Gabriel
García Márquez
(Aracataca, Colombia 1928 - México DF, 2014)
La Santa
Doce cuentos peregrinos (1992)
Veintidós años después volví a
ver a Margarito Duarte. Apareció de pronto en una de las callecitas
secretas del Trastévere, y me costó trabajo reconocerlo a primera vista
por su castellano difícil y su buen talante de romano antiguo. Tenía el
cabello blanco y escaso, y no le quedaban rastros de la conducta lúgubre
y las ropas funerarias de letrado andino con que había venido a Roma por
primera vez, pero en el curso de la conversación fui rescatándolo poco a
poco de las perfidias de sus años y volvía a verlo como era: sigiloso,
imprevisible, y de una tenacidad de picapedrero. Antes de la segunda taza
de café en uno de nuestros bares de otros tiempos, me atreví a hacerle
la pregunta que me carcomía por dentro.
—¿Qué pasó con
la santa?
—Ahí está la
santa –me contestó—. Esperando.
Sólo el tenor
Rafael Ribero Silva y yo podíamos entender la tremenda carga humana de su
respuesta. Conocíamos tanto su drama, que durante años pensé que
Margarito Duarte era el personaje en busca de autor que los novelistas
esperamos durante toda una vida, y si nunca dejé que me encontrara fue
porque el final de su historia me parecía inimaginable.
Había venido a Roma
en aquella primavera radiante en que Pío XII padecía una crisis de hipo
que ni las buenas ni las malas artes de médicos y hechiceros habían
logrado remediar. Salía por primera vez de su escarpada aldea de Tolima,
en los Andes colombianos, y se le notaba hasta en el modo de dormir. Se
presentó una mañana en nuestro consulado con la maleta de pino lustrado
que por la forma y el tamaño parecía el estuche de un violonchelo, y le
planteó al cónsul el motivo sorprendente de su viaje. El cónsul llamó
entonces por teléfono al tenor Rafael Ribero Silva, su compatriota, para
que le consiguiera un cuarto en la pensión donde ambos vivíamos. Así lo
conocí.
Margarito Duarte no
había pasado de la escuela primaria, pero su vocación por las bellas
letras le había permitido una formación más amplia con la lectura
apasionada de cuanto material impreso encontraba a su alcance. A los
dieciocho años, siendo el escribano del municipio, se casó con una bella
muchacha que murió poco después en el parto de la primera hija. Ésta,
más bella aún que la madre, murió de fiebre esencial a los siete años.
Pero la verdadera historia de Margarito Duarte había empezado seis meses
antes de su llegada a Roma, cuando hubo de mudar el cementerio de su
pueblo para construir una represa. Como todos los habitantes de la
región, Margarito desenterró los huesos de sus muertos para llevarlos al
cementerio nuevo. La esposa era polvo. En la tumba contigua, por el
contrario, la niña seguía intacta después de once años. Tanto, que
cuando destaparon la caja se sintió el vaho de las rosas frescas con que
la habían enterrado. Lo más asombroso, sin embargo, era que el cuerpo
carecía de peso.
Centenares de
curiosos atraídos por el clamor del milagro desbordaron la aldea. No
había duda. La incorruptibilidad del cuerpo era un síntoma inequívoco
de la santidad, y hasta el obispo de la diócesis estuvo de acuerdo en que
semejante prodigio debía someterse al veredicto del Vaticano. De modo que
se hizo una colecta pública para que Margarito Duarte viajara a Roma, a
batallar por una causa que ya no era sólo suya ni del ámbito estrecho de
su aldea, sino un asunto de la nación.
Mientras nos contaba
su historia en la pensión del apacible barrio de Parioli, Margarito
Duarte quitó el candado y abrió la tapa del baúl primoroso. Fue así
como el tenor Ribero Silva y yo participamos del milagro. No parecía una
momia marchita como las que se ven en tantos museos del mundo, sino una
niña vestida de novia que siguiera dormida al cabo de una larga estancia
bajo la tierra. La piel era tersa y tibia, y los ojos abiertos eran
diáfanos, y causaban la impresión insoportable de que nos veían desde
la muerte. El raso y los azahares falsos de la corona no habían resistido
al rigor del tiempo con tan buena salud como la piel, pero las rosas que
le habían puesto en las manos permanecían vivas. El peso del estuche de
pino, en efecto, siguió siendo igual cuando sacamos el cuerpo.
Margarito Duarte
empezó sus gestiones al día siguiente de la llegada. Al principio con
una ayuda diplomática más compasiva que eficaz, y luego con cuantas
artimañas se le ocurrieron para sortear los incontables obstáculos del
Vaticano. Fue siempre muy reservado sobre sus diligencias, pero se sabía
que eran numerosas e inútiles. Hacía contacto con cuantas congregaciones
religiosas y fundaciones humanitarias encontraba a su paso, donde lo
escuchaban con atención pero sin asombro, y le prometían gestiones
inmediatas que nunca culminaron. La verdad es que la época no era la más
propicia. Todo lo que tuviera que ver con la Santa Sede había sido
postergado hasta que el Papa superara la crisis de hipo, resistente no
sólo a los más refinados recursos de la medicina académica, sino a toda
clase de remedios mágicos que le mandaban del mundo entero.
Por fin, en el mes
de julio, Pío XII se repuso y fue a sus vacaciones de verano en
Castelgandolfo. Margarito llevó la santa a la primera audiencia semanal
con la esperanza de mostrársela. El Papa apareció en el patio interior,
en un balcón tan bajo que Margarito pudo ver sus uñas bien pulidas y
alcanzó a percibir su hálito de lavanda. Pero no circuló por entre los
turistas que llegaban de todo el mundo para verlo, como Margarito
esperaba, sino que pronunció el mismo discurso en seis idiomas y terminó
con la bendición general.
Al cabo de tantos
aplazamientos, Margarito decidió afrontar las cosas en persona, y llevó
a la Secretaría de Estado una carta manuscrita de casi sesenta folios, de
la cual no obtuvo respuesta. Él lo había previsto, pues el funcionario
que la recibió con los formalismos de rigor apenas si se dignó darle una
mirada oficial a la niña muerta, y los empleados que pasaban cerca la
miraban sin ningún interés. Uno de ellos le contó que el año anterior
había recibido más de ochocientas cartas que solicitaban la
santificación de cadáveres intactos en distintos lugares del mundo.
Margarito pidió por último que se comprobara la ingravidez del cuerpo.
El funcionario la comprobó, pero se negó a admitirla.
—Debe ser un caso
de sugestión colectiva –dijo.br>
En sus escasas horas
libres y en los áridos domingos de verano, Margarito permanecía en su
cuarto, encarnizado en la lectura de cualquier libro que le pareciera de
interés para su causa. A fines de cada mes, por iniciativa propia,
escribía en un cuaderno escolar una relación minuciosa de sus gastos con
su caligrafía preciosista de amanuense mayor, para rendir cuentas
estrictas y oportunas a los contribuyentes de su pueblo. Antes de terminar
el año conocía los dédalos de Roma como si hubiera nacido en ellos,
hablaba un italiano fácil y de tan pocas palabras como su castellano
andino, y sabía tanto como el que más sobre procesos de canonización.
Pero pasó mucho más tiempo antes de que cambiara su vestido fúnebre, y
el chaleco y el sombrero de magistrado que en la Roma de la época eran
propios de algunas sociedades secretas con fines inconfesables. Salía
desde muy temprano con el estuche de la santa, y a veces regresaba tarde
en la noche, exhausto y triste, pero siempre con un rescoldo de luz que le
infundía alientos nuevos para el día siguiente.
— Los santos viven
en su tiempo propio –decía.
Yo estaba en Roma
por primera vez, estudiando en el Centro Experimental de Cine, y viví su
calvario con una intensidad inolvidable. La pensión donde dormíamos era
en realidad un apartamento moderno a pocos pasos de la Villa Borghese,
cuya dueña ocupaba dos alcobas y alquilaba cuartos a estudiantes
extranjeros. La llamábamos María Bella, y era guapa y temperamental en
la plenitud de su otoño, y siempre fiel a la norma sagrada de que cada
quien es rey absoluto dentro de su cuarto. En realidad, la que llevaba el
peso de la vida cotidiana era su hermana mayor, la tía Antonieta, un
ángel sin alas que le trabajaba por horas durante el día, y andaba por
todos lados con su balde y su escoba de jerga lustrando más allá de lo
posible los mármoles del piso. Fue ella quien nos enseñó a comer los
pajaritos cantores que cazaba Bartolino, su esposo, por el más hábito
que le quedó de la guerra, y quien terminaría por llevarse a Margarito a
vivir en su casa cuando los recursos no le alcanzaron para los precios de
María Bella.
Nada menos adecuado
para el modo de ser de Margarito que aquella casa sin ley. Cada hora nos
reservaba una novedad, hasta en la madrugada, cuando nos despertaba el
rugido pavoroso del león en el zoológico de la Villa Borghese. El tenor
Ribero Silva se había ganado el privilegio de que los romanos no se
resintieran con sus ensayos tempraneros. Se levantaba a las seis, se daba
su baño medicinal de agua helada y se arreglaba la barba y las cejas de
Mefistófeles, y sólo cuando ya estaba listo con la bata de cuadros
escoceses, la bufanda de seda china y su agua de colonia personal, se
entregaba en cuerpo y alma a sus ejercicios de canto. Abría de par en par
la ventana del cuarto, aún con las estrellas del invierno, y empezaba por
calentar la voz con fraseos progresivos de grandes arias de amor, hasta
que se soltaba a cantar a plena voz. La expectativa diaria era que cuando
daba el do de pecho le contestaba el león de la villa Borghese con un
rugido de temblor de tierra.
— Eres San Marcos
reencarnado, figlio mio –exclamaba la tía Antonieta asombrada de
veras—. Sólo él podía hablar con los leones.
Una mañana no fue
el león el que dio la réplica. El tenor inició el dueto de amor del Otello:
Già nella notte densa s’estingue ogni clamor. De pronto, desde el
fondo del patio, nos llegó la respuesta en una hermosa voz de soprano. El
tenor prosiguió, y las dos voces cantaron el trozo completo, para solaz
del vecindario que abrió las ventanas para santificar sus casas con el
torrente de aquel amor irresistible. El tenor estuvo a punto de desmayarse
cuando supo que su Desdémona invisible era nada menos que la gran María
Caniglia.
Tengo la impresión
de que fue aquel episodio el que le dio un motivo válido a Margarito
Duarte para integrarse a la vida de la casa. A partir de entonces se
sentó con todos en la mesa común y no en la cocina, como al principio,
donde la tía Antonieta lo complacía casi a diario con su guiso maestro
de pajaritos cantores. María Bella nos leía de sobremesa los periódicos
del día para acostumbrarnos a la fonética italiana, y completaba las
noticias con una arbitrariedad y una gracia que nos alegraban la vida. Uno
de esos días contó, a propósito de la santa, que en la ciudad de
Palermo había un enorme museo con los cadáveres incorruptos de hombres,
mujeres y niños, e inclusive varios obispos, desenterrados de un mismo
cementerio de padres capuchinos. La noticia inquietó tanto a Margarito,
que no tuvo un instante de paz hasta que fuimos a Palermo. Pero le bastó
una mirada de paso por las abrumadoras galerías de momias sin gloria para
formularse un juicio de consolación.
— No son el mismo
caso –dijo—. A estos se les nota enseguida que están muertos.
Después del
almuerzo Roma sucumbía en el sopor de agosto. El sol de medio día se
quedaba inmóvil en el centro del cielo, y en el silencio de las dos de la
tarde sólo se oía el rumor del agua, que es la voz natural de Roma. Pero
hacia las siete de la noche las ventanas se abrían de golpe para convocar
el aire fresco que empezaba a moverse, y una muchedumbre jubilosa se
echaba a las calles sin ningún propósito distinto que el de vivir, en
medio de los petardos de las motocicletas, los gritos de los vendedores de
sandía y las canciones de amor entre las flores de las terrazas.
El tenor y yo no
hacíamos la siesta. Íbamos en su vespa, él conduciendo y yo en la
parrilla, y les llevábamos helados y chocolates a las putitas de verano
que mariposeaban bajo los laureles centenarios de la Villa Borghese, en
busca de turistas desvelados a pleno sol. Eran bellas, pobres, cariñosas,
como la mayoría de las italianas de aquel tiempo, vestidas de organiza
azul, de popelina rosada, de lino verde, y se protegían del sol con las
sombrillas apolilladas por las lluvias de la guerra reciente. Era un
placer humano estar con ellas, porque saltaban por encima de las leyes del
oficio y se daban el lujo de perder un buen cliente para irse con nosotros
a tomar un café bien conservado en el bar de la esquina, o a pasear en
las carrozas de alquiler por los senderos del parque, o a dolernos de los
reyes destronados y sus amantes trágicas que cabalgaban al atardecer en
el galoppatorio. Más de una vez les servíamos de intérpretes con
algún gringo descarriado.
No fue por ellas que
llevamos a Margarito Duarte a la Villa Borghese, sino para que conociera
el león. Vivía en libertad en un islote desértico circundado por un
foso profundo, y tan pronto como nos divisó en la otra orilla empezó a
rugir con un desasosiego que sorprendió a su guardián. Los visitantes
del parque acudieron sorprendidos. El tenor trató de identificarse con su
do de pecho matinal, pero el león no le prestó atención. Parecía rugir
hacia todos nosotros sin distinción, pero el vigilante se dio cuenta al
instante de que sólo rugía por Margarito. Así fue: para donde él se
moviera se movía el león, y tan pronto como se escondía dejaba de
rugir. El vigilante, que era doctor en letras clásicas de la universidad
de Siena, pensó que Margarito debió estar ese día con otros leones que
lo habían contaminado de su olor. Aparte de esa explicación, que era
inválida, no se le ocurrió otra.
— En todo caso –dijo—
no son rugidos de guerra sino de compasión.
Sin embargo, lo que
impresionó al tenor Ribera Silva no fue aquel episodio sobrenatural, sino
la conmoción de Margarito cuando se detuvieron a conversar con las
muchachas del parque. Lo comentó en la mesa, y unos por picardía, y
otros por comprensión, estuvimos de acuerdo en que sería una buena obra
ayudar a Margarito a resolver su soledad. Conmovida por la debilidad de
nuestros corazones, María Bella se apretó la pechuga de madraza bíblica
con sus manos empedradas de anillos de fantasía.
— Yo lo haría por
caridad –dijo—, si no fuera porque nunca he podido con los hombres que
usan chaleco.
Fue así como el
tenor pasó por la Villa Borghese a las dos de la tarde, y se llevó en
ancas de su vespa a la mariposita que le pareció más propicia para darle
una hora de buena compañía a Margarito Duarte. La hizo desnudarse en su
alcoba, la bañó con jabón de olor, la secó, la perfumó con su agua de
colonia personal, y la empolvó de cuerpo entero con su talco alcanforado
para después de afeitarse. Por último le pagó el tiempo que ya llevaban
y una hora más, y le indicó letra por letra lo que debía hacer.
La bella desnuda
atravesó en puntillas la casa en penumbras, como un sueño de la siesta,
y dio dos golpecitos tiernos en la alcoba del fondo. Margarito Duarte,
descalzo y sin camisa, abrió la puerta.
— Buona sera
giovanotto –le dijo ella, con voz y modos de colegiala—. Mi
manda il tenore.
Margarito asimiló
el golpe con una gran dignidad. Acabó de abrir la puerta para darle paso,
y ella se tendió en la cama mientras él se ponía a toda prisa la camisa
y los zapatos para atenderla con el debido respeto. Luego se sentó a su
lado en una silla, e inició la conversación. Sorprendida, la muchacha le
dijo que se diera prisa, pues sólo disponían de una hora. Él no se dio
por enterado.
La muchacha dijo
después que de todos modos habría estado el tiempo que él hubiera
querido sin cobrarle ni un céntimo, porque no podía haber en el mundo un
hombre mejor comportado. Sin saber qué hacer mientras tanto, escudriñó
el cuarto con la mirada, y descubrió el estuche de madera sobre la
chimenea. Preguntó si era un saxofón. Margarito no le contestó, sino
que entreabrió la persiana para que entrara un poco de luz, llevó el
estuche a la cama y levantó la tapa. La muchacha trató de decir algo,
pero se le desencajó la mandíbula. O como nos dijo después: Mi si
gelò il culo. Escapó despavorida, pero se equivocó de sentido en el
corredor, y se encontró con la tía Antonieta que iba a poner una
bombilla nueva en la lámpara de mi cuarto. Fue tal el susto de ambas, que
la muchacha no se atrevió a salir del cuarto del tenor hasta muy entrada
la noche.
La tía Antonieta no
supo nunca qué pasó. Entró en mi cuarto tan asustada, que no conseguía
atornillar la bombilla en la lámpara por el temblor de las manos. Le
pregunté qué le sucedía. “Es que en esta casa espantan”, me dijo.
“Y ahora a pleno día”. Me contó con una gran convicción que,
durante la guerra, un oficial alemán degolló a su amante en el cuarto
que ocupaba el tenor. Muchas veces, mientras andaba en sus oficios, la
tía Antonieta había visto la aparición de la bella asesinada recogiendo
sus pasos por los corredores.
— Acabo de verla
caminando en pelota por el corredor –dijo—. Era idéntica.
La ciudad recobró
su rutina de otoño. Las terrazas floridas del verano se cerraron con los
primeros vientos, y el tenor y yo volvimos a la tractoría del Trastévere
donde solíamos cenar con los alumnos de canto del conde Carlo Calcagni, y
algunos compañeros míos de la escuela de cine. Entre estos últimos, el
más asiduo era Lakis, un griego inteligente y simpático, cuyo único
tropiezo eran sus discursos adormecedores sobre la injusticia social. Por
fortuna, los tenores y las sopranos lograban casi siempre derrotarlo con
trozos de ópera cantados a toda voz, que sin embargo no molestaban a
nadie aun después de la media noche. Al contrario, algunos trasnochadores
de paso se sumaban al coro, y en el vecindario se abrían ventanas para
aplaudir.
Una noche, mientras
cantábamos, Margarito entró en puntillas para no interrumpirnos. Llevaba
el estuche de pino que no había tenido tiempo de dejar en la pensión
después de mostrarle la santa al párroco de San Juan de Letrán, cuya
influencia ante la Sagrada Congregación del Rito era de dominio público.
Alcancé a ver de soslayo que lo puso debajo de una mesa apartada, y se
sentó mientras terminábamos de cantar. Como siempre ocurría al filo de
la media noche, reunimos varias mesas cuando la tractoría empezó a
desocuparse, y quedamos juntos los que cantaban, los que hablábamos de
cine, y los amigos de todos. Y entre ellos, Margarito Duarte, que ya era
conocido allí como el colombiano silencioso y triste del cual nadie
sabía nada. Lakis, intrigado, le preguntó si tocaba el violonchelo. Yo
me sobrecogí con lo que me pareció una indiscreción difícil de
sortear. El tenor, tan incómodo como yo, no logró remendar la
situación. Margarito fue el único que tomó la pregunta con toda
naturalidad.
— No es un
violonchelo –dijo—. Es la santa.
Puso la caja sobre
la mesa, abrió el candado y levantó la tapa. Una ráfaga de estupor
estremeció el restaurante. Los otros clientes, los meseros, y por último
la gente de la cocina con sus delantales ensangrentados, se congregaron
atónitos a contemplar el prodigio. Algunos se persignaron. Una de las
cocineras se arrodilló con las manos juntas, presa de un temblor de
fiebre, y rezó en silencio.
Sin embargo, pasada
la conmoción inicial, nos enredamos en una discusión sobre la
insuficiencia de la santidad en nuestros tiempos. Lakis, por supuesto, fue
el más radical. Lo único que quedó claro al final fue su idea de hacer
una película crítica con el tema de la santa.
— Estoy seguro –dijo—
que el viejo Cesare no dejaría escapar este tema.
Se refería a Cesare
Zavattini, nuestro maestro de argumento y guión, uno de los grandes de la
historia del cine y el único que mantenía con nosotros una relación
personal al margen de la escuela. Trataba de enseñarnos no sólo el
oficio, sino una manera distinta de ver la vida. Era una máquina de
pensar argumentos. Le salían a borbotones, casi contra su voluntad. Y con
tanta prisa, que siempre le hacía falta la ayuda de alguien para
pensarlos en voz alta y atraparlos al vuelo. Sólo que al terminarlos se
le caían los ánimos. “Lástima que haya que filmarlo”, decía. Pues
pensaba que en la pantalla perdería mucho de su magia original.
Conservaba las ideas en tarjetas ordenadas por temas y prendidas con
alfileres en los muros, y tenía tantas que ocupaban una alcoba de su
casa.
El sábado siguiente
fuimos a verlo con Margarito Duarte. Era tan goloso de la vida, que lo
encontramos en la puerta de su casa de la calle Angela Merici, ardiendo de
ansiedad por la idea que le habíamos anunciado por teléfono. Ni siquiera
nos saludó con la amabilidad de costumbre, sino que llevó a Margarito a
una mesa preparada, y él mismo abrió el estuche. Entonces ocurrió lo
que menos imaginábamos. En vez de enloquecerse, como era previsible,
sufrió una especie de parálisis mental.
— Ammazza!
–murmuró espantado.
Miró a la santa en
silencio por dos o tres minutos, cerró la caja él mismo, y sin decir
nada condujo a Margarito hacia la puerta, como a un niño que diera sus
primeros pasos. Lo despidió con unas palmaditas en la espalda. “Gracias,
hijo, muchas gracias”, le dijo. “Y que Dios te acompañe en tu lucha”.
Cuando cerró la puerta se volvió hacia nosotros, y nos dio su veredicto.
— No sirve para el
cine –dijo—. Nadie lo creería.
Esa lección
sorprendente nos acompañó en el tranvía de regreso. Si él lo decía,
no había no que pensarlo: la historia no servía. Sin embargo, María
Bella nos recibió con el recado urgente de que Zavattini nos esperaba esa
misma noche, pero sin Margarito.
Lo encontramos en
uno de sus momentos estelares. Lakis había llevado a dos o tres
condiscípulos, pero él ni siquiera pareció verlos cuando abrió la
puerta.
— Ya lo tengo —gritó—.
La película será un cañonazo si Margarito hace el milagro de resucitar
a la niña.
— ¿En la
película o en la vida? —le pregunté.
Él reprimió la
contrariedad. "No seas tonto", me dijo. Pero enseguida le vimos
en los ojos el destello de una idea irresistible. "A no ser que sea
capaz de resucitarla en la vida real", dijo, y reflexionó en serio:
— Debería probar.
Fue sólo una
tentación instantánea, antes de retomar el hilo. Empezó a pasearse por
la casa, como un loco feliz, gesticulando a manotadas y recitando la
película a grandes voces. Lo escuchábamos deslumbrados, con la
impresión de estar viendo las imágenes como pájaros fosforescentes que
se le escapaban en tropel y volaban enloquecidos por toda la casa.
— Una noche —dijo—
cuando ya han muerto como veinte Papas que no lo recibieron, Margarito
entra en su casa, cansado y viejo, abre la caja, le acaricia la cara a la
muertecita, y le dice con toda la ternura del mundo: “Por el amor de tu
padre, hijita: levántate y anda”.
Nos miró a todos, y
remató con un gesto triunfal:
— ¡Y la niña se
levanta!
Algo esperaba de
nosotros. Pero estábamos tan perplejos, que no encontrábamos qué decir.
Salvo Lakis, el griego, que levantó el dedo, como en la escuela, para
pedir la palabra.
— Mi problema es
que no lo creo —dijo, y ante nuestra sorpresa, se dirigió directo a
Zavattini—: Perdóneme, maestro, pero no lo creo.
Entonces fue
Zavattini el que se quedó atónito.
— ¿Y por qué no?
— Qué sé yo —dijo
Lakis, angustiado—. Es que no puede ser.
— Ammazza!
—gritó entonces el maestro, con un estruendo que debió oírse en el
barrio entero—. Eso es lo que más me jode de los estalinistas: que no
creen en la realidad.
En los quince años
siguientes, según él mismo me contó, Margarito llevó la santa a
Castelgandolfo por si se daba la ocasión de mostrarla. En una audiencia
de unos doscientos peregrinos de América Latina alcanzó a contar la
historia, entre empujones y codazos, al benévolo Juan XXIII. Pero no pudo
mostrarle la niña porque debió dejarla a la entrada, junto con los
morrales de otros peregrinos, en previsión de un atentado. El Papa lo
escuchó con tanta atención como le fue posible entre la muchedumbre, y
le dio en la mejilla una palmadita de aliento.
— Bravo, figlio
mio —le dijo—. Dios premiará tu perseverancia.
Sin embargo, cuando
de veras se sintió en vísperas de realizar su sueño fue durante el
reinado fugaz del sonriente Albino Luciani. Un pariente de éste,
impresionado por la historia de Margarito, le prometió su mediación.
Nadie le hizo caso. Pero dos días después, mientras almorzaban, alguien
llamó a la pensión con un mensaje rápido y simple para Margarito: no
debía moverse de Roma, pues antes del jueves sería llamado del Vaticano
para una audiencia privada.
Nunca se supo si fue
una broma. Margarito creía que no, y se mantuvo alerta. Nadie salió de
la casa. Si tenía que ir al baño lo anunciaba en voz alta: "Voy al
baño". María Bella, siempre graciosa en los primeros albores de la
vejez, soltaba su carcajada de mujer libre.
— Ya lo sabemos,
Margarito —gritaba—, por si te llama el Papa.
La semana siguiente,
dos días antes del telefonema anunciado, Margarito se derrumbó ante el
titular del periódico que deslizaron por debajo de la puerta: Morto il
Papa. Por un instante lo sostuvo en vilo la ilusión de que era un
periódico atrasado que habían llevado por equivocación, pues no era
fácil creer que muriera un Papa cada mes. Pero así fue: el sonriente
Albino Luciani, elegido treinta y tres días antes, había amanecido
muerto en su cama.
Volví a Roma
veintidós años después de conocer a Margarito Duarte, y tal vez no
hubiera pensado en él si no lo hubiera encontrado por casualidad. Yo
estaba demasiado oprimido por los estragos del tiempo para pensar en
nadie. Caía sin cesar una llovizna boba como el caldo tibio, la luz de
diamante de otros tiempos se había vuelto turbia, y los lugares que
habían sido míos y sustentaban mis nostalgias eran otros y ajenos. La
casa donde estuvo la pensión seguía siendo la misma, pero nadie dio
razón de María Bella. Nadie contestaba en seis números de teléfono que
el tenor Ribero Silva me había mandado a través de los años. En un
almuerzo con la nueva gente de cine evoqué la memoria de mi maestro, y un
silencio súbito aleteó sobre la mesa por un instante, hasta que alguien
se atrevió a decir:
—Zavattini? Mai
sentito.
Así era: nadie
había oído hablar de él. Los árboles de la Villa Borghese estaban
desgreñados bajo la lluvia, el galoppatoio de las princesas
tristes había sido devorado por una maleza sin flores, y las bellas de
antaño habían sido sustituidas por atletas andróginos travestidos de
manolas. El único sobreviviente de una fauna extinguida era el viejo
león, sarnoso y acatarrado, en su isla de aguas marchitas. Nadie cantaba
ni se moría de amor en las tractorías plastificadas de la Plaza de
España. Pues la Roma de nuestras nostalgias era ya otra Roma antigua
dentro de la antigua Roma de los Césares. De pronto, una voz que podía
venir del más allá me paró en seco en una callecita del Trastévere:
— Hola, poeta.
Era él, viejo y
cansado. Habían muerto cinco Papas, la Roma eterna mostraba los primeros
síntomas de la decrepitud, y él seguía esperando. “He esperado tanto
que ya no puede faltar mucho más”, me dijo al despedirse, después de
casi cuatro horas de añoranzas. “Puede ser cosa de meses”. Se fue
arrastrando los pies por el medio de la calle, con sus botas de guerra y
su gorra descolorida de romano viejo, sin preocuparse de los charcos de
lluvia donde la luz empezaba a pudrirse. Entonces no tuve ya ninguna duda,
si es que alguna vez la tuve, de que el santo era él. Sin darse cuenta, a
través del cuerpo incorrupto de su hija, llevaba ya veintidós años
luchando en vida por la causa legítima de su propia canonización.
Agosto 1981
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