Ciro Alegría
(Huamachuco, Perú, 1909 - Lima, 1967)
La madre
Originalmente escrito en Estados Unidos, en 1942,
y publicado en la revista Carteles [La Habana], el 4 de octubre de 1953;
Duelo de caballeros
(Lima: Populibros Peruanos, 1963, 127 págs.);
(Buenos Aires: Losada, 1965, 117 págs.)
La selva rodeaba una barraca
hecha de esbeltos tallos de palmera y levantada en un claro logrado a golpe de
hacha, donde los tocones rojos parecían heridas. El vasto cuerpo del bosque
había sido mutilado para que el sol se tendiera sobre la casa y los hombres.
Ellos, de no estar entregados a sus faenas, jugaban a los dados sobre una tosca
mesa o dormitaban en las hamacas colgadas en el corredor, al lado del fusil y
la esperanza. También solían salir al espacio talado y estiraban los brazos
ante la luz, con un aire de aves fatigadas. Habían ido en pos del caucho y la
riqueza. Hundidos en la inmensidad vegetal, inhóspita y a la vez aprisionante,
sus sueños eran inasibles como el humazo del áspero tabaco que chupaban con
gesto lento. Cada mañana, la selva les lanzaba su reto. Aun los veteranos
temían el laberinto formado por el apretado abrazo de sus ramas y la sombra de
sus tupidas copas.
Cerca de la barraca corría un
pequeño río, encauzado entre árboles, lamiendo tallos y viejas raíces
retorcidas. Podía llamarse Yavarí o Ingaraparaná o Porá o Yarobé. Podía tener
cualquier nombre extraído de los rumores de la floresta, de las extrañas voces
con que se entienden el vegetal, la fiera y el salvaje. Ese río va a engrosar
otros, formando parte del sistema circulatorio de la selva, sanguíneo ramaje
que riega puertos soñados en la manigua y cuyos nombres son agrandados por el
deseo de encontrarlos: Contamana, Nauta, Iquitos, Manaos. y más allá, lejos,
cuando todos los líquidos caminos son uno solo, cuando el gran río, el
Amazonas, el más colmado y ancho de los ríos, se hunde en el Atlántico, y aún
más allá, donde apunta la aguja de la brújula, fulge el nombre rutilante: Nueva
York. Columbrando en sueños su resplandor encendido con una alegría de alto
puntaje en la bolsa de valores, estaban los hombres en la noche de la manigua,
extrayendo el caucho, en una voluntariosa lucha con el riesgo, esperando vivir.
De surcada por aquel pequeño río
llegaron Cárpena y Jiménez, servidos por dos bogas, en un atardecer que
amontonaba sobre los árboles pesadas nubes, sombras trémulas e inquietos vuelos
de pájaros. Habían navegado en canoa desde el amanecer. Todo el día escucharon
el monótono chapoteo de los remos accionados por los bogas, cetrinos indios de
rictus bárbaro. Cárpena era un novato y Jiménez, con quien se reunió para
cumplir la última etapa de su viaje, gozaba relatándole hazañas y
acontecimientos. Empleaba un tono de bromista jactancia. De repente, se puso a
hablar de las anacondas. ¡Cuidado! De un solo coletazo podían volcar la canoa.
En el agua había caimanes. “Y por ahí ¿lo ve?, en esa zona viven los indios
cashivos. Son indomables. Matan a la gente, la queman y beben las cenizas
disueltas en masato.” Cárpena trataba de no mostrarse impresionado. Por último,
Jiménez recomendó:
—Sobre todo, amigo, aquí hay que
olvidarse de que uno tiene sentimientos. ¿Nobles, se dice? Ahí está don Floro;
lo va a conocer: ése ya no tiene corazón.
Cuando la canoa, con el alegre
impulso del arribo, hirió la arena de la orilla. Cárpena descansó, más que de
estar encogido, de la charla de su compañero. Los caucheros de la barraca los
recibieron entre voces y abrazos alborozados. “¿Y qué hay por Iquitos?” “¿Traen
balas?” “¡Ah, qué bien!” “¿Y conservas?” “¿No?” “¡Diantre, ya estamos hartos de
mono!” “Echar atrás a los japoneses tomará tiempo.” “Habrá mercado para nuestro
caucho.” “¡Duraznos al jugo!” “¡Al menos una lata!” “¿Usted es nuevo?” “Se le
ve en la cara”. “Pasen, pasen a descansar...”.
Cayó la noche y Cárpena y Jiménez
continuaban metidos en las hamacas de fibra, contestando preguntas que la
curiosidad y la nostalgia ponían en los labios de sus amigos. Después
encendieron una linterna y rodearon la mesa de rijosos maderos. La comida fue
sobria. El pescado llamado paiche con un plátano verde llamado inguire, la
pasta de yuca conocida por fariña y, para celebrar la llegada, un buen trago de
aguardiente de caña. Blancas mariposas nocturnas revoloteaban en torno a la
luz. Afuera hablaban los bogas y otros indios salvajes de lengua tronante. Los
caucheros hacían salir su voz desde una cara invadida por barbas revueltas.
—No se afeite, amigo Cárpena. La
barba impide que le piquen los mosquitos.
Cárpena, por su parte, trató de
preguntar todo lo que pudo. Su ignorancia producía risa a menudo. Pero supo al
menos lo necesario acerca de sus compañeros y se le reafirmó la idea de que en
la selva había que ser duro.
Cuando apagaron la luz y se
tendieron a dormir, comenzó a soplar un viento de tenaz mugido. Un cauchero
dijo a don Floro:
—Está bien eso; se llevará a los
mosquitos. Y usted lleve mañana a Cárpena al monte. Ya tendrá tiempo de ahumar.
Cárpena había visto en Iquitos
las bolas de caucho y el atosigante trabajo de ahumarlas. Menos mal que ahora
lo destinaban a otra cosa. Podía considerar, inclusive, que estaba con suerte.
Le gustaba tener que acompañar a don Floro. Según se había enterado, éste era
un rumbero, o sea el hombre que en medio del laberinto vegetal de la selva,
encuentra siempre el rumbo. Había leído una novela en la cual se contaba cómo
un rumbero a quien le falló el sentido de dirección, mientras guiaba a un grupo
de caucheros, perdió a su angustiada tropa en la incertidumbre del bosque sin
caminos y de la mente enloquecida. Pero don Floro parecía incapaz de
extraviarse. Era un sesentón membrudo de ojos de jaguar y la consabida barba
enmarañada y sucia. La piel blanca había adquirido tonos ocres y verdosos tal
si se le hubieran pegado del bosque, y las barbas grises parecían un manojo de
esos bejucos parásitos que cuelgan de los troncos.
Don Floro, al calmarse un poco el
viento, barbotó con su vozarrón despacioso:
—Se me hace que, por allá, al
sur, hay una partida de monos. Están chillando con el ventarrón. Diría que hay
un monito chico entre ellos. ¿No lo oyen? Lo voy a atrapar mañana. Con darle un
tiro a la madre...
—¿Y cómo los vamos a encontrar?
—preguntó Cárpena con una respetabilísima ingenuidad.
Los comentarios y las risas
rebotaron de hamaca en hamaca. Don Floro apagó su carcajada de trueno y dijo:
—Muchacho: yo les sé las
costumbres. Esos monos seguirán caminando desde antes del amanecer. Y que me
corten el cogote si no se paran en una mancha de palmeras que he visto. Hay
mucho coco ahí. Ya verás, ya verás...
—¿Y usted los oye realmente?
—preguntó de nuevo Cárpena.
—Claro que los oigo —aseguró don
Floro—, cuando el viento calma, se los oye. Chillan como unos condenaos...
Deben estar a unas veinte cuadras de aquí...
Con el sueño, en la barraca se
adensó el silencio. Cárpena buscó nuevas palabras entre la sombra. Sólo hablaba
el viento, de rato en rato, con una voz cargada de espacios selváticos,
misteriosa y profunda.
El bisoño tenía veinte años y un
puñado de familiares recuerdos. Su experiencia de la selva se reducía al viaje
que había hecho para llegar a la barraca. Provenía de tierra sin muchos
árboles, de la costa peruana, donde cada valle está flanqueado por desiertos de
arena y piedra. El se había nutrido del cuidado materno, de lecturas de Salgari
y grandes proyectos personales. Ahora la aventura cobraba un sesgo real, al
enfrentar la realidad sentíase desarmado, y los grandes proyectos parecían
perdidos como las estrellas.
La noche le vendaba los ojos.
Cárpena terminó por sentirse solo y la nostalgia de la madre le creció pecho
adentro. En la hamaca se acurrucó tal si estuviera en el regazo materno y un
sentimiento de ternura, próximo y distante, lo envolvió dándole una sensación
de timidez a la que se mezclaba una creciente tristeza. Aulló un jaguar a lo
lejos y una luciérnaga trazó un fugaz hilo de luz. El muchacho fue llamado a la
realidad. Trató de rehacerse y de insistir en su determinación de ser duro. El
—pensaba— sabría luchar también. Después tendría dinero y la firmeza de los que
triunfan en la vida. Pero debía ser fuerte. Reacio a toda mella como las rocas
y los palos de chonta. El también se curtiría... Tenía que ser un cauchero de
veras, un hombre de la selva... él también...
Al fin se durmió.
A la mañana siguiente, Cárpena,
que pese a sus esfuerzos tenía el aire inseguro del recién llegado, salió con
don Floro, el rumbero, a cazar monos. Cárpena marchaba mirando a todos lados,
tal si un peligro inmediato le estuviera azotando los flancos. ¡No fuera que
una boa, que un jaguar, que un caimán, que un indio salvaje! Don Floro iba
delante, empeñado en escrutar lo alto con sus vivaces ojos de fiera.
Ambos llevaban fusiles a la
espalda y caminaban por una angosta trocha. Las hojas caídas, rojinegras y
pardas, llenaban el suelo despidiendo, al podrirse, un olor acre. El musgo y
toda laya de plantas parásitas escoriaban los tallos innumerables. Era ése un
mundo intestinal que realizaba laboriosamente su digestión de árboles.
Cárpena avanzaba muy pegado al
rumbero, como si de la proximidad a aquel hombre dependiera su vida. Aprendería
de él. Don Floro le enseñaría los secretos del bosque. El baqueano ya había
desempeñado igual tarea muchas veces y la tomaba con gusto. Hablaba, comenzando
a enseñar la pulseada del bosque, mientras apartaba a manotadas las ramas que
ya querían cerrar la trocha y se interponían a su paso.
—¡Ah, muchacho! Soy antiguazo
aquí. Vine mocoso como tú, cuando la primera busca del caucho.
No sé si quedará retazo de bosque
que no haya andao. Bueno, esto es mucho; pero te digo que conozco la cosa.
¿Sabes las rayas de tu mano? ¿No? Pues yo sé las del bosque. Una media bruja de
la ciudad, veía las rayas de la palma de la mano y decía que ahí estaba el
destino. Esta es una mano que hay que saberla ver lo mismo. Aquí hay también
destino...
Tropezaron con un árbol cubierto
de cortaduras y lacras, un pobre ser de los bosques al que habían hecho padecer
un raro suplicio. Las incisiones y los tajos llenaban su hermoso tallo. Aún
había rastros de la sangre blanca que vertiera.
—Caucho explotao —explicó don
Floro. Y prosiguió—: Ahora pa encontrarlo, hay que caminar lejos. Han macheteao
duro los muchachos. Antes dabas un machetazo al aire y salía jebe. Ahora hay
que caminar hasta donde el duende tiene su guarida, que es lejos, y no
encuentras.
De la cintura de don Floro
colgaba un largo machete metido en vaina de cuero.
—Bueno, todo está lejos. Nos
tomará tiempo encontrar a los monos. No se ve ni uno por lo alto. Por eso estoy
hablando sin consideración. ¿Has comido mono? ¿No? Ya comerás. Al principio,
viéndolos listos, parecen niños asaos y no dan ganas de comerlos. Pero, la
necesidá... Esa lo hace todo. Con el tiempo, te los comes como si tal cosa...
Hay que comer mono. No siempre tienes suerte y encuentras pavas y tapires...
La trocha se fue borrando.
Cárpena sintió como que el bosque se adueñaba de ellos. Un rumor confuso y
perenne flotaba sobre sus cabezas y no se veía otra cosa que tallos, ramas y
lianas. El rumbero se volvió hacia el mozo cogiendo su fusil con las dos manos,
Cárpena lo imitó maquinalmente.
—Ssschcht —musitó el conocedor,
continuando muy bajito—: Silencio..., que no se asusten los monos. Ponen a uno
de guardián y si nos hacemos notar, ése da el grito y escapan...
Y siguió adelante, eludiendo las
lianas blandamente y pisando con suavidad. El fusil, dirigido a lo alto,
parecía tan alerta como sus ojos. Si Cárpena, con un movimiento inhábil
producía algún rumor, don Floro volteaba hacia él, en un mudo reproche. Para
peor, aumentaban las lianas, las ramas, los altos tallos. Crecía el bosque, se
agrandaba ante los ojos del recién llegado. No lograba ver nada preciso en las
copas. ¿Distinguiría don Floro la caza? De cuando en vez, sonaban los aletazos
de un pájaro que huía entre el follaje. Y los hombres ligeramente agazapados,
en acecho, avanzaban sin tregua hacia su insegura presa. Era fatigosa la marcha
y más teniendo que cuidar el silencio. En las hojas caídas dejaban un pequeño
rastro, pero otras se amontonaban pronto sobre ellas, borrándolo. Al cruzar por
un terreno pantanoso, la huella de un tacón se mostró a los ojos del novato,
desde la blanda gleba de un charco. Otro hombre había estado por allí, como lo
atestiguaba su seña y sin embargo la naturaleza, hostil y recogida en sí misma,
parecía haber ignorado siempre su presencia. Los pantanos se precisaron más y
tuvieron que bordeados. Oscuras y quietas aguas, se embalsaban al pie de
grandes árboles tranquilos. Y traspuesta esa zona, otra vez el lecho de hojas,
y las ramas y lianas obstaculizantes, y la penumbra bajo las altas copas
estremecidas. El sol se filtraba a ratos en haces oblicuos, haciendo ver
grietas de troncos añosos y tierno musgo. Sobre la tersura de un tallo plomizo,
destacó una inscripción:
UN RECUERDO
DE
PEDRO J. RAMIREZ
Las letras hondas, grabadas a
cuchillo, denotaban un pulso recio. Cárpena tocó el brazo de don Floro y, al
volverse éste, le mostró el nombre. En verdad, nadie lo llevaba en la barraca.
Allí estaban el “chino” Cortez, el español Segovia, el “negro” Domingo y
también Jiménez y Díaz. No había ninguno que se llamara así. El rumbero se
encogió de hombros como diciendo: “¿Para qué te ocupas de tonterías, cuando
estamos empeñados en encontrar importantes monos?” Pero, tratando de dar una
explicación, se señaló el cuello en un gesto de cortárselo y reanudó la marcha
silenciosamente. Había muerto Pedro J. Ramírez. Como Cárpena, sin duda, dejó su
lugar nativo para lanzarse a esos mundos con un equipo de cauchero y de sueños.
He allí que ya no quedaba de él, sino un nombre grabado en el tallo de un árbol
perdido en medio de la selva. Desde el fondo del bosque, hablaba un muerto en
la supervivencia de un vegetal impasible. Nada más. Cárpena se resistía a
deplorarlo. Ahí —ya lo veía— era innecesaria la compasión. Sería duro como don
Floro. Igual que el rumbero, sabría recorrer el bosque, por un lado y otro, sin
perderse ni lamentar lo irremediable.
Don Floro seguía avanzando con
los ojos y el fusil vigilantes. Se detuvo de súbito colocándose una mano tras
la oreja, a modo de pantalla. Un débil chillido venía de lejos. ¿De dónde? El
rumbero volteó la cabeza a todos lados y luego tomó la dirección. Cárpena lo
seguía hecho ojos y oídos. Pero sin pensar precisamente en que el fusil le iba a
servir de algo. La anunciada “mancha” de palmeras hizo blanquear sus tallos en
medio de la inmensidad verde gris. Don Floro se detuvo de nuevo y echóse a la
cara el fusil. La tropilla de monos escandalizaba haciendo piruetas y arrojando
cocos. El que estaba próximo, que era sin duda el vigía, distinguió a los
cazadores y lanzó un grito estridente, pero ya era tarde. Don Floro disparó.
También disparó Cárpena hacia un pequeño ser gesticulante que se contorsionaba
entre las ramas. Los micos huyeron a grandes saltos por las copas, chillando y
dando alaridos. En pocos segundos se perdió el eco de sus voces en la tranquila
inmensidad de la selva.
Pero uno de ellos se había
quedado. Trató de sostenerse enroscando la cola en una rama, pero después cayó
sobre la hojarasca con un ruido blando. Los cazadores acudieron. Era una mona
que tenía a su pequeño hijo en brazos. El balazo le había roto el pecho. Miró a
los hombres con ojos de pánico y odio, pero después los fijó amorosamente en el
pequeño. Con todas sus fuerzas abrazaba al hijo. Trataba de que el aterrorizado
monito se le pegara al magro seno y luego le acercaba la boca a la teta.
Sacudida por los estertores de la muerte, únicamente se preocupaba de que el
pequeño mamara, de que pudiera vivir. Ninguno de los hombres atinó a rematarla,
viendo esa grande y maternal defensa de la vida. La madre quería a toda costa
salvar al hijo. Sus ojos brillaban sobre él, llenos de ternura, y al
estrecharlo brindábale empecinadamente los exiguos pezones. Pero el monito
chillaba viendo a los cazadores, sin desprenderse del seno, invitando más bien
a la fuga con su actitud medrosa. ¡Si ella hubiera podido huir! Miró por última
vez a los hombres y de nuevo al hijo. Persistió en su empeño de que mamara, ya
muy débilmente, pues las fuerzas sin duda la abandonaban. Y la muerte llegó al
fin y rindióse a ella en medio de una estremecida agonía. Se aquietó para
siempre con el hijo en brazos, dada íntegramente a él, en un gesto de suprema
solicitud. En el vasto silencio que cayó sobre la selva, sólo se escuchaban los
gemidos del monito, cogido del inmóvil y sangrante cuerpo materno. Aferrado a
él, parecía pedirle que lo amparara.
Cárpena no pudo contenerse más y,
apoyándose en un tronco, se puso a sollozar como un niño. Don Floro trataba de
consolarlo:
—Bah, muchacho, ya pasará. Se
acostumbra uno. Después de todo, no fue tuyo el tiro...
Mas el rumbero se felicitaba en
su interior de la penumbra del bosque y de la ancha falda de su sombrero de
palma, que le apretaba sombra sobre la cara. Una terca lágrima había rodado por
su mejilla. Haciéndose a un lado, discretamente, se la enjugó con la manga de
la camisa.
Literatura
.us
Mapa de la biblioteca | Aviso Legal | Quiénes Somos | Contactar