Rosario Ferré
(Ponce, Puerto Rico, 28 de septiembre de 1938 - San Juan, 18 de febrero de 2016)


El regalo
Maldito amor y otros cuentos
(México: Editorial Joaquín Mortiz, 1986, 206 págs.)



Para Ani,
por los recuerdos compartidos.


      Nadie se esperaba que Merceditas Cáceres, el día que expulsaron finalmente a Carlota Rodríguez del Sagrado Corazón, colgara su banda de la manija de la puerta, dejara caer con desdén su medalla de la Congregación de los Angeles en la urna de las limosnas, y saliera por los portales del colegio del brazo de su amiga, con la cabeza en alto y sin dignarse mirar hacia atrás una sola vez, con aquel gesto de altanería común a todos los de su clase. A su lado, por las penumbras de la portería, marchaba Carlota, el enorme cuerpo de animal pesado y manso balanceándose imperceptiblemente hacia delante y el rostro espeso de colorete y de pancake deshecho en surcos, manchando sin remedio el cuello de su uniforme con su llanto multicolor.
       Merceditas renunciaba en aquel momento, en nombre de la amistad, a diez, quizá a veinte coronas de rosas que resplandecían ya listas, como anillos de nieve, al fondo del ropero donde se guardaban los premios del día de la graduación, mientras Carlota iba en pos de la suya, de aquella corona alucinante de pavo real en celo, que se abrió poco después sobre su frente. Abandonaba allí, en la portería eternamente rumorosa a faldas de tabletas azules y camisas de puños de organdí, los honores duramente ganados durante tres arios y medio de estudios, las bandas y medallas que ahora ya no resplandecerían jamás sobre su pecho, mientras Carlota iba en pos de los suyos, de los potes de perfume barato y de los pañuelos floreados, de los anillos y aretes en estuches de terciopelo berrendo, que le fueron tan amorosamente obsequiados por los miembros de su corte el día de su coronación. Precedida por sus carrozas de plata, desfilaría a los pocos días por la avenida Juan Ponce de León (como luego por las avenidas principales de Río, de Nueva Orleans y hasta de Surinám) vestida con su traje de lamé de 18 quilates y exponiendo, sobre el borde recamado de diamantes de su escote, sus enormes senos morenos sostenedores de una visión de mundo que merecía, en la opinión de las venerables Damas del Sagrado Corazón, los más terribles hervores de las pailas del infierno.
       El mangó se lo había regalado Carlota, introduciéndolo clandestinamente en el convento luego de un fin de semana en casa de su padre. Lo sacó del bolsillo a la hora del recreo y se lo mostró a su amiga, sosteniéndolo en la palma de la mano.
       —Me lo obsequiaron hoy a la hora del almuerzo los miembros del comité directivo del Carnaval —dijo sonriendo—. Es un riñón de Colón; dulce como el pan de azúcar y tierno como la mantequilla. Ten, te lo regalo.
       Merceditas aceptó de buena gana el obsequio y caminaron juntas hacia el bosque de quenepos aglomerados al fondo del patio. Era su lugar preferido de conversación, porque hasta allí raramente llegaban las vigilantes. Carlota le contaba de cómo había sido el almuerzo, en el que todo había tenido que ver con el carnaval.
       —Candelabros de plata y plenas, bacalaítos fritos y manteles venecianos. Hubieras gozado de lo lindo si hubieras estado allí. Pero lo que más me gustó fue que el comité me regalara un hermoso riñón de Colón. Antes, a las reinas les regalaban siempre un anillo o una pulsera de oro, el día de su nombramiento.
       Rió en voz alta y arrojó hacia atrás la cabeza, pensando que su amiga le tomaba el pelo.
       —Se llama así, no porque se lo hubiesen sacado al pobre Colón de debajo de las costillas —le éxplicó Carlota—, sino por la ciudad de Colombo, allá por la India, favorita de mi consorte Juan Ponce de León. De allá lo trajo, y lo sembró él mismo en la isla.
       Merceditas miró a su amiga y vio que, a pesar del disparate histórico que acababa de pronunciar, le hablaba en serio.
       —¿Entonces ya es seguro, aceptaste lo de ser reina de carnaval? —le preguntó.
       —Seré la primera reina verdaderamente criolla, ¿no crees? —dijo pasándose la palma de la mano por sobre las mejillas ligeramente trigueñas—. Antes las reinas eran todas pálidas y desaguadas. Si don Juan Ponce de León me hubiese visto, me hubiese escogido a mí. A los españoles les gustaban las morochitas.
       Merceditas trató de imaginarse a su amiga con gorguera, corona y guardainfantes, pero se le hizo imposible. Carlota era gruesa, y carecía de todas las gracias sociales. Precisamente por esta razón, así como por su alegría y su candidez, la había escogido como amiga.
       —Es que se me hace difícil imaginarte vestida de reina.
       Carlota rió con desenfado, mostrando sus dientes blancos y fuertes, y colocó una mano cariñosa sobre el hombro de su amiga.
       —Cleopatra también era rolliza y jacarandosa; y tienes que reconocer que, por las láminas que hemos visto en el Tesoro de la Juventud, más nunca tenía un pelo tan bonito como el mío.
       Merceditas la observó de reojo. Su amiga tenía, en efecto, un cabello muy hermoso, que ella siempre había admirado; y lo llevaba recogido en la espalda, según las rigurosas leyes del colegio, en dos gruesas trenzas de color caoba.
       —Vendrá mucha gente al pueblo —añadió Carlota con entusiasmo— y aunque ya no seamos famosos, como antes, por nuestro tabaco y por nuestro café, lo seremos por nuestro Carnaval.
       Su amiga le rodeó los hombros con un brazo y caminaron un rato en silencio, hasta llegar a la verja de alambres que delimitaba por el fondo la propiedad del colegio. Al otro lado de la verja se podía ver el cauce del río seco, reverberando al sol como una calzada de piedras.
       —¿No tienes miedo de que la Madre Artigas se oponga a tu reinado? Ya sabes lo puntillosa que puede ser para toda materia de historia.
       —El que quiere azul celeste que le cueste —respondió Carlota encogiéndose de hombros—. No me queda más remedio que arriesgarme. Pero puedes estar segura de que si la Madre Artigas se opone, no será por eso.
       Escucharon por fin la campanilla del recreo y se separaron, tomando cada una el camino dela sala de estudios. Merceditas había depositado el mangó al fondo de su bolsillo, y lo sentía bambolearse allí contra sus piernas, disfrutando de su perfume a rosas como del anticipo de un banquete. Al llegar a su asiento lo sacó disimuladamente y lo colocó al fondo del cajón de su escritorio.


       Merceditas Cáceres y Carlota Rodríguez se habían hecho buenas amigas en corto tiempo. En verdad, no podía encontrarse en todo el colegio dos alumnas más diferentes. Merceditas provenía de una familia de terratenientes, dueños de algunos de los cañaverales más fértiles del valle, así corno de la central que llevaba su mismo nombre. Criada por institutrices inglesas hasta que ingresó a la academia, tenía pocas amigas y llevaba una vida solitaria, saliendo del colegio sólo los fines de semana, cuando la limusina de su familia subía con ella la cuesta de la Central.
       Su familia era muy grande y tenía poco contacto con el pueblo: dentro del recinto de la Central había tiendas, piscina, caballos, farmacia, médicos, y varias canchas de tenis, en las que sus primos y primas jugaban diariamente unos con otros. La timidez de Merceditas se debía en parte a que no estaba acostumbrada a tratar con gentes extrañas, pero era también consecuencia de que en el pueblo los Cáceres no eran vistos con buenos ojos.
       Su resistencia a hacerse miembros del casino local, por ejemplo, así como su enorme riqueza, provocaban hacia ellos la desconfianza, y en ciertos casos hasta el desprecio. Los habitantes del pueblo se negaban a hacerlos partícipes de sus actividades políticas y cívicas, y los Cáceres consentían a ello de buena gana, ya que en pocas ocasiones lidiaban con las autoridades al nivel municipal, acudiendo, para todos los problemas de su empresa, a los centros de poder en la metrópoli. Cuando se les acusaba de no tener sentido patriótico y de no ser ciudadanos de ninguna parte, los Cáceres reían, arrojando hacia atrás sus cabezas siempre rubias (de las que se preciaban sobremanera, achacándole la pinta a un antepasado alemán), y afirmaban que, en efecto, ellos eran ciudadanos del mundo, y que lo único bueno que tenía aquel pueblo era la salida para la capital.
       Por esta razón Merceditas, al salir del colegio todos los viernes, se asomaba con tanta curiosidad por entre las cortinas de terciopelo gris de la limusina de su familia, observando con interés las casas del pueblo, y preguntándose cómo serían sus habitantes. Pese a su enorme esfuerzo por hacer amistad con las alumnas del colegio, había tenido poco éxito. No fue hasta que conoció a Carlota, que se sintió por primera vez estimada por ella misma, sin que su apellido tuviese la menor importancia. La conversación de Carlota, salpicada siempre de bromas y comentarios pícaros, la alegraba y la divertía, y disfrutaba sobre todo cuando ésta le hablaba del pueblo. Carlota, por su parte, había descubierto en Merceditas una valiosa aliada. Su presencia en el colegio, impensable hacía escasamente algunos años, había sido el resultado de las nuevas actitudes que las monjas se habían visto obligadas a adoptar, al descubrir que la matrícula de la academia se encontraba abastecida a medias. Era un colegio costoso, y las las estrecheces económicas por las que pasaban hacía ya basta tiempo las familias más respetables del pueblo, habían sido causa de que muchas se vieran obligadas a enviar a sus hijas a instituciones menos exclusivas y selectas. Las monjas habían alterado entonces su política de admisión, y hacía ya algunos años que las hijas de los Acuña, de los Arzuaga y de los De la Valle se habían visto obligadas a compartir su educación con las hijas de los Rodríguez, de los Torres y de los Morales.
       De entre, estas últimas, Carlota Rodríguez se había distinguido siempre por su simpatía, aunque el color de su piel la condenaba, aun entre las nuevas, a una relativa soledad. Era la primera alumna mulata admitida al colegio en su medio siglo de historia, y su reciente admisión había sido comentada como algo sorprendente y radical aun por las familias de las “nuevas”. La nueva elite pujante, cuyos apellidos se tambaleaban todavía inseguros en los registros sociales del casino del pueblo, indecisa de si asumir o no en sus cánones los preceptos de limpieza de sangre que tan arduamente habían defendido sus antecesores, prefería, en los casos desgraciadamente más obvios, adoptar una actitud benévola pero distante, que estableciera desde un principio las prioridades de los “juntos pero no revueltos”.
       Era cierto que la considerable fortuna de don Agapito Rodríguez, un pequeño comerciante venido recientemente a más, había contribuido a que las venerables damas democratizaran sus requisitos de admisión, hasta el punto de arriesgarse a recibir a Carlota Rodríguez en la academia. Don Agapito era viudo y veía luces por su hija, haciendo todo lo posible por que su presencia en el colegio fuese motivo de regocijo para las monjas. Había sido él quien había logrado que las casas de comestibles, entre las cuales tenía innumerables; amigos, les proveyesen los modestos alimentos conventuales, el tasajo, el mondongo y la cecina, a mitad de precio; una visita al alcalde, de quien era primo segundo, les valió a las religiosas un ahorro considerable en las cuentas de la luz; una visita a don Tomás Rodríguez, jefe de los bomberos y tío suyo, les había valido el compromiso de que se les instalara un moderno calentador de agua cuyo costo él se encontraba totalmente dispuesto a sufragar.
       Se felicitaban las monjas por la sabia decisión que habían tomado, cuando se percataron de la inesperada amistad que había florecido entre Carlota Rodríguez y Merceditas Cáceres. Procuraban estar juntas todo el tiempo; en los recreos, en el salón de clases y en el refectorio, habiendo tenido la suerte de que se les asignara desde un principio camas contiguas en el dormitorio del pensionado. Al principio, las religiosas temieron que la familia de Merceditas se opusiera a aquella amistad, pero muy pronto se dieron cuenta de que sus temores eran infundados. Los Cáceres vivían eternamente yendo y viniendo del continente a la isla en sus aviones y en sus yates, y las amistades de Merceditas les tenían absolutamente sin cuidado. La amistad entre ambas niñas les ofrecía, por otro lado, la oportunidad de hacer sentir a Carlota aceptada y querida en el colegio, mitigando hasta cierto punto su soledad. Para don Agapito, la amistad de su hija nada menos que con Merceditas Cáceres era sin duda una bendición del cielo. Los padres consideraban muy importantes las relaciones y amistades que se creaban entre los jóvenes, porque servían muchas veces de base a futuros entendimientos de negocios, y es posible que hasta familiares (no sería la primera vez ni la última que el hermano de una alumna que recibía de visita en casa a una compañera de clase se enamorara perdidamente de ésta). Don Agapito se merecía, en fin, en la opinión de las monjas, aquella amistad de su hija con Merceditas, y en cuanto a los Cáceres, quienes jamás se acordaban de la existencia del pueblo, y mucho menos del colegio, se merecían cabalmente cualquier consecuencia nociva que aquella amistad pudiera conllevar.
       Superados los obstáculos a su amistad, las amigas esperaban con ilusión el día en que se graduarían juntas de la academia. Merceditas le confesaba a Carlota que graduarse con todos los premios era para ella muy importante, porque le permitiría adquirir una beca para proseguir estudios universitarios en el extranjero. Sus padres le habían recalcado que se harían responsables de su educación sólo hasta que se graduara de la escuela superior, considerando superflua, en las hijas de buena familia, una educación profesional.
       A Merceditas le daba terror pensar que podría quedarse enterrada en la Central, casada con algún primo segundo y esclavizada a los quehaceres de una casa, empleando sus ratos libres en correr para arriba y para abajo tras una pelota absurda, en aquellas canchas tan meticulosamente pintadas de verde. Pensaba en la beca que la Madre Artigas se había ofrecido a conseguirle como en su único boleto ala libertad y por ello en el último año se había dedicado con tanto ahínco a los estudios.
       Carlota, por su parte, aunque no tenía grandes aspiraciones intelectuales, comprendía que graduarse de la Academia del Sagrado Corazón le abriría muchas puertas en el futuro, y podría ayudar entonces más eficazmente a su padre en su empeño por modernizar el pueblo. Admiraba enormemente a Merceditas, a quien veía como a su Niké salvadora. Noble y arriesgada en todos sus gestos, Merceditas la tenía siempre bajo su ala, y nadie en el colegio se había atrevido jamás a dirigirle una palabra hiriente o un comentario humillante que le hiciera recordar su origen.
       La apacibilidad de Carlota, así como su buen humor, obraban, por otro lado, maravillas en Merceditas. Carlota le describía una a una las ardientes calles del pueblo, sombreadas de quenepos y caobas centenarios, aunque empleando siempre un tono de ironía sutil al referirse a los antiguos caserones decimonónicos, habitados por las antiguas familias burguesas. Decía que estas casas, por sus fachadas pintadas siempre de color blanco y decoradas con una profusión de cupidos, ánforas y guirnaldas de yeso, le recordaban una hilera de bizcochos de boda recién horneados y puestos a refrescar sobre la acera. Le hablaba también, siempre con cierto retintín burlón aunque jamás cortante, de la vida que transcurría al fondo de las penumbras de aquellas casas, donde los habitantes se veían obligados a vivir con medios muchísimo más modestos que los que proclamaban los imponentes muros de sus mansiones. Gracias a los cuentos de Carlota, Merceditas comenzó a enterarse de la historia del pueblo.
       La resistencia de las antiguas familias burguesas a la ruina que significó para ellos el desembarco de las tropas norteamericanas por el oeste de la isla, hacía ya casi cincuenta años, le pareció, por quijotesca que fuera, digna de admiración. La prosperidad del pueblo había dependido de la importancia de su puerto, afortunada no sólo por la enorme bahía de Ensenada Honda, tan elogiada durante el desembarco por el general Miles, sino por servir de punto de convergencia aun comercio floreciente de azúcar, tabaco y café. Las laderas de las montañas que lo circundaban por el norte y por el oeste se encontraban por aquellos años minuciosamente cultivadas de estos productos, que sus propietarios, los dueños de las pequeñas haciendas y fincas del interior traían sobre bestias de carga hasta los malecones del puerto, para que fuesen embarcados hacia el extranjero. La caña de azúcar, por otra parte, se cultivaba en la bajura, y arropaba con su pelaje brillante de extremo a extremo el fertilísimo valle. Los guamaneños enorgullecíanse entonces de que su azúcar, su café y su tabaco fuesen considerados los mejores del mundo en los pueblos más alejados de Europa y Asia, y habían aprovechado bien las bonanzas de la prosperidad, edificando hermosos teatros, plazas; logias y canódromos, y hasta una catedral cuyas torres brillaban arrogantes contra el cielo, porque habían sido repujadas en plata.
       Todo esto cambió, según Carlota, y había de seguir cambiando, con la llegada de los norteamericanos a la isla. Cón la ruina del tabaco y del café, las tierras de la altura cayeron en el abandono, y las casas comerciales se vieron sumidas en la ruina. Muchas de las centrales criollas pasaron entonces a manos extranjeras (como sucedió con la Justicia, la central de los De la Valle, que fue absorbida por la Central Ejemplo), pero los que no vendieron y lograron sobrenadar la crisis, se hicieron cada vez más poderosos. Este fue precisamente el caso de los Cáceres y su Central Las Mercedes. Los Cáceres no sólo vendían muy bien su producto a Norteamérica, embarcando su azúcar refinada en botucos que, como cajas de caudales repletas de oro blanco rodaban directamente hasta el puerto, sino que tuvieron la brillante idea de montar, hacía ya cerca de diez y siete años, una destilería de ron.
       Al principio ésta no fue sino un alambique más, de los cientos que pululaban en los traspatios de los galpones de las haciendas, pero muy pronto fue ampliándose, gracias a la popularidad de su producto. Se libraban por aquel entonces las batallas más sangrientas de la Segunda Guerra Mundial, y los veteranos guamaneños regresaban a sus hogares mancos y tuertos, buscando ahogar sus penas en el primer bálsamo de Fierabrás que les cayera al alcance. Ninguno mejor que el ron Don Quijote de la Mancha, cuyo caballero aporreado, famélico y estrasijado, estampado sobre la etiqueta, representaba tan adecuadamente el maltrecho honor de la patria.
       Y no fue únicamente entre los veteranos criollos que el Don Quijote prendió al éstos identificarse con su trágico héroe, sino que se hizo de pronto sorprendentemente popular en Norteamérica. Los habitantes de la Metrópoli le habían cogi do el gusto a aquel ron exótico, que se producía en sus colonias, y se sentían enormemente orgullosos de él, como prueba fidedigna de su ascendencia en el mundo, como joven nación que se aúpa. Francia bien podía tener su Ron Negrita martiniquense e Inglaterra su Tío Pepe, embotellado y empacado en Dover, sin que esto les quitara el sueño. Ahora ellos tenían su ron Don Quijote, que conquistaría el mundo desde la altura de su Rocinante famélico.
       Los Cáceres, en fin, como resultado de las fabulosas ventas de su ron manchego, se enriquecieron considerablemente, y construyeron en derredor de su Central un poblado progresista y moderno, salpicado de piscinas inmaculadas que a mediodía brillaban como aguas marinas heladas en medio del calor asfixiante y rodeado por manicuradas canchas de tenis y afelpados campos de golf. El ambiente era allí de absoluta informalidad: a diferencia del pueblo, por ejemplo, donde las mujeres no se hubieran atrevido jamás a salir a la calle “embutidas en pantalones que hay que meterse con calzador”, como vociferaba los domingos desde su púlpito el cura español del pueblo, en Las Mercedes éstas andaban siempre en shorts, calzaban tenis Converse y, tendidas junto a sus piscinas, hacían un rito diario de tostarse desnudas al sol. El que en Las Mercedes, a más de esto, los habitantes hablasen un español cundido de anglicismos, y se negasen a participar, en su mayor parte, de las obligaciones cívicas y religiosas de Guamaní, contribuía al sentimiento de enconada animosidad que experimentaban hacia ellos los habitantes del pueblo.
       Guamaní, por otro lado, desprovisto del auge comercial que le había significado su intercambio con países distantes, se replegó por aquellos años sobre sí mismo, encogiéndose y marchitándose como un enorme cuerpo calcinado.
       Los hermosos edificios coloniales, los teatros ornados de columnas y las plazas adornadas de fuentes, caídos hacía ya tiempo en desuso, comenzaron a parecer más obvios y desproporcionados, despuntando por sobre la modorra y la soñolencia del pueblo como una osamenta misteriosa e incomprensible. Al fondo de aquellas casas palaciegas, disimulando con resentimiento su orgullo y su pobreza, habían vivido hasta entonces las antiguas familias burguesas.
       Este relato era del todo nuevo para Merceditas, aislada como había vivido hasta entonces en su casa de amplias verandas que sobrevolaban el cañaveral. Sentada junto a su amiga a la sombra de las toscas piedras de la Gruta de Lourdes en el patio del colegio, o en el transcurso de sus lentos paseos por el bosque de quenepos, la escuchaba hablar con admiración, percibiendo, en su rostro iluminado por el entusiasmo, cuán grande era su amor por el pueblo.
       Pero Carlota provenía de otros medios, y su interés por las viejas familias burguesas no pasaba de un atractivo romántico. Su padre y ella creían ambos en el progreso y abogaban por la modernización, trabajando afanosamente por insuflarle vida a las actividades cívicas y sociales del pueblo. Don Agapito era miembro de todas las juntas directivas de los hospitales y de las penitenciarías desde las cuales luchaba por que en los primeros se adoptaran los más modernos métodos de curación, y por que en las segundas se les diera un tratamiento más humano a los presos. Era presidente de la Liga Juvenil de Peloteros, presidente de los Leones y de la Cámara de Comercio, en cuyos centros recomendaba siempre la admisión de sus amigos por sobre la de aquellos miembros de apellidos encumbrados que vivían recluidos en sus casas, soñando con las glorias de otros tiempos mientras dejaban morir al pueblo.
       Una sola vez al año se regresaba, como quien dice, al pasado, y esto sucedía en época de carnaval. Desde que el mundo era mundo, el Carnaval Juan Ponce de León había sido el evento social más sonado de la comunidad. El Rey Momo, las congas, los diablos, los vegigantes, cambiaban de disfraz todos los años pero eran siempre los mismos; y para llegar a participar en las fiestas con la categoría de una de estas fiestas populares, no era necesario obtener ninguna orden o permiso es ial. Otro era el caso, sin embargo, con los miembros de la corte de Juan Ponce de León. Para llegar a ser caballero de peto y adarga, o incluso paje, era absolutamente imprescindible ser un Acuña, un Portalatini o un Arzuaga, y, en el caso de la reina, figura central de aquellas celebraciones, el requisito era casi sagrado. Por esto se instituía, año tras año, un comité de ciudadanos respetables, de cuyo exclusivo prurito dependía la adecuada selección de una reina.
       Constituida por fin la corte, tras prolongadas deliberaciones y escrutinios, los miembros de las antiguas familias se arrojaban en cuerpo y alma a los preparativos, dispuestos a dejar una vez más pasmados a los habitantes del pueblo con el enceguecedor despliegue de sus antiguas riquezas. Se tomaba siempre para ello un tema diferente de la época colonial, que podía serla piratería que había cundido entonces por aquellas costas o la trágica y malhadada visita del Conde de Cumberland ala antigua Plaza Fuerte de San Juan; o bien, como en el reinado de Carlota en aquel año de 1955, la histórica gesta de Cristóbal Colón.
       A estas celebraciones había asistido Carlota desde niña, observando, con ojos dilatados de asombro, desde el modesto balcón de balaustres de madera de su casa, el lento rodar de aquellas carrozas cargadas de flores y patinadas con polvo de oro, sobre las cuales desfilaban, tiesos e implacables en su desprecio por el mundo, y abriendo y cerrando sobre sus espaldas sus mantos empedrados de enceguecedoras piedras, los hijos de los Acuña, de los Arzuaga y de los De la Valle.
       Como todos los días a la hora de la labor, la Madre Artigas se paseaba por entre las alumnas en la sala de estudios, observando el desigual subir y bajar de las agujas como dardos diminutos en sus manos cuando de pronto se detuvo. Percibió: un poderoso perfume a rosas que venía de muy cerca y; juntando con severidad las manos debajo de su esclavina. observó detenidamente el perfil de las niñas a su alrededor. L llamó la atención el tinte subido de las mejillas de Merceditas, y se acercó lentamente a donde ésta se encontraba.
       —¿Tendría la bondad de abrir su escritorio? —le preguntó con una sonrisa, inclinándose un poco hacia ella y evitando que la orla de su velo le rozara el hombro.
       Merceditas se sintió tentada de mirar a Carlota, pero se contuvo. Fijó los ojos a la altura del rosario de gruesas cuentas negras que le colgaba a la Madre Artigas de la cintura. Levantó poco a poco la tapa de su escritorio, quedando expuesto su contenido: libros, jabonera, vaso plegadizo, lápices, delantal azul, velo negro y velo blanco, nítidamente enrollados uno junto al otro. La Madre Artigas introdujo la mano en el cajón, siguiendo, como si llevara el sentido del olfato en la punta de los dedos, la pista del riñón de Colón. No se equivocó: levantó el velo negro y allí estaba, grueso y exuberante, palpitando su perfume a rosas hacia todas partes. La miró con sorpresa, aunque todavía sonreída.
       —Me lo regaló Carlota, Madre, es un riñón de Colón. Se lo obsequiaron en el almuerzo en que quedó por fin confirmado su nombramiento de reina de carnaval. Si quiere, le doy a probar un pedazo.
       Había hablado ingenuamente, confiando en que la Madre Artigas sería benévola con ella. Sabía que estaba prohibido meter frutas en la sala de estudios; pero la falta de disciplina no era grave.
       —Hizo mal en aceptar el obsequio —le dijo en un susurro helado—. Ahora tendrá que vivir con él hasta el día de su graduación.
       Y volviéndole la espalda, se alejó rápidamente de su lado.
       La hermosura de la Madre Artigas tenía mucho que ver con la autoridad que ejercía por aquel entonces en el colegio. Tenía uno de esos rostros translúcidos, en el cual la armonía de las facciones quedaba destacada por la total ausencia de cosméticos, y la exquisitez de sus modales y de sus gestos proclamaba en todo momento la prosapia de su alcurnia. Alta y cimbreada, se desplazaba por toda la casa como un sauce sombrío, arrojando su sombra ubicua por pasillos y salones a las horas más inesperadas. Sus botines de trapo, meticulosamente desempolvados al amanecer por las hermanitas, así como los pliegues de gasa negra de su velo, perfumado por ellas diariamente con espliego, parecían estar a todas horas en todas partes, velando por el funcionamiento del colegio.
       A diferencia de la mayoría de las monjas, la Madre era de origen isleño, y por su ascendencia nativa se consideraba que podía lidiar, con mayorprovecho que sus compañeras, con los eternos problemas de disciplina de las niñas. Las educandas no eran finalmente sino unas señoritas comunes, pero después de su graduación se convertirían en algo muy especial, que exigiría el respeto y la deferencia de todo el pueblo: en Alumnas del Sagrado Corazón.
       Las compañeras de la Madre Artigas eran, por otro lado, casi todas continentales, nacidas en Valparaíso, en Cali o en Buenos Aires. En sus modales entristecidos y refinados, en el nerviosismo de sus párpados y de sus manos, se adivinaban las razones que las habían llevado a refugiarse tras los macizos muros de aquel convento, perdido en una isla del Caribe. Bajo sus velos alforzados se disimulaba un sinfín de amargos dramas, desahucios quizá de amor o de dinero, de esos que sufrían entonces las encopetadas familias latinoamericanas cuyas fortunas habían tenido una base agraria, y para quienes el progreso industrial había significado un lento pero inevitable desangre.
       Encastilladas en sus recuerdos, estas monjas solían esquivar toda ocasión desagradable que las llevara a enfrentarse a la realidad específica en que vivían, a un pueblo y a unos habitantes cuyas idiosincrasias y costumbres les resultaban tediosas e incomprensibles. Había logrado levantar, con gran sacrificio sin duda, la suma de dos mil dólares que exigía para aquel entonces la dote de las novias del Sagrado Corazón, y una vez celebradas las bodas, buscaban por todos los medios el olvido que les era debido, sometiéndose sin queja a la dura ordenanza de anonimia y desapego del mundo.
       Para ellas, las alumnas que entraban diariamente a sus salones, revoloteando alegremente como pájaros, no tenían jamás rostro ni nombre; eran más bien bandadas de almas. Sabían que en cualquier momento se verían obligadas a abandonarlas, siguiendo las férreas directrices de la Casa Madre en Roma, que no permitía que ninguna monja permaneciese en la misma sede conventual por más de tres años. Las veían entrar entonces a sus salones, no como niñas nacidas en un determinado país, procedentes de una sociedad específica, sino como las hijas de todos y de nadie, abandonando en manos de la Madre Artigas todo lo referente a su disciplina y a su corrección moral.
       Existía una situación adicional, que le confería a la Madre Artigas una autoridad indiscutible ante los ojos de las monjas. Había sido la largueza de la familia Artigas, al donar su casa solariega a la Casa Madre en Roma, lo que había hecho posible, desde hacía ya treinta años, que las niñas adineradas del pueblo tuviesen la posibilidad de llegar a ser algún día Alumnas del Sagrado Corazón. La Madre Artigas tenía una enorme capacidad para el trabajo, y era ella quien se aparecía, desde el amanecer, a las puertas de las cocinas a instruir desde allí a las hermanitas sobre cómo aderezar más sabrosa y económicamente los modestos alimentod queluego se consumirían en el refectorio. Era ella quien conducía, con seguros movimientos de mando, el complicado tren de lavado de la comunidad, separando personalmente los sagrados lienzos en los que hubiese podido quedar algún fragmento de oblea divina, interminables sábanas en las que dormían las niñas, y velando por que las hermanitas lo sumergieran todo en almidón y lejía, en las rústicas piletas de cemento al fondo del patio. Se ocupaba, en fin, de todo y de todos, afirmando con orgullo que todo aquello lo hacía porque aquella casa era parte de su propio corazón.
       La dote de dos mil dólares necesaria para llevar a cabo el ingreso a la Orden no había constituido para la Madre Artigas un problema de mayor importancia. Su familia había sido y seguía siendo una de las familias más poderosas del país, parientes de los De la Valle por parte de madre, y sus padres hacía tiempo que se habían mudado a vivir a la capital. La entrada de la Madre Artigas a la Orden había sido efectuada por medio de una dispensa papal especialísima, que la eximía de la dura regla del desarraigo a la que se veía sometido el resto de las monjas. Había prometido, no obstante, a la hora de ser coronada con el velo purísimo de las novias del Señor, aplicarse a sí misma sin compasión la ley del desapego y del renunciamiento al mundo, que le era exigida también a sus compañeras. Agradecida por el enorme privilegio que le había sido concedido de permanecer en la isla, había jurado no caer jamás en los traicioneros afectos personales que tantas desgracias le acarreaban a la humanidad.
       Era por esto que todo entrañamiento humano, que toda amistad entre niñas y niñas o entre monjas y niñas (las hermanitas, por supuesto, no contaban, porque aunque planchaban, cocinaban y lavaban, ocupándose de todas las labores domésticas del convento, eran prácticamente invisibles), era ya en principio mal visto por la Madre Artigas. En su opinión, el apego, el cariño y hasta la mera simpatía entre las educandas atentaba contra esa unión única, perfecta e irrevocable que surgiría algún día entre cada alumna del Sagrado Corazón y su terrenal esposo.
       Desde que la Madre Artigas había sido nombrada Corregidora del colegio, había arreciado la vigilancia en todas partes. En cada salón, en cada pasillo de persianas verdes enlistado de sombras, en cada sendero polvoriento del patio por los que se perdían las alumnas a la hora del recreo, la Madre Artigas había apostado una vigilanta, una celadora alerta y avizora, cuya toca negra ensombrecía las risas y tornaba en susurros las conversaciones de las niñas.
       Los conceptos de disciplina de la Madre Artigas, sin embargo, cambiaban radicalmente al encontrarse frente a Merceditas Cáceres. Sentía un enorme afecto por esta alumna, con la cual solía ser en general indulgente y comprensiva. Merceditas había sido, durante sus tres años y medio de internado, un modelo de comportamiento, y la Madre Artigas albergaba altos designios para ella. Solía supervisar personalmente sus estudios, y su discípula le tenía afecto y agradecimiento por ello. Dedicaba horas enteras a explicarle problemas de cálculo y de lingüística (la Madre Artigas tenía una educación extensa, y acreditaba a su nombre varios doctorados de ciencias y literatura adquiridos en el extranjero) y, hasta la llegada de Carlota Rodríguez al colegio, había sido su mejor amiga.
       La Madre Artigas pertenecía a ese tipo de monja ardiente, encendida por el celo de la vocación, y le hablaba a menudo a Merceditas de las ventajas espirituales de merecer un destino como el de la prinesa Clèves. Tenía una lengua de seda, y a su alumna le gustaba escucharla sobre todo cuando le contaba de cómo habían sido sus nupcias divinas, sintiéndose quizá alguna vez tentada a imitar su ejemplo. Le hablaba entonces del Sagrado Corazón como una “llama de amor viva en la cual el creyente necesita purificar su alma, para lograr algún día la unión con Dios”, y la estimulaba a que asistiera a menudo a las diversas actividades piadosas que se celebraban en la capilla. Para la Madre Artigas, la tibieza espiritual era el pecado más peligroso, porque adormecida en la indiferencia era como la mayor parte de las almas iba finalmente a dar al infierno. Merceditas hizo entonces un esfuerzo consciente para asistir a las numerosas novenas, rosarios y bendiciones, y hasta comenzó a hacer la comunión todos los primeros viernes de mes, pero se le hacía muy difícil desarrollar una auténtica afición por los ejercicios devotos. Llegado el quinto o el sexto mes, se le olvidaba siempre presentarse a tiempo en el colegio para recibir la sagrada forma, llegando a la postre a desistir del privilegio de la salvación que aquella actividad le aseguraba. Sentada en el banco de su reclinatorio, escuchaba los interminables cantos y rezos de sus compañeras hasta sentirse mareada por el olor del incienso y de los lirios, y se convencía cada vez más de que si por sus buenas obras no lograba ganarse el cielo, mucho menos se lo ganada por medio de aquellas actividades que sólo lograban sumirla en el aburrimiento. Algo había en la Madre Artigas, a más de esto, que a Merceditas le inspiraba desconfianza. La perfección de su rostro y su extremada cortesía la inducían a guardar con ella ciertas distancias, sintiéndose así unas veces atraída y otras repelida por aquella monja, como falena que revolotea sobre la llama.
       Era por todo esto que el tono helado de la Madre Artigas, al descubrir el mangó que le había regalado Carlota aquella mañana en el salón de clases, le había parecido tan extraño. Observó, sin embargo, al pie de la letra su mandato. Colocó la fruta en un ángulo preciso al fondo de su escritorio, para que las gotas de almíbar que supuraba su piel no mancharan los demás objetos que guardaba dentro del cajón. Al principio no comprendió la magnitud de su castigo, y el aroma que se desprendía del mangó durante sus largas horas de estudio le parecía más bien un premio inmerecido. Lo observaba de reojo mientras escribía, leía o cosía, y el parecido que descubría entre su silueta acorazonada y las morenas mejillas de Carlota la contentaba.
       En realidad, a nadie en pueblo, excepto alas monjas del colegio, tomó por sorpresa que aquel año Carlota Rodríguez fuera escogida reina de Carnaval. La influencia de don Agapito había trascendido ya a esferas mucho más importantes, y varios de sus amigos formaban parte del comité de Juan Ponce de León. Ser reina de Carnaval, por otra parte, había sido siempre el sueño de Carlota, y, una vez elegida por el comité, no tardó en aceptar la distinción. Don Agapito acudió entonces personalmente al colegio a pedir que se le permitiera a su hija salir todas las tardes durante algunas horas del pensionado, para atender adecuadamente a sus deberes de reina de Carnaval.
       Empuñados con firmeza el cetro y el orbe, Carlota se entregó de lleno a los preparativos. Se reunía diariamente con sus ayudantes en el Casino, desde donde anunció que como parte de la modernización de aquellas celebraciones, en adelante los alumnos de todas las escuelas privadas, y no sólo los hijos de las antiguas familias burguesas, podrían participar en el Carnaval. Parecía que todo iba bien, y a las puertas del casino había comenzado a acudir un buen número de jóvenes, en su mayor parte hijos e hijas de los amigos de don Agapito, a competir para que se les asignara a tal o cual comparsa, cuando el entusiasmo que sentía Carlota por su coronación comenzó a hacerla sentir que aquello no era suficiente.
       Empeñada en conferirle a los festejos mayor lustre y fama, decretó que no fuese una, sino tres, las carrozas de su séquito, proyectadas como galeones de plata que se deslizarían sobre alfombras de raso azul a todo lo largo de las avenidas junto al mar; y supervisó la decoración opulenta de los disfraces de sus caballeros y damas, así como la del suyo propio, para cuya confección fue necesario derretir todo un Situado de maravedís. Ordenó, por otro lado, que para popularizar las fiestas, se tocasen en ellas sólo guaracha y mambo, desterrando a las profundidades del Leteo los engolados compases de la danza y el vals; y dispuso que los alimentos consumidos durante las celebraciones fuesen de modesta confección criolla, sahumados con laurel y culantro y dorados con la sabiduría milenaria de las fritangas de friquitín. La ceremonia de la coronación, precedida por el consabido baile a dos orquestas, no se celebraría como antes en los venerados salones del casino, sino en la plaza del pueblo, donde Carlota había mandado colocar su trono.
       Pero los amigos de don Agapito habían comenzado a comentar entre sí que aquel Carnaval había dejado de ser el evento socialmente elegante que había sido en el pasado, y que estaba tomando visos de mamarracho. Heridos porque los nombres de sus hijos no serían pregonados a viva voz como ellos lo habían soñado a las puertas del gran salón del casino antes de comenzar la fiesta y horrorizados de pensar que sus hijas se verían obligadas a desfilar con sus costosos vestidos ante los ojos de la plebe, comenzaron a retirarlas de las comparsas, así como también a sus hijos, prohibiéndoles que participaran en el carnaval.
       Al ver que no podría ya constituir su corte con aquellos jóvenes con los que hasta entonces había compartido socialmente, Carlota mandó pasquinar edictos por todas las puertas y muros de la ciudad, convocando a participar en los festejos, no sólo a los alumnos y alumnas de las escuelas privadas, de la Academia del Sagrado Corazón, de la Academia de Varones Ignacianos y del Liceo Francés, sino a los de todas las escuelas del pueblo. Se abalanzó entonces a las puertas del casino una abigarrada muchedumbre de dueñas, caballeros e hijosdalgos de empobrecida facha y aún más sospechoso cariz, procedentes de caseríos y repartos de poca monta, y con ellos se constituyó por fin el séquito de la reina del carnaval.
       La Madre Artigas, por otro lado, había iniciado una campaña para que se expulsara cuanto antes a Carlota Rodríguez del colegio. El acuerdo no fue tomado por la congregación a la ligera ni intempestivamente, sino tras largas y prolongadas deliberaciones, celebradas a puerta cerrada tras la inviolable secretividad del claustro. Preocupadas por la posible pérdida de un bienestar que ya habían aprendido a disfrutar, en un principio las monjas se habían rehusado a prestar oídos a los razonamientos de la Madre Artigas.
       Inclinadas a no tomar una decisión tan drástica, mencionaron la generosidad de don Agapito, así como la conveniencia de flexibilizar unos principios de conducta que en el mundo exterior podrían parecer caducos y anticuados a la mayoría de los padres de las niñas. Creyendo que los motivos de la Madre Artigas eran en el fondo escrúpulos de moral, le recordaron que las costumbres habían cambiado mucho, y que ya no era posible prohibirles a las alumnas, como antes solía hacerse, participar en eventos sociales como debuts, bailes quinceañeras y despedidas de año. A todas estas actividades acudían ahora las educandas del Sagrado Corazón, exhibiendo públicamente sus carnes en escotes vertiginosos y engalanadas con las enormes faldas campaniformes, creaciones de Luisa Alfaro y de Rosenda Matienzo, que estaban entonces de moda.
       La campaña de la Madre Artigas fue, no obstante estos argumentos, devastadora y contundente. Les señaló a sus compañeras el obstinado empeño de don Agapito por rodear a su hija de un lujo asiático, gastando cantidades inconcebibles de dinero en aquellos preparativos, y les recalcó que a causa de aquel desaforado reinado su cadena de supermercados Galeón acabaría seguramente en la ruina.
       Se discutieron entonces entre las monjas, en un tono de voz medroso y casi apagado en murmullo, las implicaciones nefastas de que el padre de una de sus educandas se viese involucrado en un descalabro económico de tal magnitud, cayendo entonces sobre la Academia la sombra de la desgracia y de la pérdida de credibilidad que conllevaban por lo general aquellos casos. Ante la amenaza que ésto constituiría para ellas, la dura decisión de expulsar a Carlota Rodríguez del colegio había sido tomada por unanimidad. El hecho pensaba llevarse a cabo lo más recatadamente posible, en cuanto don Agapito regresara de un viaje de varias semanas que acababa de emprender al extranjero. Se enviaría a Carlota a su casa por unos días, señalándosele que los ajetreos de la coronación la habían hecho perder su buen semblante y que necesitaba descansar, prolongando luego indefinidamente su ausencia por razones de salud.
       Seguramente nada hubiese sucedido y la expulsión hubiese pasado casi desapercibida en el colegio, a no ser por la extraordinaria metamorfosis que se operó en Carlota para aquellos días. Había tenido siempre una disposición pacífica, de manera que la primera vez que se presentó en la sala de estudio con el rostro embadurnado de pintura, la vigilanta de turno creyó que se trataba de una broma. Llamándole la atención en privado, le preguntó en tono de burla que si estaba ensayando su papel de reina de carnaval, y le ordenó que acudiera de inmediato a las baños a lavarse la cara.
       Carlota obedeció sin chistar, y regresó al salón con la cara escrupulosamente lavada. Pero la mansedumbre podía ser en ella, en determinado momento, un arma poderosa. En cuanto se encontró de nuevo sola, y sin perder ni por un momento su buen humor, sacó de su bolsillo el maybelline, el pancake y el crayón de labios y se volvió a pintar minuciosamente el rostro. Agrandadas, exageradas por las capas de pintura, sus facciones cobraban una dimensión aterradora que, Carlota afirmaba riendo, venía de la bija, del corozo y del achiote, afeites todos originales de la época de Juan Ponce de León. Se había apilado el cabello sobre la cabeza en una catedral de rizos y, adornada con innumerables pulsos y collares que tintineaban sobre el organdí de su blusa con una temeridad hereje, se desplazaba por entre las alumnas del colegio provocando en todas partes la risa y la chacota.
       Las monjas intentaron poner fin de inmediato a aquel espectáculo, sin lograr con sus admoniciones y reproches éxito alguno. Fue entonces que la Madre Artigas se vio obligada a tomar cartas en el asunto, prohibiendo en adelante que nadie, so pena de expulsión, se atreviese dirigirle la palabra a Carlota Rodríguez.


       Se acercaban los exámenes finales y Merceditas se había dedicado a sus estudios con renovado ahínco. Necesitaba concentrarse más que nunca en sus tareas, para lograr el éxito que se había propuesto el día de su graduación. Su propósito, sin embargo, se le hacía cada vez más difícil de cumplir. Observaba a su amiga desplazándose en silencio por los pasillos, gruesa y siempre un poco torpe, y ahora con el rostro deformado por aquellas capas berrendas de pintura, y le parecía que estaba tratando de probarle algo que ella no lograba comprender.
       Aunque no se atrevía a desafiar abiertamente a la Madre Artigas dirigiéndole la palabra en público a Carlota Rodríguez, le hacía siempre un lugar junto a ella en el refectorio y en la capilla, y evitaba que las demás niñas la exiliaran de sus grupos de juego en el recreo. Carlota, por su lado, se comportaba como si nada sucediese. Devolvía siempre bien por mal y sonreía cuando se la maltrataba, cuando se le negaba el permiso para ir al baño o para beber agua.
       —Quisiera saber por qué lo haces, por qué insistes en pintarte y peinarte de esa manera —le dijo Merceditas un día mientras caminaba por el patio a la hora del recreo, sin mencionar para nada el asunto de la expulsión. Tenía todavía esperanzas de que el rumor no fuese cierto, ya que Carlota no le había mencionado nunca el tema.
       —¿Por qué los aretes, los anillos, el peinado; por qué tanta pintura?
       La pregunta quedó en suspenso, interrumpida por los gritos de las niñas que corrían a su alrededor, entusiasmadas por sus juegos. Una sombra de resentimiento casi imperceptible pasó por el rostro de Carlota, pero se repuso de su mal humor casi en seguida.
       —En cuanto papá regrese del viaje —le dijo en su voz de siempre— me iré con él a casa. ¡No puedes imaginarte todo lo que tengo que hacer para mi reinado! Pero te prometo que sacaré tiempo y estaré presente el día de tu graduación.
       Merceditas había pensado que, de ser expulsada su amiga, ella también abandonaría el colegio, pero sabía que no tendría el valor para ello. Le iba a ser imposible abandonar sus estudios y renunciar a los premios, luego de tantos años de esfuerzo. Después de todo, Carlota parecía estar sobrellevando admirablemente bien aquella prueba de desgraciada discriminación social.
       —Si vienes ami graduación, iré a tu coronación —dijo, sin atreverse a levantar la cabeza para mirarla a los ojos.
       La dilatada pena que la Madre Artigas le había impuesto a Merceditas, por otro lado, había comenzado a surtir su efecto. El mangó, que al principio tanto había deleitado su vista, había pasado, de un rojo moscabado y aún apetecible, a un púrpura sangriento. Ya no le recordaba, como antes, las lozanas mejillas de Carlota, sino que le hacía pensar ahora en un cachete adolorido, amoratado a golpes. Sentada frente a él durante sus interminables horas de estudio y atenta a los más leves cambios de su piel, le parecía que se adensaba ante sus ojos como una enorme gota de sangre. Era como si toda la gama de colores que pasan de la vida a la muerte se hubiese derramado sobre aquella fruta, llenándola de crueles presentimientos.
       Su recuerdo había comenzado a perseguirla por todas partes como la nube de insectos que revoloteaba alrededor de su carne putrefacta. Pensaba en el mangó a la hora del recreo, de la cena y de la merienda, pero cuando más vivamente la obsesionaba era de noche, cuando se tendía sobre su cama de hierro del pensionado. Miraba entonces el reflejo fantasmagórico de las cortinas de lona blanca que se balanceaban en la brisa nocturna, separando su alcoba de la de Carlota; miraba la palangana y el jarro de metal aporcelanado, colocados sobre la mesita de luz; miraba los borceguíes de la vigilanta en turno, asomados por debajo del ruedo movedizo de los biombos como jetas inmóviles y le parecía escuchar, en el silencio de la noche, el lento latir del mangó.
       Fue para aquellos días que Merceditas comenzó a percibir un olor extraño, al desplazarse por los interminables pasillos del colegio. Se descubría a sí misma aguantando la respiración en el salón de clases, frente a la taza de chocolate humeante que le servían las hermanitas a la hora del desayuno, al arrodillarse en su reclinatorio al fondo de la capilla y hasta al entrar a los servicios de baño. El olor no era parejo sino desigual, y la alcanzaba en los momentos más inesperados, cuando menos se le ocurría pensar en ello. Carlota también lo había notado, y le había preguntado a Merceditas si tenía alguna idea de su procedencia sin que ella hubiese podido ofrecerle una solución. Ambas amigas habían estado de acuerdo, sin embargo, en que su estela parecía más fuerte al encontrarse cerca de alguna monja, como si el olor tuviese misteriosamente algo que ver con las lúgubres emanaciones de sus velos.
       Fue el perfume de Carlota lo que la hizo salir, el día que don Agapito vino por fin a recoger a su hija al colegio para llevársela a casa, de la peligrosa tristeza en la que se había sumido. Levantó los ojos del libro y miró con sorpresa a su amiga. Estaba prohibido terminantemente a las alumnas cambiar de asiento a las horas de estudio, pero Carlota se comportaba como si las reglas del colegio ya no existieran. Adornada y perfumada hasta la exageración, se sentó en el escritorio de al lado, y le habló en un tono de voz completamente natural. Parecía no haber notado la mirada fulminante que le dirigió la vigilanta de turno, ni los cuchicheos de las alumnas sentadas a su alrededor.
       —¿Vienes a despedirme? Papá me está esperando abajo en el carro, y ya está todo listo. Mi equipaje está arriba en el cuarto. Si quieres, puedes ayudarme a bajarlo.
       Su voz era tranquila, pero su rostro, heroicamente pintado aun en aquel momento, no lograba disimular la ansiedad. Las mejillas, gordas y morenas bajo las gruesas capas de polvo y colorete, le temblaban imperceptiblemente.
       —Vamos, te acompaño —dijo Merceditas, guardando el libro al fondo de su pupitre y cerrando rápidamente la tapa sepulcral de su escritorio. Salió al pasillo y vio que Carlota se había quedado atrás, y que se dirigía ahora donde se encontraban reunidas varias de sus compañeras para despedirse. Se quedó mirando tristemente por entre las persianas que daban al patio interior, en lo que aguardaba el regreso de su amiga. Había temido durante semanas la llegada de aquel momento, pero ahora que estaba allí se sentía casi aliviada, convencida de que la partida de Carlota sería, después de todo, para lo mejor. Le dolía separarse de su amiga, y sabía que no la volvería a ver en mucho tiempo, pero en el colegio reinaría una vez más la paz, y ella podría por fin volver a estudiar. Ante todo, se vería libre de aquel temor que la acosaba, al intuir que una amenaza desconocida se cernía sobre Carlota.
       Subieron juntas las escaleras de caracol del pensionado y entraron al dormitorio vacío. Carlota sacó sus maletas de debajo de la cama, y en un momento vació en ellas los cajones de su cómoda, empaquetando rápidamente todas sus pertenencias. El tono campechano de su voz, así como el movimiento desenvuelto de sus pasos, en los que no había ahora el menor esfuerzo por evitar hacer crujir los muebles ni los tablomcillos del piso, tuvieron un efecto extraño en Merceditas. Observó con sorpresa lo que la rodeaba: los pesados cortinajes de lona, apartados ahora hacia los muros para que se aireara mejor la habitación, le descubrían cuán cerca había estado su propio lecho del de su amiga, y el suyo de los de las alumnas siguientes: la mesita, la palangana y el jarro, el crucifijo y el orinal, repetidos hasta el infinito en las celdas contiguas y como reflejados en un espejo a todo lo largo del dormitorio, le hicieron sentir como si todo aquello estuviese sucediendo en un sueño.
       Hablando y riendo todo el tiempo, levantaron entre ambas el equipaje de la cama y comenzaron a recorrer juntas el largo trayecto hasta la portería. Tomadas del brazo y a las volandas, bajaron rápidamente las escaleras de caracol, y minutos más tarde atravesaban los pasillos de persianas verdes a los que desembocaban los dormitorios del segundo piso. Pasaron frente a las lavanderías, y Merceditas vio a las hermanitas dobladas sobre las piletas de cemento lavando y planchando manteles y sábanas; pasaron frente a la capilla y vio a varias de sus compañeras hincadas en sus reclinatorios, repitiendo ensalmos y preces por entre nubes de incienso. Volando por su lado, veía pasar salones, arcos, medios puntos, hermanitas, niñas, como desde una gran distancia. Carlota, por su parte, daba la impresión de encontrarse absolutamente tranquila. Charlaba con Merceditas, y le recordaba las fechas en que comenzarían los festejos del carnaval. En ningún momento se había mencionado entre ellas el verdadero significado de su partida, y decía encontrarse agradecida de poder dedicarse en cuerpo y alma a los preparativos de su coronación.
       Caminaban cada vez más aprisa, atravesando ahora las galerías que comunicaban con los salones de clases, cuando Merceditas dio otro suspiro de alivio. No había nadie apostado a las puertas de las aulas ni oculto tras los postigos, aguardando a que su amiga pasara para asestarle algún comentario cruel. Las niñas continuaban dobladas sobre sus libros o atendiendo a las pláticas de sus instructoras, sin levantar siquiera la cabeza para observarlas pasar. Había olvidado por completo sus anteriores premoniciones y no dudaba ya del éxito de la gestión. Se veía despidiendo a Carlota en el zaguán de la puerta, sin preguntarse aún qué haría, a dónde iría cuando ésta se cerrase definitivamente a sus espaldas y ella se viese obligada a desandar sus pasos hacia el interior del colegio, cuando recibió de nuevo en pleno rostro el golpe de aquel olor. Detuvo al punto su carrera y colocó una mano avizora sobre su brazo. Las descubrieron a un tiempo, congregadas en semicírculo e impidiéndoles, con el cerco sombrío de sus hábitos, el acceso a la puerta.
       La Madre Artigas dio un paso hacia adelante, y se desprendió lentamente del resto de las monjas. Pisaba las losas de canarias blandamente y sin hacer ruido, dejando flotar a su alrededor los pliegues de gasa de su velo. Su rostro, rodeado por el albo acordeón de rizos de la cofia, le pareció a Merceditas más hermoso que nunca, asomado hacia ella como por una ventanilla luminosa. Sonreía, pero su sonrisa era una herida helada.
       Merceditas colocó cuidadosamente la maleta de Carlota en el suelo, y le indicó a su amiga con un gesto que hiciera lo mismo. Fue entonces que percibió, en las manos blanquísimas de la Madre Artigas, los destellos de las largas tijeras de acero toledano que en las penumbras de la portería había confundido con los de su crucifijo, y que vio a la segunda monja, semioculta todavía por las tocas de la Madre Artigas, adelantar un paso hacia Carlota, llevando entre las manos una palangana blanca. Lo que ocurrió después le pareció estar todo ocurriendo en un sueño.
       Vio comenzar a caer, encrespados y aún tibios sobre el piso, los bucles de Carlota, pero ella seguía inmóvil; vio los brazos alabastrinos de la Madre Artigas, arremangados hasta el codo por primera vez, moviéndose sobre la cabeza de su amiga hasta dejársela monda y lironda, pero todavía seguía inmóvil; la vio tomar la esponja de manos de su acólita y sumergirla en aquella agua en la que sobrenadaba una espuma violácea, que despedía un olor punzante, y todavía seguía inmóvil; la vio pasársela lenta, casi tiernamente por los planos inclinados de la cara hasta quedar borrados sus labios y sus cejas, las pestañas tan dolorosamente adheridas una a una al labio delicado de los párpados; la vio deshacer por completo aquel rostro que Carlota había llevado con tanto orgullo sobre el suyo, sin decidirse a hacer nada.
       Muda como una estatua, escuchaba lo que la Madre Artigas estaba diciendo, aquellas palabras que comenzaron a salir de su boca como restañadas por un viento de odio, acompañadas por las maldiciones y por los juramentos más inmundos que Merceditas había escuchado en su vida; aquel “¡Quién te has creído que eres, grifa de mierda, mulata zarrapastrosa, si ni para cocinera ni para sirvienta sirves, mucho menos vas a servir para reina, empingorotada sobre tu trono como la glorificación de la chusma y de la vulgaridad! ¡Maldito el día en que pusiste el pie en esta academia! ¡Malhadada la hora en que te trajeron aquí para que te educáramos, denigrando, como lo has hecho, a nuestro Sagrado Corazón!”
       Mientras hablaba, la Madre Artigas le deshacía a Carlota el uniforme encima a fuerza de pellizcos, empellones y porrazos. Carlota, quien en su pánico había olvidado poner su equipaje en el suelo, lo había soltado al fin, para protegerse de la lluvia de golpes con ambas manos, y el maletín había caído abierto sobre el piso, desparramando sus pertenencias por todas partes. Merceditas se quedó mirando aquel barullo de ropas, zapatos y libros desparramados a sus pies, y fue entonces que se dio cuenta de todo. Se acercó lentamente a la Madre Artigas, y le detuvo en alto la mano. La Madre se volvió hacia ella sorprendida, no tanto por la interrupción, sino porque se hubiera atrevido a ponerle los dedos encima.
       —Ya basta, Madre —se escuchó a sí misma decirle.
       La Madre Artigas dio dos pasos hacia atrás, y la fulminó con todo el odio de su mirada. Frente a ellas Carlota, con la cabeza hecha un calvario y la camisa de su uniforme desgarrada de tal forma que por todas partes se le veían las carnes, lloraba en silencio como un gran animal derrumbado. Merceditas se le acercó, y le rodeó los hombros con un brazo.
       —¿A que no sabes lo que estoy pensando? —le dijo con una sonrisa—. Te agradezco mucho lo que querías hacer, pero de veras que ya no me hace falta. No tienes por qué llevarte a casa mi castigo, porque ahora ya sabemos de dónde viene el olor. —E inclinándose, sacó a la luz del día, de entre el revoltillo de ropas y libros desparramados por el suelo, aquel objeto hediondo y purulento, que lloraba un líquido alquitranado y fúnebre por todos los costados.
       —Aquí tiene, Madre —dijo, adelantándose a la Madre Artigas con una profunda reverencia—. Aquí tiene su Sagrado Corazón. Se lo regalo.



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