Rosario Ferré
(Ponce, Puerto Rico, 28 de septiembre de 1938 - San Juan, 18 de febrero de 2016)
El medio pollito
El medio pollito
Ilustrador: Enrique Martínez
(Río Piedras: Huracán, 1977)

Había una vez un niño que se
encontró a una viejecita sentada a la
orilla del camino.
El niño se le acercó y le dijo:
—Tengo mucha hambre y no
tengo nada que comer. ¿Tienes un
pedazo de pan para compartir conmigo?

La viejecita le contestó:
—Me encantaría ayudarte, pero
soy tan pobre como tú. Lo Único
que tengo en el mundo es este huevo que traigo en el bolsillo. Como
veo que eres muy pobre, lo compartiré contigo.
Entonces se sacó el huevo del
bolsillo, lo partió por la mitad, y le
regaló al niño medio huevo.
El niño siguió su camino sosteniendo, con mucho cuidado, el
medio huevo en la palma de la mano. Cuando llegó a su casa, se
sentó en el piso de tierra y se quedó mucho rato mirándolo. Al fin le
dijo cariñosamente:


—Tengo mucha hambre, pero
no te voy a comer. Hace tanto tiempo que no tengo con quien jugar y
me hace falta un compañero.
Acomodó el huevo en un nido de hojas secas, y lo colocó debajo de la única lámpara de gas en
la casa. La única lámpara calentó y
calentó el medio huevo hasta que
empolló medio pollito, con una sola
pata, una sola ala, un solo ojo y
medio piquito.


El medio pollito creció y creció
y jugaba todo e] tiempo con el niño.
Un día el medio pollito tenía
mucha hambre y se puso a escarbar
con su sola patita alrededor de la
casa. Después de un rato se encontró una pepita de oro y se la llevó
corriendo al niño.

Decidieron llevársela al rey
para vendérsela. Así podrían quizá
aliviar el hambre que sentían.
Al punto se pusieron en camino a palacio. El medio pollito iba
muy contento, saltando sobre su
única pata y sosteniendo la pepita
de oro en su medio piquito.


Llegaron a un valle donde se encontraron un gran río que tenían
que cruzar.
—¡Río, río, por favor quítate de enmedio y déjanos pasar! —gritó el medio pollito.
Pero el río no los dejaba pasar.

Entonces el medio pollito le
enseñó la pepita de oro que llevaba
en su medio piquito y enseguida el
río menguó su corriente y los dejó
pasar.
Mas allá divisaron el palacio
que tenía un foso muy ancho, con
un puente levadizo. El medio pollito
y el niño cruzaron el puente y llegaron a las puertas de palacio.
—¡Guardias, guardias, por
favor abran las puertas y déjennos
pasar! —les gritó el medio pollito.
Pero los guardias no quisieron
abrir. Entonces el medio pollito les
enseñó la pepita de oro que llevaba
en su medio piquito y enseguida los
guardias bajaron sus lanzas, abrieron las puertas y los dejaron pasar.

Por fin llegaron ante el rey. El
niño se le acercó y le dijo:
—¡Rey, rey, tenernos mucha
hambre! ¡Danos por caridad un saco
de arroz, un saco de porotos y un
saco de harina!
Pero el rey montó en cólera y
llamó a los guardias para que vinieran y los sacaran de allí.

Entonces, el medio pollito le
enseñó al rey la pepita de oro que
llevaba en su medio piquito, y le dijo:
—¡Rey, rey, mira que tenemos
mucha hambre y nada que comer!
¡Danos un saco de arroz, un saco de
porotos y un saco de harina y te
daremos esta pepita de oro que traigo aqui!


El rey dejó de gritar y contestó:
—Eso está muy bien, muy
bien. Dame acá la pepita, y mañana les daré lo que han pedido.
Y el niño y el medio pollito
regresaron muy contentos a su casa.
Al otro día los dos amigos
salieron muy temprano para el palacio. Cuando llegaron al valle se tropezaron con el río.
—Río, río, quítate de enmedio
y déjanos pasar! —gritó el medio pollito.
Pero el río no menguó su corriente.
Entonces el medio pollito insistió:
—¡Río, río, quítate de enmedio
y déjanos pasar, porque si no, te
trago todito y te tapo con mi medio
rabito!


Pero la corriente de agua no
menguó. Entonces el medio pollito
se bebió de golpe todo el río y se
lo metió debajo de su medio rabito.
Más tarde llegaron frente al palacio. Los guardias habían levantado el puente y el medio pollito y el
niño no podían cruzar el foso. El
medio pollito abrió su única ala, que
era tan grande como una vela de
barco, y le dijo al niño que se subiera sobre su lomo. Dando un gran
salto, salieron volando y aterrizaron
al otro lado del puente.
—¡Guardias, guardias, déjennos
pasar! —gritó el medio pollito cuando llegaron frente a las puertas del
palacio.
Pero los guardias no le hicieron caso. Entonces el medio pollito abrió su medio piquito y soltó un

gran chorro de agua que arrastró
los guardias lejos de allí y abrió de
golpe las puertas de palacio.
Por fin llegaron frente al rey.
—¡Rey, rey, cumple tu promesa!
¡Danos nuestro saco de arroz, nues-
tro saco de porotos y nuestro saco
de harina y nos iremos tranquilos!

Pero el rey se negó a cumplir
su promesa. Sentado sobre su trono,
negaba todo el tiempo, moviendo
de lado a lado la cabeza.
Entonces el medio pollito
abrió todo lo más que pudo su
medio piquito y empezó a vomitar
todo el río dentro del palacio.


El agua le llegaba al rey casi
hasta la cintura, pero se negaba a
cumplir su promesa.
—¡Rey, rey, danos lo prometido y nos iremos tranquilos! —gritó
el niño.
Ahora el agua le llegaba al rey
casi a la altura del cuello, pero se
negaba a cumplir su promesa. Sacó
la mano fuera del agua y la estiró
hacia arriba lo más que pudo,
moviendo de lado a lado el dedo
índice todo el tiempo, pero el agua
subió y subió hasta que lo tapó.

El niño y el medio pollito esperaron tres días a las afueras del palacio
a que el agua del río regresara a
su cauce. Entonces repartieron muy
contentos todos los bienes del rey
entre los pobres, y regresaron a su
casa con su saco de arroz, su saco
de porotos y su saco ole harina.

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