Rosario Ferré
(Ponce, Puerto Rico, 28 de septiembre de 1938 - San Juan, 18 de febrero de 2016)


“De tu Lado al Paraíso”
Papeles de Pandora
(México: Editorial Joaquín Mortiz, 1976, 207 págs.), págs. 171-187



Methinks her fault and beauty, blended together, show, like leprosy, the whiter, the fouler.
                  The Duchen of Malfi


      Hace un año justo que ellos vienen posponiendo este regreso, este enfrentamiento a su último rostro, a su espíritu que aguarda sentado en el centro tibio de la casa. Es comprensible que después de lo que sucedió les faltara valor, necesitaran casi doce meses para ir sedimentando capa tras capa alrededor de su corazón para poder regresar, hojear estas láminas fragilísimas, a la vez hirientes y blandas, su rostro y sus manos cubiertas por una piel de vidrio, estas láminas centelleantes, tan parecidas a los muros de esta casa que yo limpio cada día en su nombre, eñangotándome para darle cera de muñeca a los pisos, metiendo la mano hasta el hombro en el servicio para purificar la porcelana más alejada de su garganta, poniéndome en cuarto patas para cepillar el vello de las alfombras hasta dejarlas relajadas, desleídas como vellones de mujeres rubias derribadas por el suelo, rebajándome día tras día hasta llegar a ser la mierda y la hielda de la sociedad para que ella pueda seguir siendo la crema y nata, para que ella pueda seguir viviendo, como el ángel que ahora es, en el séptimo cielo, soñando como una princesa su séptimo sueño encima de sus siete colchones de pluma de ganso, sellada en la frente con el séptimo sello de Nuestro Señor que por siempre la tenga en su gloria. Estas láminas que ahora son lo mismo que decir su cuello sus hombros o sus muslos, los destellos de luz filtrándose a través de las celosías que he limpiado por encima y por debajo como si fuesen sus uñas, sobre el piso de parquet que he barnizado igual que si fuese su piel y entonces por eso el álbum, la necesidad de verla arrodillada para siempre en el reclinatorio de seda china, un cirio encendido en la mano, de contemplarla rezando frente a la custodia de brillantes como frente a la corona de su propio martirio. Por eso estas imágenes sostenidas cuidadosamente entre el índice y el pulgar para que no se derritan, para que no se vayan a derrumbar en un montoncito de polvo traicionero, luminoso y cortante, de pie en el último peldaño de la escalera, la cola de su vestido de piel de ángel acumulada delante de sí como un remanso, como un embalse de sangre fría y nevada, estas imágenes ya un poco desvaídas y grumosas a la merced del tiempo que deshilvana sus contornos, como sucede siempre con los recuerdos, nebulosas como celdas de panal viejo que a fuerza de labradas y relabradas han ido perdiendo su transparencia. Por eso la necesidad de estas repeticiones incansables, colocadas por mí dentro del álbum de bodas como una hilera de frutas abrillantadas dentro de su caja, quizá un poco encogidas y demasiado dulces, es verdad, pero conservadas, estuchadas para siempre en láminas de formica igual que en el fondo de un agua azul, melancólica y cetácea pero limpia al tacto, la necesidad de abrir una vez más las tapas purísimas, gruesas y blandas como labios de novia para ir depositando una a una, lo más amorosamente que puedo, las fotos de la boda dentro del álbum.
       Los señores van y vienen, residen aquí algunos meses, luego empaquetan valijas y baúles y se van a pasear, algunas veces a España otras a Francia. Van y vienen tranquilos de que la casa queda segura conmigo, de que yo no permitiré que caiga en esa amoralidad en que suelen caer las casas deshabitadas, en ese orinar desvergonzado y constante por entre los reverberos de las rejas, en ese romper en medio de la noche los cristales de las ventanas a estallidos impúdicos como si fueran hímenes. Cuando regresan es siempre por alguna razón sin importancia. Algo, alguna noticia recibida en alta mar sobre enfermedades en la familia, algún artículo leído en medio de la paz del desayuno frente a la taza de café humeante, describiendo los estragos este año de la sequía en los habitantes del Africa, o informando la última tasa de mortandá colérica en la India los espanta pasajeramente, los alebresta como aves ordinarias de corral que en su aspaviento olvidan toda su elegancia. Necesitan entonces regresar para sentirse reconfortados, sentarse en la silla que les toca en el comedor, tomarse sorbo a sorbo la sopa que yo les preparo en las mismas cucharas de siempre, un poco nebulosas por el tacto, sabiéndose de memoria cuál es el borde astillado, dónde es que está la pequeña grieta en el vidrio para esquivarla. Pero esta vez todo ha de ser diferente.
       Estuvieron tanto tiempo planeando para lograr esa boda. Lecho nupcial bordado de mariposas, catafalco coronado de entorchados, ambos dignos de una princesa. Se pasaban los días dando fiestas en la casa, exhibiendo a la novia como una fruta olorosa y sutilmente tajeada para que madurase pronto, para que supurase de prisa sus últimas gotas de candor. Ella llamaba la atención por esa calidad especial que tiene su carne, hacinada en lo más alto del abismo como una escalera por la que suben y bajan los ángeles. Por fin apareció Juan Tomás. Luego de meses de insistencia, colocando el retrado del compromiso sobre la mesa de noche, invitando a la madre a tomar el té, colocándole al padre una copa tibia y dilatada en la mano, colocándosela hasta el fondo para injertarle el tallo fijamente entre el corazón y el anular como un sexto dedo de vidrio, de mirar por la ventana día tras día sin esperar ya a nadie, sin ilusionarse por nadie ella aceptó por fin el matrimonio envuelta en ese manto de calma e indiferencia en que se envuelven las estatuas griegas. No puedo llorar. Siento que de las esquinas de mis párpados comenzarán a escurrírseme dos hilillos de arena que por más que parpadée no podré detener. Las imágenes ondulan de un lado para otro dentro de las láminas del álbum, se cimbran, se borran, al pasar de una página a otra página.
       La primera sospecha que tuve de que regresarían fue cuando vi que el almendro había empezado a abortar. Botaba los capullos todavía abrigados dentro de los sépalos y la terraza se cubrió de un día para otro con una capa de cascarones grisáceos, ennegrecidos por la punta. Barrí todo hasta dejar la terraza tan limpia como antes pero el árbol siguió abortando. Ese mismo día salí a la calle, reuní apresuradamente mis ahorros y compré el álbum. Me encerré en mi habitación y me senté en el catre. Me había dado trabajo encontrarlo. La piel tenía que ser de cabritilla blanca, de la misma que ella se había subido aquella mañana por los brazos hasta más arriba del codo y que yo mismo había ajustado con botones diminutos a sus muñecas. Me estremecí de pronto al pensar en aquella piel empolvada por dentro subiendo por su cuerpo, ciñéndola dedo a dedo como a un lirio, ciñendo sus manos de novia, adormecidas como pequeñas conchas en el cuenco tibio de su falda, ciñendo sus brazos de novia, reposados y plácidos, rodeando siempre las rosas talladas del respaldar de alguna butaca o de alguna silla igual que si sostuviesen un ramo, o yaciendo, frescos y tersos como tubos de nieve a lo largo de las sábanas. Pensé en ella luego de la ceremonia tendida en la cama, el vestido un ollejo de lirio arrojado al suelo, abortado allí como una flor de almendro y ella vejada, vapuleada, ensalivada pero intacta, respirando una mancha tibia sobre el espejo helado, en la boca un ramillete de palomas congeladas durante el orgasmo. No podía soportar saberla tan abandonada, a la deriva sobre aquellas sábanas deshechas de ira, turbias de un resentimiento sin márgenes, el intento descabellado de destruir aquel destino que nos había tocado, la necesidad de que pasáramos por la vida con el paraíso intacto. Dí un suspiro de alivio al pensar que por fin podría cumplir me cometido, llevar a cabo aquello que me dictaba no sabía bien si el instinto o la conciencia.
       Cuando entré a servir a esta casa descubrí que vivir ya no me era necesario. El mundo de los hombres no era para mí otra cosa que un rumor sordo de voces, un estirarse de bocinas mongas por la calle, de pasos que se acercan y se alejan de la puerta sin ningún propósito. Antes de llegar aquí había vivido buscando el amor, obsesionado por la idea de encontrarlo alguna vez en el fondo de los ojos de los hombres, esperando tropezarme algún día, al pasar el cepillo para recoger la limosna en alguna iglesia, al encenderle una lámpara votiva al Sagrado Corazón, con un hombre que tuviese un corazón como el mío, una bomba botando fuego por la aorta, un corazón con el esqueleto de artillería sin astillársele todavía, un golpe de pólvora latiéndole dentro del pecho. Pero los hombres me temían, tenían los corazones carcomidos de caracoles, casi no se atrevían a tocarme. Si algún día aceptaban ir conmigo a mi habitación se conformaban con mirarme. Arrodillados frente a mí me achicharraban con ojos de chicharra impúdica, hundiéndomelos por todo el cuerpo sin el menor respeto, chichándome los oídos, la garganta, los tobillos a golpes, cachiporreándome sin atreverse a acariciarme, como si temiesen ser arrasados, devastados sólo de pensar que pudieran penetrarme. Entonces yo los rechazaba lo más tiernamente posible pero ellos se enfurecían conmigo, se ponían de pie vomitando insultos como gárgolas, maricón chupabichos, mequetrefe de mierda, santolete coge piedras hasta entre las guaretas y me golpeaban hasta dejarme sin sentido.
       El día que la vi por primera vez la seguí por la calle hasta descubrir donde vivía. Al poco rato toqué a la puerta y me abrieron. Dije que estaba buscando empleo, enseñé mis mejores credenciales, no sé lo que me hubiese hecho si me hubiesen negado la entrada. Me asignaron una habitación al fondo de la casa, un catre de hierro, una silla y sin ventana. Cuando me puse por primera vez mi uniforme de sirviente me abotoné hasta el cuello las solapas de hilo blanco de la chaqueta como si me fijara al pecho dos alas almidonadas. Me miré al espejo y pude ver que el corte sencillo me iba bien a la cara, destacaba esa calidad de clara batida que tiene mi piel, a la vez dura y liviana, cercenada por un solo golpe de la espátula. Me puse mis guantes blancos, de rigor para todo buen sirviente, pensando que en adelante quedarían borradas todas mis huellas, agradeciendo de antemano la distancia que ellos pondrían entre mi cuerpo y lo que tenía que hacer.
       Los señores depositaron en mí la responsabilidad de cuidar a su única hija, a punto de contraer matrimonio, cuando me colocaron a su servicio. Tan consentida que está, Dios mío, tan ingenua y entrando ahora en esa etapa tan peligrosa en que entran todas las novias, en esa etapa de espejo que de nada se empaña, al menos hemos encontrado un capeador capacitado de los caprichos de la nena, que no le pierda ni pie ni pisada, que en Dios la acueste y en Dios la levante, velándola para que no se nos descocote por el escote, para que no se nos encocore con su crica de cocolía bailando demasiado pegada de los hombres, protegiéndole la cricasálida, abullonada y pura como un copo de cotton candy debajo de sus faldas de tules, protegiéndola hasta que llegue el día de la boda y ella acabe de convertirse en novia, en ese ser perfecto y angustiosamente frágil que ahora sólo yo podré eternizar, en esa luna llena que ahora sólo yo podré fijar en medio del cielo, en esa ola monstruosa y erguida en picos, detenida por mí antes de golpear la costa.
       La primera vez que le serví estaba sentada en la silla que le tocaba en el comedor. Me incliné hacia ella con los ojos bajos, la mano derecha doblada detrás de la espalda en un gesto de rigurosa etiqueta y le ofrecí la bandeja desbordada de vegetales perfumados con la izquierda, colocándosela cuidadosamente entre el oído y el hombro, en ese sitio exacto donde ella pudiese ver y oler los manjares ofrecidos sin tener que volver el rostro, sin tener que girar la cabeza sobre el cuello un sólo grado para hundir la cuchara en el lago de mantequilla empozada al pie del árbol de plata, ajena a la angustia que me producía saberla tan cerca y sin embargo tan lejos, igual que si la estuviese soñando de nuevo, inclinándome fuera de las córneas de mis ojos para volver a mirarla comprendiendo que ella me había reconocido, que ella sabía que yo la había soñado porque ella me había soñado a mí, me había perseguido por esa calle paralela a la mía al otro lado del vidrio, había adherido su boca trompa de mosca a la otra cara del muro tratando de besarme, había machucado el vidrio con puños de culo de gallina tratando de romperlo, se había arrodillado innumerables veces frente a mí apretando palomas tibias entre las piernas hasta reventarlas, tratando de taparme la cara con sangre, con estrellas de esputo caliente sin poder alcanzarme.
       Los días que siguieron a nuestro primer encuentro fueron nuestro paraíso. Yo preparaba los manjares de la boda con dedos de hada, urdiendo redecillas de almíbar alrededor de los bizcochos igual que si los tejiese alrededor de su pelo, planchando trozos de caramelo astillado sobre las pieles de los flanes como si los planchase sobre su carne, sellando lo más delicadamente posible el párpado tierno de las empanadillas con las puntas del tenedor igual que si le sellara a ella los párpados. Cuando comenzaron a llegar los regalos los fui colocando uno a uno en su habitación. Me gustaba observar cómo caían al suelo los lazos de plata fruncida, las cintas que ella desataba fríamente con las puntas de los dedos, enroscadas aquí y allá como pedazos de flauta.
       Pero ella nunca estaba contenta. Me miraba siempre con la misma sonrisa de desdén, implacable ante todo lo que no fuese perfecto. Cuando por la mañana yo le llevaba la bandeja de café con leche a la cama hacía siempre un mohín de asco, porque el café que yo le preparaba le sabía a café de cafres, porque la jalea que yo le servía le sabía a ralea. Me ordenaba a gritos que le preparara su baño de sanguaza de malagueta, que le brillara sus zapatos de charol hasta que relucieran como cucarachas, que le bailara una y otra vez, para distraerla en sus tardes de aburrimiento de niña rica, la danza “De tu Lado al Paraíso”.
       Empezaba entonces a husmear a su alrededor quejándose de que algo le apestaba, que investigara si el servicio estaba tapado porque morrocoyo viene de morraya y eso era lo que yo era, morraya, mampostial cagado por el diablo, marrano supurado de almorranas y por eso marrayo te parta, indigno de atar la menor trabilla de mi sandalia, indigno de lamer el suelo donde ella, si quería, cagaba. Yo guardaba sus palabras en las entretelas de mi corazón, las envolvía en las gasas más tiernas de mi carne como Lázaro antes de resucitar, antes de empezar a sangrar de nuevo. Escuchaba sus palabras y me sentía feliz porque sabía que ella me amaba, que ésa era la única forma que ella tenía de declararme su amor.
       Por eso la mañana antes de la boda entré en su habitación como si entrara al paraíso. Hilo entonces el hielo deshecho de sus sábanas, recojo con dedos delicados los encajes de sus almohadas que siempre se le deshilachan un poco durante la noche, recojo uno a uno los vellos rubios de su sexo, como desprendidos de una gran cebolla dorada, y los oculto dentro de mi pecho, recojo las piezas de ropa intima que ha dejado caer por todas partes, sobre las sillas, debajo de la mesa, encima de la cama, esas membranas de entrañas de mamey que le cubrían los muslos, los telares adhirientes que cubrían esa herida de guamá que lleva hincada entre las piernas, las cuevas de guano que oculta debajo de sus sobacos, recojo las copas del brasier, ahora ya vacías de la pulpa de su corazón, lo doblo todo amorosamente y lo guardo dentro de las gavetas. Entro entonces a la sala de baño y abro la llave de la bañera para restregarla. Miro el remolino de agua y pienso en su cuerpo, en esa piel que detiene su carne como un cedazo para que no pase, para que no se deshaga en un chorro de leche inútil y pasajero, forzándola a quedarse más acá de los poros, haciéndola palpable, dándole peso y forma, cuajándola en el tiempo. Pienso en cómo yo la había soñado tantas veces creyéndola hombre, buscándola hombre, ocupando el espacio con el órgano impudorosamente erecto, obvio como un dios menor y sobreestimado, acostumbrado al rito consuetudinario de ser adorado, de ser acariciado en redondo, doblado de dolor tan públicamente para probar que sí puede, que el cetro del mundo no le ha sido arrebatado todavía, que todavía puede ordenarle al sol que se oculte y a las estrellas que inunden el cielo de semen con mover un solo dedo de la boca bicho, que todavía puede ponérselo a las mujeres, pisarlas hasta dejarlas cluecas de placer, hasta ponerlas a gritos de rodillas en el cielo, dejarles las pulpas de los ojos majados a mamerrazos de berenjena, sentarlas en la popeta una y otra vez hasta dejarles la chocha chonga, hasta dejarlas chuecas, chumbas y choretas, ordenadas en hileras de muslos, mondas, ñocas y lirondas, alineadas en ristras enchuladas de chuletas que caminan por la calle entrechocándose la chocha, amansadas, entregadas por fin, comiendo de la mano como palomas tiernas, chupando extasiadas la yema sagrada del padre, del hijo y del espíritu santo hasta el fin de los siglos, putrificadas para siempre en carne de putas para que ellos puedan seguir siendo santos, para que ellos puedan seguir marchando en los ejércitos de san josés, la vara eternamente florecida en la mano, en esos defensores de las esposas encinta, preñadas por el oído con un beso de lengua y ahora la descubría todavía novia, todavía virgeputa intocada y por lo tanto salvable. Levanto entonces la tapa del servicio, ese ojal suave donde ella deglute sus gluteos golosos de miel y lo restriego todo cuidadosamente, hundo hasta el fondo de la taza el cepillo de cerdas de seda como si lo hundiese hasta el fondo de su garganta, pensando, al meter la mano para tocarlos, en la poca diferencia que hay entre los hilos de miel que ella orina y los hilos de hiel que supura por la comisura de los labios cada vez que me habla, metiendo la mano para aburar con mis dedos los grumos anonadados de su mierda, amasándolos con ternura porque sé que ésa es la materia más antigua de su soledad, amándola con más fuerza que nunca al saberla tan avara de su propia podredumbre, tan valerosa y soberbia a pesar de vivir cargando, enroscada como una culebra hedionda, su propia muerte dentro del vientre. Deseando consolarla de ese conocimiento que todos adquirimos desde niños al vernos cagar nuestra propia carne podrida prematuramente, reconociendo que aunque lograría eternizarla, jamás iba a lograr consolarla, lograr que aceptara, serena y conforme, el paraíso que nos había tocado.
       En cuanto supe que los señores regresaban comencé a limpiar la casa con una furia de azote. Sacudí los vientres de las cortinas hasta reventarlos contra el techo, bruñí los pisos de mármol, los rebané sin compasión en lascas barnizadas de carne, resbalando arrodillado tomates de piedra adolorida sobre la superficie lisa, empujando el trapo de bayeta con los socos de las muñecas hasta quedárseme los bofes pegados de las palmas, abrillantando las llaves del agua para que rutilaran en la noche como estrellas, acharolando las rosas talladas de los muebles con aceite de coco, con aceite de limón, con aceite de sándalo para que cuando ellos lleguen los reciban más cómodamente, el contorno de la madera o del tapizado acoplándose al contorno de sus cuerpos, amadrigándolos en paz, guareciéndolos en su seno.
       Ahora han estado esperando que sean un poco más de las cuatro de la tarde para invadir la casa. Amigos y familiares los acompañan desde el aeropuerto en un lento cortejo, contorneando las aceras, arrenmolinándose en las equinas, destorciéndose por la calle en una cola espesa de flores. Ya siento los automóviles llegando, los pasos subiendo por las escaleras. El álbum está sobre la mesa. Demasiado obvio para que no lo noten, demasiado evidente. Se han intuitivamente puesto en fila, formando un ejército tijereteante que va entrando por la puerta. Las damas han ido al salón de belleza, los peinados tiesos de laca en orden perfecto, ni un pelo fuera de sitio. Pasa una cabeza de rizos diminutos y simétricos como un tazón de caracoles de pasta. Pasa un casquete de charol anudado en la nuca. Pasa un panal barroco trasudado. Todas estrenando, hilo, seda, trajes negros. Joyas, por supuesto, el erizo de perlas y brillantes justo aquí, en la solapa, donde más gracia hace a la cara, el collar y la sortija haciendo juego, el conjunto de patitas movedizas que sacuden por la punta gotitas de brillantes. Van sentándose en la sala. La conversación es animada, se desplaza como una nube de insectos al atardecer en la playa, por entre las alas inquietas de los abanicos. Las damas sacan pañuelos y se secan lágrimas, gotas de sudor, se enjugan las mejillas, el cuello, las sienes, lloran por todas partes, por la comisura roja de los ojos, por la espalda, por entre los muslos, los lamparones adensan la seda, la hacen más negra, la brotan de destellos de sal, de miles de cabezas de alfileres. Vestidas ahora de granito negro ellas se hacen señas, susurran, gimen, se cimbran unas hacia atrás y otras hacia adelante en pequeños coros, rutilan absolutamente seguras de sí mismas, hablan, hablan todo el tiempo, mueven lenguas por las puntas de los codos, dentro de los escotes, detrás de las orejas, llevan una lengua estuchada en cada uña. Yo voy pasando entre ellos las bandejas tintineantes, los vasos helados de refresco de limón atrapados instantáneamente, engrifados.
       Los señores se han dejado caer a plomo dentro de las butacas que exhalan un perfume mustio, de plumas que no han sido removidas en mucho tiempo. Me piden café, me piden té, me piden aspirinas. Las damas de granito negro se acercan, compartimos, padecemos, acompañamos en la pena, queridos, lo que los queremos, no los habíamos vuelto a ver desde el día de la boda, ese entierro tan súbito, nadie se enteró hasta que ya fue demasiado tarde y luego tanto tiempo de viaje, dicen que tuvieron que recoger los sesos que dejó desparramados por el parabrisas, que la segunda sacudida la arrojó contra el vidrio y que los hilos finísimos siguieron hendiéndose, ramificándose a su alrededor durante mucho rato después del accidente, desgranando pedacitos de esmeril sobre su cuello, sobre sus hombros igual que si la escarcharan, los azahares de la corona, el vestido cubierto por miles de lentejuelas nuevas, filosas, dentelladas, como llamas, como cierzo. Parecía que alguien hubiese querido congelarla, preservarla para siempre igual que se veía entonces, el vestido de piel de ángel cuajado a su alrededor como un remanso, la cabeza torcida boca abajo, ahogándose en el torrente de su velo. Pobres, lo que los queremos, lo que lamentamos, queremos compartir la pena, movernos a lástima, recordarla, a eso vinimos. Imposible, hemos destruido todas las fotos, todos los regalos, todos los recuerdos, no queremos saber nada del asunto. He logrado por fin hacer que reclinen las cabezas sobre las rosas acharoladas de las sillas, que hundan los zapatos en los vellones suavísimos de la alfombra, cierren los ojos, no hablen más.
       De pronto alguien descubre el álbum sobre la mesa. Lo examinan, lo sostienen por el canto sin atreverse a abrirlo, cómo ha venido a parar aquí, sorprendidos, asombrados, la memoria un hueco empedrado de golondrinos, sofocarla bien con fomentos calientes, rociarla arribabajo con vinagre, hacer gárgaras de creosota con ella. Pero no pueden remediarlo, va pasando de mano en mano, se acurruca en el hueco del brazo, se tiende, dócil, debajo de las palmas, no pueden resistirlo, lo han abierto al fin. Van de grupo en grupo al principio entorunados, rezongando, mostrando de mal humor las escenas deslumbrantes, poco a poco con más entusiasmo, engranándose en la curiosidad ajena, las bocas inundadas de saliva, observando cómo la novia se somete una vez más a los quehaceres de mis manos que no cesan, que no se detienen ni por un momento, van y vienen diligentes, ardorosas, palpitantes como insectos, siempre con un propósito exacto, dejándose colocar por mí el anillo de galaxia alrededor del anular con una familiaridad impudorosa, dejándose estirar la cola de lirio detrás de sí hasta que la obligo a formar un pistilo con su cuerpo, dejando que le acomode las capas de hojaldre polvoroso alrededor del rostro, observando mis ojos que la observan desde el fondo del panal como abejorros blandos. Las láminas relampaguean, saltan, lascas de cera hirviente se les adhieren a las manos, a la cara, a los brazos, tratan inútilmente de arrancárselas pero no pueden, se han quedado mudos, sin lengua que agitar en boca, en poro, en ingle, ni en sobaco, retorciéndose tratando de escapar, desmembrados.
       Poco a poco los grupos de amigos y familiares se han ido levantando, besitos, cariños, palmaditas que suenan a muñecas que ya no pueden con la colgadera de monedas, máscaras ya un poco derretidas, colocadas con infinito cuidado sobre las caras frente al altar del espejo, los pinceles untados en los últimos productos de Revlon. Esta casa tan rechinantemente limpia, parece que lo hubiesen hecho a propósito para que nos fuéramos pronto, para hacernos sentir incómodos, las alfombras suspiran cuando les enterramos los tacos, la piel de los pisos se rasga con los clavos de nuestros zapatos, han regresado con tanto recuerdo a flor de piel, enquistados a la cintura como racimos de culebrilla púrpura, llorando por todo, mesándose los cabellos por todo, sintiendo a cada momento un quejido trepándoles por la garganta. He comenzado a empujarlos disimuladamente en dirección a la puerta, las damas han terminado de rezar el rosario, ahora lo guardan con un clic preciso en sus estuches de filigrana, en forma de corazón o de mariposa, de porcelana de limoges con pastoras columpiándose al final de largas cuerdas de flores, tendrá que cuidarlos mucho, pobres, todo esto ha sido demasiado fuerte para ellos, menos mal que lo tienen a usted hoy que ya nadie tiene sirviente, usted sabrá qué hacer para ir consolándolos, servirles su potaje calientito cuando salgan de la habitación, llevarles una tacita de té de tilo o de guanábana servida en bandeja con doile albo, de organdí o de linó cristal para tranquilizarlos, alguien se pasa la punta de la lengua por los labios resecos, qué calor, son una pejiguera estos pésames, al menos vimos el álbum, son tan hermosos siempre los álbumes de boda, las novias tienen algo tan misterioso y a la vez albicante, algo que fuerza a uno de pronto a parpadear, a llevarse una mano a los ojos como para protegérselos de algún alud de nieve, de algún derrumbe de calicanto. Caminando arrastrando un poco los pies, las piernas a pedacitos tembluscos, calamitando, me acerco a la puerta y les abro.
       A los pocos días del velorio los señores se sintieron mejor y decidieron que no era saludable seguir viviendo en la casa. Resolvieron irse a vivir a un condominio de moda con incineradora, trituradora, elevador para perros y bañera romana. Fue entonces que mi corazón entró en la casa como un corazón de hierro. Retumbando. Latiendo a golpes. Entrechocándole pelotas de pólvora por todas partes. Explotándoselas dentro de los ojos, dentro de los oídos, dentro de la boca para desvirgarla, para reventarle por fin esa piel de vidrio, esa cáscara de niña bien tan cuidadosamente esmerilada, tan repugnantemente dulce en que la habían envuelto. Reventándola para que sintiera, para que participara, sumergida durante tanto tiempo dentro de su estuche como en el fondo de un agua azul, preservada de todos los dolores del mundo. Desgranándola poro a poro igual que un velo, entrando en ella para arrasar con sus muslos, su cuello, sus brazos hasta convertirla en una montaña de polvo, luminoso y cortante. Ahora ya no queda de ella más que un solar baldío y este extraño bienestar que siento al abrir la puerta del condominio y acomodarme yo también en el cubículo que me pertenece. Aquí podré hojear tranquilamente las láminas del álbum para seguir edificándola, para seguir segregándola pared a pared, celda por celda. Aquí podré labrar y relabrar en paz, sin prisa, borrar y repulir, podar y retallar cien veces su imagen de la novia perfecta, arrodillada para siempre en el reclinatorio de seda china, frente a la custodia de brillantes. De pronto me he quedado mirando esos ojos que han venido observándome de página en página desde que comencé a hojear el álbum, semiocultos detrás del torrente de su velo. Entonces me detengo porque sé que mi búsqueda ha terminado, sé que por fin me ha reventado por el costado y me ha obligado a nacer, a reconocerme, como ella, intocado e intocable, detenido en este momento de éxtasis en que me seduzco a mí mismo amándome, mamándome, fellahín libélula alargada volando en círculos, prisionero ululanté de mi propio fellatio. He caído de rodillas y he comenzado a rezar. He aquí el ángel del señor, haced en mí según su palabra, soy de oro y oro una vez más porque juntos hemos descubierto la hora del ángel, soy unánimemente verde, arrancado de la rama antes de tiempo, mi carne no conoce ni de venas ni de redes ni de riendas, soy orándome, oradándome, oradándomela meticulosamente, acercándome cada vez más a ella en la ora de su muerte, en la ora de mi muerte, la muerte de la novia y la de su sirviente, desterrados para siempre al mismo cielo.



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