Felisberto
Hernández
(Uruguay, 1902-1964)
El cocodrilo
(Originalmente publicado en Marcha,
Nº 510, Montevideo, 1949)
La casa inundada
Montevideo: Alfa, 1962
En una noche de otoño hacía calor
húmedo y yo fui a una ciudad que me era casi desconocida; la poca luz de
las calles estaba atenuada por la humedad y por algunas hojas de los
árboles. Entré a un café que estaba cerca de una iglesia, me senté en
una mesa del fondo y pensé en mi vida. Yo sabía aislar las horas de
felicidad y encerrarme en ellas, primero robaba con los ojos cualquier
cosa descuidada de la calle o del interior de las casas y después la
llevaba a mi soledad. Gozaba tanto al repasarla que si la gente lo hubiera
sabido me hubiera odiado. Tal vez no me quedara mucho tiempo de felicidad.
Antes yo había cruzado por aquellas ciudades dando conciertos de piano;
las horas de dicha habían sido escasas, pues vivía en la angustia de
reunir gentes que quisieran aprobar la realización de un concierto;
tenía que coordinarlos, incluirlos mutuamente y tratar de encontrar
algún hombre que fuera activo. Casi siempre eso era como luchar con
borrachos lentos y distraídos: cuando lograba traer uno, el otro se me
iba. Además yo tenía que estudiar y escribirme artículos en los
diarios.
Desde hacía algún
tiempo ya no tenía esa preocupación: alcancé a entrar en una gran casa
de medias para mujer. Había pensado que las medias eran más necesarias
que los conciertos y que sería más fácil colocarlas. Un amigo mío le
dijo al gerente que yo tenía muchas relaciones femeninas, porque era
concertista de piano y había recorrido muchas ciudades: entonces, podría
aprovechar la influencia de los conciertos para colocar medias.
El gerente había
torcido el gesto; pero aceptó, no sólo por la influencia de mi amigo,
sino porque yo había sacado el segundo premio en las leyendas de
propaganda para esas medias. Su marca era «Ilusión». Y mi frase había
sido: «¿Quién no acaricia, hoy una media Ilusión?» Pero vender medias
también me resultaba muy difícil y esperaba de un momento a otro me
llamaran de la casa central y me suprimieran el viático. Al principio yo
había hecho un gran esfuerzo. (La venta de medias no tenía nada que ver
con mis conciertos: y yo tenía que entendérmelas nada más que con los
comerciantes.) Cuando encontraba antiguos conocidos les decía que la
representación de una gran casa comercial me permitía viajar con
independencia y no obligar a mis amigos a patrocinar conciertos cuando no
eran oportunos. Jamás habían sido oportunos mis conciertos. En esta
misma ciudad me habían puesto pretextos poco comunes: el presidente del
Club estaba de mal humor porque yo lo había hecho levantar de la mesa de
juego, y me dijo que habiendo muerto una persona que tenía muchos
parientes, media ciudad estaba enlutada. Ahora yo les decía: estaré unos
días para ver si surge naturalmente el deseo de un concierto; pero les
producía mala impresión el hecho de que un concertista vendiera medias.
Y en cuanto a colocar medias, todas las mañanas yo me animaba y todas las
noches me desanimaba: era como vestirse y desnudarse. Me costaba renovar a
cada instante cierta fuerza grosera necesaria para insistir ante
comerciantes siempre apurados. Pero ahora ya me había resignado a esperar
que me echaran y trataba de disfrutar mientras me duraba el viático.
De pronto me di
cuenta que había entrado al café u ciego con un arpa; yo le había visto
por la tarde. Decidí irme antes de perder la voluntad de disfrutar de la
vida; pero al pasar cerca de él volví a verlo con un sombrero de alas
mal dobladas y dando vuelta los ojos hacia el cielo mientras hacía el
esfuerzo de tocar; algunas cuerdas del arpa estaban añadidas y la madera
clara del instrumento y todo el hombre estaban cubiertos de una mugre que
yo nunca había visto. Pensé en mí y sentí depresión.
Cuando encendí la
luz en la pieza de mi hotel, vi mi cama de aquellos días. Estaba abierta
y sus varillas niqueladas me hacían pensar en una loca joven que se
entregaba a cualquiera. Después de acostado apagué la luz pero no podía
dormir. Volví a encenderla y la bombita se asomó debajo de la pantalla
como el globo de un ojo bajo un párpado oscuro. La apagué enseguida y
quise pensar en el negocio de las medias, pero seguí viendo por un
momento, en la oscuridad, la pantalla de luz. Se había convertido a un
color claro; después su forma, como si fuera el alma en pena de la
pantalla, empezó a irse hacia un lado y a fundirse en lo oscuro. Todo eso
ocurrió en el tiempo que tardaría un secante en absorber la tinta
derramada.
Al otro día de
mañana, después de vestirme y animarme fui a ver si el ferrocarril de la
noche me había traído malas noticias. No tuve carta ni telegrama.
Decidí recorrer los negocios de una de las calles principales. En la
punta de esa calle había una tienda. Al entrar me encontré en una
habitación llena de trapos y chucherías hasta el techo. Sólo había un
maniquí desnudo, de tela roja, que en vez de cabeza tenía una perilla
negra. Golpeé las manos y enseguida todos los trapos se tragaron el
ruido. Detrás del maniquí apareció una niña como de diez años que me
dijo con mal modo:
—¿Qué quiere?
—¿Está el
dueño?
—No hay dueño. La
que manda es mi mamá.
—¿Ella no está?
—Fue a lo de doña
Vicenta y viene enseguida.
Apareció un niño
como de tres años. Se agarró de la pollera de la hermana y se quedaron
un rato en fila, el maniquí, la niña y el niño. Yo dije:
—Voy a esperar.
La niña no
contestó nada. Me senté en un cajón y empecé a jugar con el hermanito.
Recordé que tenía un chocolatín de los que había comprado en el cine y
lo saqué del bolsillo. Rápidamente se acercó el chiquilín y me lo
quitó. Entonces yo me puse las manos en la cara y fingí llorar con
sollozos. Tenía tapados los ojos y en la oscuridad que había en el hueco
de mis manos abrí pequeñas rendijas y empecé a mirar al niño. Él me
observaba inmóvil y yo cada vez lloraba más fuerte. Por fin se decidió
a ponerme el chocolatín en la rodilla. Entonces yo me reí y se lo di.
Pero al mismo tiempo
me di cuenta que yo tenía la cara mojada.
Salí de allí antes que viniera la dueña. Al pasar por una joyería me
miré en un espejo y tenía los ojos secos. Después de almorzar estuve en
el café; pero vi al ciego del arpa revolear los ojos hacia arriba y salí
enseguida. Entonces fui a una plaza solitaria de un lugar despoblado y me
senté en un banco que tenía enfrente un muro de enredaderas. Allí
pensé en las lágrimas de la mañana. Estaba intrigado por el hecho de
que me hubieran salido; y quise estar solo como si me escondiera para
hacer andar un juguete que si querer había hecho funcionar, hacía pocas
horas. Tenía un poco de vergüenza, ante mí mismo, de ponerme a llorar
sin tener un pretexto, aunque fuera en broma, como lo había tenido en la
mañana. Arrugué la nariz y los ojos, con un poco de timidez, para ver si
me salían las lágrimas; pero después pensé que no debería buscar el
llanto como quien escurre un trapo, tendría que entregarme al hecho con
más sinceridad, entonces me puse las manos en la cara. Aquella actitud
tuvo algo de serio; me conmoví inesperadamente, sentí como cierta
lástima de mí mismo y las lágrimas empezaron a salir.
Hacía rato que yo
estaba llorando cuando vi que de arriba del muro venían bajando dos
piernas de mujer con medias «Ilusión» semibrillantes. Y enseguida noté
una pollera verde que se confundía con la enredadera. Yo no había oído
colocar la escalera. La mujer estaba en el último escalón y yo me sequé
rápidamente las lágrimas, pero volví a poner la cabeza baja y como si
estuviese pensativo. La mujer se acercó lentamente y se sentó a mi lado.
Ella había bajado dándome la espalda y yo no sabía como era su cara.
Por fin me dijo:
—¿Qué le pasa?
Yo soy una persona en la que usted puede confiar...
Transcurrieron unos
instantes. Yo fruncí en entrecejo como para esconderme y seguir
esperando. Nunca había hecho ese gesto y me templaban las cejas. Después
hice un movimiento con la mano como para empezar a hablar y todavía no se
me había ocurrido qué podría decirle. Ella tomó de nuevo la palabra:
—Hable, hable
nomás. Yo he tenido hijos y sé lo que son penas.
Yo ya me había
imaginado una cara para aquella mujer y aquella pollera verde. Pero cuando
dijo lo de los hijos y las penas me imaginé otra. Y al mismo tiempo dije:
—Es necesario que
piense un poco.
Ella contestó:
—En estos asuntos,
cuanto más se piensa es peor.
De pronto sentí
caer, cerca de mí, un trapo mojado. Pero resultó ser una gran hoja de
plátano cargada de humedad. Al poco rato ella volvió a preguntar:
—Dígame la
verdad, ¿cómo es ella?
Al principio a mí
me hizo gracia. Después me vino a la memoria una novia que yo había
tenido. Cuando no la quería acompañar a caminar por la orilla de un
arroyo —donde ella había paseado con el padre cuando él vivía— esa
novia mía lloraba silenciosamente. Entonces, aunque yo estaba aburrido de
ir siempre por el mismo lado, condescendía. Y pensando en esto se me
ocurrió decir a la mujer que ahora tenía a mi lado:
—Ella era una
mujer que lloraba a menudo.
Esta mujer puso sus
manos grandes y un poco coloradas encima de la pollera verde y se rió
mientras decía:
—Ustedes siempre
creen en las lágrimas de las mujeres.
Yo pensé en las
mías; me sentí un poco desconcertado, me levanté del banco y le dije:
—Creo que usted
está equivocada, pero igual le agradezco el consuelo.
Y me fui sin
mirarla.
Al otro día, cuando
ya estaba bastante adelantada la mañana, entré a una de las tiendas más
importantes. El dueño extendió mis medias en el mostrador y las estuvo
acariciando con sus dedos cuadrados un buen rato. Parecía que no oía mis
palabras. Tenía las patillas canosas como si hubiera dejado en ellas el
jabón de afeitar. En esos instantes entraron varias mujeres; y él, antes
de irse, me hizo señas de que no me compraría, con uno de aquellos dedos
que habían acariciado las medias. Yo me quedé quieto y pensé en
insistir; tal vez pudiera entrar en conversación con él, más tarde,
cuando no hubiera gente, entonces le hablaría de un yuyo que disuelto en
agua le teñiría las patillas. La gente no se iba de aquella tienda, de
aquella ciudad y de aquella vida. Pensé en mi país y en muchas cosas
más. Y de pronto, cuando ya me estaba tranquilizando, tuve una idea:
«¿Qué ocurriría si yo me pusiera a llorar aquí, delante de toda esa
gente?» Aquello me pareció muy violento; pero yo tenía deseos, desde
hacía algún tiempo, de tantear al mundo con algún hecho
desacostumbrado; además yo debía demostrarme a mí mismo que era capaz
de una gran violencia. Y antes de arrepentirme me senté en una sillita
que estaba recostada al mostrador; y, rodeado de gente, me puse las manos
en la cara y empecé a hacer ruido de sollozos. Casi simultáneamente una
mujer soltó un grito y dijo: «Un hombre está llorando». Y después oí
el alboroto y pedazos de conversación: «Nena, no te acerques»...«Puede
haber recibido alguna mala noticia»...«Recién llegó el tren y la
correspondencia no ha tenido tiempo»...«Puede haber recibido la noticia
por telegrama»... Por entre los dedos vi una gorda que decía: «Hay que
ver cómo está el mundo. ¡Si a mí no me vieran mis hijos, yo también
lloraría!» Al principio yo estaba desesperado porque no me salían las
lágrimas, y hasta pensé que lo tomarían como una burla y me llevarían
preso. Pero la angustia y la tremenda fuerza que hice me congestionaron y
fueron posibles las primeras lágrimas. Sentí posarse en mi hombro una
mano pesada y al oír la voz del dueño reconocí los dedos que habían
acariciado las medias. Él decía:
—Pero compañero,
un hombre tiene que tener más ánimo...
Entonces yo me
levanté como un resorte; saqué las dos manos de la cara, la tercera que
tenía en el hombro, y dije con la cara todavía mojada:
—Pero si me va
bien! ¡Y tengo mucho ánimo! Lo que pasa es que a veces me viene esto; es
como un recuerdo...
A pesar de la
expectativa y del silencio que hicieron para mis palabras, oí que una
mujer decía:
—¡Ay! Llora por
un recuerdo...
Después el dueño
anunció:
—Señoras, ya
pasó todo.
Yo me sonreía y me
limpiaba la cara. Enseguida se removió en montón de gente y apareció
una mujer chiquita, con ojos de loca, que me dijo:
—Yo lo conozco a
usted. Me parece que lo vi en otra parte y que usted estaba agitado.
Pensé que ella me
habría visto en un concierto sacudiéndome en un final de programa, pero
me callé la boca. Estalló la conversación de todas las mujeres y
algunas empezaron a irse.
Se quedó conmigo la
que me conocía. Y se me acercó otra que me dijo:
—Ya sé que usted
vende medias. Casualmente yo y algunas amigas mías...
Intervino el dueño:
—No se preocupe
señora. —Y dirigiéndose a mí— Venga esta tarde.
—Me voy después
del almuerzo. ¿Quiere dos docenas?
—No, con media
docena...
—La casa no vende
por menos de una...
Saqué la libreta de
ventas y empecé a llenar la hoja del pedido escribiendo contra el vidrio
de una puerta y sin acercarme al dueño. Me rodeaban mujeres conversando
alto. Yo tenía miedo que el dueño se arrepintiera. Por fin firmó el
pedido y yo salí entre las demás personas.
Pronto se supo
que a mí venía «aquello» que al principio era como un recuerdo. Yo
lloré en otras tiendas y vendí más medias que de costumbre. Cuando ya
había llorado en varias ciudades, mis ventas eran como las que cualquier
otro vendedor.
Una vez me llamaron
de la casa central —yo ya había llorado por todo el norte de aquel
país—, esperaba turno para hablar con el gerente y oí desde la
habitación próxima lo que decía otro corredor:
—Yo hago todo lo
que puedo, ¡pero no me voy a poner a llorar para que me compren!
Y la voz enferma del
gerente le respondió:
—Hay que hacer
cualquier cosa, y también llorarles...
El corredor
interrumpió:
—¡Pero a mí no
me salen lágrimas!
Y después de un
silencio, el gerente:
—¿Cómo, y quién
le ha dicho?
—¡Sí! Hay uno
que llora a chorros...
La voz enferma
empezó a reírse con esfuerzo y haciendo intervalos de tos. Después oí
chistidos y pasos que se alejaron.
Al rato me llamaron
y me hicieron llorar ante el gerente, los jefes de sección y otros
empleados. Al principio, cuando el gerente me hizo pasar y las cosas se
aclararon, él se reía dolorosamente y le salían lágrimas. Me pidió,
con muy buenas maneras, una demostración; y apenas accedí entraron unos
cuantos empleados que estaban detrás de la puerta. Se hizo mucho alboroto
y me pidieron que no llorara todavía. Detrás de una mampara, oí decir:
—Apúrate, que uno
de los corredores va a llorar.
—¿Y por qué?
—¡Yo qué sé!
Yo estaba sentado al
lado del gerente, en su gran escritorio; habían llamado a uno de los
dueños, pero él no podía venir. Los muchachos no se callaban y uno
había gritado: «Que piense en la mamita, así llora más pronto».
Entonces yo le dije al gerente:
—Cuando ellos
hagan silencio, lloraré yo.
Él, con su voz
enferma, los amenazó y, después de algunos instantes de relativo
silencio, yo miré por una venta la copa de un árbol —estábamos en un
primer piso—, me puse las manos en la cara y traté de llorar. Tenía
cierto disgusto. Siempre que yo había llorado los demás ignoraban mis
sentimientos, pero aquellas personas sabían que yo lloraba y eso me
inhibía. Cuando por fin me salieron lágrimas, saqué una mano de la cara
para tomar el pañuelo y para que me vieran la cara mojada. Unos se reían
y otros se quedaban serios; entonces yo sacudí la cara violentamente y se
rieron todos. Pero enseguida hicieron silencio y empezaron a reírse. Yo
me secaba las lágrimas, mientras la voz enferma repetía: «Muy bien, muy
bien». Tal vez todos estuvieran desilusionados. Y yo me sentía como una
botella vacía y chorreada; quería reaccionar, tenía mal humor y ganas
de ser malo. Entonces alcancé al gerente y le dije:
—No quisiera que
ninguno de ellos utilizara el mismo procedimiento para la venta de medias,
y desearía que la casa reconociera mi... iniciativa y que me diera
exclusividad por algún tiempo.
—Venga mañana y
hablaremos de eso.
Al otro día el
secretario ya había preparado el documento y leía: «La casa se
compromete a no utilizar y a hacer respetar el sistema de propaganda
consistente en llorar...» Aquí los dos se rieron y el gerente dijo que
aquello estaba mal. Mientras redactaban el documento, yo fui paseándome
hasta el mostrador. Detrás de él había una muchacha que me habló
mirándome, y los ojos parecían pintados por dentro.
—¿Así que usted
llora por gusto?
—Es verdad.
—Entonces yo sé
más que usted. Usted mismo no sabe que tiene una pena.
Al principio yo me
quedé pensativo, y después le dije:
—Mire: no es que
yo sea de los más felices, pero sé arreglarme con mi desgracia y soy
casi dichoso.
Mientras me iba —el
gerente me llamaba— alcancé a ver la mirada de ella: la había puesto
encima de mí como si me hubiera dejado una mano en el hombro.
Cuando reanudé las
ventas, yo estaba en una pequeña ciudad. Era un día triste y yo no
tenía ganas de llorar. Hubiera querido estar solo, en mi pieza, oyendo la
lluvia y pensando que el agua me separaba de todo el mundo. Yo viajaba
escondido detrás de una careta con lágrimas, pero yo tenía la cara
cansada.
De pronto sentí que
alguien se había acercado preguntándome...
—¿Qué le pasa?
Entonces yo, como un
empleado sorprendido sin trabajar, quise reanudar mi tarea y poniéndome
las manos en la cara empecé a hacer sollozos.
Ese año yo lloré
hasta diciembre, dejé de llorar en enero y parte de febrero, empecé a
llorar de nuevo después de carnaval. Aquel descanso me hizo bien y
volvía a llorar con ganas. Mientras tanto yo había extrañado el éxito
de mis lágrimas y me había nacido como cierto orgullo de llorar. Eran
muchos más los vendedores; pero un actor que representara algo sin previo
aviso y convenciera al público con llantos...
Aquel nuevo año yo
empecé a llorar por el oeste y llegué a una ciudad. donde mis conciertos
habían tenido éxito; la segunda vez que estuve allí, el público me
había recibido con una ovación cariñosa y prolongada; yo agradecía
parado junto al piano y no me dejaban sentar para iniciar el concierto.
Seguramente que ahora daría, por lo menos, una audición. Yo lloré
allí, por primera vez, en el hotel más lujoso; fue a la hora del
almuerzo y en un día radiante. Ya había comido y tomado café, cuando,
de codos en la mesa, me cubrí la cara con las manos. A los pocos
instantes se acercaron algunos amigos que yo había saludado; los dejé
parados algún tiempo y mientras tanto una pobre vieja —que no sé de
dónde había salido— se sentó en mi mesa y yo la miraba por entre los
dedos ya mojados. Ella bajaba la cabeza y no decía nada; pero tenía una
cara tan triste que daban ganas de ponerse a llorar...
El día en que yo di
mi primer concierto tenía cierta nerviosidad que me venía del cansancio;
estaba en la última obra de la primera parte del programa y tomé uno de
los movimientos con demasiada velocidad; ya había intentado detenerme;
pero me volví torpe y no tenía bastante equilibrio ni fuerza; no me
quedó otro recurso que seguir; pero las manos se me cansaban, perdía
nitidez, y me di cuenta de que no llegaría al final. Entonces, antes de
pensarlo, ya había sacado las manos del teclado y las tenía en la cara;
era la primera vez que lloraba en escena.
Al principio hubo
murmullos de sorpresa y no sé por qué alguien intentó aplaudir; pero
otros chistaron y yo me levanté. Con una mano me tapaba los ojos y con la
otra tanteaba el piano y trataba de salir del escenario. Algunas mujeres
gritaron porque creyeron que me caería en la platea; y ya iba a franquear
una puerta del decorado, cuando alguien, desde el paraíso, me gritó:
—Cocodrilooooo!!
Oí risas, pero fui
al camarín, me lavé la cara y aparecí enseguida y, con las manos
frescas, terminé la primera parte. Al final vinieron a saludarme muchas
personas y se comentó lo de «cocodrilo». Yo les decía:
—A mí me parece
que el que me gritó eso tiene razón: en realidad yo no sé por qué
lloró; me viene el llanto y no lo puedo remediar. A lo mejor me es tan
natural como lo es para el cocodrilo. En fin, yo no sé tampoco por qué
llora el cocodrilo.
Una de las personas
que me habían presentado tenía la cabeza alargada, y, como se peinaba
dejándose el pelo parado, la cabeza hacía pensar en un cepillo. Otro de
la rueda lo señaló y me dijo:
—Aquí, el amigo
es médico. ¿Qué dice usted, doctor?
Yo me quedé
pálido. Él me miró con ojos de investigador policial y me preguntó:
—Dígame una cosa:
¿cuándo llora usted, de día o de noche?
Yo recordé que
nunca lloraba en la noche porque a esa hora no vendía, y le respondí:
—Lloro únicamente
de día.
No recuerdo las
otras preguntas. Pero al final me aconsejó:
—No coma carne.
Usted tiene una vieja intoxicación.
A los pocos días me
dieron una fiesta en el club principal. Alquilé un frac con chaleco
blanco impecable y en el momento de mirarme al espejo pensaba: «No dirán
que este cocodrilo no tiene barriga blanca. ¡Caramba! Creo que ese animal
tiene papada como la mía. Y es voraz...»
Al llegar al club
encontré poca gente. Entonces me di cuenta que había llegado demasiado
temprano. Vi a un señor de la comisión y le dije que deseaba trabajar un
poco en el piano. De esa manera disimularía el madrugón. Cruzamos una
cortina verde y me encontré en una gran sala vacía y preparada para el
baile. Frente a la cortina y al otro lado de la sala estaba el piano. Me
acompañaron hasta allí el señor de la comisión y el conserje; mientras
abrían el piano, el señor —tenía cejas negras y pelo blanco— me
decía que la fiesta tendría mucho éxito, que el director del liceo —amigo
mío— diría un discurso muy lindo que él ya lo había oído; trató de
recordar algunas frases, pero después decidió que sería mejor no
decirme nada. Yo puse las manos en el piano y ellos se fueron. Mientras
tocaba pensé: «Esta noche no lloraré... quedaría muy feo... El
director del liceo es capaz de desear que yo llore para demostrar el
éxito de su discurso. Pero yo no lloraré por nada del mundo».
Hacía rato que
veía mover la cortina verde; y de pronto salió de entre sus pliegues una
muchacha alta y de cabellera suelta; cerró los ojos como para ver lejos;
me miraba y se dirigía a mí trayendo algo en una mano; detrás de ella
apareció una sirvienta que la alcanzó y le empezó a hablar de cerca. Yo
aproveché para mirarle las piernas y me di cuenta que tenía puesta una
sola media; a cada instante hacía movimientos que indicaban el fin de la
conversación; pero la sirvienta seguía hablándole y las dos volvían al
asunto como a una golosina. Yo seguí tocando el piano y mientras ellas
conversaban tuve tiempo de pensar: «¿Qué querrá con la media?... ¿Le
habrá salido mala y sabiendo que yo soy corredor...? ¡Y tan luego en
esta fiesta!»
Por fin vino y me
dijo:
—Perdone, señor,
quisiera que me firmara una media.
Al principio me
reí; y enseguida traté de hablarle como si ya me hubieran hecho ese
pedido otras veces. Empecé a explicarle cómo era que la media no
resistía la pluma; yo ya había solucionado eso firmando una etiqueta y
después la interesada la pegaba en la media. Pero mientras daba estas
explicaciones mostraba la experiencia de un antiguo comerciante que
después se hubiera hecho pianista. Ya me empezaba a invadir la angustia,
cuando ella se sentó en la silla del piano, y al ponerse la media me
decía:
—Es una pena que
usted me haya resultado tan mentiroso... Debía haberme agradecido la
idea.
Yo había puesto los
ojos en sus piernas; después los saqué y se me trabaron las ideas. Se
hizo un silencio de disgusto. Ella, con la cabeza inclinada, dejaba caer
el pelo; y, debajo de aquella cortina rubia, las manos se movían como si
huyeran. Yo seguía callado y ella no terminaba nunca. Al fin, la pierna
hizo un movimiento de danza, y el pie, en punta, calzó el zapato en el
momento de levantarse, las manos le recogieron el pelo y ella me hizo un
saludo silencioso y se fue.
Cuando empezó a
entrar gente me fui al bar. Se me ocurrió pedir whisky. El mozo me
nombró muchas marcas y como yo no conocía ninguna le dije:
—Deme de esa
última.
Trepé a un banco
del mostrador y traté de no arrugarme la cola del frac. En vez de
cocodrilo debía parecer un loro negro.
Estaba callado,
pensaba en la muchacha de la media y me trastornaba el recuerdo de sus
manos apuradas.
Me sentí llevado al
salón por el director del liceo. Se suspendió un momento el baile y él
dijo su discurso. Pronunció varias veces las palabras «avatares» y
«menester». Cuando aplaudieron yo levanté los brazos como un director
de orquesta antes de «atacar», y apenas hicieron silencio, dije:
—Ahora que debía
llorar no puedo. Tampoco puedo hablar y no quiero dejar por más tiempo
separados los que han de juntarse para bailar.
Y terminé haciendo
una cortesía.
Después me di
vuelta, abracé al director del liceo y por encima de su hombro vi la
muchacha de la media. Ella me sonrió y levantó su pollera del lado
izquierdo y me mostró el lugar de la media donde había pegado un
pequeño retrato mío recortado de un programa. Yo me sonreí lleno de
alegría, pero dije una idiotez que todo el mundo repitió:
—Muy bien, muy
bien, la pierna del corazón.
Sin embargo yo me
sentí dichoso y fui al bar. Subí de nuevo a un banco y el mozo me
preguntó:
—¿Whisky Caballo
Blanco?
Y yo, con el ademán
de un mosquetero sacando una espada:
—Caballo Blanco o
Loro Negro.
Al poco rato vino un
muchacho con una mano escondida en la espalda:
—El Pocho me dijo
que a usted no le hace mala impresión que le digan «Cocodrilo».
—Es verdad, me
gusta.
Entonces él sacó
la mano de la espalda y me mostró una caricatura. Era un gran cocodrilo
muy parecido a mí; tenía una mano en la boca, donde los dientes eran un
teclado; y de la otra mano le colgaba una media; con ella se enjugaba las
lágrimas.
Cuando los amigos me
llevaron a mi hotel, yo pensaba en todo lo que había llorado en aquel
país y sentía un placer maligno en haberlos engañado; me consideraba
como un burgués de la angustia. Pero cuando estuve solo en mi pieza, me
ocurrió algo inesperado: primero me miré en el espejo; tenía la
caricatura en la mano y alternativamente miraba el cocodrilo y a mi cara.
De pronto y sin haberme propuesto imitar al cocodrilo, mi cara, por su
cuenta, se echó a llorar. Yo la miraba como una hermana de quien ignoraba
su desgracia. Tenía arrugas nuevas y por entre ellas corrían las
lágrimas. Apagué la luz y me acosté. Mi cara seguía llorando; las
lágrimas resbalaban por la nariz y caían por la almohada. Y así me
dormí. Cuando me desperté sentí el escozor de las lágrimas que se
habían secado. Quise levantarme y lavarme los ojos, pero tuve miedo que
la cara se pusiera a llorar de nuevo. Me quedé quieto y hacía girar los
ojos en la oscuridad, como aquel ciego que tocaba el arpa.
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