Rosario Ferré
(Ponce, Puerto Rico, 28 de septiembre de 1938 - San Juan, 18 de febrero de 2016)


Marina y el león
Papeles de Pandora
(México: Editorial Joaquín Mortiz, 1976, 207 págs.), págs. 93-103



      Fue para celebrar la llegada del reportero norteamericano, empeñado en escribir un artículo sobre los éxitos económicos de la familia, que Marina decidió dar una fiesta de disfraces. Se mandó hacer un precioso vestido de muñeca, con mitones de perlas y zapatillas de raso con grandes lazos blancos en las puntas. La metieron en una caja forrada de seda y envuelta en papel de celofán. A través de aquella superficie dura y viscosa a la vez, Marina vio pasar el mundo aquella noche como si estuviera recubierto por una capa de barniz, abrillantado en miles de pliegues que se estriaban en prismas al atravesarlos la luz. Es como si la estuviera soñando, se dijo. Mi vida toda es como la veo ahora, lejana y reluciente, exactamente como si la estuviera soñando. Bamboleándose dentro de la caja, apretaba angustiosamente su abanico de nácar en la mano enguantada, temiendo que su entrada de muñeca dormida fuese a confundirse con la entrada de un lujoso ataúd. Su gracia natural salvó, sin embargo, el peligro, y la recibieron las ovaciones de los invitados. Al sentir que la caja tocaba el suelo Marina dio con el filo de su abanico un largo tajo a la piel transparente del papel y emergió, risueña y destellante, enmarcada por los flecos adiamantados y lánguidos del celofán.
       Sentada junto a su cuñado Marina escuchaba la conversación. De pronto sintió que una partícula de carbón se le incrustaba en un ojo y parpadeó vigorosamente. Marco Antonio acababa de afirmar que no descansaría en el desarrollo de sus empresas hasta no llegar a poseer el mundo. Era en ocasiones como aquellas cuando Marina utilizaba mejor su poder de concentración. Podía juntar los tallos de sus pensamientos hasta formar con ellos una inmensa palma de viajero en medio del desierto. Dejaba entonces deslizar por los huecos ahusados palabras que le refrescaran el alma, hermanos menores nacidos de mujer, hijos vencidos, nacidos de hombre, invitaremos a los empresarios a venir a la isla y les daremos un cocktail. Vendrá entonces el año que nos someterá a la prueba y colmo será de la codicia, colmo de los despojos de los mercaderes, colmo de la miseria en todo el mundo, haremos una consolidación de compañías y subiremos el precio diez centavos el quintal, solicitaremos ayuda federal y nos darán veinte millones más, los traeremos a ver nuestras bellezas naturales y nos darán treinta millones más, entonces arderán las pezuñas de los animales y estallarán las lajas. Entonces los llevaremos a ver nuestros arrabales y nos darán cuarenta millones más, los convenceremos de nuestra importancia estratégica y nos darán cincuenta millones más, porque el Anticristo fue el creador de esta provincia y su origen fue la ochenta millones más avaricia.


       Marina pensó en su esposo, internado en un sanatorio desde hacía años. Pensó en el parecido alucinante que Marco Antonio tenía con Juan Jacobo, siendo a la vez tan diferentes. Recordó cómo, al enviar los submarinos alemanes al fondo del océano el primer molino de cemento, éste tuvo que recurrir a su hermano. No tenía dinero para encargarle un segundo molino a la firma norteamericana a la que le había encargado el primero y no sabía qué hacer, cómo convertir en realidad aquella ciudad enorme de luces polvorientas que colgaban de los techos de las casas como gotas de pus, de chimeneas incontables incrustadas en un cielo de flema que hasta entonces sólo existía en sus sueños, aquella urbe fantasmagórica que sólo existía en su mente pero que una vez convertida en realidad seguiría siendo igualmente fantasmagórica, envuelta por los siglos de los siglos en un sudario húmedo, adherido a la piel por el calor, embalsamada en gasas de harinas grisáceas que el viento cernía suavemente sobre todas las cabezas, sobre todos los hombros, sobre todas las frentes de los habitantes al igual que sobre todas las playas de polvorín blanco que elevaban, al subir la marea al atardecer, nubes que tronaban como cañonazos, sobre todos los campos untados de calamina, sobre todas las flores y frutas maduradas de cal, calcinadas de polvo de cemento en las ramas más altas de los árboles, existiendo desde entonces en un mundo donde el tiempo quedaba detenido porque de ninguna manera se podía saber la verdadera edad de las personas ni la de las cosas y por lo tanto daba lo mismo, porque por eso los habitantes se repetían unos a otros con una sonrisa triste aquello de genio y mortaja del cielo bajan y en el pueblo estaba prohibida la venta de toda clase de polvos, tanto los de Coty como los de Chanel, tanto los de arroz como los de almidón, los polvos limpiadores y los contraceptivos, los polvos de amor como los polvos de odio, enmascarados con albayalde para siempre y comiendo a través de las máscaras, hablando a través de las máscaras, riendo a través de las máscaras que no se podían quitar, esperando anhelantes la primera gota de agua que no brotaba nunca de aquel cielo de hormigón fraguado, la primera tormenta de rayos o huracán bendito que removiera aquel dosel de concreto armado que se elevaba sobre sus cabezas y que reflejaba, como en un estanque límpido, la superficie de aquella tierra sembrada de cemento, la lluvia desconocida y olvidada que sólo podría lavar aquella culpa que ellos no habían cometido pero que los condenaba a vivir como ancianos, entumecidos de plumas grises, rebosados eternamente en aquel vaho polvoso que levantaban a su alrededor a cada paso.
       Marco Antonio encontró a Juan Jacobo sentado en el suelo, leyendo la biografía de Alejandro Eiffel, apasionado edificador de puentes y rascacielos, arquitecto de edificios de madejas de hilos que tejía y destejía entre los dedos. La petición de Marco Antonio le había parecido pueril. En menos de dos meses había fundido un segundo molino, hecho de velocípedos, bicicletas, duelas de barril, volantas de ingenios arruinados, chasis de automóviles abandonados, de toda la chatarra de hierro viejo que encontró, desechada por los habitantes a las afueras del pueblo. Juan Jacobo quedó así como socio fundador de una empresa que, luego de la creación inicial, dejó de interesarle por completo. Pero el dinero lo torturaba, era necesario tomar decisiones acerca de la baja de valores en el mercado, era necesario conseguir colaterales para ampliar la nueva fábrica, granjearse las simpatías del gobierno para conseguir los contratos de la construcción de las carreteras y de las escuelas, de los caseríos y de los edificios públicos. Juan Jacobo se sentía arrastrado por un remolino de fuego, era como estar girando dentro de los intestinos del demonio, dentro de aquel horno que él mismo había diseñado y que nunca cesaba de girar. Enfermó; fue necesario internarlo. Desde entonces Marina decidió irse a vivir a casa de su cuñado.
       Algunos días después de la fiesta Marina fue a visitar a Madeleine, la esposa de Marco Antonio, a sus habitaciones privadas. Llevaba una primorosa lata de galletas en la mano y el pelo, recortado en redondo detrás de las orejas y húmedo aún de aguamameli, le azabacheaba al sol. No iba pensando absolutamente en nada mientras contemplaba el cabildeo de las góndolas sobre la tapa, sintiendo el leve roce de la brisa sobre la nuca cada vez que hacía girar el remolino rojo de su sombrilla sobre su hombro. Al abrir la puerta percibió un fuerte olor a amoniaco pero no le dio importancia, pensando que la casa había estado tanto tiempo cerrada. Cerró la sombrilla, pasó al comedor y se quedó paralizada en la puerta. Allí estaba Madeleine, sentada a la cabecera de la mesa en una silla arzobispal, raspando hojas con los dientes y acariciando con los dedos de los pies el espinazo de un león. Entra, entra, no le tengas miedo, me lo regaló Marco Antonio cuando pasamos por Brasil con el collar de aguamarinas que lleva puesto para poderlo amarrar, decía, mientras sorbía las gotitas de mantequilla sobre la próxima hoja antes de apretar los dientes y raspar.
       Marina se acercó y puso con premeditada lentitud la punta de la sombrilla sobre las losas del piso como si fuese un fusil, deteniendo los zapatos inmaculados de griffin una pulgada exacta más allá del radio susurrante de la cola. La visita fue corta, Marina no se sentó y Madeleine no la invitó a sentarse. A Marina le parecía mentira la transformación de la hija del dueño del colmado, que antes se llamaba Pepita y que Marco Antonio había bautizado Madeleine, y que había pasado su niñez cazando gorgojos por entre las habichuelas y vendiendo arroz a dos centavos la libra, en esta modelo de Vogue, de pechos resonantes dentro de la ajustada polo shirt, de ojos engastados en elaboradas pestañas de oro, que se comía con tanto gusto aquel vegetal inverosímil, cogiéndolas por la espinita negra de la punta con dedos ensortijados de brillantes y uñas color punzó.
       Qué tal de viaje, preguntó Marina a boca de jarro y sin cordialidades. Divino, darling, divino, Río de Janeiro una maravilla. El Pan de Azúcar de biggest fuck in the world, darling, the biggest and most glorious fuck. Nos disfrazamos de cocolos y a conguear se ha dicho. Marina se había quedado pensativa mirando el piso, las manos apoyadas en el mango de la sombrilla. Madeleine seguía hablando y ella la escuchaba como desde una gran distancia. Tienes que buscarte un hobby como el mío, le dijo, algo a la vez excéntrico y exciting, darling, como por ejemplo jugar con la pelambre lustrosa de un león. No sabes lo que a Marco Antonio le gusta verme alimentándolo con mis propias manos, me encierra en el patio y me va alcanzando uno a uno los filetes frescos por entre los barrotes de las rejas para que yo se los ofrezca; lo que le gusta ver la sangre corriéndome por el vientre, bajándome en ríos de granate por los muslos y los brazos.
       Marina la interrumpió. Dicen que Juan Jacobo sigue peor, dijo, como si le hablara al aire. Todavía no he podido verlo, no me dejan entrar al hospital. Pero Madeleine no la escuchaba, seguía hablando desde lo alto de su silla arzobispal como si hablara sola, date tú también tu viajecito con Marco Antonio, darling, yo te cedo el turno, a mí no me importa nada, te juro, hay que dar del ala para comer de la pechuga, como dicen, y yo sé que tú te mueres por ir con él. Marina ignoró la insinuación pero de pronto se sintió cansada, agobiada por un cansancio sin límites. Es como si la estuviera soñando, se dijo, mi vida toda es como la veo ahora, obsesionada por aquella boca de mantequilla brillante que se movía frente a ella todo el tiempo, lubricada al rojo vivo por el lápiz labial, como si todavía estuviese metida dentro de aquella caja la noche de mi baile, viendo pasar el mundo, lejano y reluciente, cubierto por una capa de barniz. Dio media vuelta y salió de la habitación, dejando a Madeleine con la palabra en la boca.
       La noticia del león muy pronto recorrió el pueblo. El alcalde trató de disuadir a Marco Antonio de su propósito de albergarlo en la casa, pero no pudo lograrlo. Ponce es la ciudad de los leones, decía, leones de yeso vomitan agua de colores por la boca de sus fuentes, leones de bronce defienden valientemente los portales de sus bancos, leones de fieltro juegan invencibles por sus parques de pelota, yo me niego a devolverlo, sería un insulto para el prestigio de la ciudad. Entonces levantó tapias y murallas por todas partes, convirtió el antes sombreado jardín en un acordeón de cemento que reverberaba al sol, convirtió la casa en un complicado trompe-l’oeil; salas iluminadas por arañas de cristales, pobladas de divanes para conversar, abrían en su centro bañeras rosadas en forma de concha, escaleras de caracol elevaban inútiles pasamanos de fil grana de plata hasta las azotes vacías. De pronto uno abría una puerta y se encontraba cara a cara con un muro, otras veces se desembocaba en un patio de volutas de hierro que, pintadas de blanco, resplandecían al sol como el encaje tendido del manto de una reina. El león, arrastrando mansamente la cola por las habitaciones que le hablan sido destinadas, jugaba con las mostacillas de los edredones y se divertía bostezando frente a los espejos ahumados, traídos de París.
       Al ver a su cuñado convertir la casa en laberinto Marina pensó que la posesión de aquel animal era para él algo más que un mero afrodisiaco. Estaba consciente de que desde la bolita clandestina hasta el pote de la lotería, Marco Antonio podía afirmar sin mentir que el pueblo entero le pertenecía. Había comenzado los negocios colgando al cuello de las mendigas bateas emplumadas de peinillas multicolores que les hacía vender por tres veces su valor. Luego compró todos los carritos de resplandor azul en los que el hielo era ahusado, ahilado, compactado por un golpe experto del embudo en pirámides de frambuesa que asesinaban la sed. Pero habían sido las fábricas de cemento, carcomedoras de las lomas que ondulan caravanas de dromedarios vegetales por el margen de los valles, lo que en verdad lo había enriquecido. Marina adivinaba que el león tenía que ver con el proceso ascendente de su ambición. Era el rizo de la ola, la última gema de su corona, el símbolo de su poder.
       Poco después de su visita a Madeleine, Marina soñó que se había quedado dormida debajo del samán que crecía al fondo del patio. Abrió los ojos y vio el suelo alrededor de su cama cubierto de mimosas rosadas que movían lentamente sus estambres al ritmo de su respiración. Volvió a quedarse dormida y sintió deslizarse por su piel gotas de una substancia fragante, como de jade líquido. El roce de las hojas la despertó y, mirando hacia arriba vio con asombro que el samán lloraba sobre ella, dejando resbalar sus lágrimas por el envés pálido y velloso de las hojas. No sintió miedo. Había dormido sola en aquella casa durante tanto tiempo que ya nada la asombraba. Despierta o dormida, todo lo miraba con igual indiferencia, con esa serenidad del que se sabe invulnerable porque ya nada le importa, calzado para siempre dentro de su piel de vidrio. En las ramas más altas vio entonces a una guacamaya que gritaba con furia, salpicando todas las hojas con un vómito de fuego azul. El árbol entero parecía estar a punto de incendiarse.
       Cuando Marina le contó a Marco Antonio lo que había soñado, éste le aseguró que debió haberlo leído en alguna parte, ya que el samán era conocido desde los tiempos de los conquistadores por sus supuraciones nocturnas, a causa de las cuales evitaron siempre dormir debajo de la copa, alegando que amanecían empapados por los excrementos de las cícadas. Ya Marina había olvidado su sueño la tarde que el mendigo pasó frente al portón de la casa vendiendo la guacamaya más hermosa que había visto en su vida. La llevaba encaracolada dentro de una jaula de esquejes de palma, demasiado pequeña para el ave. Al ver que tenía las plumas maltratadas se apiadó de ella y se la compró. La soltó inmediatamente y la observó perderse, remontándose libre por el boscaje polvoriento del patio.
       Algunas semanas más tarde se levantó temprano y viendo que hacía un sol hermoso decidió podar ella misma la enredadera de trinitaria púrpura que crecía frente a su ventana, adherida al muro como una maraña inextricable de sangre. Era la única planta que se salvaba, año tras año, de la llovizna de polvo. Quizá por eso era su planta de flores preferida y la podaba casi con reverencia, recordando, al podar cada racimo un poco más arriba del nudo que habría de retoñar, al caer las lluvias anheladas, el leve temblor transparente de los edemas purpúreos que habían ido apareciendo sobre los cuerpos de sus seres queridos. Todos estaban muertos, su padre, su madre, su hermano. Sólo le quedaba Juan Jacobo y lo sentía cada vez más lejos, cada vez más inalcanzable, casi como si se le estuviera muriendo, separado de ella por hileras de camillas blancas, por pasillos anegados en vahos de éter. Un movimiento de los pétalos arracimados sobre su cabeza la hizo levantar la vista. Vio al león que se balanceaba muy cerca de ella sobre el borde del muro, semioculto por el follaje de la trinitaria. Las piedras de su collar la cegaron momentáneamente, restrellados por el sol. Se quedó mirándolo como en sueños y luego le volvió la espalda, tornando a podar los racimos sangrientos.
       El león se dejó caer sobre la hierba suculenta, erizada por todas partes en briznas de poliedros de cuarzo. El huerto apretaba un follaje pesado, agobiado de frutas que maduraban su carne aromosa al calor del sol por entre las brumas de polvo. Las esferas doradas del mangó, las bolsas espinadas de las guanábanas, la coralina rugosa del mamey, el melao del níspero y del anón, pululando nidos de cucarachas de ónice al centro del corazón, por todas partes el huerto goteaba un perfume espeso, lechoso y frutal. No llegaba nadie. El silencio del jardín se restañaba periódicamente, al venir a dar sobre la hierba los perdigones de agua que tiraba el surtidor. Asomando la cabeza por entre los setos de mirto y los velones de los crótones el león observaba a Marina que continuaba impasible, podando la enredadera. Entonces vio a la guacamaya que descendía del samán y se posaba en medio de la zona circular de aire, irisada por el agua del surtidor. Abrió el pico, encrespó las garras y se le enfrentó. Un solo zarpazo fue suficiente. Hozando entre las plumas dispersas luego del parco festín, el león se tendió sobre la hierba.
       Cuando Marco Antonio llegó gritando que la fiera se le había escapado Marina seguía en el mismo lugar. Los racimos que había ido dejando caer a su alrededor se adensaban sobre la blancura del suelo en una senda múrice que le teñía los pies. Notó que, al acercarse al león con la calibre .45 en la mano, a su cuñado le temblaban las piernas. No tuvo que acercarse mucho para darse cuenta de que el león estaba muerto. Mi vida toda es como la veo ahora, se dijo Marina una vez más al sentir las caricias de Marco Antonio, lejana y reluciente como si estuviese recubierta por una capa de barniz, exactamente como si la estuviera soñando.
       Se acostaron sobre el charco de pétalos desparramados por el polvo como si se acostaran sobre su propia sangre, se revolcaron hasta el amanecer entre las llamas crujientes de la trinitaria como entre serpentinas fulminantes del año nuevo chino, ella le enroscó al cuello las lenguas de papel de seda púrpura de los capullos para divertirlo, para demostrarle cómo era que se hacía el amor en el mundo antes de que él lo convirtiera en un paraíso de nieve de yeso, en un mar que se podía pulir de orilla a orilla en estepas de lapizlázuli. Se revolvieron sobre los racimos de espinas de trinitaria como si se deslizaran sobre pelambres de canas, se cubrieron de escamas de salamandra y de pieles de cibelina, de vahos de peces albinos y de cabezas de ángeles, derramándose la tierra sobre los cuerpos desnudos en puñados interminables de armiño, coronándose coronas de viernes santo al contemplarse mutuamente en su deseo y en su desprecio.
       Esa misma noche la casa de Marco Antonio ardió misteriosamente y no fue hasta varios días después que los encontraron, enterrados debajo de los escombros del patio, amortajados por las trinitarias y sepultados debajo del polvo, crucificados de espinas, florecidos de edemas purpúreos por todo el cuerpo.



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