Pablo
Antonio Cuadra
(Nicaragua, 1912-2002)
Pablo Antonio Cuadra:
el poeta y su Siglo
Entrevista con Ariel
Montoya,
Director de la revista Decenio, 1999)
Reproducida en el suplemento
La Prensa Literaria,
5 de Enero de 2002
—Comencemos por la infancia del
poeta. Usted dijo que el niño no desaparecía nunca del corazón del
hombre?.
—En mi infancia fui otro y mi
aventura fue sustituirme. El poeta es el que puede inventarse sin
infancia. Mi infancia-ficción fue la época en que yo pude crearme mi
mundo y vivirlo. Mi poesía, luego, no ha sido otra cosa que la obra del
niño. "The Child is the father of the man".
Nací en 1912, pero podía cambiar de
abuelos a discreción: venir por el mar como grumete de una carabela, o
remontarme por mi sangre india a los más lejanos fundadores y con ellos
derribar la selva y fundar una tierra. Tardé dos mil años de niño,
desde mis primeros trabajos con instrumentos de obsidiana, preparando el
lugar. El niño conoce la magia de los lugares. Y eso es lo que hice:
lugares. Por eso mi poesía es lugareña. No patriótica, ni nacionalista.
Quería darle un lugar al hombre y ese fue mi trabajo.
Me ayudó mucho tener un padre
bíblico: lleno de historia, patriarcal, ganadero y con una inmensa
biblioteca. Mi padre le regaló más de un siglo a mi niñez.
—¿Muchas antologías dicen que
usted es granadino?
—Aunque nací en Managua, la capital
de Nicaragua, mi familia es de Granada, la ciudad-puerto al Gran Lago y
desde los cuatro hasta los cuarenta y seis años allí viví. Allí
estudié bachillerato con los jesuitas y luego la carrera de Derecho que
no terminé porque le tuve horror al ejercicio de la abogacía. En las
riberas del Lago, junto con mi hermano Carlos, hicimos una finca de
ganadería y agricultura y tuvimos un aserrío de madera. Por razones del
mismo trabajo navegué mucho por el lago conviviendo con su marinería. Mi
lengua poética se nutrió en esa vida, tanto como mi conocimiento del
hombre nicaragüense , pero también dediqué por años mis tiempos libres
a la investigación y al estudio de nuestras culturas indígenas( sus
lenguas y sus mitos) y al de nuestro folclore.
—¿En que momento de su vida
granadina surgió la vanguardia?
—En 1929 fundamos en Granada un
grupo de poetas, el movimiento literario que se llamó
"Vanguardia". Nos propusimos dos metas aparentemente
contradictorias: 1) abrirnos y asimilar las nuevas corrientes de las
literaturas de Vanguardia del mundo, y 2) Buscar y afirmar nuestra
identidad nicaragüense. El primer objetivo era parte de nuestra herencia
de Rubén Darío: continuábamos su obra de desprovincialización y
universalismo. El segundo era una necesidad de pueblo joven que se volvió
perentoria para nuestra generación porque, por esos años, Nicaragua fue
víctima de una intervención extranjera. El movimiento de vanguardia
nicaragüense fue, en resumen, una doble búsqueda: de novedad y de
raíces.
—¿Además de su obra ¿qué otra
huella dejó en usted el siglo que ha vivido?
—Tuvo para mí otra significación
mucho más definitiva al abrir mi vida y mis estudios literarios al mundo
cultural de mi tiempo, fui marcado para siempre por mi siglo -por el XX-
uno de los más crueles, revolucionarios, contradictorio, soberbio,
aventurero y demente de la historia moderna del hombre. Este Papa que nos
visita es parte de este siglo, su antídoto, parte protagonista o mejor
dicho antagonista, porque habíamos llegado a la Luna y estábamos por
llegar al Apocalipsis nuclear cuando Martirio (este Papa es un Mártir
sobreviviente), su poder de humildad y oración -un Cristo acercándose al
barco que se hundía andando sobre las aguas del tiempo- hizo
milagrosamente cambiar el curso del poder (aislarlo en escombro). No hay
ninguna violencia, ningún poder en esa destrucción imprevista del poder,
salvo el misterioso e invisible vuelo de una paloma. De un aletazo el
siglo se derrumbó dejándonos en la perplejidad. Pero quienes vivimos el
siglo XX, sobre todo en el estampido brutal de su primera mitad (con dos
guerras mundiales y diez o veinte revoluciones) no hubo crimen, ambición,
perversidad, extremismo de sabiduría, extremismo de bestialidad, que no
perforara nuestros seres dejándonos -como dijo en su canto Joaquín
Pasos- llenos de agujeros y de vacíos dolorosos.
—¿Y su otra vida? ¿Cómo
fundió al poeta con el periodista?
—Dirigí la revista
"Vanguardia" (de 1930 al 32), "Cuadernos del Taller San
Lucas" (de 1943 a 51) y desde 1961 la revista EL PEZ Y LA SERPIENTE.
He viajado mucho por Europa y las tres Américas. Mi vida parecía
pendulear entre el avión y el arado, pero en 1954 fui llamado a dirigir
el diario LA PRENSA, de Managua, junto con Pedro Joaquín Chamorro. Me
costó reconciliar al escritor con el periodista. Más todavía
tratándose de un periodismo de lucha por la libertad contra una dinastía
de dictadores. Me costó también miedos y angustias, amenazas y
presiones. En 1978 mi compañero de dirección, Chamorro, cayó asesinado.
El país entero se rebeló y LA PRENSA arreció su campaña de oposición
demandando la renuncia del tirano hasta que Somoza ordenó bombardear e
incendiar sus planteles pocos meses antes de ser derribado del poder por
las armas. La desgracia de la política de Somoza crio raíces y todos los
regímenes que se han seguido han sido sensores y en no pocas ocasiones
criminales. Aún no se despejan tres o cuatro grandes crímenes
políticos. Debajo de este techo roto y hostil vive la poesía.
—¿Cree que repetimos errores? O
¿surgen nuevas corrientes según usted?, ¿qué es lo que pide al final
de siglo?
—Hay un linaje de poetas en el
pecho. Esos harán el siglo 21. Pero es triste ver, paralelamente, qué
poca profundidad encontramos a veces en los que están viviendo el final
de este negro siglo, sobre todo, poetas que aparecen inconscientes de la
inmensa catástrofe cuyo polvo ensucia todavía nuestras pestañas. Ya no
es hora de jugar como coquetería de poetas malditos (sin la elegancia de
Baudelaire) a una deshumanización que es un pozo sin fondo. El Siglo en
su agonía final nos pide reparar la gran superficialidad de sus
crímenes, dándole al hombre, devolviéndole al hombre, en verdad y en
poesía, su infinita dignidad.
"Nicaragua, República de
potas", no puede caer en un prosaísmo político que juegue otra vez
incesantemente con el derecho del hombre a ser hombre. Los poetas somos
los voceros de la vida y de sus derechos y el primero de todos es vencer
la pobreza.
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