Rosario Ferré
(Ponce, Puerto Rico, 28 de septiembre de 1938 - San Juan, 18 de febrero de 2016)


Maquinolandera
Papeles de Pandora
(México: Editorial Joaquín Mortiz, 1976, 207 págs.), págs. 188-207



      Nosotros, los maquinolanderos, somos los que somos, señores, venimos, los maquinolanderos, en nuestra maquiná. Nosotros, los chumalacateros, ecuahey, venimos hoy aquí, señores, a vaticinarlos, a profetizarlos el día de San Juan. Nosotros, los vates de San Clemente, los profetas del mondongo encocorado de los cueros de los congos, nosotros los gozaderos, los bendecidos, los perseguidos por los agentes de la ley, venimos a divinarlos, llegamos a lucimbrarlos, venimos a lunizarlos hasta hacerlos dar a luz. Maquinitamelleva, gritamos, mellevelagozadera, soneamos, seformólachoricera, bombeamos, bajo el mando de Ismael. Nosotros los condenados, los jusmeados por los jocicos jediondos, los jodidos por las jetas joseadoras de los agentes de la ley. Nosotros, los cucaracheados por los escondrijos, los evacuados por los canales de los arrabales donde nos solemos estar. Nosotros, Ray, Roberto, Willi y Eddi, Dios los cría y ellos se juntan, bajo el mando de Ismael. Ismael el bendito porque Dios lo escucha, tiende su lomo frente a él y le dice pégame, pégame duro mi amor, qué rico suena mi tambor. Ismael bongocero, dale que dale y tumba que tumba, pegándole al cuero de Dios. Ismael Nazareno, el cristo negro del pueblo, clavado a la cruz de Celia con largos clavos de plata, haciéndolos revolverse, haciéndolos retorcerse, haciéndolos rebelarse con alta fidelidá. Maquinitamelleva, gritamos, maquinitolandera, tumbe-amos, chumalacatera, bombeamos, bajo el mando de Ismael. Ismael el llamado nos llama, señores, Ismael nos junta, nosotros, los cazadores de ballenas blancas preñadas por Dios. Nosotros los ajusticiados, los soneros songorosos de los sones del sollozo, pegándole a los bongoses con manos de sangrasa, con caños de cañones fétidos por el fandango del muladar. Nosotros, los sonsacados de prisión por obra y gracia de la cruz divina de Celia, la diosa del ritmo, la agitadora, la Químbaracúmbaracumbaquímbambá, meando desde el fondo de su garganta el melao ardiente de su voz para purificarnos, para latigarnos con la furia destorcida de los intestinos de Dios. Nosotros, los chumalacateros, maquinistas carboneros de este último holocausto en que todo ha por fin de estallar, venimos hoy aquí, señores, a hacerlos venirse a todos, a hacerlos rebelarse, a hacerlos revirarse, en nuestra maquiná.
       Me quedo inmóvil sobre el piso de mi celda y las escucho, puedo vagamente escucharlas, pongo mi oído sobre las losas y las oigo cantando, bailando, envueltas en el vaho rítmico de mi respiración, en esa humedad tibia que me crece alrededor del rostro desde el cabello a la barba haciéndome invulnerable, surgiéndome de ese tufo invisible en el calor que siempre me precede, anunciándome, preparando el aire que he de atravesar segundos más tarde para afirmar mi existencia, para asegurarme de que todavía vivo, de que todavía puedo insuflar mi aliento dentro de sus bocas de otra manera cerradas para siempre, adheridas por esa podredumbre hacia adentro que suele ser el comienzo, el principio, oculto y secreto, de toda descomposición. No tengo prisa. La calma me nieva desde la frente y me blanquea la barba, me algodona la curva blanda de la boca. No tengo prisa. Cierro los ojos y las veo atravesando celda por celda las galerías de los años que he pasado aquí, sepultado vivo en la cárcel de las tumbas pero siempre soñando, soneando, improvisando mi retorno al mundo en cuerpo y alma, en nota y palabra, buscando con serenidad la frase exacta, la superficie precisa que separe mi rostro del vacío. Definiéndomelo en la oscuridad con las yemas de los dedos para saber dónde comienza, de dónde nace ese espacio que ocupo brotándome hacia adentro, palpándomelo una y otra vez para reconocerme, para escucharme Ismael hijo de la sirvienta doñamargotrivera maquinitolandera que componía canciones en casa del amo rico, para escucharme el confinado de la tenia grande que todo lo devora por la soledad del vientre, el encalabozado en solitaria por los siglos de los siglos.
       Todavía no sé dónde, cuándo, aprisionadas en medio de cuál compás, entreparadas, orgullosas y rígidas, entre las cuerdas de acero de cuál pauta quedarán pronunciadas, fijadas para siempre en la inmovilidad de cuál oración todavía dispersa, colocadas en esa secuencia que sólo yo podré adivinar, precedidas por palabras todavía ignoradas pero reinando entre ellas, perniabiertas y obscenas, vomitando de cuajo toda la vida que cantan por la boca, absolutamente seguras de su poder. Desde ahora puedo decir que desconozco el orden y que no me importa, me tienen sin cuidado la coherencia y el sentido. No sé si mamá la traerá con ella, cantándola tranquila por las cuestas recostadas de la Calle Calma, o si la traerá consigo Celia, cargándola desde el Levante. No sé si olfatearé su tufo por entre las axilas de xilantrillo de Ruz, o si percibiré de golpe su presencia en el fragor infernal de los socos de Lhuz. No sé si esperaré su triunfo ante el espectáculo giratorio de Yris, ante ese escándalo de su carne vale girando a cien revoluciones por minuto por el Madison Square Garden, o si la vislumbraré por las carnestolendas de su fama, encendiendo a las muchedumbres en Alaska. No sé si entenderé por primera vez el sentido en la hermenéutica de sus nalgas, repicando alegremente por entre los tambores del Congo, o si sentiré por fin su calor ante esa sereta que cae, flameando, desde Puerto Rico al mundo, en una aureola de fuego por sus espaldas.
       Rodeado por las paredes de mi celda, no existe para mí otro espacio que el que ocupo, he olvidado el paso del tiempo. Nada se interrumpe, nada comienza, nada termina. Sólo me importa inventarla, o lo que es igual, encontrarla. Perseguir día a día su rastro como el de una fiera en celo, ese trazo grasiento que va quedando untado a su paso por la tierra, ser testigo suyo a cada feroz encuentro con el amor, o lo que es lo mismo, con la muerte, percibir a distancia el hedor de aquellos que han dejado de amarla y que ahora será necesario exterminar, de aquellos que insisten en olvidarla porque desean seguir inviolados, cauterizados todos los esfínteres pero moribundos, goteando gota a gota la podre por los abismos de adentro.
       Ahora Ray va a la cabeza, Ray nos dirige, los dragones relampagueándole muslo arriba por las costuras de los pantalones, lentejueleándole mar de llamas por las espaldas de la chaqueta, nos indica el camino con la trompeta, se ha puesto un dedo sobre los labios para indicarnos cautela, nos obliga a arrodillarnos dentro de las zarzas para ocultarnos, cardos de hierro nos desgarran las canillas, cadillos de acero nos adhieren los codos, desviándonos encorvados para internarnos por los senderos enmohecidos, infernándonos por la maleza, separando con brazos abrasados las ramas erizadas de cobos humeantes, de jaibas de azufre para poder pasar. Yris, Ruz y Lhusesita se nos han adelantado, veo sus huellas por el lodo adolorido. Esperan, pacientes, sabiendo que llegaremos a su lado, se han dejado llevar mansamente hasta la orilla de la playa. Daniel, Santo Dios, Santo Fuerte, Santo Inmortal, las acompaña, Daniel, líbranos Señor, ahora y siempre, de todo mal, va el primero, moviendo inquieto sus hombros de toro-mata de lado a lado para abrirles trocha por entre la chatarra mohosa, adentrándose frente a ellas por entre la selva de metal humeante, manchándose indiferente el traje de hilo blanco con la sangre enmohecida de los troncos, hinchando ante sus ojos su pecho de anacobero para darles valor, para embravecerlas ante la presencia de esa arca sagrada donde duerme la anaconda de su voz, donde se resuelve, todavía tranquila, la guanabacoa carnosa que le sale a mordidas suaves cuando canta por la boca.
       Enciendo la radio y escucho la misma voz de siempre, describiendo árboles que abortan frutas y manantiales que despeñan espuma de nitrato de plata desde lo alto de los montes. Abrumado por las repeticiones aburridas he comenzado a verla desnuda, sentada sobre la tarima recién pintada de blanco, la boca abierta como si fuese a cantar. El aire huele a dientes quemados y a uñas chamuscadas dice la voz, mientras voy observándole detenidamente el cuerpo pero no alcanzo a verle la cara, se la esconde continuamente entre las manos, se la enjaula en una celda de uñas sangrientas. Un chorro de sevenup la baña súbitamente frío, goteándole la quijada en el aire como un sexo rasurado con blueblade. El mar agita olas de helio y las playas aletean de peces muertos, repite la voz. Las gotas han comenzado a salpicarle el cuello, rodeándoselo de una gola de moscas gelatinosas y resbaladizas, el semenup salpicándole ahora los hombros desnudos que espeta en el aire con desafío, salpicándole los pechos compactos de hielo pulverizado en bolsas de goma. La tierra se desmadra de sus entrañas, se derrite en toneladas de vísceras por los costados humeantes de los montes. La voz es ahora un zumbido que rebota de las paredes de mi celda y me perfora los oídos, me hace verla más claramente, el semenup escurriéndosele por el vientre acezante de pulmón de vaca, grosera y hermosa a la vez.
       Roberto se nos ha adelantado, nos ha sacado gavela. Nos hace comprender que es imprescindible llegar rápidamente a la playa, nos abre el camino derritiendo la maleza de metal con el lanzallamas de su flauta. Las llaves plateadas se hunden bajo sus dedos para chorrear fuego sobre los chasis desarrajados, sobre los caparazones volcados de los carros, destripados de asientos y cristales, sobre los carburadores carbonizados que no nos dejan pasar. La procesión nos alcanzará pronto, podemos verla ya reflejada al revés en las peras negras de los lentes de Roberto, adivinamos su cercanía en la ondulación apremiante de su cuerpo, en los pálpitos violentos de su camisa de satén de berenjena. Ellos llegarán primero, podemos verlos desde aquí arrastrando con desgano la tarima de tablas recién pintadas dónde tomará lugar el espectáculo, el escenario dónde ellas cantarán más tarde para distraerlos. Bamboleando sobre los hombros la imagen de yeso de la Virgen al vaivén bembeteado del cura español, comboyando, baboyando a la fuerza el Virgen, Virgen María, Madre de Dios, subiendo y bajando las lomas de vynil verde, el camino chicloso emplegostándose a las suelas de los zapatos. Nosotros, los chumalacateros del Señor, somos los que somos, señores, los vemos, vienen por el camino, de lejos los divisamos, vestidos de aluminio, calzados de zahorras y cubiertos de sarro. Salen de sus casas, nada los asusta, nada los arredra, como son las cosas, señores, como son las cosas, se acercan al mar. Se notan inquietos, removiendo los hombros por debajo de los capacetes de hierro, olisqueando el paraje con máscaras de hocico de perro, escudriñando, sospechosos, los vahos de monóxido de carbono que tendrán que atravesar antes de llegar a la playa. Empecinados en ver el mar como si fueran a verse el alma, empeñados en verlo retorcerse por entre las rocas de hierro, hediendo, humeando, hirviendo, hasta el confín del cielo. Ocultos por la maleza podemos verlos pasar por entre las filas de los agentes, por entre los viciosos de la fuerza de choque, por entre los narcotizantes y los estupefacientes, los armados de telescopio y retrovisor. Sabemos que todos los caminos estarán clausurados, atestados de escuadrones cargando metralletas, las cinturas frutecidas de granadas polvorientas, los cascos empujados hacia atrás como bolas de ojos en blanco.
       Me levanto del piso y me tiendo sobre el camastro, cierro los ojos y sonrío. Recorro con la memoria los seis pasos norte cinco sur que constituyen el perímetro de mi mundo y me siento contento. No tengo prisa. La calma me nieva desde la frente y me blanquea las manos. Examino despacio las cuentas del rosario de hierro que cuelga a la cabecera de mi cama. Respiro el perfume de las varas de azucena que se han ido doblando, marchitas y en desorden, frente al retrato de mamá. Lo aspiro deliberadamente y lo entremezclo al del pitillo que siempre me perfuma los labios, al de esa grilla azul que me ilumina los ojos, me los empolva de cenizas dulces, me los espacia de distancias deliciosas. Los tallos se sumergen en el agua descompuesta como astillas atravesando un ojo turbio. Dejo que el perfume que las flores muertas y asebadas rezuman en su honor me adormezca, me enmarañe las pestañas del sueño. La azucena es una flor que sale, pienso, los capullos se agrupan unos junto a otros como dedos de lagarto tierno. Algún día sabré cuál es, cómo es, algún día habré terminado de inventarla. Aspiro el perfume azuloso y logro comenzar a pensarla de nuevo, quebrando con deleite las azucenas marchitas por lo más delgado del tallo como si le quebrara a ella las coyunturas frágiles, acariciando las largas varas verdes de sus huesos que se retuercen furibundas bajo mis manos, cubierta toda de estrellitas podridas y de guantecitos muertos, contemplándola florecida al fin, sembrado todo su cuerpo por los orgasmos de la muerte.
       Sabíamos que sería difícil pero no imposible, señores, nosotros, los maquinolanderos lo habíamos planeado todo tan minuciosamente, habíamos aceitado todos los cilindros, todas las turbinas, todos los gatillos de nuestra maquiná. Espueleábamos las poleas, girábamos las correas, ensayábamos una y otra vez las figuras que habríamos de ejecutar. Sabíamos que habían colocado nuestros retratos dentro de todas las tazas de todos los orinales públicos, sobre los fuselajes fugaces de todas las guaguas, en los paños de cal viva con que habían calafateado toda la ciudad. Sabíamos que rostros prehensores nos acechaban, ojos olfativos nos rastreaban, rotenes de rotorooter nos rotaban, nos impulsaban vertiginosamente a actuar.
       Ahora vemos a Willi que ha tomado el mando, la barba le brilla de brillopad caliente alrededor del rostro, lo arropa de pronto en filamentos de fuego porque el sol se la prende, es el mismo sol de siempre, incrustado en el cobalto sin nubes pero Willi lo desafía el primero, levanta las palmas para enseñárnoslas, esas palmas benditas ccn que le pega a las congas, tumbeando, quinteando, haciéndonos bailar la seguidora bajo el emborujo de sus manos, seguirlo hasta arrastrarnos junto a él sobre la arena candente, metiéndonos corazones a cada golpe pequeños odres de odio un poco arriba a la izquierda por todo el cuerpo donde conecto conecta viene la bola para home el puño puñeta de los agentes en nuestra carne indefensa, haciéndonos recordar la baba caliente de los lobos que nos salpica, que nos ha salpicado en tasajo durante siglos. Nosotros, los maquinolanderos, Ray, Roberto Willi y Eddi, los soneros songorosos de los sones del sollozo en medio de la noche huyendo, en medio del miedo huyendo, en medio del huye huitinila huye huyendo, los nietos del gran becerro los becerrillos mordiendo molinetes de talones blandos en medio de la oscuridad huyendo, haciéndonos recordar las persecuciones pasadas, entasadas, hacinadas unas sobre otras hasta desembocar en esta, en la montería mayor de nuestro son montuno, en la cacería carnívora de nuestro canto, en este hacernos cundir como la verdolaga por entre el ramaje del mangle.
       Cierro una vez más los ojos y los abro, parpadeo sólo de hora en hora, como los lagartos. El humo de las azucenas me sube por el pecho, me invade en una marea cada vez más lenta, me sale en grumos perfumados por la boca. Ahora puedo ver sus rostros frente a mí, ondulantes y transclúcidos, reflejados en el agua que se va aquietando, asentándose hasta el fondo como el sedimento de un sueño. Veo el limo crecerles al fondo de los ojos y darles una frescura imprevista en las cuencas de la mirada, las bocas de las trompetas me miran verticales desde el fondo, todavía opacas y manchadas de verdín. Casi puedo sumergir la mano en el agua y tocar con las puntas de los dedos el trombón de Ray, la flauta de Roberto, los tambores de Eddi, los timbales de Willi, los bongoses que siempre llevan con ellos para cuando yo regrese, para cuando me les una en un día cualquiera en cualquier cafetín y me les siente a su lado. Permanezco absolutamente inerte sobre el camastro, los ojos cerrados, las manos y los pies colgando por los bordes como peces muertos para hacerlos surgir con más fuerza, escoltándolas de lado y lado por entre las zarzas. Yris, Ruz y Lhusesita, quizá también Celia y mamá, caminando tranquilas junto a ellos, sin saber sobre las espaldas de cuál llegará montado el ángel, en cuál de sus rostros acabaré por beber boca abajo el aliento, en el fondo de cuáles ojos acabaré por encontrarla al fin. Sarnoso y realengo, por las huellas de cada una de ellas persigo su rastro, olisqueándolo sanguinolento por las calles de La Perla, por los riscos de latones del Wipeout por donde pasan tumbeando, quinteando, saltando felices de Barrio Obrero a la Quince un paso é, hasta la zona turística. Me quedo inmóvil, hundido en el fondo de la sábana como en el vientre de un banco de niebla. Yris, Ruz y Lhusesita esperan, pacientes, rezan aves a la Virgen, se peinan unas a otras, se untan una gotita de perfume detrás del lóbulo, beben una copita de licor, aguardan la orden de subir a la tarima para dar su show.
       Willi se descubrió el primero, saltó enloquecido por las congas fuera del mangle. Ahora se ha derrumbado, se arruga frente a nosotros en un viroteo de viruta, se carboniza ante nuestros ojos en bonzo anaranjado orlado de luto, empedrado arribabajo de carbunclos. Los cueros de las congas saltan a su alrededor en chicharrones dorados, un agente apagó el lanzallamas apretando el botón con el índice. El altoparlante recita tranquilo Virgen, Virgen María, Madre de Dios, las flores plásticas de los flamboyanes humean pétalos aceitosos y flexibles, las ramas de neón de las playeras eléctricas encienden y apagan racimos de uvas multicolores, el viento remueve hojas de goma estampadas a presión. Una línea de azul intenso forma un recuadro alrededor del estrado, aquí y allá una placa dorada, una esquirla de visera, un botón de uniforme destella al sol. Al centro, una masa gris removiendo la arena, un tintineo de cadenas, unos ojos cautelosos espiando las zarzas.
       Ahora es Eddi el que nos dirige, Eddi detonando la batería de los timbales mientras va pasando entre nosotros, ofreciéndonos a cada uno una lata de sevenup, levantándola a contra-sol y borboteándonos el chorro de almíbar gélido contra los dientes, derramándonoslo por la barbilla, por los resquicios cosquillosos de la boca. Es Eddi el que nos hace calcular la distancia que nos separa de la capa de molletes muslos moflers frenos tapabocinas volantes latas latitas latones inscritas please don't litter dispose of properly que arropa totalmente la playa y cubre los pies descalzos, los zapatacones de acero de los enfilados alrededor.
       Nos sonreímos. Nadie ha notado nada, nadie se ha dado cuenta. Olfateando nuestra música han comenzado a bailar, la salsa ha comenzado a humedecerles las entrepiernas. Eddi galvaniza las bombas de la batería, Roberto blande feliz el lanzallamas de la flauta, Ray levanta la trompeta al nivel de sus ojos listo para disparar. Nos pusimos las gafas de sol para ver mejor dentro de la ventisca de arena que levantaban las plantas pateadoras de los pies sonrosados, los jinquetazos de las caderas, la melcocha de los cuerpos que por allá jumea basculeaban frente a nosotros meneando su salazón. Atentos y perniabiertos los agentes se apostaban a ambos lados del estrado para observarlos, sus sonrisas de cera rancia derritiéndoseles por las comisuras de la boca.
       Aspiro profundamente el humo de las azucenas, el perfume de la estrella azul que llevo hincada a los labios. Ahora es necesario recordarlo todo, las mechas de cordón de zapato dentro de las bombas, el filo amolado de las bayonetas dentro de las trompetas, el combustible más potente filtrado dentro de las flautas. Es necesario que los asista en todos los preparativos, oírlos, contentos, fundiendo los fuelles de sus instrumentos por los ranchones de Trastalleres o saltando del tingo al tango por los tinglados del Tíbiritábara mientras van ensayando, preparándose en los asaltos menores, en el incendio de alguna refinería pequeña, en la explosión de alguna fábrica de productos químicos o de afeites de mujer. Es necesario que los vea claramente y camine a su lado, los acompañe cuando entierran a los muertos de Tokio, vaya con ellos a curarles los chancros a las putas del muelle, les siga los pasos a las que abortan con gancho por los tugurios de tursi. Es necesario que yo también sea reverente, me arrodille frente a las cueras desnudas de los bares y deje que me ensangrienten la cara, me la estrujen contra sus sexos empolvados de escarcha, ayudarlas a colocarse amorosamente una hoja de jen en la palma de la mano, oculta en el fondo del pliegue de la vida, enseñarlas a hacer sus cruces de amor sobre las espaldas de los marines para grabar así de antemano nuestro pacto de sangre.
       La imagen de la Virgen se detuvo por un momento sobre la corriente de cabezas inquietas, se bamboleó por unos segundos, perdido el rumbo, y se volcó sobre el piso expirando una nube de yeso por los fragmentos de la boca. Dimos entonces por fin el primer paso, nosotros, los maquinolanderos, en nuestra maquiná. Maquinitamelleva, gritamos, maquinitolandera, coreamos, chumalacatera, soneamos, bajo el mando de Ismael. Culatazos silbaban, brazos quebraban, piernas partían, se cerraban de golpe todas las válvulas, todos los cilindros, todas las compuertas de la represión. Hombres y mujeres elevaban al cielo su aullido al verse agredidos por los truculentos, por los treme mundos de cachiporra y espolón. Sabíamos lo que todos sabemos, señores, no sabíamos nada, no había nada nuevo, no sabíamos más. Empuñando garrotes, embragando bastones, los escarabajos golpeaban furiosos a su alrededor. Nosotros reímos, fogueados, calientes, soneamos los sones de nuestras calderas, cantamos felices, los dichos y lemas, bailamos en la jodienda de nuestro ritmo su sometimiento de siglos, su hambre milenaria de libertad. Entonces vimos como, en medio de nuestra música celestial, se encontraban y se reconocían, se saludaban salseando por los pasadizos empedrados de Salsipuedes, trepaban enardecidos por las alturas nevadas de Altoelcabro, bienaventurados, jugaban pelota por los jardines esmaltados de los Bravos de Boston, ilusionados, corcoveaban corceles de paso fino por las praderas cegadoras del Ultimo Relincho, reconciliados, solidarios al fin, se abrazaban en comparsas de amor por los callejones resplandecientes del Honkong. Nosotros, los maquinolanderos, no sabíamos nada, señores, no había nada nuevo, no sabíamos más.
       El altoparlante derramaba rezos mezclados a súplicas, a gritos de cabezas rotas rodando por entre las flores plásticas cuando escuchamos por primera vez el borboteo de una voz surgiendo por entre los fragmentos de yeso de la Virgen reventada, una voz que derramaba una salsa gruesa sobre los cráneos abiertos, una salsa olorosa a laurel y a tomillo, a perejil florecido de almendras, una voz sangregorda y lenta, que resollaba por entre las ollas milenarias de guiso de carne prieta, una voz suave, borbollando malanga y yautía en lentos latones de sudor sangriento, que rezongaba por las barbillas descarnadas a golpes en gotas de orégano, una voz de ajos carajientos que maldecía dulcemente, quedamente. Era Ruz que había tomado el mando, era Ruz que abría para nosotros la boa desmesurada de su boca bajo las orbes planetarias de sus fosas nasales para respirarnos su paz, era Ruz que envolvía los anillos de su benevolencia alrededor de todas las Macanas, de todas las manoplas, de todos los puños, era Ruz, rasgando los abismos de terciopelo negro de su voz para darnos tiempo, yo soy yo, cantaba, la Negra de Ponce, La Borrachita, la que se emborracha en cualquier idioma, abriendo su glotis de morsa degollada al borde del abismo para distraerlos, yo soy yo, cantaba apacible, la negra llena de Dios, la que seno entre los senadores y los amamanto con mi paz, la que los arrullo por la ensenada honda de mis senos. Yo soy yo, cantaba, despalillando sobre ellos las venas tiernas de su respiración, exhalándoles encima pulmones perfumados de hojas de tabaco para tranquilizarlos, para adormecerlos bajo los luceros de las noches tibias de sus recuerdos del ayer, para arrullarlos en los zafiros deshechos de su nostalgia, a la sombra de los bastiones de en mi Viejo San Juan.
       Sentada impasible sobre su tarima de sapa monumental la vimos temblar por todos los flancos de su vientre al sentir los filos de las bayonetas rizándoselos en orlas, la vimos abrir cada vez más descarda las zanjas terráqueas de su respiración bajo las hojas de acero que le trinchaban los cachetes, la vimos seguir cantando gracias mundo mientras le esposaban al cuello palancas de nitrato, la vimos elevar la boa apacible de su voz en una última gárgola de amor antes de caer revolcándose desde lo más alto del estrado, envuelta en el tufo de su propia muerte pero bendiciéndonos, encomendándonos a las siete potencias con su eprianlola, con su lolamento, con el sollozo interminable de su lamento borincano.
       Ellos creyeron entonces haber ganado la partida, elevaron al cielo su grito de celebración, sacudieron en alto cadenas y metralletas. Se dieron cuenta demasiado tarde de lo que sucedió. La hojalata de las ramas crujía rebotando balas, una lluvia de manoplazos arreciaba a nuestro alrededor cuando la descarga sísmica los elevó desprevenidos por el aire. Escaldados en pleno vuelo como pellejos hervidos quedaron colgando de los árboles, el magma luciferino de su espeso menstruo les salpicó en los ojos y los cegó. Era Lhusesita que había tomado el mando, era Luzferita la que se acercaba trepando en espiral, resbalando sus ojos de jueya por los costados candentes de las pailas, era la Luzbela, la macho de Luzbel el cortejo de Dios, heliogábala carnívora del sol, envergada para siempre por sus llamas, las piernas abiertas en dirección a oriente.
       Era la Luz Más Bella, la grifa más engrifada de todas las grifas antillas, Lhusesita la del puño, la del coño en el carajo, la de los colmillos ajos, la negra más parejera que parió esta tierra santa, Lhusesita encandilada, la más atada de amor por su piel amor atada, la desatada de odio contra la injusticia blanca, Lhusesita la malvada, la mal decida de siempre por todos los ricos santos, la que rayó la gayola de sus aureolas falsas, la que les rompió la cara con su jeta de campana, la prieta de la petrina, la de negros calcañares, la de los negros cantares, la negra de alma más negra clavada al cielo del Ártico, de quien nunca se pudo decir esa negra de alma blanca, decente y morigerada, Lhusesita de cristal, la de la horquilla en el alba, la niña más compasiva, vejada de costa a costa por grosera y ordinaria, Lhusesita alucinada, la de los pies delicados, perdida por los caminos por los que pasas cantando, alumbrando las esperanzas de todos los desamparados, irguiendo tu cuerpo de bestia, ardiendo tu cuerpo de vesta, azotada, escarlatina, pero atizando los vientos con tu, batola de lava.
       Espesados por el pasmo, sopesados por el peso de las nubes de azufre que salían de su boca sin cesar, los escuadrones la rodearon amartillando sus rifles sin atreverse a ordenarle que callara, paralizados ante aquella santa satana erguida en dos patas frente a ellos, atormentada por la soufrière de su sufrimiento ante la miseria de los que la rodeaban, al contemplar sus cuerpos despellejados por el hambre, el espectáculo de aquella isla donde los habitantes sobrevivían en tumbas, recluidos a trabajos forzados, extraviados por los laberintos de las refinerías y de las fábricas donde trabajaban de sol a sol. De pronto comenzó a pasearse de un extremo a otro de la tarima, barriéndola con la zarpa de su cola, comenzó a peinarse con arrogancia las largas plumas de sus agallas sacudiéndose la crin de alacrana fuera de los ojos para ver mejor, para medir mejor la distancia de los cilindros que la querían encañonar. Comenzó por fin a cantar, inundando toda la isla con la hemorragia de su voz, regándola con su sangre para que germinara de nuevo, para reverdecerla roja de costado a costado. Vomitando toda la basura del mundo por el vertedero de su voz para purificarla, para purgarla de toda aquella inmundicia en que la habían sumido.
       Abro los ojos y observo la claridad del día empalideciendo la ventana, siento el sudor del insomnio ardiéndome todavía sobre los párpados. Me he pasado toda la noche buscándola, tratando inútilmente de encontrarla. Puede llegar montada sobre las espaldas de mamá, o quizá sobre las de Celia, galopando enfurecida y ciega como suelen arribar los ángeles. Es posible que llegue jineteando sobre el vientre gigantesco de Ruz, o sujetándose a la pelambre irisada de las espaldas de Lhuz, el hermoso cuello mulato enhiesto, y el cabello que el viento esparce, mueve y desordena. Puede que todavía llegue hasta mí, a horcajadas sobre el lomo de Yris, recargada hacia atrás sobre la grupa de su caballería montada, apostada hacia adelante sobre sus pechos de regimiento, tergiversando frente a mis ojos enloquecidos el fuoco de su caballera bermeja.
       Me levanto del catre y me acerco a la ventana. Desde aquí puedo ver el cuadrilátero calcinado del patio, las cuatro esquinas rígidas como codos exactos. La distancia reconocida durante el ejercicio diario me conforta, me hace distribuir perfectamente centrado el peso de mi cuerpo sobre la planta de los pies, me hace olvidar el balanceo inseguro del miedo. La sombra del muro de la derecha es apenas un fa o un sol sostenido, una barra de tinta negra reconcentrada en el piso, incrustada en ese ángulo preciso donde comienza la tierra sembrada de cemento. Apoyado contra el marco de la ventana he comenzado a sonear de nuevo, sonando, soñando. Cierro los ojos y me dispongo a esperarla, siento una vez más esa paz que me invade cada vez que recorro la distancia esteparia que le separa las sienes, el vértigo reconfortante que me produce asomarme por el embalse de sus mejillas en reposo. He comenzado una vez más a cantarla, a improvisarla a media voz bajo el ojo indulgente del vigilante de turno.
       No hay mal que dure cien años, maribelemba, ni cuerpo que lo resista, cantamos, nosotros, los chumalacateros, Dios los cría y ellos se juntan, te digo quesosnegrosejuntan, sabíamos lo que todos sabemos, señores, no sabíamos más. Traigounabomba, coreamos, comounatromba, quinteamos, suenasabroso, tumbeamos, bajo el mando de Ismael. Lhusesita parpadeaba cada vez más tenue por la línea del horizonte, empalidecía sobre los cogollos de las palmas, sobre el reflejo cincelado de las bandejas de las bahías. El polvorín de su voz se deshacía inofensivo sobre nuestras cabezas en luces de bengala cuando la vimos irse de boca sobre las cachas de Ruz. Yris la había empujado. Yris había observado su debilitamiento, había advertido la necesidad de un movimiento poderoso que arrastrara a las masas, que las redimiera en carne viva de una vez por todas. Bajando la cabeza, había aceptado humildemente el advenimiento de su momento, la hora temida de su conciliáculo, asistida hasta el altar por las preces de los profetas, por los rezos de los soneros aclamándote La Divina, la grúa de las pencas, la que todo lo levantas, cubierta de palomas blancas como por cartas de amor, requerida y requebrada por todos los que te aman, por todos los que te viven Yris la prometida, la pundonorosamente fiel, la novia, per sécula seculórum, de Kinkong, Papote y Siete Machos. Trepada sobre sus plataformas de oro que restallaban al sol se subió de un salto a la tarima y abrió lentamente sus piernas de colosa ante los ojos atéridos de la muchedumbre. Bajo el vértice invertido de su sexo apareció la pirámide del mar. Un viento de sal le silbó súbitamente entre los muslos y, dando un gran taconazo de catorce quilates sobre las tablas, comenzó a bailar.
       Enjoyetada sobre los socos de sus tacones giraba por todas partes, sacudiendo su miráculo meticuloso en la cara de los desvanecidos y de los desaguados, alardeando su desnudez de posta humeante hasta hacerlos desesperarse, hasta hacerlos arrancarse capacetes y caretas, vestidos y guantes, hasta hacerlos empuñar metralletas y lanzallamas, rifles y macanas de los que escapaban escurriéndose entre la maleza, esgonzando la cadera y volviéndola a hundir al son de la cachapa, al son de la chacona, yo soy la checha, señores, sacúdanse, al son de su último elepé. Explotándolo todo con las calderas de sus caderas para arrasar con todo, para derribarlo todo antes de volver a empezar. Fulminando a los que tratan de detenerla con los fuetes de sus pezones, apresándolos en la tarraya de su melena roja, amenazando con no ponerle tranque jamás a su molino gigante de sandunguera sagrada. El lunar sobre su ojo derecho zumba implacable al ritmo de su voz, al ritmo enloquecedor de su Nolimetángere, de su Nometoques con los dedos salpicados de sangre, los macanazos la rozan cada vez más cerca y nadie se atreve a tocarla, la sangre agrietada cae a su alrededor y nadie se atreve a tocarla, le arrojan los perros encima y nadie se atreve a tocarla, se abalanzan sobre sus nalgas sagradas ahora ya sangradas y nadie se atreve a tocarla, lamen chillando la canela prieta de sus jamones en dulce y nadie se atreve a tocarla, sorben amansados para siempre el bienmesabe de su entrepiernas y nadie se atreve a tocarla, chaconeando las caras de sus enemigos con las valvas de su concha de oro, abollándoles la frente los cachetes los oídos con los cueros descuajados de sus odres sonrosados, hundiéndoles para siempre los ojos despavoridos con los tocones macizos de sus tacos al ritmo de su canto, al ritmo implacable de su voz incitando a la revolución.
       Por fin ha entrado por las puertas de mi celda como quien pasa por las puertas de la gloria. El cuerpo helado erguido ante mí, destellando ira hasta enceguecerme, la observo, supurándola gota a gota por los ojos como un veneno mortal, destilándola lentamente por los surcos de mis mejillas en las lágrimas cristalinas de la yuca, cuajándola en el llanto de los siglos, en los sollozos de todos los descastados y de todos los oprimidos, de los destituidos y de los ajusticiados, de los abandonados para siempre por la esperanza, supurada de sangre por todas las heridas, empantanada de pus, encenegada de semen y enlodada de heces, parida con terror por entre feces et urinae saca la cara al sol y eschucho su grito:

Chúmalacateramaquinólandera
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Chúmalacatera
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MAQUINÁ


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