Gabriel
García Márquez
(Aracataca, Colombia 1928 - México DF, 2014)
Entrevista con Rita Guibert
Siete voces
(México: Organización
Editorial Novaro, S.A., 1974)
Mi
persecución en busca de un autor —un viaje de París a Barcelona, una
espera de dos semanas en un hotel catalán, llamadas de larga distancia,
cables de Nueva York a España— en realidad comenzó sólo después de
haberle entregado a Gabriel García Márquez, durante nuestro segundo
encuentro en Barcelona, donde lo conocí, un cuestionario escrito
preparado por indicación suya. Es que García Márquez, cuya resistencia
a los periodistas es bien conocida, se negaba, como lo había hecho
Cortázar, a urta entrevista grabada. Después de leer el cuestionario
prometió, mientras tomábamos el té, completarlo en pocos días;
sugirió además que esperara por sus respuestas en Barcelona a en para
poder completar la entrevista con las preguntas que seguramente
provocarían sus declaraciones. Desde ese momento no logré ni verlo ni
hablarle más, aunque unos días antes de mi partida me hizo saber por su
mujer, Mercedes, que enviaría el manuscrito a Nueva York, promesa que
nunca cumplió.
Seis meses más
tarde, cuando García Márquez vino a Nueva York para recibir el título
honorario otorgado por la Universidad de Columbia, contestó, sin demora,
mi llamado telefónico. Al día siguiente nos encontramos a las siete de
la mañana en el Plaza Hotel donde tomamos el desayuno después de
persuadir al maitre d’ que nos dejara entrar al comedor,
incidente provocado, no por el bigote a lo mafioso de este autor
colombiano; simplemente porque andaba sin corbata. Luego, en el salón
desolado del Persian Room (cabaret del Plaza), concluimos en menos de tres
horas la conversación —esta vez grabada— de la entrevista pendiente
por tan largo tiempo.
García Márquez
(Gabo, como lo llaman sus amigos) nació en 1928 en Aracataca, pueblito
colombiano en las cercanías de una finca bananera de Macondo, pueblo más
pequeño aún perdido en el medio del país, que García Márquez solía
explorar cuando era niño.
Años más tarde
llamaría Macondo a las tierras mitológicas donde se desarrollan algunos
de sus cuentos, ciclo que cierra con Cien años de soledad novela
que comienza a escribir a los 18 años bajo el título de La casa.
“Pero entonces no tenía ni aliento, ni la experiencia vital, vital ni
los recursos literarios para escribir una continúa novela así y la
dejé.” Finalmente, en 1967, después de muchas penurias y frustraciones
literarias se publica en Buenos Aires Cien años de soledad (su
quinto libro), provocando, como escribió Mario Vargas Llosa, “un
terremoto literario en América Latina. La crítica reconoció en ella una
obra maestra y el público ref rendó este juicio agotando desde
entonces, sistemáticamente, las reediciones, que, en algún momento,
alcanzaron el ritmo asombroso de una por semana. Su autor se convirtió
de la noche a la mañana en un ser casi tan famoso como un gran futbolista
o un egregio cantante de boleros”. En 1969, la Académie Française lo
selecciona como el mejor libro extranjero del año; sus otras traducciones
son aclamadas con el mismo entusiasmo y, aunque “es una desgracia tener
que reconocerlo —dice García Márquez a González Bermejo cuando lo
entrevista para la revista española Triunfo— las mejores
críticas se han hecho en los Estados Unidos. Es decir, son lectores
profesionales, conscientes, muy bien formados, algunos progresistas,
otros tan reaccionarios como se supone que tienen que ser, pero corno
lectores son estupendos”.
García Márquez no
se considera un intelectual, sino “un escritor que entra
precipitadamente a la arena, como un toro, y después ataca”. Para él
la literatura es un juego muy sencillo; “en un panorama literario que
dominan Rayuela y Paradiso, Cambio de piel y Tres
tristes tigres —nos dice Emir Rodríguez Monegal— todos trabajos
experimentales al límite de la experimentación misma; obras complejas
que exigen mucho del lector”, García Márquez, en Cien años de
soledad, “con una olímpica indiferencia por la técnica exterior
se larga a narrar, con increíble velocidad y aparente inocencia, una
historia absolutamente lineal y cronológica, una historia como las de
antes: con su principio, su medio y su fin”. Y, como dijo el mismo
García Márquez a Luis Harss, “es tal vez el menos misterioso de todos
mis libros porque el autor trata de llevar al lector de la mano para que
no se pierda en ningún momento ni quede ningún punto oscuro”.
De la misma manera,
García Márquez es llevado al éxito tomado de la mano de sus amigos,
ya que fueron sus amigos los que llevaron a la imprenta, en 1955, el
manuscrito de La hojarasca, encontrado en su escritorio después
que él parte para Italia, en 1954, como corresponsal de El espectador.
Luego, en París, en 1957, cuando Rojas Pinilla ya había clausurado el
diario (su única fuente de ingresos), García Márquez, viviendo a
crédito en un hotelito del Barrio Latino, termina El coronel no tiene
quien le escriba; considerándolo de poco valor literario entierra el
manuscrito “amarrado con una corbata de colores en el fondo de una
maleta”. Vuelve a Colombia para casarse con Mercedes —la misma
Mercedes de “ojos adormecidos” comprometida con el Gabriel de Cien
años de soledad— y se traslada por unos dos años a Venezuela donde,
mientras se gana la vida como periodista, escribe Los funerales de
Mamá Grande. De Caracas va a Nueva York como corresponsal de Prensa
Latina, agencia noticiosa de Cuba revolucionaria. Renuncia al cabo de
unos meses; recorre el sur de los Estados Unidos y llega a México en 1961
donde se radica por varios años. En México son nuevamente sus amigos los
que tramitan la publicación (1961-1962) de los dos últimos libros, “y
ellos, finalmente —sigue contando Vargas Llosa—, lo obligaron a
enviar a un concurso literario en Bogotá el manuscrito de una nueva
novela escrita en México, después de aconsejarle que cambiara el título
original, Este pueblo de mierda, por uno menos procaz: La mala
hora... Lo cierto es que, sin la obstinación de sus amigos, García
Márquez sería quizá aún hoy un escritor inédito”.
En la actualidad,
García Márquez se puede permitir vivir como un “escritor profesional”
con los derechos casi exclusivamente ganados con Cien años de
soledad —la saga de Macando y los Buendía, que comienza en un mundo
“tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas
había que señalarlas con el dedo”; un mundo donde vuelan las
alfombras; resucitan los muertos; una lluvia dura exactamente cuarenta
años, once meses y dos días. El primer Buendía pasa sus últimos
años atado a un castaño de su huerto murmurando en latín; cuando
finalmente muere caen del cielo pequeñas flores amarillas; Ursula, su
mujer, vive por generaciones y generaciones; Aureliano descubre que la
literatura es “el mejor juguete que se había inventado para burlarse
de la gente”; y según Alfonso, “el día en que los hombres viajen en
primera clase y la literatura en el vagón de carga”, “el mundo habrá
acabado por joderse”. La crónica termina cuando el linaje de los
Buendía, después de un esfuerzo familiar de más de cien años tratando
de evitar que se cumpla una antigua profecía, llega a su fin cuando de
unión incestuosa nace un niño con cola de cerdo que es devorado por un
ejército de hormigas. Esta saga confirma lo que ya había dicho el autor:
“Todo le es permitido a un escritor siempre que sea capaz de hacerlo
creer.”
Posdata: Antes de
partir de Nueva York, García Márquez, que después de nuestra entrevista
quedó viviendo de incógnito en otro hotel de la ciudad, llamó para
despedirse y “enviarme un besito como gesto de ternura”. Le pregunté
cómo habían pasado las vacaciones neoyorquinas. “Magnífico —dijo—.
Mercedes y yo tuvimos tres días deliciosos de compras.” “¿Visitaron
los museos? ¿Fueron al campo?” “Por supuesto que no, y puedes agregar
a todo lo que te he dicho que no me gusta ni el arte ni la naturaleza.”
La resistencia de García Márquez a los periodistas es bien conocida, y
en este caso significó mucha persuasión y varios meses de espera.
Mira, yo no tengo
absolutamente nada contra los periodistas. Hice ese trabajo y sé lo que
cuesta. Pero si en esta época de mi vida contesto todas las entrevistas
que me quieren hacer no podría trabajar. Además, ya se queda uno sin
nada que decir. Sabes..., me he dado cuenta que justamente por mi
simpatía por los periodistas las entrevistas han terminado por ser para
mí una especie de género de ficción. Para que el reportero tenga algo
nuevo que llevar se busca cómo dar a la misma pregunta una respuesta
distinta. Ya no se dice la verdad y la entrevista deja de ser periodismo
para convertirse en una novela. Es creación literaria, ficción pura.
No me opongo a la ficción como una parte de la realidad...
Esa podría ser una
buena entrevista.
En Relato de un náufrago —reportaje escrito en 1955 para El
espectador de Colombia y publicado en 1970 por una editorial de
Barcelona— relatas las odiseas de un marinero que vivió diez días a la
deriva en una balsa. ¿Hay en esa historia algo de ficción?
En ese reportaje no
hay ni un solo detalle inventado. Eso es lo formidable. Si hubiera
imaginado esa historia lo diría, inclusive con mucho orgullo.
Entrevisté a ese muchacho de la marina de guerra colombiana —como lo
cuento en el prólogo del libro— y me relató su historia
minuciosamente. Como era de un nivel cultural bastante regular él no
sabía que muchos detalles que me contaba espontáneamente eran
importantísimos y se sorprendía de que a mí me llamaran tanto la
atención. Yo, haciendo una especie de trabajo de psicoanálisis lo
ayudaba a recordarlos —por ejemplo, una gaviota que vio volando sobre su
balsa— y de esa forma logramos reconstruir toda su aventura. ¡Fue un
cañonazo! La historia completa —que se publicó por entregas en El
Espectador— se había planeado hacerla en cinco o seis episodios,
pero hacia el tercero se había armado tal alboroto de lectores, había
subido tanto la circulación del periódico, que el director me dijo: “no
sé cómo lo haces, pero a esto le sacas por lo menos 20 episodios”. Lo
que hice entonces fue enriquecer más cada detalle.
Tan buen periodista como escritor...
Comí muchos años
de eso, ¿verdad?..., y ahora como escritor. Ambos oficios me han dado
para comer.
¿Extrañas el periodismo?
Mira, de verdad el
oficio de periodista me ha dejado una gran nostalgia. Lo que pasa es que
ahora no lo podría hacer como reportero raso, que es como a mí me
gustaba..., ir al lugar de la noticia, ya sea una guerra, una pelea, o un
concurso de belleza, y tirarse en paracaídas, si fuese necesario Aunque
el trabajo de escritor, sobre todo como lo hago ahora, tiene las mismas
fuentes que cuando era periodista, la elaboración ya es de gabinete, en
cambio aquello era en caliente. Cuando hoy leo algunas de las cosas que
escribí como periodista me tengo una inmensa admiración, mucho más que
como novelista cuando tengo todo mi tiempo para trabajar. Aquello era
distinto porque yo llegaba al periódico y el jefe de redacción me
decía: “tenemos una hora para entregar esta noticia”. Creo que ahora
sería incapaz de escribir una de esas páginas ni en un mes.
¿Por qué? ¿Hay una mayor conciencia del lenguaje?
Creo que se necesita
un cierto grado de irresponsabilidad para ser escritor. En esa época yo
tenía unos veinte años y no me daba mucha cuenta de la dinamita que
tenia entre ma nos en cada hoja que sacaba. Ahora, sobre todo después de Cien
años de soledad, soy muy consciente por la enorme atención que el
libro ha despertado..., un boom de lectores. Ya no pienso que lo
que escribo es para que lo lean mi mujer y unos cuantos amigos, sé que
hay mucha gente que lo está esperando. Cada letra me pesa, ¡pero no te
imaginas cómo! Entonces me muero de envidia de mí mismo, de cómo cuando
era periodista despachaba eso con tanta facilidad. Era formidable poderlo
hacer...
¿En qué forma afectó tu vida personal el éxito de Cien años de
soledad? Recuerdo que en Barcelona dijiste: “estoy cansado de ser
García Márquez”.
Es que me ha
cambiado la vida. No sé dónde me preguntaron cuál era la diferencia
entre antes y después de ese libro y dije que después “hay siempre
como 400 personas más”. Es decir, antes sólo tenía mis amigos, ahora
hay además una enorme cantidad de gente que me quiere ver, quiere hablar
conmigo: periodistas, universitarios, lectores. Cosa curiosa...
muchísimos lectores no tienen interés en hacer preguntas, sólo quieren
hablar sobre el libro. Eso, que es muy halagador, lo es caso por caso;
pero va sumados se convierten en un problema en la vida de uno. Me
gustaría complacer a todos, pero como no es posible tengo que estar
haciendo perradas. . . , ¿verdad? Diciendo, por ejemplo, que me voy de
una ciudad cuando en realidad lo que hago es cambiar de hotel. Esas son
las cosas que hacen las vedettes, algo que siempre he detestado, y yo no
quiero estar en el caso de la vedette, es una imagen que me molesta mucho.
Hay, además, un cierto problema de conciencia por estar burlando a la
gente y sacándole el cuerpo... ; pero tengo que hacer mi vida y llega un
momento en que digo mentiras. Bueno, esto lo reduzco a una frase que es
más cruda de como tú la dices. Yo digo: “estoy de García Márquez
hasta los cojones”.
Sí, pero, ¿no temes que esa actitud, aunque involuntaria, termine por
ubicarte en una torre de marfil?
Ese es un peligro
que veo permanentemente y me lo digo todos los días. Por eso fui hace
algunos meses a la costa del Caribe, en Colombia, donde acabo de recorrer
las Antillas Menores, isla por isla. Me di cuenta que por estar huyendo a
estos contactos había quedado reducido a los cuatro o cinco amigos que
tengo en cada lugar donde vivo. En Barcelona, por ejemplo, alternamos
siempre con unas cinco parejas, gente con la que tenemos toda clase de
afinidades. Desde el punto de vista de mi vida privada, y por mi
carácter, eso es estupendo..., es lo que me gusta, pero llegó un momento
en que comprendí que esa vida estaba afectando mi novela El súmmum de mi
vida —que había sido ser escritor profesional— se cumple en Barcelona
y de pronto me di cuenta que serlo es terriblemente perjudicial. Yo
llevaba la vida del perfecto escritor profesional.
¿Y en qué consiste la vida de un escritor profesional?
Mira, te cuento
cómo es un día típico. Siempre me despierto muy temprano, a eso de las
seis de la mañana. Leo el periódico en la cama, me levanto, tomo un
café oyendo música de la radio y alrededor de las 9 —después que se
han ido los niños al colegio— me siento a escribir. Escribo sin
interrupción de ninguna clase, hasta las dos y media, que es cuando los
niños regresan y empiezan los ruidos de la casa. Durante toda la
mañana no he atendido el teléfono.. ., mi mujer ha estado
filtrándolo. Entre dos y media y tres, almorzamos. Cuando me he
acostado tarde la noche anterior hago una siesta hasta las cuatro de la
tarde. Desde esa hora hasta las seis leo oyendo música, siempre escucho
música, salvo cuando escribo porque le pongo más atención a la música
que a lo que estoy escribiendo. Luego me voy por ahí a tomar un café con
quien tenga una cita y por la noche siempre hay amigos en la casa.
Bueno..., creo que esta es la situación ideal para un escritor
profesional, la culminación del que ha estado trabajando exclusivamente
para hacer eso. Pero de pronto encuentras que, cuando ya lo eres, eso es
esterilizante. Yo me di cuenta que estaba metido en una vida completamente
estéril —todo lo contrario del reportero que era y que quería ser—
que afectaba la novela que estaba escribiendo, una novela hecha a base de
experiencias frías, en el sentido de que ya no me interesaban mucho,
cuando mis novelas son en base a historias viejas pero con experiencias
frescas. Por eso me fui a Barranquilla, la ciudad donde me crié y donde
tengo mis amigos más viejos. Pero... recorro todas las islas del Caribe,
no tomo notas, no hago nada, estoy por ahí dos días, me voy a otro
lado..., me pregunto, ¿a qué vine? Yo mismo no entiendo muy bien qué es
lo que estoy haciendo, pero sé que estoy tratando de aceitar esa
maquinaria que se ha ido anquilosando. Sí, hay una tendencia natural —cuando
resuelves una serie de problemas materiales— a aburguesarte, a meterte
en una torre de marfil, pero yo tengo el impulso, y además el instinto,
de salir de esa situación..., estoy en una especie de tira y afloja.
Inclusive en Barranquilla —donde estoy pasando una temporada que puede
ser larga o corta, pero que tiene mucho que ver con esto de no aislarme—
me doy cuenta que me estoy perdiendo una gran zona que me interesa por mi
tendencia a reducirme a un pequeño grupo de amigos. Pero no soy yo, es el
medio que me impone esa condición y tengo que defenderme. Como ves, un
argumento más para decir —sin dramatismo, pero por cuestiones de
trabajo—: “estoy hasta los cojones de García Márquez”.
Siendo consciente del problema te será más fácil sobrepasar la
crisis.
Es que tengo la
impresión de que la crisis ha durado mucho más de lo que yo creía,
mucho más de lo que creía el editor, mucho más de lo que creían los
críticos. Siempre encuentro a alguien que está leyendo mis libros,
alguien que tiene la misma reacción que tenían los lectores hace cuatro
años, es como si estuvieran saliendo, como hormigas, lectores de cuevas.
Es una especie de fenómeno.
Que no deja de ser halagador.
Sí, me parece muy
halagador, pero lo que ofrece dificultades es el manejo práctico de ese
fenómeno. No solamente tengo la experiencia de la gente que ha leído el
libro y de lo que ha significado para ellos (he oído cosas enormes), sino
también el de la popularidad. Estos libros me han dado una popularidad
que se parece más a la de los cantantes y actores de cine que a la de los
escritores. Todo eso termina también por ser fantástico y me llegan a
suceder cosas extrañas como esta. Desde cuando trabajaba de noche en el
periódico soy muy amigo de los choferes de taxi de Barranquilla porque
iba a tomar café con los que estaban estacionados en la vereda de
enfrente. Muchos siguen siendo choferes y ahora, cuando me llevan, no me
quieren cobrar, pero el otro día, evidentemente uno que no me conocía,
cuando llegamos a mi casa, al pagarle, me dice muy confidencialmente:
“¿sabe que aquí vive García Márquez?” “Usted cómo lo sabe”,
le pregunté. “Es que yo lo he traído muchas veces”, me contestó. Te
das cuenta que el fenómeno se está convirtiendo al revés y el perro se
está mordiendo la cola; el mito me está llegando a mí.
Anécdotas para una novela...
Sería la novela de
la novela.
Los críticos se han ocupado extensamente de tu obra. ¿Con cuál de
ellos estás más de acuerdo?
No quisiera que mi
respuesta pareciera despreciativa, pero ja realidades —y sé que es
difícil que me lo crean— que juzgo poco a los críticos. No sé por
qué, pero no comparo lo que yo pienso con lo que ellos dicen. No sé
mucho si estoy de acuerdo o no...
¿No te interesa la opinión de los críticos?
Me interesaba mucho
al principio, ahora, bastante menos. Encuentro que han dicho pocas cosas
nuevas. Hubo un momento en que dejé de leerlas porque en cierto modo
estaban condicionando —y de algún modo me estaban diciendo— cómo
debería ser mi próximo libro. Una vez que los críticos racionalizaban
toda mi obra yo iba descubriendo cosas que no me convenía descubrir. Mi
trabajo dejaba de ser intuitivo.
Melvin Maddocks, de Life, dijo de Cien años de soledad:
“Es la intención de Macondo ser tomado como una especie de cuento
surrealista de Latinoamérica? ¿O es que García Márquez lo intenta
como una metáfora para el hombre moderno y su sociedad enferma?”
No es nada de eso.
Yo quise exclusivamente contar la historia de una familia que durante cien
años hizo todo lo posible por no tener un hijo con cola de cerdo v,
precisamente, por las medidas que tomaron por no tenerlo terminaron
teniéndolo. En síntesis, ese es el argumento. del libro, pero eso de
simbolizar... pues, nada. Alguien que no es crítico decía que
probablemente el interés que el libro había despertado era porque por
primera vez se cuenta realmente la vida privada de una familia de la
América Latina..., entramos al dormitorio, al baño, a la cocina, a todos
los rincones de la casa. Por supuesto, yo nunca me dije “voy a escribir
un libro que tenga interés por todo eso”, pero una vez escrito, y
cuando me lo dicen, pienso que a lo mejor tienen razón. Al menos este
concepto es interesante, y no toda esa mierda del destino de los hombres,
etc.
Pienso que un tema que predomina en tu obra es el de la soledad.
Es sobre el único
tema que he escrito, desde el primer libro hasta el que estoy escribiendo,
que es ya una apoteosis del del tema de la soledad; el del poder absoluto,
que es lo yo considero debe ser la soledad total. Es un proceso que vengo
tratando desde el principio. El del coronel Aureliano Buendía —el de
sus guerras y el de su marcha hacia el poder— es verdaderamente una
marcha hacia la soledad. Todos los miembros de la familia no sólo están
solos -lo he dicho muchas veces en el libro, tal vez más de lo que
hubiera debido- sino que es la antisolidaridad, inclusive, de los que
duermen en la misma cama Pienso que los críticos que más han acertado
son los que han llegado a la conclusión de que todo el desastre de
Macondo —que es también un desastre telúrico— viene de esa falta de
solidaridad, la soledad de cada uno tirando por su cuenta. Eso ya es
entonces un concepto político, y que lo sea me interesa. Dar a la soledad
un contenido político como yo creo que debe ser el contenido político.
¿Había, al escribirlo, la intención consciente de dar un mensaje?
Nunca pienso en dar
ningún mensaje. Tengo una formación ideológica y no logro —ni
quiero, ni trato— salir de ella. Chesterton decía que él era capaz de
explicar el catolicismo partiendo de una calabaza o de un tranvía. Creo
que uno puede escribir Cien años de soledad, un cuento de
marineros, o describir un partido de futbol y siempre habrá un
contenido ideoló-gico. Són los lentes ideológicos que uno tiene puestos
y que sirven para explicar, no en este caso el catolicismo, pero otra cosa
que no sé qué será. No hay en mí el propósito preconcebido de decir
en un libro esto o aquello. Me interesa exclusivamente la conducta de los
personajes, pero no lo que esa conducta pueda tener de ejemplar o
reprochable.
¿Te interesan los personajes desde el punto de vista psicoanalítico?
No, porque
necesitaría una formación científica que no tengo. Sucede al revés.
Desarrollo mi personaje, y lo trabajo, creyendo valerme solamente de
elementos poéticos. Una vez que el personaje está armado, algunos
profesionales me dicen que es un análisis psicoanalítico. Me encuentro
entonces con una serie de bases científicas que no tengo y que jamás he
soñado. En Buenos Aires —tú sabes que es una ciudad de psicoanalistas—
algunos hicieron una reunión para analizar Cien años de soledad.
Llegaron a la conclusión que era un complejo de Edipo bien sublimado y no
sé cuántas cosas más me dijeron. Encontraron que los personajes —desde
el punto de vista psicoanalítico— eran perfectamente coherentes, casi
parecían casos médicos.
También hablaton de incesto...
A mí lo que me
interesaba era que la tía se acostara con el sobrino, no las raíces
psicoanalíticas del hecho.
No deja de ser extraño que siendo el machismo una de las
idiosincrasias de la sociedad latinoamericana sean en tus libros las
mujeres de personalidad fuerte, estable o —como tú mismo has dicho—
masculinas.
Eso no era
consciente en mí, me lo han hecho ver los críticos que me han creado un
problema porque ahora me es más difícil trabajar con ese material. Pero
no cabe duda que es la fortaleza de la mujer en la casa -en la sociedad
como está establecida, particularmente en la América Latina- la que
permite que los hombres se lancen a toda clase de aventuras
quiméricas y extrañas que es lo que hace a nuestra América. Esa idea
me vino de unos episodios reales que contaba mi abuela de las guerras
civiles del siglo pasado, que más o menos equivalen a las guerras del
coronel Aureliano Buendía. Me contaba que Fulano de Tal se iba a la
guerra y decía a su mujer: “tú verás qué haces con tus hijos”, y
la mujer, durante un año o más, era la que mantenía la casa. Al
tratarlo literariamente yo veo que si no fuese por las mujeres que se
hicieron cargo de la retaguardia no hubiera habido las guerras civiles del
siglo pasado que son importantísimas en la historia del país.
¿Es eso una indicación de que no eres antifeminista?
Lo que sí soy,
definitivamente, es antimachista. El machismo es cobardía, falta de
hombría.
Volvamos a los críticos. Sabrás que algunos han insinuado que Cien
años de soledad podría ser un plagio de La La Recherche l’Absolu,
de Balzac. Günter Lorenz lo sugirió en la reunión de escritores en
Bonn, en 1970. Luis Cova García, en la revista hondureña Ariel,
publicó el artículo “Coincidencia o plagio”, y una especialista en
Balzac, la profesora Marcelle Bargas, en París, hizo un estudio de las
dos novelas e hizo notar que los vicios de una sociedad y de una época
realzados por Balzac habían sido trasladados a Cien años de soledad.
Es curioso, alguien
que sabía de este comentario me mandó el libro de Balzac, que yo no
había leído. Como ahora no me interesa Balzac —si bien es sensacional
y leí todo lo que pude en su momento— lo miré por encima. Me llamó la
atención porque decir que una cosa viene de la otra es bastante ligero y
superficial. Inclusive, aunque esté dispuesto a aceptar que sí, que lo
había leído antes, que inclusive decidí plagiarlo, lo que podría
haber en mi libro de La Recherche serían unas cinco páginas, y
en última instancia un personaje, el alquimista. Bueno, fíjate, cinco
páginas y un personaje contra 300 páginas y unos doscientos personajes
que no son del libro de Balzac. Creo entonces que los críticos
deberían buscar 200 libros más para ver de dónde salieron los otros
personajes. No tengo, además, ningún temor al concepto de plagio. Si
mañana tuviese que escribir Romeo y Julieta lo haría, y creo que
sería estupendo poder volverlo a escribir. Edipo rey, de
Sófocles, un libro del que he hablado mucho y pienso que es el
fundamental de mi vida, desde que lo leí por primera vez me ha asombrado
por su absoluta perfección. En una oportunidad encontré en un lugar de
la costa de Colombia una situación muy cercana a lo que es el drama del Edipo
rey, y estuve pensando en escribir algo que se llamara Edipo
alcalde. En ese caso no me hubieran dicho que era plagio porque
empezaba por decir que era un edipo. Me parece que este concepto de plagio
ya se va acabó. En Cien años de soledad yo mismo puedo decir
dónde creo encontrar Cervantes, Rabelais —no en cuanto a calidad—,
sino por cosas que he agarrado y puesto ahí. Pero también puedo decir,
linea por línea —y este es un punto al que nunca llegarán los
críticos— de qué episodio o de qué recuerdo de la vida real viene
cada una. Es una experiencia muy curiosa hablar de estas cosas con mi
madre porque ella sí recuerda el origen de muchos episodios y,
naturalmente, es más fiel narrador que yo porque no lo ha elaborado
literariamente.
¿Cuándo empezaste a escribir?
Desde que tengo
memoria. El recuerdo más antiguo que tengo es que dibujaba “cómicos”
y ahora me doy cuenta que posiblemente lo hacía porque todavía no sabía
escribir. Siempre he buscado medios para contar y me he quedado con la
literatura, que es el más accesible. Pero pienso que mi vocación no es
la de escritor sino la de contador de cuentos.
¿Es que prefieres la palabra hablada a la escrita?
Por supuesto. Lo
estupendo es contar un cuento y que ese cuento muera ahí. Para mí lo que
sería ideal sería contarte la novela que estoy escribiendo y estoy
seguro que produciría el mismo efecto que busco al escribirla, pero sin
todo ese trabajo. En mi casa, a toda hora, cuento los sueños, lo qué me
pasó y lo que no me pasó. A mis hijos no les cuento las historias de
Callejas sino cosas que suceden, y eso les gusta mucho. Vargas Llosa, en
el libro sobre la vocación literaria que está escribiendo, García
Márquez, historia de un deicidio, donde toma como ejemplo mi obra,
dice que soy un semillero de anécdotas. Tratar de que me quieran por un
buen cuento que conté..., esa es mi verdadera vocación.
He leído que cuando termines El ótoño del patriarca
escribirás cuentos y no novelas.
Tengo un cuaderno
donde voy enumerando y tomando notas de cuentos que se me ocurren. Ya
tengo unos 60 y me imagino que llegaré a 100. Lo que es curioso es el
proceso de elaboración interna. El cuento —que surge de una frase o de
un episodio— o se me ocurre completo en una fracción de segundo, o no
se me ocurre. No tiene un punto de partida y después entra o sale un
personaje. Voy a contarte una anécdota para que te des cuenta por qué
misteriosos caminos llego al cuento. En Barcelona, una noche, había gente
en casa y se fue la luz. Como el daño era local llamamos a un
electricista. Mientras él arreglaba el desperfecto, yo, que lo
alumbraba con una vela, le pregunto: “¿Cómo diablos es este daño de
la luz?” “La luz es como el agua —me dijo—, se abre un grifo,
sale, y al pasar marca un contador.” En esa fracción de segundo se me
ocurrió, completito, completito, este cuento:
En una ciudad donde,
no hay mar —puede ser París, Madrid, Bogotá— viven en un quinto piso
un matrimonio joven con dos niños de 10 y 7 años. U n día los niños
piden a sus papás que les regalen un bote con remos. “¿Cómo vamos a
regalarles un bote con remos? —dice el padre—. ¿Qué van a hacer con
él en esta ciudad? Cuando vayamos a la playa, en el verano, lo
alquilamos.” Los niños se emperran que quieren un bote con remos hasta
que el padre les dice: “Si sacan el primer puesto en el colegio se los
regalo.” Los niños sacan el primer puesto, el padre compra el bote y
cuando lo suben al quinto piso les pregunta: “¿Qué van hacer con esto?”
“Nada —le contestan— queríamos tenerlo. Lo meteremos allá en el
cuarto.” Una noche, cuando los padres se van al cine, los niños rompen
un bombillo de la luz y la luz —como si fuese agua— empieza a chorrear
llenando toda la casa hasta un metro de altura. Sacan el bote y empiezan a
remar por los dormitorios y la cocina. Cuando ya es hora que regresen los
papás lo guardan en el cuarto, abren los sumideros para dejar que la
luz se vaya, reemplazan el bombillo y... aquí no ha pasado nada. Ese
juego se les vuelve tan formidable que van dejando que el nivel de la luz
llegue más alto, se ponen lentes oscuros, aletas y nadan por debajo de
las camas, de las mesas, hacen pesca submarina... Una noche, la gente que
pasa por la calle al notar que por las ventanas está chorreando luz y que
está inundando la calle, llaman a los bomberos. Cuando los bomberos
abren la puerta encuentran a los niños —que distraídos con su juego
habían dejado que la luz llegara hasta el techo— ahogados, flotando
en la luz.
¿Dime, cómo este
cuento completo, tal como lo conté, se me ocurrió en una fracción de
segundo? Claro, como lo cuento mucho, cada vez le encuentro un ángulo
nuevo —cambio una cosa por la otra o agrego un detalle—, pero la
concepción es la misma. En todo esto no hay nada voluntario ni
predecible, tampoco sé cuándo se me va a ocurrir. Estoy a merced de la
imaginación que es la que me dice cuándo sí o no.
¿Ya está escrito ese cuento?
Lo único que anoté
es: “número 7, Niños que se ahogan en la luz.” Eso es todo. Pero
este cuento, así como todos los demás, lo tengo en la cabeza y lo reviso
periódicamente. Por ejemplo, voy en un taxi y recuerdo el cuento número
37. Lo reviso completo y me doy cuenta que se me ha ocurrido un
episodio..., que las rosas que tengo previsto no son rosas sino
violetas. Ese cambio ya se incorporó al cuento y me lo anoto en la
cabeza. Lo que me olvido es parque no tiene para mí valor literario.
¿Por qué no los escribes cuando se te ocurren?
Si estoy escribiendo
una novela no puedo estar mezclando, no puedo sino trabajar en ese libro
aunque me lleve más de 10 años.
¿Inconscientemente, los cuentos no se tan incorporando en la novela
que estás escribiendo?
Estos cuentos están
en compartimientos completamente separados y no tienen nada que ver con el
libro del dictador. Eso me sucedió con Los funerales de la Mamá
Grande. La mala hora y El coronel no tiene quien le escriba,
porque es un bloque que prácticamente lo trabajé todo al mismo tiempo.
¿Nunca se te ha ocurrido que podrías ser actor?
Tengo una
inhibición terrible frente a las cámaras y al micrófono. En todo caso
sería el autor o el director.
Has dicho en una oportunidad: “Yo soy escritor por timidez. Mi
verdadera predisposición es la de prestidigitador, pero me ofusco tanto
tratando de hacer un truco que he tenido que refugiarme en la soledad de
la literatura. En mi caso ser escritor es un hecho descomunal porque soy
muy bruto para escribir.”
Qué bueno que me
leas eso. Eso de que mi verdadera vocación es la de ser prestidigitador
corresponde de exactamente a todo lo que te he dicho. Me encantaría tener
éxito en los salones contando cuentos, como el prestidigitador lo tiene
sacando conejos de un sombrero.
¿Cuesta mucho trabajo el proceso de escribir?
Muchísimo trabajo,
cada vez más. Cuando digo que soy escritor por timidez es porque lo que
debería hacer es llenar esta sala, salir y contar el cuento, pero mi
timidez no me lo per mite hacer. Todo lo que hemos hablado yo no podría
hacerlo si hubiera dos personas más en la mesa. Tengo la impresión que
no controlaría la audiencia. Entonces, lo que quiero contar, lo hago
escrito, solito en mi cuarto, y con mucho trabajo. Es un trabajo
angustioso pero sensacional. Vencer el problema de la escritura es tan
emocionante y alegra tanto que valía la pena todo el trabajo; es como un
parto.
Después de tu primer contacto en 1954 con el Centro Cinematográfico
Experimental de Roma has escrito guiones y dirigido películas. ¿No te
interesa más ese medio de expresión?
No, porque el
trabajo en cine me reveló que lo que el escritor logra contar es muy
poco. Inciden tantos intereses, tantos compromisos, que al final queda
muy poco de la historia original. En cambio yo me encierro en un cuarto y
escribo exactame lo que me da la gana. No tengo que tener un editor
queme dice “ quíteme este personaje o episodio y póngame otro”.
¿El impacto visual del cine no es mayor que el de la literatura?
Creía que sí, pero
me di cuenta que el cine se limita. Ese alcance visual es una desventaja
con respecto a la literatura. Es tan inmediato, tan contundente, que es
muy difícil que el espectador vaya más allá. En literatura uno puede
llegar mucho más lejos y dar al mismo tiempo un impacto visual, auditivo,
y de toda índole.
¿No piensas que la novela va a desaparecer?
Si desaparece es
porque desaparecerá quien la escriba. Es difícil imaginar una época de
la historia de la humanidad en que se hayan leído tacitas novelas como en
esta. Se publican novelas completas en todas las revistas —masculinas y
femeninas—, en los periódicos; y para los niveles casi analfabetos
hay las dibujadas que son la apoteosis de la novela. Lo que podríamos
empezar a discutir es sobre la calidad de las novelas que se están
leyendo, pero eso ya no tiene nada que ver con el público lector, sino
con el nivel cultural que el estado le ha dado. Volviendo al fenómeno
de Cien años de soledad —que no quiero saber a qué se debe, ni
quiero analizarlo, ni que me lo analicen por ahora— sé de lectores —gente
sin preparación intelectual— que han pasado del “comic” a ese
libro y lo han leído con el mismo interés que las otras cosas que le
presentan porque lo menosprecian intelectualmente. Son los editores que,
pensando en un público de cierto nivel, publican cosas de muy baja
calidad literaria, y lo curioso es que ese nivel también consume libros
como Cien años de soledad. Por eso pienso que hay un auge de
lectores de novela. Se leen novelas en todas partes, a todas horas, en
todo el mundo. El cuento contado seguirá interesando siempre. El hombre
llega a su casa y se pasa contando a su mujer lo que le pasó, o lo que no
le pasó, para que su mujer le crea.
En la entrevista de Luis Harss (Los nuestros) dices: “Tengo
ideas políticas firmes..., pero mis ideas literarias cambian con la
digestión”" Hoy, a las 8 de la mañana, ¿cuáles son tus ideas
literarias?
Yo he dicho que
quien no se contradice es un dogmático y todo dogmático es un
reaccionario. Yo me contradigo a cada minuto y particularmente en materia
literaria. Por mi método de trabajo no podría llegar al punto de la
creación literaria sin contradecirme, rectificarme y equivocarme
permanentemente. Si no fuese así estaría escribiendo siempre el mismo
libro. No tengo una receta.
¿Tienes un método para escribir la novela?
No siempre el mismo,
tampoco para buscarla. El hecho de escribirla es lo menos problemático e
importante. Es conseguir armarla y tenerla resuelta de acuerdo a como la
veo.
¿Podrías discernir si es análisis, experiencia o imaginación lo que
determina ese proceso?
Si tratara de hacer
ese análisis creo que perdería mucha espontaneidad. Cuando quiero
escribir algo es porque siento que eso merece ser contado. Más aún,
cuando escribo un cuento es porque a mí me gustaría leerlo. Lo que pasa
es que me siento a contarme un cuento. Ese es mi sistema de escribir, pero
si es más intuición, experiencia o análisis, tal vez tenga una sospecha
de cómo es, pero evito profundizar mucho en esto porque siempre trato
—ya sea por mi personalidad y por mi sistema de escribir— de
defenderme de la mecanización de mi trabajo.
¿Cuál es el punto de partida de las novelas?
Una imagen que es
totalmente visual. Imagino que hay escritores que empiezan con una frase,
una idea o un concepto. Yo sólo parto de una imagen. El punto de partida
de La hojarasca es un viejo que lleva a su nieto a un entierro; El
coronel no tiene quien le escriba, un viejo esperando; el de Cien
anos, un viejo que lleva a su nieto a un circo para conocer el hielo.
Todas empiezan con un viejo...
La imagen protectora
de mi infancia era un viejo; mi abuelo. A mí no me criaron mis padres,
ellos me dejaron en casa de mis abuelos. Mi abuela me contaba cuentos y mi
abuelo me llevaba a ver cosas. Entre eso se fue haciendo mi mundo. Ahora
me doy cuenta que siempre veo la imagen de mi abuelo mostrándome cosas.
¿Cómo se desarrolla esa primera imagen?
La dejo
cocinando..., no es un proceso muy consciente. Todos mis libros los he
pensado por muchos años. Cien años por 15 o 17 años, y el que
estoy escribiendo lo empecé a pensar hace mucho tiempo.
¿Cuánto tiempo lleva escribirlos?
Es más bien
rápido. En menos de dos años —que creo es buen tiempo— escribí Cien
años de soledad. Antes escribía siempre cansado, en las horas libres
que me dejaba otro trabajo. Ahora, ya que no tengo la presión económica
y no tengo nada más que hacer que escribir, quiero darme el lujo de
hacerlo cuando quiero, por impulsos. El libro del viejo dictador que vive
250 años lo estoy trabajando de otro modo, dejándolo para ver por dónde
se va él solo.
¿Corriges mucho lo que escribes?
He ido cambiando.
Mis primeras cosas las escribía de un solo tirón y después corregía
mucho sobre el papel, sacaba copias, volvía a corregir. Ahora me queda
algo que creo es un vicio. Voy corrigiendo línea por línea a medida que
voy trabajando, de manera que cuando termino una hoja ya estás casi lista
para el editor. Si tiene una mancha o una equivocación ya no me gusta.
No puedo creer que seas tan ordenado...
¡Terriblemente! No
puedes imaginar la limpieza de esas hojas. Además, tengo máquina de
escribir eléctrica. En lo único que soy ordenado es en el trabajo, pero
es un problema casi sentimental. La hoja que acabo de terminar está tan
bonita, tan limpia, que da lástima dañarla con una corrección. Pero,
dentro de una semana ya no la quiero mucho —la que quiero es la que
estoy trabajando— y entonces puedo corregirla.
¿Y las galeradas?
En las de Cien
años cambié solamente una palabra, aunque Paco Porrúa, director
literario de Sudamericana, me dijo que cambiara todo lo que quisiera. Creo
que lo ideal sería escribir un libro, imprimirlo y después corregirlo.
Cuando uno manda algo a la imprenta y después lo lee impreso es como si
hubiese dado un paso adelante o atrás, que es importantísimo.
¿Lees los libros una vez publicados?
Cuando llega el
primer ejemplar cancelo todo lo que tenga que hacer y me siento —pero
inmediatamente— a leerlo todo. Ya es otro libro distinto del que conozco
porque se ha establecido una distancia entre el autor y el libro. Esa es
la primera vez que lo leo como lector. Esas letras que están ahí va no
son las de mi máquina de escribir, no son mis palabras, son otras que
andan en otro mundo v que no me pertenecen. Después de esa primera
lectura no he vuelto a leer jamás Cien años de soledad.
¿Cómo y cuándo determinas el título?
El libro encuentra
su título tarde o temprano. Es algo a a lo que no le doy mucha
importancia.
¿Comentas con tus amigos lo que estás escribiendo?
Cuando cuento algo
es porque no estoy muy seguro de eso y generalmente no queda en la novela.
Siento, por la reacción del que está escuchando —no sé por qué raro
conducto eléctrico— si va a funcionar o no. Aunque sinceramente me diga
“estupendo, sensacional”, hay algo en sus ojos que me está diciendo
que eso no sirve. En la época en que estoy trabajando en una novela les
doy a mis amigos una tabarras que no te imaginas. Tienen que aguantarse
todo eso y después se llevan una sorpresa cuando leen el libro —como
los que estuvieron conmigo mientras escribía Cien años— porque
no encuentran ninguno de los episodios que les conté. Les había
hablado del material de desecho.
¿Piensas en el lector?
En cuatro o cinco
personas determinadas, que es el público que yo me nombro cuando estoy
escribiendo. Pensando en lo que pueda gustarles o molestarles voy poniendo
o sacando cosas y así voy armando el libro.
¿Acostumbras guardar el material que se ha ido acumulando en la
preparación?
No guardo nada.
Cuando la editorial me comunicó que recibió mi primer manuscrito de Cien
años de soledad, Mercedes me ayudó a tirar un cajón con notas de
trabajo, gráficos dibujos, memorándums. Lo tiré, no sólo para que no
se sepa cómo está hecho el libro (eso es absolutamente privado) sino
porque ese material se vende. Venderlo es como vender mi alma y no voy a
permitir a nadie, ni siquiera a mis hijos, que lo hagan.
¿De lo que has escrito qué es lo que más prefieres?
La hojarasca,
el primer libro que escribí. Creo que de ahí parte mucho de lo que hice
después. Es el más espontáneo, el que está escrito con más
dificultades, con menos recursos técnicos. Sabía entonces menos
astucias, menos porquerías de escritor. Es un libro que lo encuentro
bastante torpe, bastante indefenso, pero completamente espontáneo y de
una sinceridad tan bruta que ya no la tienen los demás. Yo sé hasta qué
punto La hojarasca sale de las tripas al papel. Los demás también
salen de las tripas, pero ya hay un aprendizaje..., se los elabora, se los
cocina, se les echa sal y pimienta.
¿Cuáles son las influencias de las que eres consciente?
El concepto de
influencia es un problema para los críticos. Yo no lo tengo muy claro,
no sé exactamente lo que quieren decir. Considero que influencia
fundamental en mi literatura es La metamorfosis de Kafka, aunque no
sé si los críticos al analizar mi obra encuentran una influencia
directa incorporada en los libros. Yo recuerdo el momento en que compré
el libro y cómo a medida que lo iba leyendo me iban dando muchos deseos
de escribir. De esa época —por el año 1946, cuando terminé el
bachillerato— vienen mis primeros cuentos. Probablemente una vez que le
diga esto al critico —ellos no tienen un detector, necesitan que el
propio autor le dé ciertos elementos— encuentre la influencia. Pero,
¿qué clase de influencia? Me hizo dar ganas de escribir. Influencia
decisiva, y eso talvez se note más, es Edipo rey. Es una
estructura perfecta donde el investigador descubre que él mismo es el
asesino; una apoteosis de perfección técnica. La de Faulkner lo han
dicho todos los críticos. Yo lo acepto, pero no como lo creen ellos, que
lo ven como un autor que lee Faulkner, lo asimila, se siente impresionado
y consciente o inconscientemente, trata de escribir como él. Eso es más
o menos lo que yo entiendo, rudimentariamente, como una influencia. La
que yo reconozco de Faulkner es completamente distinta. Nací en
Aracataca, región bananera donde estaba la United Fruit Company. Es en
esa región en la que la Fruit Company construye pueblos, hospitales,
sanea ciertas zonas; donde me crío y tengo mis primeras experiencias. De
pronto, muchos años después, leo a Faulkner y encuentro cómo todo ese
mundo —el de la gente del Sur de los Estados Unidos del que él habla—
se parece al mundo mío, que está hecho por la misma gente. Además,
cuando después viajo por el Sur de los Estados Unidós compruebo —en
esos caminos polvorientos y calurosos, en la misma vegetación, en los
árboles, en las mansiones— la analogía de los dos mundos. No hay que
olvidar olvidar que Faulkner de algún modo es un autor latinoamericano.
Su mundo es el del Golfo de México. Lo que yo he encontrado son
afinidades de experiencias, que no son tan disparatadas, como podría
parecer a primera vista. Bueno, ese tipo de influencia, por supuesto que
sí, pero es muy distinta a la que señalan los críticos.
Otros hablan de Borges, Carpentier, y creen ver la misma línea
telúrica y mitológica de Rómulo Gallegos, Evaristo Carrera Campos,
Asturias...
Que siga o no la
misma línea telúrica..., no sé. Es el mismo mundo, la misma América
Latina, ¿verdad? Borges y Carpentier, no. Los leí cuando estaba bastante
adelantada escribiendo. Es decir lo que he escrito lo hubiera hecho de
todas maneras sin Borges y sin Carpentier, pero no sin Faulkner, o lo
hubiera escrito de otro modo si no lo hubiera leído. Creo también que a
partir de un cierto momento he recorrido un camino en el que buscando mi
propio lenguaje, purificando el trabajo, he tratado de eliminar la
influencia de Faulkner, que la hay mucho en La hojarasca, pero ya
no en Cien años de soledad. No me gusta, además, hacer esta clase
de análisis. Mi posición es la de creador, no la de crítico. No es mi
oficio, no es mi vocación, no nee siento fuerte.
¿Qué libros lees ahora?
No leo
prácticamente nada, ya no me interesa. Leo reportajes y memorias la vida
de hombres que han tenido poder, memorias y confidencias de secretarias,
aunque sean falsas— como interés profesional para el libro que estoy
haciendo. Mi problema es que soy —y siempre he sido— muy mal lector.
Donde un libro aburre ahí lo dejo. No leo ni por respeto, ni por
devoción, ni ni por obligación. Cuando niño empecé a leer Quijote,
me aburrió, lo dejé por la mitad. Después lo volví a leer y releer
pero porque me gustó, no por ser un libro obligatorio. Ese ha sido mi
método de lectura y al escribir tengo el mismo concepto. Estoy siempre
con el terror de cuál es la página en la que el lector se va aburrir y
va a tirar el libro. Trato entonces de que no se aburra y que no me haga
lo mismo que hago a los otros. Las únicas novelas que leo ahora son las
de mis amigos porque me interesa saber que están haciendo, pero no por un
interés literario. Durante muchos sañas lei devoré, muchas novelas,
spobre todo las de aventuras donde pasan muchas cosas,pero nunca tuve un
método de lectura. Como no tenia medios económicos para comprar libros
leía lo que me caía en las mamanos, libros que me prestaban mis amigos
que eran casi todos profesores de literatura o gentes que estaban en esto.
Lo que siempre leí, casi más que novelas, es poesía. En realidad
empecé por la poesía, aunque no he escrito poesía en verso, y siempre
trato de buscar soluciones poéticas. Creo que mi última novela es un
larguísimo poema sobre la soledad de de un dictador.
¿Te interesa la poesía concreta?
Ya perdí de vista
la poesía. No sé exactamente por dónde van, qué están haciendo, o
qué quieren hacer los poetas. Pienso que es importante que se hagan toda
clase de experimentos y que se busquen nuevos caminos de expresión, pero
es muy difícil juzgar algo en el proceso de experimentación. A mí no me
interesan. Los medios de expresión que quería tener ya los tengo
resueltos y no me puedo meter ahora en otras cosas.
Has mencionado que siempre escuchas música...
Me gusta mucho más
que todas las demás manifestaciones del arte, aún más que la
literatura. Cada día que pasa la necesito más y tengo la impresión de
que actúa en mí como una droga. Cuando viajo siempre llevo conmigo una
radio portátil con auriculares y tengo el mundo medido por los conciertos
que puedo escuchar; de Madrid a San Juan de Puerto Rico se oyen
exactamente las Nueve Sinfonías de Beethoven. Recuerdo que viajando con
Vargas Llosa en tren por Alemania —un día de mucho calor y que estaba
de muy mal humor—, en un momento, tal vez inconsciente, me aislé para
escuchar música. Mario me dijo después: “es increíble, te ha cambiado
el humor, te has tranquilizado.” En Barcelona, donde donde tengo la
oportunidad de tener un equipo completo, me ha pasado, en días en que
estaba muy deprimido, de escuchar música desde las dos de la tarde hasta
las cuatro de la mañana sin moverme. Mi pasión por la música es como un
vicio secreto del que casi nunca hablo. Forma parte de lo más profundo de
mi vida privada. Yo, que no tengo ningún apego a los objetos —los
muebles y cosas de la casa no los considero míos sino de mi mujer y de
mis hijos—, lo único que quiero son los aparatos de música. La
máquina de escribir la necesito, pero por mí la tiraría. Tampoco tengo
biblioteca. Libro leído lo tiro, lo voy dejando por todas partes.
Volviendo a esa declaración donde dices: “tengo ideas políticas
firmes”. ¿Cuáles son esas ideas políticas?
Creo que el mundo
debe ser socialista, va a serlo, y tenemos que ayudar para que lo sea lo
más pronto posible. Pero estoy muy desilusionado con el socialismo de la
Unión Soviética. Ellos llegaron a esa forma del socialismo por
experiencias y condiciones particulares y tratan de imponer a otros
países su propia burocratización, autoritarismo y falta de visión
histórica. Eso no es socialismo y es el gran problema de este momento.
Con motivo del encarcelamiento y “confesión” firmada del poeta cubano
Heberto Padilla, intelectuales internacionales —que siempre habían
apoyado la Revolución Cubana— enviaron, en un mes, dos cartas de
protesta a Castro. Después de la primera carta —que tú también
firmaste—, Castro, en su discurso del 1 de mayo, dijo que se trataba de
“intelectuales seudorrevolucionarios que desde los salones de París
tratan de juzgar la revolución”, y que “la revolución no necesita el
apoyo de burgueses traficantes de intrigas”. Según comentaron las
agencias internacionales eso indicaba una ruptura de los intelectuales con
el régimen cubano. ¿Cuál es tu posición?
Cuando todo eso
salió a luz, las agencias internacionales y los periódicos
colombianos, naturalmente, empezaron a presionarme para que diera mi
opinión, porque de alguna manera yo estaba metido en eso. No quise
hacerlo hasta no tener una información completa y poder leer las
versiones taquigráficas de los discursos. No podía opinar en materia tan
grave en base a las montajes de las agencias informativas. Además, yo ya
sabía en ese momento que venía a la Universidad de Columbia a recibir el
Doctorado en Letras. Eso se prestaba a que quien no estuviese en
antecedentes de que se trataba de una decisión anterior pensara en que
venía a los Estados Unidos porque había roto con Castro. Por eso hice
una declaración a la prensa, para que quedara completamente clara mi
posición con respecto a Castro, al doctorado y a mi venida a los Estados
Unidos después de 12 años que se me niega la visa.
(Recopilación
de las declaraciones de García Márquez a la prensa de Colombia, 29 de
mayo de 1971.)
... La Universidad
de Columbia no es el gobierno de los Estados Unidos, y es en cambio un
reducto del inconformismo, de la honradez intelectual y de los tiradores
de piedras que han de aniquilar el sistema decrépito de su país. Yo
entiendo que esta distinción se me otorga, primordialmente, por ser
escritor, pero quienes me la otorgan no ignoran que soy un enemigo
infinito del orden imperante en los Estados Unidos... Es bueno que se sepa
que estas decisiones sólo las consulto con mis amigos, y en especial con
los choferes de taxis de Barranquilla, que son los campeones del sentido
común... El conflicto de un grupo de escritores latinoamericanos con
Fidel Castro es un triunfo efímero de las agencias de prensa. Tengo aquí
los documentos relacionados con el asunto, inclusive la versión
taquigráfica del discurso de Fidel Castro, y aunque en efecto hay algunos
párrafos muy severos, ninguno de ellos se presta a las interpretaciones
siniestras que les dieron las agencias internacionales. Por cierto que
se trata de un discurso en el que Fidel Castre hace planteamientos
fundamentales en materia cultural, pero los corresponsales extranjeros no
dijeron nada de eso, sino que escogieron con pinzas y ordenaron como les
dio la gana algunas frases sueltas, para que pareciera que Fidel Castro
decía lo que en realidad no había dicho... Yo no firmé la carta de
protesta porque no era partidario de que la mandaran. En realidad, yo creo
que esos mensajes públicos son inútiles para los fines que uno se
propone, y en cambio muy útiles para la propaganda enemiga... Sin
embargo, en ningún momento pondré en duda la honradez intelectual y la
vocación revolucionaria de quienes firmaron la carta, entre los cuales se
encuentran algunos de mis mejores amigos... Cuando los escritores
queremos hacer política, en realidad no hacemos política sino moral, v
esos dos términos no son siempre compatibles. Los políticos, a su vez,
se resisten a que los escritores nos metamos en sus -asuntos y por lo
general nos aceptan cuando les somos favorables, pero nos rechazan
cuando les somos adversos. Pero esto no es una catástrofe. Al
contrario, es una contradicción dialéctica muy útil, muy positiva,
que ha de continuar hasta el fin de los hombres, aunque los políticos se
mueran de rabia v aunque a los escritores les cueste el pellejo... El
único asunto que queda pendiente es el del poeta Heberto Padilla. Yo,
personalmente, no logro convencerme de la espontaneidad v la sinceridad
de la autocrítica de Padilla. No entiendo cómo es posible que en tantos
años de contacto con la experiencia cubana, viviendo el drama cotidiano
de la revolución, un hombre como Heberto Padilla no hubiera tomado la
conciencia que tomó en la cárcel de la noche a la mañana. El tono de su
autocrítica es tan exagerado, tan abyecto, que parece obtenido por
métodos ignominiosos. Yo no sé si de veras Heberto Padilla le está
haciendo daño a la revolución con su actitud, pero su autocrítica sí
se lo está haciendo, y muy grande. La prueba de ello está en el
despliegue que la prensa enemiga de Cuba le ha dado al texto divulgado
por Prensa Latina... Si de veras hay un germen de stalinismo en Cuba lo
vamos a saber muy pronto, porque lo va a decir el propio Fidel Castro...
En 1961 hubo una tentativa de imponer métodos stalinistas, y el propio
Fidel Castro lo denunció en público y lo extirpó en su embrión. No hay
ningún motivo para pensar que ahora no ocurriría lo mismo, porque la
vitalidad de la Revolución Cubana, su buena salud, no pueden haber
disminuido desde entonces... Por supuesto que no rompo [con la Revolución
Cubana]. Más aún: de los escritores que protestaron por el caso Padilla,
ninguno ha roto con la Revolución Cubana, hasta donde yo sé. El .propio
Mario Vargas Llosa hizo esa advertencia en una declaración posterior
a su famosa carta, pero los periódicos la relegaron al rincón de las
noticias invisibles. No: la Revolución Cubana es un acontecimiento
histórico fundamental en la América Latina y en el mundo entero, v
nuestra solidaridad con ella no puede afectarse por un tropiezo en la
política cultural, aunque ese tropiezo sea tan grande y tan grave como la
sospechosa autocrítica de Heberto Padilla...
¿Se
están cumpliendo con la Revolución Cubana las aspiraciones de tos
intelectuales?
Lo que creo que es
muy grave es que los intelectuales tenemos la tendencia a protestar y a
reaccionar exclusivamente cuando nos afecta a nosotros, pero no hacemos
nada si le pasa lo mismo a un pescador o a un cura. Lo que hay que hacer
es ver el fenómeno integral de la revolución, ver cómo los aspectos
positivos pesan, infinitamente, sobre los negativos. Claro, esas
manifestaciones como las del caso Padilla son peligrosísimas, pero son
obstáculos que creo no serán difíciles de eliminar. Si no se puede
sería doloroso porque todo han que han hecho —en alfabetización;
educación, independencia económica— es irreversible y durará mucho
más que Padilla y Fidel. Esa es mi posición y de ahí no me muevo. No
estoy dispuesto a echar a la basura una revolución cada diez años.
¿Estás de acuerdo con el socialismo del Frente Popular Chileno?
Yo ambiciono que
toda la América Latina sea socialista, pero ahora la gente está muy
ilusionada con un socialismo pacífico, dentro de la constitución. Todo
eso me parece muy bonito electoralmente, pero creo que es totalmente
utópico. Chile está abocado a un proceso violento muy dramático. Si
bien el Frente Popular va avanzando —con inteligencia y mucho tacto, a
pasos bastante rápidos y firmes— llegará un momento en que
encontrará un muro que se le opone seriamente. Los Estados Unidos por
ahora no están interfiriendo, pero no van a cruzarse de brazos. No van
a aceptar de verdad que sea un país socialista. No lo van a permitir, no
nos hagamos ilusiones.
¿Es que sólo ves la solución en la violencia?
No es que yo la vea
como una solución, pero creo que ese muro, en un momento, sólo se podrá
franquear con violencia. Desgraciadamente creo que es inevitable, que
será así. Pienso que lo que está sucediendo en Chile es muy bueno como
reforma, pero no como revolución.
Refiriéndote a la penetración cultural imperialista, has dicho en la
entrevista a Jean-Michel Fossey, que los Estados Unidos tratan de atraer a
los intelectuales dando becas y creando organismos donde se hace mucha
propaganda.
Creo, pero a fondo a
fondo, en el poder corruptor del dinero. Si un escritos, sobre todo en sus
comienzos, se le da una beca o una subvención —ya venga de venga de los
Estados Unidos de la Unión Soviética o de Marte— de alguna manera lo
compromete. Por gratitud, o inclusive para demostrarse que no lo han
comprometido, esa ayuda está afectando su trabajo. En los países
socialistas todavía es mucho más grave porque se supone que el
escritor es un trabajador del Estado. Ese ya es el mayor compromiso de su
independencia. Si escribe lo que quiere, o lo que siente, corre el riesgo
de que un funcionario (seguramente un escritor fracasado) decida si eso se
puede publicar. Por eso pienso que mientras el escritor no pueda vivir de
sus libros debe hacerlo de trabajos marginales marginales. En mi caso ha
sido el periodismo y la publicidad, pero nunca nadie me pagó para
escribir.
Tampoco aceptaste el cargo de cónsul de Colombia en Barcelona.
Siempre me negué a
ser funcionario público, pero ese puesto lo rechacé porque no quiero
representar ningún gobierno. Creo haber dicho en una entrevista que a la
América Latina le basta con un Miguel Angel Asturias.
¿Por qué dices eso?
Su conducta personal
es un mal ejemplo. Es Premio Nobel, Premio Lenin, y se va a París de
embajador de un gobierno reaccionario como es el de Guatemala. Un
gobierno que está peleando contra guerrillas que representan todo lo que
él dijo representar durante toda su vida. Creo que ese paso de
reconciliación con el gobierno fue para conseguir el Premio Nobel. Al
aceptar la embajada de un gobierno reaccionario, el imperialismo ya no lo
ataca porque es juicioso, y la Unión Soviética tampoco porque es Premio
Lenin. Se me ha preguntado últimamente qué opino de que Neruda sea
embajador. Yo no he dicho que el escritor no debe ser embajador —aunque
yo nunca lo seré—, pero no es lo mismo representar al gobierno de
Guatemala que al Frente Popular chileno.
Ya te habrán preguntado muchas veces cómo es que vives en España, un
país con esa dictadura.
Si yo tuviera que
estar de acuerdo con los regímenes de los países en que vivo, ya casi no
me quedaría ninguno donde vivir. Por fortuna, un país es much más que
su gobierno. España, bajo cualquier régimen, ha sido y seguirá siendo
siempre uno de los países más apasionantes del mundo. Además, yo creo
si un escritor tiene que escoger para vivir entre el cielo y el infierno,
escogerá el infierno: hay mucho más material literario.
También hay infierno —y dictadores— en América Latina.
Es bueno que aclare
esto. Yo tengo 43 años y he pasado tres en España, uno en Roma, dos o
tres en París, siete u ocho en México y el resto en Colombia. No he
dejado de vivir en una ciudad para irme a otra Es peor que todo eso. No
vivo en ninguna parte, lo que ya es un poco angustioso. Además, no
estoy de acuerdo con esa idea que ha surgido —tan comentada
últimamente— de que los escritores viven en Europa para darse la gran
vida. No es así. Uno no anda buscando eso, el que la quiere la encuentra
en cualquier parte, y muchas veces se vive muy difícilmente. Pero no me
cabe la menor duda de que es muy importante para un escritor
latinoamericano tener en determinado momento la perspectiva de la
América Latina desde Europa. Para mi el ideal sería poder ir y venir,
pero 1) es muy caro y 2) tengo la limitación del avión que
me molesta mucho..., aunque vivo metido en los aviones. La verdad es que
en este momento me da lo mismo vivir en cualquier parte. Siempre encuentro
gente que me interesa, ya sea en Barranquilla, Roma, París o Barcelona.
¿Por qué no Nueva York?
A Nueva York se debe
la limitación de mi visa. Viví en esta ciudad en 1960 como corresponsal
de Prensa Latina, y aun que no hice nada fuera de ser corresponsal —recoger
información y mandarla— cuando salí para ir a México me retiraron la
tarjeta de residente y me pusieron en el “black book”. Cada dos o tres
años la he vuelto a pedir pero siguieron negándomela automáticamente.
Ahora me han dado la visa múltiple. Creo que era más bien un problema
burocrático. Nueva York, como ciudad, es el gran fenómeno del siglo xx,
y por eso termina por ser una limitación en la vida de uno no poder
venir, aunque sea por una semana, todos los años, pero no creo que tenga
nervios para vivir en ella porque me resulta abrumadora. Los Estados
Unidos es un país extraordinario, porque un pueblo que hace semejante
aparato como es esto y como es el resto del país —que no tiene nada que
ver con el sistema y con el gobierno— puede hacerlo todo. Creo que son
los que harán una revolución socialista grande, y buena, además.
¿Qué puedes comentar sobre el título que te ha otorgado la
Universidad de Columbia?
No logro
convencerme... Lo que me tiene absolutamente perplejo y me desconcierta
no es ni el honor ni el homenaje -si bien esas cosas puedan ser ciertas-
sino que una uni versidad como Columbia decida escogerme a mí entre 12
hombres del mundo entero. Lo último que esperaba en este mundo era un
doctorado en letras. Mi camino ha sido siempre antiacadémico (no me
gradué de la universidad de derecho para no ser doctor) y de pronto me
encuentro en la mata de la academia. Pero es algo que no se parece en nada
a mí, está fuera de mi camino. Es como si le dieran el Premio Nobel a un
torero. Mi primer impulso fue no aceptarlo, pero prácticamente tuve un
plebiscito de amigos y nadie podía entender por qué motivos iba a
rechazarlo. Podría haber expuesto motivos políticos, pero no hubieran
sido reales porque todos sabemos, y lo escuchamos en los discursos, que no
es el imperialismo el sistema imperante en la universidad. El aceptarlo no
constituía entonces un compromiso político con los Estados Unidos y no
había ni para qué hablarlo. Era más bien una cuestión moral. Yo
continuamente reacciono contra las solemnidades —soy del país más
solemne del mundo— y me preguntaba: “¿Qué hago yo en una academia
de letrados con toga y birrete?” A insistencia de mis amigos acepté el
título doctor honoris causa y ahora me alegra muchísimo, no
sólo el haberlo aceptado sino que además sea para mi país, y para la
América Latina. Todo ese patriotismo que uno dice no importarle llega un
momento en que si tiene imporiancia. En estos últimos días, y más aún
durante la ceremonia, pensaba en las cosas raras que me suceden. Llegó un
momento en que pensé que así debe ser la muerte. . ., es algo que sucede
cuando uno menos lo espera, algo que no tiene nada que ver con uno. En
este momento también me han ofrecido hacer una edición de mis obras
completas, pero me niego rotundamente a eso mientras viva porque siempre
me ha parecido un homenaje póstumo. En la ceremonia tenía la misma
sensación, que esas cosas le suceden a uno después de muerto. El tipo
de reconocimiento que yo he querido y que aprecio es el de la gente que me
lee y que me habla de mis libros, pero no con admiración o fervor, sino
con cariño. De la ceremonia er la universidad lo que realmente me
llegó, y no te imaginas en qué forma, fue cuando en la procesión de
regreso, los latinoamericanos que prácticamente habían tomado el campus,
muy discretamente salieron al camino v me decían: “Arriba la América
Latina.” “Adelante, América Latina.” “Empuja la América Latina.”
En ese momento, por primera vez, me conmoví y me alegré de haber
aceptado.
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