Julio
Cortázar
(1914-1984)
Axolotl
(Final del juego,
1956)
Hubo un tiempo en que yo pensaba
mucho en los axolotl. Iba a verlos al acuario del Jardín des Plantes y me
quedaba horas mirándolos, observando su inmovilidad, sus oscuros
movimientos. Ahora soy un axolotl.
El azar me llevó
hasta ellos una mañana de primavera en que París abría su cola de pavo
real después de la lenta invernada. Bajé por el bulevar de Port Royal,
tomé St. Marcel y L’Hôpital, vi los verdes entre tanto gris y me
acordé de los leones. Era amigo de los leones y las panteras, pero nunca
había entrado en el húmedo y oscuro edificio de los acuarios. Dejé mi
bicicleta contra las rejas y fui a ver los tulipanes. Los leones estaban
feos y tristes y mi pantera dormía. Opté por los acuarios, soslayé
peces vulgares hasta dar inesperadamente con los axolotl. Me quedé una
hora mirándolos, y salí incapaz de otra cosa.
En la biblioteca
Saint-Geneviève consulté un diccionario y supe que los axolotl son
formas larvales, provistas de branquias, de una especie de batracios del
género amblistoma. Que eran mexicanos lo sabía ya por ellos mismos, por
sus pequeños rostros rosados aztecas y el cartel en lo alto del acuario.
Leí que se han encontrado ejemplares en África capaces de vivir en
tierra durante los períodos de sequía, y que continúan su vida en el
agua al llegar la estación de las lluvias. Encontré su nombre español,
ajolote, la mención de que son comestibles y que su aceite se usaba (se
diría que no se usa más) como el de hígado de bacalao.
No quise consultar
obras especializadas, pero volví al día siguiente al Jardin des Plantes.
Empecé a ir todas las mañanas, a veces de mañana y de tarde. El
guardián de los acuarios sonreía perplejo al recibir el billete. Me
apoyaba en la barra de hierro que bordea los acuarios y me ponía a
mirarlos. No hay nada de extraño en esto porque desde un primer momento
comprendí que estábamos vinculados, que algo infinitamente perdido y
distante seguía sin embargo uniéndonos. Me había bastado detenerme
aquella primera mañana ante el cristal donde unas burbujas corrían en el
agua. Los axolotl se amontonaban en el mezquino y angosto (sólo yo puedo
saber cuán angosto y mezquino) piso de piedra y musgo del acuario. Había
nueve ejemplares y la mayoría apoyaba la cabeza contra el cristal,
mirando con sus ojos de oro a los que se acercaban. Turbado, casi
avergonzado, sentí como una impudicia asomarme a esas figuras silenciosas
e inmóviles aglomeradas en el fondo del acuario. Aislé mentalmente una
situada a la derecha y algo separada de las otras para estudiarla mejor.
Vi un cuerpecito rosado y como translúcido (pensé en las estatuillas
chinas de cristal lechoso), semejante a un pequeño lagarto de quince
centímetros, terminado en una cola de pez de una delicadeza
extraordinaria, la parte más sensible de nuestro cuerpo. Por el lomo le
corría una aleta transparente que se fusionaba con la cola, pero lo que
me obsesionó fueron las patas, de una finura sutilísima, acabadas en
menudos dedos, en uñas minuciosamente humanas. Y entonces descubrí sus
ojos, su cara, dos orificios como cabezas de alfiler, enteramente de un
oro transparente carentes de toda vida pero mirando, dejándose penetrar
por mi mirada que parecía pasar a través del punto áureo y perderse en
un diáfano misterio interior. Un delgadísimo halo negro rodeaba el ojo y
los inscribía en la carne rosa, en la piedra rosa de la cabeza vagamente
triangular pero con lados curvos e irregulares, que le daban una total
semejanza con una estatuilla corroída por el tiempo. La boca estaba
disimulada por el plano triangular de la cara, sólo de perfil se
adivinaba su tamaño considerable; de frente una fina hendedura rasgaba
apenas la piedra sin vida. A ambos lados de la cabeza, donde hubieran
debido estar las orejas, le crecían tres ramitas rojas como de coral, una
excrescencia vegetal, las branquias supongo. Y era lo único vivo en él,
cada diez o quince segundos las ramitas se enderezaban rígidamente y
volvían a bajarse. A veces una pata se movía apenas, yo veía los
diminutos dedos posándose con suavidad en el musgo. Es que no nos gusta
movernos mucho, y el acuario es tan mezquino; apenas avanzamos un poco nos
damos con la cola o la cabeza de otro de nosotros; surgen dificultades,
peleas, fatiga. El tiempo se siente menos si nos estamos quietos.
Fue su quietud la
que me hizo inclinarme fascinado la primera vez que vi a los axolotl.
Oscuramente me pareció comprender su voluntad secreta, abolir el espacio
y el tiempo con una inmovilidad indiferente. Después supe mejor, la
contracción de las branquias, el tanteo de las finas patas en las
piedras, la repentina natación (algunos de ellos nadan con la simple
ondulación del cuerpo) me probó que eran capaz de evadirse de ese sopor
mineral en el que pasaban horas enteras. Sus ojos sobre todo me
obsesionaban. Al lado de ellos en los restantes acuarios, diversos peces
me mostraban la simple estupidez de sus hermosos ojos semejantes a los
nuestros. Los ojos de los axolotl me decían de la presencia de una vida
diferente, de otra manera de mirar. Pegando mi cara al vidrio (a veces el
guardián tosía inquieto) buscaba ver mejor los diminutos puntos áureos,
esa entrada al mundo infinitamente lento y remoto de las criaturas
rosadas. Era inútil golpear con el dedo en el cristal, delante de sus
caras no se advertía la menor reacción. Los ojos de oro seguían
ardiendo con su dulce, terrible luz; seguían mirándome desde una
profundidad insondable que me daba vértigo.
Y sin embargo
estaban cerca. Lo supe antes de esto, antes de ser un axolotl. Lo supe el
día en que me acerqué a ellos por primera vez. Los rasgos
antropomórficos de un mono revelan, al revés de lo que cree la mayoría,
la distancia que va de ellos a nosotros. La absoluta falta de semejanza de
los axolotl con el ser humano me probó que mi reconocimiento era válido,
que no me apoyaba en analogías fáciles. Sólo las manecitas... Pero una
lagartija tiene también manos así, y en nada se nos parece. Yo creo que
era la cabeza de los axolotl, esa forma triangular rosada con los ojitos
de oro. Eso miraba y sabía. Eso reclamaba. No eran animales.
Parecía fácil,
casi obvio, caer en la mitología. Empecé viendo en los axolotl una
metamorfosis que no conseguía anular una misteriosa humanidad. Los
imaginé conscientes, esclavos de su cuerpo, infinitamente condenados a un
silencio abisal, a una reflexión desesperada. Su mirada ciega, el
diminuto disco de oro inexpresivo y sin embargo terriblemente lúcido, me
penetraba como un mensaje: «Sálvanos, sálvanos». Me sorprendía
musitando palabras de consuelo, transmitiendo pueriles esperanzas. Ellos
seguían mirándome inmóviles; de pronto las ramillas rosadas de las
branquias de enderezaban. En ese instante yo sentía como un dolor sordo;
tal vez me veían, captaban mi esfuerzo por penetrar en lo impenetrable de
sus vidas. No eran seres humanos, pero en ningún animal había encontrado
una relación tan profunda conmigo. Los axolotl eran como testigos de
algo, y a veces como horribles jueces. Me sentía innoble frente a ellos,
había una pureza tan espantosa en esos ojos transparentes. Eran larvas,
pero larva quiere decir máscara y también fantasma. Detrás de esas
caras aztecas inexpresivas y sin embargo de una crueldad implacable,
¿qué imagen esperaba su hora?
Les temía. Creo
que de no haber sentido la proximidad de otros visitantes y del guardián,
no me hubiese atrevido a quedarme solo con ellos. «Usted se los come con
los ojos», me decía riendo el guardián, que debía suponerme un poco
desequilibrado. No se daba cuenta de que eran ellos los que me devoraban
lentamente por los ojos en un canibalismo de oro. Lejos del acuario no
hacía mas que pensar en ellos, era como si me influyeran a distancia.
Llegué a ir todos los días, y de noche los imaginaba inmóviles en la
oscuridad, adelantando lentamente una mano que de pronto encontraba la de
otro. Acaso sus ojos veían en plena noche, y el día continuaba para
ellos indefinidamente. Los ojos de los axolotl no tienen párpados.
Ahora sé que no
hubo nada de extraño, que eso tenía que ocurrir. Cada mañana al
inclinarme sobre el acuario el reconocimiento era mayor. Sufrían, cada
fibra de mi cuerpo alcanzaba ese sufrimiento amordazado, esa tortura
rígida en el fondo del agua. Espiaban algo, un remoto señorío
aniquilado, un tiempo de libertad en que el mundo había sido de los
axolotl. No era posible que una expresión tan terrible que alcanzaba a
vencer la inexpresividad forzada de sus rostros de piedra, no portara un
mensaje de dolor, la prueba de esa condena eterna, de ese infierno
líquido que padecían. Inútilmente quería probarme que mi propia
sensibilidad proyectaba en los axolotl una conciencia inexistente. Ellos y
yo sabíamos. Por eso no hubo nada de extraño en lo que ocurrió. Mi cara
estaba pegada al vidrio del acuario, mis ojos trataban una vez mas de
penetrar el misterio de esos ojos de oro sin iris y sin pupila. Veía de
muy cerca la cara de una axolotl inmóvil junto al vidrio. Sin
transición, sin sorpresa, vi mi cara contra el vidrio, en vez del axolotl
vi mi cara contra el vidrio, la vi fuera del acuario, la vi del otro lado
del vidrio. Entonces mi cara se apartó y yo comprendí.
Sólo una cosa era
extraña: seguir pensando como antes, saber. Darme cuenta de eso fue en el
primer momento como el horror del enterrado vivo que despierta a su
destino. Afuera mi cara volvía a acercarse al vidrio, veía mi boca de
labios apretados por el esfuerzo de comprender a los axolotl. Yo era un
axolotl y sabía ahora instantáneamente que ninguna comprensión era
posible. Él estaba fuera del acuario, su pensamiento era un pensamiento
fuera del acuario. Conociéndolo, siendo él mismo, yo era un axolotl y
estaba en mi mundo. El horror venía -lo supe en el mismo momento- de
creerme prisionero en un cuerpo de axolotl, transmigrado a él con mi
pensamiento de hombre, enterrado vivo en un axolotl, condenado a moverme
lúcidamente entre criaturas insensibles. Pero aquello cesó cuando una
pata vino a rozarme la cara, cuando moviéndome apenas a un lado vi a un
axolotl junto a mí que me miraba, y supe que también él sabía, sin
comunicación posible pero tan claramente. O yo estaba también en él, o
todos nosotros pensábamos como un hombre, incapaces de expresión,
limitados al resplandor dorado de nuestros ojos que miraban la cara del
hombre pegada al acuario.
Él volvió muchas
veces, pero viene menos ahora. Pasa semanas sin asomarse. Ayer lo vi, me
miró largo rato y se fue bruscamente. Me pareció que no se interesaba
tanto por nosotros, que obedecía a una costumbre. Como lo único que hago
es pensar, pude pensar mucho en él. Se me ocurre que al principio
continuamos comunicados, que él se sentía más que nunca unido al
misterio que lo obsesionaba. Pero los puentes están cortados entre él y
yo porque lo que era su obsesión es ahora un axolotl, ajeno a su vida de
hombre. Creo que al principio yo era capaz de volver en cierto modo a él
-ah, sólo en cierto modo-, y mantener alerta su deseo de conocernos
mejor. Ahora soy definitivamente un axolotl, y si pienso como un hombre es
sólo porque todo axolotl piensa como un hombre dentro de su imagen de
piedra rosa. Me parece que de todo esto alcancé a comunicarle algo en los
primeros días, cuando yo era todavía él. Y en esta soledad final, a la
que él ya no vuelve, me consuela pensar que acaso va a escribir sobre
nosotros, creyendo imaginar un cuento va a escribir todo esto sobre los
axolotl.
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