Félix
Pita Rodríguez
(Bejucal, Cuba, 1909- Habana, 1990)
El despojado
Poemas y cuentos
(La Habana: UNEAC, Bolsilibros Unión, 1976)
Todo empezó por aquel cacharro de cerámica que vi en el
tenderete de la india. Yo no sé si para los demás será
igual: para mí, la cerámica es la cosa más misteriosa
del mundo. Como está hecha con toda la fuerza de un
hombre saliendo por las yemas de los dedos, la siento
como una cosa viva, a pesar de su apariencia, la más
quieta y muerta que pueda encontrarse. A veces pienso
que así debía lucir Adán, un minuto antes que Dios le
soplara en la boca, para llenarle el corazón de
nostalgias y meterle el humor errático en las venas.
—¿Cuánto vale ese
cacharro? —le dije a la india. —Cuatro pesos, señor.
Mire qué bonito es.
Yo quisiera explicar
esto, aunque sé hace tiempo que hay cosas que no caben
en palabras. Cosas que desbordan a la palabra que quiere
encerrarlas, y uno oye el nombre y sabe de qué se trata,
pero está comprendiendo que no es enteramente así, que
hay algo más. La india me había puesto el cacharro en
las manos y yo lo estaba mirando. La cabeza hacía su
trabajo y sumaba la forma, y el color, y los reflejos,
valorizando. Pero estaba lo otro, lo que no cabe en
palabras y yo no podía añadirlo al resto para que mi
cabeza le diera un nombre. Era el peso. Pero no el peso
físico de la arcilla, convertida en forma armoniosa por
el sueño de un hombre. Era otra cosa. Después iba a
saber que lo que pesaba y yo sentía en las yemas de mis
dedos era la fuerza del corazón del hombre que la había
modelado en su torno de alfarero. Para comprender esto,
no hace falta saber muchas cosas. Al contrario: el mucho
saber estorba. Le quita misterio a las cosas, las
reglamenta, las cataloga. Para mí, Linneo le hizo más
daño a las flores que todas las tormentas de este mundo.
—¿Verdad que es bonito, señor? Don Isidro le pone un no
sé qué a sus cacharros, que se conocen siempre los
salidos de sus manos. No pueden ser de nadie más.
Quité la mirada del cacharro y la llevé al rostro
oliváceo de la india. Hablaba porque quería vender, pero
en la entraña de sus palabras había viejas verdades,
deslizándose como lagartos de ruinas con mucho sol.
—Eso pasa —le dije.
—¿Se lo lleva
entonces?
—Sí.
Lo estaba envolviendo
cuando Dios quiso que hablara, porque todo es resonancia
y la singular correspondencia entre el cacharro y mi
corazón, no podía quedar navegando sin destino en el
aire de la mañana.
—Si don Isidro quisiera, podía vender mucho más. Pero no
quiere. Y luego, lo que hace lo hace a su antojo.
Porrones y jofainas o azafates, hechos por él con este
primor, se me irían de las manos en un decir Jesús. Pero
no quiere.
—¿Qué es lo que no
quiere?
—Pues ya le dije:
hacer porrones, o jofainas, o azafates. Cosas de las que
la gente tiene necesidad todos los días porque se rompen
más. Pero ahí tiene a don Isidro que no se le puede
hablar de eso. Se enoja, señor. Tiene una idea distinta.
—¿Entonces don Isidro
no es un indio? —le dije.
—¡Oh, no señor! ¡Qué idea! ¿No ve que tiene don? —rió
divertida—. Si lo fuera, sería taita Isidro. Es el que
cuida en la casa grande.
Me tendió el cacharro con sus manos cortas y tostadas
como de arcilla también, y recogió ávidamente las
monedas, agradeciéndomelas con una sonrisa.
Salí de la plazuela de las cacharrerías pensando en las
jofainas y los azafates que don Isidro no quería hacer.
Había una tapia, pero como si no la hubiera, porque la
enredadera, toda cuajada de pequeñas campánulas
amarillas, la cubría por entero y la pesadez y el
encierro de la piedra se hacía libertad de valle. Desde
el portón sin rejas, marcado sólo por el hueco de cielo
azul que enmarcaban las campánulas, vi la casa grande.
Las muchas ventanas y el labrado de la piedra en sus
columnas, proclamaban el señorío. Al final del sendero,
una fuente española enseñaba su agua delgada y
solitaria. Pero yo buscaba a don Isidro el alfarero y
torcí para encontrarle en su cabaña, al fondo de los
jardines, entre una columnata de eucaliptus.
—Quisiera comprar unos cacharros bonitos. Me mandaron
aquí —dije turbado, porque estaba mintiendo.
Era pequeño, delgado,
apacible. Se me antojó pensar que era todo él corno
labrado en una sola sonrisa.
—Entre, pues —me dijo al tiempo que se apartaba
ceremonioso para dejarrne pasar—, entre y tal vez
pudiera ser.
Había muchos al alcance de los ojos, surgiendo
magnificados de la penumbra, y me detuve acongojado,
sintiéndoles la fuerza que no puede encerrarse en
palabras.
—Yo los vendo —me dijo—, pero no los hago para vender.
Es diferente, aunque no lo parezca, así al decirlo. Yo
digo que no se puede hacer nada que valga la pena,
previendo o calculando, diciéndose que va a ser así, o
de la otra manera, o que va a servir para esto o lo de
más allá. ¿No le parece?
Sí que me lo parecía y se lo dije. Entonces él continuó:
—Si yo hiciera mis cacharros pensando en los hombres que
van a comprarlos después, ya no estaría yo en ellos.
Estarían esos hombres que los compran, y sus deseos, y
la mirada de sus ojos. ¿Y para qué podía servir eso? Un
hijo tiene que ser como el vaso del corazón del padre,
¿no? Y si no, dígame: ¿vio la enredadera que hay sobre
la tapia del frente?
—Sí que la vi. Y para
decirle lo que estoy pensando, además de lo que usted me
pregunta, tengo que decir que se me antoja como si
estuviera allí separando, partiendo el mundo en dos,
entre el cielo y la tierra, pero no como una tapia
precisamente, que es siempre la hija sombría de un
egoísmo, sino como otra cosa que no sé. Fue uno de esos
pensamientos que nos vienen sin saber por qué.
Me miró con agrado.
—Yo creo que esos son
nuestros mejores pensamientos, —dijo—. Pero le quería
poner la enredadera por ejemplo: ¿Cree usted que la
enredadera piensa en los que van a mirar sus flores,
mientras las está fabricando, allá en la hondura de sus
tallos, en el secreto de sus raíces?
Le dije que no, que
no lo creía.
—Pues ahí tiene: por
esos las flores cargan ese no se sabe qué, capaz de
hacer pensar a un hombre que pasa, en un muro separando
el mundo, dividiéndole en dos, entre el cielo y la
tierra. Créame, en esas cosas no se puede ser más que el
mensajero: Un mensajero mudo entre dos sombras.
Por los ojos me adivinó que no comprendía. Sonrió para
aclarar sin ofenderme.
—Al decir dos sombras, quería decir lo que anda por
dentro de uno, y lo que anda por dentro de los demás que
le rodean. Si yo hiciera un cacharro pensando en el
dinero que me van a dar por él, estaría metiendo en la
arcilla cosas de fuera. Y al salir del horno, puede que
hasta fuera bonito, pero ya no podría contarle nada a
nadie.
Me pidió permiso para seguir trabajando en el torno,
porque la arcilla estaba a punto, y el pie menudo sobre
el pedal de madera hizo circular la energía,
trasvasándola desde su cuerpo al torno. Era una imagen
que venía repitiéndose desde el alba del mundo. ¿Había
acaso alguna diferencia, algo que separase a don Isidro
en aquel momento, del lejano antepasado neolítico que
modeló en arcilla sus oscuros sueños? Desde el torno me
llegó su voz interrogante.
—Dicen que en la fábrica de cerámica de San Miguel del
Monte, los tornos son eléctricos. ¿Se imagina?
Las dos palabras
últimas venían envueltas en una sonrisa tan aguzada, que
vi el absurdo de San Miguel del Monte sin necesidad de
pensar más en él. Don Isidro ondulaba la boca de un
ánfora con las yemas de los dedos apenas posadas sobre
la arcilla en movimiento.
—Y yo me digo, ¿qué
puede salir de esos tornos? ¡Cadáveres solamente! A lo
mejor un día se les ocurre también que los dedos no son
necesarios, y ponen una máquina a modelar la arcilla.
Los alfareros desaparecerán y habrá sólo alfarerías. ¿Se
da cuenta? Están matando al hombre, asesinando su
sonrisa. Por pensar esas cosas es que me he preguntado
muchas veces: ¿qué va a quedar de nosotros cuando nos
vayamos, y unos cuantos siglos dispersen el polvo que
somos? Una máscara vacía: eso es lo que quedará de
nosotros. ¡Le digo a usted que da pena!
En aquel momento yo
tenía en las manos un ánfora, fina y frágil como un
pensamiento. Y su peso estaba sobre mis dedos,
revelador: aquello era lo que me había misteriosamente
acongojado, cuando tomara en mis manos el cacharro, en
el tenderete de la india: el peso inexpresable del
corazón de un hombre, su mensajero deslumbrador.
—¡Nunca los tornos de
San Miguel del Monte podrán hacer un ánfora como ésta!
—le dije mostrándole la que tenía en mis manos.
—Ya sé que no —se
detuvo un instante sin separar los dedos de la arcilla—,
ya sé que no. Pero es que también los ojos van perdiendo
su fuerza. Pronto no serán capaces de distinguir. Y
entonces será 'Como si se apagaran de una vez todas las
lámparas que guían a los leñadores extraviados en medio
de los bosques. ¿No leyó eso cuando niño en muchos
cuentos? Ahora yo comprendo lo que querían decir.
Tal vez el mal esté
en que todo es demasiado fácil en estos tiempos —le
dije.
—Pudiera ser. Pero se
me hace duro pensar que ese sea nuestro destino sobre la
tierra. ¿No ve a dónde vamos a parar por ese camino?
Hice un vago
gesto de negativa.
—Yo digo que es como
si camináramos hacia un hormiguero de monstruosas
hormigas ciegas, deslumbrantes, crueles. Un mundo
siniestro, en el que el acto de amamantar a un niño no
tendrá relación alguna con el hermoso fluir de la vida.
Todo será entonces como salido de los tornos de San
Miguel del Monte. Y los almarios ya no tendrán almas.
Me escuché hablar
como voz lejana.
—Y si la sal pierde
su sabor, ¿quién se lo devolverá?
—¡Más que la sal —dijo— más que la sal! Es la
sonrisa, y la sangre de las venas, y la leche en los
pechos de la madre. Todo está perdiendo su sabor. Y si
llegara a perderlo por entero, ¿quién. podría
devolvérselo?
—Será tal vez que hay
un tope —aventuré en un murmullo—. Un tope, una medida
fija de la que no puede pasarse, sin volver atrás para
comenzar.
—¡Quién sabe!
—murmuró con el acento cantarino de los indios—. ¡Quién
sabe! Pero a míse me hace difícil imaginar a Dios con
una vara de medir entre los dedos, atisbando a los
hombres desde sus nubes, para cortarles las —alas tan
pronto les han crecido demasiado. Ya está. ¿Qué le
parece?
Me costó trabajo
volver a la cabaña en penumbra y poner los ojos sobre el
ánfora que las manos de don Isidro acababan de sacar del
torno y colocaban delicadamente sobre la mesa.
—Muy hermosa —le
dije—, no sé por qué, me hace pensar en todo lo que
acaba de decirme.
Sonrió complacido.
—Tenía que ser. Si
le pidiera pensar en otra cosa, entonces no valdría más
que una cualquiera de las que salen de los tornos de San
Miguel del Monte.
En aquel preciso
momento, el hilo sutil, alucinador, que venía desde el
tenderete de la india hasta la cabaña de don Isidro, se
rompió. Vi las sandalias primitivas en los pies
desnudos, vi el pantalón de lienzo barato, vi el torno y
la cabaña a la luz cruda de las cosas que son. Y quise
saber dónde estaba la base de aquella espiral risueña
que buscaba el cielo modelando ánforas cargadas de
misterio. Y se lo dije.
—¿No le contaron
entonces? —me contestó con una sonrisa—. Pues es raro.
Siempre lo cuentan, sobre todo si el que escucha es un
forastero. Yo soy un poco como la catedral, la plaza de
las cacharrerías y el viejo palacio colonial: una
curiosidad del pueblo.
—No, —le contesté— no
me contaron. Llegué anoche al pueblo atraído por la fama
de su cerámica. Y si vine aquí, fue porque compré un
cacharro en la plazuela y la india que me lo vendió, me
dijo que era hecho por usted. El cacharro me gustó y
vine.
—Pues ya van a
hablarle, y sobre todo ahora, cuando sepan que vino a
verme.
—¿Por qué lo cree?
—Es que en un
tiempo yo fui el hombre de más riqueza en todo el
estado.
Le miré y él me vio
en el mirar la duda y el pensamiento mezquino. Y añadió
sonriendo.
—Puede creerme sin
esperar a que se lo confirmen en el pueblo.
—Yo no tengo por
qué dudarlo, don Isidro —me disculpé torpemente.
—No importa. Yo era
el dueño de la casa grande, como le llaman los indios a
esa que está al otro lado de los jardines. Y tenía otras
además, y tierras hasta hacer horizonte. En aquel
tiempo, yo no sabía aún hasta qué punto tener las cosas
es matarlas. Quiero decir, tenerlas de la mala manera.
¿Me comprende?
Le confesé que no.
—Quiero decir, que en
aquel tiempo yo no sabía. No sabía que basta con que las
casas existan para tenerlas. Y eso va desde el sol hasta
la más pequeña de las mariposas. Puesto que están ahí,
son mías, que también estoy. Los miro: las tengo, me
pertenecen. Pera si cajo un pedazo de bosque y tienda
una valla todo alrededor, con una puerta, y un cerrojo,
y una llave que me guardo bien profundo en el bolsilla,
entonces empieza la melancolía y la tristeza. Es así
coma de veras se tapa el sal can un dedo.
Guardó silencia un
momento, coma para volver al punta de partida.
—Ya andaba así, cama
ciega, poniendo vallas a pedazos de bosque cada vez
mayares. Y clara que no veía la hermosura de los
árboles. No podía verla. Pera un día vi a una de mis
indios modelando en el torno una pieza. Y le escuché la
congojo de dentro. Aquel indio no tenía palabras para
dejarla salir. Y par esa le brotaba de las yemas de los
dedos y se mezclaba can la arcilla. Y la congoja salía
del horno encerrada en una bella forma melancólica. Ese
fue el punto de partida de la paz, la primera vez que vi
más allá de mis narices, par debajo de la piel del
mundo. Mire ese grillo que salta ahí. ¿La vio?
Me sobresalté con
la pregunta. Pensé que divagaba, pero no.
—¿Ha mirada alguna
vez un grillo de cerca? ¡Seguro que no! Y sin embargo,
es un prodigio que emociona hasta dar ganas de llorar.
Todo su andamiaje es como
tallado en esmeralda. Y tan perfecto, que parece
mentira. ¿Cree que eso puede estar en el mundo solamente
para ocultarse entre la hierba y saltar de tiempo en
tiempo?
—A la verdad, nunca
había pensado.
—Ahí está la
semilla del mal. Por ese camino es por el que se llega a
los tornos eléctricos de San Miguel del Monte. Y de San
Miguel del Monte sale el otro, el que nos llevará hasta
el hormiguero sombrío de que le hablé antes.
Plantó sobre el torno
una masa de arcilla y el pedal comenzó de nuevo su
trabajo. Pensé que olvidaba mi presencia allí, entregado
por entero al deleite de crear.
—Mire. No hablo por
hablar. Una mañana, por aquel tiempo, vi por primera vez
un petirrojo posado en una rama, casi al alcance de la
mano. Fíjese que digo por primera vez, aunque mis ojos
se habían detenido millares y millares' de veces en
otros petirrojos como aquél. Pero es que nunca los había
visto verdaderamente. Y así me fue pasando con todo.
Estaba ganando el mundo y al mismo tiempo comprendiendo
lo fácilmente que puede perderse. ¿No iba a sentirme
feliz si estaba salvado?
Me miró con la
interrogación, pero era evidente que no esperaba
respuesta.
—Y claro, entonces
los que me rodeaban, comenzaron a pensar que mi cabeza
no funcionaba bien. ¿Se imagina? Ellos hablaban de los
negocios, del dinero, de colocar más vallas en más
pedazos de bosque. Y yo me estaba mientras tanto
embelesado, mirando a un petirrojo en el jardín. Y
comenzaron. Primero mis socios, luego mis dos yernos, y
mi hermano.
—¿Comenzaron a qué?
Hizo una pausa para
que el pensamiento no le estorbase a la sonrisa.
—A despojarme. ¿Se va
dando cuenta? Se tomaron un trabajo enorme para hacerlo
sin que yo lo viera. Y a mí no se me escapaba uno solo
de sus movimientos, y me reía. Ya entonces venía a
refugiarme aquí. Un indio me enseñó a modelar, a manejar
el torno, a tomarle el pulso al horno para saber cuando
es capaz de cocer un cacharro sin romperlo. Y me enseñó
también a tenderme bajo los eucaliptus y a mirar a las
nubes que pasan y a las estrellas quietas. Ya puede
imaginarse el tamaño de mi alegría: había estado a punto
de perder mi vida y en un momento todo había cambiado y
la ganaba. Mientras tanto ellos, en la casa grande, se
despedazaban por mis despojos. Ya se habían repartido
legalmente —¿no le hace
gracia la palabra?— ya se habían repartido legalmente
mis casas y mis tierras. Tenían un papel en el que decía
no sé quién, que yo estaba incapacitado mentalmente para
administrar mi fortuna. Después me olvidaron. Creo que
por eso no me echaron también de esta cabaña. ¿No le
parece maravillosa la historia?
Me adivinó en los
ojos que me lo parecía. Sus dedos se deslizaban
suavemente sobre la arcilla del torno. El cuello del
ánfora que modelaba, era alegre como la paz.
El dueño del hotel me
oy6 contarle que habla estado en la casa grande para
comprar unos cacharros a don Isidro. Y en seguida me
contó la historia, como si hablara de la catedral, de la
plazuela o del palacio colonial. Pero tenía en los ojos
la asperidad de los reproches.
—Le despojaron
—decía—, le despojaron de todo lo que tenía. Poco a poco
y con malas arte_ se lo quitaron todo. Entre los socios,
el hermano y los yernos, le dejaron poco menos que a
pedir limosna. Ya usted pudo ver en lo que le han
convertido. ¡Le digo que hay gentes que no pueden tener
perd6n de Dios!
—¡Quién sabe! —le
respondí—. ¡Quién sabe! A lo mejor Dios les perdona. A
lo mejor hasta don Isidro intercede por ellos. Uno nunca
puede decir.
Y
sonreí, mientras él me miraba estupefacto, con el sol de
la tarde que se colaba por un cristal roto, reflejado en
los ojos muy abiertos y asombrados.
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