Julio
Cortázar
(1914-1984)
El móvil
(Final del juego, 1956)
No me lo van a creer, es como en
las cintas de bió grafo, las cosas son como vienen y vos las tenés que
aceptar, si no te gusta te vas y la plata nadie te la devuelve. Como quien
no quiere, ya son veinte años y el asunto está más que prescrito, así
que lo voy a contar y el que crea que macaneo se puede ir a freír
buñuelos.
A Montes lo mataron
en el bajo una noche de agosto. A lo mejor era cierto que Montes le había
faltado a una mujer, y que el macho se lo cobró con intereses. Lo que yo
sé es que a Montes loo mataron de atrás, de un tiro en la cabeza, y eso
no se perdona. Montes y yo éramos carne y uña, siempre juntos en la
timba y el café del negro. Padilla, pero ustedes no se han de acordar del
negro. También a él lo mataron, un día si quieren les cuento.
La cosa es que
cuando me avisaron ya Montes había espichado y a gatas llegué para ver
cómo la hermana se le tiraba encima y le daba la pataleta. Yo lo miré un
rato a Montes que estaba con los ojos abiertos, y le juré que el otro no
se la iba a llevar de arriba. Esa noche hablé con Barros y aquí es donde
el cuento les va a parecer macana. La cuestión es que Barros había sido
el primero en llegar cuando se oyó el tiro, y lo encontró a Montes
boqueando al lado de un paraíso. tarros, que era una luz hizo lo
imposible para que le dijera quién había sido. Montes quería hablar
pero con un plomo en la cabeza no debe ser nada fácil, así que Barros no
le pudo sacar gran cosa. De todas maneras Montes le alcanzó a decir,
fíjense lo que es el delirio de un moribundo, algo así como “el del
brazo azul”, y después dijo una palabra que debía ser “tatuaje”, y
por ahí sacamos que el mozo era marinero y gracias. Dénse cuenta, con lo
fácil que era decir López o Fernández, pero con un balazo en el coco a
cualquiera se la doy. A lo mejor Montes no sabia cómo se llamaba el otro,
los tatuajes se ven pero un nombre hay que averiguarlo y en una de esas
es de grupo.
Ahora ustedes se van
a reír cuando les diga que ocho días después Barros y yo lo localizamos
al tipo, mientras la mejor del mundo seguía meta batidas al cuete en el
puerto y por todas partes. Nosotros teníamos nuestros rebusques, y no los
voy a cansar con detalles. Pero no es de eso que se van a reír, se van a
reír de que el batidor no nos pudo dar la filiación del tipo, en cambio
nos avisó que rajaba en un barco francés y que no iba de marinero, iba
de pasajero y dénse cuenta qué lujo. Por ahí sacamos que el mozo estaba
retirado de la profesión, pero aprovechaba que conocía mundo para
hacerse humo. Lo único que sabíamos era que viajaba de tercera y que era
argentino. No hay que extrañarse. Un gringo no lo hubiera podido a
Montes, pero lo más raro del caso es que el batidor no nos pudo,
conseguir el apellido del mozo. Mejor dicho le dieron uno que después
resultó que no figuraba entre los pasajeros. La, gente a veces tiene
miedo, che, y a lo mejor el tipo que por treinta nacionales le pasó el
dato a nuestro batidor, le macaneó el nombre para curarse en salud. O
andá a saber si el mozo a última hora no consiguió otros papeles. La
cosa es que ahora sigue el biógrafo, porque yo y Barros hablamos toda una
noche, y a la mañana me constituí en el Departamento y empecé con los
papeles. En aquel entonces no daba tanto trabajo conseguir el pasaporte.
Bueno, abreviando detalles la cosa es que en el comité me palanquearon el
pasaje, y una noche a las diez este cuerpo estaba a bordo con destino a
Marsella, que es un apeadero de los franchutes. Ya les estoy viendo la
cara pero paciencia. Si quieren no lo sigo. Y bueno, entonces echá más
caña y háganse de cuenta que están leyendo el conde de montecristo. Ya
les previne de entrada que estos casos no les ocurren a todos, aparte que
eran otros tiempos.
En el barco que iba
casi vacío me dieron para mí solo un camarote con cuatro camas, fíjense
qué lujo. Podía poner la ropa bien estirada, y me sobraba lugar.
¿Ustedes viajaron a Europa, muchachos? Lo digo por reírme. Mirá, es
así: los camarotes daban a un pasillo, y por el pasillo se iba a un
cafecito que había en una punta; por el otro lado trepabas una escalera y
subías adelante del barco. La primera noche me la pasé en la cubierta,
mirando Buenos Aires que se perdía de a poco. Pero al otro día empecé a
vichar alrededor. En Montevideo no se bajó nadie, el barco ni atracó
siquiera. Cuando le metimos mar afuera, me aguanté los corcovos que me
hacían las tripas y que no se los deseo. La cosa no iba a ser difícil
porque en el café todo se sabe en seguida y resultó que de los
veintitantos de tercera había como quince polleras, y el resto eran casi
todos gallegos y tanos. No había más que tres argentinos sin contarme a
mí, y ya al rato estábamos los cuatro pegándole al truco y a la
cerveza.
De los tres uno ya
era viejo, aunque le hubiera podido dar un susto al más pintado. Los
otros dos andaban por los treinta como yo. En seguida estuvimos como
chanchos con Pereyra, pero Lamas era más reservado y parecía medio
tristón. Yo paraba la oreja para ver cuál de los tres hablaba con el
lunfardo de los marineros, y por ahí les soltaba comentarios a propósito
del barco para ver si alguno pisaba el palito. Al rato ya me di cuenta que
iba por mal camino, y que el interesado se cuidaba como de mearse en la
cama. Decían cada, pavada sobre el barco que hasta vo me daba cuenta. Y a
todo esto hacía un frío bárbaro y nadie se sacaba el saco ni la
tricota.
Ya los tres me
habían dicho que iban a Marsella, de modo que en el Brasil estuve bien
atento, pero era cierto y ninguno se las tomó. Cuando empezó a apretar
el calor me puse en camiseta para dar el ejemplo, pero ellos andaban en
mangas de camisa, y se las arrollaban hasta el codo nada más. El viejo
Ferro se reía al verme afilar con la camarera, y me felicitaba por todos
los colchones que tenía en el camarote. Pereyra se tiraba también su
buen lance, y la Petrona que era una galleguita viva nos tenía a los dos
a mal traer. Y no hablemos de cómo se movía el barco, y la puerca comida
que nos daban.
Cuando me pareció
que Pereyra atropellaba a fondo con la Petrona, tomé mis disposiciones.
Apenas me la topé en el pasillo le dije que en mi camarote estaba
entrando el agua. Me creyó y le cerré la puerta apenas estuvo adentro.
Al primer manotón me tiró una cachetada, pero riéndose. Después
estuvo mansita como oveja. Calculen con todas esas camas, como decía
Ferro. En realidad esa noche no hicimos gran cosa, pero al otro día me le
afirmé de veras y la verdad es que gallega y todo valía la pena. Pucha
si valía.
De pasada se lo dije
a Lamas y a Pereyra, que al principio no lo querían creer o se hacían
los asombrados. Lamas se quedó callado como siempre, pero Pereyra
estaba embalado y le vi las intenciones. Me hice el sonso y se fue con
todo lo que tenía. Esa noche la Petrona me faltó al camarote, yo los
había visto ya charlando del lado de los baños. Les parecerá raro que
la galleguita me largara tan pronto, y va a ser mejor que les diga todo.
Con un canario y la promesa de otro si me conseguía la información
necesaria, la Petrona había agarrado viaje al galope. Se imaginarán que
no le dije por qué quería saber si Pereyra tenía alguna marca en el
brazo; le hablé de una apuesta, de cualquier pavada. Nos reíamos como
locos.
A la mañana
siguiente charlé largo con Lamas, sentados en un rollo de sogas que
había adelante del barco. Me dijo que iba a Francia a trabajar de
ordenanza en la embajada, o una cosa así. Era un tipo callado, medio
tristón, pero conmigo se franqueaba bastante. Yo le buscaba los ojos, y
de repente se me pasaba por la memoria la cara de Montes muerto, los
gritos de la hermana, el velorio cuando lo devolvieron de la autopsia. Me
daban ganas de acorrararlo a Lamas y preguntarle derecho viejo si había
sido él. Pero qué hubiera ganado, en esa forma lo echaba todo a perder,
Mejor esperar que la Petrona cayera por mi camarote.
A eso de las cinco
me golpeó la puerta. Venía muerta de risa y de entrada me anunció que
Pereyra no tenía nada en los brazos. “Me sobró tiempo para mirarlo por
todos lados”, dijo, y se reía como loca. Yo pensé en Lamas que me
había resultado el más simpático, y me di cuenta de lo infeliz que es
uno por dejarse llevar así. Qué simpático ni qué carajo. Si Ferro y
Pereyra quedaban afuera, no había vuelta que darle. De pura bronca la
tumbé ahí nomás a la Petrona, que no quería, y le di unos chirlos para
activar la desvestida. No la largué hasta la hora de comer, y eso para no
comprometerla con los tipos del buque que ya la andarían buscando.
Quedamos en que volvería al otro día por la tarde, y me fui a comer. Nos
habían puesto a los cuatro criollos en una mesa, lejos de los gallegos y
los tanos, y yo lo tenía de frente a Lamas. No saben lo que me costaba
mirarlo natural, pensando en Montes. Ahora ya no extrañaba que lo
hubiera ventajeado a Montes, a cualquiera lo sobraba con ese aire
reconcentrado que inspiraba confianza. A Pereyra ya ni lo tenía en
cuenta, pero al final me llamó la atención que no decía nada de la
Petrona, él que antes se la pasaba anunciando cómo se iba a encamar con
la galleguita. Se me vino a la cabeza que. tampoco ella me había hablado
mucho del mozo, fuera de decirme lo importante. Por las dudas me quedé de
guardia con la puerta entornada, y a eso de la medianoche la vi que se
metía en el camarote de Pereyra. Me acosté y me quedé pensando.
Al otro día la
Petrona no vino. La arrinconé en uno de los cuartos de baño y le
pregunté qué le pasaba. Dijo que nada, que andaba con mucho trabajo.
—¿Anoche volviste
con Pereyra? —le pregunté de sopetón.
—¿Yo? ¿Por qué?
No, no volví —me mintió.
Que a uno le saquen
la mujer no es para reírse, pero si encima de eso la culpa la tenés vos,
se imaginarán que no le veía la gracia. Cuando la apremié para que me
viniera a ver esa misma noche, se puso a llorar y dijo que el cabo o el
capataz de a bordo la tenía entre ojos y se sospechaba lo ocurrido, que
no quería perder el conchabo, y otras bolas parecidas. Creo que fue en
ese momento que me di cuenta de la cosa y me quedé pensando. De la
gallega no me importaba mucho, aunque el amor propio me comía la
sangre. Pero había otras cosas más serias, y tuve toda la noche para
pensarlas. La noche aquella también me sirvió para verla a la Petrona
cuando se colaba de nuevo en el camarote de Pereyra.
Al otro día me las
arreglé para charlar con el viejo Ferro. Hacía rato que no le
desconfiaba, pero quería estar seguro. Me repitió con detalles que iba a
Francia a visitar a su hija que se había casado con un franchute y
tenía una punta de hijos. El viejo quería ver a los nietos antes de
espichar, y andaba con la billetera llena de fotos de la familia. Pereyra
se presentó tarde y con cara de dormido. También... Y Lamas andaba con
un método para aprender el francés. Fíjense qué compañía, che.
La cosa siguió así
hasta la víspera de llegar a Marsella. Aparte de acorralarla una o dos
veces en los pasillos, no pude conseguir que la Petrona volviera a mi
camarote. Ya ni se acordaba de la plata prometida, y eso que se la
mencionaba cada vez. Como ponía cara de asco al oír hablar de los pesos
que le debía, me afirmé en mi idea y vi todo bien clarito. La noche
antes de llegar me la encontré tomando fresco en la cubierta. Pereyra
estaba al lado .y se hizo el inocente al verme pasar. Yo esperé la
ocasión y a la hora de irme a dormir la atajé a la galleguita que andaba
muy atareada.
—¿No vas a venir?
—le pregunté, haciéndole una caricia en las ancas.
Se echó atrás como
si hubiera visto el diablo, pero después disimuló.
—No puedo —dijo—.
Ya te expliqué que me tienen vigilada.
Me daban ganas de
partirle la jeta de un revés para que no siguiera tomándome pal
churrete, pero me contuve. Ya no quedaba tiempo para pavadas.
—Decime —le
pregunté—. ¿Estás bien segura de lo que me dijiste de Pereyra? Mirá
que es importante, y a lo mejor no te fijaste bien.
Le vi en los ojos
las ganas de reírse que tenía, mezcladas con miedo.
—Pero sí, ya te
dije que no tenía nada, ¿Qué querés, que vaya otra vez con él para
estar más segura?
Y se sonreía, la
muy perra, convencida de que yo estaba en la luna. Le pegué un chirlo
liviano y me volví al camarote. Ahora no me interesaba espiar si la
Petrona se metía en lo de Pereyra.
Por la mañana ya
tenía mi valija lista y lo necesario en la faja. El franchute que
atendía el café champurreaba un poco el español y me había explicado
que al llegar a Marsella la policía subía a bordó y revisaba los
documentos. Recién después de eso daban permiso de desembarco. Nos
pusimos todos en fila, y fuimos pasando de a uno para mostrar los papeles.
Yo lo dejé ir primero á Pereyra, y cuando estábamos del otro lado lo
agarré del brazo y lo invité a despedirnos en mi camarote con un trago
de caña. Como ya la había probado y le gustaba, vino en seguida. Cerré
la puerta con pasador y me, quedé mirándolo.
—¿Y la caña? —dijo
él, pero cuando vio lo que tenía en la mano se puso blanco y se echó
atrás—. No seas animal... Por una mujer como esa... —me alcanzó a,
decir.
El camarote
resultaba estrecho, tuve que saltar por encima del finado para tirar el
facón al agua. Aunque ya sabía que era al ñudo, me agaché para ver si
la Petrona no me había mentido. Agarré la valija, cerré con llave el
camarote y salí. Ferro ya estaba erg la planchada y me saludó a gritos.
Lamas esperaba turno, callado copio siempre. Me le acerqué y le dije un
par de cosas a la oreja. Creí que se iba a caer redondo, pero no era más
que la impresión. Pensó un momento y estuvo de acuerdo. Yo sabía hacía
rato que iba a estar de acuerdo. Secreto por secreto, los dos cumplimos.
De él nunca supe más nada, después que me acomodó entre sus amigos
franchutes. A los tres años ya pude volverme. Tenía unas ganas de ver
Buenos Aires...
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