Gabriel
García Márquez
(Aracataca, Colombia 1928 - México DF, 2014)
Tramontana
Doce cuentos peregrinos (1992)
Lo vi una sola vez en Boccacio, el
cabaret de moda en Barcelona, pocas horas antes de su mala muerte. Estaba
acosado por una pandilla de jóvenes suecos que trataban de llevárselo a
las dos de la madrugada para terminar la fiesta en Cadaqués. Eran once, y
costaba trabajo distinguirlos, porque los hombres y las mujeres parecían
iguales: bellos de caderas estrechas y largas cabelleras doradas. Él no
debía ser mayor de veinte años. Tenía la cabeza cubierta de rizos
empavonados, el cutis cetrino y terso de los caribes acostumbrados por sus
mamás a caminar por la sombra, y una mirada árabe como para trastornar a
las suecas, y tal vez a varios de los suecos. Lo habían sentado en el
mostrador como a un muñeco de ventrílocuo, y le cantaban canciones de
moda acompañándose con las palmas, para convencerlo de que se fuera con
ellos. Él, aterrorizado, les explicaba sus motivos. Alguien intervino a
gritos para exigir que lo dejaran en paz, y uno de los suecos se le
enfrentó muerto de risa.
—Es nuestro —gritó—.
Nos lo encontramos en el cajón de la basura.
Yo había entrado
poco antes con un grupo de amigos después del último concierto que dio
David Oistrakh en el Palau de la Música, y se me erizó la piel con la
incredulidad de los suecos. Pues los motivos del chico eran sagrados.
Había vivido en Cadaqués hasta el verano anterior, donde lo contrataron
para cantar canciones de las Antillas en una cantina de moda, hasta que lo
derrotó la tramontana. Logró escapar al segundo día con la decisión de
no volver nunca, con tramontana o sin ella, seguro de que si volvía
alguna vez lo esperaba la muerte. Era una certidumbre caribe que no podía
ser entendida por una banda de nórdicos racionalistas, enardecidos por el
verano y por los duros vinos catalanes de aquel tiempo, que sembraban
ideas desaforadas en el corazón.
Yo lo entendía como
nadie. Cadaqués era uno de los pueblos más bellos de la Costa Brava, y
también el mejor conservado. Esto se debía en parte a que la carretera
de acceso era una cornisa estrecha y retorcida al borde de un abismo sin
fondo, donde había que tener el alma muy bien puesta para conducir a más
de cincuenta kilómetros por hora. Las casas de siempre eran blancas y
bajas, con el estilo tradicional de las aldeas de pescadores del
Mediterráneo. Las nuevas eran construidas por arquitectos de renombre que
habían respetado la armonía original. En verano, cuando el calor
parecía venir de los desiertos africanos de la acera de enfrente,
Cadaqués se convertía en una Babel infernal, con turistas de toda Europa
que durante tres meses les disputaban su paraíso a los nativos y a los
forasteros que habían tenido la suerte de comprar una casa a buen precio
cuando todavía era posible. Sin embargo, en primavera y otoño, que eran
las épocas en que Cadaqués resultaba más deseable, nadie dejaba de
pensar con temor en la tramontana, un viento de tierra inclemente y tenaz,
que según piensan los nativos y algunos escritores escarmentados, lleva
consigo los gérmenes de la locura.
Hace unos quince
años yo era uno de sus visitantes asiduos, hasta que se atravesó la
tramontana en nuestras vidas. La sentí antes de que llegara, un domingo a
la hora de la siesta, con el presagio inexplicable de que algo iba a
pasar. Se me bajó el ánimo, me sentí triste sin causa, y tuve la
impresión de que mis hijos, entonces menores de diez años, me seguían
por la casa con miradas hostiles. El portero entró poco después con una
caja de herramientas y unas sogas marinas para asegurar puertas y
ventanas, y no se sorprendió de mi postración.
—Es la tramontana
—me dijo—. Antes de una hora estará aquí.
Era un antiguo
hombre de mar, muy viejo, que conservaba del oficio el chaquetón
impermeable, la gorra y la cachimba, y la piel achicharrada por las sales
del mundo. En sus horas libres jugaba a la petanca en la plaza con
veteranos de varias guerras perdidas, y tomaba aperitivos con los turistas
en las tabernas de la playa, pues tenía la virtud de hacerse entender en
cualquier lengua con su catalán de artillero. Se preciaba de conocer
todos los puertos del planeta, pero ninguna ciudad de tierra adentro. “Ni
París de Francia con ser lo que es”, decía. Pues no le daba crédito a
ningún vehículo que no fuera de mar.
En los últimos
años había envejecido de golpe, y no había vuelto a la calle. Pasaba la
mayor parte del tiempo en su cubil de portero, solo en alma, como vivió
siempre. Cocinaba su propia comida en una lata y un fogoncillo de
alcohol, pero con eso le bastaba para deleitarnos a todos con las
exquisiteces de la cocina gótica. Desde el amanecer se ocupaba de los
inquilinos, piso por piso, y era uno de los hombres más serviciales que
conocí nunca, con la generosidad involuntario y la ternura áspera de los
catalanes. Hablaba poco, pero su estilo era directo y certero. Cuando no
tenía nada más que hacer pasaba horas llenando formularlos de
pronósticos para el fútbol que muy pocas veces hacía sellar.
Aquel día, mientras
aseguraba puertas y ventanas en previsión del desastre, nos habló de la
tramontana como si fuera una mujer abominable pero sin la cual su vida
carecería de sentido. Me sorprendió que un hombre de mar rindiera
semejante tributo a un viento de tierra.
—Es que éste es
más antiguo —dijo.
Daba la impresión
de que no tenía su año dividido en días y meses, sino en el número de
veces que venía la tramontana. “El año pasado, como tres días
después de la segunda tramontana, tuve una crisis de cólicos”, me dijo
alguna vez. Quizás eso explicaba su creencia de que después de cada
tramontana uno quedaba varios años mas viejo. Era tal su obsesión, que
nos infundió la ansiedad de conocerla como una visita mortal y
apetecible.
No hubo que esperar
mucho. Apenas salió el portero se escuchó un silbido que poco a poco se
fue haciendo más agudo e intenso, y se disolvió en un estruendo de
temblor de tierra. Entonces empezó el viento. Primero en ráfagas
espaciadas cada vez más frecuentes, hasta que una se quedó inmóvil, sin
una pausa, sin un alivio, con una intensidad y una sevicia que tenía algo
de sobrenatural. Nuestro apartamento, al contrario de lo usual en el
Caribe, estaba de frente a la montaña, debido quizás a ese raro gusto de
los catalanes rancios que aman el mar pero sin verlo. De modo que el
viento nos daba de frente y amenazaba con reventar las amarras de las
ventanas.
Lo que más me
llamó la atención era que el tiempo seguía siendo de una belleza
irrepetible, con un sol de oro y el cielo impávido. Tanto, que decidí
salir a la calle con los niños para ver el estado del mar. Ellos, al fin
y al cabo, se habían criado entre los terremotos de México y los
huracanes del Caribe, y un viento de más o de menos no nos pareció nada
para inquietar a nadie. Pasamos en puntillas por el cubil del portero, y
lo vimos estático frente a un plato de frijoles con chorizo, contemplando
el viento por la ventana. No nos vio salir.Logramos caminar mientras nos
mantuvimos al socaire de la casa, pero al salir a la esquina desamparada
tuvimos que abrazarnos a un poste para no ser arrastrados por la potencia
del viento. Estuvimos así, admirando el mar inmóvil y diáfano en medio
del cataclismo, hasta que el portero, ayudado por algunos vecinos, llegó
a rescatarnos. Sólo entonces nos convencimos de que lo único racional
era permanecer encerrados en casa hasta que Dios quisiera. Y nadie tenía
entonces la menor idea de cuándo lo iba a querer.
Al cabo de dos días
teníamos la impresión de que aquel viento pavoroso no era un fenómeno
telúrico, sino un agravio personal que alguien estaba haciendo contra
uno, y sólo contra uno. El portero nos visitaba varias veces al día,
preocupado por nuestro estado de ánimo, y nos llevaba frutas de la
estación y alfajores para los niños. Al almuerzo del martes nos regaló
con la pieza maestra de la huerta catalana, preparada en su lata de
cocina: conejo con caracoles. Fue una fiesta en medio del horror.
El miércoles,
cuando no sucedió nada más que el viento, fue el día más largo de mi
vida. Pero debió ser algo como la oscuridad del amanecer, porque después
de la media noche despertamos todos al mismo tiempo, abrumados por un
silencio absoluto que sólo podía ser el de la muerte. No se movía una
hoja de los árboles por el lado de la montaña. De modo que salimos a la
calle cuando aún no había luz en el cuarto del portero, y gozamos del
cielo de la madrugada con todas sus estrellas encendidas, y del mar
fosforescente. A pesar de que eran menos de las cinco, muchos turistas
gozaban del alivio en las piedras de la playa, y empezaban a aparejar los
veleros después de tres días de penitencia.
Al salir no nos
había llamado la atención que estuviera a oscuras el cuarto del portero.
Pero cuando regresamos a casa el aire tenía ya la misma fosforescencia
del mar, y aún seguía apagado su cubil. Extrañado, toqué dos veces, y
en vista de que no respondía, empujé la puerta. Creo que los niños lo
vieron primero que yo, y soltaron un grito de espanto. El viejo portero,
con sus insignias de navegante distinguido prendidas en la solapa de su
chaqueta de mar, estaba colgado del cuello en la viga central,
balanceándose todavía por el último soplo de la tramontana.
En plena
convalecencia, y con un sentimiento de nostalgia anticipada, nos fuimos
del pueblo antes de lo previsto, con la determinación irrevocable de no
volver jamás. Los turistas estaban otra vez en la calle, y había música
en la plaza de los veteranos, que apenas sí tenían ánimos para golpear
los boliches de la petanca. A través de los cristales polvorientos del
bar Marítzm alcanzamos a ver algunos amigos sobrevivientes, que empezaban
la vida otra vez en la primavera radiante de la tramontana. Pero ya todo
aquello pertenecía al pasado.
Por eso, en la
madrugada triste del Boccacio, nadie entendía como yo el terror de
alguien que se negara a volver a Cadaqués porque estaba seguro de morir.
Sin embargo, no hubo modo de disuadir a los suecos, que terminaron
llevándose al chico por la fuerza con la pretensión europea de aplicarle
una cura de burro a sus supercherías africanas. Lo metieron pataleando en
una camioneta de borrachos, en medio de los aplausos y las rechiflas de la
clientela dividida, y emprendieron a esa hora el largo viaje hacia
Cadaqués.
La mañana siguiente
me despertó el teléfono. Había olvidado cerrar las cortinas al regreso
de la fiesta y no tenía la menor idea de la hora, pero la alcoba estaba
rebozada por el esplendor del verano. La voz ansiosa en el teléfono, que
no alcancé a reconocer de inmediato, acabó por despertarme.
—¿Te acuerdas del
chico que se llevaron anoche para Cadaqués?
No tuve que oír
más. Sólo que no fue como me lo había imaginado, sino aún más
dramático. El chico, despavorido por la inminencia del regreso,
aprovechó un descuido de los suecos venáticos y se lanzó al abismo
desde la camioneta en marcha, tratando de escapar de una muerte
ineluctable.
Enero 1982
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