Gabriel
García Márquez
(Aracataca, Colombia 1928 - México DF, 2014)
El rastro de tu sangre en la nieve
Doce cuentos peregrinos (1992)
Al anochecer, cuando llegaron a la
frontera, Nena Daconte se dio cuenta de que el dedo con el anillo de bodas
le seguía sangrando. El guardia civil con una manta de lana cruda sobre
el tricornio de charol examinó los pasaportes a la luz de una linterna de
carburo, haciendo un grande esfuerzo para que no lo derribara la presión
del viento que soplaba de los Pirineos. Aunque eran dos pasaportes
diplomáticos en regla, el guardia levantó la linterna para compro bar
que los retratos se parecían a las caras.
Nena Daconte era
casi una niña, con unos ojos de pájaro feliz y una piel de melaza que
todavía irradiaba la resolana del Caribe en el lúgubre anochecer
de enero, y estaba arropada hasta el cuello con un abrigo de nucas de
visón que no podía comprarse con el sueldo de un año de toda la
guarnición fronteriza. Billy Sánchez de Avila, su marido, que conducía
el coche, era un año menor que ella y casi tan bello y
llevaba una chaqueta de cuadros escoceses y una gorra de pelotero.
Al contrario de su esposa, era alto y atlético y tenía las
mandíbulas de hierro de los matones tímidos. Pero lo que revelaba
mejor la condición de ambos era el automóvil platinado, cuyo interior
exhalaba un aliento de bestia viva, como no se había visto otro por
aquella frontera de pobres. Los asientos posteriores iban atiborrados de
maletas demasiado nuevas y muchas cajas de regalos todavía sin abrir.
Ahí estaba, además el saxofón tenor que había sido la pasión
dominante en la vida de Nena Daconte antes de que sucumbiera al amor
contrariado de su tierno pandillero de balneario.
Cuando el guardia le
devolvió los pasaportes sellados, Billy Sánchez le preguntó dónde
podía encontrar una farmacia para hacerle una cura en el dedo a su mujer,
y el guardia le gritó contra e1 viento que preguntaran en Hendaya, del
lado francés. Pero los guardias s de Hendaya estaban sentados a la
mesa en mangas de camisa, jugando barajas mientras comían pan mojado en
tazones de vino dentro de una garita de cristal cálida y bien alumbrada,
y les bastó con ver el tamaño y la clase del coche para indicarles por
señas que se internaran en Francia. Billy Sánchez hizo sonar varias
veces la bocina, pero los guardias no entendieron que los llama—ban,
sino que uno de ellos abrió el cristal y les gritó con más rabia que el
viento: Merde! Allez—,. es pece de con!
Entonces Nena
Daconte salió del automóvil envuelta con el abrigo hasta las orejas, y
le preguntó al guardia en un francés perfecto dónde había una
farmacia. El guardia contestó por costumbre con la boca llena de pan que
eso no era asunto suyo. Y menos con semejante borrasca, y cerró la
ventanilla. Pero luego se fijó con atención en la muchacha que se
chupaba el dedo herido envuelta en el destello de los visones naturales, y
debió confundirla con una aparición mágica en aquella noche de
espantos, porque al instante cambió de humor. Explicó que la ciudad más
cercana era Biarritz, pero que en pleno invierno y con aquel viento de
lobos, tal vez no hubiera una farmacia abierta hasta Bayona, un poco más
adelante.
—¿Es algo grave?
—preguntó.
—Nada —sonrió
Nena Daconte, mostrándole el dedo con la sortija de diamantes en cuya
yema era apenas perceptible la herida de la rosa—. Es sólo un pinchazo.
Antes de Bayona
volvió a nevar. No eran más de las siete, pero encontraron las calles
desiertas y las casas cerradas por la furia de la borrasca, y al cabo de
muchas vueltas sin encontrar una farmacia decidieron seguir adelante.
Billy Sánchez se alegró con la decisión. Tenía una pasión insaciable
por los automóviles raros y un papá con demasiados sentimientos de culpa
y recursos de sobra para complacerlo, y nunca había conducido nada igual
a aquel Bentley convertible de regalo de bodas. Era tanta su embriaguez en
el volante, que cuanto más andaba menos cansado se sentía. Estaba
dispuesto a llegar esa noche a Burdeos, donde tenían reservada la suite
nupcial del hotel Splendid, y no habría vientos contrarios ni bastante
nieve en el cielo para impedirlo. Nena Daconte, en cambio, estaba agotada,
sobre todo por el último tramo de la carretera desde Madrid, que era una
cornisa de cabras azotada por el granizo. Así que después de Bayona se
enrolló un pañuelo en el anular apretándolo bien para detener la sangre
que seguía fluyen—do, y se durmió a fondo. Billy Sánchez no lo
advirtió sino al borde de la media noche, después de que acabó de nevar
y el viento se paró de pronto entre los pinos, y el cielo de las landas
se llenó de estrellas glaciales. Había pasado frente a las luces
dormidas de Burdeos, pero sólo se detuvo para llenar el tanque en una
estación de la carretera pues aún le quedaban ánimos para llegar hasta
París sin tomar aliento. Era tan feliz con su juguete grande de 25.000
libras esterlinas, que ni siquiera se preguntó si lo sería también la
criatura radiante que dormía a su lado con la venda del anular empapada
de sangre, y cuyo sueño de adolescente, por primera vez, estaba
atravesado por ráfagas de incertidumbre. Se habían casado tres días
antes, a 10.000 kilómetros de allí, en Cartagena de Indias, con el
asombro de los padres de él y la desilusión de los de ella, y la
bendición personal del Arzobispo Primado. Nadie, salvo ellos mismos,
entendía el fundamento real ni conoció el origen de ese amor
imprevisible. Había empezado tres meses antes de la boda, un domingo de
mar en que la pandilla de Billy Sánchez se tomó por asalto los
vestidores de mujeres de los balnearios de Marbella. Nena Daconte había
cumplido apenas dieciocho años, acababa de regresar del internado de la
Chattelainie, en Stblaise, Suiza, hablando cuatro idiomas sin acento y con
un dominio maestro del saxofón tenor, y aquel era su primer domin—go de
mar desde el regreso. Se había desnudado por completo para ponerse el
traje de baño cuando empezó la estampida de pánico y los gritos de
abordaje en las casetas vecinas, pero no entendió lo que ocurría hasta
que la aldaba de su puerta saltó en astillas y vio parado frente a ella
al bandolero más hermoso que se podía concebir. lo único que llevaba
puesto era un calzoncillo lineal de falsa piel de leopardo, y tenía el
cuerpo apacible y elástico y el color dorado de la gente de mar. En el
puño derecho, donde tenía una esclava metálica de gladiador romano,
llevaba enrollada una cadena de hierro que le servía de arma mortal, y
tenía colgada del cuello una medalla sin santo que palpitaba en silencio
con el susto del corazón. Habían estado juntos en la escuela primaria y
habían roto muchas piñatas en las fiestas de cumpleaños, pues ambos
pertenecían a la estirpe provinciana que manejaba a su arbitrio el
destino de la ciudad desde los tiempos de la Colonia, pero habían dejado
de verse tantos años que no se reconocieron a primera vista. Nena Daconte
permaneció de pie, inmóvil, sin hacer nada por ocultar su desnudez
intensa. Billy Sánchez cumplió entonces con su rito pueril: se bajó el
calzoncillo de leopardo y le mostró su respetable animal erguido. Ella lo
miró de frente y sin asombro.
—Los he visto más
grandes y más firmes— dijo, dominando el terror, de modo que
piensa bien lo que vas a hacer, porque conmigo te tienes que comportar
mejor que un negro.
En realidad, Nena
Daconte no sólo era virgen sino que nunca hasta entonces había visto un
hombre desnudo, pero el desafío le resultó eficaz único que se le
ocurrió a Billy Sánchez fue tirar un puñetazo de rabia contra la pared
con la cadena enrollada en la mano, y se astilló los huesos. Ella lo
llevó en su coche al hospital, lo ayudó a sobrellevar la convalecencia,
y al final aprendieron juntos a hacer el amor de la buena manera. Pasaron
las tardes difíciles de junio en la terraza interior de la casa donde
habían muerto seis generaciones de próceres en la familia de Nena
Daconte, ella tocando canciones de moda en el saxofón, y él con la mano
escayolada contemplándola desde el chinchorro con un estupor sin alivio.
La casa tenía numerosas ventanas de cuerpo entero que daban al estanque
de podredumbre de la bahía, y era una de las más grandes y antiguas del
barrio de la Manga, y sin duda la más fea. Pero la terraza de baldosas
ajedrezadas donde Nena Daconte tocaba el saxofón era un remanso en el
calor de las cuatro, y daba a un patio de sombras grandes con palos de
mango y matas de guineo, bajo los cuales había una tumba con una losa sin
nombre, anterior a la casa y a la memoria de la familia. Aun los menos
entendidos en música pensaban que el sonido del saxofón) era anacrónico
en una casa de tanta alcurnia. “Suena como un buque había dicho la
abuela de Nena Daconte cuando lo oyó por primera vez. Su madre
había tratado en vano de que lo tocara de otro modo, y no como ella lo
hacia por comodidad, con la falda recogida hasta los muslos y las rodillas
separadas, y con una sensualidad que no le parecía esencial para la
música “No me importa qué instrumento toques –le decía— con tal
de que lo toques con las piernas cerradas”. Pero fueron esos ares
de adioses de buques y ese encarnizamiento de amor los que le permitieron
a Nena Daconte romper la cáscara amarga de Billy Sánchez. Debajo de la
triste reputación de bruto que él tenía muy bien sustentada por la
confluencia de des apellidos ilustres, ella descubrió un huérfano
asustado y tierno. Llegaron a conocerse tanto mientras se le soldaban los
huesos de la mano, que él mismo se asombró de la fluidez con que
ocurrió el amor cuando ella lo llevó a su cama de doncella una tarde de
lluvias en que se quedaron solos en la casa. Todos los días a esa hora,
durante casi dos semanas, retozaron desnudos bajo la mirada atónita de
los retratos de guerreros civiles y abuelas insaciables que los habían
precedido en el paraíso de aquella cama histórica. Aun en las pausas del
amor permanecían desnudos con las ventanas abiertas respirando la brisa
de escombros de barcos de la bahía, su olor a mierda, oyendo en el
silencio del saxofón los ruidos cotidianos del patio, la nota única del
sapo bajo las matas de guineo, la gota de agua en la tumba de nadie, los
pasos naturales de la vida que antes no hablan tenido tiempo de conocer.
Cuando los padres de Nena Daconte regresaron a la casa, ellos habían
progresado tanto en el amor que ya no les alcanzaba el mundo para otra
cosa, y lo hacían a cualquier hora y en cualquier parte, tratando de
inventarlo otra vez cada vez que 1o hacían. Al principio lo hicieron como
mejor podían en los carros deportivos con que el papá de Billy trataba
de apaciguar sus propias culpas. Después, cuando los coches se les
volvieron demasiado fáciles, se metían por la noche en las casetas
desiertas de Marbella donde el destino los había enfrentado por primera
vez, y hasta se metieron disfrazados durante el carnaval de noviembre en
los cuartos de alquiler del antiguo barrio de esclavos de Getsemaní, al
amparo de las mamasantas que hasta hacía pocos meses tenían que padecer
a Billy Sánchez con su pandilla de cadeneros. Nena Daconte se entregó a
los amores furtivos con la misma devoción frenética que antes malgastaba
en el saxofón, hasta el punto de que su bandolero domesticado terminó
por entender lo que ella quiso decirle cuando le dijo que tenía que
comportarse como un negro. Billy Sánchez le correspondió siempre y bien,
y con el mismo alborozo. Ya casados, cumplieron con el deber de amarse
mientras las azafatas dormían en mitad del Atlántico, encerrados a duras
penas y más muertos de risa que de placer en el retrete del avión. Sólo
ellos sabían entonces, 24 horas después de la boda, que Nena Daconte
estaba encinta desde hacía dos meses.
De modo que cuando
llegaron a Madrid se sentían muy lejos de ser dos amantes saciados, pero
tenían bastantes reservas para comportarse como recién casados puros.
Los padres de ambos lo habían previsto todo. Antes del desembarco, un
funcionario de protocolo subió a la cabina de primera clase para llevarle
a Nena Daconte el abrigo de visón blanco con franjas de un negro
luminoso, que era el regalo de bodas de sus padres. A Billy Sánchez le
llevó una chaqueta de cordero que era la novedad de aquel invierno, y las
llaves sin marca de un coche de sorpresa que le esperaba en el aeropuerto.
La misión
diplomática de su país los recibió en el salón oficial. El
embajador y su esposa no sólo eran amigos desde siempre de la familia de
ambos, sino que él era el médico que había asistido al nacimiento de
Nena Daconte, y la esperó con un ramo de rosas tan radiantes y frescas,
que hasta las gotas de rocío parecían artificiales. Ella los saludó a
ambos con besos de burla, incómoda con su condición un poco prematura de
recién casada, y luego recibió las rosas. Al cogerlas se pinchó el dedo
con una espina del tallo, pero sorteó el percance con un recurso
encantador.
—Lo hice adrede
—dijo— para que se fijaran en mi anillo.
En efecto, la
misión diplomática en pleno admiró el esplendor del anillo, calculando
que debía costar una fortuna no tanto por la clase de los diamantes como
por su antigüedad bien conservada. Pero nadie advirtió que el dedo
empezaba a sangrar. La atención de todos derivó después hacia el coche
nuevo. El embajador había tenido el buen humor de llevarlo al aeropuerto,
y de hacerlo envolver en papel celofán con un enorme lazo dorado. Billy
Sánchez no apreció su ingenio. Estaba tan ansioso por ~ el coche, que
desgarró la envoltura de un tirón y se quedó sin aliento. Era el
Bentley convertible de ese año con tapicería de cuero legítimo. El
cielo parecía un manto de ceniza, el Guadarrama mandaba un viento
cortante y helado, y no se estaba bien a la intemperie, pero Billy
Sánchez no tenía todavía la noción del frío. Mantuvo a la misión
diplomática en el estacionamiento sin techo, inconsciente de que se
estaban congelando por cortesía, hasta que terminó de reconocer el coche
en sus detalles recónditos. Luego el embajador se sentó a su lado para
guiarlo hasta la residencia oficial donde estaba previsto un almuerzo. En
el trayecto le fue indicando los lugares más conocidos de la ciudad, pero
él sólo parecía atento a la magia del coche.
Era la primera vez
que salía de su tierra. Había pasado por todos los colegios privados y
públicos, repitiendo siempre el mismo curso, hasta que se quedó flotando
en un limbo de desamor. La primera visión de una ciudad distinta de la
suya, los bloques de casas cenicientas con las luces encendidas a pleno
día, los árboles pelados, el mar distante, todo le iba aumentando un
sentimiento de desamparo que se esforzaba por mantener al margen del
corazón. Sin embargo, poco después cayó sin darse cuenta en la primera
trampa del olvido. Se habla precipitado una tormenta instantánea y
silenciosa, la primera de la estación, y cuando salieron de la casa del
embajador después del almuerzo para emprender el viaje hacia Francia,
encontraron la ciudad cubierta de una nieve radiante. Billy Sánchez se
olvidó entonces del coche, y en presencia de todos, dando gritos de
júbilo y echándose puñados de polvo de nieve en la cabeza se revolcó
en mitad de la calle con el abrigo puesto.
Nena Daconte se dio
cuenta por primera vez de que el dedo estaba sangrando, cuando abandonaron
a Madrid en una tarde que se había vuelto diáfana después de la
tormenta. Se sorprendió, porque había acompañado con el saxofón a la
esposa del embaja—dor, a quien le gustaba cantar arias de ópera en
italiano después de los almuerzos oficiales, y apenas si notó la
molestia en el anular. Después, mientras le iba indicando a su marido las
rutas más cortas hacia la frontera, se chupaba el dedo de un modo
inconsciente cada vez que le sangraba, y sólo cuando llegaron a los
Pirineos se le ocurrió buscar una farmacia. Luego sucumbió a los sueños
atrasados de los últimos días, y cuando despertó de pronto con la
impresión de pesadilla de que el coche andaba por el agua, no se acordó
más durante un largo rato del pañuelo amarrado en el dedo. Vio en el
reloj luminoso del tablero que eran más de las tres, hizo sus cálculos
mentales, y sólo entonces comprendió que habían seguido de largo por
Burdeos, y también por Angulema y Poitiers y estaban pasando por el dique
de Loira inundado por la creciente. El fulgor de la luna se filtraba a
través de la neblina, y las siluetas de los castillos entre los pinos
parecían de cuentos de fantasmas. Nena Daconte, que conocía la región
de memoria, calculó que estaban ya a unas tres horas de París, y Billy
Sánchez continuaba impávido en el volante.
—Eres un salvaje
—le dijo—. Llevas más de once horas manejando sin comer nada.
Estaba todavía
sostenido en vilo por la embriaguez del coche nuevo. A pesar de que en el
avión había dormido poco y mal, se sentía despabilado y con fuerzas de
sobra para llegar a París al amanecer.
—Todavía me dura
el almuerzo de la embajada —dijo—. Y agregó sin ninguna lógica: Al
fin y al cabo, en Cartagena están saliendo apenas del cine. Deben ser
como las diez.
Con todo Nena
Daconte temía que él se durmiera conduciendo. Abrió una caja de entre
los tantos regalos que les habían hecho en —Madrid, y trató de meterle
en la boca un pedazo de naranja azucarada. Pero él la esquivó.
—Los machos no
comen dulces —dijo.
Poco antes de
Orleáns se desvaneció la bruma, y una luna muy grande iluminó las
sementeras nevadas, pero el tráfico se hizo más difícil por la
confluencia de los enormes camiones de legumbres y cisternas de vinos que
se dirigían a París. Nena Daconte hubiera querido ayudar a su marido en
el volante, pero ni siquiera se atrevió a insinuarlo, porque é le había
advertido desde la primera vez en que salieron juntos que no hay
humillación más grande para un hombre que dejarse conducir por su mujer.
Se sentía lúcida después de casi cinco horas de buen sueño, y estaba
además contenta de no haber parado en un hotel de la provincia de
Francia, que conocía desde muy niña en numerosos viajes con sus padres.
"No hay paisajes más bellos en el mundo", decía, "pero
uno puede morirse de sed sin encontrar a nadie que le dé gratis un vaso
de agua." Tan convencida estaba, que a última hora había metido un
jabón y un rollo de papel higiénico en el maletín de mano, porque en
los hoteles de Francia nunca había jabón, y el papel de los retretes
eran los periódicos de la semana anterior cortados en cuadritos y
colgados de un gancho. Lo único que lamentaba en aquel momento era haber
desperdiciado una noche entera sin amor. La réplica de su marido fue
inmediata.
—Ahora mismo estaba pensando que debe ser del carajo tirar en la nieve
—dijo—. Aquí mismo, si quieres.
Nena Daconte lo
pensó en serio. Al borde de la carretera, la nieve bajo la luna tenía un
aspecto mullido y cálido, pero a medida que se acercaban a los suburbios
de París el tráfico era más intenso, y había núcleos de fábricas
iluminadas y numerosos obreros en bicicleta. De no haber sido
invierno, estarían ya en pleno día.
—Ya será mejor
esperar hasta París –dijo Nena Daconte. Nena Daconte.
— Bien calenticos
y en una cama con sábanas limpias, como la gente casada.
—Es la primera vez
que me fallas —dijo él.
—Claro —replicó
ella—. Es la primera vez que somos casados. Poco antes de amanecer se
lavaron la cara y orinaron en una fonda del camino, y tomaron café con
croissants calientes en el mostrador donde los camioneros desayunaban con
vino tinto.
Nena Daconte se
había dado cuenta en el baño de que tenía manchas de sangre en la blusa
y la falda, pero no intentó lavarlas. Tiró en la basura el pañuelo
empapado, se cambió el anillo matrimonial para la mano izquierda y se
lavó bien el dedo herido con agua y jabón El pinchazo era casi
invisible. Sin embargo, tan pronto como regresaron al coche volvió a
sangrar, de modo que Nena Daconte dejó el brazo colgando fuera de la
ventana, convencida de que el aire glacial de las sementeras tenia
virtudes de cauterio. Fue otro recurso vano pero todavía no se alarmó.
“Si alguien nos quiere encontrar será muy fácil", dijo con su
encanto natural. "sólo tendrá que seguir el rastro de mi sangre en
la nieve." Luego pensó mejor en lo que había dicho y su rostro
floreció en las primeras luces del amanecer.
—Imagínate —dijo: —un rastro de sangre en la nieve desde Madrid
hasta París. ¿No te parece bello para una canción?
No tuvo tiempo de
volverlo a pensar. En los suburbios de París el dedo era un manantial
incontenible, y ella— sintió de veras— que se le estaba yendo el alma
por la herida. Había tratado de segar el flujo con el rollo de papel
higiénico que llevaba en el maletín, pero más tardaba en vendarse el
dedo que en arrojar por la ventana las tiras del papel ensangrentado. La
ropa que llevaba puesta, el abrigo, los asientos del coche, se iban
empapando poco a poco de un modo irreparable. Billy Sánchez se asustó en
serio e insistió en buscar una farmacia, pero ella sabía entonces que
aquello no era asunto de boticarios.
—Estamos casi en
la Puerta de Orleáns —dijo. —Sigue de por la avenida del general
Leclerc, que es la más ancha y con muchos árboles, y después yo
te voy diciendo lo que haces.
Fue el trayecto más
arduo de todo el viaje. La avenida del general Leclerc era un nudo
infernal de automóviles pequeños y bicicletas, embotellados en ambos
sentidos, y de los camiones enormes que trataban de llegar a los mercados
centrales. Billy Sánchez se puso tan nervioso con el estruendo inútil de
las bocinas, que se insultó a gritos en lengua de cadeneros con varios
conductores y hasta trató de bajarse del coche para pelearse con uno,
pero Nena Daconte logró convencerlo de que los franceses eran la gente
más grosera del mundo, pero no se golpeaban nunca. Fue una prueba más de
su buen juicio, porque en aquel momento Nena Daconte estaba haciendo
esfuerzos para no perder la conciencia.
Sólo para salir de
la glorieta del León de Belfort necesitaron más de una hora. Los cafés
y almacenes estaban iluminados como si fuera la media noche, pues era un
martes típico de los eneros de París, encapotados y sucios y con una
llovizna tenaz que no alcanzaba a concretarse en nieve. Pero la avenida
Denfer-Rochereau estaba más despejada, y al cabo de unas pocas
cuadras —Nena Daconte le indicó a su marido que doblara a la derecha, y
estacionó frente a la entrada de emergencia de un hospital enorme y
sombrío.
Necesitó ayuda para
salir del coche, pero no perdió la serenidad ni la lucidez. Mientras
llegaba el médico de turno, acostada en la camilla rodante, contestó a
la enfermera el cuestionario de rutina sobre su identidad y sus
antecedentes de salud. Billy Sánchez le llevó el bolso y le apretó la
mano izquierda donde entonces llevaba el anillo de bodas, y la sintió
lánguida y fría, y sus labios habían perdido el color. Permaneció a su
lado, con la mano en la suya, hasta que llegó el médico de turno y le
hizo un examen rápido al anular herido. Era un hombre muy joven, con la
piel del color del cobre antiguo y la cabeza pelada. Nena Daconte no le
prestó atención sino que dirigió a su mirada una sonrisa lívida.
—No te asustes—
le dijo, con su humor invencible. —Lo único que puede suceder es que
este caníbal me corte la mano para comérsela.
El médico concluyó
el examen, y entonces los sorprendió con un castellano muy correcto
aunque con raro acento asiático.
—No, muchachos —dijo—.
Este caníbal prefiere morirse de hambre antes que cortar una mano tan
bella.
Ellos se ofuscaron
pero el médico los tranquilizó con un gesto amable. Luego ordenó que se
llevaran la camilla, y Billy Sánchez quiso seguir con ella cogido de la
mano de su mujer. El médico lo detuvo por el brazo.
—Usted no— le
dijo. —Va para cuidados intensivos—. Nena Daconte le volvió a
sonreír al esposo, y le siguió diciendo adiós con la mano hasta que la
camilla se perdió en el fondo del corredor. El médico se retrasó
estudiando los datos que la enfermera había escrito en una tablilla.
Billy Sánchez lo llamó.
—Doctor —le dijo—.
Ella está encinta.
—¿Cuánto tiempo?
—Dos meses.
E1 médico no le dio
la importancia que Billy Sánchez esperaba. "Hizo bien en
decírmelo," dijo, y se fue detrás de la camilla. Billy Sánchez se
quedó parado en la sala lúgubre olorosa a sudores de enfermos, se quedó
sin saber qué hacer mirando el corredor vacío por donde se habían
llevado a Nena Daconte, y luego se sentó en el escaño de madera donde
había otras personas esperando. No supo cuánto tiempo estuvo ahí, pero
cuando decidió salir del hospital era otra vez de noche y continuaba la
llovizna, y él seguía sin saber ni siquiera qué hacer consigo mismo,
abrumado por el peso del mundo.
Nena Daconte
ingresó a las 9:30 del martes 7 de enero, según lo pude comprobar años
después en los archivos del hospital. Aquella primera noche, Billy
Sánchez durmió en el coche estacionado frente a la puerta de urgencias y
muy temprano al día siguiente se comió seis huevos cocidos y dos tazas
de café con leche en la cafetería que encontró más cerca, pues no
había hecho una comida completa desde Madrid. Después volvió a la sala
de urgencias para ver a Nena Daconte pero le hicieron entender que debía
dirigirse a la entrada principal. Allí Consiguieron por fin un asturiano
del servicio que lo ayudó a entenderse con el portero, y éste comprobó
que en efecto Nena Daconte estaba registrada en el hospital, pero que
sólo se permitían visitas los martes de nueve a cuatro. Es decir, seis
días después. Trató de ver al médico que hablaba castellano, a quien
describió como un negro con la cabeza pelada, pero nadie le dio razón
con dos detalles tan simples.
Tranquilizado con la
noticia de que Nena Daconte estaba en el registro, volvió al lugar donde
había dejado el coche, y un agente de tránsito lo obligó a estacionar
dos cuadras más adelante, en una calle muy estrecha y del lado de los
números impares. En la acera de enfrente habla un edificio restaurado con
un letrero: Hotel Nicole. Tenía una sola estrella, y una sala de recibo
muy pequeña donde no habla más que un sofá y un viejo piano vertical,
pero el propietario de voz aflautada podía entenderse con los dientes en
cualquier idioma a condición de que tuvieran con qué pagar. Billy
Sánchez se instaló con once maletas y nueve cajas de regalos en el
único cuarto libre, que era una mansarda triangular en el noveno piso, a
donde se llegaba sin aliento por una escalera en espiral que olla a espuma
de coliflores hervidas. Las paredes estaban forradas de colgaduras tristes
y por la única ventana no cabía nada más que la claridad turbia del
patio interior. Había una cama para dos, un ropero grande, una silla
simple, un bidé portátil y un aguamanil con su platón y su jarra, de
modo que la única manera de estar dentro del cuarto era acostado en la
cama. Todo era peor que viejo, desventurado, pero también muy limpio, y
con un rastro saludable de medicina reciente.
A Billy Sánchez no
le habría alcanzado la vida para descifrar los enigmas de ese mundo
fundado en el talento de la cicatería. Nunca entendió el misterio de la
luz de la escalera que se apagaba antes de que él llegara a su piso, ni
descubrió la manera de volver a encendería. Necesitó media mañana para
aprender que con el rellano de cada piso habla un cuartito con un excusado
de cadena, y ya había decidido usarlo en las tinieblas cuando descubrió
por casualidad que la luz se encendía al pasar el cerrojo por dentro,
para que nadie la dejara encendida por olvido. La ducha, que estaba en el
extremo del corredor y que él se empellaba en usar des veces al día como
en su tierra, se pagaba aparte y de contado, y el agua caliente,
controlada desde la administración, se acababa a los tres minutos. Sin
embargo, Billy Sánchez tuvo bastante claridad de juicio para comprender
que aquel orden tan distinto del suyo era de todos modos mejor que la
intemperie de enero, se sentía además tan ofuscado y solo que no podía
entender como pudo vivir alguna vez sin el amparo de Nena Daconte. Tan
pronto como subió al cuarto, la mañana del miércoles, se tiró bocabajo
en la cama con el abrigo puesto pensando en la criatura de prodigio que
continuaba desangrándose en la acerca de enfrente, y muy pronto sucumbió
en un sueño tan natural que cuando despertó eran las cinco en el reloj,
pero no pudo deducir si eran las cinco de la tarde o del amanecer,
ni de qué día de la semana ni en qué ciudad de vidrios azotados por el
viento y la lluvia. Esperó despierto en la cama, siempre pensando en Nena
Daconte, hasta que pudo com—probar que en realidad amanecía. Entonces
fue a desayunar a la misma cafetería del día anterior, y allí pudo
establecer que era jueves. Las luces del hospital estaban encendidas y
había dejado de llover, de modo que permaneció recostado en el tronco de
un castaño frente a la entrada principal, por donde entraban y salían
médicos y enfermeras de batas blancas, con la esperanza de encontrar al
médico asiático que había recibido a Nena Daconte. No lo vio, ni
tampoco esa tarde después del almuerzo, cuando tuvo que desistir de la
espera porque se estaba congelando. A las siete se tomó otro café con
leche y se comió dos huevos duros que él mismo cogió en el aparador
después de 48 horas de estar comiendo la misma cosa en el mismo lugar.
Cuando volvió al hotel para acostarse, encontró su coche solo en una
acera y todos los demás en la acera de enfrente, y tenía puesta la
noticia de una multa en el parabrisas. Al portero del Hotel Nicole le
costó trabajo explicarle que en los días impares del mes se podía
estacionar en la acera de números impares, y al día siguiente en la
acera contraria. Tantas artimañas racionalistas resultaban
incomprensibles para un Sánchez de Avila de los más acendrados que
apenas dos anos antes se había metido en un cine de barrio con el
automóvil oficial del alcalde mayor, y habla causado estragos de muerte
ante los policías impávidos. Entendió menos todavía cuando el portero
del hotel le aconsejó que pagara la multa, pero que no cambiara el coche
de lugar a esa hora, porque tendría que cambiarlo otra vez a las doce de
la noche. Aquella madrugada, por primera vez, no pensó sólo en Nena
Daconte, sino que daba vueltas en la cama sin poder dormir, pensando en
sus propias noches de pesadumbre en las cantinas de maricas del mercado
público de Cartagena del Caribe. Se acordaba del sabor del pescado frito
y el arroz de coco en las fondas del muelle donde atracaban las
goletas de Aruba. Se acordó de su casa con las paredes cubiertas de
trinitarias, donde serían apenas las siete de la noche de ayer, y vio a
su padre con una piyama de seda leyendo el periódico en el fresco de la
terraza. Se acordó de su madre, de quien nunca se sabía dónde estaba a
ninguna una hora, su madre apetitosa y lenguaraz, con un traje de domingo
y una rosa en la oreja desde el atardecer, ahogándose de calor por el
estorbo de sus tetas espléndidas. Una tarde, cuando él tenía siete
años, había entrado de pronto en el cuarto de ella y la había
sorprendido desnuda en la cama con uno de sus amantes casuales. Aquel
percance del que nunca había hablado, estableció entre ellos una
relación de complicidad que era más útil que el amor. Sin embargo, él
no fue consciente de eso, ni de tantas cosas terribles de su soledad de
hijo único, hasta esa noche en que se encontró dando vueltas en la cama
de una mansarda triste de París, sin nadie a quién contarle su
infortunio, y con una rabia feroz contra sí mismo porque no podía
soportar las ganas de llorar.
Fue un insomnio
provechoso. El viernes se levantó estropeado por la mala noche, pero
resuelto a definir su vida. Se decidió por fin a violar la cerradura de
su maleta para cambiarse de ropa pues las llaves de todas estaban en el
bolso de Nena Daconte, con la mayor parte del dinero y la libreta de
teléfonos donde tal vez hubiera encontrado el número de algún conocido
de París. En la cafetería de siempre se dio cuenta de que había
aprendido a saludar en francés y a pedir sándwiches de jamón y café
con leche. También sabía que nunca le seria posible ordenar mantequilla
ni huevos en —ninguna forma, porque nunca los aprendería a decir, pero
la mantequilla la servían siempre con el pan, y los huevos duros estaban
a la vista en el aparador y se cogían sin pedirlos. Además, al cabo de
tres días, el personal de servicio se habla familiarizado con él, y lo
ayudaban a explicarse. De modo que el viernes al almuerzo, mientras
trataba de poner la cabeza en su puesto, ordenó un filete de ternera con
papas fritas y una botella de vino. Entonces se sintió tan bien que
pidió otra botella, la bebió hasta la mitad, y atravesó la calle con la
resolución firme de meterse en el hospital por la fuerza. No sabia dónde
encontrar a Nena Daconte, pero en su mente estaba fija la imagen
providencial del médico asiático, y estaba seguro de encontrarlo. No
entró por la puerta principal sino por la de urgencias, que le había
parecido menos vigilada, pero no alcanzó a llegar más allá del corredor
donde Nena Daconte le había dicho adiós con la mano. Un guardián con la
bata salpicada de sangre le preguntó algo al pasar, y él no le prestó
atención. El guardián lo siguió, repitiendo siempre la misma pregunta
en francés, y por último lo agarró del brazo con tanta fuerza que lo
detuvo en seco. Billy Sánchez trató de sacudírselo con un recurso de
cadenero, y entonces el guardián se cagó en su madre en francés, le
torció el brazo en la espalda con una llave maestra, y sin dejar de
cagarse mil veces en su puta madre lo llevó casi en vilo hasta la puerta,
rabiando de dolor, y lo tiró como un bulto de papas en la mitad de la
calle.
Aquella tarde,
dolorido por el escarmiento, Billy Sánchez empezó a ser adulto.
Decidió, como lo hubiera hecho Nena Daconte, acudir a su embajador. El
portero del hotel, que a pesar de su catadura huraña era muy
servicial, y además muy paciente con los idiomas, encontró el número y
la dirección de la embajada en el directorio telefónico, y se los anotó
en una tarjeta.
Contestó una mujer
muy amable, en cuya voz pausada y sin brillo reconoció Billy
Sánchez de inmediato la dicción de los Andes. Empezó por anunciarse con
su nombre completo, seguro de impresionar a la mujer con sus dos
apellidos, pero la voz no se alteró en el teléfono. La oyó
explicar la lección de memoria de que el señor embajador no
estaba por el momento en su oficina, que no lo esperaban hasta el día
siguiente, pero que de todos modos no podía recibirlo sino con cita
previa y sólo para un caso especial. Billy Sánchez comprendió entonces
que por ese camino tampoco llegaría hasta Nena Daconte, y agradeció la
información con la misma amabilidad con que se la habían
dado. Luego tomó un taxi y se fue a la embajada.
Estaba en el número
22 de la calle Elyseo, dentro de uno de los sectores más apacibles
de París, pero lo único que le impresionó a Billy Sánchez, según él
mismo me contó en Cartagena de Indias muchos años después, fue
que el sol estaba tan claro como en el Caribe por la primera vez de su
llegada, y que la Torre Eiffel sobresalía por encima de
la ciudad en un cielo radiante. El funcionario que lo recibió en lugar
del embajador parecía apenas restablecido de una enfermedad mortal, no
sólo por el vestido de paño negro, el cuello opresivo y la corbata de
luto, sino también por el sigilo de sus ademanes y la mansedumbre de la
voz. Entendió la ansiedad de Billy Sánchez, pero le recordó
sin perder la dulzura con que estaban en un país civilizado cuyas normas
estrictas se fundamentaban en criterios muy antiguos y sabios, al
contrario de las Américas bárbaras, donde bastaba con sobornar al
portero para entrar en los hospitales. "No, mi querido
joven," le dijo. No había más remedio que someterse al imperio de
la razón, y esperar hasta el martes.
—Al fin y al cabo,
ya no faltan sino cuatro días— concluyó.
—Mientras tanto,
vaya al Louvre. Vale la pena.
Al salir Billy
Sánchez se encontró sin saber qué hacer en la Plaza de la Concordia.
Vio la Torre Eiffel por encima de los tejados, y le pareció tan cercana
que trató de llegar hasta ella caminando por los muelles. Pero muy pronto
se dio cuenta de que estaba más lejos de lo que parecía, y que además
cambiaba de lugar a medida que la buscaba. Así que se puso a pensar en
Nena Daconte sentado en un banco de la orilla del Sena. Vio pasar los
remolcadores por debajo de los puentes, y no le parecieron barcos sino
casas errantes con techos colorados y ventanas con tiestos de flores en el
alféizar, y alambres con ropa puesta a secar en los planchones.
Contempló durante un largo rato a un pescador inmóvil, con la caña
inmóvil y el hilo inmóvil en la corriente, y se cansó de esperar a que
algo se moviera, hasta que empezó a oscurecer y decidió tomar un taxi
para regresar al hotel. Sólo entonces cayó en la cuenta de que ignoraba
el nombre y la dirección y de que no tenía la menor idea del sector de
París en donde estaba el hospital.
Ofuscado por el
pánico, entró en el primer café que encontró, pidió un cogñac y
trató de poner sus pensamientos en orden. Mientras pensaba se vio
repetido muchas veces y desde ángulos distintos en los espejos numerosos
de las paredes, y se encontró asustado y solitario, y por primera vez
desde su nacimiento pensó en la realidad de la muerte. Pero con la
segunda copa se sintió mejor, y tuvo la idea providencial de volver a la
embajada. Buscó la tarjeta en el bolsillo para recordar el nombre de la
calle, y descubrió que en el dorso estaba impreso el nombre y la
dirección del hotel. Quedó tan mal impresionado con aquella experiencia,
que durante el fin de semana no volvió a salir del cuarto sino para
comer, y para cambiar el coche a la acera correspondiente. Durante tres
días cayó sin pausas la misma llovizna sucia de la mañana en que
llegaron. Billy Sánchez, que nunca habla leído un libro completo,
hubiera querido tener uno para no aburrirse tirado en la cama, pero los
únicos que encontró en las maletas de su esposa eran en idiomas
distintos del castellano. Así que siguió esperando el martes,
contemplando los pavorreales repetidos en el papel de las paredes y sin
dejar de pensar un solo instante en Nena Daconte. El lunes puso un poco de
orden en el cuarto, pensando en lo que diría ella silo encontraba en ese
estado, y sólo entonces descubrió que el abrigo de visón estaba
manchado de sangre seca. Pasó la tarde lavándolo con el jabón de olor
que encontró en el maletín de mano, hasta que logró dejarlo otra vez
como lo habían subido al avión en Madrid.
El martes amaneció
turbio y helado, pero sin la llovizna, y Billy Sánchez se levantó desde
las seis, y esperó en la puerta del hospital junto con una muchedumbre de
parientes de enfermos cargados de paquetes de regalos y ramos de flores.
Entró con el tropel, llevando en el brazo el abrigo de visón, sin
preguntar nada y sin ninguna idea de dónde podía estar Nena Daconte,
pero sostenido por la certidumbre de que había de encontrar al médico
asiático. Pasó por un patio interior muy grande con flores y pájaros
silvestres, a cuyos lados estaban los pabellones de los enfermos: las
mujeres a la derecha y los hombres a la izquierda. Siguiendo a los
visitantes, entró en el pabellón de mujeres. Vio una larga hilera de
enfermas sentadas en las camas con el camisón de trapo del hospital,
iluminadas por las luces grandes de las ventanas, y hasta pensó que todo
aquello era más alegre de lo que se podía imaginar desde fuera. Llegó
hasta el extremo del corredor, y luego lo recorrió de nuevo en sentido
inverso, hasta convencerse de que ninguna de las enfermas era Nena
Daconte. Luego recorrió otra vez la galería exterior mirando por la
ventana de los pabellones masculinos, hasta que creyó reconocer al
médico que buscaba.
Era él, en efecto.
Estaba con otros médicos y varias enfermeras, examinando a un enfermo.
Billy Sánchez entró en el pabellón, apartó a una de las enfermeras del
grupo, y se paró frente al médico asiático, que estaba inclinado sobre
el enfermo. Lo llamó. El médico levantó sus ojos desolados, pensó un
instante, y entonces lo reconoció.
Pero dónde diablos
se había metido usted! —dijo. Billy Sánchez se quedó perplejo.
En el hotel —dijo—.
Aquí a la vuelta.
Entonces lo supo.
Nena Daconte había muerto desangrada a las 7:10 de la noche del jueves 9
de enero, después de setenta horas de esfuerzos inútiles de los
especialistas mejor calificados de Francia. Hasta el último instante
había estado lúcida y serena, y dio instrucciones para que buscaran a su
marido en el hotel Plaza Athenée, tenían una habitación reservada, y
dio los datos para que se hicieran en contacto con sus padres. La embajada
había sido informada el viernes por un cable urgente de su cancillería,
cuando ya los padres de Nena Daconte volaban hacia París. El embajador en
persona se encargó de los trámites de embalsamamiento y los funerales, y
permaneció en contacto con la Prefectura de Policía de París para
localizar a Billy Sánchez. Un llamado urgente con sus datos personales
fue transmitido desde la noche del viernes hasta la tarde del domingo a
través de la radio y la televisión, y durante esas 40 horas fue el
hombre más buscado de Francia. Su retrato, encontrado en el bolso de Nena
Daconte, estaba expuesto por todas partes. Tres Bentleys convertibles del
mismo modelo habían sido localizados, pero ninguno era el suyo.
Los padres de Nena
Daconte habían llegado el sábado al medio—día, y velaron el cadáver
en la capilla del hospital esperando hasta última hora encontrar a Billy
Sánchez. También los padres de éste habían sido informados, y
estuvieron listos para volar a París, pero al final desistieron por una
confusión de telegramas. Los funerales tuvieron lugar el
domingo a las dos de la tarde, a sólo doscientos metros del sórdido
cuarto del hotel donde Billy Sánchez agonizaba de soledad por el amor de
Nena Daconte. El funcionario que lo había atendido en la embajada me dijo
años más tarde que él mismo recibió el telegrama de su cancillería
una hora después de que Billy Sánchez salió de su oficina, y que estuvo
buscándolo por los bares sigilosos del Faubourg-St. Honoré. Me
confesó que no le había puesto mucha atención cuando lo recibió,
porque nunca se hubiera imaginado que aquel costeño aturdido con la
novedad de París, y con un abrigo de cordero tan mal llevado, tuviera a
su favor un origen tan ilustre. El mismo domingo por la noche, mientras
él sospechaba las ganas de llorar de rabia, los padres de Nena Daconte
desistieron de la búsqueda y se llevaron el cuerpo embalsamado dentro de
un ataúd metálico, y quienes alcanzaron a verlo siguieron repitiendo
durante muchos años que no habían visto nunca una mujer más hermosa, ni
viva ni muerta. De modo que cuando Billy Sánchez, entró por fin al
hospital, el martes por la mañana, ya se había consumado el entierro en
el triste panteón de la Manga, a muy pocos metros de la casa donde ellos
habían descifrado las primeras claves de la felicidad. El médico
asiático que puso a Billy Sánchez al corriente de la tragedia quiso
darle unas pastillas calmantes en la sala del hospital, pero él las
rechazó. Se fue sin despedirse, sin nada qué agradecer, pensando que lo
único que necesitaba con urgencia era encontrar a alguien a quien
romperle la madre a cadenazos para desquitarse de su desgracia.
Cuando salió del
hospital, ni siquiera se dio cuenta de que estaba cayendo del cielo una
nieve sin rastros de sangre, cuyos copos tiernos y nítidos parecían
plumitas de palomas, y que en las calles de París había un aire de
fiesta, porque era la primera nevada grande en diez años.
1976
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