Emilio
Díaz Valcárcel
(Trujillo Alto, Puerto Rico, 1929 - San Juan, 2015)
El regreso
Proceso en diciembre
(Madrid: Taurus Ediciones, 1963, 148 págs.)
Se detuvo frente al balconcito sin
saber qué hacer. Miró por un instante el viejo sillón de mimbre, la
escalera de tablas carcomidas, las puertas cerradas y pegadas a la faz de
la casa como dos ojos enormes. Se quedó inmóvil, la mirada perpleja, en
el mismo momento en que una patrulla de recuerdos lo asaltaba. Debe de
estar en el rosario, dijo, y se volvió para ver si lo habían escuchado.
Pero sólo un perro vagabundo cruzaba la callejuela solitaria, veteándose
de luz al pasar bajo las bombillas que se encarnizaban contra la noche.
Volvió a contemplar el balcón destartalado, el viejo sillón de mimbre,
rechazando un recuerdo. (El cuarto femenino, el olor a cold cream,
el suave y voluptuoso olor a cold cream que él siempre llevó
dentro aun sin tener que percibirlo con los sentidos; el cuarto femenino
en penumbras, las piernas blancas, la mano sobre la redonda rodilla, la
madre ausente. . . ¿Cuánto tiempo hacía? ¿Cuándo? ) “Todavía no”,
le había dicho Catalina. “Cuando vuelvas seré tuya.”
El hombre se llevó las manos a la
frente, donde comenzaban a destellar diminutas gotas. ¿Por qué tengo
que volver a esto?, se dijo.
Cuando llegó al pueblo embutido en su
nítido uniforme, lo recibió la metralla de preguntas: “¿Cuándo
llegaste?” “¿Peliaste mucho?” “¿Y las coreanas, cómo son las
coreanas?” Pero no hizo otra cosa que emprender la retirada. Alguien
disparó una interrogación a sus espaldas y él se apresuró a explicar:
“Si me notan algo raro, es la alegría que siento.”
Eso, una hora antes. Ahora se dio a
caminar sin rumbo, saltando la alambrada de su desánimo, sin atreverse a
mirar a las mujeres que de rato en rato lo rozaban con sus miradas.
—Date la fría, mi hermano.
Se había encontrado emboscado entre
aquel alborozo de amigos, con música de vellonera de fondo. Tenía una
cerveza pegada a los labios, el cogote hacia atrás, los ojos fijos al
batallón de botellas del mostrador. Frente a él, borroso, el rostro del
dependiente reía y reía, Había mucha alegría. Pero él no comprendía
el porqué de aquellos dientes pelados.
—Me invitas a la boda, panita.
Se dio vuelta de repente, alzando un
puño con lentitud hasta la altura de la cabeza. Ya empiezan, se dijo;
deben de saberlo. Bajó el puño y desvió la mirada, avergonzado.
—Están todos invitados —dijo
forzando una sonrisa.
Salió a la calle fumando un
cigarrilo. Mejor es que le hable, pensó; no sabe que estoy en el pueblo.
Caminó hasta el frente de la casa, nuevamente. Si lo supiera, se dijo, me
hubiera esperado en el balcón, como siempre. Se detuvo sin saber qué
hacer. Allí estaba el viejo sillón de mimbre otra vez, la escalera un
poco deteriorada, las puertas siempre abiertas para él, el cuarto en
penumbra, el espejo de luna donde él se había mirado de reojo al mirarla
a ella... “Cuando vuelvas”, había dicho ella retirándolo con las
manos sobre el pecho de él. “No, ahora, Catalina, vamos a hacerlo
ahora.” Encendió otro cigarrillo, lanzando el fósforo sobre el lomo de
un perro que le olía los ruedos del pantalón. “Yo regresaré pronto.”
Chupó hasta colmarse los pulmones. El perro lo miraba receloso, las
orejas tiesas y el rabo erguido. “Cuando vuelvas, no ahora”, sonó la
voz de Catalina. Se estrujó el pañuelo por la frente y miró a todos
lados. El perro continuaba estático, con los ojos como luces de bengala.
“Pero yo te quiero ahora, nena.”
Un gato saltó de una lata de basuras
y se perdió tras una casa. El perro ladró sin moverse de su sitio y el
hombre, sobresaltado, lo amenazó con un puntapié. lluyó el animal,
minando parte del silencio con su aullido. Miró su reloj pulsera: las
ocho y treinta.
Dos mujeres venían hablando
animadamente. Cerca ya, dejaron de hablar y lo miraron de soslayo,
rehuyéndole un tanto. Cuando sus figuras comenzaron a desdibujarse en la
distancia recomenzaron su charla, mirando hacia atrás de rato en rato. Lo
último que percibió de ellas fue algo como un leve silbido de
admiración.
Chupó hondamente del cigarrillo que
ya le quemaba los dedos. “Vendré enterito para ti”, le había dicho a
ella, en el cuarto oloroso a cold cream y a sueño, tasándola de
reojo en el espejo, de pie contra su cuerpo, mientras la madre estaba en
el rosario. Luego vino la lucha inútil sobre la cama, las piernas
cerradas con obstinación para rechazarlo. Y meses más tarde la
notificación de la marcha hacia la guerra, la despedida junto al sillón
de mimbre, el eterno viaje de treinta días por mar, el asalto a la colina
Kelly con las luces de bengala en lo alto, en una noche que ahora es el
recuerdo de una pesadilla; los hombres cayendo por montones, unos sobre
otros, como sacos de arroz en una trastienda. Y él escondido tras un
arbusto, haciendo fuego bajo un cielo negro, apedreado por el miedo, con
el recuerdo de ella palpitando en lo más hondo. El estallido de la mina
aquélla, casi debajo suyo, y la bruma que le entró por los ojos hasta
llenarlo sordamente como el guano a la almohada. Las luces pálidas del
hospital, el olor mareante del éter, el médico de rostro esculpido en
madera vieja diciendo una y otra vez: “Mal sitio para una herida, mal
sitio para una herida.” Y su grito ahogado: “¡Catalina!” “Cuando
vuelvas seré tuya.” Debo hablar con ella, se dijo el hombre encendiendo
otro cigarrillo. No me va a querer, pensó; ninguna mujer quiere a un
hombre así. Caminó en círculo frente a la casa, pisoteándose la
sombra.
Un perro ladró en la esquina. El
hombre columbró una silueta en la punta de la callejuela y se pegó a una
pared, el aliento contenido. La vio cruzar bajo un chorro de luz con aquel
paso resuelto que él conocía tan bien. El canto de un gallo se escuchó
ronco y prolongado detrás de las últimas casas del barrio. La sentía
avanzar, y el rumor de sus pasos quedaba suspendido en el aire lento y
vacío de la noche. Agiles reflejos de luz se agitaban en los pliegues de
su falda; las sombras le apretaban la cintura.
La vio subir la escalera,
contoneándose, abrir la puerta y encender la luz de la sala. Ahora
cruzaba las piernas al sentarse a la mesa con papel y pluma en las manos.
Me va a escribir, pensó él, recordando las cartas recibidas en Corea, y
las recibidas luego en el campamento norteamericano.
Minutos después ella se levantó y
puso la carta sobre el cristal del chinero. El la vio hundirse ahora en la
oscuridad de la cocina y salió de su escondite en el instante en que se
encendía sobre ella una bombilla. He venido a hablarle, pensó, y así lo
haré. Subió temblando al balcón, con pasos suaves como si temiese pisar
el resorte de una mina, y acarició por un instante la baranda donde ambos
se habían reclinado ifinitas veces. “¿Por qué tengo que volver a esto”,
se preguntó, dudando un momento. Luego se irguió con resolución y tocó
a la puerta. La voz de la mujer serpenteó desde el fondo de la casa:
—¿Quién es?
“Cuando vuelvas.” No pudo
contestar. Ella volvió a preguntar, al cabo de un largo minuto, un poco
sobresaltada:
—¿Quién está ahí, ah?
Sintió resonar sus pasos, lentos,
medrosos, a través de la sala. “Cuando vuelvas seré tuya.” Los pasos
estaban ya junto a la puerta. “Cuando vuelvas...” El hombre saltó la
baranda y se perdió entre los callejones.
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