Gabriel
García Márquez
(Aracataca, Colombia 1928 - México DF, 2014)
Monólogo de Isabel viendo llover en
Macondo
(1955)
El invierno se precipitó un
domingo a la salida de misa. La noche del sábado había sido sofocante.
Pero aún en la mañana del domingo no se pensaba que pudiera llover.
Después de misa, antes de que las mujeres tuviéramos tiempo de encontrar
un broche de las sombrillas, sopló un viento espeso y oscuro que barrió
en una amplia vuelta redonda el polvo y la dura yesca de mayo. Alguien
dijo junto a mí: “Es viento de agua”. Y yo lo sabía desde antes.
Desde cuando salimos al atrio y me sentí estremecida por la viscosa
sensación en el vientre. Los hombres corrieron hacia las casas vecinas
con una mano en el sombrero y un pañuelo en la otra, protegiéndose del
viento y la polvareda. Entonces llovió. Y el cielo fue una sustancia
gelatinosa y gris que aleteó a una cuarta de nuestras cabezas. Durante el
resto de la mañana mi madrastra y yo estuvimos sentadas junto al
pasamano, alegre de que la lluvia revitalizara el romero y el nardo
sedientos en las macetas después de siete meses de verano intenso, de
polvo abrasante. Al mediodía cesó la reverberación de la tierra y un
olor a suelo removido, a despierta y renovada vegetación, se confundió
con el fresco y saludable olor de la lluvia con el romero. Mi padre dijo a
la hora de almuerzo: “Cuando llueve en mayo es señal de que habrá
buenas aguas”. Sonriente, atravesada por el hilo luminoso de la nueva
estación, mi madrastra me dijo: “Eso lo oíste en el sermón”. Y mi
padre sonrió. Y almorzó con buen apetito y hasta tuvo una entretenida
digestión junto al pasamano, silencioso, con los ojos cerrados pero sin
dormir, como para creer que soñaba despierto.
Llovió durante toda
la tarde en un solo tono. En la intensidad uniforme y apacible se oía
caer el agua como cuando se viaja toda la tarde en un tren. Pero sin que
lo advirtiéramos, la lluvia estaba penetrando demasiado hondo en nuestros
sentidos. En la madrugada del lunes, cuando cerramos la puerta para evitar
el vientecillo cortante y helado que soplaba del patio, nuestros sentidos
habían sido colmados por la lluvia. Y en la mañana del lunes los había
rebasado. Mi madrastra y yo volvimos a contemplar el jardín. La tierra
áspera y parda de mayo se había convertido durante la noche en una
substancia oscura y pastosa, parecida al jabón ordinario. Un chorro de
agua comenzaba a correr por entre las macetas. “Creo que en toda la
noche han tenido agua de sobra”, dijo mi madrastra. Y yo noté que
había dejado de sonreír y que su regocijo del día anterior se había
transformado en una seriedad laxa y tediosa. “Creo que sí —dije—.
Será mejor que los guajiros las pongan en e corredor mientras escampa”.
Y así lo hicieron, mientras la lluvia crecía como árbol inmenso sobre
los árboles. Mi padre ocupó el mismo sitio en que estuvo la tarde del
domingo, pero no habló de la lluvia. Dijo: “Debe ser que anoche dormí
mal, porque me he amanecido doliendo el espinazo”. Y estuvo allí,
sentado contra el pasamano, con los pies en una silla y la cabeza vuelta
hacia el jardín vacío. Solo al atardecer, después que se negó a
almorzar dijo: “Es como si no fuera a escampar nunca”. Y yo me acordé
de los meses de calor. Me acordé de agosto, de esas siestas largas y
pasmadas en que nos echábamos a morir bajo el peso de la hora, con la
ropa pegada al cuerpo por el sudor, oyendo afuera el zumbido insistente y
sordo de la hora sin transcurso. Vi las paredes lavadas, las junturas de
la madera ensanchadas por el agua. Vi el jardincillo, vacío por primera
vez, y el jazminero contra el muro, fiel al recuerdo de mi madre. Vi a mi
padre sentado en el mecedor, recostadas en una almohada las vértebras
doloridas, y los ojos tristes, perdidos en el laberinto de la lluvia. Me
acordé de las noches de agosto, en cuyo silencio maravillado no se oye
nada más que el ruido milenario que hace la Tierra girando en el eje
oxidado y sin aceitar. Súbitamente me sentí sobrecogida por una
agobiadora tristeza.
Llovió durante todo
el lunes, como el domingo. Pero entonces parecía como si estuviera
lloviendo de otro modo, porque algo distinto y amargo ocurría en mi
corazón. Al atardecer dijo una voz junto a mi asiento: “Es aburridora
esta lluvia”. Sin que me volviera a mirar, reconocí la voz de Martín.
Sabía que él estaba hablando en el asiento del lado, con la misma
expresión fría y pasmada que no había variado ni siquiera después de
esa sombría madrugada de diciembre en que empezó a ser mi esposo.
Habían transcurrido cinco meses desde entonces. Ahora yo iba a tener un
hijo. Y Martín estaba allí, a mi lado, diciendo que le aburría la
lluvia. “Aburridora no —dije. Lo que me parece es demasiado triste es
el jardín vacío y esos pobre árboles que no pueden quitarse del patio”.
Entonces me volvía mirarlo, y ya Martín no estaba allí. Era apenas una
voz que me decía: “Por lo visto no piensa escampar nunca”, y cuando
miré hacia la voz, sólo encontré la silla vacía.
El martes amaneció
una vaca en el jardín. Parecía un promontorio de arcilla en su
inmovilidad dura y rebelde, hundidas las pezuñas en el barro y la cabeza
doblegada. Durante la mañana los guajiros trataron de ahuyentarla con
palos y ladrillos, Pero la vaca permaneció imperturbable en el jardín,
dura, inviolables, todavía las pezuñas hundidas en el barro y la enorme
cabeza humillada por la lluvia. Los guajiros la acostaron hasta cuando la
paciente tolerancia de mi padre vino en defensa suya: “Déjenla
tranquila —dijo—. Ella se irá como vino”.
Al atardecer del
martes el agua apretaba y dolía como una mortajada en el corazón. El
fresco de la primera mañana empezó a convertirse en una humedad
caliente; era una temperatura de escalofrío. Los pies sudaban dentro de
los zapatos, No se sabía qué era más desagradable, si la piel al
descubierto o el contacto con la ropa en la piel. En la casa había cesado
toda actividad. Nos sentamos en el corredor, pero ya no contemplábamos la
lluvia como el primer día. Ya no la sentíamos caer. Ya no veíamos sino
el contorno de los árboles en la niebla, en un atardecer triste y
desolado que dejaba en los labios el mismo sabor con que se despierta
después de haber soñado con una persona desconocida. Yo sabía que era
martes y me acordaba de las mellizas de San Jerónimo, de las niñas
ciegas que todas las semanas vienen a la casa a decirnos canciones
simples, entristecidas por el amargo y desamparado prodigio de sus voces.
Por encima de la lluvia yo oía la cancioncilla de las mellizas ciega y
las imaginaba en su casa, acuclilladas, aguardando a que cesara la lluvia
para salir a cantar. Aquel día no llegarían las mellizas de San
Jerónimo, pensaba yo, ni la pordiosera estaría en el corredor después
de la siesta, pidiendo como todos los martes, la eterna ramita de
toronjil.
Ese día perdimos el
orden de las comidas. Mi madrastra sirvió a la hora de la siesta un plato
de sopa simple y un pedazo de pan rancio. Pero en realidad no comíamos
desde el atardecer del lunes y creo que desde entonces dejamos de pensar.
Estábamos paralizados, narcotizados por la lluvia, entregados al
derrumbamiento de la naturaleza en una actitud pacífica y resignada. Solo
la vaca se movió en la tarde- De pronto, un profundo rumor sacudió sus
entrañas y las pezuñas se hundieron en el barro con mayor fuerza. Luego
permaneció inmóvil durante media hora, como si ya estuviera muerta, pero
no pudiera caer porque se lo impedía la costumbre de estar viva, el
hábito de estar en una misma posición bajo la lluvia, hasta cuando la
costumbre fue más débil que el cuerpo. Entonces dobló las patas
delanteras (levantadas todavía en un último esfuerzo agónico las ancas
brillantes y oscuras), hundió el babeante hocico en el lodazal y se
rindió por fin al peso de su propia materia en una silenciosa, gradual y
digna ceremonia de total derrumbamiento. “Hasta ahí llegó”, dijo
alguien a mis espaldas. Y yo me volví a mirar y vi en el umbral a la
pordiosera de los martes que venía a través de la tormenta a pedir la
ramita de toronjil. Tal vez el miércoles me habría acostumbrado a ese
ambiente sobrecogedor si al llegar a la sala no hubiera encontrado la mesa
recostada contra la pared, los muebles amontonados encima de ella, y del
otro lado, en un parapeto improvisado durante la noche, los baúles y las
cajas con los utensilios domésticos. El espectáculo me produjo una
terrible sensación de vacío. Algo había sucedido durante la noche. La
casa estaba en desorden; los guajiros, sin camisa y descalzos, con los
pantalones enrollados hasta las rodillas, transportaban los muebles al
comedor. En la expresión de los hombres, en la misma diligencia con que
trabajaban se advertía la crueldad de la frustrada rebeldía, de la
forzosa y humillante inferioridad bajo la lluvia. Yo me movía sin
dirección, sin voluntad. Me sentía convertida en una pradera desolada,
sembrada de algas y líquenes, de hongos viscosos y blandos, fecunda por
la repugnante flora de la humedad y de las tinieblas. Yo estaba en la sala
contemplando el desierto espectáculo de los mueble amontonados cuando oí
la voz de mi madrastra en el cuarto advirtiéndome que podía contraer una
pulmonía. Solo entonces caí en la cuenta de que el agua me daba en los
tobillos, de que la casa estaba inundada, cubierto el piso por una gruesa
superficie de agua viscosa y muerta.
Al mediodía del
miércoles no había acabado de amanecer. Y antes de las tres de la tarde
la noche había entrado de lleno, anticipada y enfermiza, con el mismo
lento y monótono y despiadado ritmo de la lluvia en el patio. Fue un
crepúsculo prematuro, suave y lúgubre, que creció en medio del silencio
de los guajiros, que se acuclillaron en las sillas, contra las paredes,
rendidos e impotentes ante el disturbio de la naturaleza. Entonces fue
cuando empezaron a llegar noticias de la calle. Nadie las traía a la
casa. Simplemente llegaba, precisas, individualizadas, como conducidas por
el barro líquido que corría por las calles y arrastraba objetos
domésticos, cosas y cosas, destrozos de una remota catástrofe, escombros
y animales muertos. Hechos ocurridos el domingo, cuando todavía la lluvia
era el anuncio de una estación providencial, tardaron dos días en
conocerse en la casa. Y el miércoles llegaron las noticias, como
empujadas por el propio dinamismo interior de la tormenta. Se supo
entonces que la iglesia estaba inundada y se esperaba su derrumbamiento.
Alguien que no tenía por qué saberlo, dijo esa noche: “El tren no
puede pasar el puente desde el lunes. Parece que el río se llevó los
rieles”. Y se supo que una mujer enferma había desaparecido de su lecho
y había sido encontrada esa tarde flotando en el patio.
Aterrorizada,
poseída por el espanto y el diluvio, me senté en el mecedor con las
piernas encogidas y los ojos fijos en la oscuridad húmeda y llena de
turbios pensamientos. Mi madrastra apareció en el vano de la puerta, con
la lámpara en alto y la cabeza erguida. Parecía un fantasma familiar
ante el cual yo misma participaba de su condición sobrenatural. Vino
hasta donde yo estaba. Aún mantenía la cabeza erguida y la lámpara en
alto, y chapaleaba en el agua del corredor. “Ahora tenemos que rezar”,
dijo. Y yo vi su rostros seco y agrietado, como si acabara de abandonar
una sepultura o como si estuviera fabricada en una substancia distinta de
la humana. Estaba frente a mí, con el rosario en la mano, diciendo: “Ahora
tenemos que rezar. El agua rompió las sepulturas y los pobrecitos muertos
están flotando en el cementerio”. Tal vez había dormido un poco esa
noche cuando desperté sobresaltada por un olor agrio y penetrante como el
de los cuerpos en descomposición. Sacudía con fuerza a Martín, que
roncaba a mi lado. “¿No lo sientes?”, le dije. Y él dijo “¿Qué?”
Y yo dije: “El olor. Deben ser los muertos que están flotando por las
calles”. Yo me sentía aterrorizada por aquella idea, pero Martín se
volteó contra la pared y dijo con la voz ronca y dormida: “Son cosas
tuyas. Las mujeres embarazadas siempre están con imaginaciones”.
Al amanecer del
jueves cesaron los olores, se perdió el sentido de las distancias. La
noción del tiempo, trastornada desde el día anterior, desapareció por
completo. Entonces no hubo jueves. Lo que debía ser lo fue una cosa
física y gelatinosa que había podido apartarse con las manos para
asomarse al viernes. Allí no había hombres ni mujeres. Mi madrastra, mi
padre, los guajiros eran cuerpos adiposos e improbables que se movían en
el tremedal del invierno. Mi padre me dijo: “No se mueva de aquí hasta
cuando no le diga lo qué se hace”, y su voz era lejana e indirecta y no
parecía percibirse con los oídos sino con el tacto, que era el único
sentido que permanecía en actividad.
Pero mi padre no
volvió: se extravió en el tiempo. Así que cuando llegó la noche llamé
a mi madrastra para decirle que me acompañara al dormitorio. Tuve un
sueño pacífico, sereno, que se prolongó a lo largo de toda la noche- Al
día siguiente la atmósfera seguía igual, sin color, sin olor, sin
temperatura. Tan pronto como desperté salté a un asiento y permanecí
inmóvil, porque algo me indicaba que todavía una zona de mi consciencia
no había despertado por completo. Entonces oí el pito del tren. El pito
prolongado y triste del tren fugándose de la tormenta. “Debe haber
escampado en alguna parte”, pensé, y una voz a mis espaldas pareció
responder a mi pensamiento: “Dónde...”, dijo. “¿quién esta ahí?”,
dije yo, mirando. Y vi a mi madrastra con un brazo largo y escuálido
extendido hacia la pared. “Soy yo”, dijo Y yo le dije: “¿Los oyes?”
Y ella dijo que sí, que tal vez habría escampado en los alrededores y
habían reparado las líneas. Luego me entregó una bandeja con el
desayuno humeante. Aquello olía a salsa de ajo y manteca hervida. Era un
plato de sopa. Desconcertada le pregunté a mi madrastra por la hora. Y
ella, calmadamente, con una voz que sabía a postrada resignación, dijo:
“Deben ser las dos y media, más o menos. El tren no lleva retraso
después de todo”. Yo dije: “¡Las dos y media! ¡Cómo hice para
dormir tanto!” Y ella dijo: “No has dormido mucho. A lo sumo serían
las tres”. Y yo, temblando, sintiendo resbalar el plato entre mis manos:
“Las dos y media del viernes...”, dije. Y ella, monstruosamente
tranquila: “Las dos y media del jueves, hija. Todavía las dos y media
del jueves”.
No sé cuanto tiempo
estuve hundida en aquel sonambulismo en que los sentidos perdieron su
valor. Solo sé que después de muchas horas incontables oí una voz en la
pieza vecina. Una voz que decía: “Ahora puedes rodar la cama para ese
lado”. Era una voz fatigada, pero no voz de enfermo, sino de
convaleciente. Después oí el ruido de los ladrillos en el agua.
Permanecí rígida antes de darme cuenta de que me encontraba en posición
horizontal. Entonces sentí el vacío inmenso, Sentí el trepidante y
violento silencio de la casa, la inmovilidad increíble que afectaba a
todas las cosas. Y súbitamente sentí el corazón convertido en una
piedra helada. “estoy muerta —pensé—. Dios. Estoy muerta”. Di un
salto de la cama. Grite: “¡Ada, Ada!” La voz desabrida de martín me
respondió desde el otro lado: “No pueden oírte porque ya están fuera”.
Solo entonces me di cuenta de que había escampado y de que en torno a
nosotros se extendía un silencio, una tranquilidad, una beatitud
misteriosa y profunda, un estado perfecto que debía ser muy parecido a la
muerte. Después se oyeron pisadas en el corredor. Se oyó una voz clara y
completamente viva. Luego un vientecito fresco sacudió la hoja de la
puerta, hizo crujir la cerradura, y un cuerpo sólido y momentáneo, como
una fruta madura, cayó profundamente en la alberca del patio. Algo en el
aire denunciaba la presencia de una persona invisible que sonreía en la
oscuridad.
“Dios mío —pensé
entonces, confundida por el trastorno del tiempo—. Ahora no me
sorprendería de que me llamaran para asistir a la misa del domingo pasado”.
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