Gabriel
García Márquez
(Aracataca, Colombia 1928 - México DF, 2014)
La luz es como el agua
Doce cuentos peregrinos (1992)
En Navidad los niños volvieron a
pedir un bote de remos.
—De acuerdo —dijo
el papá, lo compraremos cuando volvamos a Cartagena.
Totó, de nueve
años, y Joel, de siete, estaban más decididos de lo que sus padres
creían.
—No —dijeron a
coro—. Nos hace falta ahora y aquí.
—Para empezar —dijo
la madre—, aquí no hay más aguas navegables que la que sale de la
ducha.
Tanto ella como el
esposo tenían razón. En la casa de Cartagena de Indias había un patio
con un muelle sobre la bahía, y un refugio para dos yates grandes. En
cambio aquí en Madrid vivían apretados en el piso quinto del número 47
del Paseo de la Castellana. Pero al final ni él ni ella pudieron negarse,
porque les habían prometido un bote de reinos con su sextante y su
brújula si se ganaban el laurel del tercer año de primaria, y se lo
habían ganado. Así que el papá compró todo sin decirle nada a su
esposa, que era la más reacia a pagar deudas de juego. Era un precioso
bote de aluminio con un hilo dorado en la línea de flotación.
—EI bote está en
el garaje —reveló el papá en el almuerzo—. El problema es que no hay
cómo subirlo ni por el ascensor ni por la escalera, y en el garaje no hay
más espacio disponible.
Sin embargo, la
tarde del sábado siguiente los niños invitaron a sus condiscípulos para
subir el bote por las escaleras, y lograron llevarlo hasta el cuarto de
servicio.
—Felicitaciones
—les dijo el papá ¿ahora qué?
—Ahora nada —dijeron
los niños—. Lo único que queríamos era tener el bote en el cuarto, y
ya está.
La noche del
miércoles, como todos los miércoles, los padres se fueron al cine. Los
niños, dueños y señores de la casa, cerraron puertas y ventanas, y
rompieron la bombilla encendida de una lámpara de la sala. Un chorro de
luz dorada y fresca como el agua empezó a salir de la bombilla rota, y lo
dejaron correr hasta que el nivel llego a cuatro palmos. Entonces cortaron
la corriente, sacaron el bote, y navegaron a placer por entre las islas de
la casa.
Esta aventura
fabulosa fue el resultado de una ligereza mía cuando participaba en un
seminario sobre la poesía de los utensilios domésticos. Totó me
preguntó cómo era que la luz se encendía con sólo apretar un botón, y
yo no tuve el valor de pensarlo dos veces.
—La luz es como el
agua —le contesté: uno abre el grifo, y sale.
De modo que
siguieron navegando los miércoles en la noche, aprendiendo el manejo del
sextante y la brújula, hasta que los padres regresaban del cine y los
encontraban dormidos como ángeles de tierra firme. Meses después,
ansiosos de ir más lejos, pidieron un equipo de pesca submarina. Con
todo: máscaras, aletas, tanques y escopetas de aire comprimido.
—Está mal que
tengan en el cuarto de servicio un bote de remos que no les sirve para
nada —dijo el padre—. Pero está peor que quieran tener además
equipos de buceo.
—¿Y si nos
ganamos la gardenia de oro del primer semestre? —dijo Joel.
—No —dijo la
madre, asustada—. Ya no más.
El padre le
reprochó su intransigencia.
—Es que estos
niños no se ganan ni un clavo por cumplir con su deber —dijo ella—,
pero por un capricho son capaces de ganarse hasta la silla del maestro.
Los padres no
dijeron al fin ni que sí ni que no. Pero Totó y Joel, que habían sido
los últimos en los dos años anteriores, se ganaron en julio las dos
gardenias de oro y el reconocimiento público del rector. Esa misma tarde,
sin que hubieran vuelto a pedirlos, encontraron en el dormitorio los
equipos de buzos en su empaque original. De modo que el miércoles
siguiente, mientras los padres veían El último tango en París,
llenaron el apartamento hasta la altura de dos brazas, bucearon como
tiburones mansos por debajo de los muebles y las camas, y rescataron del
fondo de la luz las cosas que durante años se habían perdido en la
oscuridad.
En la premiación
final los hermanos fueron aclamados como ejemplo para la escuela, y les
dieron diplomas de excelencia. Esta vez no tuvieron que pedir nada, porque
los padres les preguntaron qué querían. Ellos fueron tan razonables, que
sólo quisieron una fiesta en casa para agasajar a los compañeros de
curso.
El papá a solas con
su mujer, estaba radiante.
—Es una prueba de
madurez —dijo.
—Dios te oiga —dijo
la madre.
El miércoles
siguiente, mientras los padres veían La Batalla de Argel, la gente
que pasó por la Castellana vio una cascada de luz que caía de un viejo
edificio escondido entre los árboles. Salí por los balcones, se
derramaba a raudales por la fachada, y se encauzó por la gran avenida en
un torrente dorado que iluminó la ciudad hasta el Guadarrama.
Llamados de
urgencia, los bomberos forzaron la puerta del quinto piso, y encontraron
la casa rebosada de luz hasta el techo. El sofá y los sillones forrados
en piel de leopardo flotaban en la sala a distintos niveles, entre las
botellas del bar y el piano de cola y su mantón de Manila que aleteaba a
media agua como una mantarraya de oro. Los utensilios domésticos, en la
plenitud de su poesía, volaban con sus propias alas por el cielo de la
cocina. Los instrumentos de la banda de guerra, que los niños usaban para
bailar, flotaban al garete entre los peces de colores liberados de la
pecera de mamá, que eran los únicos que flotaban vivos y felices en la
vasta ciénaga iluminada. En el cuarto de baño flotaban los cepillos de
dientes de todos, los preservativos de papá, los pomos de cremas y la
dentadura de repuesto de mamá, y el televisor de la alcoba principal
flotaba de costado, todavía encendido en el último episodio de la
película de media noche prohibida para niños.
Al final del
corredor, flotando entre dos aguas, Totó estaba sentado en la popa del
bote, aferrado a los remos y con la máscara puesta, buscando el faro del
puerto hasta donde le alcanzó el aire de los tanques, y Joel flotaba en
la proa buscando todavía la altura de la estrella polar con el sextante,
y flotaban por toda la casa sus treinta y siete compañeros de clase,
eternizados en el instante de hacer pipí en la maceta de geranios, de
cantar el himno de la escuela con la letra cambiada por versos de burla
contra el rector, de beberse a escondidas un vaso de brandy de la botella
de papá. Pues habían abierto tantas luces al mismo tiempo que la casa se
había rebosado, y todo el cuarto año elemental de la escuela de San
Julián el Hospitalario se había ahogado en el piso quinto del número 47
del Paseo de la Castellana. En Madrid de España, una ciudad remota de
veranos ardientes y vientos helados, sin mar ni río, y cuyos aborígenes
de tierra firme nunca fueron maestros en la ciencia de navegar en la luz.
Diciembre, 1978.
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