Alberto Aldea —el «Beto», como lo llamaban en la oficina de partes de la repartición pública donde trabajaba— lucía una corbata de seda color carmín aquella mañana de sábado. En su rostro desabrido, tras los anteojos sin marco, sus ojillos brillaban con tímidas chispas de entusiasmo.
Elvira, que era nueva en la sección, lo había visto entrar. Pero como ya estaba incorporada al ambiente, la corbata insólita de su compañero de trabajo no escapó a su atención. Además, percibió un alarde poco usual en la forma como Aldea se calara las mangas negras que protegían los codos y puños de su terno azul. Elvira miró a Freddy Osorio por si éste hubiera notado algo, y le dijo al oído:
—Oye, fíjate en el Beto...
Freddy lo observó, y con ese gesto que tantas victorias le había deparado, alzó una espesa ceja negra. No cabía duda. Algo extraordinario sucedía al Beto. Era como si su cuerpo, seco y viejo, a pesar de no tener más que cuarenta y cinco años, contuviera algún tesoro fabuloso. Pero una alteración fugaz en la personalidad del Beto no era tema como para interesar a Freddy Oso-rio por más de unos cuantos segundos. En cambio, lo era el tono de intimidad con que Elvira se dirigía a él. Se trataba de una confirmación a sus sospechas. Él le gustaba. Freddy meditó acerca de la conveniencia de invitarla al cine esa tarde: Elvira tenía la ventaja de pertenecer a ese tipo de muchacha que no exige mucho gasto. Por otra parte, el orden duro de sus cabellos negros y las redondeces de su cuerpo joven, sobre las que resbalaba la seda de un vestido de verano, prometían, si bien no la más gloriosa de las conquistas, por lo menos una ocasión agradable para mantener en alto su prestigio. Nada tenía que hacer esa tarde. Era preferible invitar a Elvira antes que pasarla jugando a los dados y bebiendo cervezas con un par de amigos en un bar cualquiera, donde de tanto hablar de negocios magníficos y de mujeres seductoras, terminaban por creerse capaces de realizar cuanta aventura se insinuaba. Al ver que el Beto se ponía a numerar solicitudes cinco minutos antes de la hora en que el trabajo debía comenzar, observó:
—Puchas qu’estái contento. ¿Que te sacaste el gordo?
Alberto Aldea sonrió torpemente, sin responder, y volvió a su trabajo. Hubiera querido responder, pero no estaba listo. Bien sabía que era de primera importancia andarse con cuidado. Debía esperar el momento oportuno y buscar el tono justo. Sólo así alcanzaría la gloria, ahorrándose el oprobio en que se transformaba todo lo suyo, bueno o malo.
Freddy no esperó respuesta a la pregunta que dirigiera al Beto. Se distrajo inmediatamente en otra cosa. Entretanto, Elvira y la señora Martita, jefa de la sección, se habían puesto sus delantales de trabajo y después de retocar rostros y peinados ante espejos minúsculos sacados de sus carteras se sentaron ante sus máquinas de escribir, y la oficina, como todas las mañanas desde hacía muchos, muchos años, comenzó a funcionar en torno a Alberto Aldea.
Era una suerte que por ser sábado, no hubiera que atender público. Así, privado ante los papeles que numeraba, Alberto podía pensar, pensar, pensar, madurando un plan para revelar la magnitud de su proeza a sus compañeros. Por un momento creyó que las risas de Elvira y Freddy eran ocasionadas por él, pero no tardó en comprobar que se trataba de otra cosa. ¿Qué incidentes románticos depararía el fin de semana a esos dos? Más allá, junto al ventanal, la señora Martita reservaba el buen humor de su madurez encorsetada para los pocos momentos de descanso que su sentido del deber le permitía. Sólo de vez en cuando, sacándose los anteojos, bajaba los párpados, pensando, sin duda, en su hijita, cuya educación tantos esfuerzos le costaba. Y quizás también en aquel marido que la abandonara hacía más de ocho años por una mujer de la vida. ¿ Qué tesoros de ternura y abnegación traería a la señora Mar-tita el fin de semana junto a su hija?
En la pensión donde Alberto Aldea vivía con su madre, el cuarto de canasta estaba armado para esa noche. Lo integrarían, además de ellos dos, la señora Es-tévez, dueña de la pensión, y don Jaime, un profesor retirado que usaba infinidad de alfileres prendidos en el reverso de la solapa, con los que solía escarbar los pliegues y orificios más insospechados de su persona. La serial que con su madre seguía en el teatro del barrio los domingos había quedado en un episodio tan interesante, que la anciana no pudo hacer otra cosa durante la semana que comentarlo, y entre tanta lucubración y suposición, no llegó a darle más que una importancia mínima a la victoria de su hijo. Alberto apenas pudo arrancar sus ojos de Elvira y Freddy, que trabajaban juntos charlando continuamente. Sólo ayer éste le había confiado su proyecto de invitar a Elvira para ir a la bóite estilo japonés recién inaugurada en un local de lujo. ¿ Cómo no pensar, hoy especialmente, que eso era injusto? Freddy era apuesto y joven y poseía un traje de gabardina gris-verdosa, casi nuevo. Pero ¿era suficiente? ¿Había hecho en su vida algo tan importante como lo que él, el Beto, hiciera la tarde anterior? No. Sin embargo, bailaría hasta horas avanzadas esa noche, mientras él se quedaba en casa, jugando canasta con su madre, con la señora Estévez y con don Jaime.
Alberto vio avanzar la mañana sin atreverse a relatar su triunfo. No lograba estarse quieto en la silla pensando en la reacción de Freddy, por ejemplo. En el momento mismo de recibir el galardón, decidió que Freddy sería la primera persona en saber. A pesar de las desagradables bromas del muchacho, Alberto sabía que lo apreciaba. Pero ahora, viéndolo tan irónico y sonriente, los ánimos no le alcanzaron para dirigirse a él con naturalidad.
Al ver que Freddy salía de la oficina, no pudo resistirse, y se escabulló tras él. Freddy lo embromaba sólo cuando había alguien presente. Esta era su ocasión si lograba hablarle a solas en el pasillo. Pero lo vio fumando, en coloquio íntimo con una mujer muy alta y de curvas admirables. Alberto pasó, y volvió a pasar cerca de ellos, aguardando. Cuando se separaron se acercó a Freddy y le dijo:
—Quiubo, Freddy...
—¿Qué te pasa, Betito, hombre? Puchas que hace calor. ¿Te gustó la cabra con que estaba hablando?
—Claro, macanuda... —respondió. Las palabras que usara parecían estorbarle la lengua, quedarle grandes, ya que era un vocabulario al que no estaba habituado.
—¿Qué te pasa hoy que andái tan contento? ¿Andái de conquista? Esa corbata...
—No, hombre, no. Es que..., es que...
Las palabras no salían. Pero debía decírselo. Era como si todo el esfuerzo que hiciera por triunfar hubiera sido con el fin único de contárselo a Freddy. Si no, el triunfo quedaría desvirtuado. El chaleco para dormir, con sus iniciales bordadas en el bolsillo, que su madre dijera que le tejería a modo de premio, no era galardón suficiente. Por otra parte, la anciana comenzaba muchas cosas, pero terminaba pocas: sus dedos estaban reumáticos y en realidad prefería la canasta. Hubo un silencio en que Freddy escudriñó a su compañero de oficina, pálido y más que nunca pequeño y torpe. Alberto vio que si perdía la oportunidad presente el muchacho se iría, lleno de desprecio y para siempre. Se atropelló por decirlo todo de una vez:
—Oye, Freddy, fíjate qüe ayer salí Campeón Nacional de Pistola de Duelo. En el Polígono. Parece que me van a mandar a la Olimpíada a fin de año, a Europa, como representante...
Por un momento creyó que todo había fallado. Sin duda Freddy diría algo agudo e hiriente. Pero luego divisó un relampagueo en sus ojos, lo que le indicó que estaba a salvo. El rostro del muchacho se abrió en una sonrisa.
—¡Hombre! —tartamudeó, asombrado—. ¡ Qué colosal! ¿Es cierto? —Enmudeció palmeteando a Alberto—. Yo ni sabía que teníai esas aficiones. ¿Y es muy difícil? Nunca habíai contado. Te felicito, hombre. ¿Y te pagan el viaje? Vamos a contarles a las chiquillas de la oficina.
Alberto estrechó la mano del muchacho, que le pareció débil entre la suya. Todo recelo se desvaneció. Su compañero le dirigía toda clase de preguntas acerca del torneo y del viaje. ¿Pasaría por París?
Al entrar en la oficina, la señora Martita y Elvira ni alzaron la vista. Por los ventanales abiertos, el Campeón Nacional de Pistola de Duelo vio el sol joven de principios de verano que acariciaba las cimas de los edificios cívicos al otro lado de la plaza.
—¡Chiquillas! —exclamó Freddy—. ¡Feliciten al Beto! ¡Lo van a mandar a la Olimpíada y va a pasar por París!
Y relató a sus compañeras boquiabiertas la proeza del Beto. Las dos mujeres formaron gran alboroto, felicitando al héroe y saliendo a las oficinas contiguas a llamar gente para que también lo celebraran. Éste, sin embargo, logró mantener su calma a pesar de que las lágrimas retenidas quemaban sus ojos fruncidos de emoción. Tuteó a hombres y mujeres por igual, dando y recibiendo palmotazos. Miraba, entretanto, y volvía a mirar, la mañana de sol casi vertical sobre los edificios y la plaza. El día era bello. Pero para él toda belleza terminaría en media hora más, cuando la oficina cerrara y los contempladores de su gloria se dispersaran hacia sus placeres, hacia sus aficiones, de las cuales él quedaría excluido. Al fondo de las calles, entre los edificios, se divisaban retazos de cordillera envuelta en neblina dorada. En su pensión no había ventanas desde las que se vieran los cerros.
Cuando amainó el primer alboroto y los extraños a la oficina de partes se habían retirado, Freddy dijo:
—Esto tenemos que celebrarlo los cuatro, en grande...
A las mujeres les pareció una idea espléndida. La señora Martita era toda exclamaciones aprobatorias mientras arreglaba su peinado ante los vidrios de la puerta. Tenía cerca de cincuenta años, pero era lo que los empleados cercanos a la jubilación llamaban, guiñando el ojo, «una muchacha interesante». Tácita, pero tangible, circulaba alrededor suyo el aura de ser «una divorciada». Alberto Aldea la conocía desde años atrás. Pero sus relaciones, por lo demás nunca afectuosas, se habían enfriado totalmente desde que un grupo de empleados le enviaron unos versos obscenamente amorosos firmados por él. La señora Martita había llorado mucho, diciendo: «Creen que porque es una sola, tienen derecho a todo». Se aclaró la falsedad de la firma, pero el hielo persistió. Sin embargo, Alberto sentía una especie de deuda con ella, algo que los unía en un pasado común. Estaba encantado por el calor con que lo felicitaba ahora y por el entusiasmo con que acogía la proposición de celebrar su triunfo.
—¿Y qué podemos hacer? —preguntó Elvira.
—Están dando una película regia en ese teatro nuevo —exclamó la señora Martita—. Podíamos ir...
—Ay, no. ¿Esa mexicana con el actor rubio? Es una fomedad —dijo Elvira. Luego agregó, observando la reacción de Freddy—: Yo la vi el otro día no más con ese chiquillo que tiene auto. Le conté, ¿se acuerda, Martita?
—No, no. Esta vez la fiesta va a ser en grande —dijo Freddy sin tomar en cuenta a Elvira.
Alberto quiso secundar la proposición de ir al teatro, al oír aquello de la «fiesta en grande». Él no asistía a ese tipo de cosas. Cuando llegaba a ir a alguna fiesta de la oficina, se retiraba a las nueve. Pero no ignoraba el significado de «fiesta en. grande». Además, debía estar de vuelta temprano en la pensión. Muchas veces la comida no era del gusto de su madre y era su deber prepararle alguna cosita en el hornillo que tenían en sus habitaciones. Pero vio con terror, y con un entusiasmo que le acaloraba la nuca, que esta vez era imposible rehusar. Por suerte que ahora iban con mujeres y así la parte final de la «fiesta en grande», la más dolorosa, la más humillante y la más cara, no tendría lugar.
Ninguno de los planes que se sugirieron fue aceptado como digno de la ocasión. Los ojos de Elvira estaban húmedos, y Alberto tembló de alegría al ver que la señora Martita lo miraba con dulce insistencia.
Por último, Freddy dio con lo justo.
—Mi cuñado tiene una burra macanuda. Hoy se va en tren a Teño, y me la ha ofrecido muchas veces porque sabe que manejo re bien. ¿ Qué les parece que se la pida prestada esta tarde y salgamos a hacer un picnic?
* * *
Finalmente, habían decidido salir temprano hacia la costa, y estar de vuelta en la ciudad a las ocho y media de la noche para que la señora Martita tuviera tiempo de recoger a su hija en una fiesta de onomástico.
Subiendo al auto, un antiguo Oldsmobile convertible, Alberto tembló al ver un chuico amenazador entre los paquetes de comestibles y los abrigos para la vuelta. Elvira iba junto a Freddy en el asiento delantero. Vestía traje liviano color flor de durazno y llevaba un pañuelo atado al cuello. A pleno sol un bozo teñido de rubio disimulador restaba algo de frescura a su rostro. La señora Martita acogió a Alberto con un saludo tranquilo y privado, muy distinto a la algazara de los que iban delante. Usaba una colonia suave, y lucía un traje de seda gris con pequeñísimas flores blancas y negras. Pero el toque que a su compañero le pareció de elegancia suprema fue un diáfano pañuelo lila que llevaba suelto al cuello, escondiendo a medias su escote generoso. Notó también que sus ojos no eran oscuros, sino, al sol, castaños, casi dorados.
—¿Listo el bote, Beto? —dijo Freddy, y partieron.
Al dejar atrás las últimas casas de la ciudad comenzaron a improvisar una canción a propósito del valor del héroe. El Beto era quien cantaba en voz más alta. Pero la bajaba cuando Freddy no disminuía la velocidad en las curvas, o cuando Elvira acercaba a los labios del muchacho un vaso lleno de vino. Doña Laura de Aldea no era aficionada a los autos, como no era aficionada a las armas de fuego, y sólo después de infinitas recomendaciones llegó a consentir que su hijo partiera.
Al poco rato Alberto sintió que el sol estaba quemando su cráneo protegido por escasos pelos. Se caló un gorro blanco de marinero que en una ocasión sacara en una rifa y que jamás había usado.
—¡Napoleón! —exclamó la señora Martita, y todos entonaron un canto en su honor. El Beto se sentó en lo alto de la capota enrollada detrás del asiento, con una mano al pecho dentro de la camisa sudada. Sus anteojos montados al aire vibraban con la fuerza del viento y volvió a sentarse junto a la señora Martita, que le dio un vaso de vino, exigiéndole que lo bebiera de un solo trago. Gotas de sudor perlaban el cuello de Freddy, a quien ya nada interesaba salvo guiar la máquina que tenía en su poder.
Decidieron que era tarde y que no valía la pena llegar hasta la costa. Tomaron un camino lateral, hicieron alto, y bajándose del auto se instalaron en una vega. Se sentaron bajo un sauce, junto a un estero. La tierra estaba húmeda, y Alberto extendió su chaqueta para que la señora Martita se sentara sobre ella. Todos se despojaron de chaquetas y pañuelos mientras extendían la merienda y destapaban el chtiico. Freddy lucía sus bíceps poderosos ante la admiración de las mujeres. Alberto miró sus propios brazos, flacos y cerosos, cubiertos de vello largo y ralo. Bajó las mangas de su camisa sin que nadie lo notara.
Había una sombra calurosa y húmeda bajo el sauce. Zumbaban moscos y matapiojos acorazados de azul, circulando entre las monedas de luz que caían a través de las hojas, temblando sobre el suelo de tallos secos y sobre los rostros asorochados de la señora Mar-tita, de Elvira, de Freddy y de Alberto. La señora Martita se apoyaba contra el tronco rugoso del árbol, entre manchones de teatinas. Extendía el mantel, ordenando la merienda. Alberto se sacó los zapatos y depositó dentro de ellos sus calcetines, doblando cuidadosamente las ligas. Se arremangó los pantalones hasta la rodilla y, sentado al borde del estero, dejaba que el agua resbalara entre los dedos de sus pies y alrededor de sus tobillos. Nadie hablaba. Pero Alberto sabía que la señora Martita apartaría los mejores sandwiches para él, tal como lo hubiera hecho su madre. Algo alejados, Elvira y Freddy estaban tendidos boca arriba, muy cerca el uno del otro. De vez en cuando alguien comenzaba a entonar una canción que los demás coreaban esporádicamente, o se incorporaba para volver a llenar su vaso.
—Sería bueno que el héroe hiciera una demostración —dijo Freddy de pronto—. ¿Trajiste tu pistola?
Las mujeres aplaudieron la idea, pero Alberto negó que la hubiera traído. Era una suerte que la dejara en su abrigo, dentro del auto, al otro lado del potrero. Pero eso nadie lo sabía. Hoy no estaba dispuesto a ponerse a prueba. Si querían creer, creían; si no, no. Se sintió débil. No estaba acostumbrado a tanto sol, movimiento y vino. Vio que el chuico estaba menos que medio, y con terror se preguntó si él lo habría bebido todo. Se acercó a la señora Martita para decirle algunas cosas definitivas. Freddy, que había pasado el brazo alrededor del talle de Elvira, dijo:
—Ya pus, Beto, atiende a la señora Martita, ¿que no ves que se está aburriendo? Y ella que creía que erai tan buen tirador...
—Oiga, Osorio, no sea tan ordinario —respondió ella, incorporándose de golpe—. Hay que ver la con-fiancita que se toma. Es una la tonta en darles entrada a estos mocosos de porquería. Creen que porque una es divorciada tienen derecho a todo...
Se tapó la cara con el pañuelo lila y comenzó a lloriquear.
Alberto Aldea se puso de pie. Tenía aún el gorro de marinero calado a lo Napoleón e inconscientemente se llevó la mano al pecho. La señora Martita hipaba, llorando.
—¿Cómo te atreves a faltarle el respeto a una señora? —aulló Alberto, tambaleando al acercarse a Freddy, que se ponía de pie.
—Ya, pues, chiquillos, no sean pesados, no peleen —trató de conciliar Elvira a medida que los llantos de la señorita Martita iban en aumento.
—Viejo apolillado, eréis que porque te sacaste un premio... —lanzó Freddy cuadrando sus hombros atléticos frente a Alberto. Elvira quiso detenerlo tomándolo por la manga. Los llantos de la señora Martita se interrumpieron al ver que el muchacho volcaba el vino que aún había en el chuico.
—Mire lo que hizo el mal educado borracho —dijo, y continuó llorando.
Al ver que Freddy Osorio se alzaba inmenso ante él, Alberto sólo logró pensar en la pistola que tenía en el auto, a unos quince metros de distancia. De una carrera cruzó el potrero, llegó al auto y sacó la pistola del bolsillo de su abrigo. Freddy, que había salido fuera del sauce seguido por las dos mujeres, aulló:
—Maricón, te arrancái, espérate no más —mientras Elvira y la señora Martita trataban de sujetarlo. Alberto sacó el seguro a la pistola y volvió al potrero.
Viéndolo detenido en medio del trébol, pistola en mano, las mujeres comenzaron a gritar. Freddy quedó helado. Alberto corrió hacia el muchacho y tropezando en una piedra cayó de bruces.
Hubo un disparo, y un silencio...
Alberto estaba tendido en el pasto, gimiendo apenas. Luego se oyeron gritos de las mujeres que pedían a Freddy que fuera en busca de una ambulancia.
—Está muerto...
—No se acerque, mire que puede estar vivo...
—No llore más, pues, señora Martita.
—Por favor, Osorio, no se acerque, mire que lo va a matar. ¿No ve? ¡Está loco!
—Y el pueblo queda tan lejos...
—Ese es mi pañuelo, Martita. Devuélvamelo, por favor.
Poco a poco la figura del Beto se fue incorporando en el trébol. Tenía sangre y tierra en el rostro. Elvira dijo que seguramente estaba agonizando y que debían partir al instante en busca de una ambulancia.
—Que se muera el desgraciado —murmuró Freddy. Pero tembloroso se acercó a Alberto para ayudarlo a sentarse bajo el sauce.
—Gracias. Es un rasmillón no más... —dijo, llevándose la mano a la frente. Le dolía donde había dado con la cara en el suelo. Oyó que las mujeres y Freddy hablaban indignados del susto terrible, expresando el más vivo desprecio por «el estúpido del Beto». Era una gran verdad que jamás había que meterse con borrachos, menos con borrachos que cargaran armas de fuego.
—¿Me hará mal que me enjuague la herida con el agua del estero? —se aventuró a preguntar el Beto—; está sucia...
Nadie respondió.
Las dos mujeres se sentaron aparte. Pequeños escalofríos nerviosos sacudían aún el pecho de la señora Martita. Pero poco a poco se fueron calmando y al rato ya hablaba de cine y de vestidos con Elvira. A poca distancia Freddy se tendió boca arriba, con un pañuelo a cuadros sobre el rostro para que no lo molestaran las moscas que acudían a los restos de la merienda.
Alberto Aldea cabeceaba. Antes de quedarse dormido alcanzó a ver los cerros amarillos y lisos que comenzaban a ondearse de azul. Y las vacas holgazanas que husmeaban junto al cerco de álamos.
Cuando el héroe despertó, la señora Martita y Elvira estaban sentadas en el asiento delantero del auto arropadas con sus abrigos, ya que se había levantado la brisa. Conversaban animadamente, riendo de vez en cuando. Freddy recogía las últimas cosas. Pasó el chuico vacío a Alberto y éste lo puso en el asiento trasero como su único acompañante en el viaje de regreso.
No dirigieron la palabra a Alberto en todo el trayecto, mientras delante los tres charlaban. O más bien charlaban las dos mujeres, ya que toda la atención de Freddy se concentró en la máquina que guiaba.
* * *
Alberto abrió la puerta de su casa y subió la escalera grandiosa y fría que antes fuera de una gran mansión. Arriba se escuchaban los alaridos de los dos niños turnios de la señora Estévez, que, como todas las tardes, jugaban en los muebles destripados del recibo.
—¡Bu! —le dijeron para asustarlo, escondidos detrás de la jardinera con aspidistra.
«Turnios asquerosos...», pensó él y dobló por la galería de vidrio hacia las dos piezas que con su madre ocupaban en el fondo de la casa. El olor a comida fue siempre fuerte en esa parte, pero nunca tan repugnante ni tan pegajoso como esta vez.
Abrió quedamente la puerta de su cuarto y sin encender la luz se lanzó sobre la cama. El cuarto de su madre estaba iluminado. Las hendijas de la puerta que comunicaba interiormente ambas habitaciones eran espadas que herían sus ojos sensibilizados por el día de sol. Tras la puerta sentía moverse, cojeando, siempre cojeando, a su madre, abriendo y cerrando cajones, ordenando, siempre ordenando. Era ocioso tener esperanzas de que no lo hubiera oído llegar y lo dejara dormir tranquilamente hasta el otro día.
—¿Albertito? ¿Llegó, mi hijito?
—Sí, mami —respondió si fuerzas.
Doña Laura apareció en el umbral iluminado y se acercó a su hijo para besarlo.
—¿Cómo te fue? ¿Llegaste cansado? ¿Te voy a prender la luz?
—No, no. Prefiero así. Tengo insolación y me duele la cabeza.
—¿No vas a comer? Hay congrio frito. Tenemos cuarto de canasta para después de comida.
—No, mami. No me siento bien. No voy a comer. Cuando vuelva me puede preparar un poco de té para tomar una aspirina. Consíganse otra persona para la canasta esta noche.
La anciana se marchó. Esto le pasaba a Albertito por desobedecerle, por salir al sol después del almuerzo sin esperar hacer la digestión. En fin, como el pobre no era muy buena mano, no importaba que el cuarto no quedara integrado por él.
Alberto no tardó en quedarse profundamente dormido. Cuando su madre volvió —había decidido por fin no jugar, ya que el congrio frito era pesado y a sus alturas era mejor cuidarse—, roncaba sonoramente. La anciana entró en silencio al cuarto de su hijo y se llevó el abrigo para sacudirlo.
Entretanto, Alberto se revolvía en la cama, presa de sueños violentos. Estaba persiguiendo por todas las galerías de la pensión a un sauce que llevaba un pañuelo lila amarrado en la copa. Y un Napoleón de gabardina gris-verdosa y bigote negro lo retaba a duelo. Inmediatamente ensartaba a Napoleón en su espada y éste desaparecía. Luego él, Alberto, necesitaba ir al baño. Encontraba allí el sauce con el pañuelo lila, y orinaba en su tronco. El sauce comenzaba a dar alaridos, diciendo que le faltaban el respeto, llamando a la policía. Antes que los gendarmes se apoderaran de él —todos cojeando y con olor a pescado—, Alberto blandía el sable y atravesaba el sauce de un golpe. Éste se desplomaba dando un gritito de deleite. En el retén los gendarmes buscaron por toda su persona el cuerpo del delito y él respondió, riendo a carcajadas: «Lo dejé en el picnic, picnic, picnic, picnic...»
Alberto despertó gritando:
—Mi pistola, mami, mamacita, mi pistola. Perdí mi pistola. No la recogí cuando me caí...
La anciana acudió al instante. Alberto lloraba y lloraba, repitiendo que la pistola se le había caído al tropezar, olvidando recogerla.
Jamás volvería a ser campeón. Era como si le hubieran cortado el brazo derecho. Doña Laura dijo que le prepararía una taza de té caliente y un sedante, y que ella misma, mañana, lo acompañaría a buscar el arma perdida.
—Voy a mi pieza a hacerte el té... .
—Apague la luz, mami... —gimió Alberto.
—Sí, mi lindo.
Doña Laura prendió el hornillo y colocó la tetera. Del cajón de su velador sacó un sedante que puso en un platillo junto a la taza. Caminó por el cuarto unos instantes con ayuda de su bastón, y sentándose en su cama contempló el abrigo de su hijo, que colgaba en una silla. Luego se puso de pie, se acercó, y de uno de los bolsillos extrajo el arma, pesada, reluciente y peligrosa. A ella no le interesaba que su hijo fuese campeón, sólo le importaba velar por él impidiendo que jugara con objetos tan terribles. Tenía horror a las armas de fuego, no le gustaba saberlas cerca, bajo el mismo techo. Tomó la pistola de la punta y la envolvió en varios papeles. Luego metió el lío en una caja de zapatos vacía que sacara de debajo del ropero, depositando el arma dentro, bien acuñada entre calcetines y medias que ya no servían. Por último envolvió la caja en un papel y la amarró con un cordelito azul. Salió en puntillas. Avanzó por la galería hasta la habitación de don Jaime, le entregó el paquete y le rogo que lo guardara hasta el día siguiente.
La tetera estaba hirviendo cuando doña Laura regresó a su pieza. Preparó el té con parsimonia y sacó el sedante de su sobrecito transparente. ¿Cómo podía llegar hasta el río? ¿Qué autobús debía tomar? No recordaba. Hacía tanto tiempo que debido al reuma que la aquejaba no salía sola más que a la iglesia, a media cuadra de distancia. Se lo preguntaría a don Jaime, que era una persona tan culta y todo lo sabía. Y después de la comunión —no necesitaría confesarse: había robado el arma por el bien de su hijo— iría hasta el río con el paquete.
—Mami, mi pistola... —gimió Alberto, tragando el sedante.
—Tranquilo, mi lindo. No te preocupes. ¿Te apago la luz para que te duermas?
—Bueno, viejita...
—Buenas noches, hijo. Descansa bien.
Lo besó en la mejilla izquierda.
—No se vaya, mami. Acompáñeme hasta que me duerma. Tengo miedo...
La anciana se sentó en el borde de la cama. Luego, al ver que su hijo comenzaba a dormirse, se sacó los zapatos, se tendió junto a él, y arropándose los pies con un chal, ella también dormía a los pocos instantes.