hubo un momento en que casi cunde el mal ejemplo. Y el sol ya iba de bajada cuando el repunte, levantando polvo, lustroso de sudor y rumoroso de pezuñas, entró por la Calle Real y algunos comuneros se apostaron cerrando el paso junto a la puerta del corralón de vacas. Entraron, pues, y el corralón se llenó de una variopinta masa palpitante. Más allá estaban, también repletos, los corrales de yeguas y asnos. Rosendo Maqui y los regidores, de pie sobre una de las gruesas paredes de piedra, hablaban de la faena. Todas las pircas soportaban curiosos. Los niños daban gritos y las mocitas no sólo miraban el ganado sino también a los viriles repunteros que volvían de los campos con el rostro atezado por el sol y el sereno y la voz más ronca.
       Estaban en los corrales y entraron también al de vacas, muchos rodeadores de Umay y vecinos, de Muncha que habían recibido aviso de Rosendo. Desentropaban y se llevaban los animales de esa hacienda y los propios a fin de echarlos a los rastrojos, darles sal, marcarlos, amansarlos… Los vecinos de Muncha acostumbraban pagar un sol al año por cabeza de ganado que pastara en tierra de la comunidad. En cambio, don Álvaro Amenábar jamás había querido pagar nada, alegando que la comunidad debía impedir que el ganado ajeno entrara dentro de sus linderos. Pero él no aplicaba tal teoría en su hacienda. Cuando sus repunteros encontraban un animal extraño en las tierras de Umay, lo llevaban preso y don Álvaro no lo soltaba por menos de cinco soles, que era el precio que cobraba por un año de pastos. Rosendo había pensado siempre en este proceder encontrándolo inconcebible, no sólo como asunto moral sino como fenómeno de ambición en un hombre que tenía tierras desocupadas de una amplitud que cubría la mitad de la provincia.
       En fin, que por vacas, burros y caballos de los “chuquis”, el alcalde recaudó ciento ochenta soles, en tanto que, como todos los años, la animalada de Umay —quizá quinientas cabezas— partió entre repunteros tardos que no dejaron nada.
       Porfirio Medrano, que estaba junto a Rosendo, comentó:
       —El rico es siempre el rico y la plata, por más que pese, no baja…
       El alcalde afirmó, haciendo una de esas frases que ha muchos años comenzaron a distinguirlo:
       —Y si la plata baja, es pa caer al suelo y que el pobre se tenga que agachar a juntarla…
       El caso es que los corralones ralearon y podía contarse, fuera de los animales de labor, una treinta vacas, más veinte yeguas y quizás un número igual de burras. Era el ganado de cría perteneciente a la comunidad. Después de la plétora, puede parecer muy escaso. Lo era para tanto trajín, pero no para la esperanza. Rosendo decía:
       —No hay que vender. Los machos los necesitamos pal trabajo y las hembras pal aumento… Que lleguemos a cien… Con cien vacas, descontando rodadas, comidas po el oso y robadas, se puede vender unas veinte al año, sin retroceder en la crianza ni amenguar el trabajo de la tierra… Es lo que digo. Lo mesmo con los otros animales. ¡El platal! Aura ya habrá escuela… después se podrá mandar a los muchachos más güenos a estudiar… Que jueran médicos, ingenieros, abogaos, profesores… Harto necesitamos los indios quien nos atienda, nos enseñe y nos defienda… ¿Quién nos ataja? ¿Po qué no lo podemos hacer?… Lo haremos… Otras comunidades lo han hecho… Yo ya no lo veré… ya soy muy viejo. Pero ustedes, regidores, háganlo… ¿No es güeno? ¿Quién dice que no? Hay que decile a todos lo mesmo… Todos comprenderán…
       Los regidores aprobaron y Goyo Auca dijo su: “cierto, taita”, con un acentuado tono de reverencia.
       Ajeno a la conversación y a los altos destinos, pasó Augusto Maqui, jinete en su bayo, agitando el lazo tras un potro galopante. Lo cogió y luego lo detuvo de un súbito y vigoroso tirón. Marguicha estaba sobre un muro atisbando y ya no recordaba a Demetrio.
       Se abrió un portillo en la cerca de piedra que guardaba el maizal y el ganado entró. Ganándose, vorazmente, caballos, vacas y asnos, acometieron el rastrojo. Luego se calmaron y un lento mugido o un relincho breve denotaba la satisfacción.
       Es el sol hecho trigo, es el trigo hecho gavillas. Es la siega. Fácil y dulce siega sobre el manto pardo de la tierra. Las hoces fueron sacadas del alero, donde estaban prendidas, y llevadas al trigal. Ahora cortan produciendo un leve rumor, y las rectas pajas se rinden y las espigas tiemblan y tremolan con todas sus briznas mientras son conducidas a la parva. Los hombres desaparecen bajo los inmensos cargamentos de haces, que se mueven dando la impresión de que andan solos. Mas se conversa y se ríe bajo ellos. En la era el pilón crece y los recién salidos cargadores beben un poco de chicha y tornan hacia donde los segadores merman y merman altura de un muro que no se derrumba sino que va retrocediendo. Ya está todo el trigal en la parva. Un pilón circular, alto y de rubia consistencia, es la fe de los campesinos que se curvaron todo el año sobre la tierra con un gesto que se han olvidado de atribuírselo a Dios.
       Al día siguiente es la trilla. La parva está a la entrada del caserío. Trepan al pilón muchos indios con sus horquetas de palo y arrojan sobre la batida arcilla apisonada las primeras porciones de espigas. La yegua que estuvo en el maizal ingresa, y en torno a la circunferencia de la era se colocan todos los comuneros —hombres, mujeres, niños—, cogidos de una cuerda formada por varios lazos apuntalados. Son un cerco viviente y multicolor. Y los trilladores, jinetes en los mejores potros, beben la ración de chicha que ha de encandilarlos y entran saltando la cuerda. Y la trilla comienza. Comienzan los gritos, el galope, el trizarse de las pajas y el desgranarse de las espigas. El sol del tiempo de cosechas no falta. El sol se solidifica en el pilón y cae y se disgrega hasta llegar a los pies de los que sostienen la cuerda. La chicha da vueltas, en calabazas lustrosas, regalando a todos. Los jinetes gritan, la yeguada corre, trilla el sol, trilla el corazón, trillan los cerros. El alma se alegra de chicha, de color, de voz y de grano. Para describir aproximadamente el aspecto de una trilla andina es necesaria la palabra circuloiris. Uno de los corredores, el de más claro acento, da un grito alto, lleno, casi musical: “uuuaaaay” y los demás, según su voz, responden en tono más bajo: “uaaay”, “uooooy”… “uaaay”, “uoooy”… “uaaay”, “uoooy”…, formando un coro que se extiende por los cerros. De cuando en cuando, algunos jinetes salen y otros entran a reemplazarlos con energía y voz fresca. Uno de ellos está por allí, desmontando ya, borracho perdido de contento y de licor, mirando siempre el espectáculo de la parva. Uno de sus hijos, pequeño todavía, se le acerca a preguntarle:
       —Taita, ¿por qué gritan así, como llamándose, como respondiéndose?
       —Es nuestro modo de cantar…
       Sí: a quienes la naturaleza no les dio voz para modular huainos o facultades para tocar instrumentos, les llega, una vez al año, la oportunidad de entonar a gritos —potentes y felices gritos— un gran himno. Es el himno del sol, que se hizo espigas y ahora ayuda en la trilla. Es el himno del fruto que es fin y principio, cumplimiento hecho grano y anunciación en el prodigio simple de la semilla. El himno del esfuerzo creador de la tierra y la lluvia y los brazos invictos y la fe del sembrador, bajo la égida augusta del sol. El himno del dinámico afán de tronchar pajas y briznas para dejar tan sólo, ganada y presta al don, la bondad de la vida. Es, en fin, el himno de la verdad del alimento, del sagrado alimento del hombre, que tiene la noble eficacia de la sangre en las venas.
       Ya el pilón terminó y se dan las últimas vueltas. Sale la yeguada y los indios, provistos de horquetas, echan hacia el centro la paja, y las indias, con grandes escobas de yerbasanta, barren, también hacia el centro, hasta el último grano… Una colina de blanda curva, en la que se derrite el crepúsculo, indica el final de la faena. Hace rato cayó la cuerda de lazos, se deshizo la rueda multicolor, los gritos se apagaron. Y cuando todo parece que se va a entristecer entre la sombra creciente de la noche, surgen los trinos de las arpas, el zumbido de los rústicos violines y la melodía de las flautas y las antaras; trema el redoble de los tamboriles y palpita profundamente el retumbo del bombo. Se come y se bebe. Y más tarde, en una penumbra que luce estrellas y luego a la luz de la luna, siguen sonando los instrumentos y se alzan las voces que entonan danzas. Y los hombres y las mujeres se vuelven ritmo jubiloso en el diálogo corporal de entrega y negación que entabla cada pareja bailadora de huaino…

       Se desgranó el maíz y se realizó la ventea del trigo. Y la ventea fue larga y lenta, como cabe esperar de la ayuda de un viento remolón que necesita que lo llamen.
       —Viento, viento, vientooooo… —rogaban las mujeres con un dulce grito. Y los hombres lo invitaban con un silbido peculiar, de muchas inflexiones al principio y luego alargado en una noche aguda y zumbadora como el rastro sonoro de la bala.
       Por rachas llegaba el viento comodón, agitando poderosas alas, y las horquetas aventaban hacia lo alto la frágil colina; el viento llevaba la paja dejando caer el grano. Cuando la paja gruesa terminó, las horquetas fueron reemplazadas por palas de madera. Y cada vez granaba más la parva y del aire caía un aguacero de trigo. El viento formaba un montón de paja un poco más lejos.
       Durante las noches, grupos de comuneros hacían fogatas con porciones de paja venteada y en ellas asaban chiclayos. Parlaban alegremente saboreando las dulces tajadas y después masticaban la coca mientras alguien contaba un cuento. Una vez, Amadeo Illas fue requerido para que narrara y contó la historia de Los rivales y el juez. En cierta ocasión la narró en el pueblo y un señor que estuvo escuchando dijo que encerraba mucha sabiduría. Él no consideraba nada de eso, porque no sabía de justicia, y solamente la relataba por gusto. Se la había escuchado a su madre, ya difunta, y ella la aprendió de un famoso narrador de historias apodado Cuentero.
       Amadeo Illas era un joven lozano, de cara pulida, que usaba hermosos ponchos granates a listas azules tejidos por su también joven mujer. Despuntaba como gran narrador y algunos comuneros decían ya, sin duda con un exceso de entusiasmo, que lo hacía mejor que los más viejos cuenteros de Rumi. De todos modos, tenía muchos oyentes. Así es la historia que contó esa vez:
       Un sapo estaba muy ufano de su voz y toda la noche se la pasaba cantando: toc, toc, toc… y una cigarra estaba más ufana de su voz y se pasaba toda la noche y también todo el día cantando: chirr, chirr, chirr… Una vez se encontraron y el sapo le dijo: “Mi voz es mejor”. Y la cigarra le contestó: “La mía es mejor”. Se armó una discusión que no tenía cuándo acabar. El sapo decía que él cantaba toda la noche. La cigarra decía que ella cantaba día y noche. El sapo decía que su voz se oía a más distancia y la cigarra decía que su voz se oía siempre. Se pusieron a cantar alternándose: toc, toc, toc…; chirr, chirr, chirr… y ninguno se convencía. Y el sapo dijo: “Por aquí, a la orilla de la laguna, se para una garza. Vamos a que haga de juez”. Y la cigarra dijo: “Vamos”. Saltaron y saltaron hasta que vieron a la garza. Era parda y estaba parada en una pata, mirando el agua. “Garza, ¿sabes cantar?”, gritó la cigarra. “Sí sé”, respondió la garza echándoles una ojeada. “A ver, canta, queremos oír cómo lo haces para nombrarte juez”, dijo el sapo. La garza tenía sus intenciones y respondió: “¿Y quiénes son ustedes para pedirme prueba? Mi canto es muy fino, despreciables gritones. Si quieren, aprovechen mi justicia; si no, sigan su camino”. Y con gesto aburrido estiró la otra pata. “Cierto —dijo el sapo—, nosotros no tenemos por qué juzgar a nuestro juez”. Y la cigarra gritó: “Garza, queremos únicamente que nos digas cuál de nosotros dos canta mejor”. La garza respondió: “Entonces acérquense para oírlos bien”. El sapo dijo a la cigarra: “Quién sabe nos convendría más no acercarnos y dar por terminado el asunto”. Pero la cigarra estaba convencida de que iba a ganar y, dominada por la vanidad, dijo: “Vamos, tu voz es más fea y ahora temes perder”. El sapo tuvo cólera y contestó: “Ahora oirás lo que es canto”. Y a grandes saltos se acercó a la garza seguido de la cigarra. La garza volteó y ordenó al sapo: “Canta ahora”. El sapo se puso a cantar, indiferente a todo, seguro del triunfo y mientras tanto la garza se comió a la cigarra. Cuando el sapo terminó, dijo la garza: “Ahora, seguirá la discusión en mi buche”, y también se lo comió. Y la garza, satisfecha de su acción, encogió una pata y siguió mirando tranquilamente el agua.
       Los grupos volvían al caserío y en la parva quedaban solamente Fabián Caipo y su mujer, para impedir que el grano fuera pisoteado. El rastrojo de trigo había sido abierto también y, día y noche, el ganado deambulaba libremente por las chacras y el caserío. Reinaba plena intimidad entre los animales y los hombres.
       Cierta noche, Marguicha y Augusto encontraron que se estaba muy bien sobre el montón de paja y retardaron su vuelta. Era una hermosa hora. La gran luna llena, lenta y redonda, alumbraba las faldas tranquilas, el caserío dormido, los cerros altos, el nevado lejano y señero. Un pájaro cantó en la copa de un saúco. Cerca, junto a la paja, un caballo y una yegua entrecruzaban sus cuellos. El amor tierno de la noche sin duda unía a Fabián y su mujer bajo su improvisada choza amarilla. Y Augusto, sin decir nada, atrajo hacia sí a Marguicha y ella le brindó, rindiéndose gozosamente, un hermoso y joven cuerpo lunado.

       Se hizo el reparto de la cosecha entre los comuneros, según sus necesidades, y el excedente fue destinado a la venta.
       Y como quedara un poco de trigo que alguien derramó, regado por la plaza, Rosendo Maqui se puso a gritar:
       —Recojan, recojan luego ese trigo… Es preferible ver la plata po el suelo y no los granos de Dios, la comida, el bendito alimento del hombre…

       Así fueron recogidos de la tierra, una vez más, el maíz y el trigo. Eran la vida de los comuneros. Eran la historia de Rumi… Páginas atrás vimos a Rosendo Maqui considerar diferentes acontecimientos como la historia de su pueblo. Es lo frecuente y en su caso se explica, pues para él la tierra es la vida misma y no recuerdos. Esa historia parecía muy nutrida. Repartidos tales sucesos en cincuenta, en cien, en doscientos o más años —recordemos que él sólo sabía de oídas muchas cosas—, la vida comunitaria adquiere un evidente carácter de paz y uniformidad y toma su verdadero sentido en el trabajo de la tierra. La siembra, el cultivo y la cosecha son el verdadero eje de su existencia. El trigo y el maíz —“bendito alimento”— devienen símbolos. Como otros hombres edifican sus proyectos sobre empleos, títulos, artes o finanzas, sobre la tierra y sus frutos los comuneros levantaban su esperanza… Y para ellos la tierra y sus frutos comenzaban por ser un credo de hermandad.




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