Julio
Cortázar
(1914-1984)
El perseguidor
(Las armas secretas, 1959)
In
memorian Ch. P.
Sé fiel
hasta la muerte
Apocalipsis, 2,10
O make me a mask
Dylan Thomas
Dédée me ha llamado por la tarde
diciéndome que Johnny no estaba bien, y he ido en seguida al hotel. Desde
hace unos días Johnny y Dédée viven en un hotel de la rue Lagrange, en
una pieza del cuarto piso. Me ha bastado ver la puerta de la pieza para
darme cuenta de que Johnny está en la peor de las miserias; la ventana da
a un patio casi negro, y a la una de la tarde hay que tener la luz
encendida si se quiere leer el diario o verse la cara. No hace frío, pero
he encontrado a Johnny envuelto en una frazada, encajado en un roñoso
sillón que larga por todos lados pedazos de estopa amarillenta. Dédée
está envejecida, y el vestido rojo le queda muy mal; es un vestido para
el trabajo, para las luces de la escena; en esa pieza del hotel se
convierte en una especie de coágulo repugnante.
—El compañero
Bruno es fiel como el mal aliento —ha dicho Johnny a manera de saludo,
remontando las rodillas hasta apoyar en ellas el mentón. Dédée me ha
alcanzado una silla y yo he sacado un paquete de Gauloises. Traía un
frasco de ron en el bolsillo, pero no he querido mostrarlo hasta hacerme
una idea de lo que pasa. Creo que lo más irritante era la lamparilla con
su ojo arrancado colgando del hilo sucio de moscas. Después de mirarla
una o dos veces, y ponerme la mano como pantalla, le he preguntado a
Dédée si no podíamos apagar la lamparilla y arreglarnos con la luz de
la ventana. Johnny seguía mis palabras y mis gestos con una gran
atención distraída, como un gato que mira fijo pero que se ve que está
por completo en otra cosa; que es otra cosa. Por fin Dédée se ha
levantado y ha apagado la luz. En lo que quedaba, una mezcla de gris y
negro, nos hemos reconocido mejor. Johnny ha sacado una de sus largas
manos flacas de debajo de la frazada, y yo he sentido la fláccida tibieza
de su piel. Entonces Dédée ha dicho que iba a preparar unos nescafés.
Me ha alegrado saber que por lo menos tienen una lata de nescafé. Siempre
que una persona tiene una lata de nescafé me doy cuenta de que no está
en la última miseria; todavía puede resistir un poco.
—Hace rato que no
nos veíamos —le he dicho a Johnny—. Un mes por lo menos.
—Tú no haces más
que contar el tiempo —me ha contestado de mal humor—. El primero, el
dos, el tres, el veintiuno. A todo le pones un número, tú. Y ésta es
igual. ¿Sabes por qué está furiosa? Porque he perdido el saxo. Tiene
razón, después de todo.
—¿Pero cómo has
podido perderlo? —le he preguntado, sabiendo en el mismo momento que era
justamente lo que no se le puede preguntar a Johnny.
—En el métro
—ha dicho Johnny—. Para mayor seguridad lo había puesto debajo del
asiento. Era magnífico viajar sabiendo que lo tenía debajo de las
piernas, bien seguro.
—Se dio cuenta
cuando estaba subiendo la escalera del hotel —ha dicho Dédée, con la
voz un poco ronca—. Y yo tuve que salir como una loca a avisar a los del
métro, a la policía.
Por el silencio
siguiente me he dado cuenta de que ha sido tiempo perdido. Pero Johnny ha
empezado a reírse como hace él, con una risa más atrás de los dientes
y de los labios.
—Algún pobre
infeliz estará tratando de sacarle algún sonido —ha dicho—. Era uno
de los peores saxos que he tenido nunca; se veía que Doc Rodríguez
había tocado en él, estaba completamente deformado por el lado del alma.
Como aparato en sí no era malo, pero Rodríguez es capaz de echar a
perder un Stradivarius con solamente afinarlo.
—¿Y no puedes
conseguir otro?
—Es lo que estamos
averiguando —ha dicho Dédée—. Parece que Rory Friend tiene uno. Lo
malo es que el contrato de Johnny...
—El contrato —ha
remedado Johnny—. Qué es eso del contrato. Hay que tocar y se acabó, y
no tengo saxo ni dinero para comprar uno, y los muchachos están igual que
yo.
Esto último no es
cierto, y los tres lo sabemos. Nadie se atreve ya a prestarle un
instrumento a Johnny, porque lo pierde o acaba con él en seguida. Ha
perdido el saxo de Louis Rolling en Bordeaux, ha roto en tres pedazos,
pisoteándolo y golpeándolo, el saxo que Dédée había comprado cuando
lo contrataron para una gira por Inglaterra. Nadie sabe ya cuántos
instrumentos lleva perdidos, empeñados o rotos. Y en todos ellos tocaba
como yo creo que solamente un dios puede tocar un saxo alto, suponiendo
que hayan renunciado a las liras y a las flautas.
—¿Cuándo
empiezas, Johnny?
—No sé. Hoy,
creo, ¿eh, Dé?
—No, pasado
mañana.
—Todo el mundo
sabe las fechas menos yo —rezonga Johnny, tapándose hasta las orejas
con la frazada—. Hubiera jurado que era esta noche, y que esta tarde
había que ir a ensayar.
—Lo mismo da —ha
dicho Dédée—. La cuestión es que no tienes saxo.
—¿Cómo lo mismo
da? No es lo mismo. Pasado mañana es después de mañana, y mañana es
mucho después de hoy. Y hoy mismo es bastante después de ahora, en que
estamos charlando con el compañero Bruno y yo me sentiría mucho mejor si
me pudiera olvidar del tiempo y beber alguna cosa caliente.
—Ya va a hervir el
agua, espera un poco.
—No me refería al
calor por ebullición ha dicho Johnny. Entonces he sacado el frasco de ron
y ha sido como si encendiéramos la luz, porque Johnny ha abierto de par
en par la boca, maravillado, y sus dientes se han puesto a brillar, y
hasta Dédée ha tenido que sonreírse al verlo tan asombrado y contento.
El ron con el nescafé no estaba mal del todo, y los tres nos hemos
sentido mucho mejor después del segundo trago y de un cigarrillo. Ya para
entonces he advertido que Johnny se retraía poco a poco y que seguía
haciendo alusiones al tiempo, un tema que le preocupa desde que lo
conozco. He visto pocos hombres tan preocupados por todo lo que se refiere
al tiempo. Es una manía, la peor de sus manías, que son tantas. Pero él
la despliega y la explica con una gracia que pocos pueden resistir. Me he
acordado de un ensayo antes de una grabación, en Cincinnati, y esto era
mucho antes de venir a París, en el cuarenta y nueve o el cincuenta.
Johnny estaba en gran forma en esos días, y yo había ido al ensayo nada
más que para escucharlo a él y también a Miles Davis. Todos tenían
ganas de tocar, estaban contentos, andaban bien vestidos (de esto me
acuerdo quizá por contraste, por lo mal vestido y lo sucio que anda ahora
Johnny), tocaban con gusto, sin ninguna impaciencia, y el técnico de
sonido hacia señales de contento detrás de su ventanilla, como un
babuino satisfecho. Y justamente en ese momento, cuando Johnny estaba como
perdido en su alegría, de golpe dejó de tocar y soltándole un puñetazo
a no sé quién dijo: “Esto lo estoy tocando mañana”, y los muchachos
se quedaron cortados, apenas dos o tres siguieron unos compases, como un
tren que tarda en frenar, y Johnny se golpeaba la frente y repetía: “Esto
ya lo toqué mañana, es horrible, Miles, esto ya lo toqué mañana”, y
no lo podían hacer salir de eso, y a partir de entonces todo anduvo mal,
Johnny tocaba sin ganas y deseando irse (a drogarse otra vez, dijo el
técnico de sonido muerto de rabia), y cuando lo vi salir, tambaleándose
y con la cara cenicienta, me pregunté si eso iba a durar todavía mucho
tiempo.
—Creo que llamaré
al doctor Bernard —ha dicho Dédée, mirando de reojo a Johnny, que bebe
su ron a pequeños sorbos—. Tienes fiebre, y no comes nada.
—El doctor Bernard
es un triste idiota —ha dicho Johnny, lamiendo su vaso—. Me va a dar
aspirinas, y después dirá que le gusta muchísimo el jazz, por ejemplo
Ray Noble. Te das una idea, Bruno. Si tuviera el saxo lo recibiría con
una música que lo haría bajar de vuelta los cuatro pisos con el culo en
cada escalón.
—De todos modos no
te hará mal tomarte las aspirinas —he dicho, mirando de reojo a Dédée—.
Si quieres yo telefonearé al salir, así Dédée no tiene que bajar. Oye
pero ese contrato... Si empiezas pasado mañana creo que se podrá hacer
algo. También yo puedo tratar de sacarle un saxo a Rory Friend. Y en el
peor de los casos... La cuestión es que vas a tener que andar con más
cuidado, Johnny.
—Hoy no —ha
dicho Johnny mirando el frasco de ron—. Mañana, cuando tenga el saxo.
De manera que no hay por qué hablar de eso ahora. Bruno, cada vez que me
doy mejor cuenta de que el tiempo... Yo creo que la música ayuda siempre
a comprender un poco este asunto. Bueno, no a comprender porque la verdad
es que no comprendo nada. Lo único que hago es darme cuenta de que hay
algo. Como esos sueños, no es cierto, en que empiezas a sospecharte que
todo se va a echar a perder, y tienes un poco de miedo por adelantado;
pero al mismo tiempo no estás nada seguro, y a lo mejor todo se da vuelta
como un panqueque y de repente estás acostado con una chica preciosa y
todo es divinamente perfecto.
Dédée está
lavando las tazas y los vasos en un rincón del cuarto. Me he dado cuenta
de que ni siquiera tienen agua corriente en la pieza; veo una palangana
con flores rosadas y una jofaina que me hace pensar en un animal
embalsamado. Y Johnny sigue hablando con la boca tapada a medias por la
frazada, y también él parece un embalsamado con las rodillas contra el
mentón y su cara negra y lisa que el ron y la fiebre empiezan a humedecer
poco a poco.
—He leído algunas
cosas sobre todo eso, Bruno. Es muy raro, y en realidad tan difícil... Yo
creo que la música ayuda, sabes. No a entender, porque en realidad no
entiendo nada. —Se golpea la cabeza con el puño cerrado. La cabeza le
suena como un coco.
—No hay nada aquí
dentro, Bruno, lo que se dice nada. Esto no piensa ni entiende nada. Nunca
me ha hecho falta, para decirte la verdad. Yo empiezo a entender de los
ojos para abajo, y cuanto más abajo mejor entiendo. Pero no es realmente
entender, en eso estoy de acuerdo.
—Te va a subir la
fiebre —ha rezongado Dédée desde el fondo de la pieza.
—Oh, cállate. Es
verdad, Bruno. Nunca he pensado en nada, solamente de golpe me doy cuenta
de lo que he pensado, pero eso no tiene gracia, ¿verdad? ¿Qué gracia va
a tener darse cuenta de que uno ha pensado algo? Para el caso es lo mismo
que si pensaras tú o cualquier otro. No soy yo, yo. Simplemente saco
provecho de lo que pienso, pero siempre después, y eso es lo que no
aguanto. Ah, es difícil, es tan difícil.. ¿No ha quedado ni un trago?
Le he dado las
últimas gotas de ron, justamente cuando Dédée volvía a encender la
luz; ya casi no se veía en la pieza. Johnny está sudando, pero sigue
envuelto en la frazada, y de cuando en cuando se estremece y hace crujir
el sillón.
—Me di cuenta
cuando era muy chico, casi en seguida de aprender a tocar el saxo. En mi
casa había siempre un lío de todos los diablos, y no se hablaba más que
de deudas, de hipotecas. ¿Tú sabes lo que es una hipoteca? Debe ser algo
terrible, porque la vieja se tiraba de los pelos cada vez que el viejo
hablaba de la hipoteca, y acababan a los golpes. Yo tenia trece años...
pero ya has oído todo eso.
Vaya si lo he oído;
vaya si he tratado de escribirlo bien y verídicamente en mi biografía de
Johnny.
—Por eso en casa
el tiempo no acababa nunca, sabes. De pelea en pelea, casi sin comer. Y
para colmo la religión, ah, eso no te lo puedes imaginar. Cuando el
maestro me consiguió un saxo que te hubieras muerto de risa si lo ves,
entonces creo que me di cuenta en seguida. La música me sacaba del
tiempo, aunque no es más que una manera de decirlo. Si quieres saber lo
que realmente siento, yo creo que la música me metía en el tiempo. Pero
entonces hay que creer que este tiempo no tiene nada que ver con... bueno,
con nosotros, por decirlo así.
Como hace rato que
conozco las alucinaciones de Johnny, de todos los que hacen su misma vida,
lo escucho atentamente pero sin preocuparme demasiado por lo que dice. Me
pregunto en cambio cómo habrá conseguido la droga en París. Tendré que
interrogar a Dédée, suprimir su posible complicidad. Johnny no va a
poder resistir mucho más en ese estado. La droga y la miseria no saben
andar juntas. Pienso en la música que se está perdiendo, en las docenas
de grabaciones donde Johnny podría seguir dejando esa presencia, ese
adelanto asombroso que tiene sobre cualquier otro músico. “Esto lo,
estoy tocando mañana” se me llena de pronto de un sentido clarísimo,
porque Johnny siempre está tocando mañana y el resto viene a la zaga, en
este hoy que él salta sin esfuerzo con las primeras notas de su música.
Soy un crítico de
jazz lo bastante sensible como para comprender mis limitaciones, y me doy
cuenta de que lo que estoy pensando está por debajo del plano donde el
pobre Johnny trata de avanzar con sus frases truncadas, sus suspiros, sus
súbitas rabias y sus llantos. A él le importa un bledo que yo lo crea
genial, y nunca se ha envanecido de que su música esté mucho más allá
de la que tocan sus compañeros. Pienso melancólicamente que él está al
principio de su saxo mientras yo vivo obligado a conformarme con el final.
Él es la boca y yo la oreja, por no decir que él es la boca y yo... Todo
crítico, ay, es el triste final de algo que empezó como sabor, como
delicia de morder y mascar. Y la boca se mueve otra vez, golosamente la
gran lengua de Johnny recoge un chorrito de saliva de los labios. Las
manos hacen un dibujo en el aire.
—Bruno, si un día
lo pudieras escribir... No por mí, entiendes, a mí qué me importa. Pero
debe ser hermoso, yo siento que debe ser hermoso. Te estaba diciendo que
cuando empecé a tocar de chico me di cuenta de que el tiempo cambiaba.
Esto se lo conté una vez a Jim y me dijo que todo el mundo se siente lo
mismo, y que cuando uno se abstrae... Dijo así, cuando uno se abstrae.
Pero no, yo no me abstraigo cuando toco. Solamente que cambio de lugar. Es
como en un ascensor, tú estás en el ascensor hablando con la gente, y no
sientes nada raro, y entre tanto pasa el primer piso, el décimo, el
veintiuno, y la ciudad se quedó ahí abajo, y tú estás terminando la
frase que habías empezado al entrar, y entre las primeras palabras y las
últimas hay cincuenta y dos pisos. Yo me di cuenta cuando empecé a tocar
que entraba en un ascensor, pero era un ascensor de tiempo, si te lo puedo
decir asi. No creas que me olvidaba de la hipoteca o de la religión.
Solamente que en esos momentos la hipoteca y la religión eran como el
traje que uno no tiene puesto; yo sé que el traje está en el ropero,
pero a mf no vas a decirme que en ese momento ese traje existe. El traje
existe cuando me lo pongo, y la hipoteca y la religión existían cuando
terminaba de tocar y la vieja entraba con el pelo colgándole en mechones
y se quejaba dé que yo le rompía las orejas con esa-música-del-diablo.
Dédée ha traído
otra taza de nescafé, pero Johnny mira tristemente su vaso vacío.
—Esto del tiempo
es complicado, me agarra por todos lados. Me empiezo a dar cuenta poco a
poco de que el tiempo no es como una bolsa que se rellena. Quiero decir
que aunque cambie el relleno, en la bolsa no cabe más que una cantidad y
se acabó. ¿Ves mi valija, Bruno? Caben dos trajes, y dos pares de
zapatos. Bueno, ahora imagínate que la vacías y después vas a poner de
nuevo los dos trajes y los dos pares de zapatos, y entonces te das cuenta
de que solamente caben un traje y un par de zapatos. Pero lo mejor no es
eso. Lo mejor es cuando te das cuenta de que puedes meter una tienda
entera en la valija, cientos y cientos de trajes, como yo meto la música
en el tiempo cuando estoy tocando, a veces. La música y lo que pienso
cuando viajo en el métro.
—Cuándo viajas en
el métro.
—Eh, sí, ahí
está la cosa —ha dicho socorronamente Johnny—. El métro es un
gran invento, Bruno. Viajando en el métro te das cuenta de todo lo
que podría caber en la valija. A lo mejor no perdí el saxo en el métro,
a lo mejor...
Se echa a reír,
tose, y Dédée lo mira inquieta. Pero él hace gestos, se ríe y tose
mezclando todo, sacudiéndose debajo de la frazada como un chimpancé. Le
caen lágrimas y se las bebe, siempre riendo.
—Mejor es no
confundir las cosas —dice después de un rato—. Lo perdí y se acabó.
Pero el métro me ha servido para darme cuenta del truco de la
valija. Mira, esto de las cosas elásticas es muy raro, yo lo siento en
todas partes. Todo es elástico, chico. Las cosas que pacecen duras tienen
una elasticidad...
Piensa,
concentrándose.
—...una
elasticidad retardada —agrega sorprendentemente. Yo hago un gesto de
admiración aprobatoria. Bravo, Johnny. El hombre que dice que no es capaz
de pensar. Vaya con Johnny. Y ahora estoy realmente interesado por lo que
va a decir, y él se da cuenta y me mira más socarronamente que nunca.
—¿Tú crees que
podré conseguir otro saxo para tocar pasado mañana, Bruno?
—Sí, pero
tendrás que tener cuidado.
—Claro, tendré
que tener cuidado.
—Un contrato de un
mes —explica la pobre Dédée—. Quince días en la boîte de
Rémy, dos conciertos y los discos. Podríamos arreglarnos tan bien.
—Un contrato de un
mes —remeda Johnny con grandes gestos—. La boîte de Rémy, dos
conciertos y los discos. Be—bata—bop bop bop, chrrr. Lo que tiene es
sed, una sed, una sed. Y unas ganas de fumar, de fumar. Sobre todo unas
ganas de fumar.
Le ofrezco un
paquete de Gauloises, aunque sé muy bien que está pensando en la droga.
Ya es de noche, en el pasillo empieza un ir y venir de gente, diálogos en
árabe, una canción. Dédée se ha marchado, probablemente a comprar
alguna cosa para la cena. Siento la mano de Johnny en la rodilla.
—Es una buena
chica, sabes. Pero me tiene harto. Hace rato que no la quiero, que no
puedo sufrirla. Todavía me excita, a ratos, sabe hacer el amor como...
—junta los dedos a la italiana—. Pero tengo que librarme de ella,
volver a Nueva York. Sobre todo tengo que volver a Nueva York, Bruno.
—¿Para qué?
Allá te estaba yendo peor que aquí. No me refiero al trabajo sino a tu
vida misma. Aquí me parece que tienes más amigos.
—Si, estás tú y
la marquesa, y los chicos del club... ¿Nunca hiciste el amor con la
marquesa, Bruno?
—No.
—Bueno, es algo
que... Pero yo te estaba hablando del métro, y no sé por qué
cambiamos de tema. El métro es un gran invento, Bruno. Un día
empecé a sentir algo en el métro, después me olvidé... Y
entonces se repitió, dos o tres días después. Y al final me di cuenta.
Es fácil de explicar, sabes, pero es fácil porque en realidad no es la
verdadera explicación. La verdadera explicación sencillamente no se
puede explicar. Tendrías que tomar el métro y esperar a que te
ocurra, aunque me parece que eso solamente me ocurre a mí. Es un poco
así, mira. ¿Pero de verdad nunca hiciste el amor con la marquesa? Le
tienes que pedir que suba al taburete dorado que tiene en el rincón del
dormitorio, al lado de una lámpara muy bonita, y entonces... Bah, ya
está ésa de vuelta.
Dédée entra con un
bulto, y mira a Johnny.
—Tienes más
fiebre. Ya telefoneé al doctor, va a venir a las diez. Dice que te quedes
tranquilo.
—Bueno, de
acuerdo, pero antes le voy a contar lo del métro a Bruno. El otro
día me di bien cuenta de lo que pasaba. Me puse a pensar en mi vieja,
después en Lan y los chicos, y claro, al momento me parecía que estaba
caminando por mi barrio, y veía las caras de los muchachos, los de aquel
tiempo. No era pensar, me parece que ya te he dicho muchas veces que yo no
pienso nunca; estoy como parado en una esquina viendo pasar lo que pienso,
pero no pienso lo que veo. ¿Té das cuenta? Jim dice que todos somos
iguales, que en general (así dice) uno no piensa por su cuenta. Pongamos
que sea así, la cuestión es que yo había tomado el métro en la
estación de Saint—Michel y en seguida me puse a pensar en Lan y los
chicos, y a ver el barrio. Apenas me senté me puse a pensar en ellos.
Pero al mismo tiempo me daba cuenta de que estaba en el métro, y
vi que al cabo de un minuto más o menos llegábamos a Odéon, y que la
gente entraba y salía. Entonces seguí pensando en Lan y vi a mi vieja
cuando volvía de hacer las compras, y empecé a verlos a todos, a estar
con ellos de una manera hermosísima, como hacia mucho que no sentía. Los
recuerdos son siempre un asco, pero esta vez me gustaba pensar en los
chicos y verlos. Si me pongo a contarte todo lo que vi no lo vas a creer
porque tendría para rato. Y eso que ahorraría detalles. Por ejemplo,
para decirte una sola cosa, veía a Lan con un vestido verde que se ponía
cuando iba al Club 33 donde yo tocaba con Hamp. Veía el vestido con unas
cintas, un moño, una especie de adorno al costado y un cuello... No al
mismo tiempo, sino que en realidad me estaba paseando alrededor del
vestido de Lan y lo miraba despacio. Y después miré la cara de Lan y la
de los chicos, y después mé acordé de Mike que vivía en la pieza de al
lado, y cómo Mike me había contado la historia de unos caballos salvajes
en Colorado, y él que trabajaba en un rancho y hablaba sacando pecho como
los domadores de caballos...
—Johnny —ha
dicho Dédée desde su rincón.
—Fíjate que
solamente te cuento un pedacito de todo lo que estaba pensando y viendo.
¿Cuánto hará que te estoy contando este pedacito?
—No sé, pongamos
unos dos minutos.
—Pongamos unos dos
minutos —remeda Johnny—. Dos minutos y te he contado un pedacito nada
más. Si te contara todo lo que les vi hacer a los chicos, y cómo Hamp
tocaba Save it, pretty mamma y yo escuchaba cada nota, entiendes,
cada nota, y Hamp no es de los que se cansan, y si te contara que también
le oí a mi vieja una oración larguísima, donde hablaba de repollos, me
parece, pedía perdón por mi viejo y por mí y decía algo de unos
repollos... Bueno, si te contara en detalle todo eso, pasarían más de
dos minutos, ¿eh, Bruno?
—Si realmente
escuchaste y viste todo eso, pasaría un buen cuarto de hora —le he
dicho, riéndome.
—Pasaría un buen
cuarto de hora, eh, Bruno. Entonces me vas a decir cómo puede ser que de
repente siento que el métro se para y yo me salgo de mi vieja y
Lan y todo aquello, y veo que estamos en Saint-Germain-des-Prés, que
queda justo a un minuto y medio de Odéon.
Nunca me preocupo
demasiado por las cosas que dice Johnny pero ahora, con su manera de
mirarme, he sentido frío.
—Apenas un minuto
y medio por tu tiempo, por el tiempo de ésa —ha dicho rencorosamente
Johnny—. Y también por el del métro y el de mi reloj, malditos
sean. Entonces, ¿cómo puede ser que yo haya estado pensando un cuarto de
hora, eh, Bruno? ¿Cómo se puede pensar un cuarto de hora en un minuto y
medio? Te juro que ese día no había fumado ni un pedacito ni una hojita
—agrega como un chico que se excusa—. Y después me ha vuelto a
suceder, ahora me empieza a suceder en todas partes. Pero —agrega
astutamente— sólo en el métro me puedo dar cuenta porque viajar
en el métro es como estar metido en un reloj. Las estaciones son
los minutos, comprendes, es ese tiempo de ustedes, de ahora; pero yo sé
que hay otro, y he estado pensando, pensando...
Se tapa la cara con
las manos y tiembla. Yo quisiera haberme ido ya, y no sé cómo hacer para
despedirme sin que Johnny se resienta, porque es terriblemente susceptible
con sus amigos. Si sigue así le va a hacer mal, por lo menos con Dédée
no va a hablar de esas cosas.
—Bruno~si yo
pudiera solamente vivir como en esos momentos, o como cuando estoy tocando
y también el tiempo cambia... Te das cuenta de lo que podría pasar en un
minuto y medio... Entonces un hombre, no solamente yo sino ésa y tú y
todos los muchachos, podrían vivir cientos de años, si encontráramos la
manera podríamos vivir mil veces más de lo que estamos viviendo por
culpa de los relojes, de esa manía de minutos y de pasado mañana...
Sonrío lo mejor que
puedo, comprendiendo vagamente que tiene razón, pero que lo que él
sospecha y lo que yo presiento de su sospecha se va a borrar como siempre
apenas esté en la calle y me meta en mi vida de todos los días. En ese
momento estoy seguro de que Johnny dice algo que no nace solamente de que
está medio loco, de que la realidad se le escapa y le deja en cambio una
especie de parodia que él convierte en una esperanza. Todo lo que Johnny
me dice en momentos así (y hace más de cinco años que Johnny me dice y
les dice a todos cosas parecidas) no se puede escuchar prometiéndose
volver a pensarlo más tarde. Apenas se está en la calle, apenas es el
recuerdo y no Johnny quien repite las palabras, todo se vuelve un fantaseo
de la marihuana, un manotear monótono (por que hay otros que dicen cosas
parecidas, a cada rato se sabe de testimonios parecidos) y después de la
maravilla nace la irritación, y a mí por lo menos me pasa que siento
como si Johnny me hubiera estado tomando el pelo. Pero esto ocurre siempre
al otro día, no cuando Johnny me lo está diciendo, porque entonces
siento que hay algo que quiere ceder en alguna parte, una luz que busca
encenderse, o más bien como si fuera necesario quebrar alguna cosa,
quebrarla de arriba abajo como un tronco metiéndole una cuña y
martillando hasta el final. Y Johnny ya no tiene fuerzas para martillar
nada, y yo ni siquiera sé qué martillo haría falta para meter una cuña
que tampoco me imagino.
De manera que al
final me he ido de la pieza, pero antes ha pasado una de esas cosas que
tienen que pasar —ésa u otra parecida—, y es que cuando me estaba
despidiendo de Dédée y le daba al espalda a Johnny he sentido que algo
ocurría, lo he visto en los ojos de Dédée y me he vuelto rápidamente
(porque a lo mejor le tengo un poco de miedo a Johnny, a este ángel que
es como mi hermano, a este hermano que es como mi ángel) y he visto a
Johnny que se ha quitado de golpe la frazada con que estaba envuelto, y lo
he visto sentado en el sillón completamente desnudo, con las piernas
levantadas y las rodillas junto al mentón, temblando pero riéndose,
desnudo de arriba a abajo en el sillón mugriento.
—Empieza a hacer
calor —ha dicho Johnny. Bruno, mira qué hermosa cicatriz tengo entre
las costillas.
—Tápate —ha
mandado Dédée, avergonzada y sin saber qué decir. Nos conocemos
bastante y un hombre desnudo no es más que un hombre desnudo, pero de
todos modos Dédée ha tenido vergüenza y yo no sabia cómo hacer para no
dar la impresión de que lo que estaba haciendo Johnny me chocaba. Y él
lo sabía y se ha reído con toda su bocaza, obscenamente manteniendo las
piernas levantadas, el sexo colgándole al borde del sillón como un mono
en el zoo, y la piel de los muslos con unas raras manchas que me han dado
un asco infinito. Entonces Dédée ha agarrado la frazada y lo ha envuelto
presurosa, mientras Johnny se reía y parecía muy feliz. Me he despedido
vagamente, prometiendo volver al otro día, y Dédée me ha acompañado
hasta el rellano, cerrando la puerta para que Johnny no oiga lo que va a
decirme.
—Está así desde
que volvimos de la gira por Bélgica. Había tocado tan bien en todas
partes, y yo estaba tan contenta.
—Me pregunto de
dónde habrá sacado la droga —he dicho, mirándola en los ojos.
—No sé. Ha estado
bebiendo vino y coñac casi todo el tiempo. Pero también ha fumado,
aunque menos que allá...
Allá es Baltimore y
Nueva York, son los tres meses en el hospital psiquiátrico de Bellevue, y
la larga temporada en Camarillo.
¿Realmente Johnny
tocó bien en Bélgica, Dédée?
—Sí, Bruno, me
parece que mejor que nunca. La gente estaba enloquecida, y los muchachos
de la orquesta me lo dijeron muchas veces. De repente pasaban cosas raras,
como siempre con Johnny, pero por suerte nunca delante del público. Yo
creí... pero ya ve, ahora es peor que nunca.
¿Peor que en Nueva
York? Usted no lo conoció en esos años.
Dédée no es tonta,
pero a ninguna mujer le gusta que le hablen de su hombre cuando aún no
estaba en su vida, aparte de que ahora tiene que aguantarlo y lo de antes
no son más que palabras. No sé cómo decírselo, y ni siquiera le tengo
plena confianza, pero al final me decido.
—Me imagino que se
han quedado sin dinero.
—Tenemos ese
contrato para empezar pasado mañana —ha dicho Dédée.
—¿Usted cree que
va a poder grabar y presentarse en público?
—Oh, sí —ha
dicho Dédée un poco sorprendida—. Johnny puede tocar mejor que nunca
si el doctor Bernard le corta la gripe. La cuestión es el saxo.
—Me voy a ocupar
de eso. Aquí tiene, Dédée. Solamente que... Lo mejor sería que Johnny
no lo supiera.
—Bruno...
Con un gesto, y
empezando a bajar la escalera, he detenido las palabras imaginables, la
gratitud inútil de Dédée. Separado de ella por cuatro o cinco peldaños
me ha sido más fácil decírselo.
—Por nada del
mundo tiene que fumar antes del primer concierto. Déjelo beber un poco
pero no le dé dinero para lo otro.
Dédée no ha
contestado nada; aunque he visto cómo sus manos doblaban y doblaban los
billetes, hasta hacerlos desaparecer. Por lo menos tengo la seguridad de
que Dédée no fuma. Su única complicidad puede nacer del miedo o del
amor. Si Johnny se pone de rodillas, como lo he visto en Chicago, y le
suplica llorando... Pero es un riesgo como tantos otros con Johnny, y por
el momento habrá dinero para comer y para remedios. En la calle me he
subido el cuello de la gabardina porque empezaba a lloviznar, y he
respirado hasta que me dolieron los pulmones; me ha parecido que París
olía a limpio, a pan caliente. Sólo ahora me he dado cuenta de cómo
olía la pieza de Johnny, el cuerpo de Johnny sudando bajo la frazada. He
entrado en un café para beber un coñac y lavarme la boca, quizá
también la memoria que insiste e insiste en las palabras de Johnny, sus
cuentos, su manera de ver lo que yo no veo y en el fondo no quiero ver. Me
he puesto a pensar en pasado mañana y era como una tranquilidad, como un
puente bien tendido del mostrador hacia adelante.
Literatura
.us
Mapa de la biblioteca | Aviso Legal | Quiénes Somos | Contactar
