Rosario Ferré
(Ponce, Puerto Rico, 28 de septiembre de 1938 - San Juan, 18 de febrero de 2016)


El abrigo de zorro azul
Papeles de Pandora
(México: Editorial Joaquín Mortiz, 1976, 207 págs.)



      El día que Bernardo se quitó por fin la chaqueta de botones dorados de la academia militar dejó escapar un suspiro de alivio como quien se entrega a las arañas del sueño. De pequeña Marina le repetía al oído que tenía los ojos tan verdes que le daban ganas de arrancárselos de racimo como si fueran uvas. Existía entre ellos una relación misteriosa similar a la que existe entre la mano izquierda y la derecha, el equinoccio y el solsticio, el sístole y la diástole. Habían nacido con pocas horas de diferencia. Luego nacieron otros hermanos pero ellos, los primogénitos, retuvieron siempre a los ojos de sus padres ese brillo de primera magnitud y de calidad blancoazul que retuvieron Rigel y Betelgeuse, alfa y beta orionis, a los ojos de Ptolomeo cuando recopilaba su Almagesto.
       Al graduarse de la academia donde había pasado tantos años, Bernardo sólo había deseado regresar a la casa de balcones blancos de su niñez. A su regreso había descubierto que la familia se había mudado a la ciudad y había encontrado a su padre cambiado. Echaba en falta el olor a tierra que lo había rodeado siempre, el sombrero de ala ancha y pajilla de panamá que no se quitaba ni para sentarse a la mesa y que dejaba un delgado surco húmedo que nunca se le desvanecía por completo alrededor de la frente. Luego se enteró que su padre había arrendado la mayor parte de sus tierras a inversionistas extranjeros y se había dedicado a especular con grandes sumas de dinero que multiplicaba con mucho acierto.
       Imposibilitado de regresar a lo que había soñado durante cuatro años, al cultivo de la tierra, Bernardo se pasaba los días recorriendo con Marina las fincas que bordeaban el mar. Se había aislado de la familia en un silencio de hielo sucio que su hermana se empeñaba en quebrar. Mi caballo hacía caracoles blandos segando a veces los cascos en el esfumado lento que se escapaba del agua. Yo lo dejaba ir, sombreando el caballo de mi hermano, penetrando al unísono la bruma salitrosa, alejándose cada vez más de la casa. Fue entonces que le dije lo de la avioneta, yo nunca he volado, Bernardo, ten compasión de mí. Tengo diez pesos que no me los regaló nadie, me los gané trabajando, más que nada en el mundo quisiera poder volar. Bernardo, ten compasión de mí. El primer hombre que voló fue un emperador chino que se arrojó desde la torre más alta de su reino con dos sombreros inmensos en forma de almeja atados a las muñecas por largos hilos de plata. El segundo fue un mago japonés que construyó una chiringa en forma de pez y dándole la punta del cordel a un niñito desnudo que jugaba por allí se montó sobre ella y saltó desde la cumbre del Fujiyama. El tercero Ícaro derretido en estalactitas de nieve. Los caballos alargaban pequeñas olas lanudas que se quedaban adheridas a las puntas de sus cascos, desgarraban lentamente la bruma con sus crines arrastrando sus colas de pesadilla blanca por encima de la cara de la luna. Subieron rápidamente la cuesta del morrillo y se detuvieron en lo alto del acantilado. A lo lejos el mar se derrumbaba hacia adentro, devolviendo un barrunto de rocas y espuma por boca de sordo.
       Esa tarde logré convencerlo y fuimos al aeropuerto. Entregué mis diez pesos y subimos a la avioneta. Cuando comenzamos a subir tuve una sensación de varillas de madera que se doblan y papel de seda estrujado por el viento. Bernardo me miraba desde lejos, desde la distancia de sus anteojeras. Los guantes de gamuza le resbalaban sobre las manos y movía los pedales distraídamente como quien mueve una máquina de coser abullonando una manga de crema. Entonces comenzó su relato: Al regresar al colegio y enfrentarnos nuevamente al recrudecimiento del clima noté que la risa de mi compañero de cuarto se entretejía de tos como una nasa de pescadores cargada de diminutos peces rojos. Pero ya era demasiado tarde. El mismo día que hice los arreglos para su regreso alquiló un trineo y esa noche me invitó a dar una última carrera sobre la superficie congelada del lago. Al salir por la puerta hizo sobre la nieve su acostumbrada verónica de loto negro con la capa de velada de treatro. Yo insistí que se pusiera mi abrigo de zorro azul pero me lo rechazó. El trineo se internó en el lago y la niebla comenzó a borrar nuestra visión. Entrábamos en un hueco inmóvil donde se metía el puño y quedaba cercenado instantáneamente por la muñeca. Oíamos a lo lejos el crujido insoportablemente lento del lago que avanzaba congelándose por los bordes. Penetrábamos cada vez más en la densidad que se arremolinaba delante nosotros, un bosque agitado de colas de mono albino que se nos enroscaba de las manos. Entonces me dí cuenta de que mi compañero de cuarto iba ciego, no tanto por la niebla, sino porque se la había congelado la mirada. Ya no afuetaba a los caballos. Se había quedado inmóvil, impulsado por el vértigo como un auriga hierático atravesado por una lanza de viento. El trineo tropezó contra un banco de nieve e hicimos un largo tirabuzón blanco. Cuando me doblé sobre él la sonrisa le desbordaba nieve. Me quité mi abrigo de zorro azul y lo envolví en él cuidadosamente.
       Marina escuchó horrorizada aquel relato, sin poder siquiera disfrutar al ver a sus pies el mundo reducido a nacimiento. Su hermano no le había contado que tuviese un compañero de cuarto, su historia sobresalía súbitamente de su silencio como un témpano de hielo. Entonces vi que sonreía, apuntando a algo en el horizonte. Nos acercábamos a nuestra antigua casa, rodeada de cañaverales. La sobrevolamos y admiramos desde arriba su techo de cuatro aguas perforado de tragaluces, el mirador del comedor elevado sobre una hilera de cristales por donde estábamos acostumbrados desde niños a ver entrar y salir a los fantasmas. El sol chispeaba dentro de los tragaluces como alfileres de piedras de colores hincados en la copa de un gran sombrero de fiesta. Era la casa más hermosa de todas.
       Algunos días después de subir con su hermana para enseñarle el mundo desde la claridad del sol y hacerle su relato de una muerte imaginada Bernardo volvió a alquilar la avioneta y enfilándola hacia un banco de nubes acumuladas desde hacía meses sobre el mar, desapareció para siempre. Ese mismo día por la mañana Marina había recibido por correo un abrigo de zorro azul, de corte masculino y demasiado grande para ella. Había pensado que era una equivocación.



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