Gabriel
García Márquez
(Aracataca, Colombia 1928 - México DF, 2014)
Rosas artificiales
(Los funerales de la
Mamá Grande, 1962)
Moviéndose a tientas en la
penumbra del amanecer, Mina se puso el vestido sin mangas que la noche
anterior había colgado junto a la cama, y revolvió el baúl en busca de
las mangas postizas. Las buscó después en los clavos de las paredes y
detrás de las puertas, procurando no hacer ruido para no despertar a la
abuela ciega que dormía en el mismo cuarto. Pero cuando se acostumbró a
la oscuridad, se dio cuenta de que la abuela se había levantado y fue a
la cocina a preguntarle por las mangas.
—Están en el
baño —dijo la ciega—. Las lavé ayer tarde.
Allí estaban,
colgadas de un alambre con dos prendedores de madera. Todavía estaban
húmedas. Mina volvió a la cocina y extendió las mangas sobre las
piedras de la hornilla. Frente a ella, la ciega revolvía el café, fijas
las pupilas muertas en el reborde de ladrillos del corredor, donde había
una hilera de tiestos con hierbas medicinales.
—No vuelvas a
coger mis cosas —dijo Mina—. En estos días no se puede contar con
el sol.
La ciega movió el
rostro hacia la voz.
—Se me había
olvidado que era el primer viernes —dijo.
Después de
comprobar con una aspiración profunda que ya estaba el café, retiró la
olla del fogón.
—Pon un papel
debajo, porque esas piedras están sucias —dijo.
Mina restregó el
índice contra las piedras de la hornilla. Estaban sucias, pero de una
costra de hollín apelmazado que no ensuciaría las mangas si no se
frotaban contra las piedras.
—Si se ensucian
tú eres la responsable —dijo.
La ciega se había
servido una taza de café.
—Tienes rabia —dijo,
rodando un asiento hacia el corredor—. Es sacrilegio comulgar cuando se
tiene rabia. —Se sentó a tomar el café frente a las rosas del patio.
Cuando sonó el tercer toque para misa, Mina retiró las mangas de la
hornilla, y todavía estaban húmedas. Pero se las puso. El padre Ángel
no le daría la comunión con un vestido de hombros descubiertos. No se
lavó la cara. Se quitó con una toalla los restos del colorete, recogió
en el cuarto el libro de oraciones y la mantilla, y salió a la calle. Un
cuarto de hora después estaba de regreso.
—Vas a llegar
después del evangelio —dijo la ciega, sentada frente a las rosas del
patio.
Mina pasó
directamente hacia el excusado.
—No puedo ir a
misa —dijo—. Las mangas están mojadas y toda mi ropa sin
planchar. —Se sintió perseguida por una mirada clarividente.
—Primer viernes y
no vas a misa —dijo la ciega.
De vuelta del
excusado, Mina se sirvió una taza de café y se sentó contra el quicio
de cal, junto a la ciega. Pero no pudo tomar el café.
—Tú tienes la
culpa —murmuró, con un rencor sordo, sintiendo que se ahogaba en
lágrimas.
—Estás llorando
—exclamó la ciega.
Puso el tarro de
regar junto a las macetas de orégano y salió al patio, repitiendo:
—Estás llorando.
Mina puso la taza en
el suelo antes de incorporarse.
—Lloro de rabia
—dijo. Y agregó al pasar junto a la abuela—: Tienes que confesarte,
porque me hiciste perder la comunión del. primer viernes.
La ciega permaneció
inmóvil esperando que Mina cerrara la puerta del dormitorio. Luego
caminó hasta el extremo del corredor. Se inclinó, tanteando, hasta
encontrar en el suelo la taza intacta. Mientras vertía el café en la
olla de barro, siguió diciendo:
—Dios sabe que
tengo la conciencia tranquila.
La madre de Mina
salió del dormitorio.
—¿Con quién
hablas? —preguntó.
—Con nadie —dijo
la ciega—. Ya te he dicho que me estoy volviendo loca.
Encerrada en su
cuarto, Mina se desabotonó el corpiño y sacó tres llavecitas que
llevaba prendidas con un alfiler de nodriza. Con una de las llaves abrió
la gaveta inferior del armario y extrajo un baúl de madera en
miniatura. Lo abrió con la otra llave. Adentro había un paquete de
cartas en papeles de color, atadas con una cinta elástica. Se las
guardó en el corpiño, puso el baulito en su puesto y volvió a cerrar la
gaveta con llave. Después fue al excusado y echó las cartas en el fondo.
—No pudo ir —intervino
la ciega—. Se me olvidó que era primer viernes y lavé las mangas ayer
tarde.
—Todavía están
húmedas —murmuró Mina.
—Ha tenido que
trabajar mucho en estos días —dijo la ciega.
—Son ciento
cincuenta docenas de rosas que tengo que entregar en la Pascua —dijo
Mina.
El sol calentó
temprano. Antes de las siete, Mina instaló en la sala su taller de rosas
artificiales: una cesta llena de pétalos y alambres, un cajón de
papel elástico, dos pares de tijeras, un rollo de hilo y un frasco de
goma. Un momento después llegó Trinidad con su caja de cartón bajo el
brazo, a preguntarle por qué no había ido a misa.
—No tenía mangas
—dijo Mina.
—Cualquiera
hubiera podido prestártelas —dijo Trinidad.
Rodó una silla para
sentarse junto al canasto de pétalos.
—Se me hizo tarde
—dijo Mina.
Terminó una rosa.
Después acercó el canasto para rizar pétalos con las tijeras.
Trinidad puso la caja de cartón en el suelo e intervino en la labor.
Mina observó la
caja.
—¿Compraste
zapatos? —preguntó.
—Son ratones
muertos —dijo Trinidad.
Como Trinidad era
experta en el rizado de pétalos, Mina se dedicó a fabricar tallos de
alambre forrados en papel verde. Trabajaron en silencio sin advertir el
sol que avanzaba en la sala decorada con cuadros idílicos y
fotografías familiares. Cuando terminó los tallos, Mina volvió hacia
Trinidad un rostro que parecía acabado en algo inmaterial. Trinidad
rizaba con admirable pulcritud, moviendo apenas la punta de los dedos, las
piernas muy juntas. Mina observó sus zapatos masculinos. Trinidad eludió
la mirada, sin levantar la cabeza, apenas arrastrando los pies hacia
atrás e interrumpió el trabajo.
—¿Qué pasó? —dijo.
Mina se inclinó
hacia ella.
—Que se fue —dijo.
Trinidad soltó las
tijeras en el regazo.
—No.
—Se fue —repitió
Mina.
Trinidad la miró
sin parpadear. Una arruga vertical dividió sus cejas encontradas.
—¿Y ahora? —preguntó.
Mina respondió sin
temblor en la voz.
—Ahora, nada.
Trinidad se
despidió antes de las diez.
Liberada del peso de
su intimidad, Mina la retuvo un momento, para echar los ratones muertos en
el excusado. La ciega estaba podando el rosal.
—A que no sabes
qué llevo en esta caja —le dijo Mina al pasar.
Hizo sonar los
ratones.
La ciega puso
atención.
—Muévela otra vez
—dijo.
Mina repitió el
movimiento, pero la ciega no pudo identificar los objetos, después de
escuchar por tercera vez con el índice apoyado en el lóbulo de la oreja.
—Son los ratones
que cayeron anoche en la trampa de la iglesia —dijo Mina.
Al regreso pasó
junto a la ciega sin hablar.Pero la ciega la siguió. Cuando llegó a la
sala, Mina estaba sola junto a la ventana cerrada, terminando las rosas
artificiales.
—Mina —dijo la
ciega—. Si quieres ser feliz, no te confieses con extraños.
Mina la miró sin
hablar. La ciega ocupó la silla frente a ella e intentó intervenir en el
trabajo. Pero Mina se lo impidió.
—Estás nerviosa
—dijo la ciega.
—Por tu culpa —dijo
Mina.
—¿Por qué no
fuiste a misa?
—Tú lo sabes
mejor que nadie.
—Si hubiera sido
por las mangas no te hubieras tomado el trabajo de salir de la casa —dijo
la ciega—. En el camino te esperaba alguien que te ocasionó una
contrariedad.
Mina pasó las manos
frente a los ojos de la abuela, como limpiando un cristal invisible.
—Eres adivina —dijo.
—Has ido al
excusado dos veces esta mañana —dijo la ciega—. Nunca vas más de
una vez.
Mina siguió
haciendo rosas.
—¿Serías capaz
de mostrarme lo que guardas en la gaveta del armario? —preguntó la
ciega.
Sin apresurarse Mina
clavó la rosa en el marco de la ventana, se sacó las tres llavecitas del
corpiño y se las puso a la ciega en la mano. Ella misma le cerró los
dedos.
—Anda a verlo con
tus propios ojos —dijo.
La ciega examinó
las llavecitas con las puntas de los dedos.
—Mis ojos no
pueden ver en el fondo del excusado.
Mina levantó la
cabeza y entonces experimentó una sensación diferente: sintió que la
ciega sabía que la estaba mirando.
—Tírate al fondo
del excusado si te interesan tanto mis cosas —dijo.
La ciega evadió la
interrupción.
—Siempre escribes
en la cama hasta la madrugada —dijo.
—Tú misma apagas
la luz —dijo Mina.
—Y en seguida tú
enciendes la linterna de mano —dijo la ciega—. Por tu respiración
podría decirte entonces lo que estás escribiendo.
Mina hizo un
esfuerzo para no alterarse.
—Bueno —dijo sin
levantar la cabeza—. Y suponiendo que así sea: ¿qué tiene eso de
particular?
—Nada —respondió
la ciega—. Sólo que te hizo perder la comunión del primer viernes.
Mina recogió con
las dos manos el rollo de hilo, las tijeras, y un puñado de tallos y
rosas sin terminar. Puso todo dentro de la canasta y encaró a la ciega.
—¿Quieres
entonces que te diga qué fui a hacer al excusado? —preguntó. Las dos
permanecieron en suspenso, hasta cuando Mina respondió a su propia
pregunta—: Fui a cagar.
La abuela tiró en
el canasto las tres llavecitas.
—Sería una buena
excusa —murmuró, dirigiéndose a la cocina—. Me habrías
convencido si no fuera la primera vez en tu vida que te oigo decir una
vulgaridad.
La madre de Mina
venía por el corredor en sentido contrario, cargada de ramos espinosos.
—¿Qué es lo que
pasa? —preguntó.
—Que estoy loca
—dijo la ciega—. Pero por lo visto no piensan mandarme para el
manicomio mientras no empiece a tirar piedras.
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