Rosario Ferré
(Ponce, Puerto Rico, 28 de septiembre de 1938 - San Juan, 18 de febrero de 2016)


El jardín de polvo
Papeles de Pandora
(México: Editorial Joaquín Mortiz, 1976, 207 págs.), págs. 88-92



      Voy cruzando lentamente por debajo de los árboles de mano de Eusebia, es hoy, la piel de los nísperos se ha rajado con el calor por debajo de la capa de polvo que los cubre dejando al descubierto la carne reluciente de venado, las cucarachas de ébano. Las abejas se introducen en las heridas de azúcar negra, la leche de los anones se cuaja sobre las escamas verdes con la lentitud de siempre. No hay nadie hoy. Sólo el jardinero arando como siempre el polvo. Cojeando a causa de la hinchazón en las piernas Eusebia va adentrándose en la sombra deshilachada del platanal hasta encontrar un tronco que sostenga el peso de sus espaldas. Después de inspeccionar atentamente el piso de tierra para asegurarse de la ausencia de hormigas bravas se sienta estirando las piernas, comienza a colocar sobre las grietas de sus pies pequeñas rebanadas húmedas que corta con una yen del tronco cercano de un árbol de cacto. Apoyo mi cabeza en su falda y escucho cómo se desmorona la galleta fresca del almidón sobre su carne negra. Me unta las sienes adoloridas con las yemas de los dedos, la palma gruesa de su mano pasa y repasa sobre mis ojos turbios como la barriga blanca de un pez de fango. Su piel brilla, me mira, sonríe, su cara está hecha de seda de berenjena húmeda, me dan ganas de hundir un dedo para ver cómo el hueco púrpura se vuelve a rellenar, me siento bien. Oigo el pito del tren, y recuerdo cómo anoche la brisa embolsaba la lluvia dentro del vientre del manatí que giraba preso dentro del mosquitero de mi cama tratando de escapar.
       Eusebia saca un cigarro a medio fumar, lo enciende y da varias chupadas. Una procesión de fantasmas azules flota por entre las hojas grises y polvorientas de los plátanos como aguavivas arrastrándose por debajo del agua. Se balancea imperceptiblemente con los ojos cerrados repitiendo siempre el mismo sonido profundo. Hago un esfuerzo por levantar los párpados para mirarle los ojos de tamarindo y agradecer pero el diente de oro se va apagando, enterrándose poco a poco en la blancura de fango de su sonrisa. Las alas de pasa blanca que le nacen en las sienes se le esfuman por detrás de la nuca hasta desaparecer.
       El día que Marina y Eusebia llegaron al pueblo cruzaron las calles desiertas de la siesta en el silencioso Packard negro. Veían las galerías de gruesas columnas rosadas pasar a ambos lados del carro como bailarinas de ballet estirando medias de seda antes del primer acto. Las casas, decoradas de guirnaldas de flores, canastas de frutas, ánforas inclinadas, remolinos de acanto, rebrillaban al sol como recubiertas por una espesa capa de azúcar. Los balcones de balaustres torneaban brazos de panadera joven sobre fondos de berilio turquesa, verde magenta, violeta ajonjolí. Eusebia pensó que el pueblo parecía una inmensa repostería de lujo y dio un suspiro de alivio cuando salieron por fin a la glera polvorienta del río Portugués.
       La casa de Juan Jacobo quedaba a las afueras del pueblo, cerca de la planta de cemento. El Packard se detuvo frente al portón de hierro y tocó su melancólico collar de pequeñas bocinas musicales. Nadie salió a recibirlos. Marina y Eusebia se asomaron por las ventanillas del carro y vieron una casa construída en medio de un campo de guata. Marina se quitó los zapatos y caminó descalza sobre la capa blanducha, dejando al pasar una larga hilera de pensamientos tristes hincados por el polvo. Miró hacia arriba buscando los murciélagos y tuvo que bajar la cabeza. El polvo que llovía sin detenerse la cegó momentáneamente. Comenzó a divagar por aquel paraje sin ruido ni de viento ni di agua, sacudiendo aquí y allá las ramas de algún arbusto reseco por el placer de levantar un fantasma dormido. Sopló sobre un gran copo de polvo, empujó una rama rota y salitrosa con dejadez, como si fuese un móvil de Calder, acarició con mano ausente los arbustos esmerilados de sal, pisando con pies insensibles los charcos de agua estancada y limosa. Por fin se detuvo debajo de la copa polvorienta del samán y levantó los ojos. Una complicada vegetación de membranas colgaba del abside central. Marina cayó redonda al suelo.
       Cuando Juan Jacobo llegó a la casa esa noche Eusebia ya había metido a Marina en la cama y la había revivido a fuerza de agua florida sobre las sienes. Le habló del jardín que ella podría crear. El jardín persa, simbolo del paraíso, sólo había sido posible en medio del desierto. Podía ser un jardín simétrico y ordenado como un tapiz, o combado en un arco de porcelana azul como la cúpula de Masjidi-Shaykh. Le describió las riberas del Tigris y del Eufrates, donde las palmas de dátiles apiñaban un verde acaramelado e hirsuto que hería los belfos de los camellos golosos, la abundancia foliada creciendo a fuerza de paciencia sobre la arena milenaria como simetría de la felicidad. En el centro del jardín sagrado había siempre un pequeño estanque verde, pequeña puerta de jambas esmeraldinas por donde sólo pasaban los escogidos.
       Marina no le contestaba, mirando siempre las volutas de polvo que seguían encaracolando sus lomos contra los cristales de la ventana de su habitación. Así estuvo varios días sin desempaquetar, considerando el fracaso de su matrimonio, esperando sólo a que aclarase un poco la bruma caliginosa para volver a montarse en el Packard negro y regresar a la casa de sus padres. El día que resonó el aldabón de hierro del portón sacudió en el fondo de la cama las plumas carcomidas de su sueño desencantado y se levantó para ver quién era. La mano de la bola caía una y otra vez con imperiosidad cuando Marina se asomó por encima de la muralla. Vio a un hombre de pómulos altos que sacudía el polvo que se había acumulado sobre el ala ancha de su sombrero, lustrándose los zapatos de dos tonos contra la tela gastada del pantalón. Movió su boca raída de payaso y le preguntó cortésmente si allí necesitaban un jardinero. Marina abrió el portón y le enseñó el jardín de ceniza planchada por toda respuesta. La mirada del visitante se iluminó. Es lo que yo siempre había soñado, dijo, un jardín sideral florecido de nebulosas. Ahora me explico la llovizna interminable que cae sobre este pueblo; es polvo de constelación. Cuando Marina trató de explicarle que se trataba de polvo de cemento sacudió enérgicamente la cabeza y apretó las pupilas con desconfianza. Claro, usted es demasiado joven para saberlo, le dijo, pero posee el jardín más hermoso del mundo.
       Ese mismo día Marina desempaquetó, estimulada por el desafío del visitante. Pudo vérseles entonces cultivando el jardín desde el amanecer, burilando con infinita paciencia una misteriosa geometría de rombos, cubos y ángulos sobre las láminas grisáceas del suelo. A Marina se le ocurrió colgar de las ramas más altas de los árboles numerosas girándulas que reflejaran la debilitada luz del sol en sus esquirlas de acero. De las ramas más bajas colgó sistros nupciales con sonajeras de vidrio para que estuviesen al alcance de la mano de aquellos paseantes que desearan distraerse. El jardinero era igualmente incansable. Manejaba el machete con la parsimonia de un sacerdote egipcio y hacía con el rastrillo interminables peinados lasios sobre el polvo. Decoró los bordes de los caminos con élitros de coleópteros y cascarones de erizo, para que armonizaran los paseos con sus silbidos plateados. Cuando el jardín estuvo terminado esperaron una noche sin luna para salir a verlo. La concavidad púrpura reposaba su vientre agujereado sobre la superficie del jardín con la impasibilidad de una anémona servida sobre un platón de porcelana perfecta. Casi no se podía respirar.



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